La muerte en el “Día de los Difuntos” (Primera parte)

día de los difuntosMuy pocos lugares hay en el mundo donde la muerte haya  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. El cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. La muerte es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte. La respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos los saben. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida, todas las gentes sienten la desgracia como suya y comparten solidariamente el dolor luctuoso.

Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de sus astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionante silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte, por su continuidad y trascendencia ha establecido en la tradición una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con su premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en un accidente minero; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir, en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo del crisma, ha purificado los sentidos y los miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  con lo que culmina la acción del rito cristiano rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la divina misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el momento final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo, adolorido y gimiente se hace general; todos lloran. Aquí jamás ha habido necesidad de contratar a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Inmediatamente de producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias es el calzado. Ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. A voluntad de los deudos también se les amortaja con el hábito del Señor de los Milagros. El segundo día se procede al amortajamiento. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”. 

            Para el velatorio, los parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan en una habitación, generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuánto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de las virtudes del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorsonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color-. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde –a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí fracasó ese deseo de parecerse a la capital o a ciudades de la costa. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y, el conductor o cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Volviendo a la costumbre popular, por riguroso turno, de cuatro en cuatro, llevarán en hombros al amigo hasta su última morada, pasando primeramente por la puerta de la iglesia donde el cura rezará y bendecirá el cadáver. Aquí es necesario rescatar una costumbre que felizmente ha vuelto a tener vigencia en nuestra tierra. La misa de cuerpo presente en el templo. Al respecto dicen las disposiciones de la iglesia católica: “El Oficio de Difuntos y la Misa forman parte integrante de las exequias, tanto que, aun tratándose de pobres de solemnidad, el obligatorio decirles al menos un Nocturno o lo que se llama la Vigilia. El Oficio de difuntos se recitó ya en la más remota antigüedad cristiana”.

De la casa al campo santo hay varios “descansos” donde se efectúan los “caipincruz” que hay que observar con disciplina y rigor. En ellos, además del relevo de los cargadores, los “cantores” salmodian sus responsos y los “servicios” invitan los cigarrillos y el “quemao” para atenuar el frío. Así se cumple con lo que dice la Iglesia: “La conducción del difunto se hace en medio de cánticos de salmos y preces eclesiásticas y de signos exteriores, llenos todos de místico significado. El tañido de las campanas anuncia a los fieles que de su seno ha desaparecido un hermano; el agua bendita es el símbolo de la purificación del alma, el incienso simboliza la oración que se eleva a lo alto como el humo de los perfumes en la atmósfera; finalmente, el crucifijo es la señal de la Redención; prenda segura de que el alma del difunto hallará descanso en el seno de Dios”.

Continúa….

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LAS TANTAWAWAS

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fotografía de José Peña Gallo

Todos los años, a la llegada de Todos los Santos, vendedoras especiales se reúnen en las arterias colindantes al mercado central del Cerro de Pasco; ofrecen en repletos canastones, la más hermosa variedad de muñecas de harina que conocemos con el nombre de tantawawas (tanta= pan; wuawa=niño), es decir los niños de pan. Conjuntamente con ellos, los urpay (palomitas), llamitas y caballitos de pan; juguetería artesanal que constituye todo un contento para los niños del pueblo minero.

