El Cerro de Pasco en las Tradiciones peruanas

Estimados amigos y amigas permítanme compartir el video de la presentación del libro “El Cerro de Pasco en las Tradiciones Peruanas”, realizado el lunes 18 de diciembre en la ciudad del Cerro de Pasco, distrito de Yanacancha vía on line.

Mi agradecimiento eterno a la Municipalidad de Yanacancha, a su señor Alcalde así como a su magno Concejo que han permitido que este libro se produzca y pueda llegar a todo el pueblo de Pasco con la única y sana intención de fortalecer nuestra historia.

Aprovecho la oportunidad de desearles a cada uno de ustedes unas felices fiestas. Gracias amigas y amigos.

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Recordando a Crose

Escribe: Raúl Rivera Escobar Publicado en LA ABEJA de Octubre  del 2016.

Con especial respeto y admiración publicamos esta simpática nota recordatoria de un artista ejemplar ligado a nuestra niñez. Recuerdo aquella negra época de mediados del siglo pasado cuando la persecución a los apristas era implacable. En el Cerro de Pasco íbamos a la zona del Polvorín de Garga donde el postrén León, tiraba los paquetes de LA TRIBUNA (En ese tiempo prohibida) y allí repartían a los centenares de apristas que compraban el periódico. Yo compraba el mío por encargo de mi abuelo. Lo hacía con mucho cariño porque los muchachos leíamos, Pachochín, Sampietri,  Jarano y otros de ese maestro que fue CROSE. Su partida fue para quienes lo quisimos un golpe muy triste.

Carlos Roose Silva (Crose)Hace unos días falleció el caricaturista Carlos Roose Silva, el popular “Crose”. La sensible pérdida de este personaje viene a sumarse a la, también relativamente reciente, de otra gran figura nacional del lápiz como Julio Fairlie, activo partícipe, junto al primero, de la gran renovación de la historieta nacional desde fines de la década de 1940.

Crose había sido el autor de la que se considera la primera tira cómica nacional. En 1947 aparecía en las páginas de La Tribuna, “Pachochín”, un personaje abiertamente inspirado en la figura del presidente Bustamante y que, tal como su referente, hacía gala, en medio de sus aventuras, de una paciencia fuera de lo ordinario.

Personajes de Crose“Pachochín, un hombre de paciencia”, sin embargo, pasaría, en el transcurso de una año, a ser “Pachochín, un hombre pegado a la letra”, con una diseño distinto, al parecer, en resguardo de la buena imagen del presidente, que habría de ser derrocado ese mismo año por un golpe militar.
Desde allí puede verse la evolución del trazo de Crose, más o menos ya definido cuando empieza a trabajar en Tacu tacu (1949), donde elabora historietas como “Pullino”, al lado de artistas como el propio Fairlie.

Luego seguiría su participación en Canillita (1950), creando personajes como “Canillita” o “Coco”. Allí dibujaría junto a Nayo Borja, artista que luego tendría participación muy prolongada en el diario El Comercio.

En 1952, el matutino Última Hora toma la iniciativa de reemplazar todas sus tiras cómicas extranjeras por nacionales, publicando, a partir de entonces, creaciones como ”Sampietri” de Julio Fairlie; “Boquellanta”, de Hernán Bartra; “Cántate algo” de Jorge Salazar o “Serrucho”, de David Málaga.  Para cuando pasa a Patita (1954) Crose ya comparte plenamente la inquietud de esta nueva generación de dibujantes peruanos por explotar el espíritu criollo y picaresco de los tipos populares urbanos, que van surgiendo en una Lima en expansión por el fenómeno de las continuas migraciones del ande a la capital.

La tendencia va a ser confirmada por el artista en Correo, donde, desde inicios de los años setenta, hace publicaciones regulares en el suplemento Sucesos, encargándose, además, de creaciones como “La tira de Chicho” y dando vida a “Jarano”, “Draculín” o “Don Mamerto”, que, junto a “Pachochín”, se irían a convertir en sus personajes emblemáticos durante muchos años.

Ampliamente conocido en los últimos tiempos por su trabajo humorístico en la prensa popular de alcance masivo, Crose era un artista de una creatividad y un talento artístico inagotables.

Siguiendo la línea picaresca, fue autor, hasta sus últimos años, de “Don Potencio” o “El niño Querubín”, que salían regularmente, junto a su sección de humor “Domingueando con Crose”, en el diario Ojo, aunque sus participaciones se multiplicarían en muchas otras publicaciones del grupo Epensa.

Crose hoy nos ha dejado físicamente, pero, como los grandes, permanece presente en el recuerdo de amigos y colegas que lo conocieron y que admiraron siempre, no sólo por su protagonismo en un momento fundamental de la historia de nuestras artes gráficas, sino también por su don de gentes y su calidad de generoso maestro de nuevas promociones de exponentes del lápiz.
Sirvan estas breves líneas como un breve, pero sentido, homenaje a su memoria.

