LA COMPAÑERA DE JUAN SANTOS ATAHUALPA (Fragmento de mi libro PUEBLO MARTIR)

Juan Santos AtahualpaLos nativos con su gran ejército arrasan con todo lo que encuentra a su paso. Bajo sus armas y empuje van cayendo: el Pueblo Crucificado del Cerro de la Sal, regentado por el padre Mateo Bravo; el Pueblo de la Purísima Concepción de Eneñas, regido por el padre Antonio de Oz y el lego Joaquín Dutari; luego San Francisco de Pichana, a 13 leguas de Eneñas, a cargo del padre Definidor Clemente de la Cruz, y dos donados; luego San Judas Tadeo, bajo el cuidado del padre Simón de la Cruz Cavisani; todos estos lugares que abarcan muchas leguas, recuperados por las fuerzas revolucionarias, quedan a cargo de las autoridades nativas. Tras difícil marcha hallan el río Tuetani y, bajando por la quebrada, llegan al Pozuzo, donde encuentran varias rancherías de amages, diseminadas por aquellos lugares: Piño, Cuchero, Panchis, Unuti y Tilingo; en el territorio de los amueshas continúan su marcha por Huancabamba, Sogormo, Entás, Palcazu, Eneñas y Quillazú. Recorriendo enormes distancias destruyen, una tras otra, veintisiete misiones franciscanas, numerosas haciendas y obrajes, apoderándose de las pertenencias de los españoles, apresando y castigando a los negros, llegando a matar a los más rebeldes y aquellos cuyos antecedentes los condenaban. La rebelión de Juan Santos era esencialmente indígena en sus comienzos, los negros quedaban excluidos de ella. Esta animadversión por los negros le viene de los informes recibidos de sus víctimas. Sabía que eran muy crueles; los únicos que poseían armas de fuego a parte de los españoles, instalados en los centros de cierta importancia como ayudantes y “Guardaespaldas” de los blancos. Pero si bien Juan Santos se limita en un primer momento a amenazarlos y obligarlos a abandonar la selva, los indios sublevados de sus huestes quieren acabar con ellos. El jefe rebelde no les tiene odio. Tan así es que, cuando se entera que los indios han atado a varios de ellos y los quieren matar, abandona apresuradamente su cuartel general y acude en su defensa; los libera y luego reprende a sus hombres. Cuando en el Gran Pajonal apresan a varios, él los deja marchar después de quitarles las armas de fuego, cuchillos y otras armas. El recuerdo de su estadía en el Congo, lo tenía presente.

Andando el tiempo, va a utilizar a algunos como  auxiliares mercenarios. Uno de los más eficaces es, Antonio Gatica, antiguo esclavo de la misión de San Tadeo de los Antis, conjuntamente con su hijo, su hermana, y siete negros más. El jefe rebelde mismo lo afirma: “el movimiento puede contar con el apoyo de algunos negros comprados con dinero. Pueden ser fieles y esforzados. Los conocí en el África donde estuve con ellos”. El acercamiento y condescendencia a los negros se acentúa cuando conoce a una hermosa morena joven, hermana del cruel Gatica, a la que convierte en su compañera. No era para menos. La tradición asegura que era una mujer bella e imponente que a su vez, había quedado prendada del Gran Rebelde.

Cuenta la tradición que cuando la vio quedó mudo de asombro. A pesar de encontrarseJuan Santos Atahualpa 2 maniatada en un rincón, aprisionada por fuertes lianas, la majestad de su cuerpo, impresionante y armónico no obstante la chusma raída, lo dejó sin resuello. Al entrar en el umbral de la choza donde estaba cautiva, ella alzó la cara morena deliciosamente delineada, ojos profundamente negros, pelo ensortijado y abiertos labios carnosos en una sonrisa dulce. Ambos se quedaron  mudos por un momento. !Desátenla!, ordenó Juan Santos. Obedecieron. Aquella noche, cuando terminadas sus oraciones, el inca se aprestaba a dormir, ella entró en la habitación, sin decir una palabra. ¿Para qué? La bella morena –maravillosa intuición de mujer que sabe lo que no se dice- sabía que el rebelde  había estado pensando en ella. Nada más que en ella. Se sentó sobre su lecho, cogió suavemente la mano poderosa, la besó tiernamente y con mucho comedimiento la colocó sobre sus senos; él sintió erguirse su poderosa abstinencia de guerrero y, esa noche la pasó fogosamente enamorado, amándola, una y otra vez. Con los primeros rayos del alba, ella se retiró en silencio, como había llegado. A partir de entonces, guardando un perfil bajo se convirtió en silenciosa amante compañera del inca.

