LA MONJA DE PASCO

monja-imagen-animada-0012Cuentan que al instalarse una pequeña vicaría del monasterio de las hermanas nazarenas en la Villa de Pasco -junto a las Cajas Reales- se había amainado el espíritu levantisco, pervertido y camorrista de sus pobladores, sin embargo pasado unos meses retornó con más ímpetu y virulencia la indisciplina. No eran pocos los muertos que aparecían por sus calles ni menos los escándalos cotidianos.

Apesadumbrado por estos acontecimientos, Sor María de la Concepción, a la sazón, Madre Superiora del convento, juzgó que todo esto ocurría por falta de auxilio espiritual de un sacerdote. Los que se encontraban en Vicco y Ninagaga, muy pocas veces asomaban por la villa.

Se encomendó al Hacedor poniendo tanta fe en sus rezos que un día el Todopoderoso se le presentó circundado de un halo luminoso en un marco de coros celestiales.

  • ¿Qué deseas, hija mía? –Interrogó el Supremo.
  • Padre mío; la perversidad se ha adueñado de este pueblo. Las gentes han olvidado tu existencia y viven en desorden, en pecaminoso desorden. Muchas personas mueren sin el auxilio de un sacerdote, condenando su alma a los atroces castigos del infierno.
  • ¿Qué sugieres que hagamos, hija mía?
  • Te pido que aplaques los apetitos pecaminosos de los hombres y mujeres dándoles la paz espiritual de tu bendición.
  • ¡Así lo haremos, hija mía! – Y al ver que la monja permanecía de rodillas en una mar de llanto y sin poder levantar los ojos, el Señor, preguntó: ¿Deseas algo más, hija mía?
  • Sí, padre. Aquí hay muchos individuos que mueren sin expiar sus pecados, sin arrepentirse, porque no se confiesan.
  • ¿…Y?…
  • Te pido que me des a mí –tu humilde sierva- licencia para confesar como los sacerdotes y autoridad para poder perdonar sus pecados.
  • ¿Podrás, hija mía, tener el valor de guardar el secreto de la confesión?
  • Sí, padre –respondió Sor María de la Concepción encendida de fe y esperanza.
  • Bien –dijo el Señor- meditaré sobre el asunto; entretanto, quiero que guardes esta cajita durante tres días. Contiene un gran secreto y te pido que no la abras. -Luego de pronunciar este encargo el Señor desapareció.

Los primeros días, Sor María de la Concepción guardó celosamente la cajita, pero a medida que las horas transcurrían, la curiosidad le acicateaba con más y más fuerza. Tanta fue su inquietud y tanto su desatino que, al borde del tercer día abrió la cajita llena de curiosidad, y al momento, un hermoso pájaro de brillantes colores tomó los aires y se alejó por una de las ventanas abiertas del monasterio. Al momento apareció el Señor que le decía:

– ¿Ves hija? Tú no puedes servir para confesora, porque aún antes de los tres días de poseer un secreto, ha parecido que te faltara tiempo para divulgarlo. Dedícate a servir a tu prójimo y deja esa misión que me pides, para los sacerdotes. Ellos sabrán mantener cerrado el cofre de los secretos.

 

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