LA EXHUMACIÓN (Cuento)

la exhumaciónLa tarde estaba excesivamente fría. Desde tempranas horas una borrascosa tempestad de nieve se había apoderado de la ciudad que, aterida, en medio de brumosa continuidad, se acurrucaba en una transparencia grisácea, ahíta de sombras. El níveo manto, cada vez más espeso, casi hacía desaparecer las laberínticas calles cerreñas, ahora glacialmente desiertas.

Sorprendida por la reverberante tenacidad de la nieve nocturna, apenas si dejaba ver como un minúsculo faro en medio de un temporal, una escuálida bombilla que daba luz a la entrada de “El Trocadero”, lugar de cita de los cerreños noctámbulos que ahora estaba casi vacío; sólo cuatro hombres jóvenes arropados con chompas y bufandas rodeaban la mesa de billar en la que estaban enfrascados en una disputada partida.

Cercana la medianoche la puerta se abrió dando paso a un impresionante  ramalazo de frío con el que entró un enjuto personaje, alto y desgarbado, cubierto con un peludo gabán negro. Era don Francisco N. Del Castillo, miembro de la Corte Superior de Justicia. Sacudiéndose los zapatos a la entrada de la estancia hizo escuchar su aflautada voz…

— ¡Sálvenos Santa María!…. ¡Qué nieve…! ¡Buenas noches, señores!; ¡buenas noches don Juanito!…—Se quitó el abrigo, lo colgó en una percha y se dirigió a la estufa que ardía a un costado del mostrador- Don Juanito, una copa de lo mejor que tenga para calentar el cuerpo.

— Enseguida, Don Paco. Enseguida…

— Mejor traiga toda la botella… una copa no va a ser suficiente…

— Pero… ¿Qué hace a esta hora en tan tremenda nieve, don Paco…?

— ¡Ahhh, don Juanito… gajes del oficio; gajes del oficio… No vaya usted a imaginarse, que estoy en busca de alguna moza, no. Ninguna mujer vale tanto.

— ¿Entonces…?

— Lo que pasa, mi querido don Juanito Cortelezzi, es que hemos tenido un trabajo intenso en la Corte…

— ¡¿Hasta ahora…?!  ¡Es la una y media de la mañana…!

— Es que se trata de un acontecimiento muy especial.

— ¡¿Tan especial es…?!

— ¡Claro!.. ¡Claro!… ¡Se ha puesto a remover un asesinato…!

— ¿Sí…?

— Y nosotros que habíamos pensado que todo estaba bajo tierra, como la muerta. Este coñac está muy bueno, don Juanito, muy bueno…

— ¿Así que la cosa estaba que ardía…?

— Que si esto, que si aquello; que si lo de más allá. ¡Ya usted sabe cómo son estas cosas entre abogados, don Juanito!

— Claro. Y usted escribe que escribe en su condición de escribiente de la Corte… Sus manos deben estar cansadísimas don Paco… Pero: ¿Qué asesinato es ése…?

— Uno que todos lo creíamos solucionado. ¿Recuerda usted a aquella mujercita que murió baleada en la calle de Siete  Estufas?

— Sí, sí… algo recuerdo… ¿Fue el marido, no?

— ¡Claro… claro!… ¡Y este confesó todo!… ¿lo recuerda?

— Claro que sí…

— Bueno pues, ahora las cosas se han complicado…

— ¿Por qué?

— ¡No sé de donde ha aparecido el hermano de la cholita  y se ha puesto a remover las cosas! Su abogado ha pedido la exhumación del cadáver para que se haga una nueva necropsia con la presencia de peritos en vista de que han aparecido muchas contradicciones…

— ¡¿…Y..?!.

— Así ha quedado acordado. Mañana, a las ocho de la mañana, habrá de efectuarse la exhumación del cadáver…

Uno de los billaristas que sin querer había escuchado la conversación entre el Escribiente de la Corte Superior de Justicia y el cantinero italiano, quedó atónito. Todo el peso de una improvisación y una mentira pasada de pronto revivida, ahora lo ahogaban; lo aplastaban hasta superar el límite de su joven resistencia física. Anonadado y sin poder mantenerse  en pie fue a sentarse a una esquina ante la inquisitiva interrogante de sus amigos que no comprendían el porqué de aquella repentina y extraña actitud.

Con la mirada extraviada, los labios resecos y mudos, el joven Pedro Santiváñez que hacía muy poco tiempo venía trabajando en el Hospital Carrión en calidad de enfermero, evocó una fecha, una circunstancia.

——-

Aquel lejano mediodía en la sala de la morgue, su jefe, el médico titular del Hospital Carrión, don Víctor Leopoldo Colina, acuciado por un nerviosismo y apuro inexplicables, hablaba con el enfermero Pedro Santiváñez…

— Ha sido muy buena moza y jovencita la cholita… ¿cuántos años tenía?

— Dieciocho, doctor…

— ¿De dónde era?

— De Yanahuanca.

— ¿Y, cómo sucedió el asesinato…?

— Estaba separado de su marido. Éste, tratando de reconciliarse, fue a buscarla ayer por la noche, pero ella se negó rotundamente a amistar. Éste, un vigilante de la Compañía, exasperado ante la negativa, fue a traer su revólver para amedrentarla, pero, al no conseguir su propósito, loco de celos, le disparó un tiro a quemarropa y al verla sangrante en el suelo volvió el arma para suicidarse, pero ésta se trabó.

— ¿…Y?

— Al oír la detonación los vecinos trajeron a la policía que lo detuvo.

— ¿Luego?

— Allí mismo confesó su crimen en un mar de llanto…

— ¡Qué barbaridad…! ¡Los familiares habrían querido lincharlo!

— ¡No, doctor, no!… La pobre chica no tiene a nadie. Ninguna persona se ha preocupado por ella. Estaba sola en el mundo…

— ¡Qué lástima!… ¿De dónde has sacado esos datos…?