LA LAGUNA DE LA ESPERANZA

la laguna de la Esperanza
Talleres y primeras viviendas de los norteamericanos sobre terreno desecado que había sido la Laguna de la Esperanza, propiedad de George Steell a comienzos del siglo veinte. Trasladadas estas dependencias a zonas de la lumbrera Lourdes se aplanó para quedar convertidos en campos deportivos.

El primitivo nombre de la vieja ciudad minera del Cerro de Pasco era, como se sabe, San Esteban de Yauricocha. Su territorio estaba compuesto por una serie de lagunas que se comunicaban unas con otras por naturales conexiones subterráneas y panorámicamente parecía un enorme lago con islotes gigantescos de donde, prolija y secretamente, obtenían los codiciados metales preciosos, principalmente la  plata nativa. La más notables de estas enormes lagunas era Patarcocha que se unía con Chaquicocha y subterráneamente con Yanamate desaguando su contenido en una extensa corriente que a manera de un río iba a caer en la Esperanza por el abra denominado Paccha. Como se podrá deducir, toda la grande extensión que actualmente es ocupada por los campos deportivos, la mercantil, las escuelas y el campamento residencial de los obreros, constituía el aposento de la laguna de la Esperanza, la misma que se comunicaba con Lilicocha, laguna que también fue desecada, y en ese tiempo, se extendía por todo el terreno del Oconal, colindante con el barrio Misti, Buenos Aires y todo el terreno ocupado por la cárcel central y el hospital del Seguro Social. Esta laguna terminaba de desaguar por Cabracancha, arrojando sus aguas a la vieja y legendaria Quiulacocha.

La laguna de la Esperanza era el aposento de una enorme variedad de “chalhuas” y ranas visitada por las aves lugareñas en los atardeceres, más allá, el ingente cerro de Uliachín y al lado sur, la Vizcachera; madriguera de numerosos roedores cuyas cabecitas amedrentadas y alertas asomaban de rato en rato, especialmente al caer el sol de la tarde.

Al finalizar el siglo pasado, un emprendedor inglés adquiere los terrenos de la ribera de la laguna, justamente debajo de la vizcachera para iniciar allí una novísima industria que llenaría un vacío grande en el Cerro de Pasco: una ladrillera. El nombre del comprador: George Steel, nada menos que Cónsul General de Su Majestad Británica. Este le pone por nombre: Hacienda La Esperanza.

El trabajo se hace intenso, la producción notable y las ganancias exorbitantes. Paralelo al trabajo y ya sin ninguna intromisión, la laguna continuaba con su vida rutinaria y secular. Al comenzar el presente siglo llega al Cerro de Pasco el rico minero Mc Cune, que se aloja en la hacienda La Esperanza y con monedas de oro contantes y sonantes compra las propiedades de su anfitrión y las minas de Miguel Gallo Díez, Salomón Tello, Raquel Gallo, Isaac Alzamora, Baldomero Aspíllaga, Roberto Plücker, José Payán, Ernesto Odriozola y muchos otros que sirvieron de base para que el 26 de febrero de 1902, se fundara la Cerro de Pasco Mining Investment Company.

Una de las primeras medidas que adopta la compañía norteamericana es el desecado de la laguna, para la ampliación de sus labores mineras en aquel terreno. Al expandir el canal natural de desagüe, las aguas bajaron en tal magnitud que en el lecho de la laguna quedó un fango espeso donde las “chalhuas” y las ranas agonizaban irremediablemente. Lo más notable de todo es que la gente arremolinada allí para recoger ranas y “chalhuas” vio en el centro del lecho una colosal rana de enorme bocaza, ojos saltones, patas gigantescas y cubierta de negras cerdas que las dejó anonadadas. Apenas si se movía del lugar en el que estaba. Daba la impresión de estar en acecho para defenderse de cualquier ataque. Naturalmente la multitud estaba sobrecogida de terror.

Cuando los nuevos dueños de la Esperanza ordenaron que sus obreros entraran a sacar a la rana, todos se negaron; todos menos uno: Cesáreo Pagán. Se ató con una soga uno de cuyos extremos controlaban los obreros. Entró y se sumergió en el légamo hasta el pecho armado de un valor extraordinario. El avance se hacía muy difícil. La muchedumbre lo animaba y Pagán con una audacia inaudita llegó hasta la rana que al verlo se agazapó y, cuando estaba por atraparlo, pegó un salto descomunal que estuvo a punto de derribar a su perseguidor. Armado de coraje, Pagán volvió al ataque logrando enlazarlo, así inmovilizado, logró atraparlo a duras penas. Ya casi exhausto la levantó como una criatura gigantesca, sólo entonces entraron a ayudarle los hombres que presenciaban las acciones.

El espécimen capturado era una extraña y descomunal criatura que de inmediato fue introducida en un depósito cisterna y dotada de todas las facilidades fue enviada a los Estados Unidos para que efectuaran un estudio de su conformación anatómica.

Los cerreños aseguran que aquella rana, era la madre de todas nuestras riquezas minerales que al ser enviada a los Estados Unidos de Norteamérica, allá se fue la rana con nuestros patrimonios minerales.