Cuando el Estadio Nacional se tiñó de tragedia

Esa tarde de domingo del 24 de mayo de 1964, las selecciones de Perú y Argentina  disputaban en el coloso de José Díaz un partido clave en el torneo preolímpico para clasificar a las olimpiadas de Tokio de ese año. El torneo se jugaba en Lima, y ambas escuadras se mantenían invictas. Avanzado el segundo tiempo, y cuando iba 1 a 0 a favor de la visita, un gol anulado al representativo peruano inició la tragedia. Huellas Digitales recuerda los momentos previos, el suceso trágico y las consecuencias de este hecho que marcó de luto a todo al fútbol mundial.

la tragedia del estadio nacionalHacía una semana que Lima había celebrado y reído con ganas con la visita del genial Mario Moreno “Cantinflas”, quien se presentó en el plaza de Acho. Pero esa mañana dominguera del 24 de mayo de 1964 debía ser de fiesta también, pues los limeños esperaban que a la 1 de la tarde, en la iglesia San José, de Jesús María, se casara nuestro campeón sudamericano de boxeo, Mauro Mina, con doña Sofía Aulestia.

Así ocurrió, pero el tumulto de los aficionados causó estragos en el local de la iglesia. Los novios tuvieron que huir por un puerta falsa. El otro espectáculo era automovilístico: se corría esa mañana Las Seis Horas Peruanas, en el Campo de Marte, a pocas cuadras del Estadio Nacional.

El tercer acontecimiento era la esperada jornada de fútbol internacional. Se desarrollaba en Lima el torneo preolímpico para la clasificación a las Olimpiadas de Tokio ’64.  Ese domingo debían jugar las selecciones de Perú y Argentina en el Nacional. Ambas escuadras, así como el resto de equipos participantes eran semiprofesionales; es decir, solo 4 de sus integrantes jugaban en equipos de primera, el resto era de reserva de los equipos o de segunda división.

La selección gaucha llegó a ese partido con cuatro triunfos seguidos. De vencer, aseguraba su clasificación a las olimpiadas, restándole solo un partido con Brasil. Mientras tanto, Perú tenía dos triunfos y un empate, y le faltaba jugar dos partidos más con Chile y  Brasil. La selección nacional necesitaba con urgencia un triunfo. El público y los jugadores lo sabían muy bien.

Los argentinos tenían bajas desde el partido anterior con Uruguay. Pero eran los punteros de la clasificación. Escoltándolos estaban los peruanos y brasileños. Luego venían las selecciones de Colombia, Chile, Uruguay y Ecuador, en ese orden. Venezuela, Bolivia y Paraguay no participaban.

La selección peruana formó esa fatídica tarde con Barrantes (arquero), Guerrero, Castillo, Chumpitaz y Sánchez (defensas); Lara, Rodríguez y Zavala de la ‘U’ (mediocampistas); Cassaretto del Atlético Grau de Piura,  La Rosa y Víctor ‘Kilo’ Lobatón también de la ‘U’ (delanteros). Por el lado rival, sonaban el portero Cejas, Morales, Bertolotti, Sesana, Mori, Perfumo, Pérez, Malleo, Dominguez, Ochoa y Manfredi. El Comercio informó especialmente sobre la corta trayectoria del arquero, quien junto con Perfumo provenía del Racing Club.

la tragedia del estadio nacional 2A las 3 y 30 de la tarde, más de 47 mil espectadores vieron al árbitro uruguayo Ángel Eduardo Pazos pitar el inicio del partido. Los árbitros de línea fueron el chileno Jorge Cruzat y el colombiano Saúl La Rosa. El estadio estaba repleto, con las cuatro tribunas esperando un triunfo peruano. El primer tiempo fue muy disputado, con jugadas de peligro en los dos arcos. Perú empezó a tomar la iniciativa, lo que se reveló en el tiro al travesaño de Cassaretto a los 31 minutos. Fue un juego de fricciones. Resultado parcial 0 a 0.

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En el comienzo del segundo tiempo cambiaron las cosas. Los delanteros tuvieron más protagonismo. Las jugadas siguieron siendo muy disputadas por ambos equipos, y también hubo errores de arqueros y defensas. El partido se alargó, los pases ganaron en profundidad y hubo mayor brusquedad. Hasta que a los 18 minutos, la historia cambió. Un tiro de esquina argentino es mal rechazado con los puños por Barrantes. Entonces el argentino Manfredi aprovechó el desconcierto peruano de manera magnífica: controló el balón, y de media vuelta anotó el gol. Las ilusiones peruanas de clasificar a las olimpiadas se iban esfumando.

Luego, los argentinos se replegaron. Atinaron a esperar y buscar el contragolpe. Los nacionales fueron tras el empate. Hasta que llegó el minuto 35 de ese segundo tiempo. A diez del final, ante las arremetidas peruanas, el zaguero argentino Horacio Morales rechazó un tiro, pero el peruano Lobatón estiró la pierna y el balón le dio en el pie, rebotando hasta pasar la raya de gol en el arco de Cejas. Fue gol, pero el árbitro lo anuló, a pesar de estar a 25 metros de la jugada.

