CERRO DE PASCO, IMPRESIONES Y DATOS Por Marcial Helguero y Paz Soldán (Primera parte)

A lo largo de nuestra historia hubo voces de alabanza a la Compañía norteamericana. He aquí la de Marcial Helguero y Paz Soldán, publicada en los diarios limeños al finalizar los dos primeros lustros de la permanencia de la “Cerro de Pasco Mining” en nuestro territorio. La publicamos para formarnos una idea cabal de las tendencias que originaban los trabajos mineros de la “Cerro Mining Co”. Nuestros lectores sabrán justipreciar en toda su dimensión estas voces.

Cerro de Pasco un día de nevada
El Cerro de Pasco en un nivoso atardecer, tomado desde el barrio residencial de Bellavista. Nótese las alambradas que las separan del resto de la población.

Hay ciudades en el mundo cuyo nombre llega a los oídos como un eco de grandeza: California, Potosí, Cerro de Pasco. ¿No nos hablan en ese sentido? ¿Estos nombres no nos sugieren la visión de fortunas inmensas amasadas vertiginosamente?

Durante la colonización hispano-americana el Cerro de Pasco tuvo fama mundial por los enormes tesoros argentíferos que guardaba en sus entrañas. ¡Cerro de Pasco! Rótulo sonoro, nombre mágico, país de ensueño en donde la plata valía menos que el hierro. Así hablaba la leyenda que, al popularizarse, adquirió todos los contornos de la fábula. Fue en aquella época, tierra predilecta de los hombres valerosos, de los hombres de férrea voluntad, porque era tierra en la que se conquistaba la riqueza en forma rápida, casi fulmínea. Se creía, y así era en efecto, que bastaba arañar un poco la corteza terrena para que quedase en descubierto el argentino y deslumbrante metal. Esta era la leyenda que dio fama al Cerro de Pasco durante el coloniaje.

Hoy, a pesar de la explotación casi continua de que ha sido objeto durante tres siglos. El Cerro de Pasco conserva toda la fuerza de su tradición con la sola diferencia que el progreso que ha alcanzado en estos dos últimos lustros ha sido verdaderamente enorme. Tal vez, en los tiempos actuales, ninguna manifestación del trabajo humano ha marcado tan a prisa entre nosotros. No es una manifestación de lo que trato de hacer, ni siquiera una hipérbole literaria lo que digo. Esta evolución de grandeza está allí visible para el que quiere verlo, palpable para el que quiera tocarlo.

Yo puedo hablar de esta manera porque conozco el Cerro de Pasco del pasado y el Cerro de Pasco del presente. Hace once años que visité, por vez primera esta región. Fue la época en que el doctor José Pardo inició sus giras presidenciales tan fructíferas para la República. En aquel entonces, aunque la riqueza estaba oculta en las entrañas de la tierra, todo era rudimentario, con más carácter de ensayo tímido que de explotación. Sólo se trabajaban una pocas  minas, pero en forme rutinaria, casi primitiva; y el jornal del indio, a pesar de su tradicional sobriedad, apenas bastaba para proporcionarle lo más indispensable para su subsistencia.

Hoy, todo ha cambiado. Ha sido una mutación de progreso rápida, abrumadora, que se traduce en elementos poderosos de trabajo que marean y enaltecen el nombre del país que los posee. Allá, en donde antes sólo habían lagunas y pantanos, se levanta ahora un verdadero pueblo de talleres, de fábricas, de factorías y de blancos chalets, que ponen una suave nota de poesía entre el paisaje abrupto de las montañas grises y monstruosas. Allí, por donde antes imperaba la monotonía, casi la soledad, cruzan ahora, a cada momento, en distintas direcciones, locomotoras poderosas que arrastran miles de toneladas de metal; las chimeneas no cesan de vomitar denso y negro humo, y la actividad externa y subterránea de la gente que entra y sale de las minas, se mantiene en trajín constante durante el día y durante la noche también. Esa actividad trepidante y febril de  hombres y cosas, rinde el ánimo de cualquiera. Es necesario haber vivido allí algunos días siquiera para comprender todo el avance que ha dado aquella región, triste y arisca hasta hace diez años y hoy fuerte y progresivo en todo orden de cosas.

Y ello se debe -hay que declararlo en forma categórica y determinante, porque está en la conciencia de todos- a la poderosa empresa americana que explota las minas de esa región, a la Cerro de Pasco Mining Company, que en sólo diez años ha hecho lo que quizás nunca hubiéramos podido hacer nosotros por nuestra propia iniciativa. Ha sido factor eficaz, no sólo para el progreso económico del Perú, sino factor cultural para la civilización del indio, a pesar de todo lo que se ha dicho en contrario. Este hecho basta y sobra para que la Cerro de Pasco Mining merezca la consideración del país.

Voy a probarlo no en larga disertación, sino en forma rápida, breve, en unas cuantas líneas, suficientes cuando se trata de demostrar la verdad. Antes de que se estableciera la empresa americana en el Cerro de Pasco, el indio de esa zona vivía una existencia casi selvática, refractaria a la vida moderna. Trabajaba en forma ruda y sin tregua por un mísero salario que en la mayoría de los casos apenas llegaba a cuarenta centavos de nuestra moneda. Casi todos estos indios estaban vaciados en un molde de tímida sumisión, deprimente para la dignidad del hombre.

