“EL DIABLO MACHO” (Reportaje Radial)

(A partir de hoy, vamos a recordar a personajes inolvidables –hombres y mujeres- que dejaron hermosos recuerdos de su paso por nuestra tierra. La mayoría son personajes sencillos que sin embargo son recordados con especial cariño por los que quedamos en pie. Comenzamos con don Isaías Garzón Alvarado, más conocido por su apodo “Diablo Macho”, incondicional servidor de la empresa norteamericana, con “su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar”, tal como aparece en la foto que ilustra nuestro reportaje donde vemos –como fondo- el Castillo de Lourdes, hermoso monumento de la minería cerreña. (El archivo sonoro de estos reportajes se hallan en poder de los propietarios de la radio)

el diablo macho“Era las diez de la noche cuando llegué al Cerro de Pasco. En el andén de la Estación, notablemente iluminado, reinaba un frío estremecedor. Las gentes que llegaban y las que habían venido a esperar a familiares y amigos, estaban muy arropadas; al hablar arrojaban vapor por la boca, lo que me sorprendió enormemente. Como si el frío fuera poco, una gran cantidad de nevada había caído en la ciudad. Nunca había visto nieve en esa magnitud. Era tan alta que me cubría las pantorrillas.  En ese momento, ante el frío y la tristeza del ambiente, me dije – ¡La nieve es para los serranos! ¡Mejor ahorro mi pasaje y me vuelvo de inmediato! ¡Yo no aguanto esto! Lo que son las cosas. Desde aquel entonces han transcurrido 50 años y nunca logré regresar. Al comienzo porque no pude, y ahora, porque no quiero. ¡No sé qué es lo que tiene esta tierra que me atrae y no me deja marchar! La gente es tan cariñosa y el pueblo todo es tan bueno, que ya no lo puedo dejar”– Sus palabras brotan cargadas de viejas nostalgias. Isaías Garzón Alvarado, hijo de padre francés y madre peruana, había nacido en Lima en 1883 cuando la presuntuosa soldadesca chilena paseaba su soberbia vencedora por las calles capitalinas. Cuando llegó al Cerro de Pasco, el 7 de setiembre de 1907 acababa de cumplir los 24 años. Como credenciales portaba una recomendación de míster, Franklin Smith, Jefe de la Cerro de Pasco Railway Company de Lima y la de don Miguel Nugent, su primer jefe de talleres ferrocarrileros de “Guadalupe” del Callao.

“Iba a trabajar en la Railway como mecánico de locomotoras cuando dispusieron que me trasladara a Smelter, la primera fundición norteamericana que nacía con un ímpetu impresionante.  Había que ver aquello. Gentes venidas de muchos lugares del Perú abarrotaban talleres y oficinas. El trabajo que se iniciaba en ese lugar era pródigo. Los comerciantes hacían su agosto. La espectacularidad de Smelter hacía palidecer la prestancia del Cerro de Pasco. ¡Qué tal cantidad de gente, comerciantes, aventureros, mujeres de vida airada! Como un nuevo Chicago se afincó en Smelter gran cantidad de aventureros y vividores que explotaban a los trabajadores a quienes les sobraba la plata. ¡Sí, así era en aquellos tiempos!  Aquí se ganaba muy bien. Bueno, participé en el armado e instalación de las máquinas a vapor de la Casa de Fuerza, y en otras tareas de adecuación mecánica. No hacía sino seguir los planos  del polaco, Franck Klepetko, el maestro general, con los que construí otras cuatro chimeneas para la fundición. Sin yo quererlo, mis conocimientos y experiencia, fueron  creciendo poco a poco, conjuntamente con mi aclimatación. En poco tiempo había desechado la idea de regresar a mi tierra. Me di cuenta que en ninguna parte encontraría la oportunidad que se me estaba brindando con mucho afecto. Pasado un buen lapso regresé aquí al Cerro de Pasco para trabajar en lo que es para mí la obra más preciada: El armado de las tolvas para minerales en el pique: “Esperanza”. ¡Eso sí que fue espectacular! El trampolín que me lanzó al éxito. En dos años había dado pasos gigantescos  en mi progreso técnico que mis jefes llegaron a apreciar con creces; por eso es que en 1909, me enviaron a Goyllarisquizga con el fin de armar el winche grande e instalar las demás máquinas; las primeras en su género en Sudamérica de aquel entonces. ¡Ése también fue un trabajo espectacular! No había nada que hacer. Para ese tipo de trabajos lo gringos se pintan solos. Cumplida la agotadora tarea, fui ascendido a Jefe y retorné a Smelter donde trabajé por diez años en la guardia de noche a cargo de todos los talleres de mecánica y de ocho locomotoras a vapor. Imagínate, César, imagínate.

