Sarita Colonia Del Callao subió a los cielos Una crónica de ELOY JÁUREGUI publicada en CANGREJO NEGRO

Sarita Colonia
Sarita Colonia es la santa del pueblo peruano. Del pueblo que sabe de carencias, aflicciones y desgracias. Hasta hace un tiempo, la iglesia católica la ignoraba. Pero esa devoción que se iniciara en el Callao desde la década del 40, que germinara primero en la fe de los estibadores y proscrito y transgresoras y que hoy se hizo credo masivo sin clase ni razas, habita en el imaginario popular que no necesita de canonizaciones ni oficios ecuménicos. Mientras, Sarita Colonia sigue haciendo milagros. Este es su pueblo, esta su historia.

1.

Si cuando niña, cuentan, Sarita Colonia ya miraba para dentro y sufría de visiones que ungían alertas contra los actos impíos. Incluso antes de nacer, el habla popular asegura un hecho inverosímil ocurrida en la plaza de Huaraz con el cadáver del bandolero Luis Pardo y sus asesinos. O aquel milagro que contaba su hermano Hipólito, la vez  que Sarita cayó a un río cerca a Huaraz y fue arrastrada por la corriente y ya era sólo un cuerpo flotando hasta que apareció en el caudal un señor grande, con hábito blanco y barba rubia, quien la levantó de las aguas y le dijo: “Hija mía, tu padre está preocupado, te tienes que ir inmediatamente, tú no vas a morir, tú eres una hija predestinada, me vas a ayudar a servir al prójimo”. Cierto o falso, Sarita estaba predestinada para los asuntos divinos y no para las cosas de uno

Cien años después de su nacimiento, la tumba de Sarita Colonia en el cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao es sobre todo los domingos una feria al mejor estilo del mistic market. Los fieles llegan por decenas compungidos y angustiados. Sarita Colonia para todos es su última esperanza para encontrar paz y salud en este mundo. Y el barrio precisamente no lo habitan personas bienaventuradas. La mayoría de mujeres pecan de las carencias sacrosantas. Y lucen fieras y con tatuajes y con cicatrices. Mujeres de la vida, dicen por ahí pero para eso está la santa, para purificar esos espíritus cerriles y escabrosos. Pero esta santa es de carne y hueso y uno lo puede comprobar porque descubro entre el gentío áspero a Rosa Colonia, la hermana menor que ha llegado en silla de ruedas. Entonces se abren los candados del reino celestial.

Y aun antes de conocer su cielo, Sarita Colonia sabía que el infierno quedaba en los mismos ‘Barracones’ del Callao. Ahí llegó desde la sierra de Huaraz a vivir con su familia entre la indigencia de la miasma abyecta y el lumpenaje misérrimo de los apóstoles de las desventuras. ¡Qué de rateros afilados! ¡Qué de mujeres de la mancebía! ¡Qué de homosexuales faroleros! Sara Colonia Zambrano, que así se llamaba Sarita, apenas vivió en este mundo 25 años, aquel tiempo suficiente para llevarse a la eternidad esa porción infausta del ajeno dolor de las desdichas que a ella le supieron siempre a la hiel de los pishtacos.

2.

Don Amadeo y doña Rosalía, sus padres, apenas se dieron cuenta del prodigio de su nacimiento ese 1 de marzo de 1914 de aquel año que fue extraño porque vino sin eneros ni febreros. Hipolito Colonia, el hijo menor de la familia, contaba mientras de rodillas se lavaba de los asombros, que cuando Sarita llegó a estos valles sin el dolor de reglamento del parto, que escuchó de labios de la vieja comadrona que persignándose juraba: «Esa niña nació con los ojos muy abiertos. Con la mirada fija hacia arriba, como si mirase el cielo o que algo extraño la sujetaba desde lo alto».

Ya en Lima, la familia Colonia escogió el Callao con la ilusión de encontrar allí la salvación para huir de la estrechez que los había arrojado de sus sierras sin sueños. Pero aquel Dios de los destinos se había equivocado al fin de cuentas: el catastro barrial del Callao no era más que el lujo del albañal y la podredumbre amoral de los desesperados que, cristiano alguno, mereciera tal castigo.

Sarita apenas pudo estudiar y a los 12 años ya trabajaba como empleada doméstica, ayudaba como vendedora de pescado en la calle y zurcía la ropa de sus vecinas. Cuando se murió la mamá, la veló en vómitos estruendosos hasta el desmayo durante meses. Luego, cocinaba para los hermanos y no paraba de rezar en una lengua que no era el castellano. Ya mayor, ora volaba en fiebres alucinógenas, ora su piel por casi nada se llenaba de llagas hasta hacerla sangrar. Nadie que la conoció, no obstante, alguna vez le oyó queja. Menudita como era, al contrario, transmitía una alegría de espasmos que la gente sentía a pesar que Sarita sufría de la opacidad de las miradas más tristes que se recuerden.

3.