Yo he visto, hace once años, a muchos de estos hombres rudos, de tez cobriza y músculos de acero. Salir de las minas y besar la mano del patrón, casi de rodillas, como unos niños; yo los he visto echar a correr como locos por las llanuras de Junín, o arrojarse de cara al suelo impulsados por una sensación de incontenible pavor, al paso de la locomotora; los he visto usar por todo calzado un trozo de cuero bajo la planta de los pies; los he visto sucios, casi andrajosos, caminar tristemente por las llanuras desiertas o por las cumbres altas, cubiertas de nieve, al melancólico compás del paso de sus llamas, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez aprendido el camino, no sabe salir de de él. Yo he visto eso y mucho más, hace once años.

Hoy todo ha cambiado por completo. El progreso alcanzado por el indio ha sido vertiginoso. Se ha dejado arrastrar totalmente por la vida moderna. Son obreros habilísimos que asombran por la facilidad con que asimilan toda clase de conocimientos. Y ya no miran al hombre blanco con ese terror de antaño. Lo miran con respeto, es cierto, pero sin humillarse, sin rebajar su dignidad humana. Ya no huyen de él como huían antes; por el contrario, hoy lo contemplan cara a cara y a veces con una familiaridad sonriente. La facilidad característica de su raza para aprenderlo todo, lo ha convertido en poco tiempo, en hombres indispensables para las faenas que no es posible realizar al europeo o norteamericano por la escasez del número y los rigores de esa temperatura frígida e inclemente. Antes, repito, huían al paso de los ferrocarriles; hoy son maquinistas expertos, inteligentes mecánicos, hábiles fundidores y carpinteros. Manejan todos los artefactos de la industria minera con la misma precisión que un extranjero. En Smelter, en la sección donde se funde el hierro, todos los empleados son indios peruanos. Hoy ganan un salario que quizás nunca soñaron ganar. El tipo mínimum es de dos soles y el máximum de siete, para lo que  trabajan en las minas. Por desgracia, carecen del espíritu ahorrativo. Todo el dinero que les reporta su trabajo lo gastan inmediatamente y casi siempre en bebidas alcohólicas, sin preocuparse para nada del bienestar de la familia.

Hay indios que obtienen mucho más de esa suma. Conocí a uno, en Tucto, que comenzó ganando un sol veinte centavos como peón hace cinco años. Durante ese tiempo logró juntar una apreciable cantidad que invirtió en irse a Nueva York para aprender prácticamente el manejo de la electricidad. Ha vuelto hecho un verdadero profesional. Merece la consideración de sus jefes y hoy su sueldo es de una libra esterlina por día, casi el mismo sueldo que gana el director de cualquiera de nuestros Ministerios. Ese indio se llama Juan Morante. Es natural de Concepción y cuenta sólo 28 años de edad. Y ponerse en contacto como este ejemplo podría citar otros muchos que delatan el espíritu asimilativo de los hombres con una civilización de esa raza, superior, en grado infinito a la de ellos. Hoy, el indio que antes caminaba descalzo y casi andrajoso, usa las fuertes botas de minero y viste como cualquier hombre civilizado. Yo los he visto en la explanada de la Esperanza, jugar al fútbol con entusiasmo  verdaderamente sajónico; y los he visto firmar sus recibos de pago, con letra burda y tosca, es verdad, pero sabían firmar al fin.

Continúa….

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Instantáneas del Perú Publicado por “CARETAS, Ilustración Peruana”, Edición 309, abril de 1965 (Escribe: Luis Jochamowitz)

foto caretas
“A lomo de indio” el hacendado Acuña viaja por sus tierras.

De Cajamarca llega una fotografía anónima. El fotógrafo se ha ocultado atrás de unas pencas para registrar la escena. El hacendado Gilberto Acuña Villacorta, sentado en una silla, es llevado sobre los hombros de sus indios. La escena ocurrió entre Bambamarca y Santa Clara, la hacienda de Acuña, un latifundio de 40 mil hectáreas. Acuña es cuñado del general Emilio Pereyra, ministro de Hacienda de Odría, y primo del “Chato” Villacorta, ministro de Gobierno y Policía en tiempos de Esparza Zañartu.

El campo, las lejanas haciendas de la sierra, eran el equivalente en los años sesenta de lo que hoy son los proyectos mineros: el punto de quiebre de un país injusto y desorganizado. Sin embargo, la organización comenzaba a manifestarse en uno de los bandos, bajo la forma de “tomas de tierras” y sindicatos campesinos. La alarma crecía en Lima y el Estado resultaba incapaz de encontrar una solución que no fuera la guardia de asalto, que finalmente aprobó.

Para unos es la ley más avanzada, para otros sus modificaciones la hacen inoperante. Belaunde ha hablado de “reformar la reforma”, pero igual que con el petróleo, aún La segunda o tercera ley de Reforma Agraria parecía atascada en la práctica. Entregar tierras a los campesinos era algo que se venía discutiendo al menos desde hacía diez años. Prado comenzó su reforma, Belaunde envió su ley, y el Congreso, es decir, la coalición Apra-Uno, acordó una tercera versión no ocurre nada. Entre tanto, los gamonales utilizan una serie de trucos, venden las tierras por anticipado a sus peones, o despiden a los yanaconas y arrasan con máquinas sus casas y huertas, de modo que cuando llegan los interventores no hay nadie a quien repartir.

Hace poco la hacienda Santa Clara, de donde llegan las fotos del hacendado de Cajamarca, fue aprobada para su expropiación en la Cámara de Diputados, pero el trámite se detuvo en el Senado. “En Santa Clara los trabajadores seguirán llevando a hombros al gamonal quién sabe por cuánto tiempo más”.

Semanas más tarde, llega una carta de Cajamarca que lo desmiente todo, asegura que el hacendado Acuña está delicado de salud, sufre de hemorroides, y por eso viaja sentado en una silla sobre sus indios.

entierro de campesinos de Pasco
Entierro Campesino, después de la intervención en Cerro de Pasco en 1962.
Guardia Civil reprimiendo a los campesinos de Pasco
No es Verdún en 1914, es la Guardia Civil en los pajonales de Pasco en 1962, reprimiendo a los comuneros levantiscos.