— ¿Y la idea de retornar a su Lima querida…?

— No, no, ya nada que hablar. No iba a ser loco. Aquí tenía de todo. Todos me estimaban y los cerreños en general me trataban con mucho cariño. El mismo cariño que yo les tengo. Pero no vayas a creer que todo fue fácil y llevadero. No, no, no. He pasado por momentos muy bravos. Por ejemplo, en la huelga obrera de 1917 tuve que poner a prueba mi lealtad y valor. En aquella ocasión tuve que enfrentar la dura crítica, el hostigamiento y la abierta agresión del resto de los obreros que no me comprendía. Ellos creían que yo era un “sobón”; un “Lame culo de los gringos” como dicen aquí. Pero no era así. Después de haberme agarrado a trompadas con muchos de mis detractores, me mantuve en mis “trece”. Esa vez fue que los “pendejos” me clavaron mi chapa de “Diablo Macho”. Yo fui el único que trabajó aquellos días aciagos porque consideraba que mi labor era eminentemente humanitaria. ¡Qué cojones! Yo no contaba con ninguna ayuda porque a nadie dejaban entrar en la Compañía. Controlé el servicio eléctrico para las estaciones de zonas críticas e importantes como Calera, Goyllar, etc. ¡Esa vez sí que fue cojonudo! Tuve que trabajar solo y guardándome las espaldas. De esa manera  evité desgracias inminentes con pérdida de vidas humanas y abundante maquinaria que habría provocado una debacle económica en la empresa. Piensa. De no haber trabajo yo, la compañía habría perdido bastante y  las gentes habrían sufrido mucho. Al final el precio que tuve que pagar fue muy alto. Al comienzo, la casi totalidad de obreros me miraba como a un traidor y me castigaron con su desprecio. ¡Nadie me hablaba! ¡Carajo!. ¡Como si fuera un criminal! ¡Como un apestado, carajo!  Menos mal que al final se dieron cuenta. Querían que pensara como ellos, pero yo sabía que debía lealtad a los que me  habían dado la oportunidad de progresar. Yo no muerdo la mano que me da de comer. Pero esto duró muy poco. Cuando se puso en entredicho la discusión de las ocho horas de labor, yo me mantuve neutral aunque su consecución sería conveniente para mí. Los trabajadores siguieron pensando que era un traidor.

— ¿Cuánto duró ese clima beligerante…?

— Muy poco, felizmente. Por aquellos días, contra viento y marea, fui nombrado Jefe de Día de  la Maestranza. Este cargo lo cumplí con entereza y justicia. El hombre que rendía, recibía mi más franco apoyo. Ayudé a surgir a muchos hombres dándoles oportunidades y ahora me lo agradecen. Esta virtud sí fue reconocida por los hombres que trabajaban conmigo.

— Dicen que una vez sí estuvo con los obreros. En la asonada contra el Prefecto.

— Ahhh sí. Fue la única vez que abandoné mis casillas. Febrero del 48. Aquella vez advertí que el Prefecto se había pasado de la raya. Una cosa es ser autoridad y otra muy distinta es ser abusivo. Aquel canalla lo era. ¡Imagínate, maltratar a una mujer por reclamar lo que es justo! No. Yo me indigné mucho y aquella tarde, aunque los hombres me miraban con desconfianza, yo marché con ellos a protestar. Sólo cuando las balas comenzaron a menudear y la gente a correr por aquí y por allá, me retiré a mi casa. Creo que lo que el pueblo hizo aquella tarde, lo había provocado el mismo déspota. Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Rostro alargado, rubicundo, cruzado de arrugas trazadas por soles candentes, por espinas hirientes de hielo que lo quemaron sin piedad; por vientos silbantes que le formaron ceño profundo y ostensibles patas de gallo; ojos celestes enmarcados por cejas y pestañas canosas; grenchas blancas, rebeldes, sobresaliendo del casco ambarino que cubre su cabeza. Varonil, pétreo, erguido, no obstante haber sufrido toda la agresiva gama de fenómenos atmosféricos que aquí se dan sin  tregua; por el cambio brusco de temperaturas de infierno en determinados niveles de la mina, a fríos estremecedores en otros. Si algo caracteriza a este laborero legendario, es su eficiencia, disciplina y honradez en el trabajo, sobre todo, su lealtad con la compañía que lo contrató.

