EL MAESTRO, CARLOS REYES RAMOS

El maestro Carlos Reyes Ramos

Una de las personas que a lo largo de mi vida me ha impresionado grandemente fue Carlos Reyes Ramos, un artista tan extraordinario que nos dejó una enseñanza imperecedera de humildad y grandeza.  Permítanme recordarlo ahora.

            Era notablemente moreno, de talla mediana, talante modesto acentuado con su vestir, limpio y ordenado, pero sencillo. Cuando lo conocí, me impresionó su sencillez y su simpatía. Fue don Lucho Llanos quien nos  presentó. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática sin ningún tipo de afectación dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba a partir de la once de la noche irradiando poemas con piezas clásicas de los grandes maestros y música romántica en alternancia. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios, pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones suyas que con mucho gusto las irradié y las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA.

Un domingo me sorprendió verlo arbitrar un partido de fútbol de la Liga. Lo hizo con acierto y se le abrieron las puertas del difícil e incomprendido deporte de juzgar las jugadas ajenas.

Pero la sorpresa mayúscula e inolvidable la recibí una noche en la que don Lucho nos hizo una invitación especial a LA ESQUINA DEL MOROCHO. Armó un hermoso programa evocativo en el que el número central lo ocupó Carlos Reyes Ramos. Sorpresa. Nos llenamos de enorme satisfacción al comprobar que era cultor de la guitarra clásica y conocido concertista en la Lima de aquellos días. Aquella noche, en atención al grueso de los invitados, especialmente gente de la radio, periodistas, maestros y otros intelectuales, acompañado de “Vichi” Llanos, ejecutó en laúd, hermosísimos valses populares que nos emocionaron mucho. IDOLATRIA, ROSAS DE OTOÑO, ISABELITA, LOS ROSALES, TU OLVIDO y muchos otros que  ganaron el aplauso general de los habitúes. La humorada llegó al tope cuando secundaron la interpretación de voces hermosísimas y perfectamente afiatadas de los Hermanos Llanos: Marcial y Lucho. Ellos, al estilo implantado por aquel inolvidable trío argentino de Irusta – Fugazot y De Mare, nos hicieron vivir todo el esplendor de los valses que siempre están presentes en la memoria. Jamás olvidaremos aquella noche amenísima que terminó el domingo a las ocho de la mañana con un reconfortante caldo de cabeza…

Olvidaba comentarles que en aquella velada, con una cortedad conmovedora nos ofreció sus servicios personales de sastrería. Como era de esperarse, ganó numerosísimos clientes. Así que en el transcurso de una semana nos visitaba trayéndonos figurines y muestras de telas de excelente calidad, nos tomaba medidas que anotaba en un cuaderno y recortaba un pedazo de la tela elegida junto con el compromiso. A la semana siguiente ya nos estaba probando los trajes. Hacía ajustes con alfileres y puntadas, trazos con tizas e hilvanes y,  nuevamente se llevaba los trajes a Lima. A la semana siguiente ya los teníamos listos. La totalidad de sus admiradores le encargábamos nuestros ternos. Sólo de esa manera podíamos gozar de sus visitas semanales. Se alojaba en la casa de su anfitrión y hermano de juramento, don Lucho Llanos, en donde siempre fue tratado con un cariño y respeto extraordinarios. Doña Isabel Goyena, esposa de don Lucho, su hijo Vichi, Ignacio y sus hermanos, se desvivían por atenderlo. No podía ser  menos, don Lucho siempre fue un caballero a carta cabal y, Carlitos bien se lo merecía.