Las tantawawas representan a los niños recién nacidos en nuestro pueblo. Se los envuelve completamente desde el hombro hasta los pies con abrigados “pullos” (Mantas de lana), con las piernecitas y bracitos juntos, suavemente inmovilizados, para que no se descubran durante el sueño y permanezcan abrigados y plácidos. Es explicable esta maniobra. Se trata es de inmovilizar al niño a fin de que en ningún momento pueda descubrirse con el movimiento involuntario de pies o manos y dormir plácidamente sin posibilidad de movimientos que lo descubran. Si un niño cerreño durmiera con los brazos sueltos, por movimientos involuntarios, cogería un enfriamiento que terminaría en pulmonía. Tal el riesgo por las bajísimas temperaturas que durante la noche se producen. Es necesaria esta atingencia natural porque, últimamente, los artesanos que confeccionan las mencionadas muñequitas- quiero creer que por candidez- le han añadido sendas trenzas colgando a lo largo de sus cuerpecito. ¿Un recién nacido puede ostentar tamaña pelambre para que sea trenzada? Lo que es peor, otros “renovadores” les han sacado las manitas del envoltorio de pañalitos. ¿Harían  lo mismo con un niño de carne y hueso? La carita de la muñeca siempre está ostentando sus colores naturales de ruborosidad, pintados con colores especiales que los artesanos conocen.  Envolviendo la cabecita de la tantawawa, se puede admirar los festones y adorno de su gorrita tejida por la madre. Muchos artesanos, con el fin de darle más atractivo, además de la gorra tallada en el pan, le tejen otra de estambre y se lo ponen. El caso es que los mejores imagineros de tantawawas son los huariaqueños, mismo que poseen una técnica especial de confección.

Para los niños, con el mismo motivo, se confeccionan otros juguetes. El Urpay que no es sino una palomita, muchas de las cuales llevan en sus lomos otras más pequeñitas; sus tiernos palominos. La llamita con su carga repleta y sujeta con sogas, el caballito que también está llevando una carga abundante.

Como además de “Todos los Santos”, estos juguetitos se usan como trucay en la fiesta de las cruces, creemos que es un símbolo propiciatorio de ventura y felicidad venideras.

Su confección se basa en el uso de harina de trigo, agua y otros menjunjes que los artesanos guardan en secreto. Estos juguetitos gozan de gran estima en la cándida chiquillería cerreña.

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DÍA DE LOS MUERTOS EN CERRO DE PASCO POR MANUEL SCORZA

Publicado en la revista CARETAS, en su sección “Cortinas d Humo”, de 2 de noviembre, 2010.

día de los muertosEl primero de noviembre, día de los muertos, es una fiesta grande en Cerro de Pasco. Desde todos los rincones del Perú, desde las polvorientas ciudades de la costa, desde los caniculares pueblos de la selva, desde la campiña de Huancayo, los pasqueños suben a visitar a sus deudos. Es la única semana durante la cual es difícil conseguir alojamiento. En Cerro de Pasco no crecen flores; precisamente por eso, los deudos se empecinan en ofrendar a sus difuntos el insólito lujo de las coronas. Cartuchos, rosas, geranios, azucenas y varitas de San José llegan por camionadas desde las tierras calientes. El primero de noviembre una multitud invade el cementerio. Durante una mañana, el camposanto recupera su antigua grandeza, la del tiempo en que Cerro se jactaba de 12 viceconsulados. La multitud reza y solloza ante las tumbas; al mediodía sale a consolarse en las picanterías desparramadas en un kilómetro. Se come, se bebe y se baila a la salud de los inolvidables hasta el anochecer. Encantado por la varita mágica del recuerdo el cementerio se transforma, por un día, en una ciudad. Los trescientos sesenta y cuatro días restantes lo visita su único huésped: el viento.

Manuel Scorza finaliza el anterior párrafo, de su cronivela (crónica-novela) Redoble por Rancas, con una dolorosa verdad: el viento, es decir el olvido, terminan por ser la eterna compañía a la muerte.

La sola idea de morir nos es insoportable. La olvidamos rápido y por ello evitamos visitar a familiares o conocidos en cementerios. No por ingratitud u olvido, por tranquilidad y temor. Tranquilidad para no recordar una sola cosa: somos mortales.

La muerte siempre nos rodea. Nos sorprende, espanta e, inevitablemente, vence. En la vida, aunque suene paradójico, lo único seguro es el final. La muerte ajena nos aterra y devuelve a la realidad del desenlace propio.

