El Caso Gamboa (Cuarta parte)

el caso gamboa 4Tuvo que transcurrir 23 años para que se revelara el misterio que había envuelto la repentina liberación de los acusados. Los primeros días de enero de 1931, cuando el tirano Sánchez Cerro ordenó el cambio de capital del Departamento de Junín, los miembros de la Corte Superior de Justicia, en acatamiento de lo dispuesto, empacaron todos los escritos de los procesos habidos hasta entonces en ese tribunal superior. Quiso la casualidad que un periodista que trabajaba en la Corte, al ordenar el legajo correspondiente al Caso Gamboa, encontrara un sobre voluminoso, lacrado y misterioso, en el que halló un documento valiosísimo que arrojaba luces sobre el misterioso acontecimiento. Era una verdadera revelación. Se trataba de una carta con la confesión del verdadero autor del crimen, redactado “In Artículis Mortis”, con el correspondiente aval de las autoridades eclesiásticas de entonces. Este patético documento  fue publicado en “La Alforja” el 16 de enero de 1931, causando un revuelo extraordinario. Como aquel día se publicaba también el decreto mediante el cual se humillaba al Cerro de Pasco, las gentes más conmovidas por este insulto inusitado, no dio mayor importancia que a la revelación del crimen.  Este significativo documento probatorio, avalado por las instancias superiores de la iglesia católica que, en tránsito de muerte, dirige Antonio Bignon, ciudadano francés a la Corte Superior de Justicia, confesando ser autor del homicidio, conjuntamente con cuatro cómplices; invoca el perdón para sus culpas y pide la libertad para los inocentes que estaban purgando injusta carcelería. La dramática carta, tras las generales de ley y los correspondientes trámites que sufrieron, dice en su parte principal:

“Ya en las garras de la muerte, agobiado por horribles dolores ante los que ni el láudano es efectivo, a piadosa sugerencia del Fray Domingo Cabanes del Sagrado Corazón –mi confesor- escribo esta revelación que espero libere a mi cuerpo y a mi alma de los terribles tormentos físicos y morales que estoy soportando y atenúe la eterna condena del infierno que me está esperando. Por esta misma confesión que realizo en pleno ejercicio de mis facultades mentales y sin que nadie haya ejercido presión en mí –salvo mi conciencia atormentada- suplico en nombre de Dios, a los honorables caballeros que imparten justicia, pongan en libertad a los acusados que por culpa mía y de mis cómplices, están sufriendo. Ellos son enteramente inocentes de los hechos que se les imputa y espero que este relato pueda servir para que los jueces enmienden su decisión”. 

“Como el tiempo es apremiante, obviando detalles superfluos, paso a relatar la comisión de aquel horrendo asesinato de la que fueron víctimas tres inocentes mujeres. Para mejor comprensión, lo ordeno cronológicamente desde el principio”.

“Todo empezó como un juego de juveniles pretensiones la mañana del 15 de agosto de 1906, cuando la Beneficencia Austrohúngara realizaba la misa y procesión de la Virgen del Tránsito, su matrona. Aquel día, los cinco amigos que llevados por extrañas circunstancias llegaríamos al condenable asesinato, trabamos amistad con la señorita Blanca Rosa Dianderas González, gonfalonera de la hermandad del Perpetuo Socorro”. 

