DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

 

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