— Están en el parte policial, doctor…

— ¡Ajá…!

— ¿Comenzamos, doctor…?

— ¡Caramba! ¡Qué contratiempo…! Yo tengo una diligencia urgentísima que realizar y me hace imposible quedarme. Tenemos una reunión en la Casa de Piedra con todas las autoridades… por eso es que tampoco ves al juez ni a ninguna otra autoridad… Es urgente que yo esté allá…

— ¿Entonces…?

— Mira, Pedro… Vamos hacer el acta de protocolo sin necesidad de abrir el cadáver…

— Pero…

— Total, todo está visible, claro. Todo. Fíjate en el tatuaje que le ha hecho la bala en el pecho al introducirse…

— Sin embargo, doctor… Creo imprescindible tener que decirle que…

— ¡Nada, nada! No tienes por qué preocuparte… Toma nota…

— Está bien, doctor… – A regañadientes, con una extraña premonición, el enfermero comenzó a escribir lo que el doctor le dictaba.

— La muerte de la víctima se produjo por herida de bala de necesidad mortal, cuya trayectoria de arriba abajo, ha comprometido el corazón y los riñones. La bala quedó alojada en la cavidad abdominal…..

Y no se hizo la autopsia. Y no se sacó la bala del cuerpo de la mujer y un negro presentimiento que inicialmente se le había clavado en el corazón al joven enfermero fue disipándose con los días, con el silencio que sucedió al hecho delictivo, con la tranquilidad con que el médico tomaba el lance. Sin embargo, sin que nadie lo sospechara, un giro peligroso había dado un nuevo cariz al execrable crimen. Un sudor frío inundó su cuerpo que, no obstante su juventud, galopaba desesperadamente en su pulso. Sin dar ninguna explicación, salió apresurado de la estancia ante el silencioso asombro de sus amigos. Al rato, palpitante y arrebatado, tocaba la puerta de la casa del médico que enojado y soñoliento había salido a recibirlo…

— ¡Jesús, Dios Santo!… ¿Tan importante es lo que tienes que decirme que no puedes esperar hasta mañana…?.

— ¡Mañana sería demasiado tarde, doctor! –Jadeaba el enfermero.

— ¡¿Qué ocurre…?!

— ¡Algo muy grave, doctor!; ¡muy grave! –Tomó saliva- ¿Recuerda aquella autopsia que debimos hacer en el cadáver de una mujer y, no lo hicimos…?

—… ¿Cuál…?

— Aquella mujer que muriera baleada por su marido, hace más o menos dos años… _ Impresionado por la agitación del joven enfermero recordó de inmediato el triste acontecimiento…

— ¡Sí, sí,… ahora lo recuerdo…! ¿Era una cholita buenamoza, no?

— Sí, sí, doctor, efectivamente, la cholita buenamoza…

— ¿Qué pasa ahora, después de tanto tiempo…?

— ¡Que la Corte Superior ha nombrado a dos peritos y mañana muy temprano se realizará la exhumación del cadáver…!

— ¡¿La exhumación…?!

— ¡Sí, doctor!… ¡¿Comprende usted lo que ocurrirá?!

— ¡Dios, mío…!

— ¡La ruina!, ¡el descrédito!… ¡A usted le quitarán su título y a los dos nos mandarán a la cárcel…!

— ¡No, no puede ser!- gimoteaba el médico que había dejado caer el chal que lo cubría.

— ¡Acabo de oírselo decir al escribiente de la Corte…!

— ¡Estamos perdidos!… ¡estamos perdidos! – dio algunos pasos nerviosos por la estancia… ¡¿Qué hacemos, Pedrito?!

— ¡Tenemos que sacar la bala que ha quedado en el cuerpo, doctor! ¡Si la encuentran ellos, nos enviarán a la cárcel por no haber realizado la autopsia! –El médico lo miraba temblorosamente esperanzado al enfermero que continuó apesadumbrado- Hemos presentado un falso testimonio a la Corte…

— ¡Si, sí… es un delito!… ¡Un delito muy grave…! ¡¿Pero qué podemos hacer a estas alturas…?!

— Sólo nos queda hacer una cosa. Será muy difícil a la par que repugnante, pero no tenemos otra salida…

— ¿Qué haremos…?

— Tenemos que adelantarnos y hacer nosotros la exhumación para sacar la bala…

— ¡¿Con este tiempo infernal…?!

— ¡Por supuesto!…

— ¡Pero con esta nieve espantosa… ¿a estas horas…?!

— ¡Piense en nuestro porvenir, doctor!; ¡piense en su familia! ¡Imagínese lo que dirá EL MINERO y los otros periódicos! ¡A usted lo admiran, doctor! ¡A usted lo veneran!… ¡Qué dirán sus amigos!…

— ¡Tienes razón!… Pero, ¿podremos…?

— ¡Hay que intentarlo!…

— ¿Sólo los dos…?

— Usted, yo y “Witrón”, el panteonero…

— ¿Crees que aceptará…?

— Tendremos que pagarle generosamente y aceptará. Es un gran amigo…

— Es muy duro, pero…

— Es el único camino que nos queda. Acuérdese que tenemos que sacar la bala…

— Está bien…

Cubriéndose con gruesos capotes y botas de jebe, con sendos picos y palas, los dos hombres se dirigieron al cementerio. El ambiente estaba cargado por la fiera ventisca que azotaba sus caras haciéndoles penoso el avance. No se podía distinguir a dos pasos de distancia. Justo a las dos de la madrugada estuvieron a la puerta del campo santo en medio de un tenebroso marco de aullidos lúgubres y ladridos desesperados de una jauría de famélicos canes. Cuando salió el panteonero, le explicaron el plan.

— Pero… ¿Con tanta nieve…?