 

EL ORIGEN DEL CERRO DE PASCO Por Víctor Rodríguez Bao

De un libro inédito cuyo autor es don Víctor Rodríguez Bao, notable periodista colaborador de EL MINERO ILUSTRADO, del que tomamos este fragmento que precisa con referencias históricas el nacimiento del Cerro de Pasco.

Cerro de PascoEran los días afiebrados de la conquista. El corcel español piafaba sobre los escombros de ese edificio magnífico que fuera la organización imperial de los Incas. Por la inmensidad del territorio sólo se paseaba desafiante la anarquía. La nada sobre los despojos. Los indios en el cataclismo de la derrota eran como oleajes de mares en tormenta. Al orden jurídico había substituido la fuerza, y al derecho natural, una voluntad aturdida. La tierra se desvinculó del concepto de propiedad y desde la familia imperial hasta el curaca y el ayllu colectivo, dejaron de ser los poseedores y usufructuarios. Aquello, como era natural, esperaba una nueva norma después del frenesí; sin embargo, desde 1533 hasta 1569, se constata un sensual apetito de dominio, en el que el derecho de gentes se desvincula del hombre como ser pensante, dejándolo en la condición de instintivo absoluto. Durante esos 36 años la tierra pasó de mano en mano al calor de la ley del más fuerte.

El Licenciado Don Lope García de Castro, Gobernador con poderes reales, da principio al reparto de las tierras, pero sin criterio orgánico integral. Es la tímida tentativa de una acción que bien podía merecer la condenación del amo. Los comisionados reales llenan el cometido más por obediencia que por convicción, sujetándose a las recomendaciones para no olvidar a los validos. Don Francisco López, secretario de la Cámara de la Audiencia que presidiera el Licenciado, es el primer funcionario de esa índole en el territorio del desaparecido imperio de los Incas. Su labor, parcial y caprichosa, no hecha los cimientos de la propiedad con basamento jurídico; igual la de los demás visitadores. Hubo que levantarse tal tempestad de pasiones que el Virrey Don Juan de Mendoza y Luna, Marques de Montesclaros, se opuso con firmeza a la venida de visitadores reales pues nunca dieron provechoso resultado. Solía decir: “deben compararse a los torbellinos que suelen haber en plazas y calles que no sirven de levantar polvo y paja, y otras horruras de ellas y hacer que se suban a las cabezas”.

Es, pues, con el virrey Toledo que recién asoma el orden. Es el hombre de hierro para las pasiones desbocadas. Da principio a una vida jurídica, y es con él que nace a la convivencia de relación ese precepto tan humano y de una ortodoxia irrebatible: la propiedad bajo el cielo del Perú. La tierra ha de tener dueño que la trabaje, que la haga fructificar y que colabore a la existencia del hombre. Dentro de las sabias teoréticas ordenanzas del virrey famoso, se apuntan aquellas que disponen la propiedad de la tierra. El Perú es inmenso, es ubérrimo y es pródigo; sin embargo le sobran postulantes para la posesión fragmentaria del suelo. Como medida de prudencia, hay que repartirla; y se da comienzo a la faena laboriosa, contempladora, además de sólidos intereses creados. Aquel rugido del encomendero de Chancay con que amenaza a Núñez de Vela; “el que me quitare la tierra con la vida habrá de pagarme”, sería muy en cuenta en la distribución y el reparto. Se designa esta vez a Pedro Ordóñez Flores para la tarea de alta trascendencia futura: la de repartir la tierra a quienes deben ser dueños de ella. Le faltan juventud y decisión; fracasó, retirándose a España donde le esperaba un arzobispado.

Es entonces cuando entra en acción don José de Cadalso y Salazar, Alcalde ordinario del Cabildo de Lima. Recibe el encargo de crear la propiedad, de elevarla a la cúspide del derecho, de vincularla al hombre forjando así al ciudadano; dando vida, de ese modo, a un dogma jurídico en la  inmensidad  ensombrecida del caos. Durante cinco años, Cadalso y Salazar recorre el Contisuyo, el Antisuyo, el Chinchasuyo y el Collasuyo, repartiendo la tierra a “encomenderos”, a audaces ganapanes y a las órdenes religiosas, activas en el monopolio de las almas y de las cosas lucrativas en el mundo terrenal.

De paso por estas comarcas, rumbo a las provincias de Conchucos y de los Panatahuas, el Visitador regio hace entrega, a quien le solicita, de vastas extensiones de tierra poseídas aún por los caciques, restos olvidados de la organización incaica. Por encargo especial del Virrey, entre otras, hace entrega al conquistador don Juan Tello de Sotomayor, uno de los fundadores de Lima, de una “encomienda” situada a la salida de Huánuco, río arriba, por Ambo hasta la estancia “Yanahuanca”; además, las tierras de Paucartambo, de la dependencia de Tarma, donde se instala un obraje, y parte de la meseta del Bombón. Imprecisión y arbitrariedad en el reparto. En 1601, el hijo del conquistador, Don Fernando Tello Contreras, recibe otra encomienda por la misma zona, merced a la disposición del Virrey Don Luis de Velasco, formándose, así, el gran mayorazgo de los Tello.

En las que fueran estancias de Pucunán, Alcacocha, Pacoyán, Rancas, Pariajirca, Yanacancha, Chacayán, Tusi, Yanamate y otras tantas, entran como dueños y señores, unos sobre otros, nobles de dudosa procedencia y guerreros cansados de la lucha. Cadalso y Salazar cumple un mandato real y un encargo vehemente del virrey; pero en aquellos tiempos en que la geodesia y la topografía eran ciencias en pañales y no cooperaban en la demarcación de pretensiones, la propiedad estuvo muy lejos de tener contornos precisos. Desde entonces arranca el expediente y la lucha porfiada en los estrados judiciales.

