EL CONDENADO (Segunda parte)

el condenado 2

Su orgullo maltrecho, no lo deja dormir. El encono se le ha clavado en el cerebro y le impide cerrar los ojos. Su vigilia poblada de silencios se ve, de pronto, interrumpida por un ruido extraño. El viejo Moisés Apari aguza los oídos y un extraño presentimiento lo invade haciéndole estremecer. Se ha incorporado sobre sus cobijas y despierta a su mujer.

–     Shatu… Shatu…

¿mmmmm?

¿Has oído?

¿Ja?… No…

.. “masque” oye… creo que están entrando en los altos.

Sí, sí… parece que alguien está entrando…

Desgraciado ladrón… ladrón es…

Claro que es ladrón…

.. Es raro, los perros no ladran… Oye Moishe ¿No será ánima?….

¡Qué ánima ni anima, mujer! Lo que pasa es que los rateros han matado a nuestros perros.

¡Jesús, Ave María Purísima!….

Como saben que no está mi Donato, creen que me pueden robar…

¿Qué hacemos?…ahora siento que están andando arriba.

Lo que tenemos que hacer pues, voy a llevar la escopeta.

¡No te vayan a atacar!….

No voy a ser tan tarugo de salir por delante pues. Voy a ir por la puerta de atrás y por las pircas nomás voy a ver…

Ten cuidado, Moishe…

¡Ahora sí se han fregado esos malditos, carajo!

Sigilosamente, como fiera acechante, Moisés Apari ha salido arma en ristre y da una vuelta completa por el corral y ahora está frente a la puerta de los altos. Decide aguardar a que el delincuente salga con su botín para hacer justicia. Lo espera en medio de una fruición que le produce el imaginarse la sorpresa que se llevará el ladrón al salir. Ahora se abre la puerta y sale un hombre con un bulto en el hombro. Su silueta se recorta en el fondo del cielo estrellado. Ahora o nunca. El viejo apunta y el silencio de la noche se hace trizas con el estampido…

¡Le has dado, Moishe… le has dado!…Ya cayó!

Sí, y en todo el corazón…

Vamos a ver quién es ese miserable de mierda…

Ten cuidado, no se vaya estar haciendo el muerto.

No, ni siquiera se mueve…

Voltéalo…

Sí…

¡Mamalao, mamacooo!… ¡Santo Dios!Nooo!

¡Donato hijooo!

¡Hijaco, te han matado, pues…!

.. Caray… ¿Dónde ha estado este muchacho?… ¿De dónde ha salido?!

¡Dónde habrá estado, pues papalao!

Y todavía ha venido a robarme…

¡Capaz ha tenido hambre, tal vez por eso, Moishe…

¡Anda, anda, despierta al Shimo, a todos los vecinos… ¡Qué hemos hecho!…

El viejo Apari, ha quedado inmóvil, clavado en el suelo, como un viejo ídolo, estático; su rostro curtido y ajado se estremece con una ligera agitación parecida a un llanto sin lágrimas. Su orgullo mellado, pisoteado y ahora impotente, ya no pude erguirse porque más puede el peso de su conciencia castigada al ver el pálido rostro de su hijo muerto iluminado por la alta luna serrana.

 

Mientras tanto, allá en el lejano otero de Cerro Azul, Teodolinda Armas, ha estado esperando angustiada el retorno de su amado. Ni de día, ni de noche ha dejado de escrutar angustiosamente el horizonte cumpliendo así el encargo de su hombre. Ella está muy lejos de imaginar que Donato ha sido amortajado y enterrado en el cementerio del pueblo.

Ahora es de noche, la quinta noche de espera. Han pasado cinco interminables días y un mundo de sobresalto agobia el corazón de la muchacha. Desde tempranas horas el cielo se ha tornado amenazador, de un gris tétrico a una oscuridad más pronunciada que se ha desatado en fortísima lluvia; no obstante, allí está ella, esperando a su amado.

De pronto, entre el monótono chisporroteo de la lluvia menuda, cree escuchar un crujido como de pasos, como de gente arrastrándose. La crepitación ha ido creciendo, creciendo y, ahora está más cercano. El corazón le golpea en el pecho desesperadamente. Sí, es él, Donato. No puede ser otro. Una mezcla de temor y alegría le abrasa el espíritu. Los pasos han llegado a la entrada de la caverna y se han detenido allí, ante la expectación de la mujer.

¡Donato!… ¿Dónde has estado?… ¿qué te ha pasado?

..

Todas estas noches no he podido dormir esperándote… Pero, pasa estarás cansado, siéntate…

¡Pero ahí en la entrada te estarás mojando! ¡Hace frío… pasa!…

..

Desde que te fuiste, ya no han salido jinetes por el camino grande. Parece que ya se han casado de buscarnos…

..