— Ya te hemos explicado la razón; es un caso especial para el doctor y para mí… Te pagaremos muy bien “Witrón”… Tienes que ayudarnos como un verdadero amigo…

— ¡Está bien!…

— ¿Tú sabes en dónde está enterrada?…

— Bueno, no estoy seguro… hace tanto tiempo… Creo que es por allí, por los nichos de los extranjeros… No podría señalar la tumba con precisión…

— ¡No importa! ¡Vamos!.

Mientras el helado aire cortante les azotaba la cara inmisericordemente, los pies se les hundían en la nieve dificultando el avance. A duras penas y guiados por la mortecina lámpara minera que les alumbraba, avanzaron por entre una maraña de apretujadas cruces metálicas esquivando túmulos agigantados por la nieve. Transcurrió un buen rato para que, en un mar de dudas, el panteonero se animara a señalar una tumba donde suponía estarían enterrados los restos de la mujer asesinada.

Antes de atacar la ingrata labor, bebieron sendos tragos de ron de Jamaica para calentar algo los cuerpos ahítos de frío. Primero fue el enterrador que separando la nieve comenzó a cavar con todas sus fuerzas; cuando el sudor salado comenzó a empañarle la vista fue reemplazado por don Pedro primero y por el médico después; hasta que tocaron madera. Un suspiro de alivio entre vaharadas de cálido aliento sintieron al oír el sordo sonido de la caja.

— Ahora a sacarlo…

— No, doctor; nos sería imposible. Preferible es que abramos la caja y luego saquemos la bala del vientre de la muerta…

— Tienes razón, Pedro… ¿Tienes todas las herramientas…?.

— Sí, doctor

— Abre la caja, entonces…

 

Fue terriblemente difícil dar con los tornillos que sujetaban la capa de la caja. La madera estaba completamente hinchada por la humedad…

— ¿Nada…?

— ¡Nada! – Jadeaba.

— Así nos vamos a amanecer. Creo que debemos volar la tapa con la barreta.

— Creo que tienes razón, Pedro.

Usando las hendidas de la madera hicieron saltar la tapa al que siguió un hedor insoportable que atacó sus narices. Acercaron la luz al féretro y los tres quedaron anonadados, atónitos, vencidos. Largo rato estuvieron mirando el cadáver en silencio hasta que el médico dijo:

— No es. ¡Maldita sea! Es un hombre recién enterrado…

— Sí, ese hábito franciscano lo dice a las claras.

— No importa “Witrón”, entonces será el de lado – dijo don Pedro tratando de vencer el abatimiento -. ¡No podemos darnos por vencidos ahora! ¡Hagamos un esfuerzo más doctor!…

— Sí,  sí; es necesario –accedió el médico.

Después de beber sendos tragos, taparon la caja y cubrieron la cárcava. Con renovados bríos trabajaron en la otra tumba, la abrieron y, esta vez sí habían acertado…

— ¡Es ella…!

— ¡Sí!, ¡Es ella!…

— ¡Gracias a Dios!…

— Pedro.

— Doctor…

— Procede.

— Sí, doctor.

Cuando don Pedro ubicó el pedazo de plomo de la bala lo envolvió en unas gasas y se lo dio al médico…

— Aquí está, doctor…

— Sí, gracias… ¡Gracias a Dios!

— Ya está amaneciendo, doctor; tenemos que cubrir la tumba.

— Sí.

Cubrieron el sepulcro y exhaustos, casi sin aliento, emprendieron el retorno en completo silencio. Límpido, reverberaba el Huaguruncho. Amanecía.

 

REPORTAJE (Entrevista radial al doctor Emilio Marticorena Pimental)

Esta es la transcripción de una entrevista radial para “Radio Corporación” cuando el insigne cardiólogo trabajaba en el Cerro de Pasco y se presentó un dramático caso a un obrero llamado Fridolino Carhuajulca. Como su caso puede ser similar a los que suelen ocurrir en nuestra tierra, la consignamos en esta edición. La grabación de ésta y otras entrevistas se hallan en su archivo correspondiente)

