EL TAPADO (Cuento)

el tapadoHace muchísimos años, cuando todavía existían almas pías y temerosas de Dios en estas tierras mineras, en una rinconada de la plazuela Ijurra vivía un albañil cargado de deudas y familia que además de diligente era un dechado de virtudes. Buen padre, excelente esposo y cumplido alarife cerreño. Con mucha fe en los designios de Dios soportaba su pobreza con decoro. Jamás tenía una palabra de reproche o desesperanza por la situación que sobrellevaba y, a decir verdad, la misericordia divina nunca abandonaba a aquella humilde familia donde las oraciones y paciencia presidían los actos cotidianos. Nunca les faltó un pan para llevarse a la boca.

La fama de honrado, cumplido y excelente trabajador se hizo conocida en el Cerro de Pasco donde a pesar de su extrema pobreza era muy querido. Y, como Dios sabe premiar la fe, la esperanza y la caridad de la manera más increíble, he aquí lo que le sucedió al buen mazonero.

Un día que se encontraba puliendo y limpiando sus espátulas, badilejos, plomadas, codales, terrajones y cordeles, acertó a pasar por su puerta un anciano medio encorvado cubierto con una ropa raída y brillosa de mugre cuya mirada a través de los vetustos quevedos parecían entrever una aguda interrogación. Buen rato estuvo contemplándolo hasta que satisfecha su curiosidad decidió iniciar el diálogo:
– Buen día albañil.
– ¡Buen día nos dé Dios, señor!….
– Mire, albañil. He venido de un lugar distante de esta su casa porque he observado que es usted un buen cristiano y persona en quien confiar.
–  Gracias señor.
– ¿Querría hacerme usted un trabajito?
– ¡Claro que sí, señor! ¡Con mucho gusto!
– ¡Bueno, es que este trabajo es secreto para el que necesito de toda su discreción!
– Si así lo desea, así lo haré señor.
– Habré de pagarle muy bien y no se arrepentirá. Sólo quiero imponerle una condición. Tendrá usted que permitir que le cubra los ojos y le lleve así vendado hasta el lugar del trabajo que se hará esta noche.
– Si me ha de pagar bien y llevar de la mano… ¡acepto!

El trato quedó hecho.

Aquella noche, en cumplimiento de lo pactado se presentó el viejo de los quevedos envuelto en una vieja capa pluvial con una lámpara en la mano. Llegado a la casa del albañil procedió a vendarle los ojos y tomándolo de la mano partieron con rumbo desconocido.

El albañil que no veía nada caminaba a ciegas por las desiguales calles; subía y bajaba montículos, ascendía por empinadas escaleras, iba a la izquierda y daba la vuelta a la derecha, caminaba grandes trechos escuchando el ruido de las pisadas retumbando en las calles silenciosas. Caminó un trecho que calculó en media legua, hasta que el viejo le detuvo y le dijo:
– ¡Aquí es!….

El albañil escuchó el ruido de la pesada llave al girar en la enmohecida chapa y luego de cinco vueltas, comenzaron a crujir los goznes de una puerta tan grande como quejumbrosa.

Después de entrar el viejo colocó grandes y chirriantes trancas al portón. Siempre con las vendas sobre los ojos el mazonero avanzó por varios compartimentos y luego ingresó en un patio interior.
-¡Hemos llegado! –dijo el viejo.

Cuando le fueron quitadas las vendas, el albañil vio un vetusto patio empedrado de caprichosas baldosas de piedras donde la oscuridad reinante apenas era vencida por la mortecina lámpara minera.
– Lo que quiero es que haga una bóveda en este lugar –dijo el viejo – saque las piedras necesarias y después de hacer la bóveda para un cadáver volver las piedras a su sitio de tal manera que no se note ninguna irregularidad. Todo debe quedar como si no se hubieran tocado las piedras… ¿De acuerdo?
– ¡Claro que sí, señor!…ni usted mismo notará dónde está la bóveda.
–      ¡Bien! ¡Aquí están los ladrillos, cal, arena, agua, maderas y todo lo que ha menester para la obra!
–       ¡Magnífico, señor! –Dijo el alarife y con gran entusiasmo atacó la empresa.

