EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Octava parte)

El prefecto 7
Imagen referencial: Trabajadores mineros de la sección carpintería, nótese la presencia de niños como obreros. 1930. Estudio Pecho Luna. Morococha 1930. Imagen tomada del Blog de Víctor Mazzi (http://victormazzihuaycucho.blogspot.pe)

Aquel martes 17 de febrero de 1948, cuando las madrugadoras colas reptaban ateridas para lograr su diaria ración de pan en medio de un temporal de truenos inclementes que rasgaban los cielos, arribó una caravana de jeeps y camiones repleta de soldados. Tras varias vueltas por céntricas calles con fin intimidatorio fue a instalarse en la Plaza Mayor. En ese momento, un presagio de muerte se apoderó de cariacontecidos hombres y mujeres. Las viejas se santiguaron, agoreras. Tenían razón. A partir de entonces el terror se acantonaba en casas, talleres y oficinas de la ciudad minera.

Los corros lenguaraces y gesticulantes reconstruían la tragedia del día anterior. El pueblo en una negra asonada había dado muerte a la odiada autoridad que con altanería insufrible y maltrato cruel había alimentado un odio cada vez más creciente. Los  chismosos señalaban al detalle actitudes y nombres de protagonistas que los soplones apuntaban para la correspondiente delación.

En “Radio Azul”, Humberto Maldonado Balvín leía el Decreto Supremo firmado por el Presidente Bustamante y su Ministro de Gobierno y Policía,  Manuel Odría, suspendiendo las garantías en la Provincia de Pasco y nombrando como Jefe Político – Militar al coronel Emilio Pereyra, “con facultades que para el caso otorga el Código de Justicia Militar y el Reglamento de Guarnición”.

A la puerta del Hospital Carrión, un gentío acuciante se extendía por toda la calle del Estanco indagando por familiares y amigos internados. En el pizarrín, escueta y terminante, se publicaba la lista.

 Muertos.- Señor, Francisco Tovar Belmont, Prefecto del Departamento de Pasco (50), natural de Lima. Fracturas múltiples, heridas y escoriaciones en todo el cuerpo, principalmente en la cabeza.

Filomeno Paucar Aire, obrero de 23 años, natural de Yurajhuanca, muerto por tres balazos que le destrozaron los intestinos.

Heridos.- Genaro Arteaga, de 16 años,  natural de Yarushacán; herida de bala en el brazo derecho; Fructuoso Herrera Aliaga, (21), Cerro de Pasco, fractura en la pierna izquierda por impacto de bala; Máximo Clemente, (20) Margos, escoriaciones en el brazo derecho; Sabina Alvarado (16), Cerro de Pasco, herida de 4. ctms. en el parietal derecho; Celino Rodríguez (45) Huallanca, herida de bala en la rodilla izquierda; Raúl Celli (22) Piura, herida profunda en la ceja derecha; Sergio Villanueva (21) Huancayo, herida abierta en parietal derecho;  Roberto Sánchez, (21) Cerro de Pasco, herido de bala en brazos y piernas; Alejandro Flores, (23) Cerro de Pasco, herido de bala en ambas nalgas; Fabián Obregón (23) herido de bala en el omóplato derecho; Ronaldo Limpián, guardia republicano, (27) Lima, contusiones diversas; Pompeyo Ponce (16) Cerro de Pasco, bala en ambas piernas, hospitalizado en el Hospital Americano. La atención en el Hospital Carrión está a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo y Aurelio Malpartida.

A medio día irrumpieron en la Plaza Chaupimarca, camiones repletos de soldados armados al mando del Jefe de la tercera Región de Policía, comandante José Monzón Linares. El noticiero de “Radio Azul”, por parlantes ubicados en la glorieta Escardó, balcones y ventanas, en cadena con “Radio Rancas” es escuchado con pavor por las colas que festonan la plaza principal y otras de la ciudad. Informaban que también han arribado tropas del 39º de Infantería del Ejército al mando del teniente Mariano Olivera Puga y un Batallón de la Guardia Republicana que fueron alojadas en la Beneficencia Española y en el local de la Prefectura, respectivamente. De Huancayo y Oroya estaba por llegar otro contingente de soldados. Nunca se había escuchado con tanta atención la serie de revelaciones que alarmaba a toda la ciudad minera. El locutor de “Radio Azul” puntualizaba también: “Los heridos fructuoso Herrera y Genaro Arteaga que se medicinan en el Hospital Carrión, continúan en período de franca mejoría. Los heridos Pompeyo Ponce y Ernesto Porras que han sido asistidos en el Hospital Americano de la Esperanza, fueron dados de alta por encontrarse bastante aliviados. El resto de heridos continúan recibiendo adecuada atención en los nosocomios donde se atienden. A las ocho de la noche del día de ayer, en carro expreso, fueron trasladados a Lima el capitán Echegoyen y el Secretario de la Prefectura, señor Próspero Castillejos para ser internados en una clínica particular de Lima”.

