LA CUEVA DE ARAGÓN

la Cueva de Aragon
La Plaza Carrión después de que don Benjamín Aragón la aplanara y dejara expedita tras erradicar la inmundicia. A la derecha se ve el local de la Beneficencia Española que más tarde fue donada al Instituto Industrial Nº 3. Enfrente, el Hotel América hoy Hostal Santa Rosa. A la izquierda el Mercado de Abastos.

¡Cuántas cosas han ido perdiéndose en nuestro pueblo! La avasallante picota minera, voraz, inconteniblemente famélica, ha ido devorando con sus fauces insaciables todo lo hermoso de nuestra tierra. Calles añejas retorcidas y misteriosas, cargadas de historias que la imaginación popular ha llevado a extramuros de leyenda; casas coloniales carcomidas por el tiempo implacable y la indiferencia de sus pobladores; paredes abandonadas por el apresuramiento de sus habitantes que en éxodo masivo han huido de la larga pesadilla de su diaria agonía; vetusto escenario de rancios avatares: asonadas, motines, escandalosos amoríos, duelos, crímenes hasta ahora impunes, huelgas…

Cada una de estas calles tortuosas, cada una de estas casonas seculares, cada plaza, cada esquina, cada camino, cada recoveco, cada rincón, esconde una historia. Por ejemplo, hoy en día, en el camino que une a la calle Yauli con nuestra vieja escuela de Patarcocha -altura del Coliseo Municipal- se distingue los vestigios de una caverna que poco a poco se ha ido cubriendo de basura que las gentes arrojan, luego con el desmonte traído de algunas minas y, en la actualidad, con las viviendas arrinconadas por el avance del “Tajo Abierto”. Esta caverna se denominó “La Cueva de Aragón” y su historia es ésta.

Entre los hombres que fijaron su residencia en nuestra tierra a fines del pasado siglo arribó un adusto y diligente personaje que venía del vecino pueblo de Canta donde había ejercido gobierno político: Don Benjamín Aragón.

Nombrado subprefecto de nuestra provincia dio muestras de dinamismo y disciplina ejemplares por su carácter enérgico y perseverante. A más de un mozo noctámbulo, camorrista y borrachín, esto le pareció prepotente y abusivo. Pese a su rectitud y hosquedad, estaba dotado de una marcada sensibilidad social que le hizo comprender que la abulia de nuestro pueblo no podía ser cambiada sino por un trato enérgico y expeditivo. Con esta poderosa razón quiso realizar una obra que, a su modo, contribuiría con nuestro progreso.

Para ese entonces, la actual Plaza Carrión no era sino un conglomerado de nauseabundos lodazales donde hocicaban los cerdos de la ciudad y potrero donde se amontonaban las acémilas que usaban los arrieros para el transporte. Este fangoso barrizal despedía unos olores insoportables por todos los miasmas allí contenidos haciendo un suplicio el transitar por el lugar.

Don Benjamín Aragón, decidió asear y darle cuadratura para convertirla en una plaza decente a la que cuidaría, en tanto la gente cerreña pudiera tomar conciencia de su responsabilidad. Pero como la tarea sería demasiado dura porque no se contaban con los fondos necesarios para el caso, echó mano de un recurso que desde el comienzo, juzgó, le acarrearía muchos enemigos.

Desde siempre –todos los sabemos- el Cerro de Pasco era no sólo un publicitado emporio de riquezas que todo el Perú disfrutaba sino también foco de las más variadas y bajas pasiones humanas. Tabernas, fondas, tascas y cantinas concurridas por una bohemia contumaz y vocinglera; fumaderos de opio atendidos por famélicos chinos; burdeles en los que los cerreños se disputaban a punta de puños y a veces hasta de armas el favor de mujeres guapas venidas de los confines del mundo para saciar su sed de dineros y aventuras; garitos en los que se jugaban abundante dinero, prendas y haciendas y hasta el honor de los libertinos; es decir, los más variados y exigentes escenarios para los más disipados y exigentes vicios.