Sábados y domingos, cuando nos visitaba, tras los encuentros futboleros, recalábamos a la ESQUINA DEL MOROCHO y allí, pudimos  gozar de su acertada digitación en ejecuciones clásica con piezas de Soir, Tárrega, Villalobos, Rodrigo y muchos otros maestros inolvidables. Es más, con esa sensibilidad muy suya, hacía marco flamenco -que también dominaba-, para invitarme a recitar poemas de Ochaíta, Rafael de León, García Lorca y otros poetas españoles; todo con una aceptación general que me conmovía. A partir de entonces, casi en todas las humoradas de LA ESQUINA DEL MOROCHO alternábamos con música y poesía. La costumbre se extendió y sirvió para que hagan conocer sus creaciones varios poetas lugareños como Juvenal Augusto Rojas, Carlitos Rodríguez Minaya, Arnulfo Becerra Alfaro y un inquieto joven que había llegado del norte a prestar servicios en el Colegio Carrión: Genaro Ledesma Izquieta. Como es natural, mi admiración y mi afecto hacia Carlitos crecieron enormemente. Él correspondía con creces este sentimiento fraternal. Lo admirable de todo –yo diría, ejemplar- que no obstante ser un artista de tantos pergaminos, siempre buscaba mantener un perfil bajo con humildad conmovedoramente admirable. Es más, solía contar con un gracejo especial numerosas anécdotas en las que no siempre salía bien parado.

Una de ellas dice que estando apremiado de viajar al asiento minero de Chicrín –a doce kilómetros del Cerro de Pasco- sin que apareciera ningún carro que pasara por aquel lugar, vio que a la puerta del restaurante EL VIAJERO se hallaba una camioneta de aquella compañía minera.  Urgido como estaba entró en el establecimiento y pidió a los ingenieros que allí estaban almorzando, que por favor lo condujeran al mencionado lugar. Naturalmente aceptaron la petición, pero le dijeron que como en la cabina no podrían caber todos, se acomodara en la parte posterior. Carlos subió, se acomodó y esperó a que los ingenieros salieran del restaurante. Ya estaba un buen tiempo sentado allí, cuando advirtió que un canillita que voceaba los periódicos limeños, lo contemplaba de arriba a abajo  de una manera tan escandalosa que ya molesto le preguntó.

— ¡¿Que  miras tanto muchacho del diablo?! Acaso, ¿Tengo monos en la cara?

— No, señor.

— Entonces, ¿Qué tanto miras?

— Miro porque: ¡Es la primera vez que veo una camioneta con chimenea! – y diciendo esto, carcajeándose escandalosamente se alejó del lugar.

Otra vez ocurrió lo siguiente. Un domingo en la mañana, antes de ir al estadio donde ambos debíamos cumplir nuestras correspondientes tareas, me dijo que el gran Alirio Díaz, extraordinario guitarrista venezolano, entonces visitante de nuestra capital donde estaba actuando y alumno preferido del maestro Narciso Yepes, estaba buscando una guitarra de doce cuerdas y la quería para su colección particular que era muy conocida. Como estos instrumentos se vendían en el mercado cerreño fuimos allá. Efectivamente, pletóricas, con adornos especiales, colgando de la parte alta se lucían cuatro o cinco guitarras de doce cuerdas. Como quien no quiere la cosa le solicitamos al vendedor a que nos las mostrara, eso sí, sin traslucir ningún entusiasmo para evitar que nos subiera el precio. Carlos probó una y otra hasta que eligió una muy bonita. Como se usa en estos casos, comenzamos a regatear el precio. El dueño se había plantado en ochenta soles y nosotros le ofrecíamos setenta. Tanto fue el tira y afloja que transamos en setenta y cinco y, al momento de cancelar la cuenta, el dueño nos dijo; “Como se están llevando una buena compra, voy hacerle un regalo al “negrito” y, uniendo la acción a la palabra, le entregó un librito que tenía como título: MÉTODO PARA APRENDER A TOCAR GUITARRA. Naturalmente no entendió el significado de nuestra risa carcajeante. ¡Le estaba regalando un método a quien era un maestro sin igual de la guitarra!

Recuerdo claramente que una noche sabatina – transmitían el  programa ASÍ CANTA EL CERRO DE PASCO con sus animadores propios por lo que tenía anuencia para no asistir- me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias frescas de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima, como conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos en algunas instituciones culturales que lo habían invitado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El chofer de la Universidad acababa de entregarle un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento! Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.

— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima! Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está  de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado y con mucho aliño y acierto se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:

— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?

— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que    tocara mejor que yo”.

— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?

— ¡¿Toca usted, caballerito?!