  • mal de alturaDoctor, el caso de Fridolino Carhuajulca, es muy preocupante. Él sufre intensamente con lo que le está ocurriendo, su familia también. ¿Qué nos puede referir de su caso?
  • Este paciente de treinta y nueve años de edad, natural del Cerro de Pasco, vive en una lucha constante contra el medio ambiente donde ha nacido. Todos los días sus pulmones absorben menos oxígeno que la mayoría de sus paisanos lo que aumenta la frecuencia de su respiración. Esta sensación de ahogo no lo deja trabajar ni dormir. Por las noches aumenta la presión y le hace sentir mucho calor. Una verdadera pesadilla. Carhuajulca sufre los estragos que se llama “Mal de Montaña Crónico” (MMC) que afecta no solo a él sino a todos tus paisanos que han nacido y permanecen en estas grandes alturas. No olvides que estamos en la ciudad más alta del mundo.
  • Pero lo que lo alarma es que respira como si nada ocurriera
  • Ese fenómeno a nuestra altitud puede resultar peligrosísimo. La hemoglobina se eleva y el volumen de la sangre se incrementa saturando todo el sistema circulatorio. Eso –naturalmente- produce fatiga, dolores de cabeza y alteraciones de la memoria. Le hemos recomendado que baje a vivir en una tierra de menos altura…
  • Él me ha dicho que aquí ha formado su hogar, aquí trabaja y asegura que se ha acostumbrado. Afirma que cada cierto tiempo le sacan un litro de sangre y le ponen suero. Eso le hace sentir mejor, pero sabe que no le está curando….
  • Eso está generalizado aquí. Creen que para un nativo de estas tierras la altura es un medio natural en el que siempre va a vivir; sin embargo sabemos que puede sufrir complicaciones físicas si no termina de aclimatarse adecuadamente.
  • ¿A pesar de haber nacido aquí….?
  • Mira, César. En ningún caso la altura es un medio natural para vivir. El ser humano no está diseñado ni biológica ni psíquicamente para establecerse en un medio extremo como es el Cerro de Pasco. Por encima de los 3,500 metros, la presión atmosférica se reduce de tal modo que inhalamos menos oxígeno y la frecuencia y la profundidad de la respiración aumentan. Esto hace difícil pensar, trabajar y dormir.
  • O sea que es difícil la adaptación…
  • Si quisiéramos terminar por adaptarnos, tendríamos que desarrollar ciertas características genéticas que nos permitan vivir en grandes altitudes. Los únicos seres verdaderamente adaptados a la altura son cierto tipo de animales como el cuy, los camélidos andinos y algunas aves y batracios con una evolución de millones de años que les ha permitido adaptarse. Ellos han desarrollado genes que permiten que su hemoglobina capte más oxígeno, haciendo que algunas variables cardiorrespiratorias sean distintas. El hombre cerreño, en cambio, lo que hace es aclimatarse, es decir, solamente aumenta su capacidad vital para lograr vivir en altura.
  • ¡Qué interesante!
  • En su lucha por conseguir más oxígeno, el organismo del cerreño modifica algunas funciones circulatorias y respiratorias de modo que sus células no se den cuenta que hay menos oxígeno. Es por esta razón que ustedes los cerreños tienen los pulmones más grandes, respira más, genera más glóbulos rojos en su sangre y su corazón crece y late más rápido que el de un hombre corriente.
  • Entonces esa es una adaptación más adecuada….
  • El problema es que estas condiciones varían cuando se trasladan a nivel del mar. En pocos días su capacidad de llevar aire a sus pulmones es la misma que una persona normal y hasta el tamaño de su corazón se reduce. Esa es la más clara prueba de que no está aclimatado a la altura
  • Finalmente, mi querido César, el mayor riesgo de esta enfermedad llamada mal de montaña crónico (MMC) descrita en 1925 por el doctor Carlos Monge Medrano, es capaz de afectar diversos sistemas del cuerpo. Sus principales son las personas que como ustedes han nacido y vivido siempre por encima de los 2,500 metros y que poco a poco, sutilmente, empiezan a respirar como un individuo que ha vivido a orillas del mar.

 

UNA ESTAMPA CERREÑA Por Gerardo Patiño López

una estampa cerreñaEntresacamos de las costumbres del boato y la vanidad que eran proverbiales en el Cerro de Pasco, cuyo pasado asombra por no decir otra cosa.

Cuentan que los viejos mineros asistían a la apertura de los botijos que se llamaban “Piscos” que utilizados y bendecidos se abrían en ceremonias complicadísimas y todos a su turno gustaban de su espirituosa bebía hasta alegrarse para bailarse después los “Cachasparis”. Para ello era costumbre tradicional –según la usanza de la época-  el caballero antes de “sacar” a la señora o señorita o a la que quería hacer distinción se apostaba en lugar conveniente de la sala a un sujeto con un  talego de monedas de oro y plata esperando el momento de la fuga para arrojar las monedas a los pies de los bailarines para que éstos las fueran pisando en el zapateo. Después las dichas monedas eran recogidas para conservarlas como recuerdo de la ceremonia.

Eran aquellos tiempos en que se arrojaban los dineros a las plantas de los hombres. Hoy los hombres se arrojan a las plantas del dinero. Añoranzas de otros tiempos de esplendor y opulencia, pero deberíamos haber empezado con la aventura de Huaricapcha, ocurrida en 1630 que asombrado vio por primera vez la plata que se discurría sola entre las champas que le sirvieron para el fuego y que calcinaron las piedras que al calor de las llamas soltaron por sí solo el milagro de la plata.

Ya formada con el correr de los años ese enjambre de trabajo con los mineros opulentos, acostumbraban a ganar tiempo al tiempo, pero para no estar contando de pieza en pieza pagaban a sus peones o japiris que recibían en la esquina del poncho se sábado a sábado por medio de una pala calculando que habían ganado lo justo por su trabajo Nadie discutía esa modalidad. Todos contentos, patrón y obrero. ¡Qué tiempos aquellos!

Corre lo años y cuenta la tradición que el dueño del café “Digo, digo” un española ambicioso ganó tanto dinero en su fondín y con rareza “chapetona” reúne sus reales y se va a la laguna de Patarcocha y a sus aguas las arroja inmisericorde agradeciéndole el haber hecho fortuna. “No soy desagradecido” dijo y pagó todas sus deudas y regaló el resto. Eso era un ejemplo y no vanidad.

Allá en Quiulacocha, un villorrio cercano al Cerro de Pasco, en una clandestina casa de juegos están reunidos los viejos mineros jugando en el tapete verde con los dados de la suerte; varios de ellos silenciosamente han perdido una fortuna pero siguen jugando estoicamente apostando las barras de plata que llevaron con ese fin y los arriman con los pies como si fueran unas bicocas mientras en el patio de la casona los caballos están esperando a sus dueños  mascando lo bocados de las riendas engarzados con ricos ternos de plata labrada desde las monturas y los estribos y el pellón sampedrano y luciendo también sus herrajes de plata que l vanidad de sus propietarios manda colocar.

En las fiestas del folclore cerreño se confunden todos los elementos; su tradicional carnaval pomposo y tradicional se destaca admirablemente cómo también sus procesiones religiosas y el conjunto de sus diversas y originales bailes que se conservaba hasta hace poco. Relucían sus vestimentas y disfraces orlados de plata y piedras preciosas; los “cuernos” enjoyados de piedras preciosas…

Baile de de belleza y simpatía bebiendo el auténtico coñac francés, la vanidad que ahora solo son recuerdos cuando en sus plazas, sus calles y sus templos de Chaupimarca y Yanacancha se vestían de gala para esas ponderadas fiestas que hacían gozar a propios y extraños.

