LOS AÑOS FELICES

Escribe: José Romero. Publicado en LA ABEJA (Información y opinión) de Agosto 2017

la cachangaHoy comí después de tiempo unas bombas con miel y para guardar la tradición lo hice en una carretilla, las de siempre. Junto con ello pedí una porción pequeña de fideos horneados con miel (al estilo turrón). Me supo delicioso como siempre y los sabores trajeron consigo los recuerdos de la niñez y primera juventud.

De aquellos años recuerdo a una tienda en la esquina del colegio Nazareno (donde estudié los cinco años de la Primaria) en el distrito de Breña donde vendían los “helados de invierno” y “los quesitos de leche” cual moldes pequeños de queso. A la salida también iba una señorita ya mayor pulcramente vestida que vendía papitas rellenas “a sol” (de los de entonces, por supuesto). Era época también de las gaseosas IQ, Bimbo, Pasteurina, Canada Dry y de los Picolines, los caramelos de “perita y limón” a granel, los caramelos Ambrosoli de anís y los rellenos con sabores a frutas.

Ya en la secundaria siguieron acompañándome esos recuerdos y al concluir mis estudios ingresé a la universidad. El día que fui a ver mis resultados fui agasajado por mi hermano Juan, dos primos y un amigo. Aquella noche fuimos al “Jinete” que quedaba frente al Hospital de Policía en la avenida Brasil. A eso de la una de la mañana, mi primo Augusto “nos invitó a comer unos sanguches”. Grande fue mi curiosidad para saber a dónde iríamos pues en esos años (comienzo de los 80s) no había lugares como ahora. Nuestro destino fue la puerta del entonces cine Brasil donde se estacionaban carretillas iluminadas por potentes lámparas “Petromax” donde se vendía sanguches de pierna de cerdo con sus frejolitos chinos, de tortillas de verduras y de hot dogs de colores intensos. No faltaban tampoco las rumas de huevos fritos listos para aplacar el apetito de taxistas y transeúntes lechuceros.

Pasó el tiempo y los recuerdos se asocian con nuestras visitas a la aún siempre vigente “Doña Julia” en la avenida Cuba en Jesús María, a pocos metros de la Plaza San José. Ahí íbamos a degustar los poderosos anticuchos cuya tradición se mantiene incólume, hoy de la mano de una de las hijas de la señora Julia y de su esposo, mi amigo Agustín Cisneros, Presidente del Arsenal de Jesús María.

Con el tiempo me hice habitué de las jornadas futbolísticas en el Estadio Nacional. En aquellos años compartí tribuna con gente a la cual solo veía los días de los partidos. Un jubilado, un obrero textil, un joven comerciante y yo. Nos unía la pasión por el mejor de los equipos, Universitario de Deportes y nos reuníamos en el exclusivo balcón superior de Norte con Occidente. Para aplacar el hambre arrancábamos con canchita de un joven con escasos dientes que gritaba…”canchay..canchay..canchay”. Luego venían los sanguches “de carne”, aunque nunca me cayeron mal, tampoco nunca supe carne de qué eran y al finalizar la programación tomaba un poderoso emoliente, cuyos vendedores se resisten a desaparecer y hoy han incrementado “su carta” y el horario de venta. En las mañanas venden desayuno (quinua, siete cereales, maca y los contundentes sanguches de tortillas de verduras y de hot dog , de queso y de huevo frito) y en las noches frías del invierno limeño, los clásicos emolientes “con todo”.

Hoy en día ya no asisto con frecuencia al estadio pero cuando lo hago asisto a Norte, donde nació La Trinchera y si usted amigo (a) que me lee es hincha crema, vaya temprano un día que no se juegue un partido “picante” y sea el primero en pedir su plato de arroz con pollo. Les sabrá mejor que en sitio gourmet.

Y para concluir con este paseo por mis recuerdos y presentes, les cuento que no dejo de ir donde “mi tío” que vende contundente sancochados en la esquina de Sucre con Rosa Toledo en Pueblo Libre; donde mi amigo Oscar Queirolo en la clásica esquina de Camaná con Quilca, el Queirolo, para comer un poderoso Cau Cau; a tomar un Pisco Sour Catedral donde Eloy Cuadros, el master de masters que atiende fielmente en el Bar del Hotel Maury; los contundentes salchipapas del bar Munich; una tremenda Butifarra en el Santa Isabel de la cuadra 5 de Carabaya y para una buena tertulia sobre fútbol en el café Dominó donde me encuentro con el Gran Mario “La Foca” Gonzáles.

No es que le corra a los sitios “inn” sino que las fondas, las carretillas y los bares tradicionales tienen su encanto e historia. Son parte de una Lima que se resiste a morir y no morirán mientras les seamos fieles. La historia y la tradición tienen calidad y no tienen precio¡

PS Dentro de dos días, el 27, celebraré los dos primeros años como columnista del portal La Abeja (laabeja.pe)     … ¡que sean muchos más!

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