EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Segunda parte)

(Fragmento del primer capítulo de mi novela EL PREFECTO en el que narramos el arribo del sátrapa que creyó estar llegando a sus dominios. Su actuación colmada de abusos y prepotencia originó una asonada popular que terminó con su muerte. Esto acaeció el lunes 16 de febrero de 1948. Fue uno de lo más negros capítulos de nuestra historia).

El prefectoLa inmovilidad de sus piernas agarrotadas por el frío, el bamboleo del carro por una carretera infame y la asfixiante altitud que comienza a agredir su cuerpo le hacen pensar en el desatino de haber desechado el coche especial que la Compañía había puesto a su disposición.  Lujosísimo, de uso exclusivo del Superintendente y algunos privilegiados del Gobierno, en el que sólo hay seis butacones mullidos forrados en cuero negro, una mesa amplia para el trabajo de oficina y un amplio diván para el descanso del jefe; el piso alfombrado, la iluminación de vistosas arañas, ventanas, correderas para que no haga ruido rodeado de un cortinaje de peluche encarnado con borlas y caireles dorados y, al rincón, baño completo a todo lujo. Un coche comodísimo al final del ferrocarril con perfecta estabilidad, ausencia total de ruido y blandura excepcional. Médico con balones de oxígeno y auxilios pertinentes, cocinero y mayordomo para atender los requerimientos del principal y sus acompañantes. De haber sabido el suplicio que causa el viaje, hubiera insistido respetuosamente ante el general, pero éste, obcecado en sorprender a los cerreños, insistió en que el viaje fuera por carretera.

Por fin, al superar el abra de Uliachín distingue numerosas torres lumbreras erizando el paisaje cerreño. Cada una de estas moles metálicas, a manera de gigantescos brocales, sujeta chirriantes jaulas con interminables poleas de acero que suben y bajan máquinas y metales, en inacabable sinfonía de chirridos. Ascensores que no dejan de trabajar en ningún momento del día o de la noche. Esta crestería de la acerada fortificación minera se yergue a la entrada de la bocamina y las 24 horas del día, traga y regurgita centenares de braceros cansados, tiznados de metal y sudor, que realizan la interminable saca metálica. La más importante y majestuosa es la lumbrera de  “Lourdes”, símbolo del capitalismo norteamericano; están también las nacionales, Excélsior, Diamante, San Expedito, Noruega, Santa Rosa, El Ebro, Mesapata, la Docena…

 

En el castillo de Lourdes,

                                               hay una jaula de acero,

                                               donde sube, donde baja,

                                               la vida del pobre obrero.

 

                                               Lamparita, lamparita,

                                               lamparita de carburo;

                                              tú nomás estás sabiendo,

                                               la vida que voy pasando.

 

                                                El trabajo de la mina,

                                          no me gusta, no me agrada,

                                                la pobreza me cautiva,

                                               para seguir trabajando.

Canta el heroico minero en su huayno triste. A la vera de las minas: los campamentos proletaria residencia de los obreros: Cuadras enormes de pequeñas habitaciones de 4×4 metros, – sala, comedor y dormitorio en el estrecho cubículo- con retretes y lavaderos de ropa en cada cuadra. En el nublado ámbito de la superficie, las fauces todavía abiertas de gran cantidad de bocaminas y, en la parte central, brillantes y tranquilas, las dos lagunas de Patarcocha: los ojos del pueblo. Rompiendo la monotonía del paisaje lluvioso la torre pétrea del Hospital Carrión, construida el siglo pasado por el Gremio de Mineros, tiene visible un enorme reloj cuyas campanadas han marcado el pulso del pueblo. Pedro Ruiz Gallo dejó esta preciada reliquia mecánica con carillones que incansables marcan los cuartos y medias horas y ejecuta la canción nacional al mediodía,  armada pieza por pieza  por él mismo.

Cuando ya está oscureciendo el Cerro de Pasco ve llegar al fatigado carro oficial con dirección a la Prefectura. Quedó sorprendido por la cantidad de gente que lo aguardaba. No esperaba esto. Cuando le abrieron la puerta del carro, levantó la cara seria, como debe ser una autoridad cabal, para que los serranos lo respeten. Fue fatal. En el primer paso del descenso sintió como si toda la sangre de su cuerpo se le fuera a los pies. ¡Arza! Sus ojos desfallecientes empezaron a ver extrañas mariposas de colores flotando delante de él. Los rostros de los notables, del cura, de los ayudantes militares… de todos, se difuminaban. Pensó: A dónde mierda se ha ido el aire… ¿Qué pasa, carajo? No vio más. Una arcada conminatoria lo sacudió; después una oleada desagradable de agua salada le invadió los belfos  jadeantes y, olvidándose de las poses protocolares que había ensayado, sin hacer caso a los saludos, a las palmadas y las sonrisas, desesperado, salvó las empedradas escaleras a grandes zancadas, abrió las puertas del baño y entrando como un poseso, dejó escapar toda la nauseabunda carga de sus revueltas tripas que no habían cesado de sonar su ventosidad en los últimos tramos del viaje. “El doctorcito Prefecto no me hizo caso, señores, –trata de justificarse el chofer-. En la Oroya ya se sentía con malestar, pero así y todo se arrimó un ponche de maca con cañazo, un platón de patasca con harto ají y papas, terminando con dos truchas fritas y, como si fuera poco, en Carhuamayo se tomó dos copones de Pisco para el frío”.