            “Desde el primer momento nos impresionó su hermosura y gentileza. En la kermesse que realizó la hermandad fuimos muy bien atendidos por ella. Entre sonrisas y frases amables, nos sirvió potajes y bebidas que estaban expendiéndose. Es más, como el acontecimiento era animado por la orquesta slava, bailamos alegremente, olvidándonos del resto de gentes. Aquel día nos sentimos completamente felices. Ese fue el comienzo. Los cinco quedamos prendados de ella. No era para menos. Su sonrisa y delicada amabilidad nos encandiló, pero mucho más su cuerpo. Era la perfección de la belleza y el porte. Ninguna muchacha de la ciudad podía parangonársela. Nuestro enamoramiento no nos hacía ver que la amabilidad de la que hacía gala, era con todos. Cada uno abrigaba la esperanza de ser el elegido por tan bella muchacha. A partir de entonces, desplegamos toda  nuestra galantería y la llenamos de atenciones y homenajes que con mucho comedimiento recibía. Esto alimentaba nuestra obsesión y nos impedía ver la realidad. Pronto aquel amor platónico se trastocó en un deseo pasional que perseguía como meta, poseerla carnalmente. ¡Cuántas veces nos pasamos horas enteras conversando acerca de las maravillas que depararía aquel cuerpo fabuloso! Con ello crecía nuestra obsesión. Lo que descubrimos con el correr de los días, fue una terrible contradicción en su personalidad. Por un lado, su belleza agresiva e insinuante, su conversación fluida y su perenne sonrisa a flor de labios, nos hizo pensar en una mujer calculadora, consciente de sus encantos que estaba poniendo en juego para seducirnos. Por otro, su inexperiencia manifiesta que llegaba a límites de pasmosa inocencia, nos intrigaba y nos ponía de vuelta y media. Tarde, muy tarde, llegaríamos a descubrir que era una niña inocente de alma limpia y candorosa, que para nada estaba involucrada en trajines amatorios ni en aventuras farragosas de las lides del amor”.  

“Los cinco amigos, éramos: Iñaqui Jáuregui, Frano Ivancovich, Piero Amoretti, Brennan Coleridge y yo, Antonio Bignon. En algún momento de confraternidad, reparamos que éramos representantes de diversas nacionalidades afincadas en el Cerro. Iñaqui, vascuence; Frano, croata; Piero, italiano; Brennan, inglés y yo, francés. La coincidencia, naturalmente la llevamos a terrenos de la broma y aunque, ninguno de los cinco ostentábamos riquezas prodigiosas, las economías familiares nos permitían ir tirando adelante en forma decorosa. Nuestros padres eran buenos empresarios. Todos mineros. Nosotros, buenos jinetes, excelentes bailarines, notables amigos de la farra y la bebida, enamorados y alegres, llevábamos nuestra juventud con entusiasmo verdaderamente notable. No faltábamos a ninguna de las celebraciones locales o a aquellas que nuestros mayores efectuaban para recordar los lejanos predios de su patria en los correspondientes consulados. En el terreno del amor entramos con exitoso pie. No nos faltaba nuestra correspondiente “novia”, hasta que conocimos a Blanca Rosa. Muy hermosa, muy distinta, muy especial. Hicimos todo lo posible por alcanzar su amistad, y cuando lo logramos, aspiramos a ocupar su corazón, su voluntad y sus sueños. Los cinco teníamos esa fijación en ella y  en uno de esos raptos de vanidad que tiene la juventud, decidimos apostar a quién sería el privilegiado de ser elegido por ella”.

            “La oportunidad se nos presentó el lunes 5 de agosto cuando asistimos a la Fiesta de la Virgen de la Nieves. Por galante ofrecimiento de Iñaqui Jaúregui, conseguimos poner a su servicio un cómodo sulky tirado por un caballo que la condujo, conjuntamente con su tía, a la Villa de Pasco. Naturalmente, los cinco la escoltamos  en sendas cabalgaduras. Nos habíamos convertido en galantes chalanes de su escolta. En aquellos momentos nos sentimos como los elegidos de los dioses. Usamos los más variados ardides para impedir que otros jóvenes la cortejaran. Aquel día, en la misa solemne, procesión, almuerzo y corrida de toros, la pasamos muy bien. La tía, doña Carolina, habiendo observado nuestra solicitud y amabilidad con ellas, seguramente sintiendo como un deber la correspondencia a tanto despliegue de gentileza, nos invitó a visitarlas el viernes 10 en la tarde. No esperábamos otra cosa. Durante los días siguientes nos dedicamos a preparar la reunión a fin de que no faltara nada. En ningún momento nos movió mala intención alguna. Sólo estábamos a la espera que aquella tarde se pondría en claro a quién prefería Blanca”. 

            “Llegado el día, muy bien emperifollados llegamos a la casa. Portábamos como obsequio a las anfitrionas, variada cantidad de pasteles, chocolates, cigarrillos y licor. Para ellas elegimos el suave “Perfecto Amor” y, para nosotros cognac francés, ajenjo y mistral. Todo fue muy bien recibido”. 

