LAS HUANQUITAS AGUADORAS

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Grupo de campesinos jaujinos –hombres y mujeres- que llegaban trabajar. Ellos en las minas, ellas como aguateras. Aquí en un alto en el que se ve al “Contratista” (casco y con anteojos)

En nuestro pueblo, el problema del agua potable tiene una incómoda vigencia, desde siempre. Es un tema que cada año han sacado a relucir los aspirantes a la Alcaldía. Una vez en el cargo, en tanto tomaren conocimiento de las gestiones realizadas o por realizarse, se agotaba el tiempo de gobierno para los elegidos en elecciones populares o “a dedo”, según sea el caso. Éste debía durar un año -período tan corto en el que nada verdaderamente significativo podía realizarse- de ahí que el indeciso tema fuera alargándose per sécula seculorum. Hasta ahora –aunque no quiera creerse- la cantilena continúa.

Bueno, el caso es que para solucionar el tremendo inconveniente de trasladar el agua de la laguna de Patarcocha, hasta las casas particulares, se constituyó un simpático gremio de “Aguadoras”, encargadas de esa pesada labor; especialmente cuando “el cielo se venía abajo” y las calles enfangadas por la lluvia,  la nieve o  el granizo, hacían algo más que heroico el trasiego de recipientes con agua. Por otro lado, las respetables familias “Decentes”, jamás iban a permitir que sus sirvientas perdieran valioso tiempo en ese menester. De ahí que con una visión práctica y expeditiva, las jóvenes mujeres venidas del valle del Mantaro llegaron a conformar el gremio que  con especial cariño denominaban: “Las huanquitas aguadoras”.

Tenían que ser jóvenes para resistir la exigencia del transporte, en número de treinta a cuarenta, encargadas del trasiego del agua de la laguna a la casa. Para ello contaban generalmente con latas vacías de “Aceite linaza”, o de manteca o pequeños barriletes que, de acuerdo a la distancia tenían una tarifa previamente estipulada. Hasta Chaupimarca, diez centavos; hasta la Plaza Centenario, quince centavos y, más allá de esos límites, veinte centavos. Coordinadamente con un encargado por la Municipalidad que revisaba el estricto cumplimiento de la limpieza de las latas, las “huanquitas” –motu proprio- cuidaban la limpieza de todo el perímetro de la laguna. Jamás permitían que los animales se acercaran a las orillas y, a las personas que “iban a hacer sus necesidades” por ahí cerca, las ahuyentaban a pedradas contando con la aquiescencia policial. La limpieza del agua estaba garantizada. De entre ellas, había un grupo que iba hasta Garga y de la fuente cristalina de “Piedras Gordas”, sacaba el agua de una pureza extraordinaria y la llevaban hasta la casa de determinadas familias “Decentes”, para vendérselas a mayor precio; eso sí, para probar que eran de aquel lugar, llevaban un manojito de frescos berros que por la zona abundaban. Pasado el tiempo, el alemán Wilhelm Herold, al ver la excelente calidad del agua, decidió instalar una cervecería; para ello hizo traer a, través del consulado alemán, el lúpulo y levadura de Baviera que, conjuntamente con la fresca cebada del Mantaro, arrojó una deliciosa cerveza que por mucho tiempo se bebió a raudales en el Cerro de Pasco y lugares aledaños: La famosa “Cerveza Herold”.

Daba gusto por aquellos años –permítanme la digresión- ver dominicalmente a nutridos grupos de amigos dirigirse a la cervecería que quedaba frente a la laguna de Quiulacocha, llevando sus guitarras con gran entusiasmo y una sed de enormes magnitudes. Ya en el lugar y efectuado el prorrateo correspondiente, se comenzaba adquiriendo un costal de cerveza que estaba constituido por tres docenas muy bien embaladas con unos protectores de totora por cada botella. Las bromas, chistes, y canciones a voz en cuello, alegraban aquellos andurriales. En determinado momento, se mandaba traer enormes butifarras de salchichas tudescas fabricadas por el alemán Nicolás Pohellmann, entre sustanciosos toletes de la panadería “El Modelo” del francés Leopoldo Martin. En todo momento la alegría era desbordante y continua. Ya llegado el véspero, la “tropilla” de animadas “Tiras” con pasos inseguros, por tanto “trago”, la guitarra al hombro y una bullanguera algarabía volvían a la población. Yo, niño que vivía en el “Misti” -barrio de leyenda- los veía pasar, chispeados, siempre alegres y cansados.