Por aquellos tiempos lejanos, precisamente en 1567, dos años antes que Cadalso y Salazar iniciará el lleno de su cometido, bajo el gobierno del mencionado Don Lope García de Castro, es cuando al decir de documentos existentes en el Archivo Nacional, se hacen los primeros denuncios de minas –fijarse que lo de Huaricapcha ocurre en 1630- en el que había de ser en los siglos futuros: el Cerro de Pasco, famoso por sus riquezas y más famoso aún por sus desventuras. Afluyen mineros blancos, mestizos e indios, y en la yerma puna, donde sólo se oye silbar el viento de los pajonales, se aboceta la población futura. Nacen las construcciones junto a las “media – barretas” de las bocas de las minas, y, único caso, hay un desorden arbitrario; no se sujetan a un plan de urbanización; de ahí que la naciente población minera tiene todas las trazas de campamento nómada en descanso después de larga jornada.

Corren los años tranquilos, monótonos. Los mineros en callada brega, pasan vencidos siempre, sin pena ni gloria; y así hasta aquel 1630 del despertar resplandeciente. Huaricapcha es el héroe de una leyenda romántica. El descubrimiento –no estamos de acuerdo- por lo poético y sorpresivo, se parece al de los fenicios cuando descubrieron el vidrio. Gobierna el nombre de la Corona, don Luis Jerónimo de Cabrera, conde de Chinchón. La noticia corre más allá de las fronteras de la llanura inmensa; se estremece la ambición de los aventureros; y en el asiento sórdido, miserable y diminuto, plantan su tienda quienes se aprestan a hundir su coraje en las entrañas de la tierra. Y empieza la lucha brava entre el Santisteban de Lauricocha y el hombre que busca su riqueza. Dice el historiador Mateo Paz Soldán que “la fama del nuevo mineral acrecentó rápidamente el número de trabajadores”; sólo desde entonces Cerro de Pasco es la fragua de las esperanzas de los que perdieron en México y Potosí. Afluyen luchadores de verdad y aventureros codiciosos. El asiento minero recibe de todo y sin medida. Los holgazanes, los pendencieros siempre y los consumidores sin aprovecho, significan un peligro en el colmenar del esfuerzo y la tenacidad constantes, a tal punto que el virrey don Baltazar de la Cueva Henríquez, conde de Castellar, ese que en la historia pasa como el más honrado de los servidores de la Corona, mandó expulsar del asiento minero que historiamos, de Huancayo, de Huancavelica, de Laycacota a “desocupados, curas y frailes”.

Tal es la importancia que en breve cobra el asiento minero, que se define y precisa como el foco central de la industria extractiva. Por mandato de su mismo valor, es todo un centro administrativo de primer orden. Es así como en 1660, ya sea por decadencia de las minas o con miras hacia un servicio, las Cajas Reales de Conchucos son trasladadas a Cerro de Pasco, igual ocurre con las de Atunjauja. Por si solo habría de imponerse como el hogar de oro y plata.

Es en esa hora crucial cuando el Cerro de Pasco se afirma definitivamente como un perdurable centro poblado. En 1569 los mineros y sus casas eran tantos como dedos tienen las manos; en 1630, 63 años después, la población se densificaba ascendentemente; y cuando han corrido 141 años fragorosos y su nombre ha llegado a la altura de los de Guanajuato, Huancavelica y Potosí, don Manuel Amat y Juniet, le otorga en 1771, una titulación jurídica y política. Ya no será sólo asiento minero, menos aún, meta de trotamundos trashumantes; en adelante ostentará el título hidalgo de “Villa del Cerro de Pasco”.

 

HISTÓRICA CASONA CERREÑA

casona cerreñaEn esta fotografía se aprecia el que fue cuartel de la policía local por muchos años. Estaba ubicada al final de la calle Parra del desaparecido Cerro de Pasco. Este edificio fue durante la colonia,  Fundición de Barras de Plata, donde se fundía los “Ocho reales de Pasco” famosas monedas de plata que tuvieron vigencia durante mucho tiempo cuyo ejemplar vemos al final de esta nota.

En la parte alta del frontispicio había una piedra tallada con el nombre de la Fundición y su fecha de instauración (1857).

La calle Parra es una de las pocas que no perdió su nombre hasta su triste desaparición, hoy en día es parte del horroroso “Tajo Abierto”. A lo largo de su historia en ella han funcionado importantes instituciones. En una de sus amplias casonas residió el notable escritor y periodista argentino, Manuel de Parra. De ahí su nombre. De acuerdo a la fotografía se ve un grupo de tiendas de comercio finalizado los cuales se puede ver un umbroso edificio enorme e imponente donde funcionaba el prestigioso Banco del Perú y Londres que tuvo descollante papel en el movimiento económico de fines del siglo antepasado. Al extremo derecho (No se ve en la fotografía) estuvo el local del Consulado de Inglaterra. Muchas fueron las familias de la rubia Albión nucleadas en este consulado que dejaron descendencia. Stone, Ferguson, Taylor, Wilson, Mac Donald, Woolcott, Colerigde, Slee, Brown, Mac Intosh, Steel,…etc. En esta calle también residieron, don Eugenio Malpartida, Gregorio Arrieta, Benjamín Malpartida, José Aníbal Malpartida, Luisa de Rosazza, Lidia Portillo, Ernesto Martel, Rosa Rodríguez, Josefina Santa María, Guillermina de Úngaro, Federico Malpartida, Manuel Demosti, Petronila Alcántara, Guillermo Malpartida, Manuel Boudrí, Sixto Venegas, Ricardo Proaño, Talía López Viuda de Patiño, Gerardo Patiño López, Pedro Vidal Coz, Atilio León y otros vecinos (Cámara de Comercio). En esta arteria funcionó inicialmente la Prefectura de Junín; la subprefectura; el Juzgado de Primera Instancia; Correos y Telégrafos; la Fábrica de Aguas Gaseosas de Manuel Péndola y Leonardo Marcos; Platería de Alejandro Rodríguez; Establecimiento de Pablo Angulo, el colegio particular Isidoro Suárez; el Instituto Cerro de Pasco del maestro Manuel Dávalos. Últimamente la sastrería de Eliseo Malpartida, imprenta EL CERREÑO de Martinench y Galarza; Notaría de Modesto Tello Véliz, Fábrica de Jarabes y Caramelos de Tulio Portal y don Justo Parra Wattuone. Esta calle que ha dejado grandes recuerdos, fue muy transitada.