Sarita Colonia es la Santa de los migrantes. Y aunque muchos nieguen que haya sido como sus devotos la imaginan, existen dos vestigios que afirman que era de este mundo y no del otro. Una foto donde aparece con su familia en el estudio Romero de la calle Caridad 676 en el Cercado de Lima (de allí se ha extraído la única imagen que sirve para la iconografía de la santa) y la partida de defunción (número 28, folio 56) asentada en la división de registros civiles de la Municipalidad de Bellavista y donde ha quedado escrito que Sarita falleció de paludismo pernicioso el 20 de diciembre de 1940. ¿Paludismo pernicioso? Sí, la llamada ‘terciana’, ese mal del pobre provocado por el zancudo, el mejor amigo del hambre.

Su padre mismo la colocó bajo tierra en el cementerio Baquíjano del Callao como quien le exige a la leyenda el alimento carnal del mito ordinario. Luego empezarían uno tras otros los milagros y prodigios. Después, trasladarían sus restos a un humilde mausoleo donde hasta hoy una procesión de seres desesperados llegan en busca del cielo tan temido. Unos le rezan en el argot malandro y dejan inscrito en un andrajoso cuaderno la fórmula de la sustancia alquímica del favor divino. Otros, lloran frente al altar profiriendo frases de grueso calibre: piden piedad, trabajo, salud, clientes, víctimas, lipoesculturas, placeres y hasta un caficho de buen corazón.

En el posterior y nada ateo, el celebérrimo libro de Eduardo González Viaña, Sarita Colonia viene volando (1) , se encuentran las claves para subir al cielo. Entrevistado el autor dijo desde su residencia en Oregon, EE.UU., que el culto a Sarita y el de muchos otros santos no oficiales en nuestra América revela que nuestros pueblos sufren de una necesidad no saciada de apelar a lo extrarracional. Las crisis económicas y la falta de empleo, la vanidad de los gobiernos y la intolerancia, la falta de justicia y la miseria de amor convierten a nuestros países en cajas cerradas e irrespirables en las que todo intento de cambio es suprimido, toda rebeldía es perseguida, y la mayoría de los reivindicadores del pueblo traiciona o fracasa. En esa instancia, no les queda a los más desvalidos otra forma de tener esperanza que la de hablar con el cielo e inventar sus propios santos.

4.

En El Agustino, el distrito al Este de Lima incluyendo su cerro, no conocen a Dios. La devoción es informal y se venera a dos santos. Chacalón, quien fuese el más achorado de los cantantes de chicha y a Sarita Colonia, “La divinidad del arroyo”. En Junio de 1992, inspirados por el fervor que produce la santa, la banda Los Mojarras alcanza la cumbre del éxito con su tema Sarita Colonia. La banda tenía el mismo componente genético. Eran provincianos, les cantaban a los cholos y tejían géneros que iban de la chicha al rock y hasta la salsa. Aquello hablaba del fenómeno que se había consolidado en Lima. La capital había sido domada por los ‘lorchos’.

Así, el grupo Los Mojarras tocaban los laberintos de la ‘choledad’, la delincuencia, las drogas, la cárcel. Luego aparecería otra banda, La Sarita, pero era una versión más clasemediera de la desarticulación. En el 2007 Michelle Alexander produce la serie Por la Sarita con un rating respetable y el fenómeno del marketing con su figura es un ícono casi indescifrable. Desde esa vez, el himno de Los Mojarras se canta en cada velorio, en cada festividad pueblerina y hasta en las misas de las zonas marginales de Lima: “Sarita Colonia, patrona del pobre, / no quiero más pena, / no quiero más llanto. / No se amilanan aunque no hay lana, / se autofinancian, con fondos propios, / suena un huainito, bailan salseros, / gritan roqueros, piden chicha…”

El antropólogo Carlos Velaochaga asegura que el culto hacia ella aparece en el momento en que un sector de la población de Lima procedente de las sierras andinas necesitaba tener una figura propia en el santoral cristiano. Sarita Colonia interpreta todas esas carencias y encarna todas esas esperanzas. La santa de los pobres es gestora de otras tareas. Prever de trabajo a los humildes. Hay un interregno que no cubre el Estado ni todos los gobiernos para poder satisfacer las demandas de los necesitados. Los cultos emergentes como Sarita en el Perú o María Lionza en Venezuela, expresa étnicamente a sus discípulos creyentes mucho más que los íconos tradicionales que son de raza blanca. Una sociedad india y mestiza como la nuestra demanda que sus intercesores en el cielo la representen a su imagen y semejanza.

5.

Sarita Colonia no ha muerto, vive en el cementerio Baquíjano del Callao, en olor a multitud y abrigada por la fe de sus devotos que el 1 de marzo (fecha de su nacimiento) o el 20 de diciembre (el día que se fue al cielo), se abigarran frente a la única imagen que se conoce de la Santa de los Olvidados de Dios. Entonces el agua bendita se confunde con el sudor y otros jugos del pobre; el vendedor ambulante, el delincuente, la prostituta y los homosexuales -su ejército fundamentalista- que llega a exigirle trabajo, a pedirle un puesto en los fastos del cielo y sin rendirle cuentas a nadie, a portar su estampita.