Bueno, volviendo a las “huanquitas”, diremos que su labor, muy apreciada por cierto, no estaba restringida al transporte del agua solamente, también tenían que cumplir otra tarea de profilaxis urbana. Cuando por la superpoblación se determinaba el exterminio de los canes vagos mediante las tabletas de estricnina, las huanquitas, después de atar una soga al rabo del animal muerto, tenían que llevarlo hasta las abandonadas bocaminas de “Algohuanusha” (Perro muerto), y arrojarlos a dichas oquedades. De ahí que esta zona alta, entre Matadería y Huancapucro, plagada de agujeros mineros, tome el nombre de Algo Huanusha.

Nos llegamos a acostumbrar tanto a las huanquitas que, dejamos de poner énfasis en el pedido de agua para el Cerro. Es más, nos contaba el propietrio de “El Trocadero”, don Juanito Cortelezzi que, en una rueda de amigos, cuando alguien avivó el tema del agua, otro contertulio le respondió airado y poniendo punto final al tema: “No puedo creer que haya un “cerreño” que sea tan mezquino que no pueda pagar un real por un poco de agua, carajo. Además, las cholitas son tan lindas y comedidas”.

A esto es necesario remarcar que la institución de las aguateras la implantaron los numerosos españoles recientes en la ciudad. Ellos establecieron en nuestra ciudad lo que para ellos era una costumbre. De ellos se dice. “El aguador en España.- Para conducir el agua potable a las casas, los aguadores guiaban dos o tres borriquillos de los cuales llevaban unas angarillas con media docena de cantaritos de barro cocido y con ellos subían los conductores a las habitaciones y llenaban las tinajas o cacharros que para el objeto tenían destinados los vecinos. Estos modestos traficantes del agua se hallaban agremiados y cobraban una tarifa en función de la cantidad suministrada. Posteriormente, se introdujo otra clase de aguadores que con un carro de cubo y una caballería hacían el servicio de trasportar el agua a las casas. (…) En Madrid, el oficio de aguador se prolongó por cuatro siglos, hasta el siglo XX. Se reunían en las principales fuentes de la ciudad para abastecerse de agua y distribuirla a las casas de los compradores. Existían numerosos tipos de aguadores en función del tipo de agua que acarreaban”.

huanquitas aguadoras 2Lo que también se recuerda de este simpático y muy querido gremio es que, llegado el último día de carnaval, premunidos de vistosos disfraces, rodeadas de serpentinas y pintadas el rostro con harina, organizaban su “Corta Monte”, inicialmente alegrado por arpa, violín y tinya, posteriormente por mejor estructurados conjuntos musicales. En realidad, la verdad sea dicha, fueron las “huanquitas” las que instituyeron la costumbre del cortamente en la ciudad minera. La alegría de estas rondallas pueblerinas era contagiosa porque, como siempre, artistas de la danza y la gracia, gozaban tremendamente de la fiesta. Nunca he visto bailar a nadie, con más gracia y elegancia que a los jaujinos en sus tumbamontes. Por otra parte, para nutrir de parejas el jolgorio, utilizaban una muy alegre “trampa”. A los mozos que podían apresar las chicas, lo amarraban en el árbol. Quienes quisieren obtener su libertad tenían que “portarse” (pagar) uno o dos botellas de aguardiente, después de lo cual se quedaban a seguir bailando. ¡Imagínense la cantidad de “presos” que habría por aquello días!.

Cuando agotadas las gestiones, se consiguieron que en estratégicos lugares de nuestra población se colocaran pilones de agua, el gremio se debilitó; pero es necesario decir como un imperativo de admiración y respeto, que la mayoría de estas sacrificadas mujeres, con el ingreso de su trabajo de aguateras, lograron la sobresaliente preparación de sus hijos. Mucho se habló- como ejemplo substancial- del caso de un notable abogado que ejerció en nuestra ciudad y llegó a ser miembro destacado de la Corte Superior de Justicia: era hijo de una “huanquita aguadora”.

 

 

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