LOS DISFRACES DEL CARNAVAL DE ANTAÑO

disfraces del carnaval

La celebración de los carnavales había llegado a límites increíbles. La rivalidad entre los clubes carnavalescos se manifestaba abiertamente en tratar de conmover a la comunidad con la novedad de su presentación, no sólo correcta, sino también competitivamente llamativa. En este terreno, sin reparar en gastos pecuniarios, se invertía en disfraces llamativos y, cuánto más escandalosos, más impresionantes.

Algunos clubes, como el CAYENA, VULCANO, APOLO, FILARMÓNICO ANDINO o LIRA CERREÑA habían solicitado a sus socios europeos –la mayoría honorarios o protectores- que se disfracen con la mejor de la representación de sus países. Así pudieron aplaudir a un auténtico Húsar húngaro, cuando Franco Raicovich, montado en un enorme caballo negro, apareció con la indumentaria de un auténtico legionario de la caballería ligera del ejército húngaro, luciendo un vistoso uniforme. Un morrión rojo con vivos dorados, barbijo de oro y brillantes botas granaderas. Polaca blanca con charreteras doradas y vivos rojos que hacía resaltar la figura del jinete. Su  sable, elemento característico de húsar cuando descendía del caballo llegaba muy abajo por detrás de las piernas, y las correas que lo sostenían se encargaban de mantener el portapliegos, un pequeño zurrón liso adornado con el emblema del regimiento. Durante mucho tiempo se comentó la impresión que causó este guapo “Húngaro”. También, años subsiguientes, desfilaron cosacos, árabes y otomanos, todos premunidos de atractivos y costoso disfraces confeccionado por verdaderos artistas de la creación.

Tratando de superar estas marcas, los muchachos se desvivían por crear algo que llamara la atención. Así, aquellos años, un inquieto socio del Club BONIFACIO, decidió disfrazarse de Satanás. Estaba decidido a llevarse el premio municipal del año. Con ayuda de un curioso sastre confeccionó su atuendo rojo como el fuego de una tela encendida y brillante. Daba la impresión de que el traje había sido hecho con una prolijidad cronométrica porque parecía estar pintado sobre el cuerpo. Al ver el logro extraordinario, sus acompañantes decidieron montarlo sobre un elevado jamelgo, acorde con el disfraz. Pensaron que cualquier caballo alazán, ruano, moteado, gatuno o zaino no impresionaría al jurado, por eso decidieron pintar al animal con una dorada pintura SAPOLÍN desde las crines, el rabo, los ijares, hasta lo cascos. Al final, frente a ellos tuvieron un inquieto caballo de oro. Increíble. Cuando Lucifer entró en la plaza Chaupimarca, el pueblo quedó mudo de asombro para luego deshacerse n prolongados aplausos. Tenían frente a ellos a uno de los más fuertes candidatos a llevarse el jugoso premio pecuniario. Los aplausos para Satanás fueron pródigos y los comentarios de aprobación unánimes. El premio que le dieron –sin embargo- no alcanzó para pagar el precio del caballo que murió envenenado por la pintura.

En el transcurso de aquellos años –como lo relatan los diarios que cubrían  el acontecimiento- se presentaron numerosos legionario romanos; gauchos y charros mejicanos sin  faltar los “Ccori” lazos de Pampa Cangallo: inacabable ringla de cuatreros del oeste con pistolas y llamativos sombreros, pistolas, cartucheras, y pañuelos al cuello; llamativos árabes premunidos de sus  abultados turbantes de varias vueltas y túnicas sencillas pero graciosas; No faltaban “Aladino y su lámpara maravillosa”, ni “Simbad el marino” ni emires ni jefes de ejércitos extraños. Impresionó también “Toro sentado” Jefe de la tribu siux de los llanos norteamericanos que, en un momento histórico, venció a los norteamericanos; También lo hizo “Caballo Loco” a quien los norteamericanos destrozaron a bayonetazos; había que ver aquellos disfraces, prolijos y bien confeccionados.

