MI HOMENAJE A LOS QUE SE HAN IDO

Desfile deportivo
Desfile deportivo de los trabajadores de la compañía norteamericana que cada primero de mayo reñían homenaje al “Día del Trabajo”. Las flores reunidas aquel día servían para nuestro homenaje a los valores de nuestro pueblo.

Generalmente los soleados domingos de medio año, un grupo de amigos  nos reuníamos tras la tradicional “Misa de Once”, la más concurrida. El primer grupo lo conformamos, “Finky” Espinoza, “Chacalhua” Ramírez, “Chuno” Rodríguez, Panchito Alvarado, uno que otro amigo que se nos unía en el periplo, y yo.

Caminábamos incansables por nuestras centenarias calles haciendo comentarios sobre los últimos acontecimientos de la ciudad y la patria; avivábamos chismes, contábamos los últimos chistes y sobre todo hacíamos críticas de los últimos resultados del deporte. Cansados de tanta caminata volvíamos a la chingana de Crisanto López, muy junto a la iglesia matriz, para tomarnos nuestro consabido aperitivo: una buena copa de pisco puro de Ica, tal como lo hacían nuestros antepasados.  Una hora después, felices de la charla nos retirábamos a casa a “vaciar la olla”. Por la tarde, todos al Estadio. Esta fue una simpática costumbre que la mantuvimos por mucho tiempo. (Actualmente ninguno de ellos ya está con nosotros. Se han marchado, uno tras otro, dejándonos hermosos recuerdos).

Tras el paso inexorable del tiempo, formamos otro grupo con gente de mí tiempo: Julio Baldeón Gabino, Félix Luquillas Huallpa, Gustavo Malpartida Muguruza, Carlos Amador Rodríguez y uno que otro amigo que se nos unía a la caravana y, yo. Este grupo tras la caminata fraternal, visitaba el cementerio donde llegábamos a las tumbas de viejos e ilustres cerreños olvidados: Ramiro Ráez Cisneros, Andrés Urbina Acevedo, Graciano Ricci Custodio, Lorenzo Landauro, Ambrosio Casquero Dianderas, Alberto Úngaro, Silverio Urbina, Juanito Cortelezzi, Julio Patiño León, y una serie de futbolistas, músicos, amigos del alma. Cumpliendo con el encargo que alguna vez me hiciera nuestro patriarca Gerardo Patiño López, les relataba la vida de aquellos hombres extraordinarios y mi pesadumbre por el abandono en que se encontraban. Contemporizando con la ausencia de familiares, encargábamos a un “Cantor” que ofreciera un  responso por el alma de aquellos nobles amigos. El más impresionado era Julio Baldeón que no podía aceptar el abandono en el que se hallaban estas tumbas. Ahora recuerdo claramente que alguna vez me confesó que para no estar completamente abandonado cuando muriera –todos sus hijos se encuentran radicando en Brasil- él preferiría ser cremado para que sus cenizas se esparcieran por los ámbitos de la tierra amada que en vida había recorrido. “De esa manera ya nunca dejaría mi tierra”, decía. En aquellos momentos, claro, yo juzgaba que no sólo era prematuro sino también inoportuno hablar de esas cosas. Todos gozábamos de muy buena salud y consideraba la manifestación de aquel deseo, inoportuna.

Con el transcurrir de los años llegué a dirigir el deporte de mi tierra. En el desempeño de mis funciones recuerdo una de las más grandes satisfacciones que recibí. Cada primero de mayo, “Día del Trabajo”, cada una de las  madrinas de las delegaciones deportivas que desfilaban me regalaban con hermosos ramos de flores con adornos alusivos a los colores que representaban. El caso es que, finalizado el desfile,  con la ayuda de mis amigos mencionados reunía aquel gigantesco montón de hermosas flores frescas y las llevábamos al cementerio. Allí, con un cariño muy especial, tras las correspondientes plegarias,  las depositábamos en las tumbas de nuestros viejos queridos. En otros casos, como el de Graciano Ricci y, otros, sus cruces quedaban vestidas de flores.

Al promediarse la tarde visitábamos a Juanita Sacristán una excelente cocinera cerreña que preparaba nuestros platos típicos: Charquicán, Arvejitas, tamales cerreños, pachamanca. Allí degustábamos esas delicias salpimentadas con buenos tragos, siempre con pullas, chascarrillos y mucha fraternidad.

Felices de haber cumplido con un deber amical, ya entrada la noche nos íbamos a la parte más alta de aquella zona -camino del camposanto- donde comienza San Juan y Termina Chaupimarca a efectuar un “Caipin Cruz” de despedida. Allí estaba asentado un “Huarique” al que le habían puesto por nombre: “El Monte Sinaí”, para beber nuestros últimos tragos.

En cuanto entrábamos, una joven mujer –me aseguraban que era la querida del “Raqui”-un esmirriado empleado de la Municipalidad, nos atendía muy solícitamente. Antes de los tragos nos traía una guitarra y con el acompañamiento de Carlitos Amador pasábamos momentos muy lindos cantando canciones del recuerdo. Cerrada la noche, nos retirábamos a descansar.

Cuando salimos de la tierra querida llegamos a Lima, pero aquí nuestros encuentros se fueron distanciando por la lejanía y otras dificultades.

Un día recibí una llamada informándome del deteriorado estado de salud de Julio. Las veces que lo visité, tuve la esperanza de que muy pronto volveríamos a encontrarnos. No fue así. El día anterior a su muerte estuvimos en su lecho de dolor, conversando y haciendo viejos recuerdos. Al día siguiente, me llamaron para informarme que acababa de morir. Fue un golpe terrible. Todos los amigos estuvimos en su velorio. Al día siguiente sus cenizas (Había sido cremado) lo condujeron a nuestra tierra y allí, rodeado de amigos, como lo había encargado, arrojaron sus cenizas. Sus hijos Polo y Katty cumplieron con su último deseo. Chau, Julio, hermano…

Cementerio