Conocedor como ninguno de todas las instalaciones de la Compañía, -sigue diciendo- el año de 1938, cumpliendo órdenes superiores tuve que desarmar el Winche que con tanto trabajo y riesgo había armado en 1907. Después tuve que reconstruir los talleres. Tras Breve estada en Upamayo, intervine en la edificación de la Concentradora Paragsha. Luego de construir los talleres de la fundición de hierro de Lourdes, quedé como jefe hasta noviembre de 1946, en que fui transferido como Capataz a la Sección Tuberías. Recuerdo que en muchas ocasiones fui enviado a trabajar a lugares en los que rondaba el peligro, tanto en la mina como en la superficie, principalmente en aquella en que se produjeron incendios, derrumbes, etc. Por ejemplo, en 1936 cuando se inundó el nivel 2100 por efectos de un disparo, jugándome la vida tuve que cerrar una enorme compuerta de hierro salvando la vida de toda la gente. La inundación duró tres meses. –Aspira aire y sigue desenredando sus recuerdos- “Otro negro recuerdo que tengo es del desplome de la labor 8183, de la mina Lourdes, en el que murieron altos jefes conjuntamente con su gente. Esa vez trabajamos dieciséis horas seguidas en la tarea de rescate”.Aquella vez fui distinguido con la medalla de bronce al Mérito por el superintendente Peet. Esa vez cumplía 29 años de servicios a la compañía”.Después de haber trabajado como Capataz de Tuberos, fui transferido al Departamento de Mina, para hacerme cargo de la sección Hydraulic Fill, siempre en el cargo de Capataz”

“Tuve la suerte de ser siempre estimado y respetado por mis superiores y compañeros de labor para quienes guardo los mejores sentimientos de simpatía y agradecimiento por la confianza que depositaron en mí. En 1957 fui declarado Socio Honorario Vitalicio del Club Norteamericano, La Esperanza y, hace unos días me han declarado “El Minero del Año”-. Mientras decía esto, fue mostrándome sus numerosos certificados, diplomas y demás recuerdos, escrupulosamente guardados. Todos estos documentos muestran a las claras que estamos ante un hombre eficiente, disciplinado, honrado y muy leal. Dos notas periodísticas guardadas con celo extremo muestran su calidad humana. En una de ellas, LOS ANDES, de mayo de 1922, lo felicita muy efusivamente por su ascenso a Jefe de Talleres de Mecánica de la Fundición de Smelter. El otro, EL MINERO, de noviembre de 1938, realiza una exaltación de su persona y su trabajo de armar la Wincha 23153 en 1907 que luego desarmó en 1938. En una parte dice: “El señor Garzón suspira mientras implementos de mecánica en las manos de sus operarios van desbaratando poco a poco las piezas de su antigua obra. Entretanto parece decir en lo recóndito de su alma: “Oh vieja obra, amiga mía: si ayer te di la vida, hoy te dejo morir después de treinta años”.

Se ufana, con mucho orgullo, que en tantos años de trabajo, jamás ha tenido accidente alguno porque siempre observó las reglas de seguridad con mucha meticulosidad.

Solo, célibe, con muchos amigos pero sin compañera, sobrelleva sus días en los diez lustros que está entre nosotros. Su vida se restringe al trabajo, la pensión del Hotel Americano y las tardes de sol en la pared del comercio de Vicente Vegas con su más cercano amigo, Lucho Luzares, chapeta hablador con quien recibe las postreras caricias del sol muriente del véspero. La única indumentaria que le conocemos es un overol azul, zapatos de trabajo reforzado de clavos de bomba y su casco ambarino donde coloca la lámpara de carburo cuando está en las profundidades de la mina.

— “Ya me siento algo cansado. He cumplido cincuenta años de servicios a la Empresa. Uno de estos días me retiraré. Cuando eso suceda, me iré en silencio como he venido, seguro de haber vivido una vida útil aunque controversial en un pueblo que me abrió los brazos de par en par y al que yo quiero mucho. El Cerro de Pasco es mi segunda patria. ¡Que Dios –si existe- lo bendiga!”.

Como lo dijo, lo hizo. Un día desapareció con su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar, sin decir ni una palabra. Después nos enteramos que vivía en Chaclacayo, muy cerca de la casa de don Pancho Valdivia, su viejo amigo. Después, nada. ¿Qué habrá sido la vida del “Diablo Macho”?

 

 

 

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