LA EXHUMACIÓN (Cuento)

la exhumaciónLa tarde estaba excesivamente fría. Desde tempranas horas una borrascosa tempestad de nieve se había apoderado de la ciudad que, aterida, en medio de brumosa continuidad, se acurrucaba en una transparencia grisácea, ahíta de sombras. El níveo manto, cada vez más espeso, casi hacía desaparecer las laberínticas calles cerreñas, ahora glacialmente desiertas.

Sorprendida por la reverberante tenacidad de la nieve nocturna, apenas si dejaba ver como un minúsculo faro en medio de un temporal, una escuálida bombilla que daba luz a la entrada de “El Trocadero”, lugar de cita de los cerreños noctámbulos que ahora estaba casi vacío; sólo cuatro hombres jóvenes arropados con chompas y bufandas rodeaban la mesa de billar en la que estaban enfrascados en una disputada partida.

Cercana la medianoche la puerta se abrió dando paso a un impresionante  ramalazo de frío con el que entró un enjuto personaje, alto y desgarbado, cubierto con un peludo gabán negro. Era don Francisco N. Del Castillo, miembro de la Corte Superior de Justicia. Sacudiéndose los zapatos a la entrada de la estancia hizo escuchar su aflautada voz…

— ¡Sálvenos Santa María!…. ¡Qué nieve…! ¡Buenas noches, señores!; ¡buenas noches don Juanito!…—Se quitó el abrigo, lo colgó en una percha y se dirigió a la estufa que ardía a un costado del mostrador- Don Juanito, una copa de lo mejor que tenga para calentar el cuerpo.

— Enseguida, Don Paco. Enseguida…

— Mejor traiga toda la botella… una copa no va a ser suficiente…

— Pero… ¿Qué hace a esta hora en tan tremenda nieve, don Paco…?

— ¡Ahhh, don Juanito… gajes del oficio; gajes del oficio… No vaya usted a imaginarse, que estoy en busca de alguna moza, no. Ninguna mujer vale tanto.

— ¿Entonces…?

— Lo que pasa, mi querido don Juanito Cortelezzi, es que hemos tenido un trabajo intenso en la Corte…

— ¡¿Hasta ahora…?!  ¡Es la una y media de la mañana…!

— Es que se trata de un acontecimiento muy especial.

— ¡¿Tan especial es…?!

— ¡Claro!.. ¡Claro!… ¡Se ha puesto a remover un asesinato…!

— ¿Sí…?

— Y nosotros que habíamos pensado que todo estaba bajo tierra, como la muerta. Este coñac está muy bueno, don Juanito, muy bueno…

— ¿Así que la cosa estaba que ardía…?

— Que si esto, que si aquello; que si lo de más allá. ¡Ya usted sabe cómo son estas cosas entre abogados, don Juanito!

— Claro. Y usted escribe que escribe en su condición de escribiente de la Corte… Sus manos deben estar cansadísimas don Paco… Pero: ¿Qué asesinato es ése…?

— Uno que todos lo creíamos solucionado. ¿Recuerda usted a aquella mujercita que murió baleada en la calle de Siete  Estufas?

— Sí, sí… algo recuerdo… ¿Fue el marido, no?

— ¡Claro… claro!… ¡Y este confesó todo!… ¿lo recuerda?

— Claro que sí…

— Bueno pues, ahora las cosas se han complicado…

— ¿Por qué?

— ¡No sé de donde ha aparecido el hermano de la cholita  y se ha puesto a remover las cosas! Su abogado ha pedido la exhumación del cadáver para que se haga una nueva necropsia con la presencia de peritos en vista de que han aparecido muchas contradicciones…

— ¡¿…Y..?!.

— Así ha quedado acordado. Mañana, a las ocho de la mañana, habrá de efectuarse la exhumación del cadáver…

Uno de los billaristas que sin querer había escuchado la conversación entre el Escribiente de la Corte Superior de Justicia y el cantinero italiano, quedó atónito. Todo el peso de una improvisación y una mentira pasada de pronto revivida, ahora lo ahogaban; lo aplastaban hasta superar el límite de su joven resistencia física. Anonadado y sin poder mantenerse  en pie fue a sentarse a una esquina ante la inquisitiva interrogante de sus amigos que no comprendían el porqué de aquella repentina y extraña actitud.

Con la mirada extraviada, los labios resecos y mudos, el joven Pedro Santiváñez que hacía muy poco tiempo venía trabajando en el Hospital Carrión en calidad de enfermero, evocó una fecha, una circunstancia.

——-

Aquel lejano mediodía en la sala de la morgue, su jefe, el médico titular del Hospital Carrión, don Víctor Leopoldo Colina, acuciado por un nerviosismo y apuro inexplicables, hablaba con el enfermero Pedro Santiváñez…

— Ha sido muy buena moza y jovencita la cholita… ¿cuántos años tenía?

— Dieciocho, doctor…

— ¿De dónde era?

— De Yanahuanca.

— ¿Y, cómo sucedió el asesinato…?