Dice el poeta José Gálvez en su monografía escrita sobre Tarma, los Siguiente: “ “Cuenta un tradición cómo don José Maíz y Malpartida, marqués de la Real Confianza, minero acaudalado del Cerro de Pasco, hizo su entrada a Tarma con lucidísima comitiva después de mandar adoquinar con barras de plata la calle donde vivía una de las más bellas hijas del lugar y se desposó con ella” y que el segundo marqués de la Real Confianza don Miguel Francisco de Maíz y Arcas fue nombrado Jefe del Regimiento de Caballería de las Fronteras de Tarma que para pasar una revista militar mandó herrar a los 280 caballos de su escuadrón con herraje de plata para resaltar lo que era el Cerro de Pasco, tierra natal de ambos marqueses… ¿Alguien lo haría en estos tiempos….?

Han pasado los años y al despertar los nuevos hijos del Cerro de Pasco, sólo con estos breves pero históricos relatos, su pueblo se agigantará como una bella esperanza de resurgirla el estado de postración en que se halla y será como una joya angostada en el corazón de cada cerreño y que debe ser fervientemente amada por nosotros, sus hijos sin vanidades que antaño nuestros mayores para asombrar una vez más, por la fama de las ricas minas y su privilegiado suelo y que seguirá siendo talismán y admiración  de mundo, como lo será en todos los tiempos en las entrañas de sus minas no se agoten los ricos metales que la naturaleza le dotó´.

 

 

FLOR PUCARINA

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En la  más brillante época de la radio en el Cerro de Pasco, Radio Corporación estuvo en la cumbre de la sintonía general. Exitosos programas de música variada con últimas novedades, impactantes trasmisiones deportivas, emocionantes presentaciones de teatro radial con notables libretos, noticieros actualizados, entrevistas y demás novedades hicieron la delicia de los miles de escuchas en toda la región central.

Para esa época campeaba la popularidad de “Moticha” Alanya, inolvidable compositor huancaíno que, con una continuidad conmovedora traía a nuestros escenarios artistas que triunfaban en Lima donde el género vernacular estaba siendo muy aceptado: Ezmila Zevallos, Los Errantes de Chuquibamba, Rosita Salas, Jilguero del Huascarán, La Golondrinas, Embajador de Quiquijana y  Pastorita Huaracina, Los aborrecidos, Tiburcio Mallaupoma, Juan Bolívar, La Pallasquinita, y muchos artistas más.

Cuando el ambiente musical cerreño estaba en su apogeo trae a una artista inolvidable: FLOR PUCARINA. Su llegada a nuestra tierra fue todo un acontecimiento. Aquella noche, gran cantidad de admiradores colmaban el andén del ferrocarril que la traía de Lima. La recibimos con un ramo de rosas y ella, muy amable, decidió llegar caminando a la radio no obstante el frio reinante. Los numerosos comerciantes del Mantaro establecidos en nuestra ciudad auspiciaron con creces las diarias presentaciones radiales de esta notable artista.

flor-pucarina 2La noche de su debut nos deslumbró a todos. No solamente por ser una cantante carismática y sentimental sino por ser muy bella. Nos deslumbró con su talle armónico resaltado por sus primorosamente bordadas polleras debajo de las cuales destacaban recamados fustanes blancos con artísticos encajes ajustados a su breve talle. Blusa de colores entallada en su torso perfecto sobre la que iba una manta bordada por manos de artesanos huancas. Un sombrero echado de lado que hacía resaltar sus endrinos cabellos encrespados sobre el que había fijado una encarnada rosa roja. De sus orejitas colgaban refulgente aretes de oro. Su rostro de marcada piel agarena hacía resaltar sus ojos intensamente negros guarnecida de largas pestañas y cejas deliciosamente marcadas; sus labios perfectamente delineados, carnosos y armónicos que, al abrirse en un mohín travieso y juguetón tenían un encanto especial.

Después de su exitoso debut, en el que tuvimos el honor de presentarla, nos la arreglamos para una serie de entrevistas que fueron publicadas. Después de las cinco noches que se presentó, nos regalaba con un tiempo que nos permitió conocerla.

Su nombre verdadero era Leonor Efigenia Chávez Rojas y había nacido el  22 de septiembre de 1935  en el distrito huancaíno de Pucará, hija de Félix Chávez y Alejandrina Rojas Iparraguirre. En 1944 llega a para radicar en La Parada, zona comercial en el distrito de La Victoria. En este barrio templó su bravo carácter que la acompañó durante todos sus años de lucha.

flor-pucarina 3Fue descubierta y bautizada como “Flor Pucarina” por Teófilo y Alejandro Galván en su primera presentación en el coliseo nacional del El Porvenir, el 8 de diciembre de 1958. Aquel día obtuvo un triunfo redondo con el huayno de Emilio Alanya, “Falsía”. Cuando en 1960 firmó contrato para el Sello Virrey, hizo popular “Caminito de Huancayo”, “Traición”, “Soy Pucarina” y “Alma Andina”, entre otras. La canción que la internacionalizó fue “Ayrampito”, compuesto por los destacados Emilio Alanya Carhuamaca y Tomás Palacios Fierro. Dicho tema alcanzó la venta de un millón de copias vendidas. Le siguió, “Déjame no Más”, “Llorando a Mares”, “Pichiusita”, “Sola, siempre Sola”, “Pobre Peregrina”, “Vocero Huanca”, entre otros huainos, mulizas, santiagos y huaylash. En aquel lapso grabó 15 álbumes, acompañada por, “Los Alegres de Huancayo”, “Los Engreídos de Jauja”, “Los Rebeldes de Huancayo” y hasta su propia banda a la cual denominó “Selección Huanca”. Cabe señalar también que participó en algunas grabaciones en conjunto con el grupo vernacular Los Pacharacos.

