EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Sexta parte)

El prefecto 5

— ¡¡¡Asesino!!!… ¡¡¡Asesino!!! … ¡¡¡Asesino!!! Son gritos unánimes que recibe el mandamás derrotado. Hay dificultad para salir. Es necesario el grito conminatorio de Echegoyen para que las bayonetas abran un estrecho callejón por donde debe pasar la comitiva. Tan estrecha es esta senda que se siente el aliento  de los sitiadores y apenas puede dejar libre el paso de una persona a la vez. Carlos Falla López, el subprefecto, abandona a su suerte el Prefecto y aborda un jeep que lo conduce a Junín. ¡¡¡Concha tu madre, abusivo mal nacido…!!! gritan.¡¡¡Maldito asesino!!! Humberto Luis a poco de caminar se da cuenta que es imposible calmarlos. Nadie quiere escucharle. Ojos fieros, rostros cianóticos, aquilinos, amenazantes, se dirigen al que los ofendió, los insultó, los maltrató. El sátrapa nunca pensó que este pueblo tan callado podría reaccionar así. Está tardíamente convencido que no puede permanecer inmune después de tanta maldad. ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!! En la sacristía, el párroco Anatolio Trujillo Zevallos, presintiendo que la muerte ronda afuera, cae de rodillas, rendido; está orando porque la calma se produzca. El cerco se va estrechando cada vez más. ¡¡Alcahuete de los gringos…!!!…¡¡¡Asesino, maldito!!!¡¡Inmoral de mierda!!! Gritan. Aspas de puños crispados rozan el rostro del autócrata que sabe que está en el centro mismo de la muerte. Pálido, intensamente pálido y tembloroso, el abusivo avanza pesadamente como caminando hacia el patíbulo. ¡¡Hijo de perra!!!… le gritan…¡¡¡Lárgate mierda!!! Vaharadas de aliento odioso tocan su cara. Los garantes de la integridad física del torturador han ido rezagándose; por más que pugnan por avanzar, la turbamulta rencorosa no los deja seguir. Poco a poco han ido quedándose atrás. El único que avanza es la víctima. Cuando llegan a la esquina de la iglesia ya están completamente separados, distantes; incapaces de hacer nada por evitar la desgracia que se ve venir. El déspota ha quedado solo en medio de ese remolino de aniquilamiento. Su corazón está desbocado, sus labios resecos, su frente sudorosa, sus pantalones mojados, su mirada de incredulidad ya sin rescoldo de soberbia.  En ese momento le asalta la creencia de que una acción enérgica puede contener a la multitud; extrae su pistola de cacha de nácar y levantándola para ejercer una advertencia, hace un disparo al aire, pero, como si el disparo lo hubiera activado, el golpe de un fiero garrotazo hace volar el arma por los aires en tanto otro garrotazo le hunde las costillas de ese lado. En ese trágico momento todo cambia. La gente en el convencimiento de que el Prefecto quería disparar sobre la multitud grita fuera de sí…

—¡¡¡Mátalo…!!! …. ¡¡¡Mátalo!!!

Garrotazos en las corvas le hacen trastabillar y cuando se agacha rendido por el dolor, manos mujeriles lo cogen de los cabellos y lo inclinan hacia delante. ¡¡¡Muera!!!. Un golpe brutal le destroza la boca, astillando dientes, retaceando labios. ¡¡¡ Muera el tirano, maldito!!! ¡¡Muera el abusivo!!! ¡¡¡Muera el hambreado!!! Gritan. Horrendos zumbidos se mezclan con los alaridos de odio brutal. Puños, estacas y piedras se abaten sobre él. Un cálido líquido salado le inunda la boca. Escupe sangre. Golpes venidos de todos los lados estallan en su rostro, abriendo heridas, entintando cardenales, astillando huesos. Todo el mundo pega. Hombres y mujeres iracundos como un solo monstruo de muchas manos, golpean sin compasión al que había ofendido y maltratado al pueblo.  ¡¡¡Muera!!! …¡¡¡Muera!!! El suplicio no tiene cuándo terminar. Es un tormento que se hace inacabable por el pago de sus culpas. Su cabeza de incipiente calvicie befada por sentencia popular se encarna de sangre y golpes. Todos quieren herir, golpear, lacerar. Los garrotazos tienen sonidos sordos, como si cayeran sobre carne muerta. Hombres y mujeres, juntos, cada uno a su tiempo pugnan por dejar la marca de su odio sobre el cuerpo del tirano. A cada impacto el déspota se estremece con la mirada desesperada, con los puños crispados y ya sin aire en los pulmones, no puede ver. La sangre invade sus ojos y corre por todas partes; por sobre el traje elegante convertido en harapos, por los dedos crispados, por su cuello, por todo su rostro hinchado, descomunal, monstruoso; los estertores de su cruenta agonía están marcados por los golpes que recibe, como si estuvieran en la cacería de una rata. El suplicio es doloroso e interminable. Sus pasos confusos, sin destino, camino de cualquier parte, no tienen objeto. ¡¿A dónde huye?!… ¡¿A dónde va?! ¿Por qué tiene que seguir caminando por esa senda de muerte? Contundido hasta el extremo nota que un raro cansancio, mezcla de dolor y abatimiento, va invadiendo su cuerpo, anudando sus pasos, debilitándolos, ahogándolo de sed espantosa; el sordo rugido de la multitud se ha convertido en una aterradora letanía que va fundiéndose con el apremiante desfallecimiento de su organismo. Una sed quemante lo agobia. Ya no siente dolor. ¡Cosa rara! Una lasitud lo conmina a abandonarse. Todos los ruidos impresionantes, poco a poco van muriendo. Ya no siente los golpes, sólo alcanza  ver con ojos que se cierran, salpicaduras de sangre, retazos de cuero cabelludo que le cuelgan, líquido tibio que le ha cubierto la vista.   Alguien enarbola una pesada viga y, con la fuerza que impulsa su odio, lo estrella sobre la cabeza sangrante. El infeliz da un salto epiléptico y completamente rendido cae experimentando un raro abatimiento que le entra por las uñas, por los poros, por toda su piel; después, poco a poco, el sueño acuciante, el silencio, la nada.

Ha muerto. Ha quedado tirado, exánime; sin su pistola, sin su clavel

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