EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Quinta parte)

El prefecto 4

Escoltada por avezados disciplinarios la comisión avanza. Entra en la Prefectura. La ira ha sepultado el temor. Ha desaparecido la proverbial humildad obrera que el Prefecto ha confundido con estupidez. Miradas cargadas de odio se entrecruzan en el inicio del diálogo y a medida que avanzan se irán cargando de furor.

— ¡¿Qué pasa – rescoldos de soberbia le hace levantar la voz al figurín, pero no puede mantener la mirada enérgica de Atilio León Silva, cuando le dice:

— ¡Lo que pasa, señor, es que hemos venido a nombre del pueblo a plantearle nuestro reclamo! – Quedan mirándose con odio por un rato.

— ¡¿Cuál es…?.!

— Está sintetizado en los tres puntos que son terminantes y no son negociables.

PRIMERO.- La venta libre de subsistencias sin colas ni tickets de ninguna clase.

SEGUNDO.- La inmediata libertad de los detenidos….

TERCERO.- La renuncia irrevocable  e inmediata del Prefecto y su marcha  de la ciudad en el momento….

En los labios del abusivo ha muerto la sonrisa cachacienta. Tembloroso y pálido como un papel lee el pliego presentado por la comisión y luego de consultarlo con su asesor dice:

— ¡Esta bien. … ¡Por esta vez autorizamos la venta libre de las subsistencias donde Vegas, Horna, Bao y Peña, en la población; Julio Pardavé en Paragsha y Guillermo Aliaga en la Esperanza. En cuanto al segundo punto dejaremos libre al cabecilla Mercedes Agüero, las dos mujeres y sus compinches, así como a los atrevidos que esta mañana trataron de faltarme. Pero –su voz aflautada sube de intensidad- en lo que no les voy a dar gusto es en renunciar. ¡Ningún indio de mierda me va hacer renunciar, carajo! Con una resaca de soberbia sigue manteniéndose en sus trece no obstante el esfuerzo del director del Colegio. Otro tanto ocurre con los obreros de la comisión. Apenas si pueden contenerse de agredir al energúmeno.

—¡¡Es su responsabilidad!!… ¡Su entera responsabilidad! Nosotros hablamos a nombre del pueblo y exigimos el inmediato cumplimiento de nuestros reclamos!! … ¡No nos responsabilizamos de lo que después puede ocurrir si usted permanece insensible -declara terminante Atilio León Silva.

— ¡Ya les he dicho, carajo, que ningún indio…

— ¡¡Por favor, señor Prefecto!!! -interviene con energía conciliadora el Director- No perdamos la serenidad. La mejor manera de entendernos es con calma y mutuo respeto. Creo que este asunto debemos tratarlo en privado, primeramente entre nosotros, si los señores lo permiten…

El Prefecto y su asesor, han pasado a la salita donde funciona el radio. El Director le mira a los ojos con enojo y le explica que la situación es desesperante. La bulla de afuera hace casi inaudible el diálogo. Lo mejor es renunciar, carajo, porque estos cholos son capaces de cualquier cosa; son capaces de todo, ¿No ves Paco, cómo están allá afuera, mismos chacales sanguinarios?, carajo; si tú sigues con tus huevadas de hombrón nos vamos a ir a la misma mierda, Paco, ¿qué te pasa?, carajo. ¿Has perdido la noción de lo que está ocurriendo?.. Vamos a salvar la vida, carajo; lo demás son huevadas. Estos chuchas han matado a lo mejorcito de Lima. Acuérdate de Graña, de los Miró Quesada, carajo. Hace años mataron al “Mocho” Sánchez Cerro. No seas huevón. Más vale que digan aquí corrió que aquí murió. Déjate de cojudeces. Después podemos sacarles la madre una vez que se normalice. ¡Los mandamos a la cárcel por desacato o por lo que sea, carajo! Paco, déjate de huevadas y firma, carajo. No te cuesta nada y si firmas la maldita renuncia estaremos a salvo. Aprovechemos que los emisarios estén aquí  y salgamos con ellos. La chusma va a respetar a su gente; rodeados de ellos nada nos pasará. Es lo único que queda por hacer. La cuita se hace trizas cuando una descomunal oleada de voces hinchan el maremagnum con una noticia que estremece a los alzados. ..¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!…  ¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!  La noticia crece y se sobredimensiona….¡¡¡Hay diez muertos en el Hospital, carajo!!!. Un solo grito, monstruoso, enorme, estremecedor, comienza a rebotar en las paredes…¡¡¡A – se – si – no!!! …..¡¡¡A – se – si -no!!! ….¡¡¡¡A – se – si – no!!!!- La gente está como loca, Las piedras llueven sobre la Prefectura. ¡Hay muertos en el Hospital! Las miradas hierven de ira. El raciocinio ha huido de las mentes. Una avalancha de fieros complotados sacude el portalón de la Prefectura que cruje como un jadeante monstruo…

— ¡¡¡Pradell!!! – grita el Prefecto. Ha perdido la serenidad- ¡Meta bala, carajo, meta bala! – Estático el jefe de la Republicana no atina a obedecer. Le parece desproporcionada la orden. Sabe que de hacerlo, no sólo matará mucha gente sino que también él morirá… ¡Son miles que reclaman, son miles que cansados de soportar se desahogan en maldiciones, son miles…No hay tantas balas….