Cumplido su contrato dejamos de vernos pero, siempre, a través de Emilio Alanya -grande e inolvidable amigo-  seguimos manteniendo una hermosa amistad.

Al final de su vida se vio afectada por una infección renal que degeneró en cáncer que la postró en el Hospital Edgardo Rebagliatti. Presintiendo su muerte grabó a inicios de 1987, el huayno “Mi Último Canto” de la composición de Paulino Torres, le siguieron también “Presentimiento”, “Dile”, y “Trencito Macho”.

Cuando falleció el 5 de octubre de 1987, su féretro fue llevado durante todo un día por las principales calles de la capital. La multitud que la llevaba cantaba y lloraba. La prensa de entonces publicó admirada la manifestación de dolor de miles de peruanos ante la muerte de una extraordinaria artista del pueblo. Su cuerpo descansa en el Cementerio de El Ángel de Lima.

Con especial reverencia al recuerdo que ha dejado en nuestro Cerro de Pasco, brindamos con una “Chata de ron” como ella lo hacía antes de cantar. Volviendo al ayer, escuchemos: Ayrampito.

 

 

EL “CHACHA” PORTILLO

el chacha portilloSu nombre era Ángel: Ángel Portillo, pero era por su apodo que todos lo identificaban: CHACHA. Es decir viejo. Tenía la misma edad de los amigos que alternaban con él pero parecía más viejo. Eso era lo raro. Canas extremadamente prematuras que se iban cayendo poco a poco anunciando calvicie inminente. Su rostro donde sus ojos, aunque todavía juguetones, ya no tenían el brillo característico de la juventud. En derredor de sus párpados se dibujaban notables “patas de gallo” sin que pudiera evitarlo; cuando hablaba reflejando su jocundo gracejo, recién uno podía colegir que no era tan viejo como aparentaba. Así y todo Chacha era un artista popular muy conocido en el pueblo. En su condición de herrero, ayudaba en su taller a don Armando Paredes, su maestro, con quien compartía su marcada afición por la música. Don Armando, eminente saxofonista, era su maestro en el taller y en la orquesta.

El “Chacha Portillo”, pertenecía a esa numerosa promoción de clarinetistas que con gran talento ha mantenido viva nuestra música a través de los tiempos: Graciano Ricci Custodio, Jesús Enciso, Julio Patiño León, Pío Andamayo, Alejandro Álvarez,  Marcial Amaro, Aurelio Romero Pizarro, Emilio Quinto, Alejandro Panez, Andrés Egoavil Caballero, Eugenio Espinoza Mendoza, Isidro Fuster Mendoza, Enrique Bendezú, Alejandro Bonifacio, Antonio Montes, Bertilo Alania, Esteban Morales, Sulpicio Huari, Nazario Sinche, Pedro Cabello, Simeón Ventura, Severo Díaz, Octavio Montes y Teodosio León, entre otros muchos.

En los carnavales del año de 1927, el gran compositor, don Andrés Urbina Acevedo, crea un hermoso huayno al alimón con el “Chacha” que le pone música: DESPEDIDA.

Este huaino enternecía hasta las lágrimas al “Chacha” que aseguraba que don Andrés había interpretado su aspiración muy íntima de marcharse de su tierra. Un día, cumpliendo su deseo, desapareció como por encanto. Nunca más supimos de su vida. Habrá ido a la eternidad “en busca de mejor suerte”. “Chacha” siempre te quisimos.

Las letras que estamos publicando ojalá sirvan para renovar su mensaje entre los cerreños. Hasta hace algunos años, cuando los conjuntos musicales todavía mantenían su vigencia era un huaino muy estimado. Su mejor intérprete fue el “Shilaco” Llanos que le imprimía mucho dramatismo en su interpretación; también nuestro recordado Isaac Salazar y el “Mote” Grijalva con la guitarra de Nolio.

Este huaino es uno de los más hermosos de la cosecha del Chacha Portillo.

UN DOCUMENTO INÉDITO SOBRE EL DESCUBRIMIENTO DE LOS MINERALES DEL CERRO DE PASCO (Marino Pacheco Sandoval*)

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Edificio del Archivo General de Indias en Sevilla – España.

Merced a la bondad del Dr. Juan Marchena Fernández, Vicerrector de la Universidad Internacional de Andalucía, Sede Iberoamericanista Santa María de la Rábida (1), se tuvo oportunidad de consultar los repositorios del Archivo General de Indias Sevilla. Esta feliz oportunidad, nos dio a conocer una carta de Don Francisco Toledo, virrey del Perú (1569 -1581), a Felipe II, rey de España, de fecha 18 de Abril de 1578 (Audiencia de Lima, legajo 30, folio 10), donde se informa: “En el valle de Jauja descubrió un indio pastor este año pasado otras minas de plata de que sea hecho de mesma avexiguacion y sacado por mayor y otra piña que con esta sera que ace de doce (…) marcos por quintal estos dos asientos de minas que agora sean descubierto sin donde se pueda fundar asiento y poner veedor y justicia aunque en guancavelica esta puesto y en Jauja no se si bastara el corregidor que los indios tienen en abundancia podrianse descargar de la labor de guancavelica porque laboracen en su mismo valle.”

Una primera aproximación a la información la tendríamos al constatar que el área espacial del valle de Jauja se extendía desde las nacientes del río Upamayo (río Mantaro) en la antiplanicie de Bombón (Pasco-Junín), próximo al Centro Administrativo Inca de Pumpu, hasta los lindes extremos (SE) del Jatunmayo o Huancamayo (actual valle del Mantaro – Junín), donde los dos asientos mineros de importancia fueron el del Cerro de Colquijirca y el del “Cerro de Yauricocha” (Cerro de Pasco), ambos explotados desde tiempos prehispánicos e inmediatos a las nacientes del Upamayo.

