UNA ESTAMPA CERREÑA Por Gerardo Patiño López

una estampa cerreñaEntresacamos de las costumbres del boato y la vanidad que eran proverbiales en el Cerro de Pasco, cuyo pasado asombra por no decir otra cosa.

Cuentan que los viejos mineros asistían a la apertura de los botijos que se llamaban “Piscos” que utilizados y bendecidos se abrían en ceremonias complicadísimas y todos a su turno gustaban de su espirituosa bebía hasta alegrarse para bailarse después los “Cachasparis”. Para ello era costumbre tradicional –según la usanza de la época-  el caballero antes de “sacar” a la señora o señorita o a la que quería hacer distinción se apostaba en lugar conveniente de la sala a un sujeto con un  talego de monedas de oro y plata esperando el momento de la fuga para arrojar las monedas a los pies de los bailarines para que éstos las fueran pisando en el zapateo. Después las dichas monedas eran recogidas para conservarlas como recuerdo de la ceremonia.

Eran aquellos tiempos en que se arrojaban los dineros a las plantas de los hombres. Hoy los hombres se arrojan a las plantas del dinero. Añoranzas de otros tiempos de esplendor y opulencia, pero deberíamos haber empezado con la aventura de Huaricapcha, ocurrida en 1630 que asombrado vio por primera vez la plata que se discurría sola entre las champas que le sirvieron para el fuego y que calcinaron las piedras que al calor de las llamas soltaron por sí solo el milagro de la plata.

Ya formada con el correr de los años ese enjambre de trabajo con los mineros opulentos, acostumbraban a ganar tiempo al tiempo, pero para no estar contando de pieza en pieza pagaban a sus peones o japiris que recibían en la esquina del poncho se sábado a sábado por medio de una pala calculando que habían ganado lo justo por su trabajo Nadie discutía esa modalidad. Todos contentos, patrón y obrero. ¡Qué tiempos aquellos!

Corre lo años y cuenta la tradición que el dueño del café “Digo, digo” un española ambicioso ganó tanto dinero en su fondín y con rareza “chapetona” reúne sus reales y se va a la laguna de Patarcocha y a sus aguas las arroja inmisericorde agradeciéndole el haber hecho fortuna. “No soy desagradecido” dijo y pagó todas sus deudas y regaló el resto. Eso era un ejemplo y no vanidad.

Allá en Quiulacocha, un villorrio cercano al Cerro de Pasco, en una clandestina casa de juegos están reunidos los viejos mineros jugando en el tapete verde con los dados de la suerte; varios de ellos silenciosamente han perdido una fortuna pero siguen jugando estoicamente apostando las barras de plata que llevaron con ese fin y los arriman con los pies como si fueran unas bicocas mientras en el patio de la casona los caballos están esperando a sus dueños  mascando lo bocados de las riendas engarzados con ricos ternos de plata labrada desde las monturas y los estribos y el pellón sampedrano y luciendo también sus herrajes de plata que l vanidad de sus propietarios manda colocar.

En las fiestas del folclore cerreño se confunden todos los elementos; su tradicional carnaval pomposo y tradicional se destaca admirablemente cómo también sus procesiones religiosas y el conjunto de sus diversas y originales bailes que se conservaba hasta hace poco. Relucían sus vestimentas y disfraces orlados de plata y piedras preciosas; los “cuernos” enjoyados de piedras preciosas…

Baile de de belleza y simpatía bebiendo el auténtico coñac francés, la vanidad que ahora solo son recuerdos cuando en sus plazas, sus calles y sus templos de Chaupimarca y Yanacancha se vestían de gala para esas ponderadas fiestas que hacían gozar a propios y extraños.

Dice el poeta José Gálvez en su monografía escrita sobre Tarma, los Siguiente: “ “Cuenta un tradición cómo don José Maíz y Malpartida, marqués de la Real Confianza, minero acaudalado del Cerro de Pasco, hizo su entrada a Tarma con lucidísima comitiva después de mandar adoquinar con barras de plata la calle donde vivía una de las más bellas hijas del lugar y se desposó con ella” y que el segundo marqués de la Real Confianza don Miguel Francisco de Maíz y Arcas fue nombrado Jefe del Regimiento de Caballería de las Fronteras de Tarma que para pasar una revista militar mandó herrar a los 280 caballos de su escuadrón con herraje de plata para resaltar lo que era el Cerro de Pasco, tierra natal de ambos marqueses… ¿Alguien lo haría en estos tiempos….?

Han pasado los años y al despertar los nuevos hijos del Cerro de Pasco, sólo con estos breves pero históricos relatos, su pueblo se agigantará como una bella esperanza de resurgirla el estado de postración en que se halla y será como una joya angostada en el corazón de cada cerreño y que debe ser fervientemente amada por nosotros, sus hijos sin vanidades que antaño nuestros mayores para asombrar una vez más, por la fama de las ricas minas y su privilegiado suelo y que seguirá siendo talismán y admiración  de mundo, como lo será en todos los tiempos en las entrañas de sus minas no se agoten los ricos metales que la naturaleza le dotó´.

 

 

Anuncios