Y es tal la fama de la Santa que sus efluvios cruzan América. Hoy, por sabe Dios qué sortilegios, Sarita ha resultado también ser la Santa de los «espalda mojada» y de todos aquellos miles de latinoamericanos que quiere ingresar ilegalmente a los Estados Unidos con su estampita bajo las prendas íntimas que los hacen invisibles o los disfrazan de niebla.

El escritor Rodrigo Quijano publicó en 1985 en Francia un poema en reconocimiento a Sarita Colonia y que demuestra el impacto de la santa popular en poetas, novelistas y artista populares que producen una iconografía propia de la llamada cultura chicha o arte del pueblo.

Un acercamiento a S. Colonia

Rodrigo Quijano

Para conocer debo acercarme más.
Se ha partido el cielo y ha cesado la lluvia
que enrejaba el paisaje.
Deja al perro lamerse las llagas y el pene encendido.
El neón es una lengua que sonroja santas y querubines
en las mudas sombras de un atardecer postal
pensando que el tallo remonta sobre sí
y hace estallar palmeras y frutos que engordan como garrapatas
al borde de un encerado cocktail de trópico y desorden.
Para saber debo acercarme más, y aquí me tienes.
La coloreada imagen de la niña virgen es
la denuncia del crimen consumado a medias, la isla
que eleva el único cirio que gotea luces, como esas cruces
al borde de la carretera,
así mitad dispuestas por la arena, mitad por los parientes
que se abandonan  al silencio ante el silencio
de miradas que ofenden por su rapidez.

Así dispuestas,
esas cruces pueden ser casi el cierre relámpago de un país
que muestra sus intimidades, lo percudido y lo perdido.
Y la imagen de la niña gime: unas rodillas flacas y la madre
suelta la sábana iluminando el cuarto con un aroma
de trenzas que se abrazan en la madrugada, como en un llanto
de despedida.

Para saber
vuelvo a acercarme. El equilibrio del grillo tensa 
la tarde y la gente que regresa cansada de las playas
pule rostros en la superficie de sus ollas,
y el crepúsculo me bombardea de neones tropicales
que se encienden a mi paso y en los, plásticos, ojos del gorrión
mi intuición emprende un vuelo sin retorno.

 

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Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI (Segunda parte)

Lucho Barrios 34.

Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trescientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

5.

Lucho BarriosRescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

6.

Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese que también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anamelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)

Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI publicada en CANGREJO NEGRO

Lucho Barrios 2
Lucho Barrios y el guitarrista Chalo Reyes.

No sé, para que quiero amor

la esperanza sin ti

ya no tiene valor.

 Al fin, te podré olvidar

si la vida es así

para que más vivir.

 Marabú. Lucho Barrios.

1.

Si la metafísica es el escozor más profundo del espíritu y la pura ciencia de los principios, entonces el bolero es el retorno sonoro de los quejidos más desgarradores del alma. Cual una cebolla que al ser trozada, digamos, tipo escabeche, emite un gas urticante que aparentemente se enfila a los ojos pero es más, se encarrila básicamente al hipotálamo, que como glándula hormonal del tamaño de un pallar remojado, regula a partir de la homeostasis el comportamiento sexual del sensato más estoico. De allí que Celio González cante “Quémame los ojos” como profilaxis contra los amores contrariados y sobre todo los ardores bajoventrales irreprimibles que, de atacar, ataca con malquerencia, sea uno púber, cano o decano.

Esto y lo otro me pasó con “Marabú” que cantaba Lucho Barrios y que resultó mi canción de cuna licenciosa. Allá, en los bares del barrio de Surquillo, las rockolas en 1957 lo tocaban a todo volumen y el sonido trepaba por mis pañales. Los galanes entonces retorcían sus bigotes y a las muchachas en flor, el bolero les inyectaba su dulce veneno. El tema más que la teta de mamá me marcaron como a un torete en mi niñezLa máquina emitía un salmo a la derrota babosa y yo imaginé, infante, a un cantante infame: “Adiós, ya me quedo sin ti. /Y así, para qué más vivir. /Sin ti, no podré más luchar. /Sin ti, para qué resistir. /No sé, para qué quiero amor. /La esperanza sin ti. /Ya no tiene valor. /Al fin, te podré olvidar. /Si la vida es así. /Para que más vivir.

