LOS EXPULSADOS DE CHILE

La espantosa noticia inicial del consulado peruano en Chile:

“Los huelguistas no cometieron ningún desorden importante, ni amenazaron a la población, los patrones o la autoridad; ni pretendieron sustituir a ésta. Se hallaban además, desarmados. Lo pedido por los huelguistas no era irrazonable, ni se mostraron inflexibles discutiéndolo. La acción militar del 21 de diciembre de 1907 significó un golpe paralizante para el movimiento obrero del salitre de Tarapacá. Sobre los muertos se barajaron diversas cifras. Desde las que dio el general Silva Renard (400 muertos),  El Comercio (1,000 muertos), hasta historiadores imparciales que la sitúan entre 2.000 y 2.500 muertos. Ciento cincuenta sobrevivientes fueron llevados al Cerro de Pasco (Perú) donde fueron calurosamente acogidos en sus minas y talleres”.

los expulsados de Chile

Las páginas de nuestra historia son prodigas en grandiosos hechos de cooperación y socorro colectivos. Una de las más saltantes ocurrió el miércoles 22 de enero de 1908, cuando ciento cincuenta obreros chilenos -cada uno con su familia- fueron vilmente expulsados de las salitreras de Iquique. Habían luchado a brazo partido para que su gobierno les aumentara sus exiguos haberes. Lejos de comprenderlos, los reprimieron salvajemente llegando a matar a centenares de hombres, mujeres y niños. Los que sobrevivieron, en acto sin precedentes en la historia mundial, fueron expulsados de las fronteras chilenas. Nuestro pueblo minero, conocedor de estos avatares se conmovió en extremo y, en demostración  extraordinaria, hizo venir a estas familias para brindarles su protección en nuestra ciudad.

El pueblo cerreño que tan sólo 28 años atrás había sido pasto de la pillería chilena cuando su soldadesca ocupara nuestros linderos, tenía todavía sangrantes  las heridas de la guerra. Recordaba que en nuestras calles habían caído hombres y mujeres que se resistieron  a sus atropellos y muchos fueron fusilados en las paredes del cementerio de Yanacancha. Algo imperdonable. Con libros de nuestra parroquia, municipalidad y otras dependencias estatales, encendieron piras de fuego para abrigarse dejándonos sin preciados documentos históricos. Después de una salvaje requisa, se llevaron el más rico botín de guerra que pueblo alguno del Perú cediera a los invasores. Quienes pudieron haber defendido su integridad, habían caído en los arenales del sur, protegiendo las fronteras de la patria. Lo mejor de su juventud lo había constituido la inmolada Columna Pasco. No obstante esas dolorosas heridas, el pueblo reaccionó en favor de ayudar a aquellos seres chilenos ahora en desgracia, víctimas de la arbitrariedad de los poderosos. No era para menos. Todos los hombres y mujeres de nuestro pueblo sabían lo que significaba el atropello y la maldad de los explotadores.

Desde los primeros días del fatídico mes de diciembre de 1907, la prensa cerreña había hecho conocer los pormenores de la salvaje matanza que conmovió profundamente la sensibilidad minera. “La Pirámide de Junín”, “Los Andes”, “El Eco de Junín”, “La Unión”, “La Gaceta”, “El Cerreño”, “La Alforja”, “El Regenerador del Pueblo” y “El Minero Ilustrado” -diarios entonces en circulación- informaron que el domingo 15 de diciembre, más de dos mil obreros de las salitreras de Iquique habían llegado en “Marcha de Sacrificio” ante las oficinas de los jefes para reclamar un salario más digno y mejores condiciones de vida. Vivían hacinados en campamentos maltrechos y oscuros y el salario que les pagaban, era miserable.

