Las corridas de toros, antaño

toreros
Toreros a la entrada de la plaza, listos para el “paseillo”, rodeados de aficionados a mediados del siglo pasado.

Desde su llegada, los españoles instituyeron como parte principal y más celebrada de toda conmemoración, la Corrida de Toros. Las primeras que se efectuaron –lo señalan añejas crónicas- tuvieron por escenario la legendaria Plaza Chaupimarca. A usanza de las capeas pueblerinas de España, se cerraban calles y callejones arteriales con grandes carretones de transporte y se construían tablados, graderías y palcos; los balcones constituían compartimientos privilegiados. Colindante con la Iglesia de San Miguel y adornado con todo el boato establecido en la Madre Patria, se establecía el Palco Preferencial que era ocupado por el Alcalde Mayor y Juez de la Patria, con sus  regidores, los funcionarios locales, los cónsules extranjeros, el cura párroco, el Gobernador, los Alguaciles y demás connotados personajes. El grueso de aficionados se apiñaba en las improvisadas galerías que circundaban el coso. El juez de la plaza, por mandato de la ley, debía ser el regidor de espectáculos. Se ubicaba flanqueado por una primera trompeta y un timbalero en un estrado especialmente construido sobre los toriles.

A las tres de la tarde -con toda puntualidad- el redoble de los timbales y la aguda nota del clarín ordenaban el inicio del «Paseíllo». Era entonces que la alegre Banda de Músicos de la Beneficencia Española atacaba un postinero pasodoble con el que los diestros, seguidos de sus banderilleros, auxiliares y de sus jinetes en sus jacas enjaezadas, con llamativos trajes de luces  iban a saludar a las autoridades pidiendo su venía para iniciar la corrida. Este era, como siempre lo ha sido, el momento más hermoso de la fiesta brava.

En tanto el clarín ordenara la apertura de los toriles y la salida del primer burel, los diestros arrojaban sus hermosísimos capotes de paseo para ser lucidos en los elegantes palcos durante la corrida. Había que ver los tendidos especiales en donde se encontraban las lindas manolas cerreñas. Lucían recamadas peinetas, brillantes arracadas y aretes de oro, colorinescos mantones de Manila de luengos flecos, pañoletas de ensueño y coquetos e insinuantes abanicos, -caprichoso aditamento en un clima más que frío- vivas estampas de Zurbarán y Julio Romero de Torres, transportadas a la heroica ciudad de la plata.

El Cabildo había destinado cuatro días al año para estas fiestas. El primero, el de más garbo y postín: el 16 de julio, festividad de la gitana Virgen del Carmen y el Santo Escapulario, matrona de España. Después, la del 28 de julio, Fiesta Nacional del Perú. También se autorizaba para Pascua de Reyes, pero como para esa época la nieve invadía todo el paisaje, era imposible realizarla. Finalmente había una corrida especial en honor de la Santísima Virgen de las Nieves de Pasco, el 5 de agosto de cada año.

El número de fiestas taurinas fue en aumento a medida que mejoraban la calidad de los toros de lidia, en trapío, poder, estampa y resistencia. Varios hacendados españoles trajeron hermosos sementales para sus campos. Las más celebradas fueron los de “Allcas”, “Pomayarus” y “Chinche”.

A poco que Costillares inventara la suerte de matar los toros al volapié, en el Cerro de Pasco comienza a realizarse espectaculares corridas. Por referencias expresas de aquel extraordinario aficionado, don Enrique Rivera Woolcott, conocedor documentado de la suerte de los toros en el Perú, sabemos que a fines del siglo XIX y comienzos del siguiente aumenta el número de corridas. Por aquellos años -al decir de nuestro informante- se realizaban la LANZADA, EL TOREO A CABALLO y la SUERTE CERREÑA.

LA LANZADA, consistía en esperar al toro a corta distancia del toril con una enorme lanza fijada en un madero clavado a la tierra. El toro que salía violentamente del toril oscuro, atacaba furioso al primer objeto que veía y se atravesaba de parte a parte en esta enorme lanza. Cuando no moría de inmediato, el corro de auxiliares lo remataba con aguzadas puntillas. EL TOREO A CABALLO, permitía el lucimiento de los jinetes que mostraban al público su valentía y pericia. Gobernados solamente por la presión de las rodillas y el balanceo del cuerpo del jinete, los caballos hacían cabriolas delante del toro al que luego de colocarle vistosas banderillas, ultimaban de un certero rejonazo. No está demás acotar que en nuestra ciudad minera había extraordinarios criadores de caballos finos y por lo tanto, expertos jinetes. LA CERREÑA, una suerte por demás cruel e inhumana, consistía en atar fuertemente un paquete de pólvora en la frente del toro al que envolvían con un mandil, cuya parte correspondiente al morrillo, estaba empapada en un líquido inflamable como bencina, menos la pólvora, claro. Después de unos lances de capa a caballo, el jinete citaba al toro con banderillas de fuego y al prendérsela al animal, el mandil se inflamaba haciendo explotar la pólvora. El toro caía fulminado para ser presa de los puntilleros cuyo servicio era casi inútil; la cabeza del toro estaba destrozada. Como era de esperarse, LA LANZADA Y LA CERREÑA, fueron definitivamente proscritos por crueles y repugnantes.

