“Atahualpa ya pagó la deuda externa” POR Segundo J. Llanos-Horna – Lima, Perú

Atahualpa

Contabilizada por la Dirección General de Crédito Público del Ministerio de Economía y Finanzas, al 31 de marzo de presente año, la deuda pública externa del Perú ascendía a 21,426 millones 345 dólares. Es público, asimismo, que los estimados cuantitativos la proyectan, para el año 2006, en un monto de 24,000 millones. Grosso modo, esta suma es menor o equivalente en oro macizo, a la que -hace 471 años- el inca Atahualpa acumuló en Cajamarca para pagar su rescate al conquistador Francisco Pizarro, representante plenipotenciario de la monarquía española. Tal contrastación es posible gracias a un cálculo económico realizado en 1938 por un experto que cuantificó el tesoro de Atahualpa en 8,545 millones 598.57 dólares. Esta suma, técnicamente actualizada, podría sobrepasar, con creces, el adeudo público peruano, incluyendo el presupuesto general de la república del 2004 previsto por el ministro de Economía y Finanzas en 44,115 millones de soles.

Precisamente en este presupuesto, expuesto recientemente por el ministro Jaime Quijandría, aparece un significativo incremento en el servicio de pago de la deuda externa que aminora la posibilidad de atender las urgencias internas del pueblo peruano, no obstante que el monto presupuestal supera al del 2003 cuando se pontifica y urge una necesaria austeridad fiscal.

La aprehensión dolosa del inca Atahualpa, cuando sostenía una guerra civil con su hermano Huáscar fue, sin duda, el primer acto de saqueo económico y de terrorismo político registrado en el continente americano. La imaginación nos traslada a  aquellos tres meses en que grandes piaras de llamas movilizaban el oro del Tawantinsuyo para llenar el cuarto del rescate y atender la criminal exacción. La más precaria lógica indica que, cumplida la exigencia, el secuestrado debió obtener su libertad. Paradójicamente, un ucase del irracional extremeño dispuso la conformación de un “tribunal” que, en proceso sumario, decretó la muerte del inca por idolatría, adulterio, incesto, poligamia y hasta malversación, entre otros cargos.

Al pie de la hoguera, Atahualpa aceptó el bautismo a cambio de su vida, pero sólo se le conmutó la incineración por el garrote. El plan terrorista continuó con el funcionamiento de enormes fraguas, operadas bajo látigo por orfebres incaicos también prisioneros, para fundir en barras los ornamentos y joyas acumulados. De acuerdo con lo establecido, una quinta parte del tesoro estuvo destinado a la corona española, es decir, al estado monárquico promotor de la conquista. Si a esto agregamos el descomunal saqueo a que fuera sometida luego la ciudad de Cusco, capital del incario, la valoración del daño resulta realmente inmensurable. Sumadas ambas rapiñas, España tiene una indemnización pendiente que -derivada a los voraces acreedores del Perú- nos libraría de una gigantesca espada de Damocles.

En aquella época, el Viejo Mundo, del que España era parte importantísima, estaba saliendo del oscurantismo medieval por lo que los cuantiosos recursos económicos obtenidos del Nuevo Mundo resultaron providenciales para financiar su desarrollo. El estado español no tuvo escrúpulos y hasta justificó la depredación de América publicitando que las riquezas procedían de territorios habitados por salvajes adoradores de ídolos de piedra, sin capacidad de raciocinio e indignos de considerarse como seres humanos.

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