Consciente de esto decidió echar mano del inacabable contingente de borrachos, pendencieros, fumadores, “faites”, tahúres, proxenetas y meretrices que, a su modo, aportarían la “mano de obra”. Todas las noches con su fuete bajo el brazo seguido de una patrulla de fornidos guardias realizaba redadas en los bajos fondos. Camorrista que encontraba, ¡A chirona! Mujer escandalosa que saliendo de sus predios se tiraba a las calles a armar escándalos de padre y señor mío, ¡Adentro! Fumones que plácidamente inhalaban opio en las trastiendas de la calle del Marqués, ¡Adentro! Tahúres esquilmadores que hacían flores con los naipes o dados sobre los verdes tapetes de los garitos, ¡Adentro! Borrachos, numerosos borrachos que deambulaban de taberna en taberna en una voluntariosa romería con pasos inseguros y refriega a flor de piel, ¡Adentro! Ni los mocitos tarambanas de “buena familia” se salvaban; si armaban escándalo, como casi siempre lo hacían, ¡Adentro! Don Benjamín no se casaba con nadie; preso que caía, preso que iba a parar en las frías intimidades de la cueva de Aragón a dormir la mona.

La Cueva, como ustedes lo habrán podido colegir, era la caverna -referida al comienzo de este relato- convertida en prisión, dotada de unos recios barrotes de hierro. Abría sus puertas con los primeros rayos del sol, hora en que, dotados de herramientas reunidas por el subprefecto, “los presos” tenían que limpiar la plaza de toda la cochinada que la atoraba. Nadie, por más pintado que fuera, se escapaba del castigo. Si trataba de evadirse se condenaba a una o dos amanecidas más. Nunca se supo de nadie que infringiera la ley. Para recordárselo allí estaba don Benjamín con ceño adusto, cabellos entrecanos y su talante respetable; fuete bajo el brazo, pantalón de montar, botas siempre brillantes y su recio saco de “Diablo Fuerte”.

Pronto, con ese dinamismo admirable y sin hacer caso de la maledicencia ni los halagos concluyó con la obra que había soñado: una plaza para el Cerro de Pasco.

Siguiendo el trazo original de aquel viejo reformador comenzaron a erigirse edificaciones hoy existentes como la casona de la familia Verástegui; la casa de la familia Casquero y otras respetables familias cerreñas. El 1º de junio de 1903, a iniciativa de aquel recordado chapetón minero, torero y cantor, don Nicasio Gallo, se edifica el local de la Beneficencia Española, donde actualmente se levanta el Colegio Industrial. Más tarde la plaza toda serviría como escenario de las corridas de toros. Se cerraban las bocacalles con enormes carretones, se levantaban graderías y estrados para los espectadores semejante a las capeas españolas. Por este motivo también se le llamó Plaza de Acho. Andando el tiempo, el coso taurino con todos los cánones vigentes, es erigido dentro de la Beneficencia Española. Entonces la “Plaza Aragón” se convirtió en escenario de grandes partidos de fútbol. Cuando se construyeron campos deportivos ad hoc, se dejó en paz a la mencionada plaza donde se ubicó un establecimiento que por muchos años gozó de encumbrado prestigio en todo el centro del Perú: el Hotel América.

Por disposición municipal regida por Valentín López Espíritu –Extraordinario hombre que nunca olvidaremos- las casas ahí erigidas se asearon y encalaron dándole un marco de belleza e higiene. Actualmente se halla aquí el colosal monumento a nuestro mártir cerreño, Daniel Alcides Carrión. Todo se lo debemos a la diligencia y valor de don Benjamín Aragón.

Plaza Daniel Alcides Carrión
Imagen de la Plaza Daniel Alcides Carrión que fue implantada por don Benjamín Aragón y embellecida por aquel inolvidable hombre de bien: Valentín López Espíritu.

 

2 respuestas a “LA CUEVA DE ARAGÓN

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