Entrada al Cementerio General de Cerro de Pasco
Entrada al cementerio general del Cerro de Pasco que cada primero de noviembre se repleta de deudos que llegan a recordar a sus seres queridos. Los umbrosos “quinuales” de la derecha fueron plantados por nuestro patriarca Gerardo Patiño López.

EL SECRETO

el secretoEsta era una hermosa muchacha que vivía en las alturas de Putaca (Pasco). Huérfana de madre ayudaba a su padre en el pastoreo de su ganado. Dócil y trabajadora desde su infancia, al llegar el apogeo de su juventud descubrió que era bella, muy bella; entonces fue presa de un fuerte sentimiento de soberbia que no conocía límites. No obstante que su padre vestía unas ropas viejas y raídas, ella pugnaba por vestirse elegantemente, como las señoritas de la ciudad. El padre amoroso se desvivía para que luciera siempre hermosa con galas cada vez más caras en las ferias pueblerinas de los alrededores. Como es fácil suponer, este tren de vida, era superior a las fuerzas del pastor. Para contrarrestar estas emergencias solía salir de noche a hurtadillas de su choza y, luego de unas horas de ausencia retornaba trayendo unas bolas parecidas al queso fresco que, al día siguiente, las trocaba por monedas brillantes en las Cajas Reales de Pasco.

La purísima calidad de la plata que el pastor cambiaba despertó la codicia de los empleados españoles de la Institución Real. Éstos, llenos de ambición, decidieron obtener los datos referentes al yacimiento de donde el pastor sacaba aquella riqueza. Hablaron con él reiteradamente, pero ni los tragos ni las amenazas fueron suficientes para convencerlo. El pastor no soltó prenda. Entonces el más audaz y fachoso reparó que la muchacha, hermosa como pocas, no apartaba los ojos de él. En ese instante se dio cuenta que le sería fácil conquistarla y, por intermedio de ella, descubrir el yacimiento.

Al día siguiente comenzó el flirteo. Primero el acoso, los galanteos, los regalos; después las citas nocturnas y continuas que terminaron por rendir a la muchacha. Completamente sometida se convirtió en un fantoche que atendía con escandalosa solicitud los caprichos de su enamorado. Así las cosas, un día que el galán le pidió que le mostrara la mina de dónde sacaba la plata su padre, ella siguió a su progenitor sin que éste lo advirtiera; satisfecha su curiosidad y conocedora del yacimiento, citó a su amante. La noche del encuentro, ambos fueron con sigilo y entraron en la mina. Quedaron mudos de fascinación. La plata brillante se encontraba en pródiga abundancia en aquella mina. Repuesto de su asombro y ayudado por su pareja, el hombre, logró llenar un buen zurrón de plata y cuando estaban a punto de marcharse vieron entrar al pastor…
– ¡Hijos!,… ¿Qué hacen en la mina?
– ¡Oh! padre… ¡he revelado tu secreto al hombre que amo! ¡Perdóname! – Suplicó la muchacha.
– ¡Oh! hijita!…No es nada grave. ¿Tú querías conocer esta mina? – preguntó al galán que no salía de su pasmo…
– Sí, sí –balbuceaba- pero…
– Nada, nada. Por lo que veo ya has llenado una fuerte cantidad de plata en tus alforjas, bueno, llévatela.
– Es… ¿verdad? –Alcanzó a musitar el intruso, incrédulo de lo que estaba oyendo.
– ¡Claro! –Respondió el pastor- Eres amigo de mi hija y si quieres más de este metal puedes volver cuando quieras, pero ¡eso sí! Nunca reveles nuestro secreto.
– ¡Oh no, no… nunca! –Casi gritó el chapetón.
– Bien, hijo. Entonces cerremos el trato. Puedes llevar todo lo que se te antoje con la condición de que no reveles de dónde lo sacas… ¿De acuerdo…?
– De acuerdo, taita….
– Entonces para celebrarlo, sírvete esta chichita que he traído, debes estar sediento.

