“Mishicanca”, el romántico bandolero “Asado de gato” (Tercera parte)

mishicanca 2Como todos los bandoleros, “Mishicanca” vivía prófugo de la justicia, perdido entre  escarpados parajes serranos donde era difícil el acceso y heroica la supervivencia. Al comienzo no fue reclamado por bando oficial, edicto o mandato gubernativo alguno. Después sí. Era hombre de espíritu libre,  alejado de su hogar paterno, viviendo con sus propias creencias, cultos, costumbres y misterios. Era como la mayoría de bandoleros, nacidos en hogares donde no se conocía el jabón, la escuela, el plato de carne, ni las sábanas; laborando de sol a sol, deslomándose desde los siete años con padres que apenas sabían hablar, merced a la superstición y el fanatismo religioso. Cuando era herido, acudía a curanderos y brujos de aquellos andurriales que con sortilegios, conjuros y remedios, curaban sus heridas con variado alijo de hierbas y pomadas especiales. Un enorme paquete de hierbas, raíces, tallos y flores milagrosas, así como ungüentos, emplastos, y copioso “aceite lagarto” –su más grande linimento- completaban su providencial renglón de primeros auxilios.

La rosa tiene lindos colores,

pero sus espinas hacen sangrar;

así tú tienes bonita cara,

pero tus acciones hacen llorar.

 

El amorcito que hemos tenido,

 en una rama se me ha enredado,

vino un fuerte huracancito;

 rama y todo se lo ha llevado.

 

Dicen que de muerto todo se acaba

dicen que de muerto todo se olvida,

 pero ni de muerto podré olvidarte

porque has sido como mi madre.

“Mishicanca”, pragmático y realista no obstante su romanticismo marcado sólo le importaba vivir su presente tormentoso; nunca se ocupó de guardar dinero ni proyectar sueños para el porvenir. A diferencia de otros bandoleros que reunían soles de plata para comprarse tierras en otros lugares y vivir su vejez con nombre cambiado, él jamás dejaría el valle del Chaupihuaranga, hermoso escenario de sus andanzas donde era reverenciado.

En el mundo estás.

¿A dónde te vas a ir?

Aunque me cueste la vida,

 siempre serás de mí.

 

Este corazón,

 ya no es corazón,

de puro sentimiento

quiere “chacta” no más.

 De todas las mujeres que con él compartieron las delicias del amor quedó prendado de una sola, la impresionante Mafalda Tenorio. Una hermosa chola de exuberante estampa, con pecho enorme y rotundo de diosa fecunda, de ancas ondulantes y provocativas; tupidas cejas y arqueadas pestañas, parejos dientes blancos; fogosa hembra hecha para el amor. Casado con ella, había conseguido no sólo  su amor rendido y fiel -lindante con la idolatría- sino también dos hijos a quienes adoraba. Feliz como pocos, tierno y amoroso con su mujer y sus hijos, incansable trotamundos, dejó pasar el tiempo hasta que estuvieron jóvenes. Fue en ese momento en que los introdujo en el arriesgado mundo de la aventura incansable.  Llegó a ser el rey indiscutible de aquella intrincada quebrada feraz.

Bien sé que estás en cama,

pero que dormida no,

bien sé que estarás diciendo:

ése que canta es mi amor.

 Tenía distribuidos a sus espías en todo el amplio tinglado de sus fechorías: gobernadores, jueces, regidores, personeros, dirigentes y pueblos serranos en general eran sus informantes. Los que más colaboraban con él eran los cantineros. Regados por una gran extensión, sus espías e informantes lo tenían al día de lo que le interesaba. Su gran sentido de la oportunidad y su indómito valor había conseguido avasallar a otros bandoleros que  incondicionalmente se le unieron para engrosar su banda. Tras untar las manos de sus informantes, pagar las adquisiciones de armas, municiones y provisiones, dividía en partes iguales el fruto de sus atracos y se los entregaba a sus hombres que felices y contentos lo seguían con los ojos cerrados. Eso sí, jamás toleró a un cobarde. A quien lo viera retroceder o dudar en un ataque, lo castraba sin miramientos al retornar a su guarida. Sus hombres lo sabían, por eso jamás les tembló las manos en el momento preciso. La disciplina cuartelera que había impuesto en su gavilla le aseguraba el éxito pleno y, sus hombres,  guardaban para él un extraño afecto y una lealtad perruna. No dejaba ningún pueblo,  camino o hacienda; ni siquiera una casa que no estuviera bajo su dominio de terror. En cuanto a sus cuadrillas: Vicente, su hijo, comandaba la que merodeaba las alturas de Vilcabamba, Rocco y Quishuarcancha. Su yerno Evaristo Vera, las alturas de Cachipampa, Chinche, Andachaca y Pacoyán. En las alturas de Tushi, Tingo, Jarria, Pampania, Goyllarisquizga y Alcacocha, la de Anacleto Olazo. En tanto Ezequiel Hilario, con su patrulla volante, estaba listo para caer en cualquier pueblo que Mishicanca señalara.

Paso ríos, paso puentes,

siempre te encuentro lavando;

seguro que estás lavando

las manchas que te he dejado.