            “Iniciada la tertulia, animada por la chispa de las bebidas, la conversación fue haciéndose cada vez más animada, llegándose a entonar algunas canciones de moda en tanto, por turno, bailábamos con las anfitrionas. Hasta ahí todo bien. Como sucede casi siempre, no podíamos darnos cuenta de que los tragos ya nos estaban haciendo actuar más desinhibidamente. Lo que aconteció a las diez de la noche, cuando la señora Carolina insinuó que la visita había terminado, fue la chispa que encendió el polvorín. En inexplicable exabrupto, Iñaqui  alzando la voz, le dijo que no podía echarnos así no más como si fuéramos unos pordioseros. Que no nos iríamos si Blanca no se decidía por uno de los cinco. Fue suficiente. Con una energía que le desconocíamos, doña Carolina se puso de pie y señalando la puerta gritó: “¡¡¡Fuera!!!”. Entonces Piero, como echándose el alma a la espalda ante lo inevitable, quiso estampar un beso en la cara de Blanca, pero fue mal interpretado por la tía que estrelló un sonoro sopapo en su rostro. Ahí comenzó todo.  Posiblemente llevada por los tragos, doña Carolina comenzó a repartir lapos a diestra y siniestra. Fue tanta su agresividad que tuvimos que responderle con golpes iguales. No podíamos quedarnos como si nada. ¡Estábamos borrachos!. Actuaba como una desbocada gladiadora golpeando a diestra y siniestra, agitando los brazos como las aspas de molino. Aquel cambio de porrazos nos ocasionó varias magulladuras. La lucha se tornaba difícil y ya comenzaba a crecer el ruido intranquilizando al perro que gruñía detrás de la puerta, cuando Iñaqui la cogió rodeándole el cuello con sus brazos poderosos. Ni así se contuvo. Ante sus desesperados esfuerzos por desasirse, nuestro amigo que la sujetaba, hizo un movimiento brutal que produjo un ruido como una caña al quebrarse. Fue suficiente. Quedó inmóvil y laxa, como un pelele. Fue depositada sobre un butacón y su rostro cubierto con un pañolón. ¡Listo! Nosotros, mudos, sin saber qué hacer, mirábamos la maniobra, espantados. Sorbió un generoso trago de ajenjo. “Ahora estamos en paz”, dijo, y miró a Blanca que, inmóvil, cubierta de lágrimas no atinaba a moverse, temblando como una condenada. La cogió de la carita y le ordenó que besara uno por uno a todos sus amigos. Obedeció. Su semblante daba lástima y como una autómata cumplió con la orden. Al ver la pasividad nuestra, la cogió con fuerza y con brutalidad la besó prolongadamente,  hasta que de sus labios comenzó a chorrear sangre. La había mordido. Ella ahogando un grito, completamente débil, quedó a merced nuestra. Nosotros –no puedo explicarme por qué, pero creo que la locura es contagiosa- procedimos también a besarla con pasión desmedida, -envenenados de tanta brutalidad- como si estuviéramos posesionados del demonio. Ella lloraba y gemía, convertida en guiñapo sin voluntad ni fuerzas. Los ojos de Iñaqui -estoy seguro que los nuestros también- tenían una expresión demoníaca, satánica, terrible. ¡No éramos nosotros! Algo había en el ambiente que nos urgía a actuar así. Estoy seguro que el demonio estaba actuando solapadamente, moviendo las cuerdas de las sicalípticas marionetas en que nos habíamos convertido. Ahora puedo asegurar que el ajenjo que bebimos en demasía, era el medio con el que nos tenía sujetos. Aquel trago brutal nos hizo perder la ecuanimidad, obligándonos a actuar tan desaforadamente como lo hicimos”. 