Muy emocionado el español bebió abundantes sorbos de la chicha que el pastor le había brindado. Cargó sus alforjas y emocionado como un niño retornó a la Villa de Pasco. Allí, después de reunir a sus amigos y mostrarles grandes montones de plata nativa, rosicler y plata piña, les dijo que ya se consideraran unos hombres ricos porque a primera hora del día siguiente los conduciría a una mina fabulosa. Cariñoso se despidió de cada uno de ellos y se retiró a descansar.

Al día siguiente cuando sus amigos fueron a despertarlo lo encontraron frío y duro como un carámbano. Estaba muerto. El secreto del pastor estaba bien guardado.

 

“LA CHELITA”

la ChelitaEra una preciosidad de mujer. Carita angelicalmente hermosa con ojos negros de inquietante sugerencia de lo arcano, de lo misterioso; pestañas inmensas y oscuras que le daban una majestuosa belleza de rasgos innegablemente morunos. Contemplarla era evocar a las modelos que plasmó en sus lienzos  el inmortal Julio Romero de Torres. Una maja española con salero, gracia y donosura. No en vano los rotarios la ubicaban para presidir el cortejo en la  primera carreta alegórica de corridas pueblerinas que organizaba cada año. La acompañaban otras bellezas citadinas emperifolladas con hermosos vestidos gitanos de pomposos mantones de Manila, preciosos colgajos, guarniciones y relucientes caracolillos ajustados a sus corpiños. Unas con peinetas de lujo e infaltable clavel encendido, otras, con el elegante   sombrero cordobés; pero todas con vistosos abanicos de lujo. Era un deleite verlas en aquellos espectáculos de gala en el albero de la Beneficencia Española.

Si su agareno rostro era apaciblemente sereno y casto, su cuerpo, por el contrario, era  satánicamente tentador. Sus pechos agresivamente elevados y duros como si su corpiño realizara una fuerza colosal para contenerlos y no reventar. Sus piernas largas y torneadas a la perfección dándole donosura a su majestuoso caminar. Sus grupas opulentas y provocadoras se llevaban prendidas las miradas de los aviesos hombres del pueblo. Para atenuar la lascivia con que la contemplaban vestía muy sobriamente, sin embargo, aunque no lo quisiera, no dejaba de llamar la atención su belleza corporal digna de las diosas. ¡Cuántos deseos arrebatados originaron su  cuerpo! Contra lo que podía imaginarse, no obstante ese talante en llamas, ella era muy cándida y tierna; dulce en su hablar y en su trato. Todos olvidaban su tonito extraño de su parla diaria; era natural en los venidos en la zona selvática de nuestra patria. Había nacido en Tingo María. Un hipocorístico transformó su nombre de Graciela en Chelita. Y diariamente, desde que comenzaban las labores en el Banco hasta que se retiraban después de cuadrar cuentas, su dulce nombre se repetía una y otra vez como una caricia bienhechora.

El día que llegó a trabajar al Banco Popular se originó un revuelo excepcional.  Todos quedaron prendados de ella cuando el administrador la presentó como la nueva secretaria. Desde ese mágico momento se convirtió en la engreída de aquel grupo de jóvenes. Las hasta hace poco engreídas Juanita Cornejo, Hilda Rojas Lucich y Esperanza Cisneros, pasaron a segundo plano con su consiguiente mortificación. El jefe la puso a trabajar en un escritorio, a la entrada del local, para que todos la vieran. Los curiosos -como quien no quiere la cosa- pasaban frente al Banco exclusivamente para contemplarla. A su salida la esperaban sibilinamente cuando muy aliñada entraba en “La Camelias” para almorzar. Chale Espinoza –el dueño- la recibía con gran parsimonia porque la consideraba una reina y como tal, la atendía. Su alojamiento lo había fijado en el “Edificio Proaño”, en cuyos cinco pisos tenían como ocupantes a las más distinguidas familias del pueblo así como a jefes y funcionarios de respetables empresas locales. Desde su llegada al Banco nadie hablaba de otra cosa. Los comentarios se hicieron Vox Pópuli. Imaginémonos cómo se encontraban los muchachos que trabajaban con ella.

