“Mishicanca”, el romántico bandolero “Asado de gato” (Segunda parte)

El “Mishicanca” era un personaje esmirriado, de malas trazas que no obstante serbandolero 4 medrado en la talla hacía derroche de ágiles y coordinados movimientos llenos de vitalidad. Frente estrecha y angulosa cubierta  por abundantes y desordenadas greñas; abundantemente barbado con ojos pequeños de mirada profunda que buscaba escrutar el ánimo de su interlocutor; sonrisa cachacienta que se extendía por la comisura de sus labios verdosos de coca; un mugriento pañuelo cubriéndole el cuello que utilizaba en sus correrías por los polvorientos caminos de sus andanzas. La zozobra de su vida aventurera debido a continuas injusticias de terratenientes y caciques serviles lo arrojó a ese tenebroso mundo de arriesgados episodios. Para sus correrías contaba con un alazán de de impresionante alzada, cabos negros, cabeza pequeña y enjuta pero resistentes remos y amplios cascos. Toda una extraordinaria estampa de caballo serrano, inseparable compañero de aventuras y sacrificios.

Lucero de la mañana,

Préstame tus claridades,

Ya es hora que me retire,

A llorar mi amarga suerte.

 

¡Alalaú!, qué frío hace,

a las cuatro de la mañana.

Yo esperando tu respuesta:

Cuya manquicho icha manachu.

 

Tiende la cama, tiende la cama,

un pellejito y una frazada;

aquí me quedo, aquí me duermo

 hasta las cinco de la mañana.

La leyenda de su nombre había concitado la admiración de hombres jóvenes y mujeres guapas de la zona. Todos se engañaban por su apariencia atrabiliaria y desgarbada. Hasta el Subprefecto Don Enrique Frías –viejo de armas tomar- quedó sorprendido al conocerlo.

  • ¡¿Con que tú eres el romántico e invencible “Mishicanca?! – le preguntó.
  • Mi nombre es Edilberto Espinoza, señor….
  • ¡¡¡ ¿Y…tú eres el temible bandolero de Chaupihuaranga….?!!!
  • Eso es lo que se dice…
  • Bueno, “Mishicanca”. ¡Aquí se terminaron tus hazañas! ¿Ya lo sabes…?!. No vas a tener un solo instante libre ni para rascarte. Yo mismo estaré pendiente de que mis órdenes se cumplan al pie de la letra…Si trataras de escapar o armaras alguna trifulca dentro de prisión, te haré colgar de los huevos… ¡Estás avisado!
  • Usted cumpla con su deber, señor; yo cumpliré con el mío….

En un gesto teatral para que todos lo vieran, el subprefecto lo engrilletó con toscas esposas, dispuso que lo encerraran en la celda más segura de la cárcel, le tiró un pellejo, una mugrosa frazada y una bacinica desportillada. Ostentosamente se guardo las llaves de las esposas y de la celda. Sin su conocimiento, el bandolero no podía ni moverse. Y se marchó triunfante.

Aquella misma noche, sin que nadie supiera cómo, “Mishicanca” fugó de la cárcel cerreña. Nadie lo había visto. Se había hecho humo. Probablemente, con el cómplice auxilio de algunos guardias y otros compinches ahí presos, rompería las cadenas y trepando al techo de la cárcel, pasaría al de la iglesia de Chaupimarca; bajaría por el arco y las torres auxiliares y montando su caballo traído por un secuaz, saldría disparado hacia los campos de la libertad. Cuando se enteró el subprefecto casi se muere de un patatús. Juró por todos los santos que lo volvería a apresar.

Anoche lloró conmigo

tiernamente una mujer,

al despedirse ¡Ay! de mí,

para no volverme a ver

 

Hermosas perlas cayeron

de sus ojos de hilo en hilo;

 encadenada  en mis brazos,

anoche lloró conmigo.