— No, pero…! Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante y al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector  sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

— ¡Gracias, maestro! ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad! ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

Por lo demás, nuestra amistad con Carlos fue creciendo intensamente. La noche que estrené LA DAMA DEL ALBA de Alejandro Casona en el teatrín “Leonardo Arrieta” del INEI, lo vi en primera fila al lado de muchos fraternales amigos que siempre me han respaldado, especialmente los asistentes a la “Esquina del Morocho”. Su presencia me daba una fuerza notable porque yo sabía que me estaba apoyando en esa cruzada  que hace tiempo realizamos en nuestra tierra. Al final del cuarto acto, cuando los aplausos generosos coronaban nuestro esfuerzo, lo vi de pie, con una fogosidad extraordinaria en los aplausos y las aclamaciones y, no lo olvidaré, dos enormes lagrimones rodaron por sus mejillas morenas y buenas. Mismo sollozo que compartimos la noche en que el Cerro de Pasco se clasificaba para representar al centro del Perú en el campeonato Nacional de Básquetbol. Aquella noche, en medio de una lluvia imparable, se culminaba con una gran campaña. Don Lucho Llanos, Enrique Suárez, y Carlitos Reyes, eran los directivos de aquella empresa. Realizadores de un sueño maravilloso. No dejaban de llorar abrazados como hermanos en tanto el público empapado pero emocionado los aplaudía generosamente.

Un día que había llegado a entregar las obras, se sintió muy mal. Con el apremio que el caso requería lo trasladamos a Huariaca, un lugar bajo, respecto del Cerro de Pasco. Allí el médico nos hizo saber que, gracias al oportuno auxilio, había salvado la vida. Él no debía subir al Cerro de Pasco, su corazón estaba muy enfermo. En la tarde, cuando lo embarcamos en la Agencia Arellano nos estrechamos en un abrazo extenso e interminable que nunca olvidaré. Teníamos los ojos nublados. Fue la última vez que nos vimos. Al poco tiempo me enteré de su muerte. Me sentí tan triste y no puedo olvidar sus muestras de afecto sincero y desinteresado. Es decir nos regaló con su presencia en momentos que más lo necesitábamos. Adios amigo entrañable.

DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

 

PEDRO ÁNGEL CORDERO Y VELARDE

Pedro Angel Cordero VelardeDe todos los pintorescos personajes que recordaban nuestros viejos en sus amenas tertulias de club, resaltaba con luz propia el excéntrico chiflado, músico, poeta y loco: Pedro Ángel Cordero y Velarde. Cerreño, de padres ayacuchanos, había nacido en el barrio de Matadería, el mismo año en  que moría nuestro mártir Daniel A. Carrión, 1885.

Dotado de un excepcional “oído” para la música, precoz e infaltable en retretas y bullangueras celebraciones, se inició en el  redoblante para después –aplicado y emprendedor- asimilar los secretos de gran cantidad de instrumentos en las magistrales enseñanzas de inolvidables maestros. El primero de ellos, el que modeló su carácter y lo puso en el camino del éxito con exigentes enseñanzas fue Markos Bache, notable maestro croata, nacido en Dubrovnik; traído por el consulado Austro – húngaro para dirigir su orquesta sinfónica y su banda de músicos del  “Centro Musical Slavo del Cerro de Pasco”, de notable éxito desde fines del siglo XIX. Llegó a dominar todos los instrumentos de cuerda, viento y percusión; mas fue con la trompeta con la que alcanzó maestría ejemplar. Estudioso como pocos, en la primera década de nuestro siglo, lo encontramos dirigiendo a “La Cosmopolita”, Banda de Música de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora No 1.

Alegre y hablantín como pocos, enteco, pequeño y cetrino como todo mestizo, tenía unos ojos juguetones e inquietos que revelaban una inteligencia notable. A medida que transcurrían los años, sus iniciales y hasta inocentes palomilladas fueron adquiriendo caracteres alarmantes. Ya no eran simples guasas, bufonadas o chistes, sino locuras que iban adquiriendo tonos que salían del carril de la normalidad. A estas actitudes fuera de tono aunque risibles para la mayoría, el pueblo las bautizó como “corderadas” en directa alusión a su apellido.