Todos la adoraban: Glicerio Suárez Robles, Augusto Montero Vargas, Fabio Otaegui, Enrique Suárez Rojas, Samuel Beloglio; se desvivían por regalarle con algo especial. Ricardo Acquarone “Cua – Cua” la miraba extasiado como con temor de que en algún momento iría a quebrarse. Cuando acababa de sentarse, ponía con parsimonia sobre su escritorio un aparatoso chocolate HERSEYS de la colección que había comprado en la Mercantil de la compañía norteamericana. Sólo alcanzaba a balbucear “¡Para ti, Chelita!”. Gracias, Ricardo, decía la homenajeada y para el enamorado era suficiente. Un día, el “Chivirico” Martínez, suponiendo que sufriría un frío espantoso a la entrada del local, le regaló con una hermosa manta de lana de alpaca para que cubriera sus piernas. No la tuvo sino dos días. Al tercero, desapareció. ¡Claro!, la manta impedía que se recrearan contemplando aquellas piernas perfectas. El exitoso “Speaker” de “Radio Azul”, Humberto Maldonado, suponiendo que una chica tan espiritual gustaría de la poesía, le regaló con libros de Campoamor, Becquer, Espronceda… Ella sonreía complacida al recibir los libros, escuchando los piropos y galanterías del locutor. “El perro” Suárez, acicalado y modosito, le regalaba con la revista “Para ti” a cada lunes de la semana; con su mirada lánguida y sus bigotitos hitlerianos, la envolvía con su adoración visual y conmovedora. Hasta el Nemesio Choquehuaita  -conserje del Banco- le hizo entrega de su regalo: Una docena de robustas truchas pescadas en las aguas de Yanamate. Cuando estuvo delante de ella no pudo hablar, sólo puso el paquete sobre su escritorio y se retiró.

Todos la adoraban y cada uno abrigaba secretas esperanzas de ganar sus favores. Bueno, todos no. Había un maduro empleado, de mediana edad, enorme y flaco como un fideo, al que le decían “El largo”; hermético y solitario al que aparentemente no le causaba ninguna gracia la hermosura de la bella secretaria. Cuando llegaba a cumplir su labor diaria como si estuviera programado para la misma operación, se despojaba de su sombrero y su enorme abrigo de cuero que casi barría el piso -como los que usaban los vaqueros en las películas del oeste- los colgaba en el perchero de la entrada y se concentraba en su trabajo. Era el cajero principal. Nunca se le vio que siquiera le dirigiera una mirada de atención a la chica bonita. Todos estaban  amoscados e intrigados por tanta indiferencia. Alguien, como tratando de explicar la indolencia, dejó escapar su sospecha de que era un “mariposón” camuflado.  Los comentarios no pasaban de esa sola sospecha y creían que era mejor porque ya había un rival menos en esa extraña contienda de amor.

El año de su llegada la postularon como candidata al reinado de la ciudad en representación del Banco Popular. Con el afán de conseguir la corona comprometieron a ahorristas y socios del Banco para que compraran votos de su preferida. Los que más aportaron fueron altos empleados de las compañías mineras de la localidad, comerciantes y demás clientes del Banco. La dedicación de sus adoradores fue tanta que en el escrutinio final transmitido con bombos y platillos por “Radio Azul”, Chelita resultó ganadora por abrumadora mayoría de votos. La algarabía fue indescriptible. El día de su coronación en el “Club de la Unión” todos sus adoradores, los bancarios, bailaron con ella hasta la madrugada del día siguiente. Estaban muy felices. Sin embargo, ninguno había conseguido siquiera una esperanza de aquella preciosura. No importaba. Estaban seguros que tarde o temprano caería en brazos de uno de sus admiradores. Con tal de que fuera uno de ellos, no importaba de cuál, el resto sabría  perder si no era el elegido. No se equivocaron.