El inicio de la tragedia

El Comercio lo indicó sin ambages: “El árbitro uruguayo anuló el tanto por jugada peligrosa. Fue la única persona que vio jugada peligrosa. Esto motivó la justa protesta del público”. En el minuto 40 empezó realmente la tragedia. El ambiente estaba caldeado, y un hincha saltó la valla e ingresó en la cancha con intenciones de agredir al árbitro. La policía lo contuvo, pero el público empezó a lanzar cojines y toda clase de objetos al campo. El pito uruguayo, luego de unos minutos, reanudó el juego.

Aprovechando un alto en el partido, otro hincha se lanzó a la cancha y un teniente de la policía le puso “cabe”  (zancadilla). Pazos, entonces, decidió terminar el partido cuando faltaba solo cinco minutos para el final. En medio de una silbatina general el árbitro abandonó la cancha. Pese a las fotos que El Comercio publicó al día siguiente, y que revelarían que fue un gol legítimo, el árbitro insistió tras el partido en que fue “una jugada peligrosa”.

La fuga del árbitro enardeció al público que había abarrotado el Estadio Nacional esa tarde de mayo. Cayeron desde las tribunas piedras, botellas y hasta sillas.  Ante el peligro de que más hinchas saltaran la valla y se introdujeran a la cancha, la policía optó por soltar a sus perros y lanzar bombas lacrimógenas hacia las tribunas populares, especialmente a norte, donde estaba la torre del estadio. Allí los aficionados estaban más exaltados.

El gas empezó a ahogar a la gente de la tribuna norte, donde la policía se ensañó con las bombas. Entonces el público trató de salir de las tribunas y se volcó a las salidas. Lamentablemente casi todas las puertas de norte  -de la 10 a la 17-  estaban cerradas. La avalancha humana se aplastó entre sí especialmente en las puertas 10, 11 y 17. Decenas de personas murieron por aplastamiento (traumatismos) y sofocación. Las puertas de metal de las salidas terminaron levantadas (enroscadas) por la presión de los cuerpos.

En la tribuna sur no hubo muertos ni heridos, precisamente porque allí fueron lanzadas pocas bombas lacrimógenas, y principalmente porque todas sus puertas de salida estaban abiertas.  El caos cundió dentro y fuera del estadio. Muchas oficinas fueron incendiadas o destruidas por la turba. Y aún en la calle, muchos autos terminaron también destrozados. Hubo saqueos y enfrentamientos de la turba con la policía. Buscaban venganza, pero decenas de personas cayeron por las balas desesperadas de la policía, e incluso militar, en esas horas posteriores a la tragedia.

Hasta el final de ese día, las autoridades no pudieron establecer la cantidad exacta de muertos y heridos. Sí confirmó que hubo tres policías muertos (dos guardias civiles y un guardia republicano).

Cifras escalofriantes

El Comercio dio en la edición del lunes 25 una cifra porcentual extraoficial: “Se calcula que el 80% de los muertos fueron adultos hombres, la gran mayoría de ellos jóvenes, entre 18 y 22 años; que el 10% fueron niños y otro porcentaje similar, 10%, mujeres”.

Uno de los hospitales que recibió a más afectados fue el Arzobispo Loayza, en la avenida Alfonso Ugarte. Pero en general todas las clínicas y centros hospitalarios del centro de Lima acudieron al auxilio. La penosa identificación de los cadáveres empezó a las 8 de la noche. Muchas de las víctimas tenían su nombre escrito sobre un esparadrapo en el brazo. Familiares llorosos se desgañitaban ante la absurda muerte. Y muchos, sin mediar palabra, cargaban a sus muertos para llevárselos a sus casas.

Escenas muy tristes se vieron esa noche en Lima. Una Lima de completo luto. La iglesia Católica auspició colectas humanitarias para las familias afectadas, y el presidente de la República, Fernando Belaunde Terry, decretó siete días de duelo nacional, y también, como medida previsora, suspendió las garantías constitucionales por 30 días en todo el país.

En la edición del martes 26, El Comercio titulaba: “Honda consternación en el mundo por tragedia de Lima”. Y subtitulaba: “Según el Ministro de Gobierno hay 284 muertos y 314 heridos”. Eran las cifras oficiales, que todos esperaban y asimilaban con incredulidad.

Ese mismo martes 26 fueron enterradas 256 de las víctimas. Los 28 restantes serían sepultadas en los días posteriores, algunos en provincias, de donde procedían. En el extranjero se manejaron cifras que subían el número de muertos a más de 300.

Dos días después de la tragedia, la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) atrapó en San Martín de Porres a Víctor Vásquez Campos (29), y aunque otros indican que se llamaba Germán Cuenca Arroyo, lo cierto es que era un hampón que vivía en La Victoria, y era conocido como “Negro bomba”. Él fue sindicado como el agitador que se metió en la cancha y originó todo el problema que terminó con más de doscientos muertos. Los años que pasaría en la cárcel, no devolvería la vida a nadie.

El torneo preolímpico se suspendió. Argentina ganó la serie y fue a las olimpiadas japonesas, donde hizo un papel mediocre. En un partido para ver qué equipo lo acompañaría debieron jugar las escoltas Perú y Brasil. Se jugó en Río de Janeiro, el 7 de junio de ese año. Ganó Brasil. La selección peruana, con la mente en otro lado, perdió ese cotejo 0 a 4. Pero ya había perdido más ese triste 24 de mayo.

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 (Carlos Batalla)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio

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