NUESTRO 73º ANIVERSARIO

Estimados lectores por un error de edición el gestor de contenidos no programó adecuadamente los artículos del autor del blog con referencia al tema del aniversario de Pasco. Pedimos disculpas por las molestias que se pudo causar.

Cerro de Pasco - Carátula del libroHoy 27 de noviembre de 2017, recordamos los setenta años de la fundación del Departamento de Pasco. En 1931, el despreciable tirano Luis Miguel Sánchez Cerro nos despojó de la capital del departamento de Junín que por más ochenta años lo desempeñamos con altura.

Este acontecimiento nos mueve a reflexionar sobre todo lo que nos ha acontecido.

Comencemos por el principio. Nuestro pueblo nace cuando se efectúa el primer denuncio de sus minas. Hasta ese momento -octubre de 1567- los yauricochas, nuestros antepasados, habían vivido tranquilamente alternando la caza con el trabajo minero. Sí, tres cientos años antes –esto lo afirman reputados historiadores- ya trabajaban el oro y la plata con una pericia extraordinaria. Esta no es una invención antojadiza. Los cronistas españoles: Pedro Cieza de León, Íñigo Ortiz de Zúñiga, Garcilaso de la Vega,  Agustín de Zárate, Francisco de Jerez y Pedro Sancho de la Hoz, se encargaron de dejar el testimonio que aquellas obras de arte que nuestros antepasados enviaron a Cajamarca para el rescate del inca Atahualpa, fueron fabulosas. Todas estas esculturas concitaron la admiración de los extranjeros. Los especialistas afirman: “Los yauricochas fueron los más brillantes orfebres de América”.

Cuando en el Cusco se enteraron, nuestro suelo se convirtió en  codiciado botín. Con engaños y prebendas nos anexaron en tiempos de Pachacutec (1460). A partir de entonces, todo el oro y la plata de nuestro territorio, se fue para el Cusco sin que nada quedara aquí. Había pena de muerte para los que osaran apropiarse de ellos. Los cusqueños fueron nuestros primeros explotadores.

Posteriormente los españoles, convirtieron a nuestra tierra en fuente de interminables caudales al precio de un dantesco genocidio nunca jamás igualado en la tierra. Las minas cerreñas se convirtieron –a través de toda su historia- en tumbas malditas con miles de vidas truncadas en sus galerías siniestras como aquellos 300 hombres que murieron en 1756 en la mina de Matagente, o aquel de 29  hombres que en enero de 1910 fallecieron  mutilados por una explosión de gas grisú de “Pique Chico” en Goyllarisquizga y que, en el mismo lugar, desaparecieras 300 hombres más en agosto de aquel año.  O aquel grupo de 57 hombres que en igual forma murió en “El Dorado”. No olvidemos tampoco la matanza de diciembre de 1908 ni tantos otras hecatombes en los que desaparecieron nuestros hombres en su inacabable trabajo por extraer los sangrientos minerales.

Pero es necesario remarcar que no sólo dimos riquezas minerales. También le brindamos el generoso aporte humano de nuestras gentes. Cuando cansados de los atropellos deciden alzarse en protesta, forman las gloriosas montoneras que se levantan en contra de los abusivos. Triunfaron. Sus nombres han sido eclipsados por los indolentes y los canallas. Comenzando por nuestra preclara heroína María Valdizán que no sólo con sus peculios aprovisionó a sus compatriotas sino también con su vida. Mantenía informado de los movimientos de los realistas a los luchadores del pueblo: Camilo Mier, comandante en jefe de las guerrillas cerreñas; Mariano Fano, en Cahupihuaranga; Pablo Álvarez, en Huachón; Ramón García Puga, en Yanahuanca; Antonio Velásquez, en Pallanchacra; Cipriano Delgado, en Tapuc Michivilca; Custodio Álvarez, en Huayllay. Antes, mucho antes, contumaces luchadores de nuestro pueblo fueron juzgados en febrero de 1812: Fray Mariano Aspiazu; Mariano Cárdenas Valdivieso y Manuel Rivera Ortega. Cuando por orden de San Martín, Álvarez de Arenales llega a nuestro territorio, se sorprende de la manera cómo habían luchado nuestros hombres para allanar el camino de nuestra libertad.

Jurada nuestra independencia, los frutos fueron cosechados por los poderosos. Nuestro pueblo fue vilmente postergado, como siempre. Desde entonces nada ha cambiado. Cuando a mediados del siglo XIX se abren las puertas de nuestra patria a los extranjeros, éstos toman como lugar de residencia a nuestro suelo. Claro. ¡Explotaron  sin descanso sus proverbiales riquezas mineras!! De todos los rincones del mundo vinieron a afincarse en nuestra tierra. Españoles, ingleses, franceses, croatas, húngaros, italianos, dálmatas, montenegrinos, checos, bosnios, chinos, japoneses, griegos, norteamericanos, jamaiquinos, judíos… Se establecieron doce consulados. Nuestra tierra se hizo conocida en todo el mundo. En cincuenta años amasaron incalculables fortunas con las que edificaron grandes casonas en diversas partes de nuestro territorio. Mientras estuvieron en nuestra ciudad vivieron plácidamente en sus palacetes particulares con acomodo y holgura, recordando, sus costumbres, sus danzas y sus canciones. Nuestro pueblo que tenía acceso a sus celebraciones las asimiló a su modo. Así nació, la muliza, la chunguinada, y muchas canciones con retazos de influencia extranjera. En lo material, a parte de la torre del Hospital, el cementerio y el propio hospital, nada más dejaron para la tierra bendita que los había hecho ricos. Todos estos forasteros pensaban, como nosotros seguimos haciéndolo, que en corto tiempo nuestras minas se agotarían. No ha sido así. Los huesos de los agoreros se han blanqueado en los camposantos mientras nuestra tierra sigue impertérrita hacia delante, inagotable, desde hace quinientos años. Con todo lo que acumularon bien pudieron edificar una catedral, teatros, universidades, bibliotecas, museos, colegios, como sucedió en Guanajuato, Potosí, Oruro, Sombrerete, Real del Monte, etc., ciudades mineras como la nuestra. No tuvimos esa suerte. Todos sus caudales se los llevaron a otros lugares y nuestra ciudad quedaba ruinosa y destartalada como bombardeada por salvajes enemigos. ¡Mírenla ahora! No es sino un cráter siniestro con sus gentes que, para no morir, se han aferrado a los cerros.

CONTINÚA…..

 

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