Inmediatamente el doctor Verástegui llamó al Hospital Carrión apremiando las órdenes de auxilio pertinente y al instante, con su impecable mandil blanco y su gorrita breve cubriéndole la calva llegó don Pedrito Santiváñez seguido de su equipo de trabajo, Zózimo Angulo, Máximo Jiménez y el “Muto” López, llevando un balón de oxígeno. “No, no, no” – Intervino rápidamente el doctor Norman Kelly, encargado de la dirección del Hospital Esperanza- “Tengo el encargo del Superintendente de la Compañía para trasladar al señor Prefecto al Hospital Esperanza para su atención correspondiente. Al instante la ambulancia principal de la poderosa Cerro de Pasco Copper Corporation transportaba al personaje a su alojamiento de la Esperanza.

Como era de esperarse, la noticia se expandió con inusitada celeridad por todos los confines. En la noche el chisme chinchorrero rodó de boca en boca por los cuatro burdeles citadinos; mancebías iluminadas al giorno, bullagueras y escandalosas, con su enorme variedad de tentadoras luminarias del sexo. Las esplendorosas hetairas del exclusivo “Rancho Grande”, -mezcla variopinta de idiomas extraños- elegantes en sus llamativos trajes de noche, maquilladas con finura en un escandaloso torneo de exquisitos perfumes, “Chanel”, “Atkinson”, “Guerlaine”, “Pigalle”; coquetonas y extravagantes luciendo hermosos abanicos en una tierra donde frescura es la que sobra; conduciéndose coquetas en el abrigado ambiente de fogoso hogar, mullidas alfombras, cortinajes de pana con frisos dorados, almohadones en sendos butacones de cuero, comentaban el acontecimiento del día.

Giuseppe Agostini, “Il vero capo de tutti capi” del burdel, jefe de la factoría motorizada de la Compañía norteamericana, con la voluminosa Mami sobre sus rodillas, sentencia: “Todo el que venga a este lugar, será bienvenido; sólo tiene que acatar nuestras reglas”.  Elevando la voz para que se le pueda escuchar sobre el “Blue Moon Serenade” de Gleen Miller que ejecuta la orquesta traída de Lima, la imponente pupila francesa Marion, expresa: “Como el Prefecto ha de ser uno de log nuegtos, le hemos hecho esta fiesta, pero pog su malestag lo posteggamos para otra ocasión”. Y allá, cerca de la penitente subida a la capilla de Huancapucro, debajo del promontorio que semeja un oasis por los quinuales que enmarcan una serie de casonas superpuestas, está la casona colonial del italiano Paolo Merello, legendario establecimiento que cumple tres funciones. Diariamente, a partir de las cinco de la tarde, en el patio interior concentración de jóvenes atletas, gimnastas y adónicos, para desarrollar molleros, reforzar piernas y bajar crecidas panzas. Uno que otro domingo ring de box donde se realizan espectaculares y sangrientas peleas. Sábados y domingos, “Academia de Baile”, donde argentinizados mozalbetes de chalinita blanca, gomina asentadora y sombrerito borsalino, descubren los secretos del tango y la milonga; alternan con ellos, cumbancheros de ritmos calientes de rumbas, congas, guarachas y danzones; pasodobles españoles, one steps, two steps, fox trots, swing y charleston. Y todos los días, a partir de las siete de la noche,  se ilumina como, “Rancho Chico”, concurrido y popularísimo lupanar.

Aquí están las más hermosas hembras nacionales regentadas por la brava, “Machete”, Mami del serrallo, pupila mayor que ostenta en su haber el mérito del desvirgamiento bautismal de numerosos mocosos tarambanas que, no obstante el tiempo pasado, todavía la siguen amando. Aquí la alegría no conoce límites. La orquesta hace transcurrir  las horas plácidamente, sin sentir.

Cuando se enteró de la llegada del Prefecto, la “Machete”, sentenció: “Si es tan decente como el negro Bardales, será bienvenido, si no se jode”,  palmas clamorosas de la feligresía selló la intervención para seguir bailando alegremente. Otro tanto ocurrió en el matadero de la calle Jauja, lugar maloso y temido. Aquí las pupilas son bravas y los rufianes, generalmente torvos mercachifles y comerciantes de paso, agresivos y díscolos. Todos callaron cuando la mamí, la “Culo al suelo” no quiso que comience la verba política porque sabía en qué concluiría. Imponiendo silencio dijo: “Ojalá no sea un pendejo porque de vividores ya estamos hasta la coronilla; hay que estar alerta nomás porque estoy segura que lo primero que va hacer el galifardo ése, es venir a sacarnos plata y buscar una mujer gratis”.

En el proletario, “Tambo Colorado”, -valses de estridentes tundetes, polkas amarteladas, supervivientes habaneras y huaynos, chimaychas, cuadrillas y pasacalles; muchos pasacalles- se comentó muy poco el acontecimiento. La música del arpista Elías Quinto y la bandurria del ciego Aramburucha, borró todo conato de comentario político. Los parroquianos, generalmente obreros de la mina, ya tenían bastante con las restricciones que estaban viviendo.

Continúa…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s