En ese instante todo ha quedado mudo y a oscuras. Han cortado la luz, el teléfono y la radio. Han quedado completamente aislados.

El asesor le pide que salga a los balcones a decirle al gentío que el problema ya se ha solucionado. Convencido que es el único camino que queda, piensa “Tendré que suplicar a los indios de mierda, carajo….pero, ¿Qué más puedo hacer…?”.

 Cuando le abren las mamparas y sale al balcón, una vaharada de indignación le da en la cara…

— ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡¡Ase – si – no!!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!!

Rostros fieros, erizados, puños en alto saturados de imprecaciones, le quita el aliento. Siente como si el aire se hubiera envenenado. Rostros desencajados de ira, cianóticos de policitemia y atezados por soles esteparios, se fijan en su cara. — ¡¡¡Fuera maldito asesino…!!!

Mujeres sufrientes de agrios semblantes de frustración, cabelleras despeinadas y ojos como ascuas, gritan.

— ¡¡¡Fuera hambreador mal nacido…!!!

Mineros de cáusticos gestos aquilinos enseñan los puños y gritan:

— ¡¡¡ Asesino, concha de tu madre…!!!

El señorito, no puede hablar, cuando lo ha intentado, un opacado gemido salió de sus labios temblorosos y un perlado sudor le cubrió la frente. Sus labios se han resecado y siente que sus pantalones se han mojado sin que pueda hacer nada por evitarlo.

— ¡¡¡ Ase – si – no!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡ Ase – si – no!!!! – Gritan conminatorios labios amoratados. Dicen que los que están en trance de agonía recuerdan nítidamente pasajes de su vida pasada y parece cierto.

Ve los ojitos llorosos de un canillita que en su carrera para vender sus diarios había rozado, sin querer, el traje impecable del abusivo; un bofetón criminal lo arrojó contra la pared. Ve a aquella mujercita de la “quebrada” que apresurada corría al hospital en busca de auxilio para su niña que, cianótica hasta el extremo, se ahogaba irremisiblemente; en su desesperación no había saludado al prepotente que la humilló con un puntapié arrojándola  al medio de la calle. Ve a Gardelito, retorciéndose en la acequia aledaña a la acera, ahogándose en sus babas y mocos espumosos, con su mirada afilada, inmensa, suplicante; temblando como un monigote de cuerda ante su risa cruel, inhumana, que ahora le duele en el alma. Gardelito era un débil mental que con la mirada perdida en el vacío deambulaba sin rumbo, llevado por la alucinante brújula de su idiotez. Aquel día sin saberlo, había tenido la “osadía” de venir por la misma vereda por la que la bestia iba. Un salvaje bofetón lo arrojó a la acequia en donde fue acometido por la dramática rila de su epilepsia.

Los sitiados en silencio casi agonizante ven con impotencia  que el Prefecto ha quedado mudo. Cuando trató de articular las primeras palabras, el rugido popular, machacón y belicoso, terminó por acallarlo. Es demasiado para él. Después de un buen rato que le ha parecido una eternidad lo han regresado al interior, pero ya no es el mismo. Ya es otro. Con el corazón galopante advierte que las paredes de la Prefectura están erizadas de escaleras traídas de la Compañía de Bomberos. Los amotinados han tomado la resolución de realizar el asalto final al fortín. En ese momento la insistencia del Director triunfa. Con voz cascada, como ajena, alcanza a musitar: “He sido traicionado por el Gobierno; no me queda sino dimitir, pero necesito que garanticen la seguridad de mis amigos”.  No obstante la grita salvaje de la multitud que está afuera, la voz de Humberto Luis se hace escuchar: “Nosotros se la garantizamos. Un carro lo está esperando a pocos metros de aquí. Lo único que queremos es que renuncie y que deje la ciudad. Eso es todo“.  Él coge una pequeña maleta de mano y se retira. Comienza descender las gradas. ¡¡¡ Ya baja…!!! – la gente se agita. ¡Ya baja el maldito!!!- los gritos arrecian. El bronco rugido sube de intensidad cuando el vetusto portalón de la Prefectura se abre con chirriantes gemidos…

Continúa………..

 

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