Al entrar en la segunda década del siglo siguiente, crítico mordaz e inoportuno, no perdió ocasión para zaherir y mortificar públicamente a las autoridades con sus comentarios fuera de tono y sus pullas comiquísimas que todos celebraban alegremente. Bueno, todos no; los damnificados, especialmente personas notables, no veían ninguna gracia en aquellas ocurrencias. Cansados de sus excentricidades y falta de seriedad en el cumplimiento de sus funciones, los amoscados “manda más” cancelaron sus servicios y lo pusieron de patitas en la calle. No aceptaron más sus “corderadas”.

El damnificado, por su parte, convencido de que su figura agigantada por obra y gracia de su alterado cacumen era de muy grandes dimensiones para un escenario estrechamente pequeño como el Cerro de Pasco, decidió marcharse. Un día, rodeado de gente que lo admiraba y gustaba de sus “corderadas”, largó su último maratónico discurso cargado de tristeza muy sincera en el que confesó que se iba a la capital a ocupar “el sitial al que  tenía derecho” y que si Rumimaqui –a quien tanto admiraba- no había podido restaurar el lugar de “Apu Inca” que tampoco lo había podido lograr su antepasado Juan Santos Atahualpa, él lo lograría con creces. ¡Lo juró solemnemente! Gruesos y sinceros lagrimones sellaron la despedida. Así, apesadumbrado pero decidido, partió con rumbo a Lima a ejercer el gobierno de su “ínsula baratería”.

                                                Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

 

                                               Los que se van, se van muy tristes,

                                               los que se quedan, quedan llorando.

 

                                               Siempre dan pena los que se quedan,

                                               siempre dan pena los que se van.

Llegado a Lima se avecindó en un solar de la calle San Ildefonso en donde, deseoso de conquistarlo, conformó una orquesta sinfónica con jóvenes músicos peruanos. Diez años estuvo al frente de esta quijotesca agrupación  ofreciendo conciertos en barrios y pueblos cercanos a la capital. Se encontraba triunfante y pletórico en esta tarea cuando se produjo el terremoto del 40 que destruyó su vivienda, sus instrumentos, partituras y todo lo que poseía. Quedó en la calle. Esto agravó su chifladura. En 1942, en plena guerra mundial, afincado en una casa semi-destruida de la calle Zavala, funda la “Academia de Música Cordero y Velarde”, donde impartía clases de teoría, solfeo y ejecución de instrumentos.  El éxito que obtuvo en esta institución elevó su entusiasmo y se dedicó en cuerpo y alma a brindar lo mejor que tenía a los jóvenes que estudiaban en su Academia. Una de sus más dinámicas alumnas fue la joven soprano Rosa Aguilar que, andando los días transformó en loco amor su profunda admiración por el maduro maestro. Decidida a compartir los desmesurados sueños del artista, se casa con él. Al lado de esta abnegada y ejemplar compañera funda el “Teatro Folklórico” con el que cumple notable actividad artística. La calidad de su elenco es notable. Con Rosita Aguilar están,  Julia Peralta, Inés Oropeza, Blanca Santiago y Julio Castillo, como figuras principales, con los que preparó el montaje de las Óperas nacionales “Sumac – Ticka” e “Ima Sumacc” a llevarse a efecto en el Teatro “Conde de Lemos”. Fatalmente, por motivos económicos y de otra índole, jamás  llegaron a estrenar. Uno de sus más notables alumnos, el músico cuzqueño Alejandro Vivanco, conmovido, dice de él lo siguiente: “ Puedo dar testimonio de su calidad de músico, porque después de las lecciones de solfeo, al advertir mi curiosidad, me mostraba orquestaciones completas de música incaica de su creación para sus dramas; también rico vestuario y decorados. En cada ocasión se sentaba al piano de cola y me hacía oír las arias y pasajes que a su criterio eran los más interesantes. En esa ocasión me obsequió sus dos partituras editadas: “Himno a la Redención Peruana” y “Daniel Alcides Carrión”, poema musical dedicado a su paisano.”. Sin embargo, es necesario decirlo: con sus ambiciones crecía también su chifladura ya muy conocida en toda Lima”.