            “Cuando ciego de lujuria le desató el corsé y rompió el camisón, vimos sus  senos, duros y abiertos como frutas maduras. Enceguecimos. Uno a uno, por turno, pasamos a besar y mamar aquella belleza. El brutal jefe de aquel aquelarre, la despojó de sus corpiños y enaguas, apareciendo ante nuestros ojos, toda la majestad de su cuerpo blanco e impoluto. Al cubrirse los senos con las manos temblorosas, Brennan encendió la estufa que estaba a la entrada de la alcoba y la atizó con carbones y leños.  Esperamos un buen rato mientras Iñaqui manoseaba el cuerpo de la muchacha besando con lascivia incontenible cada parte, hasta que el ambiente se abrigó. Sin decir una palabra, ordenó con la mirada y cada uno de nosotros tomó a la muchacha de brazos y piernas inmovilizándola. Babeante como un fauno alocado, se quitó los pantalones, subió sobre la muchacha y la poseyó salvajemente. Un grito desgarrado de desflorada se escuchó en la estancia. Como si el alarido hubiera accionado algún mecanismo de poder, jadeante y sudoroso, como bestia en celo, la tuvo buen rato a su merced, besándola y penetrándola como si quisiera matarla. Después, exhausto y casi sin aliento, la dejó a un lado y con el resto de voluntad que le quedaba nos ordenó que hiciéramos lo mismo.  Limpiando la sangre que corría por sus piernas, uno a uno, ciegos de lujuria la poseímos. Sentir su cuerpo convulso y sus sollozos sordos, extrañamente nos impulsaba a seguir teniéndola. Estábamos cumpliendo con sueños que en interminables noches nos habían desvelado. Ahora era nuestra, enteramente nuestra. Sólo se escuchaba un sollozo de virgen desamparada que con la mirada suplicaba. Después del primer grito, Iñaqui le había atracado un pañuelo en la boca y con otro aseguró en la parte posterior de su cabeza.(Un grito habría sido fácilmente escuchado por alguien que atinara a pasar por aquel lugar). Sólo podía respirar por la nariz. Todos pasamos por ella. Hasta ahora no me puedo explicar cómo el hombre puede perder su sentido de piedad y de conmiseración ante el abuso. Nos habíamos convertido en animales. Cuando siguiendo el ejemplo del jefe la poseímos contra natura, ya casi ni se movía; al amarrarla para seguir con la función carnal, notamos que ya no daba señales de vida, sus ojos ya estaban sin luz, el pulso había desaparecido y un frío estremecedor se apoderaba de su cuerpo desnudo. Había muerto. Sin decir una sola palabra nos miramos apesadumbrados, como volviendo de una ausencia prolongada, nos sentamos en derredor de la cama y, como autómatas sin pizca de voluntad, no alcanzamos a comprender todavía la bestialidad que habíamos cometido. El silencio invadió la alcoba. No podría decir ahora cuánto tiempo estuvimos sumidos en aquel mutismo culpable. Fue en ese lapso que alcanzamos a oír un sollozo débil, casi imperceptible. Siguiendo la pista del lloro Iñaqui se dirigió a la puerta que da a la cocina. Allí descubrió, agazapada, llena de terror, con los ojos llenos de lágrimas, a una niña que muda de espanto, dejó que la bestia –no en otra cosa se había convertido nuestro amigo- la levantara por los aires sujeta del cuello y, como si la arrullara para que se duerma, fue presionando su cuellito. Cuando dejó de moverse la depositó sobre el suelo y la cubrió con un costal. Nosotros nos encontrábamos inmóviles. Aterrados. Incapaces de poder protestar o hablar siquiera. Se estaba deshaciendo de una inoportuna e incómoda testigo que lo había visto todo. Tras dejarla tirada como una muñequita de trapo, cogió unas empanadas y otros pasteles y se los dio al perro que le movió la cola de gratitud. Bebió unos colmados tragos de ajenjo y nos conminó a que hiciéramos lo mismo. Todos bebimos”. 

“A medida que transcurrían los minutos, fuimos dándonos cuenta de la bestialidad que habíamos cometido. Con más presencia de ánimo, Iñaqui fue recogiendo ropas y objetos que pudieran incriminarnos y los echó a la estufa. A esa hora, nadie repararía en el humo que salía de la chimenea, menos ahora que las ventanas las habíamos cubierto con frazadas. En las primeras horas del día trazamos un plan a fin de borrar cualquier sospecha de nosotros. Lo logramos”.

Continúa….

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