Noticias primigenias sobre Colquijirca se remontan a la “Relación de Pedro Pizarro”. (1571) y se encuentra explícita en el “Compendio y Descripción de las Indias Occidentales ” (1629 -?) de Antonio Vásquez de Espinoza (? – 1630) y en un documento de 1646.- ‘Manual de quintos que empieza a correr desde el 1º de Octubre, en esta, asientos de minas de Bombón y Nuevo Potosí de quintos, cargo de los jueces, oficios reales, contador Don Laurencio Suárez Tesa, tesorero José Martínez Leyra ” (A. G. N. Perú; Minería, legajo 58).

Sobre el Cerro de Yauricocha, si nos remitimos a la tradición oral, las noticias remontan a la segunda mitad del siglo XVII. La: “Descripción Histórica y Topográfica del Mineral de Yauricocha llamado vulgarmente Pasco”, publicada en el Mercurio Peruano (1791, ff. 17-18), refiere lo siguiente: “Este mineral se llama propiamente Cerro de Santisteban de Lauri-cocha (…) su descubrimiento se debe a una casualidad y se puede fijar aproximadamente por los años 1630. Los documentos que tenemos a la vista lo asientan de este modo. Un indio llamado Huaricapcha, apacentando su rebaño por aquellos collados, se vio precisado, para pasar la noche abrigado por sus animales y, al respaldo de uno de ellos; encendió una gran hoguera, y quedó muy sorprendido al amanecer cuando vio entre las cenizas unos granos de plata fundida. Contra la costumbre de los de su nación; participó esta novedad a don Juan Joseph de Ugarte hacendado en la quebrada de Huariaca quien pasó a reconocer el Cerro; y en el mismo paraje en que el fuego había derretido los metales abrieron diversas bocaminas y las fue explotando con la mayor felicidad y abundancia. La fama de las minas de Ugarte atrajo a muchos, que llenos de entusiasmo tuvieron valor resolverse a vivir en unos páramos tan infelices que parecen destinados únicamente para servir de morada a las bestias silvestres. Bien presto se vio erigida una población de muchos españoles en donde antes no había choza para el refugio de un indio.” (2)

Trama oral mítica, donde el pastor indígena Huaricapcha -en la “comprometida” ingenuidad del relato- descubre en 1630(?) los yacimientos argentíferos del Cerro de Pasco. Relación recogida igualmente por el sabio Antonio Raimondi.

Analizando el documento de 1578, entrevemos que el “re-descubrimiento” de los dos centros lo concreta un “indio pastor”, un indígena NN, una referencia accidental, como lo accidental de su descubrimiento en un informe oficial; una cifra más del orden colonial-feudal del Perú que acertó a ofrecer gran servicio al invasor hispano. Considerando Cerro de Pasco y Colquijirca como los descubrimientos alcanzados por el desconocido pastor del Suní y Puna andino nos habremos remontado medía centuria a 1630.

El análisis semántico del discurso, refleja una espacial dicotomía:

  1. a) La versión oficial: pastor indígena NN
  2. b) La versión popular: pastor indígena

Huaricapcha.

La primera (a), de 1578, se encuadra en momentos de exacerbada reacción hispana por justificar la invasión y conquista, reordenar la masa indígena en “reducciones”, profundizar la sistemática administración de su fuerza de trabajo a través de la “mita”, profundizar el enfeudamiento del espacio rural y extremar la ofensiva ideológica de la cruz (“extirpación de idolatrías”). Esta versión no identifica al “runapuna”, un dato más”). Redescubre lo ya explotado en tiempos prehispánicos (anhelo político de re-fundar lo ya fundado); devela la orientación económica del Estado: incentivar e intensificar la minería de explotación en el mundo andino (“se puede fundar asiento y poner veedor y justicia”); refleja una preocupación por reformar el control de la población indígena del valle y la “mita minera” que cumplía en las minas de “azogue” (Huancavelica): “podrianse descargar de la labor de guacavelica porque laboracen en su mismo valle”; reafirma la pureza del metal al preciar la plata piña a doce marcos el quintal -la “piña”, ya fundida metalúrgicamente-. Informe inicial donde aún no se vindica ni protege la explotación.

La versión (b), de 1630, no se encuentra ajena a la construcción del virreinato colonial. Es más explícita que la primera (a). Identifica al indio pastor Huaricapcha corno descubridor para el foráneo invasor- de los filones argentíferos del Cerro de Pasco, en versión no inocente pues, rompiendo sus votos de albacea inmemorial de la heredad (“contra la costumbre de su nación”), otorga el secreto al opresor; para luego ser silenciado en el discurso. Con mayor solemnidad se conmemora al hacendado Juan loseph de Ugarte en la génesis de la extracción del venero cerreno. La descripción ansía aclarar el nexo servil de lealtad feudal entre hacendado y campesino indígena (de un pastor, que expian~ do su tradición milenaria autóctona, confía en su “señor” opresor) representando la figura de, un “lacayo” fiel. Asin-iismo, el insurgir del asiento minero no espera “veedor y justicia” ni “fundación”; sólo nace y poco a poco se expande (hecho más cercano a lo real). El desconocer el hábítat indígena, alguno en páramos tan infelices”, recuerda que las Ccomposicioncs” para la adjudicación de tierras en Endes indígenas tendían a demostrar la inactividad y excedencia de las mismas; mientras que los títulos de “arnparos” y “permisos” considerando que “el dominio del suelo no daba derecho ninguno al dominio del subsuelo”3- permitía la posesión de las minas en tierras de terceros; posibilitando de un lado, el arribo importan~ te de mineros españoles al Cerro de Pasco (encumbrándose como empresa privada), y de otro, la expansión de la gran propiedad territorial con el pretexto de requerir soporte (tierras de cultivos y pastizales, arroyos) e insumos para la exportación minera, más fuerza de trabajo. Olvidando las centenarias naupallactas como Markapunta” (Colquijirca) y reducciones indígenas como “Nuestra Señora de las Nieves de Pasco” (Villa de Pasco) fundada en 1572 para los ayllus de la parcialidad de Yaroyanamates.