Lo primero que hizo fue sacar trece baldosas de largo por cuatro de ancho para cavar la tierra hasta alcanzar una profundidad de tres varas. Cuando se aprestaba a enladrillar el agujero se oyeron lo sonoros cantos de los primeros gallos. Entonces el viejo, sentado como una momia, dijo:
– ¡Nos ha sorprendido el día!… ¿Puedes volver esta noche para terminar el trabajo?
– ¡Con gusto señor!… Esta noche terminaré la obra… ¡Venga nomás a buscarme!
– ¡De acuerdo!…Ahora, ¡toma esta moneda de oro y mañana al terminar, te daré el doble!….
– ¡Gracias… muchas gracias! Le esperaré esta noche-. Después de vendarle los ojos, lo regresó a su casa.

Efectivamente, tal como lo acordaron lo hicieron. Repitiendo la misma precaución de la noche anterior entraron en la vieja casona y bajo la tenue luz del candil quedó terminada la obra.
– Ahora- dijo el viejo de los quevedos- quiero que me ayudes a traer el cadáver que yacerá en esta cripta.

El albañil tembloroso y con los pelos de punta siguió al viejo hasta unas piezas interiores creyendo que al final hallarían el espectáculo macabro de un hombre muerto. Caminaron un largo trecho hasta encontrar un viejo arcón forrado en cuero repujado. El alma le volvió el cuerpo al albañil al comprobar que se trataba de un añejo baúl posiblemente llenos de monedas porque pesaba como un demonio.

Llevaron el arcón con mucho trabajo y lo introdujeron en el hueco. Luego con mucha paciencia el alarife volvió las baldosas a su lugar de origen quedando tan perfectas como si nadie las hubiera tocado.

Estaba amaneciendo.

El albañil fue vendado y llevado a su casa por distinto camino con el fin de que no pudiera reconstruir el itinerario seguido aunque quisiera. Llegados a la casa el viejo le dijo:
– ¡Estoy más que contento con tu trabajo! ¡Es muy bueno! En pago de ello te entrego estas tres monedas de oro. ¡Eso sí!, no lo olvides. ¡Todo lo que has visto y oído esta noche, lo tendrás callado! Debes guardar el secreto como una tumba. ¡Caso contrario una maldición caerá sobre ti!….

Después que el anciano se retirara, el albañil se quitó las vendas e inmediatamente llamó a su mujer y le dijo que Dios se había apiadado de ellos y que aquel día cocinara lo mejor que encontrara en el mercado.

Durante quince días vivieron a cuerpo de rey con las providenciales monedas de oro, después de las cuales volvieron a la misma parvedad matizada de ruegos, plegarias, jaculatorias y rezos.

Así pasaron, uno, dos, tres,… cinco años…

Un día que se hallaba fregando sus herramientas y accesorios de albañilería, acertó a pasar por su puerta, un viejo enjuto como un espectro que le quedó mirando un buen rato hasta que dijo:
– Me han dicho, buen hombre, que eres muy pobre.
– ¡Así es señor! Sin embargo no puedo quejarme. ¡Dios no se olvida de nosotros!…
– Bueno, bueno… entonces te gustaría hacer un trabajito, ¿no es así?
– ¡Siempre estoy dispuesto, señor!
– Bien, bien… necesito que me arregles la casa que el dueño anterior la ha dejado en escombros y nadie quiere habitarla.
– ¿Dónde está ubicada la casa?
– No está muy lejos de aquí… ¡Vamos!

Marchó el albañil con el longevo dueño de casa y efectivamente llegado al lugar hizo girar una gigantesca llave, abrió el portón y le hizo entrar en la casona. Pasaron una habitación y otra y otra, hasta que llegaron a un patio interior completamente empedrado. El corazón le dio un vuelco al albañil… ¡Estaba en el mismo patio donde había efectuado el entierro! … ¡¿Cómo no había de reconocerlo si cada piedra, cada rincón, cada recoveco, se había grabado en su memoria?!…

