CERRO DE PASCO, IMPRESIONES Y DATOS Por Marcial Helguero y Paz Soldán (Primera parte)

A lo largo de nuestra historia hubo voces de alabanza a la Compañía norteamericana. He aquí la de Marcial Helguero y Paz Soldán, publicada en los diarios limeños al finalizar los dos primeros lustros de la permanencia de la “Cerro de Pasco Mining” en nuestro territorio. La publicamos para formarnos una idea cabal de las tendencias que originaban los trabajos mineros de la “Cerro Mining Co”. Nuestros lectores sabrán justipreciar en toda su dimensión estas voces.

Cerro de Pasco un día de nevada
El Cerro de Pasco en un nivoso atardecer, tomado desde el barrio residencial de Bellavista. Nótese las alambradas que las separan del resto de la población.

Hay ciudades en el mundo cuyo nombre llega a los oídos como un eco de grandeza: California, Potosí, Cerro de Pasco. ¿No nos hablan en ese sentido? ¿Estos nombres no nos sugieren la visión de fortunas inmensas amasadas vertiginosamente?

Durante la colonización hispano-americana el Cerro de Pasco tuvo fama mundial por los enormes tesoros argentíferos que guardaba en sus entrañas. ¡Cerro de Pasco! Rótulo sonoro, nombre mágico, país de ensueño en donde la plata valía menos que el hierro. Así hablaba la leyenda que, al popularizarse, adquirió todos los contornos de la fábula. Fue en aquella época, tierra predilecta de los hombres valerosos, de los hombres de férrea voluntad, porque era tierra en la que se conquistaba la riqueza en forma rápida, casi fulmínea. Se creía, y así era en efecto, que bastaba arañar un poco la corteza terrena para que quedase en descubierto el argentino y deslumbrante metal. Esta era la leyenda que dio fama al Cerro de Pasco durante el coloniaje.

Hoy, a pesar de la explotación casi continua de que ha sido objeto durante tres siglos. El Cerro de Pasco conserva toda la fuerza de su tradición con la sola diferencia que el progreso que ha alcanzado en estos dos últimos lustros ha sido verdaderamente enorme. Tal vez, en los tiempos actuales, ninguna manifestación del trabajo humano ha marcado tan a prisa entre nosotros. No es una manifestación de lo que trato de hacer, ni siquiera una hipérbole literaria lo que digo. Esta evolución de grandeza está allí visible para el que quiere verlo, palpable para el que quiera tocarlo.

Yo puedo hablar de esta manera porque conozco el Cerro de Pasco del pasado y el Cerro de Pasco del presente. Hace once años que visité, por vez primera esta región. Fue la época en que el doctor José Pardo inició sus giras presidenciales tan fructíferas para la República. En aquel entonces, aunque la riqueza estaba oculta en las entrañas de la tierra, todo era rudimentario, con más carácter de ensayo tímido que de explotación. Sólo se trabajaban una pocas  minas, pero en forme rutinaria, casi primitiva; y el jornal del indio, a pesar de su tradicional sobriedad, apenas bastaba para proporcionarle lo más indispensable para su subsistencia.

Hoy, todo ha cambiado. Ha sido una mutación de progreso rápida, abrumadora, que se traduce en elementos poderosos de trabajo que marean y enaltecen el nombre del país que los posee. Allá, en donde antes sólo habían lagunas y pantanos, se levanta ahora un verdadero pueblo de talleres, de fábricas, de factorías y de blancos chalets, que ponen una suave nota de poesía entre el paisaje abrupto de las montañas grises y monstruosas. Allí, por donde antes imperaba la monotonía, casi la soledad, cruzan ahora, a cada momento, en distintas direcciones, locomotoras poderosas que arrastran miles de toneladas de metal; las chimeneas no cesan de vomitar denso y negro humo, y la actividad externa y subterránea de la gente que entra y sale de las minas, se mantiene en trajín constante durante el día y durante la noche también. Esa actividad trepidante y febril de  hombres y cosas, rinde el ánimo de cualquiera. Es necesario haber vivido allí algunos días siquiera para comprender todo el avance que ha dado aquella región, triste y arisca hasta hace diez años y hoy fuerte y progresivo en todo orden de cosas.