“Mishicanca” gustaba del sol, de las azules noches de luna y de las canciones. Era un romántico impenitente, enamorado y acosador de mujeres bonitas; alborozado y abierto a la alegría, hierático en el dolor, férreo en su voluntad, incontenible en su cólera. Era el prototipo de bandido serrano, dechado del hombre de encrucijada; el Robín Hood de aquellos andurriales serranos. Era el hombre de quien más se habla en la zona. Del Cerro de Pasco a Huánuco y de Yanahuanca a la selva. Guapo, valiente, cortés en la medida que puede serlo un ladrón. Contaban que una vez que asaltó una diligencia que llevaba la preciada carga de brillantes lingotes de plata a la Casa de la Moneda, se dio con la sorpresa que también transportaba, como pasajera, a la mujer del prefecto de Junín. Vencida la resistencia de los custodios, se apeó de su cabalgadura y quitándose el sombrero abrió la puerta y la hizo descender dándole la mano con todo el comedimiento galante de un gentilhombre. Sorprendida por una cortesía que no esperaba, la señora dejó que la condujera debajo de un árbol para que el sol no pudiera mortificarla. La hizo sentar sobre un poyo y, mientras sus compinches desvalijaban el carromato, muy comedidamente le quitó una fina sortija del dedo, diciendo: “¡Ah, distinguida señora!, una mano tan bella como la suya no necesita ningún adorno”. Y, mientras hacía resbalar el anillo por el dedo, besó la mano con tal devoción que haría creer, según la frase de una dama española, que el beso tenía para el más precio que la sortija. Inicialmente más muerta que viva, la dama fue tranquilizándose poco a poco. Se había dado cuenta que estaba ante un caballero; ladrón, pero caballero. Este episodio –aseguran sus biógrafos- fue la gota que colmó el vaso de indignación del prefecto Galdós. Tras asegurarse de que aquel relato popular había sido cierto por referencia de su mujer, juró dar muerte al romántico de las alturas.

Desde Yanahuanca vengo

porque allá debo una muerte.

Para mí fue una desgracia;

para el otro, mala suerte.

“Mishicanca” se había ganado el respeto y cariño de toda la quebrada de Chaupihuaranga que en cómplices noches de luna o confidentes amaneceres, recibía la generosidad de sus dineros y sus presentes cargados de amor. Cuando robaba no era para él solo, no. Compartía el botín con los pobladores de aquellos riscos, valles y quebradas. El amplio tinglado de sus aventuras abarcaba Yanahuanca, Chacayán, Goyllarisquizga, Páucar, San Pedro de Pillao, Santa Ana de Tushi, Tápuc y Vilcabamba. No pocas veces incursionaba en el Cerro de Pasco, encendiendo la ira de los gobernantes. Así consiguió la complicidad de hombres, mujeres y niños de Pasco que terminaron por quererlo y admirarlo.

Eche caña cantinero,                                

que lo paga el “Mishicanca”;      

el  que a los pobres  socorre,
y a los ricos avasalla.

 Del mal paso que yo he dado

todo el mundo se ha admiró,

otros resbalan y caen.

¿Cómo no me admiro yo?

Muy pródigo en sus regalos contribuía en el mantenimiento de capillas e iglesias de la zona solventando los gastos de rumbosas fiestas patronales. Cuando alguien necesitaba de su apoyo, él estaba presente. Cuando había que castigar a los abusivos, delegaba la responsabilidad a sus secuaces que se encargaban de poner en vereda a los desalmados. Los dejaba marcadamente  contundidos para que no vuelvan a repetir el abuso. Ayudaba a los jóvenes para que pudieran casarse y vivir plenamente en aquellos lugares. Era muy devoto de la virgen del Carmen de la que llevaba, entre su mugrienta vestimenta, un escapulario que estaba seguro lo guardaba de los peligros. Es más, él mismo contaba que una vez que había fugado de la cárcel del Cerro por los techos de la iglesia, cayó dentro de ella y, con la desesperación, se escondió detrás del manto de la virgen del Carmen, matrona de los chapetones, que realizó su más grande milagro: Lo volvió invisible a los ojos de los gendarmes que lo buscaban.

Huanchaquito negro,

pecho colorado,

no cuentes a nadie

lo que hemos pasado.

 Tomando agüita,

agüita del río,

comiendo hierbitas,

hierbitas del campo.

Continúa…