moneda antigua de Pasco

La inmigración alemana en el Perú AUTOR: Eduardo Salazar (Domingo, 14 de diciembre de 2008)

inmigrantes en el perúEl proyecto de inmigración europea masiva por parte del Estado peruano desde inicios de la República fue concebido y alentado, no solo por mentes idealistas y románticas, sino también por medios legales como la Ley de Inmigración dada por Castilla en 1849. Sin embargo, los inmigrantes que llegaron a nuestras costas en el Siglo XIX en forma masiva con contratos de trabajo por parte del Estado, fueron los asiáticos, cerca de 100 000 chinos y 50 000 japoneses.

Esto explica el pragmatismo de la clase política dominante (y terrateniente) que prefería “contratar” mano de obra asiática que por un salario ínfimo trabajaban de manera inhumana en muchos casos, más que los europeos, quienes además tenían Consulados y representaciones diplomáticas establecidas en el país que les brindaban protección ante casos de abuso laboral.

En Chile durante el siglo XIX llegaron cerca de 6000 familias alemanas (aprox. 24 000 inmigrantes) y en Argentina entre 1850-1940 llegaron alrededor de 152 000 alemanes (en su mayor parte alemanes del Volga quienes estrictamente serían rusos por nacimiento pero alemanes étnicos por modo de vida e idioma) y 111 000 súbditos del imperio austro-húngaro (conformado por Austria, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y otras regiones) y cerca de 78 000 alemanes en Brasil entre 1824 y 1899. Sobre la inmigración alemana en el Perú, desde el primer momento republicano (la independencia) llegaron algunos alemanes como Clemente Althaus, militar de la expedición libertadora de San Martín, así como comerciantes de casas trasatlánticas como los Pflucker y los Gildemeister. Dentro del colectivo limeño de entonces, los alemanes eran bien considerados como trabajadores e intelectuales por sobre los otros europeos. Los intentos organizados de inmigración alemana al Perú tuvieron un triste y desastroso inicio por parte de la inmigración a cargo de José Antolín Rodulfo quien entre 1851 y 1852 trajo cerca de 1100 alemanes procedentes de Wurtemberg, quienes sufrieron maltratos y abusos por parte de sus contratantes, amén de emprender dos expediciones fatales a las selvas de Moyobamba. El resultado catastrófico de este primer intento de inmigración alemana fue conocido en Europa y causa de la negativa de los estados alemanes de alentar la inmigración hacia el Perú.

Colonos en Oxapampa

El segundo intento de inmigración alemana al Perú estuvo a cargo de Kuno Damian Schutz, noble de Camberg, quien buscaba un lugar donde los emigrantes alemanes pudieran desarrollarse tranquilamente y no perder sus costumbres, luego de un contrato frustro por una revuelta local, trajo en 1857 alrededor de 300 tiroleses y prusianos, quienes luego de dos años de penurias a duras penas alcanzaron la localidad destinada para ellos, Pozuzo. Allí, sufrieron privaciones y de la incomunicación con el resto del país, si bien las cosechas que tuvieron fueron magníficas y la ganadería se impulsó gracias a la ayuda espontánea del hamburgués Johann Renner. También en esta empresa, Schutz gastó la mayor parte de su fortuna en la manutención de los colonos durante el viaje hacia Pozuzo, así como se ganó la enemistad de la clase política dominante de entonces, rescindiéndole el contrato el cual era originalmente para traer 10 000 colonos (se dice que específicamente tuvo rencillas con Juan Manuel del Mar, a quien acusaba de ser masón y estar en contra de los católicos como Schutz). A iniciativa de los colonos pozucinos, llega al Perú en 1868 una tercera ola de 300 inmigrantes alemanes procedentes también del Tirol y del sur de Alemania, organizados por J. Martin y Santiago Scotland, quienes se establecieron en el Mayro en los alrededores de Pozuzo y por lo inhóspito de la zona regresaron a la colonia y posteriormente en 1891, un grupo de ellos junto con otros europeos residentes en la zona fundaron Oxapampa.

Estos tres intentos de inmigración (aprox. 2000 personas) resumen la inmigración alemana al Perú organizada por el estado, los tres fallidos puesto que no se llegó a concretar los tratados originales principalmente por la desorganización y la falta de cumplimiento de las promesas hechas por el Gobierno.

