EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Cuarta parte)

El prefecto 3
(Parte de un cuadro del famoso artista Luis Palao Berastain, el mejor acuarelista de América)

Una mueca  de preocupación se dibujó en el abotagado rostro del figurín cuando leyó el oficio del Sindicato. A las cuatro de la tarde efectuarían un mitin de protesta en la Plaza Chaupimarca. “No estamos en condiciones de seguir soportando el abuso y la orquestada marginación de que somos objeto” decía en uno de los párrafos. Muy preocupado miró a través de la ventana de su despacho y le sorprendió no ver al gentío que diariamente pululaba a esa hora por esa arteria.

— ¡Secretario! – llamó, el señorito.

— ¡Sí, señor! – contestó Próspero Castillejos Hidalgo, el secretario

— ¡¿Qué sabe del Jefe del Área de Salud…?!

— ¡Ha informado que a la mujer que tuvo el atrevimiento de agredirle a usted se le han practicado las curaciones del caso y que ahora está hospitalizada…

— No, no, no, no es eso lo que interesa… ¡Dígale que tiene que asegurar que no está embarazada!… ¡Sea cierto o mentira!

— Ya lo han hecho, señor; el Comunicado lo están leyendo por las radios  “Azul”  y “Rancas”. En los periódicos saldrá publicado mañana.

— Bien. Dile que de inmediato envíen a la mujer a su casa… ¡Ahora mismo!

— Bien, señor; ¿Algo más?

— ¡Convóqueme a las autoridades para que en el término de la distancia, se hagan presentes en la Prefectura…!!!

A partir de ese momento el teléfono no dejó de convocar a la fauna directriz. Las telefonistas, insistían, pero, ¡cosa rara!, en aquellos momentos ¡A todos se los había tragado la tierra! Un ambiente cargado de agoreros presagios hacia irrespirable el ambiente cuando, a grandes trancos subió las gradas del despacho el director del colegio. El único que estaba atendiendo al llamado del sátrapa.

— ¡Paco!- dijo el recién llegado.

— ¡Eliseo!… ¡Gracias a Dios que te presentas! En este momento en que más los necesito los traidores han desaparecido. Como puedes ver, sólo estamos con el Subprefecto, el secretario, el amigo Bao Peña y los jefes policiales… ¡No puede ser!

— Primeramente, no hay que perder la serenidad, Paco. Hay que actuar con mucha cautela – El enjuto asesor invoca la calma porque también presiente que algo muy gordo está por ocurrir.

— La situación es muy difícil, Paco, muy difícil. La gente está como loca. En estos últimos tiempos han ido incubando un odio terrible contra todo lo que signifique restricción, cola o lo que se le llame…

— ¡No es culpa mía!! –se justifica el sátrapa.

— La gente, mi querido Paco, no lo entiende así. Creen que es una cuestión personal de ti contra ellos. Los apristas se han encargado de que el pueblo crea que es así. Todas las autoridades lo saben, por eso es que no han venido, ni vendrán. No quieren exponerse a la vindicta pública….

— Olvidémonos de ellos. Ahora hay que hilar muy fino. Lo de esta mañana ha sido el detonante. Los apristas te han puesto la mecha y tú la has encendido.

— ¡¡¡ ¿Yo..?!!!

— ¡Claro que sí…!

— Pero, Eliseo…. ¡Era una chola de mierda! … ¡Una chola que se puso delante como un gallito, carajo!… ¡Lo único que hice en ese momento fue reventarle el hocico por faltosa y cuando se me empaló, le metí un par de patadas… Eso fue todo…..!!!

— ¡Esa mujer está en cinta! – puntualiza el director.

— ¡¿Y qué, carajo; porque está preñada no me iba a faltar…!!!

— ¡Todo el mundo lo vio…!!!

— ¿Y… qué?… ¿Me iba a esconder para ejercer mi autoridad?… ¡Carajo! Es como si su marido le hubiera dado una marza, pues… ¿Todos los días esas cholas no son zarandeadas por sus maridos?… ¿Qué, Eliseo, qué? Además hemos mandado decir por las radios que la chola no está preñada…

— ¡Nadie lo creerá….!

