UN DÍA DE NIEVE EN NUESTRA TIERRA (Segunda parte)

nieve en el cerro de pasco 7
Ha nevado durante la noche anterior y la mañana siguiente, pero al comenzar la tarde, los futbolistas cerreños no quieren perder la oportunidad de entrenarse y, sobre un campo blanco realizan su partido de práctica. Esta es una vieja costumbre que nada podrá impedir que se cumpla. Primero lo hicieron los ingleses, luego los muchachos de otrora como el Banfield Club hasta los actuales cracks que llevan en la sangre el deporte del que fuimos pioneros

La nieve, como es natural, siempre estuvo presente en nuestra historia. Añosos mamotretos nos señalan la ocurrencia de grandes tormentas de nieve. La primera y más espantosa es la que ocurrió en 1610.

Aquel temporal que había comenzado inofensivamente se transformó en espantosa borrasca de pronunciada  opacidad que impedía ver a dos pasos de distancia. Cuando los ramalazos esparcieron copos gigantes y agresivos el terror se adueñó de los pobladores que ya no supieron qué hacer. Las calles encerraron a sus habitantes impedidos de transitar por ellas. Los que se arriesgaban –cabezas gachas, alones chambergos cubriéndole la cabeza- avanzaban inclinándose hacia delante para vencer el agresivo viento cortante. Nadie salía ni entraba en la ciudad que parecía muerta. Hasta los comerciantes que diariamente la visitaban se hicieron extrañar. El tercer día ya resultó imposible caminar. Se hundían hasta las rodillas. La nieve seguía cayendo silenciosa e implacable. Para avivar el calor hogareño se atizaron los fogones con maderos cada vez más escasos extremando el celo con puertas y ventanas. Se las abrían solamente lo necesario para evitar que los ramalazos enfriaran la habitación. De noche dormían abrazados para conservar el esquivo calor de sus cuerpos. Al amanecer del día siguiente, trabadas sus puertas por el peso de la nieve, abrían sendero desde los umbrales hasta la calle utilizando palas enormes. Los animales morían pasmados de frío. La temperatura descendió a extremos mortales. Cada amanecer recogía niños y ancianos muertos.   Mascullaban de prisa un padrenuestro por sus almas. No había tiempo para más. Era común el claveteo de ataúdes y deprimente su transporte por las calles imposibles, ahítas de frío. La enfermedad que habían traído  los españoles, con descomposición del cuerpo, dolores de cabeza y tos agresiva, los venció: “Es la maldita gripe”– dijeron. Ya no contaban con hierbas cálidas que también las enviaban de afuera para combatirla: borrajas, escorzonera, wila – wila; tampoco encontraron una sola gota de aguardiente, ni menos de coca. Desesperados y luchando con la silbante ventisca sacaron en procesión a San Esteban, patrono del pueblo. Confiaban en que calmaría la furia blanca que se adueñaba de la ciudad. Los penitentes, mareados por el ayuno, avanzaban entre rezos y salmodias llevando entre sus dedos las últimas ceras que goteaban sobre sus carnes estremecidas de helor. Con el avance de las horas el fervor religioso azuzado por el miedo fue  llegando a la demencia. Todo siguió igual. Cuando vieron que la  tempestad no cedía un ápice dejaron de creer en San Esteban. Desesperados masificaron el rezo a la bienaventurada figura de Santa Rosa de Lima que acababa de ser elevada a los altares por el Papa Clemente X.

Pasada la semana, la ciudad estaba aislada, encerrada en una cárcel de níveo espanto. El pánico de españoles y nativos, era patético. Eran conmovedores sus demacrados rostros: cuencas hundidas, palidez extrema,  convertida en garras las manos sarmentosas; pasos cansinos, débiles, ya sin fuerzas. Habían desaparecido todos los caminos. Los alimentos que llegaban en tiempos mejores se habían esfumado. Las trojes se vaciaron; sólo una generosa carga de maca que no habían podido llevar al mercado y los animales muertos por el frío, les sirvió de alimento por aquellos días. Tuvieron que masticar la carne cruda y beber nieve derretida. Ateridos, no encontraban combustible para preparar sus alimentos ni abrigar sus viviendas. Supervivientes canes famélicos, aullaban lastimeramente. El frío se había convertido en ola asesina.

Milagrosamente el undécimo día, notaron boquiabiertos  que  se filtraba una luz clara y poderosa por las hendijas de la puerta. ¡¡¡Era luz solar!!!  ¡¡¡Milagro!!!. Intrigados y en tropel llegaron hasta la ventana y quedaron estáticos de emoción. No podían creer lo que estaban viendo: ¡¡¡Había dejado de nevar!!! ¡Milagro!…. ¡Milagro! Volvieron a caer de rodillas con los ojos cubiertos de lágrimas.

¡¡¡Once eternos días con sus interminables noches había estado nevando sin cesar!!!

Un tímido sol, asomándose en el cielo que se clareaba de azul, comenzó a brillar. Misteriosamente como si las nubes transformadas en nieve  hubieran caído al piso desparecieron completamente. Los creyentes que habían salido a convencerse de la realidad se arrodillaron y se santiguaron, felices.

nieve en el cerro de pasco 8
Ella, a un costado de su casa, ha aprisionado a una blanca llama de nieve y la tiene segura con su soga interminable. La blancura del paisaje, como panorama de un mundo de ensueño, invita a la paz del espíritu.
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