Sin embargo, un papel importante en el tema de la inmigración alemana, al igual que en el caso italiano, fue el de la inmigración ESPONTANEA de ciudadanos de los países alemanes de entonces, quienes de dedicaron a labores comerciales y artesanales en su mayoría; así como los relatos difundidos en Europa del Perú, hechos por Ernesto Middendorf, Heinrich Brünning, Johann Tschudi, Karl Scherzer, Friedrich Gerstaecker, E. Poepigg entre otros. La inmigración espontánea fue la que trajo a personajes como Enrique Berckemeyer, Juan Luis Dammert, Julio Ludowieg Schmidt, Clemens Althaus, Carlos y Julio Pflucker, Johann Gildemeister, Luis Albrecht, entre otros. Específicamente la historia de Luis Albrecht y de Johann Gildemeister es digna de mención puesto que edificaron lo que con el tiempo vendría a ser uno de los mayores emporios azucareros a nivel mundial, atrayendo también técnicos alemanes a trabajar con ellos. En términos estadísticos, en el Censo de 1876 se cuenta a 1672 alemanes, 6990 italianos, 3379 ingleses, 2647 franceses, 1699 españoles y otros países europeos 1691, sumando un total de 18 078 europeos. Con estas cifras se demuestra que la inmigración europea en el Perú no fue masiva ni mucho menos, en el caso de la inmigración alemana los intentos organizados de la misma fracasaron y el número de colonos alemanes se vio reforzado por inmigrantes espontáneos, a este número del censo habría que añadirle en todo caso los nacionales del imperio austro-húngaro pertenecientes a la esfera de habla alemana.

BIBLIOGRAFÍA

(1) Diana Millies. Echando Raíces: 180 años de presencia alemana en el Perú (catálogo), Colegio Humboldt, 2007 (las últimas doso fotografías tomadas de esta referencia)

(2) Elisabeth Habicher-Schwartz. Pozuzo: tiroleses, renanos y bávaros en la selva del Perú. 2008

(3) HERBERT FREY MUÑOZ – SARA SALAZAR RODAS. COLONOS ALEMANES FUNDADORES DE OXAPAMPA. INDUSTRIA GRAFICA CIMAGRAF 2007

(4) Natalia Sobrevilla Perea. La colonia de Pozuzo. En: Giovanni Bonfiglio. La Presencia Europea en el Perú. Fondo Editorial del Congreso del Perú. 2001

(5) Jorge Basadre Grohmann. Historia de la República del Perú. Editorial El Comercio 2001.

(6) Ingrid Schulze Schenider. Alemania y América. Ediciones MAPFRE 1995.

(7) Fabián Novak. Las relaciones entre el Perú y Alemania (1828-2003). Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú 2004.

Publicado por Eduardo Salazar

Las corridas de toros, antaño

toreros
Toreros a la entrada de la plaza, listos para el “paseillo”, rodeados de aficionados a mediados del siglo pasado.

Desde su llegada, los españoles instituyeron como parte principal y más celebrada de toda conmemoración, la Corrida de Toros. Las primeras que se efectuaron –lo señalan añejas crónicas- tuvieron por escenario la legendaria Plaza Chaupimarca. A usanza de las capeas pueblerinas de España, se cerraban calles y callejones arteriales con grandes carretones de transporte y se construían tablados, graderías y palcos; los balcones constituían compartimientos privilegiados. Colindante con la Iglesia de San Miguel y adornado con todo el boato establecido en la Madre Patria, se establecía el Palco Preferencial que era ocupado por el Alcalde Mayor y Juez de la Patria, con sus  regidores, los funcionarios locales, los cónsules extranjeros, el cura párroco, el Gobernador, los Alguaciles y demás connotados personajes. El grueso de aficionados se apiñaba en las improvisadas galerías que circundaban el coso. El juez de la plaza, por mandato de la ley, debía ser el regidor de espectáculos. Se ubicaba flanqueado por una primera trompeta y un timbalero en un estrado especialmente construido sobre los toriles.

A las tres de la tarde -con toda puntualidad- el redoble de los timbales y la aguda nota del clarín ordenaban el inicio del «Paseíllo». Era entonces que la alegre Banda de Músicos de la Beneficencia Española atacaba un postinero pasodoble con el que los diestros, seguidos de sus banderilleros, auxiliares y de sus jinetes en sus jacas enjaezadas, con llamativos trajes de luces  iban a saludar a las autoridades pidiendo su venía para iniciar la corrida. Este era, como siempre lo ha sido, el momento más hermoso de la fiesta brava.

En tanto el clarín ordenara la apertura de los toriles y la salida del primer burel, los diestros arrojaban sus hermosísimos capotes de paseo para ser lucidos en los elegantes palcos durante la corrida. Había que ver los tendidos especiales en donde se encontraban las lindas manolas cerreñas. Lucían recamadas peinetas, brillantes arracadas y aretes de oro, colorinescos mantones de Manila de luengos flecos, pañoletas de ensueño y coquetos e insinuantes abanicos, -caprichoso aditamento en un clima más que frío- vivas estampas de Zurbarán y Julio Romero de Torres, transportadas a la heroica ciudad de la plata.

El Cabildo había destinado cuatro días al año para estas fiestas. El primero, el de más garbo y postín: el 16 de julio, festividad de la gitana Virgen del Carmen y el Santo Escapulario, matrona de España. Después, la del 28 de julio, Fiesta Nacional del Perú. También se autorizaba para Pascua de Reyes, pero como para esa época la nieve invadía todo el paisaje, era imposible realizarla. Finalmente había una corrida especial en honor de la Santísima Virgen de las Nieves de Pasco, el 5 de agosto de cada año.

El número de fiestas taurinas fue en aumento a medida que mejoraban la calidad de los toros de lidia, en trapío, poder, estampa y resistencia. Varios hacendados españoles trajeron hermosos sementales para sus campos. Las más celebradas fueron los de “Allcas”, “Pomayarus” y “Chinche”.