El imperio de sus hazañas llegó a tales dimensiones que todos los hacendados de Pasco firmaron un apremiante petitorio para que capturaran a “Mishicanca”. Estaban desesperados. Para ser efectiva la acción represiva, depositaron en el Banco del Perú y Londres sus buenas libras esterlinas para solventar los gastos de la empresa. Con esos argumentos cuadraron a don Enrique Frías, depositando sobre su escritorio un conminatorio pedido firmado por don Eulogio Fernandini, dueño de las haciendas, Huanca, Quisque y Andachaca; Lercari Hermanos, de Pacoyán y Diezmo; los Hermanos Alania por Pomachjaca y Quiches; el viejo Tomás Chamorro por Jarria; Juan Azalia, por Pampania; los hermanos Arrieta por Anasquisque; Proaño, por Malauchaca; Toribio López y Malpartida,  por Chinche; Manuel Arias por Pomayarus; Alfredo Palacios, por Huarautambo; Antonio Xammar, por Antacallanca; los gringos de la Cerro de Pasco, por sus haciendas Cochas, Pachacayo, Puñascochas, Consac, Jatunhuasi, Paria, Atocsaico, Punabamba, Casaracra y Quilla.

 Huaychuyuyito recordarás.

Huaychuyuyito recordarás,

cuando las olas te azoten

cuando las olas de azoten.

 Así llorando recordarás,

 así llorando recordarás,

de tu amorcito primero,

 de tu amorcito primero.

La situación era insostenible. Los gamonales agraviados habían reclamado mediante memoriales y petitorios reiterados que las fuerzas del orden pusieran fin a sus hazañas que, en el colmo de la audacia, había huido engrillado de la cárcel del Cerro de Pasco a plena luz del día. A partir de entonces, su osadía creció. Robó en Yanacancha y Paragsha, barrios lindero de la ciudad. Era el colmo. Numerosas delegaciones policiales habían regresado rendidas. Mishicanca era invisible. Nadie lo había visto. Su paradero era un misterio y toda una legión de gente humilde se convirtió en su cómplice. Así las cosas, se dispuso la venida de un regimiento de 400 hombres bien armados de la policía rural que sería comandado por el mismo prefecto Galdós. Como es fácil suponer, todos estos planes fueron conocidos por el bandolero que armó una  emboscada. Esta vez, muy pocos de sus hombres cumplieron la orden. La mayoría vio la oportunidad de huir poniéndose a buen recaudo. Sus pocos  subordinados soltaron galgas de las alturas sin lograr su objetivo. Vencida esta inicial resistencia, los gendarmes rodearon la guarida de Mishicanca conminándolo a rendirse. Una descarga cerrada respondió al ultimátum.

-¡Ríndete, Mishicanca! – Le gritó Galdós

– ¡¡¡Jamás, carajo…!!! – fue la respuesta del facineroso.

– ¡Arroja las armas y sal con las manos en alto…!

– ¡Jamás, viejo de mierda, jamás…!!!

– ¡¡¡Tú lo has querido así, maldito…¡¡¡¡Fuego!!!

Después de una infernal balacera en la que agotó su parque después de cuatro horas interminables, Mishicanca y su yerno Evaristo Vera, decidieron vadear el río. Todo en vano. Vera fue alcanzado por un balazo que lo arqueó como a un pelele. Las aguas  arrastraron su cuerpo sin vida. “Mishicanca” maltrecho y herido dejando un reguero de sangre, rengueando y arrastrándose por senderos que sólo él conocía logró llegar hasta la puerta de su casa cuando los gendarmes ya le pisaban los talones. Al verlo así, exangüe y agónico, la gigantesca Mafalda, lejos de socorrerlo, cogió una piedra enorme y de un golpe brutal le abrió el cráneo mientras  gritaba: “¡¡¡Nunca te agarrarán vivo, nunca, nunca!!!”. Los gendarmes tuvieron que actuar enérgicamente para que soltara el cadáver de su marido al que acunaba como si fuera un niño, gritando su desesperación. Enternecidos por esa escena de incomprensible lealtad marital, dejaron que, Mafalda, ya enajenada, lavara la cara ensangrentada de su ídolo y le pusiera su poncho a manera de mortaja. Subieron el cadáver sobre un mulo y seguido por su mujer lo hicieron entrar en la vieja ciudad del Cerro de Pasco. Todo el mundo se persignaba al ver pasar el cadáver que fue depositado en el hospital de “la Providencia”.

Cuando me vaya, cuando me ausente,

Tendrás presente de no llorar,

Porque tu llano sirve de encanto

Capaz de muerto, resucitar.

 

En esta tumba despavorida,

Sabrás querida, se sepultó,

El cuerpo yerto de un desgraciado

Que atormentado por ti murió.

 

Si por mi tumba pasas un día

De mi agonía, recordarás,

Así te encargo, vidita mía,

No has de sufrir, no has de llorar

 Así terminó la vida del romántico bandolero Edilberto Espinoza (a) Mishicanca. Finalizaba el mes de octubre de 1914.

 Fin….