Patafísica genuina o parodia de la unidad de los contrarios. ¿Cómo, para qué más vivir? Barrios no hacía honor a su nombre más que a su apellido. En él, la solución imaginada era la ley que regulaba la excepción. Agónico de melancolía –esa prostituta del recuerdo–, tiraba la toalla cual canalla. “Marabú” fue canto y se hizo bolero gracias a que Lucho Barrios lo escuchó cuando vivía en Guayaquil y a punto de escapar del ropero. Entonces lo volvió a oír en Lima y lo grabó luego con los arreglos de “Chalo” Reyes y “Cato” Caballero. El hecho es hito de la música multitudinaria urbana. El disco se hizo en los estudios del sello MAG un 3 de marzo de 1957. “Marubú” es así el primer bolero peruano masivo y popular. De su autor se sabe tanto como nada y del título también, que es la nomenclatura de un ave parecida a la cigüeña y que no tiene absolutamente nada que ver con la letra. Ya en el colmo del desconcierto, en todo el bolero no se la menciona para nada al ave. Entonces ¿Por qué Marabú? ¿Por eso es peruano? No creo.

2.

Con Lucho Barrios  miles de peruanos fueron sonoramente concebidos gracias a su ritmo cansino, cuasi asesino. El bolero de Barrios no es el de Ravel. Es música amotinada para el abotonamiento hormonal. Y la hormona no piensa, corta. Es así que practica el bolero de enamorados irreflexivos a punto del degüello. Traición más que fidelidad, odio más que ternura, rencor más olvido. Una receta sanguinolenta y a pesar de esto, Barrios, vamos, ha mejorado la especie y es mucho más popular que la poesía ad hoc, el melodrama latinoamericano del perdón secular y las novelas melindrosas de Paulo Coelho.

No conozco a otro exponente del género popular a quien le regalen un parque con monumento y en vida. Eso le pasó a Lucho Barrios. La Municipalidad del Callao lo hizo (Sector IV. Fraternidad Bocanegra). Y está bien. De ahí que haya decrecido la delincuencia en el puerto. Pero como dice Agustín Pérez Aldave, sobre el bolero peruano o llamado “cantinero” en su tratado “Ya que no puedo decírtelo al oído”: “Nuestro bolero cantinero es austero y chirriante. En él, la violencia cotidiana se traduce en un lenguaje directo que tiene menos de poesía y más de crónica roja, de un discurso repetitivo, como un disco rayado en el éxtasis del sufrimiento amoroso. El acento característico de lo cantinero peruano está, sobre todo, en la manera de cantar, en el tono quejumbroso y llorón que, según el cantante Johnny Farfán, viene de nuestro huayno”.

Discrepo de Farfán no de Pérez. Así, según A.P.A., el más grande bolerista que ha dado el Perú es, sin duda, Lucho Barrios, auténtico ídolo popular en todo el continente y cuya nacionalidad reclaman varios países. Barrios se inició como cantante de huaynos –su nombre artístico en 1959 era mariateguista: “El Amauta”– y luego pasó al vals y se afincó en la rockola. Lucho Barrios, pensaba yo, era solo esa voz que salía del aparato. Pero a veces la realidad es más dolorosa que la ficción musical. Enterado de que estaba en Lima, conseguí su teléfono. Lucho venía de actuar en el teatro Olimpia de París. Lacónico, aceptó que lo siguiera dos días con las cámaras del programa “Panorama” de Canal 5. Ahí en su casa en Maranga me recibió con una sonrisa falsa. Y salimos a grabarlo a cuanta radio lo había invitado y en la noche, a su presentación en el cine teatro Monumental de Breña en un mano a mano contra Pedrito Otiniano. Barrios no habló durante el viaje.

Al mediodía le propuse llevarlo a almorzar y entrevistarlo junto a una rockola allá en Surquillo. No dijo ni sí ni no. En el “Tobara”, los parroquianos lo ignoraron y fuimos a parar al “Rinconcito de Tiabaya”, una picantería arequipeña. La escena era así. Lucho tenía que pedir una cerveza, servirse un vaso, pararse a la rockola, colocar su moneda, marcar A-5 y escuchar su bolero “Marabú”. No fue fácil, el hombre era cantor, no actor. Dos horas después, al fin salió la cosa. Curioso, un hombre que les cantaba a las mujeres suspirantes, miraba la cámara y quedaba catatónico. En la noche, ya en el teatro, su guitarrista “Chalo” Reyes –hermano del gran Pedro Miguel Huamanchumo–, el que siempre lo acompañó junto a “Cato” Caballero, lo puso de buen humor. Entonces con el teatro abarrotado de románticos de siempre, Lucho Barrios fue el de siempre, el de los discos y muchos terminaron llorando.

3.

El poeta Tito Hurtado, escribía que, el bolero era una excusa bailable para llorar desvelos de amor, y agregaba que aprender boleros es licenciarse en retórica, la ciencia más hermosa y menos visitada del lenguaje, a pesar de los lingüistas, digo yo. Cuando le pregunté a Lucho Barrios si lo que él cantaba era poesía, dijo que no. “Esa es una ciencia que no domino”, me calló. ¿Y qué significa Marabú? le terminé inquiriendo. Desconozco mayormente, me respondió. Yo no le dije que era el nombre de un ave carroñera tan desagradable como la cigüeña. No obstante, aquel bolero no necesitaba explicación y Barrios no tenía por qué dármela. Él cantaba lo que el amor no pedía como retórica o un oxímoron, que para eso están los semiotas. Finalmente, cuando uno escucha un bolero como “Señor abogado” pierde el juicio. Y si ya no puede con los celos, ni modo a cantar “Amor gitano”: “Toma este puñal/ Ábreme las venas/ Quiero desangrarme/ Hasta que me muera/ No quiero la vida/ Si he de verte ajena/Pues sin tu cariño/ No vale la pena.