— ¡Eliseo, es una chola de mierda a la que sólo he llamado la atención…!!!

— Para ellos, estimado Paco, es más que demasiado y no te lo perdonarán. Ellos tienen en muy alta estima el honor de sus mujeres. ¡Jamás lo perdonarán, jamás! – El asesor ha hablado con tanta decisión y mira a los ojos al crápula que, lívido, lo admite. Es cierto, la mujer está embarazada. Siente que su conciencia de señorito de la capital le escuece el alma y admite su culpabilidad. Él también es víctima de la política de este momento; pero más que eso; es un imbécil que cree que una mujer del pueblo con polleras y pañolón no tiene ninguna significación. Cretino. Esas mujeres, también peruanas, han parido hombres esforzados, dignos, trabajadores, productivos. Se lamenta en lo más íntimo de su ser lo que está ocurriendo… ¡Carajo!… ¿Qué crees que debemos hacer, Eliseo…?.

— ¡Como están las cosas en este momento, sólo nos queda el convocar a una delegación de los conjurados para hablar con ellos… ¡Hay que desinflar el globo antes que estalle! … Sólo el diálogo puede conducirnos a una solución… Así que mándalos llamar….

— ¡¡ ¿Yo hablar con esos cholos de mierda…?!!!…¡Se van a reír de mí, carajo!

— Es lo único que nos queda. Ya no queda tiempo para hacer otra cosa. Lo tomas o lo dejas….!

— ¡¡Carajo!! Comprende que es el único camino que le queda. Retazos de odio altanero cuelgan de su temblorosa cobardía – ¡Echegoyen…! – grita.

— ¡Señor! – responde el aludido.

— Ya lo escuchó. ¡Cumpla con su deber!

— ¡Sí, señor!

— Dígale a la chusma que nombre una comisión. Yo la recibiré!

— Bien, señor Prefecto – contesta el jefe militar premunido de caso y fornituras de combate.

El capitán de la Guardia Civil, Héctor Echegoyen Herrera, y el investigador Manuel Soberón salen a cortar el avance de la encolerizada multitud en la calle Huánuco; los acompañan doce policías armados y llegan cuando la turba está por entrar en la Plaza Centenario. Se ponen de rodillas dispuestos a abrir fuego. Nadie debe pasar, pero las órdenes apenas si son escuchadas; el fiero rugido de la gente domina todo el ámbito.

Abundante sudoración cubre las manos temblorosas del capitán Echegoyen y dificulta subrespiración oprimiéndole el pecho; sin embargo, apelando a sus medradas fuerzas desenfunda su revólver –señal convenida- y la homogénea detonación de doce fusiles estremecen la histórica plaza. La turba se detiene indecisa.

—¡¡Alto!!! ….¡¡¡Alto!!! . Tengo una orden del señor Prefecto…!

El gentío está virulento y, cuando los rezagados comienzan a empujar para forzar el avance, el capitán se juega sus últimas cartas.

— ¡Es preciso que nombren una comisión para que hable con el Prefecto!… ¡El los espera!-¡El Prefecto los espera para hablar!!! – el furibundo rugido in crescendo está a punto de desencadenar el avance cuando haciendo un disparo al aire el capitán concluye- ¡¡Nadie pasará de esta línea, salvo la comisión!!!…¡¡¡Tengo órdenes de usar las armas si fuera necesario!!! – Los dirigentes levantan los brazos tratando infructuosamente de calmar a la gente que ya se ha desbocado. Los directivos nombran la comisión: Humberto Luis Solís, Luis Germán del Mazzo, Patricio Chahua Osorio, Atilio León Silva, Julio Vera Martínez y Ramiro Ráez Malpartida. Entretanto, la masa desbocada, aprovecha de los callejones, atajos, pasaje y calles paralelas para correr desaforada rumbo a la Prefectura. Nadie puede detenerlos, están como locos. Las voces conminatorias  se funden con la crepitación de las balas que han comenzado a reventar a diestra y siniestra: ¡¡¡ A la Prefectura !!!.

