LA SEMANA SANTA EN EL CERRO DE PASCO (Tercera parte)

Semana santa 2

Con abundante lluvia que empapa el féretro, el Divino Nazareno avanza llevado por los recios hombros mineros; hombros broncíneos que  cargan metales; que sostienen vibrantes perforadoras; que por negras galerías empujan coches repletos de metal; perforistas, troleros, enmaderadores, timbreros, tareadores, wincheros, maquinistas. En su corazón y su mente, en todo su ser, los obreros  repiten sus siempre renovadas esperanzas de lo que El nos prometiera hace dos siglos: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

Nunca mejor llevado el Salvador del mundo que por hombres que sufren el duro calvario de las trágicas oquedades mineras, como Él ha sufrido. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. “Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Estos penitentes, abrigados con gruesas bufandas e impermeables y pellizas de cuero, conducen al Señor por las rúas inundadas. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Los pasos uniformes y acompasados chapalean en los charcos, sin perder la disciplina del avance. Cabezas y cirios se guarecen bajo negras paraguas en tanto fieros ramalazos centelleantes iluminan la marcha contrita. “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

 

                        Jesús viene por las calles,

                        todo llagas y dolores,

                        y con los brazos abiertos,

                        en busca de pecadores.

 Las adoloridas voces de extrañas tesituras compitiendo con los estrepitosos fuetazos del tiempo inundan la noche alternando con la banda de tambores y estridentes clarines. La multitud entona canoros cantos de dolor. El Divino Redentor tiene cubierto el cuerpo magullado con un alba túnica que hace resaltar sus pómulos tumefactos y sus sienes laceradas por las agudas púas de la corona. Su gloriosa presencia atenúa rencores, alivia penas, consuela dolores. Las voces engoladas cantan:

¿Hasta cuándo, hijo perdido,

                                               hasta cuándo has de pecar..?

                                               ¡No me seas tan ingrato,

                                               llora pues tu iniquidad…!

Escoltando el féretro, los gallardos  bomberos de la “Cosmopolita” con casacas rojas y pantalones blancos, brillantes cascos de bronce y  hachas con crespones negros avanzan a imitación de las centurias romanas (Wilmer: que no muera nuestra hermosa  tradición); en fila paralela, los miembros de la policía con uniformes de gala y  armas a la funerala. También están los “Santos Varones” y los integrantes de otras cofradías.

¿No me ves aquí clavado

                                               con espinas en la sien. ?

                                               Hijo mío, así me has puesto

                                               con tu negra ingratitud.

Semana santa 3 Durante el largo recorrido, piadosas mujeres arrojan flores -ayer recogidas- sobre el lacerado cuerpo de Cristo. Son las únicas flores heroicas que se atreven a germinar en nuestras alturas. Son las pequeñas “para-para huaytas” de corolas amarillas y naranjas y rojas y lilas que caen desde las ventanas, desde los balcones, desde los altillos. Las abuelas conmovidas aseguran que estas florecillas son las lágrimas de la Dolorosa.

La Santa Virgen María, con el rostro traspasado de dolor y perlado de lágrimas, avanza en hombros de las devotas mujeres cerreñas. El sufrimiento de saber que sus hijos están envenenados de plomo y otros metales pesados y agonizan, las hace orar con enternecedora esperanza. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.

Las esperanzadas mujeres, arrebujadas en sus gruesos pañolones negros, uniforman sus pasos en una lentitud de recogimiento, en tanto sus voces agudas salmodian emotivas canciones.

¡Salve!…¡Salve!, cantaban, María,

            que más pura que Tú, sólo Dios;

            y en el cielo una voz repetía:

            más que Tú sólo Dios, sólo Dios…!

 La afligida Madre Virgen –viva imagen del dolor- va sobre riquísima peana de plata repujada y negro manto de terciopelo negro bordado en oro. Siete puñales de plata le atraviesan el corazón sangrante apenas sostenido por su pálida mano.

Con torrentes de luz que te inundan,

            los arcángeles besan tus pies,

            las estrellas tu frente circundan,

            y hasta Dios complacido te ve.

El terebrante sonido de las matracas acompasa el lento caminar de los cerreños. En cada esquina y debajo de un farol ex profesamente colocado desafiando la opacidad de la lluvia, el altar o monumento familiar erigido por las piadosas manos femeninas de la casa. Cada uno de ellos con lacrimosos cirios, estampitas de flores y palmas y olivos santos.

María, Tú eres mi madre,

                                               María, Tú eres mi luz,

                                               María, madre mía,

                                               Yo te doy mi corazón.

 Hombres y mujeres, ante la conmovedora presencia de la Dolorosa, han olvidado diferencias, han dado tregua a cotidianos rencores porque sólo Ella, la Paz, está presente.

El sábado, dedicado a la Santísima Virgen María, la iglesia sigue de duelo. A las diez de la mañana el Santo Oficio empieza con la consagración del nuevo fuego; sigue la bendición de los cinco granos de incienso destinados a aplicarse al cirio pascual cuya santificación va seguida de las doce lecciones de la Escritura Sagrada, llamadas Profecías, cuya lectura se alterna con cánticos y oraciones.

Cercana la medianoche del sábado, parejas de esposos, novios, amigos de barrio y fieles creyentes se dirigirán a las Capillas de los barrios y acompañados de orquestas típicas efectuarán el “Cruz Jorgoy”, que consiste en sacar la cruz para conducirla en procesión al taller del artesano que lo retocará para la “Fiesta de las Cruces” que esa noche tiene inicio.

Al día siguiente, domingo de Pascua de Resurrección, DOMINICA IN ALBIS, carcajadas de sonoras campanas delatan la alegría del pueblo. ¡Cristo el Señor ha resucitado! En el desayuno degustarán mórbidos “Panes de Dulce” remojados en apetitoso chocolates cusqueños. Atrás quedan los potajes de “lawitas” y mazamorras, de guisos y frituras con el blanco bacalao de Noruega que los extranjeros importaban a sus tiendas; toda una variedad culinaria para aliviar los obligados ayunos en los que predominaban la abstinencia de la carne; de todas las carnes. Los severos atavíos negros serán nuevamente guardados, -protegidos por bolas de naftalina-, en los viejos arcones familiares hasta el próximo año. Se ruega al Divino que, entretanto, no sea necesario  sacarlos. Los negros catafalcos de la iglesia serán reemplazados por sendas túnicas blancas; los santos nuevamente asomarán en sus hornacinas. Por la noche, entre la algazara del pueblo, públicamente será quemado el monigote que representa a Judas Iscariote, el maldito traidor y, libres de pecados, hombres y mujeres, renovarán sus bríos laboreros y la vida continuará, como siempre.

FIN….