Con Lucho Barrios ocurría algo distinto cuando al fin pude descubrir al cantante de mi infancia y mi pubertad, más ginecólogo que pediatra. Y no fue sencillo conocer a cabalidad al cantor “cebollerero” como le decían en Chile. Barrios era de poco hablar, cierto, todo lo decía cantando. Yo había conocido a otros cantantes románticos, Pepé Domínguez en “El Palmero” y a Iván Cruz en “El Marino” del Callao. Sus fojas no eran nada santas. La mayoría resultaban disolutos más que bohemios, con el aserrín pegado a la piel, con las vaginas aun empolvadas en las harinas de los amores contrahechos. Gente de otro ADN decía mi padre, quien se opuso tajantemente a que una de mis hermanas se case un lírico de la esquina del barrio que cantaba boleros en esos días en Radio San Cristóbal. Al final se casaron y el viejo desde esa vez odio al género, al degenerado, al bolero y sobre todo, a los boleristas.

Lucho Barrios era todo lo opuesto a lo que se decía del ecuatoriano Julio Jaramillo quien tuvo 38 hijos o de Daniel Santos quien tuvo otros tantos con otras tantas mujeres. Aquella vez cuando Barrios me recibió deportivo en su casa del barrio de San Miguel en bata y chancletas, me di cuenta que era único. Barrios lucía como un tipo rechoncho y cabezón que no daba la talla para ser un sex simbol barrial. Lucho Barrios vivía con su familia de reglamento, esposa y tres hijos. En su calle del barrio de Maranga en Lima, pocos vecinos lo reconocían y él era como era: Un hombre sencillo y con un carro Datsun que alguna vez fue atractivo pero que sonaba como una licuadora Oster a punto de malograrse. Barrios era más monosilábico que parco en extremo.

Lucho Barrios fue único y creó un estilo. Para muchos es el más grande bolerista que ha dado el Perú aunque en Chile desde la década de los 60 lo bautizaron como: “Cantante chileno nacido en el Perú. Lo cierto es que desde esa vez se convirtió en un auténtico ídolo popular en todo el continente. Pocos sabían que Lucho Barrios –él no lo quiso contar– se inició como cantante folclórico y luego pasó al vals de estilo norteño para debutar con los boleros de ese éxito extraordinario que significo “Marabú” y que llevaba en el reverso otro tema antológico “Me engañas mujer” convertidos desde su salida en dos clásicos del género. Cuando lo entrevisté, Lucho Barrios ya era un artista consagrado y aceptó que era cierto que había actuado una noche en el teatro Olympia de París nada menos que junto a Frank Sinatra.

Continuara…

“LA ORGÍA” POR ISABEL ALLENDE Artículo publicado por la revista peruana CARETAS 18 agosto, 2010

la orgiaLos siguientes párrafos corresponden al libro Afrodita de Isabel Allende, novelista y periodista chilena. Obra curiosa y llamativa que relaciona el erotismo y la gastronomía. En estas líneas, la autora describe históricamente, con el sentido del texto, sobre el placer y la religión.

Texto:

En un libro sobre el Imperio romano averigüé que la idea es tan antigua como la humanidad. Con diferentes pretextos, desde fechas religiosas hasta victorias guerreras, las parrandas privadas y las bacanales públicas servían de válvula de escape a las tensiones cotidianas y los pesares del corazón. No existía entonces el problema de la sobrepoblación, por el contrario, se trataba de traer cantidades de niños al mundo; la fertilidad era celebrada por todas las civilizaciones antiguas en festividades orgiásticas. Por una cuantas horas o días, las reglas y leyes pasaban al olvido y el populacho se volcaba a la calle en alegre mezcolanza de mujeres y hombres, nobles y plebeyos, virtuosos y pecadores. De allí provienen nuestros desteñidos carnavales modernos, que con muy pocas excepciones son tristes simulacros de las bacanales de la antigüedad, cuando el desenfreno se apoderaba de las almas y había permiso para embriagarse y fornicar sin medida.

la orgia 2

Fiesta dionisiaca (?)

