DON ENRIQUE TORRES BELÓN

Enrique Torres Belón
A la entrada de un túnel de la Compañía Minera Atacocha -de izquierda a derecha- el ingeniero Enrique Torres Belón, inolvidable lampeño del que se habla en la nota; el contratista Faello Rastelli, el ingeniero Felipe Bautista Caldas, el señor Francisco Gallo, “Don Paco”, ingeniero Carlos Valdivieso y el señor José A. Caro, directivos de la recordada empresa que ha dejado grandes recuerdos en el Departamento

Fue un hombre extraordinario que dejó su impronta de disciplina, trabajo y bonhomía que todavía se recuerda. Gran parte de su incalculable fortuna la fue acumulando con su trabajo  en la mina de Atacocha. Fue accionista y miembro de su Directorio formado bajo la presidencia del doctor Alberto Quesada. Como directores: Ingeniero Enrique Torres Belón y, señores, Gerardo Díez Gallo y Francisco Díez Gallo. Su Director Gerente, era el ingeniero Edgardo Portaro Mazetti.

Fue un hombre exageradamente generoso con su Lampa natal a la que quería y extrañaba. No obstante estas virtudes –la verdad sea dicha- su pueblo no lo comprendió y menos agradeció, porque ellos no solo no agradecieron sus bondades sino que en el colmo de la ingratitud publicaron un libelo en el que decían:”En Lampa están ubicadas las siete maravillas: Un templo sin feligreses; un puente sin río; un hospital sin enfermos; una cárcel sin presos; un gimnasio sin atletas, un mercado sin vendedores y un estadio sin jugadores”. Todo, pura exageración. La ingratitud de su pueblo llegó a tal extremo que cuando clasificó el equipo de fútbol “Alfonso Ugarte” de Puno a la Copa Libertadores, argentinos y uruguayos -como siempre- vetaron su campo con argumentos muy deleznables “Es inhumano jugar a esa altura”. Un general de aquella agrupación denominada “Gobierno Revolucionario” reclamó y, claro, como las bases del campeonato estipulaban claramente que se debería jugar en la sede del equipo clasificado, la razón le asistió. Tuvieron que aceptar a regañadientes jugar en aquel campo deportivo. Aquí aparecen los “chupamedias” que solicitaron a la Federación Peruana de Fútbol el cambio de nombre de “Enrique Torres Belón” por el del general de marras. ¡Imagínense tamaño despropósito e ingratitud! Felizmente la cordura prevaleció y aquel estadio quedó con el nombre del generoso minero.

Torres Belón fue tres veces diputado y una vez senador, épocas en las que se prodigó a favor de su tierra. En uno de sus viajes a Roma, suplicó al Papa para que le permitieran la reproducción exacta de la maravillosa escultura de LA PIETA de Miguel Ángel Buonarroti. Lo consiguió.

Cuando murió este generoso lampeño, fue sepultado en el mausoleo que  en vida había hecho erigir en el interior del templo dedicado a Santiago Apóstol. Allí está ubicada la impresionante réplica de la famosa escultura. Debajo yacen los restos de él y de su esposa. La iglesia lo ha determinado así con toda justicia.

Lo que son las cosas.

Hace pocos días recordaron en Roma los 45 años del ataque a La Piedad. El 21 de mayo de 1972, un visitante húngaro llamado Laszlo Toth saltó sobre la escultura gritando que él era Miguel Ángel y la golpeó doce veces con un martillo. En segundos le rompió la nariz y un párpado, despedazó la mano izquierda y quebró la rodilla del Cristo.

Cuando finalmente lo bajaron a la fuerza, sobre el suelo de la catedral se esparcían más de cien trozos de mármol. El delicado rostro de la Virgen, esculpido para verse más joven que su hijo y bella durante la eternidad, estaba destrozado.

¿Cómo hacer el milagro de restaurar una de las obras más impresionantes del renacimiento italiano?

En medio de este debate, alguien encontró en los archivos vaticanos un dato inesperado. Una copia exacta de La Piedad había sido enviada varios años antes al sur de los andes peruanos, casi en la frontera con Bolivia.

“Tomarle las medidas era necesario para restaurar la original”, Días después del ataque el equipo de arquitectos italianos llegó a Lampa, 3.900 metros. Hasta ahora es un misterio cómo el senador peruano Enrique Torres convenció a Juan XXIII en 1960 de enviar la réplica a su natal Lampa.

Miguel Ángel tenía 24 años cuando terminó de esculpirla en 1499

Pasaron los años y una tarde de 1972, una comitiva enviada por el Papa Pablo VI llegó a la pequeña ciudad de Lampa. Quienes los vieron aún los recuerdan agitados. Habían viajado 10.500 kilómetros desde Roma para buscar uno de los diseños más famosos del genio italiano Miguel Ángel Buonarroti, muerto en el siglo XVI: una réplica exacta de su escultura de La Piedad. La Virgen María con el cuerpo de Jesús en su regazo.

Quien observa la estatua original casi puede sentir la suavidad de los labios de María o los rizos de Jesús entre los dedos. El velo de la virgen más que de mármol asemeja la seda, y el brazo de Cristo parece tener sangre en las venas.

En todo caso, nos conmueve que el bondadoso gesto de un hombre bueno que sin saberlo y a despecho de sus egoístas paisanos, estaba guardando para la posteridad la grandeza del genio Miguel Ángel.

la pasion de Miguel Angel

 

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