“Previamente –informaba “El Minero ilustrado”- consultadas las bases, se decidió que a partir del 10 de diciembre de 1907 se paralizarían las tareas en toda la pampa salitrera y se marcharía en masa al puerto de Iquique, para protestar frente al intendente y los empresarios. Esta demostración daría a conocer a la opinión pública de la provincia y al país entero, los abusos que se cometían con los obreros del salar. Los días 11 y 12, la noticia corrió como reguero de pólvora y los trabajadores comenzaron a movilizarse en las distintas salitreras, pueblos y cantones de la provincia de Tarapacá”. También hacían  conocer las limitaciones a las que estaban restringidos. “Estaba prohibido el comercio o intercambio de bienes entre mineros de las diferentes salitreras. El horario de trabajo era de sol a sol (que en la pampa norteña significa catorce horas o más), sin descanso dominical ni vacaciones anuales. Existía un sistema de persecución policial recompensada cuando había que atrapar a un obrero que hubiese abandonado su empresa sin dejar un depósito de garantía por las herramientas utilizadas en el trabajo. Además, la administración de justicia estaba en manos de la “serenía” -guardia policial interna- que a menudo recurría al cepo o el látigo para imponer castigos ejemplares. A las pésimas condiciones de trabajo, se sumaba la falta de salubridad en las pocilgas hechas de chapa y costra de sal donde habitaban los mineros con sus familias, poco más altas que un hombre y techadas con sacos o latas, verdaderos hornos durante el día y gélidas heladeras cuando llegaba la “camanchaca” (neblina fría propia de las noches en el desierto chileno); casuchas malolientes donde proliferaban las epidemias producidas por un ambiente malsano, donde las inmundicias de los desperdicios y las letrinas anexas a los barracones convertían aquellos habitáculos en un hervidero de moscas, gérmenes y pestes, con una aglomeración aberrante que invitaba a la promiscuidad casi animal entre sus inquilinos y estimulaba la procreación de los roedores que pululaban entre los humanos”.

Posesionados de las alturas, los huelguistas comenzaron a hacer escuchar sus protestas y arengas. Estaban indignados. Previamente,  a pedido de sus jefes,  habían abandonado palos y barras de hierro, utilizados como bastones para la agobiante caminata. Acompañados de sus mujeres e hijos entraron pacíficamente en el puerto de Iquique. Pese a que la comisión negociadora procuró convencer a los trabajadores, éstos, hartos de engaños y dilaciones indefinidas, se negaron a emprender la retirada y dieron 24 horas de plazo a los patrones para pronunciarse. El suplente del intendente intentó tranquilizar a las masas, garantizándoles que sus peticiones serían aceptadas, pero que debían conceder el plazo de ocho días. La disputa entre las partes se tornó caóticamente candente. Cuando vieron que nada se conseguía, el jefe de la policía hizo avanzar las ametralladoras del “Esmeralda” y las colocó frente a la plaza donde estaban los obreros, sus mujeres y sus hijos. Acto seguido se dirigió al Comité para -según sus palabras-: “suplicarles que evitasen al Ejército y la Marina el uso de las armas para hacer cumplir la ley”. Silva Renard –el jefe- decidió que no podía esperar más. Temía que si se hacía de noche, con la oscuridad la situación se complicaría aún  más. En esos momentos apareció en la plaza una manifestación de unas 400 personas más de los gremios de Iquique, gritando y apoyando a huelguistas. La tropa les dejó pasar para que se unieran a los huelguistas y así evitaron que anduvieran circulando descontrolados por la ciudad. Mientras tanto, los jefes militares debatían sobre si era mejor cargar con bayonetas o utilizar las armas de fuego. Finalmente se decidieron por estas últimas. Al mismo tiempo, los cónsules del Perú y otros países realizaban gestiones desesperadas para salvar las vidas de los huelguistas sin conseguir nada positivo.

Las 15:45 fue la hora señalada. Silva Renard consideró que “viendo que no era posible esperar más sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y fuerza pública…”, ordenó el comienzo de las descargas de fusilería, seguido de las ametralladoras, generando una matanza indescriptible. Una masacre si nombre. La desesperación y confusión se apoderaron de la muchedumbre compuesta por hombres, mujeres y niños desarmados, que corrían intentando salir de aquella balacera infernal. Un cerco de militares con bayonetas caladas se lo impedía. Luego de las primeras descargas de fusiles y ráfagas indiscriminadas de ametralladoras se acabó con gente que gritaba y lloraba frente a heridos ensangrentados y cadáveres que se iban apilando. Al final cargó la caballería con sus lanzas en punta, aniquilando a muchos más en su arremetida. Así cayeron otros muchos inocentes, atravesados por lanzas y bayonetas o golpeados brutalmente por las culatas de los fusiles. Fue algo tan cruel y vandálico que ensombreció para siempre el honor de la policía chilena.

