Opiniones de Mario Samamé Boggio y Estuardo Núñez sobre el Cerro de Pasco

(Una de las primeras páginas de mi libro PUEBLO MARTIR Tomo II – Páginas 7,8,9)

Mario Samame Boggio

A la mitad del siglo, los famosos yacimientos argentíferos abandonados o por cerrarse y los establecimiento metalúrgicos paralizados por falta de mercurio, eran los rasgos saltantes de la minería peruana en el siglo XVIII. Las únicas minas que se trabajaban entonces, eran las del Cerro de Pasco (…) El oro y la plata extraídos fueron llevados a España saciar en parte la avidez por estos metales, y en el Perú sólo quedaron como único saldo positivo, las huellas en la superficie del territorio, de una busca exhaustiva que ha servido más tarde para identificar, prácticamen­te, todas las minas que se habían trabajado. (24) (SAMAMÉ 1972:).

En pleno siglo XVIII ya el Cerro de Pasco es una boyante ciudad minera con una población fija de quince mil habitan­tes, (Henke, Tchudi, Helms, etc.) la mayoría de los cuales, directa o indirectamente, dependían del trabajo minero. A esta cantidad hay que añadir una población flotante procedente de los pueblos cercanos a la provincia de Pasco, e inclusive, provincias alejadas del asiento minero que se hallaban a cinco o más leguas de distancia y días de camino, llegando a conformar un notable polo migratorio que alcanzaba, por el norte, las provincias ubicadas en el Callejón de Conchucos y por el sur, hasta Huancavelica; abarcando una superficie de más de cincuenta mil kilómetros cuadrados.

Una ciudad minera como lo es el Cerro de Pasco, ha sido en el Perú, un producto eminentemente colonial. Esto es muy impor­tante. Nunca antes habían surgido ciudades mineras en el mundo prehispáni­co (25) CONTRERAS, Carlos. La única función que tuvieron Potosí y Huancavelica primero, y el Cerro de Pasco, des­pués, fue la de servir de alojamiento a la población que trabajaba en las minas. Esta exclusividad de función convirtió a estos centros urbanos en entes totalmente dependientes de la prosperidad de las minas para su desarrollo. Más que a imperativos estratégicos, su creación obedeció a consideraciones económicas. Es así que cuando se descubrieron los ingentes mantos de plata que estaban a flor de tierra y que, en forma restringida venían siendo explotados por los nativos, un éxodo de gentes, principalmente de la Villa de Pasco, llegaron a afincarse en los alrededores de las minas de San Esteban de Yauricocha.

Los que vinieron no lo hicieron con el fin de fundar una ciudad, no. Sólo trataron de aglutinarse para explotar los ricos yacimientos de plata cuyos filones se hallaban desperdigados en esta inverosímil altura. La edificación de las primeras viviendas obedeció a la ubicación de las vetas. Aquí no se siguieron los viejos lineamientos para fundar ciudades. Esto no funcionó aquí. La agreste topografía y la improvisación hicieron el resto.

Volviendo a la crisis minera del siglo XVIII, Estuardo Núñez, estudioso identificado con los problemas del Perú y notable conocedor de las obras dejadas por ilustres viajeros visitantes,- especialmente científicos-, nos dice en TRES INSTANCIAS DEL ORO EN EL PERÚ,  publicado en el número once de la revista editada por Centromín Perú denominada CIELO ABIERTO (25)

“De un lado el empirismo del trabajo y de otro el uso abusivo del trabajador, trajeron por tierra la riqueza minera del Perú. El colapso no se hizo esperar desde mediados del siglo XVIII (…) Para conjurar la crisis, un gobierno progresista como el de Carlos III, decidió afrontar el problema con medios avanzados de la tecnología moderna en ese momento. Al efecto, contrató en 1788 los servicios de un grupo de expertos mineros alemanes. Al frente de esta comisión compuesta por quince miembros, vino al Perú, el barón Fuerhtegott Leberech Von Nordenflych, graduado en la famosa Escuela de Minas de Freiberg. Llegados sus componentes a Buenos Aires, emprendieron por tierra su camino al Perú, unos tres mil kilómetros, deteniéndose en Potosí, Cuzco, Huancavelica, en el Cerro de Pasco y Cajatambo. Nor­denflycht elaboró un completo plan reorgani­zador de la explotación minera en el Perú, emitió y escribió muchos informes técnicos, absolvió innumerables consultas y difundió ideas liberales, por lo cual fue procesado  con su esposa por la Inquisición, acusado de “leer y poseer y prestar libros prohibidos”. Sus planes de reforma técnica no llegaron a implementarse seriamente dada la cerrada oposición que provocaron los burócra­tas de entonces (26) (NUÑEZ­, Estuardo, 1980).

El año de 1771, el trigésimo primer Virrey del Perú, don Manuel Amat y Juniet, concede a nuestra ciudad, el título de DISTINGUIDA VILLA DEL CERRO DE PASCO en reconocimiento a su importancia económica que favorecía a la Corona Española. Esta es la primera vez que en forma oficial, se le denomina a nuestra ciudad con el nombre de El  Cerro de Pasco. A partir de entonces este nombre             quedó oficializado.

Al respecto en la página 122 del libro NOBILIARIO DE LAS CIUDADES DEL PERÚ, su autor, el doctor Enrique Guzmán y Hernán­dez, di­ce: (27):

Sobre las más elevadas y enriscadas cumbres de los Andes, allí donde las nieves lucen la perenne blancura de su manto y se escucha el horrísono estruendo de la tempestad que alumbra, con la lívida luz de los relámpagos la desolación de la puna, se levantan tres ciudades cuyos nombres son sinónimos de riqueza y abundancia: La Villa Imperial de Potosí, en Charcas; la Opulenta Villa del Cerro de Pasco, en Pasco; y la Villa Rica de Oropesa, en Huancavelica. Los dos primeros vaciaron y siguen vaciando de sus entrañas la plata, sumas tan fabulosas que da vértigo; la tercera deja escapar desde sus venas torrentes de ese metal que los antiguos consagraron al dios de la riqueza y el comercio, de esa plata líquida sin la que el caudal argentífero de las otras, habría sido casi inexplota­ble (…) Respecto de la Opulenta Ciudad del Cerro de Pasco; el Virrey don Manuel Amat y Juniet, ordenó se fundara esta Villa en 1771, a causa del enorme incremento que tomaron sus ricas minas de plata  destinadas a emular las fabulosas riquezas de Potosí. Al iniciarse la guerra de la independencia, se convirtió en uno de los más activos centros de propaganda patriótica. Numerosos habitantes de la población formaron terribles “montoneras” que hostilizaba sin cesar a las tropas realistas, sobre todo cuando fueron organizadas por el argentino Don José Otero que llegó a alcanzar el rango de General de los Ejércitos del Perú.” (27)GUZMÁN Y HERNÁNDEZ 1940:122).

En el informe (28) que el Virrey Amat en 1775 eleva a S.M, el Rey de España, dice que para 1771, las minas de Potosí, Oruro y el Cerro de Pasco, eran las más ricas del reino y cuyos caudales, sólo de los tres yacimientos, hacen un total de 539 mil marcos de plata. Se afirma también que, la producción de estos yacimien­tos, fácilmente supera el millón de marcos. En ese momento-esto es muy importante-nuestras minas son el principal sustento de la Intendencia de Tarma por lo que, en los escritos de aquel tiempo, todo lo  que acontecía en nuestro ámbito, aparecía como  acontecido en Tarma.

 

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