Antes del triunfo del cristianismo en Europa no existía el concepto de compasión o de amor al prójimo, a nadie se le habría ocurrido tampoco que el sufrimiento físico fuera provechoso para el alma. La idea de negar el placer con el propósito de desarrollar un estado superior de conciencia ya se había formulado, pero no tenía gran aceptación popular. La filosofía espartana basada en la severidad y la disciplina sólo tuvo adeptos entre guerreros. Epicúreo representaba mejor la tendencia de su tiempo: la tierra y lo que contiene fueron creados por los dioses para el uso y goce de los hombres. En las culturas griega y romana el placer era un fin en sí mismo, en ningún caso un vicio que luego fuera necesario expiar. Las clases altas vivían en el ocio, ajenas por completo al sentido de culpa, puesto que el trabajo no era virtud sino fatalidad, indiferentes a la suerte de los menos afortunados y rodeados de esclavos a los cuales podían atormentar a su antojo…

Al final, exhaustos y a menudo enfermos, los invitados regresaban a sus casas a purgarse, sin sospechar que en las cocinas, en los patios, en las calles, en todas partes los esclavos propagaban en susurros una extraña fe que habría de acabar con el mundo tal como ellos lo concebían. Esa nueva religión se basaba en amor a otros seres, sobre todo a los más pobres y desdichados, simplicidad en las costumbres y negación de todo aspecto placentero de la existencia; los sentidos y los apetitos eran trampas satánicas que conducían las almas al infierno y por lo tanto debían ser dominados con determinación férrea. Imagino la sorpresa burlona de los ricos romanos cuando oyeron las primeras prédicas de los nuevos fanáticos… Jamás supusieron su repercusión y siguieron riéndose mientras el cristianismo se propagaba entre los pobres como un incendio incontenible, que finalmente los arrasó. Habrían de pasar varios siglos de oscurantismo antes de que se asentaran las cenizas, se disolviera la humareda y Europa recuperara el respeto por los sentidos y el gusto por el despilfarro.

la orgia 3

Priapo

Durante la Edad Media el arte, el lujo y la belleza se convirtieron en motivos de sospecha; el deleite pasó a ser fuente de culpa y el propio cuerpo se transformó en enemigo del alma que albergaba. Sufrir en esta vida era la forma más certera de alcanzare eterno regocijo en la próxima. Grandes santos del cristianismo tuvieron como único mérito atormentar sus cuerpos hasta lo inconcebible… Los creyentes, pasmados, se inclinaban ante este espectáculo que supuestamente complacía a Dios. Hubo excepciones, claro está, siempre las hay entre ricos y los sabios: algunos nobles y prelados de la Iglesia que nunca abdicaron de la buena mesa y las mujeres hermosas; también viajeros que descubrieron las maravillas del Oriente en las Cruzadas y regresaron con el gusto por las especias exóticas, los perfumes, las ciencias y las artes olvidadas desde los tiempos del Imperio romano, pero esos refinamientos quedaron relegados a unos cuantos sibaritas de las clases dominantes. La gran masa humana vivía en la miseria, la ignorancia y el miedo. El hedonismo de los griegos y romanos, quienes consideraban el placer como el fin supremo de la existencia, fue remplazado por la sombría creencia de que el mundo es un lugar de expiación, un valle de lágrimas donde las almas hacen mérito y sufren martirio para ganar un paraíso hipotético. Los antiguos festivales relacionados con la vendimia, la fertilidad, las estaciones o los dioses, pasaron a ser simples comilonas en temporadas de buenas cosechas y las orgías fueron exabruptos brutales de la soldadesca victoriosa a la hora del saqueo. Durante mil años el cristianismo destruyó sistemáticamente a los dioses anteriores, borrando sus huellas con métodos bárbaros, enterrándolos en los sombríos rescoldos de la memoria, transformándolos en demonios y quemando en la hoguera, acusados de herejes y brujas, a quienes tuvieran la mala suerte de recordarlos. Cuando la Iglesia no pudo suprimir del todo las festividades paganas, las asimiló a su propia liturgia. Así es, por ejemplo, cómo los panes fálicos y en forma de genitales femeninos que se usaban en las festividades orgiásticas, tomaron aspecto redondo con una cruz encima y pasaron a llamarse bollos de Corpus Cristi. Pero a veces la deidad destronada no se dejaba avasallar: durante el Carnaval en Trani, Italia, se paseaba por la ciudad una estatua de Príapo y su enorme falo de madera era venerado como Il Santo Membro. Mientras más represión soporta el ser humano, más ideas rebeldes emergen en su imaginación supliciada. Hubo una secta cristiana eslávica, los Khlysti, que celebraban ceremonias orgiásticas donde hombres y mujeres copulaban en representación de la unión divina de Jesús y María, en medio de una borrachera general con cánticos, danzas y flagelaciones. Estos ritos ocurrían después de meses de abstinencia, castidad y ayuno, durante los cuales las parejas casadas dormían en la misma cama sin tocarse.

Las orgías han existido siempre, gracias a Dios, incluso en tiempos de la Inquisición o de los puritanos, cuando todo el mundo andaba vestido de negro y las paredes se decoraban con lúgubres cruces, pero han sido más brillantes y divertidas en las épocas de la historia en que el placer se cultivó como un arte.

(…)

 

 

Pedro Abadía.