Haciendo esfuerzos supremos por disimular su emoción, llenándose de aire los pulmones ya que su corazón le saltaba en el pecho como alegre campana de pascua, preguntó:
– ¿Y quién ha ocupado esta casa que la ha dejado como un chiquero?
– ¡Que Satanás se lo lleve!… Aquí vivió un miserable usurero que durante toda su vida fue amasando plata para que al final el diablo se lo llevara. Un grandísimo explotador a quien nada importaba los demás aunque los viera morirse. Era inmensamente rico con la plata que le daba sus minas. Inclusive con sus malas artes consiguió quitarle sus yacimientos a los que le debían dinero… Esta vieja casona es lo único que he podido rescatar de todo lo que me debía el maldito. ¡Era un endemoniado canalla!
– ¿Y dónde está ese señor?
– ¡En los infiernos!… ¡Allá ha de estar!
– ¿Ya murió?
– ¡Claro que sí!…Un día reventó y lo encontraron aquí mismo.
– ¿Y sus riquezas?… –preguntó el albañil aparentando inocencia.
– ¡Se las guardó el demonio… Nadie encontró nunca nada!…probablemente lo ocultaría en una de sus tantas minas… no me extrañaría…
– Veo señor que usted no le tenía buena estima…
– ¡Qué estima podría guardarle a un granuja que nunca me pagó mis rentas!….
– ¿Nunca?
– Sólo el primer mes, después nada.
– ¿Tan avaro era…?.
– Aún más, pese a estar muerto, sigue haciéndome la vida imposible.
– ¿Cómo así, señor?
– La gente no quiere arrendar esta casa aduciendo que en la noche vaga penando el alma del abyecto que se las pasa gimiendo y llorando… ¡Dios sabe por qué! ¡Debe ser que no le han dejado entrar ni en el infierno!…
– ¡Mire señor. – Dijo el albañil tomando aire y tratando de disimular la emoción que le aceleraba las pulsaciones secándole los labios-. Si nadie quiere vivir aquí, deje que yo venga a habitarlo con mi familia por espacio de tres meses y, a cuenta de los alquileres, dejaré la casa como nueva! – Hubo un largo silencio en el que el viejo quedó mirándolo de hito en hito por largo tiempo, hasta que casi gritó
– ¡¡¡ ¿Es posible?!!!
– ¡Seguro que sí!, ante el griterío de los inocentes no hay fantasmas que se resistan. Los angelitos harán huir al mismísimo demonio. Además yo traeré al cura para exorcizar el lugar y le aseguro que en los tres meses que viva con mi familia el fantasma desaparecerá…
– ¡¡ ¿Tendrá el valor de vivir con su familia aquí?!!….
– ¡Sí señor! … ¡Yo y mi familia tenemos el apoyo de Dios y no le tememos a ningún espantajo!…
– ¡De acuerdo albañil, de acuerdo!… De aquí a tres meses me entregará usted la casa muy bien remozada y sin fantasmas… ¡¿No es cierto?!
– ¡Así es señor!
– ¿Y….No tendré que pagarle nada….?
– ¡Nada….!
– ¡Trato hecho!….

Viendo que la oferta le convenía, el dueño de casa se apresuró en transar con el alarife que inmediatamente trasladó su numerosa prole al caserón de marras.

Lo primero que hizo una vez instalado fue elegir una noche tranquila cuando su mujer y sus hijos dormían, para proceder a sacar el tapado.

Inicialmente removió cuatro baldosas por cuyo hueco introdujo el cuerpo de un perro recientemente sacrificado con el fin que el antimonio producido por las monedas enterradas fuera absorbido por el cuerpo y la sangre del can. No quería correr el riesgo de envenenarse con el gas letal de antimonio que emanan los metálicos entierros.

Pasado un tiempo prudencial volvió a sacar las piedras y con mucho cuidado procedió a abrir el viejo arcón de cuero repujado. Al ver su contenido quedó maravillado. Relucientes monedas de oro atiborraban el baúl hasta el tope. Agradecido por esta merced que el Hacedor Supremo le enviaba, se puso de rodillas y con mucho fervor oró y, al día siguiente, hizo celebrar una misa por el descanso y paz eterna por el viejo de los quevedos en la iglesia Santa Rosa. Y como lo había prometido, fue remozando con mucho ahínco los patios, los pasadizos, la sala y los aposentos; cambió puertas, ventanas, balaustres y escaleras; hizo repajar el techo y al cumplir los tres meses, la vivienda estaba como nueva. Pero así como la casa iba renovándose, también el albañil –ayer andrajoso y pobre- fue convirtiéndose en el hombre mejor vestido del Cerro de Pasco. Los domingos asistía a la Santa Misa. Las limosnas en la iglesia eran pródigas. Tenía abierta las manos para los pobres de la ciudad minera. Jamás se olvidó de rezar al Todopoderoso.

Vivió muchos años.

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