Al año siguiente hubo otro impactante acontecimiento. Aprovechando la impresión que había causado un novísimo actor del cine de entonces, Jhonny Weismuller, “Tarzán”, el ciudadano Liborio Cutipa, trató de emularlo. Desoyendo precavidas recomendaciones y empecinado en ganarse el premio, se disfrazó del “Hombre Mono”, con sus gritos y todo. Claro que llamó la atención del numeroso público que colmaba la plaza principal. Todos lo miraban con admiración y no mal disimulada conmiseración. Sobre un caballito ligero, con sólo una manta sobre el lomo del animal, “Tarzán” estaba completamente desnudo con tal solo un precario taparrabos y su puñal a un costado. De rato en rato emitía los gritos característicos de Tarzán. ¿Se imagina usted estar completamente desnudo en un ambiente de frío glacial de muchos grados bajo cero? Claro que sus compañeros, de rato en rato, le acercaban una colmada botella de aguardiente puro de caña que él bebía con apremio, pero no hubo nada que hacer; no vio el día siguiente; aquella misma noche murió víctima de una pulmonía galopante.

Lo que sí es digno de encomio, es lo que hizo, el Club Tahuantinsuyo. Con una disciplina digna de encomio, cumplieron con una bien ordenada disposición. Cada año, por estricto orden histórico, el inca de turno presidía el cortejo. Comenzaron con Manco Capac, Capac Yupanqui, Mayta Capac etc. etc. El inca muy bien caracterizado con Mascaipacha, cetro y el disfraz aparente, iba delante acompañado de sus generales. Todos con ropas incaicas. Detrás el carro alegórico con su Panaca Real que presidía la Coya –su esposa- acompañada de ñustas y vestales incaicas. Era de ver el lujo desplegado. Músicos, cantantes y demás delegación estaba disfrazada  con ropas del Tahuantinsuyo. El respeto y admiración que se ganó el club, fue ejemplar.

Como éstas hay muchas anécdotas que contar. Recuerdo con mucha gratitud a los protagonistas que habían vivido aquellos parajes de nuestra historia. Nos narraban los aconteceres. Don Pedr0 Santiváñez, Juanito Cortelezzi Martel, Juan Arias Franco, Pablo Arias Franco, “Cura” Suárez, “Chacha” Portillo, Julio Patiño León, “Walpa pecho” Soto, don Ernesto Malpartida Matos, don “Incacho” Marcelo, “Caláver” Diaz; “Ñahuirón” Malpartida; Ramiro Ráez, Antonio Benavides, Armando Paredes, Luciano Remuzgo Kesovia,

Por otro lado, después de haber presenciado los desfiles de los clubes carnavalescos o jugados con agua y pinturas, como remate del día, había que asistir a los bailes carnavalescos. Las fiestas en los clubes citadinos, Club Social, Copper, Team Cerro, C.J.C, Club de la Unión, Apolo, Vulcano, Tahuantinsuyo, cada uno con sus socios y sus invitados. El caso es que, en estas fiestas, los que no llevaban disfraces, iban muy bien emperifollados con trajes de gala. Portaban sus chisguetes de éter perfumado, de cualquiera de las tres marcas preferidas. “Amor de Pierrot”, “Amor de Colombina” y “Carnaval de Venecia”. La mayoría llevaba unos protectores de los ojos para no ser pasto de los chisguetes. La casi totalidad de varones, como una consideración a las chicas portaba sus pequeñísimas pastillitas de “sen – Sen” para perfumar el aliento.

Fatalmente toda aquella parafernalia de alegría y juego concluyo el año de 1948. Aquel funesto año dimos muerte a un odiado sátrapa que abusó de la ciudad. La represalia no tardó en llegar. Las cárceles se abarrotaron de luchadores sociales y muchas familias, perseguida tuvieron que dejar nuestra ciudad.

Ha tenido que transcurrir los años para retomar aquella hermosa costumbre de nuestro pueblo.

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