Pedro Abadia (imagen referencial)Acaudalado comerciante español que radicaba en Lima a comienzos del siglo XIX. Conocedor de la importancia que habían alcanzado las minas cerreñas viene a este lugar y luego de concienzudo estudio decide instalar las primeras bombas a vapor de sudamérica para el desagüe -1816- en  las minas del barrio de Santa Rosa para extraer plata nativa, polvorilla (sulfato de plata) y las pavonadas argentíferas.

Siendo Rector de la Compañía de Filipinas, hizo introducir en el Perú la caña de azúcar procedente de Filipinas, lo mismo que el gramalote de las Antillas que luego fue conocido, en las haciendas norteñas, como “Yerva Abadía”.

Llegada la época de la Emancipación se manifiesta a favor de la causa patriota siendo uno de los firmantes del Acta de Cabildo Abierto de 15 de julio de 1821 que proclamaba la voluntad del pueblo del Perú a emanciparse del yugo español. Colaboró activamente con el gobierno de San Martín redactando el Reglamento de Comercio. Injustamente acusado de estar en tratos con los realistas, fue desterrado del país. A su retorno, en la más completa miseria, fallece en Lima, en diciembre de 1833.

 

BREVE HISTORIA DE SAN JUAN DE LURIGANCHO Publicado en “Cortinas de Humos” de la revista CARETAS (2 abril, 2011)

San Juan de LuriganchoSi algo caracteriza a  San Juan de Lurigancho (SJL) es la migración, la cual no comenzó a partir de 1950, sino, aproximadamente, 800 años atrás. Entre los siglos XII y XV diversos señoríos y cacicazgos andinos ocuparon la costa central peruana, especialmente Lima, producto de la desarticulación del imperio Wari -periodo históricamente llamado: Intermedio Tardío-.

Uno de esos tantos pueblos andinos que llegaron fueron los Ruricancho. Habitantes de la sierra sur peruana, probablemente del Altiplano, que se asentaron al Este de Lima formando una red de curacazgos -convirtiéndose, así, en el principal antecedente de los actuales luriganchinos-.

Ruricancho es una palabra quechua que significa “los canchos del interior”. Cancho o Kanchu designaba a un ave de plumaje colorido. Se cree que los jefes ruricancho llevaban este apelativo porque usaban estas plumas para adornar sus cuerpos. Con el tiempo se cambió la “r” por la “l” producto de una probable influencia lingüística altiplánica, como lo señala el historiador Juan Fernández del Valle. Entonces, Ruricancho devino en Lurigancho.

San Juan de Lurigancho 2Debido a la última explosión urbana, sucedida en la mitad del siglo XX y acrecentada durante los años 80, los principales vestigios arqueológicos del distrito desaparecieron. Sin embargo, se conoce que los primeros hombres que llegaron a estas tierras fue hace 9 000 años a.C. Grupos de cazadores y recolectores en busca de nuevos recursos, como lo señala el arqueólogo Julio Abanto Llaque.

Con el sedentarismo de estos pobladores se desarrolló la horticultura y la crianza de animales, así como una rápida evolución cultural -que se evidencia en sus construcciones arquitectónicas, sus pinturas rupestres y su cerámica-. Según el investigador Lorenzo Roselló, aproximadamente 2 500 años a. C. se hicieron los Geoglifos de Canto Grande -líneas 2 000 años más antiguas que las de Nasca-.

Con el transcurso de la historia, diversas culturas -más poderosas e influyentes- gobernaron a los primeros pobladores, como sucedió en el tiempo en el que prevalecieron los Chavín y la cultura Lima. Al decaer el imperio Wari surgió el señorío Ychma en la costa central -durante el periodo que conocemos como el Intermedio Tardío-. Dicho señorío agrupó a varios curacazgos entre ellos a los Ruricancho. En 1470, los Incas conquistaron a los Ychmas, quienes decidieron anexarse pacíficamente al Tahuantinsuyo. Producida la invasión española, estos territorios fueron ocupados por encomenderos españoles. La encomienda de Lurigancho funcionó hasta 1571 cuando se crearon las reducciones -es decir, asentamientos de indígenas-, por orden del virrey Toledo. Así nació la reducción San Juan Bautista de Lurigancho en honor al santo que los españoles le otorgaron al lugar  -de cuya combinación nació el actual nombre del distrito-.

Durante el siglo XIX San Juan de Lurigancho fue testigo de los principales movimiento políticos del país como la Independencia del Perú, la libertad de los esclavos, la Guerra con Chile, entre otros. Hasta que el 13 de enero de 1967 el arquitecto Fernando Belaunde Terry le dio la categoría de distrito. Debido a la reforma agraria muchos terrenos fueron vendidos para crear urbanizaciones y cooperativas de vivienda. Entonces, el distrito creció demográficamente principalmente de inmigrantes andinos.

Los Ruricancho, entendidos como cultura, desaparecieron en el siglo XVII debido a que gran parte de la población murió durante las guerras civiles que enfrentaron a los españoles, según cuenta Fernández Valle. Además de no soportar las nuevas epidemias y enfermedades que tuvieron que padecer.