Respecto de la anexión de negros en el ejército del caudillo inca, el Virrey Marqués de Villagarcía, en sus Memorias, lo explica así: “…levantaron (los indios) la obediencia con ocasión del castigo que hizo el doctrinero, con indiscreta inmoderación, en uno de los caciques principales, quien lo sintió con notable injuria y unido con un negro, nombrado Antonio Gatica, que antes había servido para la reducción de los infieles y adquirido entre ellos grande autoridad, y los hijos de éste pusieron aquellos ánimos en disposición de que admitiesen las impostura con las que el rebelde les había atraído su devoción. Siete negros devinieron en rebeldes e hicieron a los cristianos bastante daño en estas turbulencias”.

Otro numeroso grupo que se anexó a las fuerzas revolucionarias de Juan Santos, fue el de los serranos. Los primeros en unírsele son los de Chanchamayo y, después, una respetable cantidad de hombres escapados de las galerías mineras del Cerro de Pasco.

( … )

La muerte del adalid de la selva no les importa gran cosa a los indios. Saben que todos tenemos que morir. Aseguran que, en aprobación de este  gesto cristiano de luchar por los, Juan Santos Atahualpa fue ungido con una especial bendición de Dios, ya que al morir –cumplida su valiente misión en la selva- entre nubes y vapores brillantes, se elevó hacia los cielos en medio de cánticos hermosos y extraños, con la promesa de que volvería. Los frailes franciscanos, enemigos naturales del adalid –tal vez con el fin de deshacer la mitología- afirman que, retirado a la profundidad de la selva, muchos años después, lo vieron ya anciano, acompañado de su compañera negra, llevando una vida de placidez y tranquilidad, feliz porque la lucha que había iniciado se propagaba por todo el Perú.

Juan Santos Atahualpa 3En todo caso, los nativos no han olvidado la gesta del valiente inca; por esta razón, reverentes, en Metraro le han erigido una capilla de 18 metros de largo por ocho de ancho, sostenido por ocho columnas de madera en esqueleto; cubierta con  techo de  humiro, en forma cruzada; en medio de la capilla, el túmulo donde descansó su cuerpo a poco de morir, hecho de cinco tablas labradas de  jaracandá,  de 8 a 10 centímetros de espesor y a una altura de un metro veinte centímetros, situado en medio del templo, mirando hacia Oriente.

Desde entonces, sobre la  cúspide del impotente nevado del Huaguruncho, apareció una colosal cruz de oro macizo cuyos destellos se veían nítidamente en todos los confines de Pasco. Una cara de la cruz recibía el saludo del sol naciente de las mañanas; la otra, los postreros destellos de los atardeceres. Al hacerse realidad la añorada recuperación de sus tierras, en reconocimiento de la bendición recibida del cielo para el triunfo final, el imbatible caudillo guerrero, utilizando todo el oro recogido de ríos y minas de la selva, hizo fundir una sólida cruz bruñida de oro macizo de enormes proporciones, que mediante un magistral y agotador trabajo de ingeniería rudimentaria la fijaron en la cúspide del Huaguruncho con un túnel vertical que comunicaba perpendicularmente la base, con la cima del monte. Este trabajo realizado en tres largos años venía a significar la confirmación de la fe en Cristo del caudillo Juan Santos Atahualpa.

Mucho más tarde, cuando mediante la invasión sangrienta y cruel, españoles y negros volvieron a recuperar las posiciones de la selva, la cruz de Haguruncho desapareció tragada por las nieves eternas en medio de lluvias torrenciales, truenos y relámpagos. Los campas aseguran que el símbolo volverá a refulgir cuando retorne Juan Santos Atahualpa y esta vez sí serán dueños definitivos de sus tierras selváticas.

En todo caso, éste, es el primer paso que dimos en la lucha por la libertad de la patria y la dignidad de la persona humana. Vendrán, como veremos, otras epopeyas igualmente impresionantes que tiñeron de sangre nuestra tierra.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s