LOS DUELOS EN NUESTRA LA CIUDAD

duelo con pistola

Para que nuestros queridos amigos recuerden el significado de un duelo, les alcanzamos algunas explicaciones necesarias.

El duelo como enfrentamiento individual entre caballeros se difundió en el mundo entero desde el siglo XV hasta el XIX. Fue social y legalmente permitido. Una forma de justicia privada por cuanto el desafío implicaba el enfrentamiento personal en busca del castigo para el autor de un ultraje.

RITUAL DEL DUELO.- Los “códigos de honor” señalaban que se necesitaba algunas condiciones básicas para efectuarlo: una injuria u ofensa al honor o a la dignidad. La ofensa podía ser de palabra o de obra. Otra condición era  que estaba ligado a las élites sociales. Necesitaba de padrinos, uno o dos por cada parte, quienes tenían la tarea de “pedir explicaciones”, definir la magnitud de la ofensa e incluso evitar el duelo, elegir en ocasiones las armas, pactar las condiciones y,  examinar el terreno del duelo y velar por el cumplimiento de lo acordado.

Podían ser a sable, espada, pistola o revólver. Los duelos a pistola -los más usuales en el siglo XIX- tenían que hacerse a una distancia mínima de quince pasos y máxima de cincuenta. Los tiros no salidos se consideraban válidos si así se pactaba en las condiciones previas. Había la obligación de auxiliar al herido, como la de levantar dos actas: la primera con el pacto de condiciones, y la segunda con el desarrollo y los resultados del duelo.

Hecha esta somera descripción de un duelo, reseñamos a continuación dos duelos de los muchos que hubo en nuestra ciudad. El primero, entre el ingeniero Samuel Palacios Gálvez, notabilísimo y apreciado profesional y el ciudadano francés y notable industrial, Leopoldo Martin. El motivo, un incidente personal que terminó en el reto a duelo. Actuaron como padrinos de Leopoldo Martin, los señores Francisco García Jiménez y Edgardo Benjamín Madueño. Por parte del ingeniero Samuel Palacios Gálvez, el doctor Andrés Quintana Gurt y el ingeniero, Jorge Félix Remy. El doctor Avertino Ochoa fue designado como Director de Combate. Como facultativos médicos, los doctores Enrique Portal y Horacio E. Talavera.

El escenario escogido por los padrinos fue los alrededores de la mina Galicia, ubicada en el distrito de Yanacancha. El acta correspondiente dice lo siguiente: “Siendo las seis de la mañana del miércoles doce de mayo de 1920, teniendo como escenario del duelo el portalón de la mina “Galicia”, en presencia de los padrinos, del director de duelo y los facultativos médicos, se revisaron las armas y se sortearon los emplazamientos. Colocados los duelistas en sus respectivas posiciones de treinta pasos de distancia, cambiaron éstos dos disparos acordados, sin resultar tocados ninguno de ellos, habiéndose conducido ambos con mucho decoro. En vista de lo cual acordaron por unanimidad dar por terminado el lance en el que se ha cumplido escrupulosamente por las partes con todas las condiciones pre-establecidas.”. Al final, por sugerencia de los padrinos y testigos, ambos contendientes se estrecharon en un fuerte abrazo.

El duelo que remeció los cimientos de nuestra ciudad.- Para comprender mejor las motivaciones y conocer a los personajes que se vieron envueltos en esta confrontación, permítanme presentarles a cada uno de los protagonistas.

El doctor Fabio Mier y Proaño fue –a mi entender- el ciudadano que más se preocupó por el avance cultural de nuestra ciudad. Lucho por la instauración de un colegio secundario cuando todavía era estudiante de medicina. Ya como profesional se dedicó al cumplimiento de su misión en nuestro hospital poniendo al servicio de la comunidad y, con su propio peculio,  la primera Asistencia Pública que funcionó en el edificio de su propiedad con gran éxito. Es decir, fue un elemento muy valioso en nuestra localidad.

El doctor Víctor Leopoldo Colina, médico como el anterior, desde que llegó de Lima mostró sus grandes cualidades de organizador; gracias a él, el partido aprista peruano obtuvo brillante propagación. En ese aspecto, quienes no comulgaran con él, eran considerados sus rivales: En este sentido el doctor Mier y Proaño, lo era. Desde un comienzo, la recíproca animadversión estaba agresivamente vigente.