A poco que Costillares inventara la suerte de matar los toros al volapié, en el Cerro de Pasco comienza a realizarse espectaculares corridas. Por referencias expresas de aquel extraordinario aficionado, don Enrique Rivera Woolcott, conocedor documentado de la suerte de los toros en el Perú, sabemos que a fines del siglo XIX y comienzos del siguiente aumenta el número de corridas. Por aquellos años -al decir de nuestro informante- se realizaban la LANZADA, EL TOREO A CABALLO y la SUERTE CERREÑA.

LA LANZADA, consistía en esperar al toro a corta distancia del toril con una enorme lanza fijada en un madero clavado a la tierra. El toro que salía violentamente del toril oscuro, atacaba furioso al primer objeto que veía y se atravesaba de parte a parte en esta enorme lanza. Cuando no moría de inmediato, el corro de auxiliares lo remataba con aguzadas puntillas. EL TOREO A CABALLO, permitía el lucimiento de los jinetes que mostraban al público su valentía y pericia. Gobernados solamente por la presión de las rodillas y el balanceo del cuerpo del jinete, los caballos hacían cabriolas delante del toro al que luego de colocarle vistosas banderillas, ultimaban de un certero rejonazo. No está demás acotar que en nuestra ciudad minera había extraordinarios criadores de caballos finos y por lo tanto, expertos jinetes. LA CERREÑA, una suerte por demás cruel e inhumana, consistía en atar fuertemente un paquete de pólvora en la frente del toro al que envolvían con un mandil, cuya parte correspondiente al morrillo, estaba empapada en un líquido inflamable como bencina, menos la pólvora, claro. Después de unos lances de capa a caballo, el jinete citaba al toro con banderillas de fuego y al prendérsela al animal, el mandil se inflamaba haciendo explotar la pólvora. El toro caía fulminado para ser presa de los puntilleros cuyo servicio era casi inútil; la cabeza del toro estaba destrozada. Como era de esperarse, LA LANZADA Y LA CERREÑA, fueron definitivamente proscritos por crueles y repugnantes.

Al comenzar el siglo XIX, el escenario es cambiado a la “Plaza de Aragón”, a la que, por ese motivo se la denominó: Plaza de Acho. Es la plaza que actualmente luce el monumento de nuestro mártir tutelar Daniel Alcides Carrión. Más tarde, cuando se inaugura el local de la Beneficencia Española –actualmente, Instituto Industrial No 3- se bendice también un hermoso redondel para cuya inauguración se trae -como lo magnífica una crónica de entonces- a tres extraordinarias toreras mejicanas: «La Mejicanita» que se presenta ataviada de verde manzana y oro; «La Charrita», de grana y oro y, «La Chiquita» de perla y plata. Después de memorables faenas, dan muerte a cuatro toros españoles: «Pilluelo», «El Cangrejito», «Carpintero» y «Alacrán».

Los escenarios cerreños recibieron a legendarios toreros de postín, españoles, mejicanos y peruanos; entre éstos, muchísimos cerreños. De los carteles de ayer, publicados en sendos programas de lujo de fina seda, podemos citar a algunos. Esteban Arredondo, Casimiro Cajapaico, Juan Francisco Céspedes, los Asín, dueños de los toros de la Rinconada de Mala; Mariano Soria «El Chancayano», Ángel Valdez «El Maestro»; Genovevo Montelirio, Emilio Galloso, Diego Prieto, «Cuatro Dedos»; y Esteban Cornejo. A comienzos del siglo siguiente llegan muchos toreros españoles como Francisco Bonal «Bonarillo»; Antonio Olmedo, «Valentín»; Juan Sal, «Saleri»; Ángel García Padilla, Francisco González «Faico»; Eduardo Leal «Llaverito; «Cocherito» de Bilbao; «Lagartijillo»; Joaquín Capa, «Capita»; Agustín García, «Malla». Se intentó traer a aquellos tres monstruos que fueron «Joselito», Belmonte y Gaona, pero nuestra altitud como “sus condiciones de exigir una plaza con todas las de la ley”, impidió su presentación. De los más grandes nacionales, citaremos a Atilio Cerrutti, Luis Canessa, Elias Chávez, «El Arequipeño»; Alberto Fernández, «Cachucha»; Pedro Castro, «Facultades; Carlos Sussoni; Alejandro Montani, «El Sol del Perú»; Adolfo Rojas «El Nene»; Miguel López, «Trujillanito» y muchos más. De los toreros cerreños citaremos a Alberto y Enrique Malpartida Cortelezzi, Héctor Arauco, Marín Castellanos, Alberto Ramírez, los hermanos Languasco, Los hermanos Malpartida, «Huatrila” y muchos aficionados más, como Seferino Dávila, “Mister Babas”; Ricardo Acquaronne Bazán, “Cua – Cua”; Gustavo Malpartida, Lucho Ráez, “Mocosillo”; Fernando Barrón, “Cantinflas” etc.

Es necesario señalar que los toreros venían a nuestra ciudad, no solo por los honorarios que le pagaban como en Lima sino por los «vivas» (regalos) que les entregaban los ricos mineros a los que brindaban un toro. Ellos devolvían las monteras que los oferentes habían lanzado al palco con monedas de oro y plata. Como si fuera poco, después de cada extraordinaria faena, los auxiliares recogían en sus capas las monedas de plata de nueve décimos que el público arrojaba al ruedo.