La última mañana de aquel mes, cuando todos se habían presentado puntualmente a laborar, extrañamente faltaba el Contador. ¿Qué ha pasado con “El Largo”? se preguntaron todos. El jefe, amargo como Pichín porque sin él no se podía iniciar el arqueo de caja, ordenó a que Choquehuayta fuera de inmediato a despertarlo. El muchachón voló a cumplir con el encargo y en poco tiempo estuvo de vuelta. Ni bien entró, el jefe preguntó:

  • ¿Lo has encontrado?
  • Sí señor
  • ¿Le has dicho que venga inmediatamente…?
  • Sí señor…
  • Pero… ¿Todavía no se levantaba…?
  • No, señor…estaba durmiendo
  • ¿Durmiendo, dices….?
  • Sí, señor; con la señorita Chelita.

Las miradas sorprendidas convergieron en el escritorio de la preciosura y comprobaron que tampoco había venido a trabajar. Quedaron estáticos sin poder creer lo que estaban escuchando. Quedaron alelados. Estoy seguro que nunca habían experimentado un desengaño tan enorme  como aquel. El silencioso “Largo”, sin decir una palabra, sin rendirle ningún homenaje, sin mirarla siquiera, se había hecho de aquella preciosidad de mujer que la semana siguiente tuvo que marcharse al saberse descubierta por sus despechados adoradores.

“LOCUTORES EN EL PERÚ” OSCAR ARTACHO MORGADO Y “PREGÓN DEPORTIVO”. Escribe José Carlos Serván Meza

Con afecto y respeto reproducimos la interesante crónica escrita por el admirable amigo Serván que relata la presencia de uno de los mejores narradores deportivos que ha tenido el Perú y dejó gran escuela en todos los que seguimos el hermoso periplo de la narración deportiva. Con ello nuestro homenaje a Roberto Casquero Leyva y Jorge Soria Méndez, colegas cerreños, que laboraron con él en la brillante época de Radio el Sol.

Oscar ArtachoCon los hermanos Artacho Morgado, Oscar y José Luis “Lucho Vélez”, nos tocó compartir una amistad casi familiar. Angel, el mayor de los Serván, fue ahijado matrimonial de Oscar y lo que motivó un mayor acercamiento. Fueron fundadores de “Pregón Deportivo”. Cada cumpleaños de los integrantes del plantel, se celebraba en nuestra casa de Surquillo y mi Barbarita, nuestra madre, mostraba todas sus habilidades para que el agasajo fuera todo un éxito. Nosotros éramos simples espectadores. Mucho me acuerdo de Ulises Jordán, un paraguayo que pasó por las filas de “Pregón Deportivo. Las fotografías en las páginas deportivas de los diarios y los comentarios sobre el debut de Oscar Artacho en el Mariscal Sucre. “Jugador de buena talla, ha demostrado habilidad en el dominio del balón pero necesita ambientarse más para lograr su mejor estado físico”. Fue en la época del viejo Estadio Nacional con graderías de madera y que, a pesar de ello, era más acogedor. En aquel escenario, captamos los mejores recuerdos del deporte peruano: fútbol, box y los campeonatos de atletismo.

Ante una pronta lesión que lo alejó de los campos, Oscar, ya no muy entusiasmado por jugar, visitaba Radio Colonial para una entrevista y fue Oscar Torres Bouroncle, famoso narrador deportivo, quien lo motivó a enfrentarse al micrófono. Había notado cualidades innatas en Oscar, improvisación, facilidad de palabra y buena voz. Las estrellas del relato deportivo de aquel tiempo, eran Juan Sedó, Eduardo San Román, Gustavo Montoya, Alberto Mecklemburg y el propio Torres Bouroncle. Se conectó con Raúl Goyburo y Miguel de los Reyes. El primero, periodista del Comercio y muy leído. Miguelito, famoso por ser anunciador de las peleas de Box y ampliamente metido en el deporte. Fidel Ramírez Lazo, tremendo locutor comercial, fue el que sugirió el nombre de “pregón” y la voz primera que anunciara el programa y su publicidad. Fueron la base, a la que se aunaron Lucho La Torre, Alfredo Narváez, Lucho Palma y por supuesto, el bisoño Angel Serván.