niños chilenos masacrados
Niños chilenos masacrados en una represión salvaje

Cuando hubo concluido la atroz masacre, centenares de muertos y heridos quedaron tendidos en la plaza. Los sobrevivientes que apenas podía caminar por sus heridas, fueron evacuados a la fuerza por la calle Barros Arana, rumbo al hipódromo. Los mandos militares calcularon que se llevaron aproximadamente entre 6.000 y 7.000 huelguistas presos, custodiados por los lanceros. Muchos de los presos se desplomaron y cayeron en el trayecto, a causa de la gravedad de sus heridas.

Los informes de los cónsules acreditados en Iquique fueron contundentes. El de los Estados Unidos informó a su gobierno que “la escena después de la balacera fue indescriptible. En la puerta de la escuela los cadáveres estaban amontonados y la plaza cubierta totalmente de cuerpos”. El cónsul británico, Charles N. Clarke, afirmó que “las ametralladoras dispararon durante un minuto y medio, dejando tal cantidad de muertos que es difícil contabilizarlos”. El corresponsal de El Comercio de Lima calculó 450 cadáveres y el de The Economist de Londres cifró en 500 los caídos aquel día. Innumerables heridos fallecieron posteriormente en el Hospital de Beneficencia y fueron enterrados rápidamente en una fosa común, para evitar su inclusión en las listas de difuntos. Estudios más recientes mencionaron la cantidad de 2.000 personas ejecutadas durante la masacre. El hecho sin duda constituye una auténtica barbaridad.

Conocedores de esta iniquidad y olvidando pasadas heridas de guerra, los cerreños se organizaron para traer a los sobrevivientes que habían sido expulsados. Su intención era darles albergue y ayuda. Se estableció una comisión presidida por el Doctor José Santos Chiriboga, Presidente de la Beneficencia Pública, integrada por los hermanos Ibarra, los señores Miguel y Cipriano Proaño, los doctores Vallés y Tasso y del señor Abilio C. del Valle, de la “Droguería Popular”. Se sumó a ella la totalidad de instituciones religiosas de la localidad, los clubes de auxilios mutuos, instituciones culturales y deportivas y pueblo en general. Esta comisión trabajó arduamente para traer a los damnificados en barco desde Chile y, desde el Callao, lo trajeron al Cerro de Pasco, en ferrocarril. Para recibirlos, estuvo el pueblo minero en pleno. La estación del ferrocarril estaba repleta de gente generosa que les dio la bienvenida. Han sido inolvidables aquellas escenas.

Aquella tarde, la Plaza Chaupimarca estaba colmada de obreros mineros con sus esposas e hijos que no cesaban de aclamar a los chilenos que llegaban. Entraron en la iglesia de Chaupimarca donde se les dio la bienvenida. Después de los discursos del caso, el Presidente hizo entrega del total de la colecta efectuada en la ciudad consistente en una suma respetable, publicada por los periódicos. El subprefecto informó que la “Cerro de Pasco Mining Company”, había decidido darles trabajo en las lumbreras de “Noruega” y “Peña Blanca”. Inmediatamente después, a medida que los empadronaban, en una carpa gigantesca que habían improvisado, las damas les servían sus alimentos y departían con los chilenos; asimismo se les atendía en los auxilios médicos a muchos de ellos.

Aquel primer día, fue conmovedora la manera cómo, con unas muestras de cariño fraternal y hermoso, las familias previamente inscritas, dándoles abrigo y cariño los llevaban a sus casas para alojarlos. Los chilenos muy emocionados, no sabían cómo agradecer el gesto; las mujeres y los niños lloraban estrechados en abrazos fraternales con sus anfitriones. Aquello fue inolvidable. Fue uno de los más hermosos gestos colectivos que  nuestro pueblo realizó en toda su historia. La prensa nacional lo comentó con admiración. Aquellas personas  agradecidas jamás abandonaron nuestra tierra. Todavía quedan familiares de aquellos troncos chilenos en las calles mineras.

Este es un gesto de amor que ha sido capaz de realizar nuestro pueblo heroico.