— Estaba separado de su marido. Éste, tratando de reconciliarse, fue a buscarla ayer por la noche, pero ella se negó rotundamente a amistar. Éste, un vigilante de la Compañía, exasperado ante la negativa, fue a traer su revólver para amedrentarla, pero, al no conseguir su propósito, loco de celos, le disparó un tiro a quemarropa y al verla sangrante en el suelo volvió el arma para suicidarse, pero ésta se trabó.

— ¿…Y?

— Al oír la detonación los vecinos trajeron a la policía que lo detuvo.

— ¿Luego?

— Allí mismo confesó su crimen en un mar de llanto…

— ¡Qué barbaridad…! ¡Los familiares habrían querido lincharlo!

— ¡No, doctor, no!… La pobre chica no tiene a nadie. Ninguna persona se ha preocupado por ella. Estaba sola en el mundo…

— ¡Qué lástima!… ¿De dónde has sacado esos datos…?

— Están en el parte policial, doctor…

— ¡Ajá…!

— ¿Comenzamos, doctor…?

— ¡Caramba! ¡Qué contratiempo…! Yo tengo una diligencia urgentísima que realizar y me hace imposible quedarme. Tenemos una reunión en la Casa de Piedra con todas las autoridades… por eso es que tampoco ves al juez ni a ninguna otra autoridad… Es urgente que yo esté allá…

— ¿Entonces…?

— Mira, Pedro… Vamos hacer el acta de protocolo sin necesidad de abrir el cadáver…

— Pero…

— Total, todo está visible, claro. Todo. Fíjate en el tatuaje que le ha hecho la bala en el pecho al introducirse…

— Sin embargo, doctor… Creo imprescindible tener que decirle que…

— ¡Nada, nada! No tienes por qué preocuparte… Toma nota…

— Está bien, doctor… – A regañadientes, con una extraña premonición, el enfermero comenzó a escribir lo que el doctor le dictaba.

— La muerte de la víctima se produjo por herida de bala de necesidad mortal, cuya trayectoria de arriba abajo, ha comprometido el corazón y los riñones. La bala quedó alojada en la cavidad abdominal…..

Y no se hizo la autopsia. Y no se sacó la bala del cuerpo de la mujer y un negro presentimiento que inicialmente se le había clavado en el corazón al joven enfermero fue disipándose con los días, con el silencio que sucedió al hecho delictivo, con la tranquilidad con que el médico tomaba el lance. Sin embargo, sin que nadie lo sospechara, un giro peligroso había dado un nuevo cariz al execrable crimen. Un sudor frío inundó su cuerpo que, no obstante su juventud, galopaba desesperadamente en su pulso. Sin dar ninguna explicación, salió apresurado de la estancia ante el silencioso asombro de sus amigos. Al rato, palpitante y arrebatado, tocaba la puerta de la casa del médico que enojado y soñoliento había salido a recibirlo…

— ¡Jesús, Dios Santo!… ¿Tan importante es lo que tienes que decirme que no puedes esperar hasta mañana…?.

— ¡Mañana sería demasiado tarde, doctor! –Jadeaba el enfermero.

— ¡¿Qué ocurre…?!

— ¡Algo muy grave, doctor!; ¡muy grave! –Tomó saliva- ¿Recuerda aquella autopsia que debimos hacer en el cadáver de una mujer y, no lo hicimos…?

—… ¿Cuál…?

— Aquella mujer que muriera baleada por su marido, hace más o menos dos años… _ Impresionado por la agitación del joven enfermero recordó de inmediato el triste acontecimiento…

— ¡Sí, sí,… ahora lo recuerdo…! ¿Era una cholita buenamoza, no?

— Sí, sí, doctor, efectivamente, la cholita buenamoza…

— ¿Qué pasa ahora, después de tanto tiempo…?

— ¡Que la Corte Superior ha nombrado a dos peritos y mañana muy temprano se realizará la exhumación del cadáver…!

— ¡¿La exhumación…?!

— ¡Sí, doctor!… ¡¿Comprende usted lo que ocurrirá?!

— ¡Dios, mío…!

— ¡La ruina!, ¡el descrédito!… ¡A usted le quitarán su título y a los dos nos mandarán a la cárcel…!

— ¡No, no puede ser!- gimoteaba el médico que había dejado caer el chal que lo cubría.

— ¡Acabo de oírselo decir al escribiente de la Corte…!

— ¡Estamos perdidos!… ¡estamos perdidos! – dio algunos pasos nerviosos por la estancia… ¡¿Qué hacemos, Pedrito?!

— ¡Tenemos que sacar la bala que ha quedado en el cuerpo, doctor! ¡Si la encuentran ellos, nos enviarán a la cárcel por no haber realizado la autopsia! –El médico lo miraba temblorosamente esperanzado al enfermero que continuó apesadumbrado- Hemos presentado un falso testimonio a la Corte…

— ¡Si, sí… es un delito!… ¡Un delito muy grave…! ¡¿Pero qué podemos hacer a estas alturas…?!

— Sólo nos queda hacer una cosa. Será muy difícil a la par que repugnante, pero no tenemos otra salida…

— ¿Qué haremos…?

