LA VENGANZA Por D’Albani

Un notable precursor de los relatos policiales en nuestra tierra, es el escritor que siguiendo la moda entonces vigente de principios de siglo, se hacía llamar D’Albani, un seudónimo sin lugar a dudas. Colaborador en varios de nuestros periódicos, ofreció en un largo trecho de nuestra historia literaria, relatos estremecedores como el que vamos a ofrecerles. Lo interesante de este escritor es que, precursor de Truman Capote, basa sus relatos en hechos reales que estremecieron en su momento a los lectores de nuestros diarios

Crimen y Castigo - Edú Molina
Ilustración de Edú Molina

Es Cauri un pueblecillo casi insignificante del distrito de Cayna, cuyos habitantes vegetan entregados a las tareas del cultivo de la tierra y de la crianza y cuidado de sus rebaños. Allí vivía una pareja unida por el lazo matrimonial, desde hacía algún tiempo. Él, de nombre Blácido, fuerte, trabajador, sobrio y de carácter enérgico; ella, Isidora, una hermosa joven india de 25 años, consagrada al cuidado de tres criaturas, hijos de ambos.

NUBES

El clima no influye poderosamente en la conducta de las personas, y como único factor en el desarrollo de las pasiones,  allí en donde un corazón late, existen dos géneros de oposición en todos los instintos: amores y odios, risas y lágrimas; hambre de cariño y sed de venganza; manantiales de vida y fuente de muerte.

Isidora, guapa pero hacendosa mujer comenzó a sentir en su alma un raro malestar ante las insinuaciones amorosas de Pablo Mallqui, un hombre que vivía en la misma aldea. A su hogar, hasta entonces tranquilo y feliz, comenzó a mirarlo con desagrado y en gradación creciente se convirtió en hastío y éste se convirtió en repugnancia invencible.

Pensaba ella que la estrechez de esa casa en que vivía con su marido y sus hijos, se le había hecho odiosa, y no comprendía que  lo que en su alma pasaba era un desapego a su marido y la pérdida del afecto de otro tiempo; un amor criminal que en su pecho había germinado, crecido y desarrollado, hasta no poderlo ahogar, la convirtió en  infiel. Isidora, finalmente, se convirtió en una mujer adúltera.

¡Solo!.

Un día volvió Blácido a su casita de un corto viaje que le había demandado cuarenta y ocho horas de ausencia. El llanto de dos de sus pequeñuelos le hizo presentir una desgracia…

— ¿Por qué lloran…? …¿En dónde está mamá?… ¡¿Cómo los ha dejado solos…?!.

— La mamá hizo un atado de varias cosas –contestó balbuceando uno de ellos- Mallqui vino a caballo trayendo otro de tiro… la mamá montó y se llevó a la hermanita, a la grande…

No bastaba eso; era necesario preguntar, indagar y Blácido supo la verdad. Oyóla mudo y pálido, escuchó sin articular palabra toda la relación de su desgracia; su propia cuñada, la hermana de la fugitiva, le dio todos los detalles; y él los recibió, tragando en silencio el veneno que le administraban y cuando todo lo supo sólo exclamó.

— ¡Esta bien…! – Volvió a su casa, acarició a los chicos y silencioso siguió su vida ordinaria, como si nada hubiera acontecido.

Una cabalgata.

Pasó un mes, en el que su meditación, haciéndole superar su frustración, le hizo tomar una determinación.

Un día a la puerta de Blácido, se hallaban nueve caballos enjaezados, listos para un viaje.

— Hermanos y amigos: Ya sé en donde se halla mi esposa y he rogado a ustedes que me acompañen, porque voy a traerla. Me basto solo para ello, pero necesito junto a mí personas que me quieran y testigos que declaren que vean lo que hago… – Tomó luego un rejón, salieron todos y pocos momentos después la cabalgata se ponía en marcha, yendo a la cabeza, siempre pálido y silencioso, el esposo ofendido, con dirección a Lauricocha.

¡Perdonada!.

En los confines de Lauricocha y Antacallanca, se halla la estancia de Francisco Toribio, en la que vive con su anciana esposa. El día de los hechos que paso a narrar los acompañaba la joven india prófuga que en esa casa se había refugiado.

Todos escucharon el ruido de una cabalgata que se aproximaba a la estancia y momentos después, Blácido con el rejón en la mano derecha, se presentó en medio de la habitación.

La tránsfuga y sorprendida india joven empalideció, lanzó un grito y se arrojó a tierra ocultando el rostro contra el suelo.

— ¡Si, lo sabía, era una malvada, era no sólo desleal esposa sino también mala madre… había abandonado a sus hijitos… pero estaba arrepentida… Volvería a su casa para ser esclava de su marido… Sufriría todos los castigos que él quisiera imponerle… Con sus lágrimas borraría el baldón que había arrojado sobre su Blácido… ¿Quería matarla?…Allí estaba para sufrir el suplicio. ¿Por qué no lo haría si lo deseaba…?. Y mientras así exclamaba en el dulce idioma de los incas, la desmadejada mujer se arrastraba, cubierto el semblante de lágrimas, con el pelo desgreñado, besando los pies de su marido que, medio anonadado, contemplaba la escena.