Esa última leyenda consagra al invasor hidalgo -igualmente opresor- en la visionaria patria de El Quijote, la España combativa de García Lorca en “forjadora de civilizaciones” del mundo indígena andino. El afirmar que “bien presto se vio erigida una población de muchos españoles en donde antes no había choza para el refugio de un indio”, lo testimonia. Omitiendo y rechazando reservadamente al portento creador y transformador de las comunidades indígenas, al runa-puna que heroicamente había dominado el alegre y sombrío altiplano (+ de 4,300 m.s.n.m.); un ámbito que a percepción del invasor extranjero “parecía destinado únicamente a servir de morada a las bestias silvestres”. Ello hoy nos parece un error, pero fue por entonces mentalmente útil.

Encuadrado en una visión etérea, la leyenda de Huaricapcha ofrenda un mito de dominación; en tanto que la carta de Toledo presagia o prevé al asiento por venir.

La frase: “los indios podríanse descargar de la lavor de guancavelica porque laboracen en su mismo valle”, no advierte la “mita” que cumplían los partidos de Tarma, Chinchaycocha y Yaros (Pasco) en las minas de mercurio de Huancavelica, como consta en documentos de 1722.

Entonces, ¿fue en 1577 que dio inicio a la extracción mineral hispana del Cerro de Pasco? Quizá. Sólo un serio trabajo en lo aseverará.

La otra versión popular: “Los Tres Toros”4, muestra el sincretismo andino (indígena-hispano); así como la leyenda de Huaricapcha exclama la vital necesidad por comprender y asumir -mas allá del simbolismo y la imagen- el germinar hermoso del asiento minero del Cerro de Pasco, hoy arquitectónicamente agónico.

NOTAS

1 La sede monástica que hace poco más de 500 años confió en la hermosa visión del Almirante Cristóbal Colón y lo observó en su partir al descubrimiento de un Nuevo Mundo. Mundo donde se encontrarían las más sublimes creaciones entre

2 El Huaricapcha del maestro César Pérez Arauco (En: El Folclore Literario del Cerro de Pasco. C.C.P “Labor” Edit. San Marcos, Lima 1994, pp. 164-165), de estética narración, centra el discurso -muy encomiable- en el pastor indígena. Pero, la versión de 1791, prístina, fuerza a optarla.

3 Ots Capdequi, J. M. España en América.

EC.E., México. 1959:65

4 Finamente analizada por el Prof. Luis Pajuelo Frías en: Pérdida, Búsqueda y Encuentro del Sentido Histórico. Aproximación a “Los Tres Toros”. En “Juglar”, fascículo de LiteraturaNo.1 Set. /1992, Lima.

El día que derruyeron nuestro monumento histórico

Columna PascoEra la fría mañana del 12 de octubre del año de 1972. Una grúa gigantesca escoltada por numerosos camiones, ocuparon la parte central de la Plaza Centenario, viejo e histórico escenario que por muchos años fue testigo de los movimientos comerciales de la ciudad minera. Por ese motivo se le denominó Plaza de Comercio, pero  al cumplirse cien años de la creación del Departamento de Junín, quedó con el nombre de Centenario. A medida que las piquetas rompían las piedras de Quilcaymachay que integraban la pilastra central, los vecinos que se habían arremolinado, miraban estupefactos e indignados lo que los depredadores hacían. Muchos viejos, heridos en el alma, lloraban sin poder ocultar su enorme dolor. Total se iba un pedazo de nuestra historia.

En poco tiempo la gigante águila de bronce –como herida de muerte- descendió a un camión, amarrada por fuertes cadenas de acero. Un poco más tarde, prisionero de resistentes cables de acero, el soldado de la Columna Pasco, era bajado a otro camión. Cada golpe de comba y piqueta repiqueteaba en el alma de los cerreños. Estaban deshaciendo el trabajo de don Florencio Casquero, célebre picapedrero y arquitecto práctico que el siglo anterior lo había erigido.

Esta misma insaciable picota minera se encargaría de echar por los suelos el oratorio de la Beneficencia Slava, el edificio Proaño, la casa donde naciera nuestro mártir, toda la Plazuela Ijurra, el Hospital Carrión y su torre magistral de piedra, la Biblioteca Municipal, el Club Deportivo Municipal, la Sociedad de Beneficencia Alfonso Ugarte, el Club Apolo, El Trocadero, el Consulado Austro húngaro, el Hotel Universo, la Casa Azalia – Nation, la Casa Comercial Pehovaz Hermanos, el Club de la Unión. Devoraron los barrios de Cayac, donde funcionara el Consulado Inglés; Jirones Eulogio Fernandini, Ayacucho, Diputación de Minería, Huánuco, Callao, Parra, la Velería, Dos de mayo, Grau, Peña Blanca,  San Martín, Cusco, la Tonelada, donde se vendía el “Puro de Ica”, Gaiteras, Calle del Hospital, Estando de la Sal, es decir, el corazón del Cerro de Pasco.

Columna Pasco 2Detrás de los edificios de la Plaza del Comercio, todavía se puede ver la Torre del Hospital Carrión que sería, un tiempo después, ultimado por máquinas destructoras. Ahora todo ha sido reemplazado por un enorme agujero. En San Juan Pampa a donde se trasladó nuestra ciudad, se ha erigido una réplica de nuestro  monumento, sólo que el nuevo ya no tiene al soldado de la Columna apuntando su bayoneta hacia el sur, donde está el que fuera nuestro enemigo.