Te prepararé algo caliente para que te abrigues…

Sí, no seas sonso Donato, te puede agarrar “costado”…

¿Qué te pasa, Donato? Parece que estuvieras mal… ¿Qué te sucede? ¿Por qué no hablas?

La expectación es tremenda. Ella tiene un presentimiento clavado en el cerebro. ¡Cuánto daría por un rayo de luz y poder contemplar bien a Donato! Sabe que está allí, no puede ser otro, pero ella lo quiere ver. De pronto, un relámpago ilumina la estancia rasgando la oscuridad y ella queda petrificada, a punto de caer, luchando con todas sus fuerzas por no proferir el grito que le quema la garganta y le hace daño. En ese instante efímero de resplandor del relámpago, lo ha visto todo. Un rostro cerúleo y terrible, ultraterreno, en el que destacan unas cuencas profundas y oscuras; las mandíbulas colgantes, las greñas crecidas saliéndoles por el capirote marrón del sudario. La mortaja sostenida por un blanco cordón está empapada por la lluvia y pegado a su esquelético cuerpo. Ese no es Donato… ¡es el espectro de Donato!… ¡Donato se ha CONDENADO!

En medio de aquel temor que la sobrecoge trata de ordenar sus pensamientos, y lo consigue. Ha tomado el porongo y se dirige a la salida de la cueva pasando por el lado de Donato tocándole las fúnebres vestiduras que emanan un nauseabundo hedor a muerte…

Voy a traer agua, Donato. Espérate un rato… ya vuelvo…

No podía hacer otra cosa. Una vez que hubo salido de la caverna comenzó a correr a campo traviesa, tropezándose aquí y allá. Auxiliada por los esporádicos fogonazos de los rayos, y el condenado atrás, arrastrando torpemente su osamenta fatigada y profiriendo agudas voces como lamentos, como llorares salidos de lo más profundo, de ultratumba.

– ¡Tiuchaaaaaa!… ¡Mi palabraaaaa!… ¡Mi  palabraaaa!

Por fin, sacando fuerzas impensables, Teodolinda ha llegado a la iglesia del pueblo y con ansiedad golpea el pesado aldabón…

¡Padre!… ¡Padre!… ¡ábrame por favor!

La puerta se ha abierto después de un buen rato de espera dando paso al padre Melecio.

¿Qué ocurre, hijita?… ¿Qué pasa?…

¡Ayúdeme padrecito, el Donato me está persiguiendo!

¡Entra hija mía, entra!… ¿Quién dices que te persigue?

¡El Donato, padrecito, el Donato Apari!

¡¿Cómo?!… ¡¿Donato?!… ¿Donato Apari?!

¡Sí, padrecito, sí, cierre y asegure la puerta!

.. ¿Estás loca hija?… ¡El Donato está muerto! Hoy se cumplen cinco días.

Seguro padrecito… pero yo lo he visto con su mortaja…

¿Estás segura de lo que dices?

Sí, padrecito, sí, sí y ahora me está persiguiendo…

No lo puedo creer… pero… ¿Por qué iría a buscarte? Algo debe haber…

¡Creo que quiere que le devuelva su palabra, padre…

.. Te ha dado su palabra.

Sí padrecito; me juró que nunca se separaría de mí, ni en la vida ni en la muerte… Por eso se habrá condenado…

Entonces, hija tendrás que devolverle su palabra para que no siga penando…

¡Sí, padre! pero no quiero quedarme sola…

No te preocupes hija –entretanto la puerta sonó estrepitosamente por los golpes que le propinaba el condenado.

¡Tiucha, devuélveme mi palabra!… ¡Por favor!… – Es patética la voz gutural de súplica.

En nombre de todos los santos, te invoco Donato Apari, a que nos digas lo que quieres…

Padre, padre… me he condenado… He muerto y no pude entrar en la otra vida. Nuestro Señor me ha expulsado para cumplir mi palabra empeñada en la Tiucha o para que me la devuelva, si no, vagaré eternamente… ¡Por piedad, Tiucha!… ¡Devuélveme mi palabra!… ¡Tú ya no podrás vivir conmigo!…

¡¿Qué hago padre?… El pobre Donato está penando!

¡Devuélvele su palabra, hija!…

Sí, padre. Toma mi mano Donato…

–   ¡Ayyyyy! –El grito ha sido tremendo. Teodolinda se ha desmayado porque el dolor ha sido espantoso. Al sacar la mano por la mirilla de la puerta, el condenado le seccionó un dedo de una dentellada y ahora lo llevará como señal de que le fue devuelta su palabra. Ante el estupor del sacerdote que pronuncia una oración, arrastrando sus pasos como si le pesaran, el condenado se retira emitiendo sonidos destemplados como de macabra alegría mientras los truenos arrecian y la noche se lo traga.

F I N

 

 

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