Aquí entra a tallar un popularísimo personaje que gozaba de la estima general del pueblo: don Pedrito Santiváñez, brillante y esforzado enfermero del nosocomio principal de nuestra ciudad que contaba con  el afecto y respeto de médicos, enfermeros y pueblo en general. El caso es que, a mediados del año de 1922, su popularidad y sus aciertos eran tantos que diariamente a las puertas de su casa, innumerables personas pobres e indigentes formaban interminables colas para ser atendidos. Don Pedro, sin cobrarles absolutamente nada, los atendía solícitamente desde las siete hasta las ocho de la mañana, hora en que se iba a trabajar al hospital.

El caso es que, mientras se hacían interminables filas para ser atendidos por don  Pedro, los consultorios de los otros empingorotados médicos, carecían de pacientes. Así las cosas, estos  médicos solicitaron al Colegio Médico del Perú que impidiera  que Santiváñez siguiera atendiendo porque “Carecía de título profesional o de algún estudios de la especialidad”. Haciendo espíritu de cuerpo el pedido lo firman los médicos, Fabio Mier y Proaño, Víctor Leopoldo Colina, Tobias Soto, Enrique Portal, Horacio E. Talavera y Ángel Madrid Dianderas. Lo admirable del caso es que, La Corte Superior de Justicia –como no había ocurrido nunca en la ciudad- emite una conminatoria orden “inmediata” para que Santiváñez deje de atender a los enfermos por su cuenta, so pena de encarcelamiento.

Como era de esperarse, el pueblo quedó conmocionado. No lo podía creer. “El león de la sierra” un conocido personaje proclamó en un “Bando de Carnaval”. “Qué desatino prohibirle a Pedrito Santiváñez el ejercicio de la atención médica, cuando todos juntos, esos bellacos firmantes médicos incapaces no le llegan ni a la punta del zapato”. Esta historieta viene al caso por lo que ocurrió después.

Como es fácil deducir, don Pedrito por no contravenir la orden judicial firmada por sus amigos, dejó de atender en su casa, con el dolor de su corazón.

Por aquellos días, un odio acérrimo e irreconciliable se había formado entre Mier y Proaño y, Colina. No se podían ver. Hasta se evitaban en el Hospital Carrión donde trabajaban. En aquellas circunstancias, el doctor Colina es atacado por un terrible malestar estomacal con imparable diarrea que terminó por deshidratarlo completamente haciéndole perder el conocimiento. Así las cosas, ante la ausencia de los otros médicos de la ciudad, le desesperada esposa de Colina visita a don  Pedrito y le confiesa que ya habían hecho todo lo que estaba en sus manos para  combatir el mal y  sabía muy bien, porque su intuición femenina se lo decía, que sólo él, don Pedro, podía curarlo. Con la herida todavía abierta por lo que le habían hecho y, en cumplimiento de lo que la justicia había sancionado, le contestó que no podía hacer nada. Sugirió que lo vea el doctor Mier y Proaño, que sí estaba en la ciudad, pero la señora se negó. No podía verlo.

Cuando la situación se vio peligrosamente amenazante, ante los ruegos de la señora, el doctor Fabio Mier y Proaño fue a ver al paciente que estaba tan postrado que parecía muerto. Inmediatamente le aplicó una inyección de clorhidrato de emetina y cuando se aprestaba a guardar la jeringa, como movido por un rayo, el doctor Colina reaccionó y se sentó sobre su cama, con los ojos llenos de ira gritó: ¡¡¡ ¿Quién ha hecho entrar a este Satanás… ¿Lárgate, demonio: ¡Tú has venido a matarme pero no te lo permitiré!!! . Para evitar el escándalo, el doctor Mier y Proaño se alejó de aquella casa dejando a  Colina, salvo.

Pero la cosa no quedó allí. Ya repuesto completamente de salud y convencido de que, con malas artes y muy mala intención, había tratado de matarlo retó a duelo al doctor Fabio Mier y Proaño. De nada valieron los argumentos de familiares y amigos. El día del duelo, que se llevó un amanecer en los campos de Patarcocha, el primero en disparar fue Colina, pero no acertó. Cuando le correspondió al doctor Fabio Mier y Proaño, hizo un deliberado disparo al aire; dejó el arma y con paso lento se retiró del escenario ante la sorpresa de los curiosos y su avergonzado rival.

La recíproca animadversión personal los acompañó durante toda su vida. Leopoldo Colina fue elegido senador por Junín mientras el doctor Fabio Mier y Proaño continuó en el ejercicio de la medicina. Ambos ya viejos, murieron. Nunca se reconciliaron.