AMOR IMPOSIBLE

amor imposibleGraciano Ricci, el mejor clarinete cerreño de todos los tiempos, uno de los más brillantes alumnos del maestro Markos Bace, Director de la Orquesta Sinfónica y Banda de Música Slava, instituida en nuestra tierra a fines del siglo XIX, acababa de retornar de Lima donde estuviera enrolado en la Banda de Músicos del Ejército, alcanzando un progreso notable. Había llegado a ser Músico Mayor de nuestro Ejército. Su dominio del instrumento era absoluto, sus improvisaciones magistrales. A poco de retronar recibió el aprecio y admiración de sus paisanos que lo convirtieron en obligado participante de las jaranas mineras.

Enterado que en pocos días cumpliría años el distinguido abogado, don Antonio Romero y Jiménez, que por sus generosas demostraciones de amistad se había ganado el afecto y respeto del pueblo, los amigos le preparaban una serenata sin reparar en gastos ni gestiones. Para entonces, amo y señor de jaranas, era don Alfredo Arredondo, eximio guitarrista que se daba el lujo de interpretar a Tárrega, Sor, Albéniz o Mozart con su partitura delante, o delirar a su público con una “cachua” juguetona y traviesa. Su par sería Graciano Ricci, mozo de sangre en flor que tenía anudado en su arte el corazón de muchas cerreñas. Para el tercer integrante -no se pensó dos veces- sería Julio Patiño León, otro notable clarinetista. Este trío de jerarquía garantizaba con creces el éxito de la fiesta.

Llegada la noche, a la ventana de la casona que se dio en llamar Callejón de Romero por ser residencia del homenajeado, se presentó el extraordinario grupo musical. Tras la consabida serenata y los abrazos del caso, fueron invitados a pasar a la casa del homenajeado que vivía con su esposa y sus doce hijas, todas hermosas, flor de alegría y belleza de la sociedad cerreña, entre las que destacaban: Alejandrina y Edelmira.

Todo fue que la vio y Graciano, mudo de admiración, quedó prendado de la belleza de Edelmira, la menor. No era para menos. En el rostro sonrosado y delicadamente delineado de la cerreña, sobresalían un par de negros ojos enormes, brillantes y juguetones; labios carnosos, entreabiertos en una sonrisa de resplandecientes dientes parejos, cuello fino y alto y una cascada de encrespados cabellos endrinos. Era un sueño de mujer. Breve el talle, airosa y cimbreante al caminar, había conseguido en pocos minutos remecer el corazón del bohemio.

La orquesta admirablemente afiatada, tocó de todo. La inquieta mazurca alternó con el lánguido vals y los alocados bailes de moda: fox-trot; One-step; two-step, etc. Ya entrados en calor, huainos, cachuas y chimaychas variados, salpimentados con colmadas copas de ajenjo, mistral, bebidas de frutas y el infaltable pisco puro, haciendo brillar la reunión alegremente.

Entre danzas, brindis, canciones y alegría, la noche iba tocando a su fin. Graciano que había contemplado toda la noche la belleza de Edelmira, se armó de valor con unos tragos y la invitó a bailar. Aprovechando las románticas cadencias de un lánguido vals volcó su emoción contenida en una confesión desesperada. Su esperanza duró muy poco. La respuesta, delicada pero rotunda, echó por los suelos todos sus sueños.

— Créame, señor Ricci, que me siento halagada por la admiración que me ha confesado, pero debo contestar a su sinceridad con mi franqueza. Es imposible que pueda quererle alguna vez.

— ¿No me deja abrigar alguna esperanza?…

— Ninguna…

— Si algún día, yo pudiera…

— ¡No, nunca! Es más, quiero invocarle a nombre de la amistad que lo une con mi padre, que no vuelva hablarme de sus sentimientos. Me fastidia.

— Puedo hacer todo por usted, Edelmira, pero, por favor, no me pida eso. Usted es la primera mujer a la que quiero verdadera e intensamente y por lo menos permítame abrigar alguna esperanza…

— Ya se lo he dicho. Nunca conseguirá nada. – Queriendo dar más seriedad a su expresión, agregó rotundamente- ¡Se lo juro!

Graciano perdió el compás y estuvo a punto de caer con la respuesta dura y fríamente expresada con la intención de cortar de raíz este amor que la incomodaba, pero no contó con que luego de unos segundos de turbación, con la voz quebrada por la emoción Graciano le respondería:

— Y yo le juro por lo más sagrado que existe, que algún día llegará a quererme.- Una sonrisa cruel, despectiva e irónica de ella selló el diálogo. El vals había terminado.

Desde aquella noche, Graciano, se dedicó a beber con gran ardor. El único consuelo que tenía a su alcance estaba en las botellas de licor. En vano sus amigos trataron de alejarlo de aquel mundo de loca esperanza. Desde aquel día también comenzó a regalar a la mujer que lo desdeñaba con lo mejor que tenía: su arte. Cada noche, al promediar las doce, de donde estuviera, iba con su clarinete debajo de la ventana de Edelmira y convertía en jirones de amor el silencio de la noche con la quejumbrosa cadencia de su clarinete.

Ya los bohemios cerreños sabían. A prudente distancia y sin que Graciano los viera,  emponchados, lo escuchaban en silencio. Tristes sentidos, yaravíes emotivos y una que otra noche, el hermoso pasillo “Mis flores negras”. Después de tres o cuatro piezas, guardaba su clarinete, miraba la ventana y se iba como había venido: en silencio. Tal vez detrás de aquellos cristales, los ojazos rebeldes de la dulce cerreña enjugaban una lágrima. Tal vez. El caso es que una noche, cuando la música había hecho vibrar el alma y el apasionado cerreño se aprestaba a marcharse como otras tantas noches, la ventana se abrió y…

— !!! Graciano…!!!

— !!! Edelmira…!!!

— ¡Ven..! – Y la paz de la noche, con cristales de escarcha, se hizo más serena, más hermosa, más dulce. A partir de aquella noche se amaron como nunca.

He recordado esta anécdota que me contó don Julio Patiño, su inseparable amigo, al retornar del cementerio. Allí está Graciano yaciente, en un rincón, olvidado. En una tosca cruz de hierro hay una placa ennegrecida por la ingratitud del pueblo al que cantó  en donde se lee:

 Graciano Ricci

Falleció el 28 de septiembre de 1930

a la edad de 38 años.

Las hierbas pródigas, crecidas sobre su tumba, han sepultado el túmulo terroso porque ya no están para que las corten las manos de Edelmira, su esposa, que partió cuatro años después.

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