El semental cerreño

semental cerreño

Aunque usted no lo crea, el mes de mayo de 1922, los periódicos del Cerro de Pasco, publicaban un curioso Decreto Supremo que, decía:

EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA

Considerando

Que es inexcusable el deber del Estado, estimular, por cuantos medios esté a su alcance, el crecimiento y vigorización de la raza como base del engrandecimiento nacional:

Decreta:

1º. Institúyase un premio anual que se denominará MATERNIDAD Y PATRIA consistente en la adjudicación de una casa a las dos primeras madres que presenten el mayor número de hijos sanos; debiendo de pertenecer una de las madres a clase media y la otra, a la clase obrera.

2º.- El ministro de Fomento queda encargado del cumplimiento de este decreto.

Dado en la Casa de Gobierno, en Lima, a los doce días del mes de mayo de novecientos veintidós

  1. B. Leguía Lauro A. Curletti.

En aquellos momentos, la compañía norteamericana “Copper Corporation” que administraba una planilla de doce mil hombres en minas, talleres, oficinas, ferrocarriles y demás ambientes de su propiedad, tratando de cumplir con los lineamientos del Gobierno, quiso agrandar este premio entre sus servidores. Publicitó, “premios en efectivo a los padres más prolíficos”. Afirmado que era imperativo recompensar a los padres que trajeran hombres fuertes y productivos para el país. Como es lógico, las parejas cerreñas deseosas de ganarse el galardón, no dejaron en paz los tálamos laboreros y apuraron afanosamente -con mucho placer por supuesto- la producción de críos en serie.

Se sabía, por un expeditivo medio de publicidad, que cada mes, uno, dos o tres individuos, se llevarían a casa, un atractivo  premio por sus hazañas amatorias. En realidad, -digámoslo sin tapujos- aquellos fondos compensatorios iban a parar a manos de cantineros que atendían inacabables brindis de los más efectivos garañones cerreños. Los chiuches florecían y alborotaban en el Hospital de la COPPER y en el Carrión, porque, inclusive, quienes no estaban comprendidos en el concurso, se contagiaron de la moda y le dieron gusto al cuerpo hasta límites inesperados. En las calles cerreñas abundaban mujeres jóvenes con tremendas barrigas que proclamaban su fecundidad llevando de la mano interminable ringla de niños chaposos con un recién nacido a las espaldas. Era lo más común y cotidiano.

Esta moda publicitada con bombos y platillos, no hacía más que exacerbar el machismo minero, siempre pujante, donde el promedio de bullangueros niños por hogar era de ocho como mínimo. Aquí, como se sabe,  se menosprecia a quienes  no llegan a esa marca promedio  generalizada. Lo que entonces no se sabía y se achacaba a la sola potencialidad fecundadora del hombre era que, en el Cerro de Pasco, la lactancia materna que debía proteger a la mujer de la preñez, no funciona. Aquí, cerca de Dios, la mujer que está dando de lactar, se está embarazando de nuevo.  No ocurre el milagro del control debido a que la hormona que regula la fertilidad con la lactancia llamada prolactina, es prácticamente nula en nuestra población. Es la responsable de que la lactancia materna no esté siendo efectiva como método anticonceptivo natural.

Al finalizar aquel año subieron la recompensa para el mejor fecundador obrero. ¡Claro!. Los gringos estaban de plácemes. Cuanto más niños, más laboreros en las bocaminas y talleres, especialmente en la “Picking Plant” donde se iniciaban en el trabajo a los diez y once años de edad. Sólo era cosa de publicitar el concurso. Por eso es que para la Navidad de aquel año, el Superintendente Philpott, quedó estupefacto. El premio le correspondía a un tal Fructuoso Goyena, que había logrado acumular diecinueve niños –hombres y mujeres- en veinte años de matrimonio. ¡Un hijo por año! Sin salir de su asombro, encargó a su secretario que llevara a la oficina a tremendo plus marquista extraordinario. Quería felicitarlo personalmente y contemplar de cerca cómo podía ser un mortal de semejantes cualidades genésicas y tremendo prontuario fecundador. Así se hizo.

Una mañana, el Secretario anunció al Superintendente que, a la espera de ser recibido, se encontraba Goyena. Todo fue escucharlo y el corazón le dio un vuelco el gringo. Por fin conocería a un hombre que había podido superarlo diecinueve veces; él no tenía sino un solo esmirriado engendro en casa, pálido como un pabilo.

Se trazó en la mente la figura del semental y lo imaginó enorme, poderoso, bien parecido. No podía ser de otra manera. Un hombre débil, enclenque y sin atractivos físicos, de ninguna manera podía haber alcanzado esa proeza tremenda de hacer parir anualmente a su compañera. Para salir de aquella interrogante, ordenó que lo hagan entrar en su oficina.

Lo que apareció ante sus ojos fue todo lo contrario de lo que había imaginado. Un hombre delgado, macilento, con el mameluco enorme cubriéndole la carcasa mezquina y, sin ningún atractivo. No lo pudo creer. Tuvo que preguntar…

— ¡¿Usted ser Fructuoso Goyena…?.

— ¡Sí, Mister. Para servirle.

— ¡¿Usted tiene diecinueve…niños…?!.

— Efectivamente, Mister. Tengo diecinueve hijos. Todos vivos.

El gringo estaba estupefacto. No lo podía creer. Es más. No podía entender cómo, este hombre tan simple y aparentemente débil, pudiera tener tantos hijos. No terminaba de convencerse, por eso siguió preguntando.

— ¿Usted, ha tenido un hijo cada año de su matrimonio…?.

— Sí, Míster.

—Yo no logro entender eso –Estaba perplejo. No lograba armonizar su pretendido reproductor con éste que tenía delante. Decidió jugarse su última carta- ¿A qué atribuye usted el que tenga tantos hijos, Goyena. Puede explicármelo?.

— Todo es muy sencillo, míster.

— Bueno, entonces, explíquemelo, por favor.

— Bien. Yo, míster Philpott, vivo a sólo dos metros de la línea férrea en el barrio de la Docena….

— Bueno, pero eso qué tiene que ver con su caso….

— Es que diariamente, de lunes a sábado, de las cinco hasta la seis de la mañana, la locomotora del ferrocarril pasa por mi puerta haciendo un estrépito infernal… Va calentando motores para arrastrar coches y bodegas hasta que sale de la estación con rumbo a la Oroya…

— ¿…y?.

— A partir de ese momento ya es imposible dormir.

— ¿…y?.

— Bueno, levantarse a esa hora de tanto frío para ir a trabajar, es demasiado temprano….

— ¿…y?.

— Para seguir durmiendo, ya es demasiado tarde.

— ¿…y?

— ¡Cómo…y?! En ese trance se impone:  “¡Un mañanero!”

El gringo lo comprendió todo en un instante y con la risa abierta en los labios le alcanzó el apetecido premio al obrero fecundador.