San Juan de Lurigancho se convirtió en el distrito más poblados en parte por las políticas centralistas de los gobiernos, la migración del campo a la ciudad, el fracaso de la reforma agraria y los múltiples problemas a causa de la violencia social vividos durante los años 80. Un distrito con pasado precolombino y colonial, heredero de una estirpe cuyos antepasados se remontan a los inicios de nuestra historia.

Don Miguel Lavado, un fotógrafo cerreño

camara fotográfica antiguaAquellos peruanos que tuvieron la intuición y arte de fijar en placas inolvidables pasajes de la historia patria, fueron muchos

Comenzaremos por el genial cusqueño, Martín Chambi (1851 – 1973) seguido por el huancavelicano, Teófilo Hinostroza Irrazábal, (1914 -1919) nacido en Colcabamba, provincia de Tayacaja y conocido como “El Chambi del Centro” porque como Martín Chambi, retrató las miserias y grandezas de su entorno.

Hinostroza nació en 1914, en Colcabamba, provincia de Tayacaja, departamento de Huancavelica. Su padre fue el hacendado huancavelicano Francisco Hinostroza y su madre doña Faustina Irrazábal.

A los 15 años, fue matriculado por su madre en un colegio de Huancayo, donde tuvo la suerte de trabajar como ayudante del fotógrafo Fortunato Pecho. Allí aprendió el oficio, pero más tarde se impuso su talento, su indudable calidad de observador zahorí y fotógrafo del Perú profundo.

Thissen, al valorar la obra de Hinostroza, dice: Tenía ojo de artista, era un maestro de la composición, con elección de buenos encuadres y perspectivas. A veces tomaba fotos por el puro gusto de las líneas, de gran simplicidad, como por ejemplo unas chacras donde resaltan los juegos de curvas o rectas”. (…) “Manejaba con destreza los juegos de luces y sombras, con contrastes marcados; los cielos con nubes cargadas, los contraluces audaces y los atardeceres eran su predilección. Pero también hacía tomas de paisajes donde predominaban los grises, logrando vistas originales y de gran belleza”.

Es decir, una inusitada como maravillosa revelación y rescate de un fotógrafo que regresa del pasado, debido al paciente trabajo de Gervasio Thissen. Pero también por la magia de las palabras de Leo Casas Ballón, quien como José María Arguedas lo conoció y disfrutó de su fecunda e imperecedera amistad. Un total de 58 fotografías permiten una visión del aporte cultural de Teófilo Hinostroza, quien como Martín Chambi, retrató las miserias y grandezas del Perú.

Dejando de lado la genialidad del francés Eugene Courret que ocupa lugar preferencial en estos menesteres, en el Cerro de Pasco, donde se han perdido no sólo valiosos documentos debido a la incuria y abandono de sus hijos, hubo –de lo que conocemos- buenos aristas del lente: Ordóñez, Mariño, Barzola y sobre todo, un verdadero artista, don Miguel Lavado

A don Miguel lo conocí personalmente cuando se encontraba en el ocaso de su vida. Cuando lo visité en su estudio me recibió con mucho cariño; escuchaba todos mis programas culturales de la radio. Interesado en los temas que difundía tuvo la amabilidad de regalarme con unas placas de vidrio que eran originales de algunas  fotos que había tomado, entre ellas, aquella en la que se ve a nuestros heroicos soldados de la Columna Pasco, a la puerta de nuestra iglesia de Chaupimarca. También me regaló con una serie de placas que detallan la erección de monumento a la Columna Pasco. Todas estas fotografías las he publicado en mis programas. En esa oportunidad me dijo que se encontraba muy cansado y muy solo ya que no había logrado casarse y no tenía ninguna compañía. “Me encuentro aquí como un hongo: solitario y dando pena. Lo único que quisiera a esta altura de mi vida es encontrarme una buena mujer que me acompañe a vivir mis últimos días. La soledad, a mi edad, es muy cruel. Como tú ves lo único que tengo es esta casa y mis fotografías que tienen mucho valor pues, desde joven, fui el retratista oficial de la ciudad. Tengo la imagen de todos los prefectos, alcaldes, jueces, curas, médicos y todos aquellos que han ejercido gobierno en la ciudad. La mujer que se decida a acompañarme será dueña de todo esto cuando yo me muera”.

Después de aquella dolorosa confesión, por motivos de trabajo, tuve que viajar fuera de la ciudad. Mi ausencia duró dos meses. A mi vuelta me enteré que a poco de mi partida había fallecido. Antes se había casado con una mujer joven que le lavaba la ropa y lo atendió hasta el final. La viuda llevaba en una bolsa las fotografías del maestro y las vendía a precios irrisorios por paquetes. En ese tiempo muchas fotografía históricas se perdieron porque sus dueños no sólo no apreciaron el arte de su plasmación sino también la importancia de su significado. Habría sido muy atinado que la municipalidad las hubiera comprado pero, como les dije, aquellas joyas se perdieron irremediablemente.