EL CONDOR ASESINO (Leyenda de Ninagaga)

El condor 2Hombres y mujeres de Ninagaga vivían en continuo sobresalto. No había un solo día en el que no los intranquilizara la desaparición  de su ganado. Un día corrió la voz de alarma denunciando la razón. Un enorme cóndor atacaba a los espantados rebaños sin temor a los colmillos de los perros ni a los hondazos de los pastores. Haciéndose la cruz juraban haberlos visto vencer a enormes animales sirviéndose de una veloz y aguerrida treta.

Desde lo alto de las nubes donde reinaba o desde la cima de los picachos donde moraba –inaccesible para bestias y hombres- escrutaba las laderas con paciencia extraordinaria. Cuando descubría a su víctima al borde del despeñadero, volaba parsimoniosamente hasta ubicarse  encima de ella y, desde allí, descendiendo raudo como una flecha le asestaba un contundente golpe con sus alas de más de tres metros precipitándola barranco abajo. La victima caía aparatosamente agonizante producto del descalabro. Después, como cumpliendo con un viejo rito, se retiraba a dormir la siesta en su guarida inaccesible. Esperaba que finalmente el animal muriera víctima de la caída. Ya cerrada la noche regresaba para regalarse con su fresco y abundoso festín. Eso diariamente. De esta manera estaba desolando estas montañas.

Los pastores de estos andurriales estaban alarmados. Surgió entre ellos la creencia de que el mismo demonio se ocultaba bajo las alas de aquel temible carnicero. Hasta los hacendados se alarmaron y llegaron a participar de esta creencia cobrando viva inquietud por su presencia. Para ahuyentarla organizaron extraordinarias batidas haciendo estremecer sus linderos con el espantoso fragor de descargas de fusilería y el feroz ladrido de los perros azuzados para la lucha. Todo en vano. Pasados unos días ya estaban echando de menos la desaparición de un buey, de un ternero o por lo menos de una oveja. La alarma creció. El maldito depredador estaba ya enviciado y no quería alimentarse sino con carne fresca…

Uno de aquellos días, un joven pastor llevó la noticia de que el cóndor merodeaba al redor de una loma vecina al caserío. El hacendado se armó de una carabina, llamó a  los campesinos para que lo acompañaran y se encaminó al encuentro del carnicero que volaba con los ojos fijos en el hato de ovejas. Sobrevolaba lenta y majestuosamente por el fondo luminoso de los cielos. Su enorme cuerpo negro de aterrador pico carnicero, garras terribles recogidas con su collarín de blancas plumas en el cuello, destacaba sobre un punto fatídico sobre la vasta planicie. Lo contemplaron un largo rato para que tomara confianza y, cuando estuvo a tiro, el patrón se echó la carabina a la cara y, diestro en el manejo de armas, hizo fuego. Tras la sonora deflagración la gigantesca ave se abatió pesadamente sobre la tierra. ¡Un grito de triunfo resonó en las pampas! Hombres y perros se lanzaron sobre el caído.

El primer perro que llegó hasta el cóndor, rodó a sus pies con el cráneo destrozado por un feroz picotazo. Los hombres espantados hacían llover pedradas sobre el duro plumón del herido. Éste se defendió repartiendo aletazos y abatiendo al que lo tocara. Sus alas en remolinos de briosas acometidas hacían crujir su poderosa armazón de huesos. El patrón entusiasmado por la belleza del plumaje ordenó que se respetara la vida del cóndor. Cuando estaba casi agotado lo maniataron para llevarlo a la casa hacienda donde lo encerraron. Cuentan los que lo vieron en aquel trance que el cóndor lloraba de ira como una criatura indefensa. Por eso a ese lugar le llamaron desde entonces: Cóndor Huaganan (Donde el cóndor lloró).

No fue larga la convalecencia del cautivo. Un curandero de Margos que examinó sus heridas constató que tenía vacío el buche y dedujo que su caída se había debido a su extremo debilitamiento que el balazo le había rematado. El hacendado orgulloso de su presa, ciñó encima del denudo y arrugado cuello cubierto de un collar de plumas tiernas y blancas, otro, especialmente hecho de lana con los colores patrios. Era su más grande posesión junto con un marrano gigantesco, blanco y hermoso de raza europea, comprado a los alemanes hermanos Herold que tenían en su cervecería del Cerro de Pasco. Eran sus dos trofeos más apreciados.

Así pasaron los días.

Preso y humillado aprendió a sobrellevar su cautiverio. En ese estado al cóndor le mutilaron  las guías de sus alas para que no pudiera volar. Tuvo que verse en la necesidad de convivir con las otras aves y animales de corral que lo miraban con desdén. Desde lo alto de una pared que había elegido como otero pasaba sus horas contemplando nostálgico la vasta extensión de los cielos azules donde había sido el rey indiscutible. Debajo de él, con una sorna insufrible se paseaba triunfal y engreído el enorme chancho –orgullo de su amo- haciendo estropicio y medio y regodeándose de ello. El cóndor sólo lo miraba. Hombres y mujeres ya se habían acostumbrado a verlo así, tranquilo,  recorrer las distancias con su paso cansino como cualquier otra ave. Eso es lo que el cóndor buscaba. Quería que lo vieran vencido y humillado. En poco tiempo lo consiguió. Nadie daba un medio por él.

Fuertes ya sus alas, un soleado día de junio, sin que nadie pudiera evitarlo, como si lo hubiera premeditado debidamente, se lanzó furiosamente sobre el engreído cerdo clavándole sus poderosas garras sobre el grasiento lomo y, sin hacer caso de sus gruñidos guturales, subió a los aires y desapareció por las alturas inverosímiles con su presa entre sus garras.

A partir de aquel día, con más saña e impudicia que antes volvió a realizar sus rapiñas. Por eso volvió a cundir el abatimiento entre las gentes por la amenaza de tremendo carnicero ahora más audaz, más fuerte, más ladino.

Una tarde luminosa de sol, sin una nube en el cielo, se oyó nuevamente el zumbido de las alas asesinas y la proyección de su sombra colosal sobre un grupo de ovejas. El pastor Timoteo Carhuachagua, protegiendo a sus animales que corrían peligro ante tremendo asesino, lo midió con mucha serenidad. No en vano era el hondero más certero entre los pastores de Ninagaga. El cóndor creyéndose dueño de la situación se acercaba con más desfachatez a sus víctimas. Lento, con tremenda parsimonia, se acercó a treinta metros. Se veía que el ave todavía lucía el collar con los colores patrios que el patrón había colocado en su cuello. Con pasmosa serenidad puso una enorme piedra en su huaraca y dándole tres enérgicas vueltas sobre su cabeza, lanzó el proyectil en dirección al cóndor. No lo puedo creer. Vio el terrible impacto en la cabeza del asesino que caía con estrépito con el plumaje agazapado y las patas yertas e  inmóviles rodando hasta el fondo bañado en lodo y sangre. Timoteo corrió hacia su presa y lo encontró temblando en los estertores de muerte. No duró mucho. Pronto quedó inmóvil, muerto.

Ya casi cerrando la noche llegó a Ninagaga con su presa sobre las espaldas. Los campesinos no lo podían creer. Cuando lo tiró sobre los suelos, prorrumpieron en gritos de triunfo que se oyeron            en la casa hacienda y en todos los confines de Pasco. El nombre de su lugar de cautiverio quedó para la posteridad: CÓNDOR HUAGANAN.

A  partir del día siguiente la paz retornó a Ninagaga.

El condor 4