— Tenemos que adelantarnos y hacer nosotros la exhumación para sacar la bala…

— ¡¿Con este tiempo infernal…?!

— ¡Por supuesto!…

— ¡Pero con esta nieve espantosa… ¿a estas horas…?!

— ¡Piense en nuestro porvenir, doctor!; ¡piense en su familia! ¡Imagínese lo que dirá EL MINERO y los otros periódicos! ¡A usted lo admiran, doctor! ¡A usted lo veneran!… ¡Qué dirán sus amigos!…

— ¡Tienes razón!… Pero, ¿podremos…?

— ¡Hay que intentarlo!…

— ¿Sólo los dos…?

— Usted, yo y “Witrón”, el panteonero…

— ¿Crees que aceptará…?

— Tendremos que pagarle generosamente y aceptará. Es un gran amigo…

— Es muy duro, pero…

— Es el único camino que nos queda. Acuérdese que tenemos que sacar la bala…

— Está bien…

Cubriéndose con gruesos capotes y botas de jebe, con sendos picos y palas, los dos hombres se dirigieron al cementerio. El ambiente estaba cargado por la fiera ventisca que azotaba sus caras haciéndoles penoso el avance. No se podía distinguir a dos pasos de distancia. Justo a las dos de la madrugada estuvieron a la puerta del campo santo en medio de un tenebroso marco de aullidos lúgubres y ladridos desesperados de una jauría de famélicos canes. Cuando salió el panteonero, le explicaron el plan.

— Pero… ¿Con tanta nieve…?

— Ya te hemos explicado la razón; es un caso especial para el doctor y para mí… Te pagaremos muy bien “Witrón”… Tienes que ayudarnos como un verdadero amigo…

— ¡Está bien!…

— ¿Tú sabes en dónde está enterrada?…

— Bueno, no estoy seguro… hace tanto tiempo… Creo que es por allí, por los nichos de los extranjeros… No podría señalar la tumba con precisión…

— ¡No importa! ¡Vamos!.

Mientras el helado aire cortante les azotaba la cara inmisericordemente, los pies se les hundían en la nieve dificultando el avance. A duras penas y guiados por la mortecina lámpara minera que les alumbraba, avanzaron por entre una maraña de apretujadas cruces metálicas esquivando túmulos agigantados por la nieve. Transcurrió un buen rato para que, en un mar de dudas, el panteonero se animara a señalar una tumba donde suponía estarían enterrados los restos de la mujer asesinada.

Antes de atacar la ingrata labor, bebieron sendos tragos de ron de Jamaica para calentar algo los cuerpos ahítos de frío. Primero fue el enterrador que separando la nieve comenzó a cavar con todas sus fuerzas; cuando el sudor salado comenzó a empañarle la vista fue reemplazado por don Pedro primero y por el médico después; hasta que tocaron madera. Un suspiro de alivio entre vaharadas de cálido aliento sintieron al oír el sordo sonido de la caja.

— Ahora a sacarlo…

— No, doctor; nos sería imposible. Preferible es que abramos la caja y luego saquemos la bala del vientre de la muerta…

— Tienes razón, Pedro… ¿Tienes todas las herramientas…?.

— Sí, doctor

— Abre la caja, entonces…

 

Fue terriblemente difícil dar con los tornillos que sujetaban la capa de la caja. La madera estaba completamente hinchada por la humedad…

— ¿Nada…?

— ¡Nada! – Jadeaba.

— Así nos vamos a amanecer. Creo que debemos volar la tapa con la barreta.

— Creo que tienes razón, Pedro.

Usando las hendidas de la madera hicieron saltar la tapa al que siguió un hedor insoportable que atacó sus narices. Acercaron la luz al féretro y los tres quedaron anonadados, atónitos, vencidos. Largo rato estuvieron mirando el cadáver en silencio hasta que el médico dijo:

— No es. ¡Maldita sea! Es un hombre recién enterrado…

— Sí, ese hábito franciscano lo dice a las claras.

— No importa “Witrón”, entonces será el de lado – dijo don Pedro tratando de vencer el abatimiento -. ¡No podemos darnos por vencidos ahora! ¡Hagamos un esfuerzo más doctor!…

— Sí,  sí; es necesario –accedió el médico.

Después de beber sendos tragos, taparon la caja y cubrieron la cárcava. Con renovados bríos trabajaron en la otra tumba, la abrieron y, esta vez sí habían acertado…

— ¡Es ella…!

— ¡Sí!, ¡Es ella!…

— ¡Gracias a Dios!…

— Pedro.

— Doctor…

— Procede.

— Sí, doctor.

Cuando don Pedro ubicó el pedazo de plomo de la bala lo envolvió en unas gasas y se lo dio al médico…

— Aquí está, doctor…

— Sí, gracias… ¡Gracias a Dios!

— Ya está amaneciendo, doctor; tenemos que cubrir la tumba.

— Sí.

Cubrieron el sepulcro y exhaustos, casi sin aliento, emprendieron el retorno en completo silencio. Límpido, reverberaba el Huaguruncho. Amanecía.

 

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