Debutaron en Radio Central y fue todo un suceso el oír cantar el gol, a la manera de Oscar Artacho. Era espectacular. Voz arriba, muy tonante y prolongándola ostensiblemente. La característica de Pregón fue “La Marcha de las Américas”:¨”Un canto de amistad, de buena vecindad, etc.” Recuerdo a Carlos Curonissy, locutor comercial, decir luego de la entrada de la marcha con uno de tantos auspiciadores: “Mente sana en cuerpo sano y … dientes hermosos con Kolinos”. Continuaba la música desde el control y venía la presentación de todo el elenco. En nuestra casa se vivía cada transmisión por escuchar también a nuestro hermano mayor Ángel. Esa cortina musical la teníamos en casa, una de las tantas copias, y nos servía para hacer nuestras primeras prácticas de locución. Con César Augusto, otro de los Serván metidos en esta digna profesión, hicimos nuestros pinitos.

La sintonía era bárbara. En el colegio, todos queríamos ser Oscar Artacho, la gran revelación de la narración deportiva y finales de la década de 1940. Integré el elenco y recuerdo que en una etapa cruel para Oscar, 1958 aproximadamente, lo ayudé en una transmisión que salió por la onda corta de una emisora boliviana y jugaban justamente los seleccionados de Bolivia y Perú. Para remate, perdimos aquel encuentro. Lo hicimos por amistad y, por coincidencia, superando anímicamente momentos de pesar en la familia de mi esposa y  que había sufrido la pérdida de su querida abuela materna. Me encargó la redacción de la publicidad y por supuesto la locución. Allí estuvimos solos en una cabina de nuestra estadio y esto fue un pasaje que no olvido.   En la celebración de un aniversario de Pregón Deportivo, hice alusión a ese hecho como “La Noche Triste de Artacho”. Don Alfonso Reverditto y Miguelito de los Reyes, ignoraban lo que expusimos cuando ya Oscar no pertenecía a este terreno mundo.

Tuvimos la suerte de pasar buenos momentos, cuando nos encontrábamos por la época de TELECENTRO en Panamericana Televisión. Allí conocimos a su sucesor Raúl Maraví Ayala y en la recordada parrilla de la avenida Arenales, compartimos una cordial relación con los nuevos elementos de “Pregón Deportivo” ya con su propia emisora en la que fuera la señal de Radio Selecta de Lima y que adquirió en propiedad de manos de José Eduardo Cavero Andrade. El propio Oscar Artacho nos invitó a sus estudios y fue una inolvidable entrevista la que nos hicieron recordando viejos tiempos. Allí estuvo nada menos que Gilberto Torres, el gran “wing” de la “U” y que tenía su espacio tanguero. Por supuesto que estuvo Miguelito de los Reyes, leyenda de “Pregón Deportivo” y con quien también nos tocó dar, como Presidente de la Asociación de Locutores del Perú, el último adiós a otro célebre de sus integrantes, Raúl Goyburo, en el Cementerio de la Planicie y en donde descansan los restos mortales de ambos.

Fue Oscar Artacho Morgado, el que revolucionó nuestras transmisiones deportivas radiales. Llegada la televisión probó suerte y tuvo algunas apariciones pero sin lograr algún buen resultado. Falleció al no poder superar una delicada operación a la que fue sometido y su sepelio reunió a muchas autoridades y figuras deportivas, familiares, amigos y admiradores. Nos dejó sin volver a escuchar al narrador deportivo que cantó el gol de manera diferente. Dejó una escuela de la que todavía hay quienes asimilaron sus enseñanzas. Sentimos mucho su deceso, tanto o más de cuando falleció su hermano, “Lucho Vélez”. Así fue OSCAR ARTACHO MORGADO, creador de “PREGÓN DEPORTIVO”. Una voz y un programa inolvidables! Gracias.