— ¡Blácido! Hasta nuestro buen Dios perdonó las ofensas que los humanos le hicieron… ¿Y tú no perdonarás a esta desgraciada? – Exclamó la anciana que había cobijado a la adúltera y que al verla así de arrepentida, abogó por ella.

Blácido sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos prontas a brotar y casi ahogado por la emoción levantó a su esposa, la acercó a sí, exclamando:

— ¡Estás perdonada…!

Luego volvió a sus acompañantes, diciéndoles:

— Hermanos y amigos: Les agradezco su compañía y les ruego que regresen por ser ya innecesaria su presencia. Acabo de perdonar a mi esposa por el mal paso que ha dado.

Dos cadáveres.

Pocas horas después por el sitio de Cuchicancha en el camino de Lauricocha a Cauri pasaba un individuo que hubo de sorprenderse a la vista de dos cadáveres abandonados; de hombre el uno, y de mujer el otro.

Catalino Roque Agente Municipal de Páucar, que residía en su estancia de León Cancha, recibió la noticia y en unión de Juan Cortez, Francisco Melgarejo, Manuel Medrano y Sergio Medrano se constituyeron en Cuchi-cancha y cruzados sobre una mula condujeron los dos cadáveres a la capilla de Lauricocha, en donde fueron velados y sepultados luego, para mezclar sus cenizas en la triste comunión de los muertos. ¿Sus espíritus también se entrelazarían en la comunidad de las almas?

La Justicia.

La justicia interviene. Blácido y sus hermanos, más dos amigos, son los autores, acusa  Toribio. El y su anciana esposa describen la escena que se realizó en su casa, el mismo día, y su regreso a Cauri. Sospechan que los autores del asesinato sean los miembros de  la comitiva que había venido a rescatar a la mujer infiel. Pero los acusados no aparecían. O habían huido o se habían ocultado.

Mucho tiempo después se realiza en Cauri el entierro de uno de los parientes de los acusados y durante la ceremonia del entierro, el cementerio es rodeado por el gobernador y sus auxiliares, pero los presuntos reos se abren paso mediante la fuerza y sólo uno cae en manos de la autoridad. Era uno de los acompañantes de aquella comitiva, pero es inocente; nada sabe del crimen del que se le acusa.

Blácido se presenta entonces

— Nadie es responsable del delito, sólo yo. Es cierto lo relatado por Francisco Toribio y su mujer; pero lo que él ignora es lo que aconteció después, cuando mis acompañantes, ajenos a lo que acontecería, se marcharon sin intervenir en nada más. Es bueno que me escuchen para que sepan el epílogo de todo aquello. A  pesar de que había almacenado odio en mi corazón para no vacilar en el momento de la venganza, yo perdoné y perdoné sinceramente. El recuerdo de mis hijos sin madre me enterneció y no los ruegos de la mujer que me había hecho desgraciado. Volvía con ella a mi casa, a la casa donde esperaban mis hijos, sólo con ella, porque necesitaba de la soledad. En el camino vi que un hombre que venía en dirección contraria a la que yo llevaba. En ese momento, inexplicablemente mi mujer dio un salto del caballo, pues yo la llevaba a la grupa, y corrió en dirección a ese hombre. Le reconocí, era Pablo, era su amante, era el enemigo que más daño me había hecho en mi vida. La canalla se abrazó de su cuello como buscando protección en una clara elección final del hombre que quería.  La sangre hirvió en mis venas y subió a mi cabeza; sentí renacer mi sed de venganza que había ahogado poco antes y me lance con mi rejón sobre ambos. Primero a ella y luego a él, a ambos herí y mate sin compasión; con todo el odio que hicieron renacer en mí. A la vista de esos cadáveres me estremecí de horror y huí y he vivido oculto hasta hoy que he sabido que un inocente estaba encarcelado…

Cuatro instructivas prestó Blácido y en ninguna varió su confesión.

Epílogo.

El juicio siguió su larga sustanciación y al fin el juez expidió sentencia condenando a Blácido a penitenciaría.

Mientras la causa se hallaba pendiente del fallo de la Corte Superior, Blácido, moría de pulmonía en el hospital del Cerro de Pasco, sin más auxilio que la presencia del gendarme encargado de su vigilancia. ¡Así se sustrajo a la justicia de los hombres que tal vez habían exagerado sus culpas!… ¡Así se abrieron las fúnebres puertas de la cárcel para dar libertad a ese reo que en defensa de su honra escarnecida cometió un crimen que su corazón jamás alimentó!

¡Tres tiernos huérfanos lloran hoy su desgracia, sin pan, sin hogar y al pie de la cruz de la tumba del padre donde van a orar…!

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