Como la afición taurina se había hecho tan numerosa, un grupo de ciudadanos españoles decide nuclearla en un Centro Taurino. Aprovechando la construcción del local de la Beneficencia Española, en el que brillaba como una estrella un coso acogedor y funcional, deciden hacer realidad sus aspiraciones y el 20 de abril de 1903, inauguran el «Centro Taurino», que tuvo que ver con todas las corridas que se efectuaron. Todavía bien entrado el siglo pasado teníamos un escenario taurino construido por el Club “Team Cerro”, mismo que desapareció conjuntamente con el avance del “Tajo Abierto” que está engullendo todo lo histórico de nuestro pueblo.

LA HACIENDA PARIA (Leyenda)

la leyenda de la hacienda PariaLa hacienda Paria con una extensión de 35,030 hectáreas, comprada por la compañía minera Cerro de Pasco Mining Company a las Hermanas Nazarenas de Lima, tiene esta vieja historia. Se había constituido en 1591 por la unión de las  estancias “Carcas”, de propiedad de Juan de Ureta y, “Paria”, de doña Ana de Pajuelo. Ochenta y siete años después -1675- pasó a ser propiedad de doña María Luisa Herrera con el definitivo nombre de “San Juan de Paria”.

Por aquellos años, su hija mayor, doña Eleodora Ruiz Herrera, ingresa en el beaterio de las Nazarenas de Lima fundado por la madre Antonia Lucía del Espíritu Santo. Este lugar nacido para servir a la devoción del Señor de los Milagros -pintado por un negro esclavo de Angola en 1651- era el lugar donde se alojaban las beatas. El muro en el que estaba pintada la imagen del Salvador, soportó sucesivos terremotos que devastaron a Lima. Desde entonces fue en aumento su culto. En este lugar se producían milagrosas curaciones a favor de los devotos que rezaban ante la imagen. Más tarde, cuando las autoridades decidieron borrar la imagen milagrosa, ocurrió una serie de maravillosos prodigios que impidieron su borrado.

Después del terremoto del 20 de octubre de 1687, don Sebastián de Antuñano y Rivas, vizcaíno residente en Lima, inició las procesiones al sacar una réplica del mural.  Empleó toda su fortuna en adquirir el terreno donde se encontraba la Capilla del Santo Cristo de los Milagros y terrenos colindantes para edificar una iglesia totalmente consagrada  al servicio del Señor de los Milagros. Como su fortuna personal no era suficiente, tuvo que buscar ayuda. Algunas personas  notables hicieron generosos donativos.

Es necesario añadir, como dato fundamental, que aquellos años los monasterios  recibían dotes, herencias y diversos tipos de ayuda, tanto en dinero como en otro tipo de bienes. Casi todas las familias importantes de la ciudad tenían a uno de sus miembros allí. Un monasterio no solo tenía su local sino podía ser propietario de más inmuebles o, incluso, huertos, chacras o haciendas. Debido a que las monjas se consagraban a Dios y, por lo tanto eludían los rigores del matrimonio, la maternidad, la lactancia o cualquier labor doméstica o manual tenían una  expectativa de vida mayor a la de las demás mujeres. Algunas llegaban a vivir más de 80 o 90 años, edad impensable para alguna mujer que hubiera parido media docena de hijos, lactarlos y criarlos.

Con estas consideraciones, Sor Benedicta de la Concepción, nombre religioso que se le había ungido a doña Eleodora Ruiz Herrera (Ya monja de Claustro), en pago de su dote matrimonial (Ella –se entiende- se había casado con Cristo) dona la hacienda Paria que había heredado de su madre, doña María Luisa Herrera. La escritura pública de esta donación al Convento de las Nazarenas Carmelitas del Santuario del Santo Cristo de los Milagros, se extiende en la Notaría de Don Francisco Montiel Dávalos.

Como vemos, fue un valioso donativo de una mujer pasqueña al nacimiento a una respetable institución religiosa. Muchos ignoran este acontecimiento importante. Así se estableció el Santuario del Señor de los Milagros con el fin de propagar su ideal y llevar a cabo los deseos de la Madre Antonia Lucía del Espíritu Santo. El 12 de Octubre de 1700, según las Constituciones de Santa Teresa de Jesús, quedó establecido definitivamente en  Monasterio de Carmelitas.

Esto  determinó que pasando por alto más de tres siglos de vida del Cerro de Pasco, los capitalistas norteamericanos que compraron la hacienda Paria, aseguraban ser dueños absolutos de sus tierras, a­guas, caminos y pastizales, impidiendo cualquier transformación que tratara de efectuar la Municipalidad. Aseguraban -colmo de cinismo- que los mismos cerreños contaban la historia del indio Huaricapcha, “Pastor de la Hacienda Paria” que, como sabemos, es  una leyenda y no un hecho histórico.

En resumen, la Hacienda Paria había sido comprada por la “Cerro de Pasco Mining Company”, su propietario, a comienzos del siglo XIX. Finalmente por Ley de Reforma Agraria (Ley Nro. 17716), promulgada el 24 de junio de 1969, pasó a ser propiedad de los campesinos de Pasco. Un poeta popular que se había ganado las simpatías del pueblo, escribió por aquellos días, lo siguiente:

LOS  PASTOS  DE  PARIA

 

Voy a entonar un aria                  Pero muy serio y muy formal

llena de melancolía                      me previene un escribano

sobre los pastos de Paria,          que mi área superficial

que es el asunto del día.             la pague el americano.

 

Yo poseía una chocita                              Y las minas que explotan

que heredé de mis abuelos                      desde el tiempo colonial

en donde hace tiempo que habita          mis padres y me legaron

mi mujer y mis polluelos.                        como herencia natural.

 

Hoy con singular porfía               Y aunque es cosa muy precaria

me lo quiere disputar                   no es raro intenten probar

la colosal Compañía                     que están en pastos de Paria.

con argucia singular.                    desde la Quinua hasta el mar.

 

                                                          BOHEMIO.