 

Mineros del Cerro de Pasco (1902)

mineros del Cerro de Pasco 1902Grupo de mineros a la entrada del local de la Diputación de Minería en el Barrio de Cruz Verde los últimos días de diciembre de 1902 cuando todos habían vendido sus minas a la compañía Norteamericana “Cerro de Pasco Mining Company”: Miguel Gallo Díez, Gerardo Negrete, Antonio Languasco, Juan Esparza, Zenón Gallo Malpartida, Ignacio Alania, Joaquín Gordillo, Eduardo Steel, Jonás Marín, Luis Ravenna, Jerónimo Valdivieso, Nicolás Martinench, Agustín Tello, Pedro Fuentes y Berrío, Miguel Otero, Juan Enrique Valladares, Domingo y Demetrio Olavegoya, Miguel Francisco Otero, José Apotino y Gedeón Fuster, Miguel Stankovich, Zlósilo Hermanos, Paolo Lesevic, Idrian Miloslavic, Francis Kukurelo, Leopold Vlasica, Mercen Franciskovic, Johan Carcovic, Vitor Nadramia. En la fotografía no está don Eulogio Fernandini de la Quintana que es el único que no quiso vender sus propiedades de Colquijirca.

Al respecto, en el capítulo 17 de “Pueblo Mártir” (historia del Cerro de Pasco), decíamos: “Algo que llamó poderosamente la atención de la prensa nacional fue la fabulosa introducción de 19 millones de dólares, cantidad que la empresa norteamericana y ferrocarrilera del Cerro de Pasco trajo al Perú para pagar adquisiciones y trabajos en nuestra ciudad. Los Bancos, especialmente el de Perú y Londres se vio en la urgencia de importar monedas por el monto de 16 millones de soles para hacer más dinámico el movimiento del dinero”.

“Los ocho diarios que se editaban en nuestra ciudad, no se cansaban de magnificar la decisión de los financistas norteamericanos. EL ECO DE JUNÍN, decía “Se abre una esperanza de luz para nuestra minería y, consecuentemente, para nuestra ciudad que así seguirá por el próspero camino de la opulencia. No dudamos que no sólo nosotros, sino pueblos aledaños como los del valle del Mantaro y Huánuco, tendrán mayores oportunidades de comerciar en el Cerro de Pasco que, además, brindará oportunidad de trabajo y bonanza a quienes deseen engrosar las filas de servicio  a la nueva compañía”.

EL INDUSTRIAL, puntualizaba “Estamos ad portas de un nuevo despegue de la economía y el trabajo, pilares de nuestra tierra. Por los planes que se han hecho conocer, podemos asegurar que la nueva compañía norteamericana establecerá un monopolio minero en nuestra ciudad. Una modalidad no practicada hasta ahora, pues, anteriormente, la pluralidad de propietarios y por ende, la competencia entre ellos, determinó que nuestro progreso fuera lento. Ahora, con los capitales y la nueva tecnología que traen, no dudamos que obtendremos buenos resultados para nuestra tierra”. 

Así como estos, EL MINERO, EL SIGLO, EL REGENERADOR DEL PUEBLO, LOS ANDES, LA GACETA, LA UNIÓN, hacen lo propio.  Por otra parte, el Banco del Perú y Londres que venía desarrollando una copiosa actividad económica en nuestro pueblo, brindó sus oficinas para que mediante ella los norteamericanos pudieran efectuar sus transacciones. Era febril la actividad por aquellos días”. Cerro de Pasco (Historia del pueblo mártir del Perú). Tomo V.- Capítulo Diecisiete. Página 35).