Se informaba que luego de la necropsia del cadáver del Prefecto a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida y el capitán de Sanidad Policial, Armando Gutiérrez, con la asistencia del Juez Instructor, Amadeo Vidal Tello y del Agente Fiscal Oscar Lavado, determinaron que las heridas en la cabeza y diversas partes del cuerpo, eran de necesidad mortal. Luego embalsamaron el cuerpo para ser  trasladado en tren expreso a Lima. Terminó el acto a las doce de la noche. Para la autopsia de Filomeno Páucar, realizado a la una de la tarde del día siguiente, intervinieron también, el señor Ramiro Ráez Cisneros y el perito en balística, teniente del Ejército, Narciso Velásquez. Finalizado el acto fue transportado por cuatro soldados armados  al cementerio general. El único acompañamiento que tuvo esta humilde víctima de la balacera,  fue el de su acongojada madre, la anciana Nemesia Aire.

El miércoles 18 de febrero, Carlos Falla López el subprefecto que había abandonado a su superior en el momento más dramático de la asonada, retornaba a la ciudad en calidad de Prefecto para ejercer los actos más reprobables de venganza. Entretanto habían llegado a la ciudad, invitados por la Dirección de Publicidad del Ministerio de Gobierno y Policía, los periodistas siguientes: Eduardo Jibaja, de la “Tribuna”; Carlos Stagnaro, de “El Comercio”; Carlos Rojas, de “La Prensa”; Román Hernández, de  “La Crónica”; Genaro Carnero Checa, de “1948” ; Manuel Alarcón, de “Jornada”; Federico More de “Cascabel”.

Enterados que dos periodistas de LA TRIBUNA  de Lima se encontraban cubriendo la información del funeral de Filomeno Páucar, tras arrebatarles dos rollos de película, fueron recluidos en fría prisión. Allí, sin ningún abrigo, alimento, ni bebidas calientes,  tuvo confinados a Eduardo Jibaja, redactor, Guillermo Gutiérrez, fotógrafo y Juan Durand, corresponsal y representante cerreño del diario. Cercana la medianoche, debido al frío reinante, Jibaja sufrió un brusco descenso de  presión sanguínea con una marcada hipotermia que hacía peligrar su vida.  Sólo el auxilio de un guardia caritativo que le alcanzó un termo con agua caliente, hizo superar el trance fatídico. A las cinco y media de la mañana, tras haber soportado por largas horas el incómodo encierro, los enviaron a la estación del ferrocarril escoltado por ocho policías. Ahí fueron embarcados rumbo a Lima. Juan Durand, el corresponsal, siguió prisionero. Carlos Falla López, para aparentar normalidad ante propios y extraños, dispuso que se venda ½ kilo de azúcar por persona y no los 100 gramos que había limitado hasta antes de la tragedia. Para desprestigiar cívicamente al pueblo cerreño urdió una farsa en la que participaron muchos traidores y fue publicada como verdad en todos los diarios de la capital, especialmente en EL COMERCIO, con fotografías y todo. El escudo nacional que estaba colocado, intacto y sin mácula alguna en el frontis de la Prefectura hasta el día 17, apareció magullado y completamente maltratado arguyendo que había sido arrastrado y pisoteado por la muchedumbre. “La incontenible chusma india que merece el más severo de los castigos, pisoteó el escudo nacional de la Prefectura y arrastró por plazas y calles junto con el cadáver del ejemplar servidor de la patria” mentía EL COMERCIO. Los periódicos gobiernistas decían que éramos apátridas porque no  habíamos respetado el símbolo patrio ni teníamos dignidad. “Un pueblo de esa calaña, donde la canalla, ciega e irrespetuosa, desconoce la majestad de los símbolos patrios y el valor de la vida humana, debe ser castigado con todo el peso que la ley de los hombres civilizados ha implantado. !Los criminales no tienen perdón!”

Después de la campaña difamatoria que duró tres meses, en marco de fanfarrias e himnos, se colocó otro escudo en el frontis de la Prefectura, “reemplazando al vejado por la chusma ignorante”.

El coronel Pereyra comenzaba la investigación y garantizaba el normal desarrollo de las actividades laborales y comerciales en la localidad.  Eso sí –advertía- será duro e inflexible en las pesquisas para dar con los asesinos. Que actuaría sin miramientos; caiga quien caiga. Al promediarse la tarde, hizo publicar en EL MINERO y las radios, el Bando que decretaba el Estado de sitio en la ciudad. Nadie podía asomar a la calle a partir de las ocho de la noche.

Después de instalarse el Comando, comienza a ejercer cruel venganza contra el pueblo. Como primera medida, ordenó que los “Informantes” –abyectos soplones que siempre hay en buen número en la ciudad minera- delataran nombres, direcciones y demás señales de los que habían estado en la asonada. De inmediato se efectuó una redada. El primero en caer fue Jorge Barzola. En su poder tenía las fotografías impresas por su cámara el día anterior. Ampliadas a tamaños gigantescos con una celeridad extraordinaria, pusieron en evidencia a hombres y mujeres cuyos nombres fueron revelados por los soplones.

A partir de entonces la caza se hizo espectacularmente salvaje. La cárcel se abarrotó de gentes. La miseria de los soplones involucró –por venganza- a muchos inocentes. Numerosas familias abandonaron nuestra ciudad temerosas de la cruel represalia del gobierno al ver que clausuraban nuestras emisoras e imprentas. Muchos periodistas fueron detenidos. Aquel nefasto día se ensombreció nuestra ciudad con la condena de todo el país. Hasta ahora nuestro pueblo sigue luchando por levantarse de la  condena del gobierno.

Al finalizar este estrecho relato, les recomiendo leer íntegramente nuestro libro; así se enterarán de los pormenores de aquella nefasta asonada. Gracias.

FIN

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