PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE (Primera parte)

Pedro Angel Cordero y VelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en  que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el  redoblante para después –aplicado y emprendedor-, asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del  “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, de baja estatura y cetrino como todo mestizo de predominio andino, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas, fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono, aunque risible para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdía ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.

El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que  tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente! Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula baratería”.

Siempre dan pena los que se quedan,

siempre dan pena los que se van.

 

Los que se van, se van muy tristes,

los que se quedan, quedan llorando.

 

Siempre dan pena los que se quedan,

siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación  ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semidestruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos.  El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días, transforma en profundo amor su loca admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están,  Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Operas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás  llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: “ Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima.

Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.

En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria.  En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y  fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:

—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio! Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.

Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos

Qué eco más resonante,

es hoy el ,¡ Viva Cordero!;

será el Presidente primero,

que al Perú lo lleve avante.

 

Pobres y ricos serán,

lo que ellos debieron ser,

tenemos oro, plata y mujer,

que ustedes no negarán

Continúa…..