Y ello se debe -hay que declararlo en forma categórica y determinante, porque está en la conciencia de todos- a la poderosa empresa americana que explota las minas de esa región, a la Cerro de Pasco Mining Company, que en sólo diez años ha hecho lo que quizás nunca hubiéramos podido hacer nosotros por nuestra propia iniciativa. Ha sido factor eficaz, no sólo para el progreso económico del Perú, sino factor cultural para la civilización del indio, a pesar de todo lo que se ha dicho en contrario. Este hecho basta y sobra para que la Cerro de Pasco Mining merezca la consideración del país.

Voy a probarlo no en larga disertación, sino en forma rápida, breve, en unas cuantas líneas, suficientes cuando se trata de demostrar la verdad. Antes de que se estableciera la empresa americana en el Cerro de Pasco, el indio de esa zona vivía una existencia casi selvática, refractaria a la vida moderna. Trabajaba en forma ruda y sin tregua por un mísero salario que en la mayoría de los casos apenas llegaba a cuarenta centavos de nuestra moneda. Casi todos estos indios estaban vaciados en un molde de tímida sumisión, deprimente para la dignidad del hombre.

Yo he visto, hace once años, a muchos de estos hombres rudos, de tez cobriza y músculos de acero. Salir de las minas y besar la mano del patrón, casi de rodillas, como unos niños; yo los he visto echar a correr como locos por las llanuras de Junín, o arrojarse de cara al suelo impulsados por una sensación de incontenible pavor, al paso de la locomotora; los he visto usar por todo calzado un trozo de cuero bajo la planta de los pies; los he visto sucios, casi andrajosos, caminar tristemente por las llanuras desiertas o por las cumbres altas, cubiertas de nieve, al melancólico compás del paso de sus llamas, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez aprendido el camino, no sabe salir de de él. Yo he visto eso y mucho más, hace once años.

Hoy todo ha cambiado por completo. El progreso alcanzado por el indio ha sido vertiginoso. Se ha dejado arrastrar totalmente por la vida moderna. Son obreros habilísimos que asombran por la facilidad con que asimilan toda clase de conocimientos. Y ya no miran al hombre blanco con ese terror de antaño. Lo miran con respeto, es cierto, pero sin humillarse, sin rebajar su dignidad humana. Ya no huyen de él como huían antes; por el contrario, hoy lo contemplan cara a cara y a veces con una familiaridad sonriente. La facilidad característica de su raza para aprenderlo todo, lo ha convertido en poco tiempo, en hombres indispensables para las faenas que no es posible realizar al europeo o norteamericano por la escasez del número y los rigores de esa temperatura frígida e inclemente. Antes, repito, huían al paso de los ferrocarriles; hoy son maquinistas expertos, inteligentes mecánicos, hábiles fundidores y carpinteros. Manejan todos los artefactos de la industria minera con la misma precisión que un extranjero. En Smelter, en la sección donde se funde el hierro, todos los empleados son indios peruanos. Hoy ganan un salario que quizás nunca soñaron ganar. El tipo mínimum es de dos soles y el máximum de siete, para lo que  trabajan en las minas. Por desgracia, carecen del espíritu ahorrativo. Todo el dinero que les reporta su trabajo lo gastan inmediatamente y casi siempre en bebidas alcohólicas, sin preocuparse para nada del bienestar de la familia.

Hay indios que obtienen mucho más de esa suma. Conocí a uno, en Tucto, que comenzó ganando un sol veinte centavos como peón hace cinco años. Durante ese tiempo logró juntar una apreciable cantidad que invirtió en irse a Nueva York para aprender prácticamente el manejo de la electricidad. Ha vuelto hecho un verdadero profesional. Merece la consideración de sus jefes y hoy su sueldo es de una libra esterlina por día, casi el mismo sueldo que gana el director de cualquiera de nuestros Ministerios. Ese indio se llama Juan Morante. Es natural de Concepción y cuenta sólo 28 años de edad. Y ponerse en contacto como este ejemplo podría citar otros muchos que delatan el espíritu asimilativo de los hombres con una civilización de esa raza, superior, en grado infinito a la de ellos. Hoy, el indio que antes caminaba descalzo y casi andrajoso, usa las fuertes botas de minero y viste como cualquier hombre civilizado. Yo los he visto en la explanada de la Esperanza, jugar al fútbol con entusiasmo  verdaderamente sajónico; y los he visto firmar sus recibos de pago, con letra burda y tosca, es verdad, pero sabían firmar al fin.

Continúa….

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