Las calles se estremecen de gritos, disparos, insultos y el ruidoso tropel de  gente arrebatada. Las balas trizan la tarde mientras el turbión atosigante, como metido en un laberinto, apremia callejones y bocacalles para salir de aquel hervidero de balas que no se sabe de dónde parten.

La opa Paula con su mandil repleto de piedras corre desaforada comandando un grupo de iracundas mujeres por el callejón del “Team Cerro”  y superando la Plaza de Toros desembocan en la calle del Hospital, ¡Vamos botar al hijo de perra!. ¡Podía haber aumentado las raciones, pero no le dio la gana al desgraciado! ¡Tampoco quiso aumentar los estanquillos el vende patria! Todos los ferroviarios de la Railway acompañados de sus mujeres suben por Tambo Colorado y la Calle del Marqués. Ya están en Chaupimarca y la gente –llamaradas de odio- repletan la histórica plaza. Por el callejón del Liceo Santa Rosa surge la Anquicha Panduro con un descomunal garrote liderando a otro grupo de mujeres que han cerrado el mercado, las toneladas, restaurantes, chinganas, peluquerías, todo, todo…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!. La crepitante reventazón de  balas estalla en paredes, techos y ventanas avivando el grito despavorido, sañudo, iracundo de hombres y mujeres que ya han perdido la ecuanimidad. Un vociferante grupo de mineros sube por Callao azuzando al gentío, cuando una lluvia de balas hace caer a tres hombres: Fructuoso Herrera, con el brazo derecho destrozado por una bala; Genaro Arteaga, con la pierna izquierda fracturada y,  el que rueda como un pelele, Filomeno Páucar tiene un enorme boquete en el vientre convertido en enorme surtidor de sangre. Se queja débilmente. Sus manos tratan de contener la sangre de su herida abierta que se le escapa por entre los dedos. ¡Páucar se nos muere, carajo!  -grita el “Witrón” -¡Hay que llevarlo al Hospital!!!- Brazos obreros lo trasladan al Hospital. La sangre no se detiene, cubre capotes mineros, cascos, casacas. Al  entrar en el Hospital ha perdido el conocimiento y entra en coma. Hay muchísimos heridos sangrantes.  Al momento entra un grupo de mujeres que conducen en hombros a Sabina Alvarado de 16 años que ha perdido el conocimiento. Una bala le ha producido una enorme desgarradura del cuero cabelludo en el parietal izquierdo. El Hospital es un hervidero apremiante de gemidos y sollozos, de auxiliantes pasos apresurados, metálicos sonidos de material quirúrgico, de voces conminatorias, de súplicas.

Otro grupo de hombres trae al joven Alejandro Flores alcanzado por unas balas en las nalgas. Médicos, enfermeras y auxiliares se multiplican en las salas asépticas. Pompeyo Ponce que corría liderando un grupo de obreros ha sufrido heridas de balas en ambas piernas y tiene los huesos destrozados. Se apresuran salvadoras transfusiones, manos enguantadas se prodigan suturando heridas, cauterizando desgarraduras, inyectando calmantes y desinfectantes. Celino Rodríguez con la rodilla derecha destrozada por el impacto de dos balazos gime de dolor. Pedrito Santivánez  da las órdenes. Tocas y mandiles se agitan en las salas colmadas. Dorita Aguilar lava heridas y corta cuajarones sanguinolentos. Vicenta Tacano y Juanita Accquaronne, disponen el acomodamiento de heridos en las salas del colmado hospital.  ¡¿En qué habrá de terminar todo esto…?!. Zózimo Angulo, desinfecta y tapona heridas;  Micaela Ramirez enhebra agujas; Pepe Bravo pone torniquetes y sutura desgarraduras. Juanita Galarza alcanza bisturíes. “Muto” López proporciona oxígeno. El olor medicamentoso es cada vez más penetrante.

(Continúa)….

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