Al comenzar el siglo XIX, el escenario es cambiado a la “Plaza de Aragón”, a la que, por ese motivo se la denominó: Plaza de Acho. Es la plaza que actualmente luce el monumento de nuestro mártir tutelar Daniel Alcides Carrión. Más tarde, cuando se inaugura el local de la Beneficencia Española –actualmente, Instituto Industrial No 3- se bendice también un hermoso redondel para cuya inauguración se trae -como lo magnífica una crónica de entonces- a tres extraordinarias toreras mejicanas: «La Mejicanita» que se presenta ataviada de verde manzana y oro; «La Charrita», de grana y oro y, «La Chiquita» de perla y plata. Después de memorables faenas, dan muerte a cuatro toros españoles: «Pilluelo», «El Cangrejito», «Carpintero» y «Alacrán».

Los escenarios cerreños recibieron a legendarios toreros de postín, españoles, mejicanos y peruanos; entre éstos, muchísimos cerreños. De los carteles de ayer, publicados en sendos programas de lujo de fina seda, podemos citar a algunos. Esteban Arredondo, Casimiro Cajapaico, Juan Francisco Céspedes, los Asín, dueños de los toros de la Rinconada de Mala; Mariano Soria «El Chancayano», Ángel Valdez «El Maestro»; Genovevo Montelirio, Emilio Galloso, Diego Prieto, «Cuatro Dedos»; y Esteban Cornejo. A comienzos del siglo siguiente llegan muchos toreros españoles como Francisco Bonal «Bonarillo»; Antonio Olmedo, «Valentín»; Juan Sal, «Saleri»; Ángel García Padilla, Francisco González «Faico»; Eduardo Leal «Llaverito; «Cocherito» de Bilbao; «Lagartijillo»; Joaquín Capa, «Capita»; Agustín García, «Malla». Se intentó traer a aquellos tres monstruos que fueron «Joselito», Belmonte y Gaona, pero nuestra altitud como “sus condiciones de exigir una plaza con todas las de la ley”, impidió su presentación. De los más grandes nacionales, citaremos a Atilio Cerrutti, Luis Canessa, Elias Chávez, «El Arequipeño»; Alberto Fernández, «Cachucha»; Pedro Castro, «Facultades; Carlos Sussoni; Alejandro Montani, «El Sol del Perú»; Adolfo Rojas «El Nene»; Miguel López, «Trujillanito» y muchos más. De los toreros cerreños citaremos a Alberto y Enrique Malpartida Cortelezzi, Héctor Arauco, Marín Castellanos, Alberto Ramírez, los hermanos Languasco, Los hermanos Malpartida, «Huatrila” y muchos aficionados más, como Seferino Dávila, “Mister Babas”; Ricardo Acquaronne Bazán, “Cua – Cua”; Gustavo Malpartida, Lucho Ráez, “Mocosillo”; Fernando Barrón, “Cantinflas” etc.

Es necesario señalar que los toreros venían a nuestra ciudad, no solo por los honorarios que le pagaban como en Lima sino por los «vivas» (regalos) que les entregaban los ricos mineros a los que brindaban un toro. Ellos devolvían las monteras que los oferentes habían lanzado al palco con monedas de oro y plata. Como si fuera poco, después de cada extraordinaria faena, los auxiliares recogían en sus capas las monedas de plata de nueve décimos que el público arrojaba al ruedo.

Como la afición taurina se había hecho tan numerosa, un grupo de ciudadanos españoles decide nuclearla en un Centro Taurino. Aprovechando la construcción del local de la Beneficencia Española, en el que brillaba como una estrella un coso acogedor y funcional, deciden hacer realidad sus aspiraciones y el 20 de abril de 1903, inauguran el «Centro Taurino», que tuvo que ver con todas las corridas que se efectuaron. Todavía bien entrado el siglo pasado teníamos un escenario taurino construido por el Club “Team Cerro”, mismo que desapareció conjuntamente con el avance del “Tajo Abierto” que está engullendo todo lo histórico de nuestro pueblo.

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