Conocedores de sus sueños de grandeza y exorbitantes ambiciones, el periodista peruano Federico More y el músico ayacuchano Osmán del Barco –exitosos personajes aquellos días- deciden jugarle una broma y en el periódico EL HOMBRE DE LA CALLE que publicaban, le insinúan que se postule a la Presidencia de la República. Emocionado el hombre otorga poderes plenos a sus mentores para que lo inscriban. Informado posteriormente que había perdido los comicios nacionales, cae en una depresión profunda. Fue suficiente. Persiguiendo la inalcanzable quimera del poder, había despilfarrado todas sus propiedades. Cuando se dio cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, más solo que nunca, en el clímax de su locura, le quedó la fantasía de que no sólo era Presidente del Perú sino también, “Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire y Profundidad; Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina” y, claro, comenzó a ejercer su “mandato presidencial”.

En su desquiciada fantasía, había logrado asumir la Primera Magistratura de la Nación. A partir de entonces se le veía ataviado con una llamativa indumentaria.  En honor a su alta investidura lucía un chaquet negro de solapas grasientas tachonado de llamativas condecoraciones de hojalata y espejuelos cruzado por la “Banda Presidencial”. Su infaltable sombrero de tarro, desgastado y  fileteado de roturas y magulladuras, realzaba su serio continente. Su paso siempre raudo y parsimoniosamente serio, -camino de cualquier parte-, lo conducía arrebatado entre risas y comentarios de los viandantes del famoso jirón de la Unión. Cuando alguien, siguiéndole la corriente, le preguntaba adónde iba, invariablemente contestaba:

—!Estoy muy apurado, me necesitan en Palacio! Tengo una cita muy urgente- y continuaba siempre arrebatado a grandes trancos a cumplir con su imaginaria cita.

Era muy común verlo pronunciar extensos discursos cargados de entusiasmo como de risibles propuestas de Gobierno. Llevaba consigo –periodista combativo y vocinglero- ejemplares de su periódico EL LEÓN DEL PUEBLO, “Sale cuando puede y pega cuando quiere”, claro muestrario de su locura y enajenación inofensivas. En su primer número dice en unos versos

Qué eco más resonante,

                                               es hoy el ,¡ Viva Cordero!;

                                               será el Presidente primero,

                                               que al Perú lo lleve avante.

 

                                               Pobres y ricos serán,

                                               lo que ellos debieron ser,

                                               tenemos oro, plata y mujer,

                                               que ustedes no negarán

 

Nunca cesó de impugnar todas las elecciones que se vivieron en su tiempo porque, los otros  “en el imposible caso de ser elegidos en el cargo de Presidente, no podrán realizar ningún programa sin mi consentimiento, pues todos los proyectos habidos y por haber son míos, me los han robado”. A través de su periódico hizo público el contenido de su combativo epistolario.

En su edición correspondiente al 18 de febrero de 1960, por ejemplo,  el Conductor del Mundo le decía al Presidente Manuel Prado, “El año 1956 le dije en el LEON DEL PUEBLO, lo desdichado que iba a ser su gobierno, como así ha sucedido, porque mi palabra es autorizada cual de un profeta, porque tengo la huella divina”..”Para el 8 de diciembre del año 1957, le pedí que me entregara el mando pero su feroz orgullo me lo negó. En 1958 mi partido, la Juventud Corderista, le pegó en el Campo de Marte una terrible pifiada que no olvidará por sécula seculorum, con palabras soeces que cualquier gobierno hubiera renunciado, pero usted, sordo como una tapia, se zurró en la noticia, lo que quiere decir que su dignidad fue verde y el burro se lo comió”.

 En la edición del 15 de junio de 1956, alega en su editorial: “… y espero que esta vez, por dignidad se me haga justicia y se me entregue la Presidencia, porque es designio de Dios y de mi pueblo…yo propugné todas las grandezas que hoy posee el Perú mientras ustedes me plagian y no han hecho nada y nada harán”.

 En 1958, indignado, decía: “El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza, está ya lejos de nosotros y sólo existe en la historia de las calamidades pasadas. Por eso vengo a poner término a esta época de dominación…”.(…) “Me causa dolor ver desde mi Atalaya de Emperador, o Inca Wasi, cómo el cielo azul de la convivencia que no es cielo ni es azul, está adquiriendo un aspecto aborregado”.

El año siguiente, gritaba: “¿Hasta cuándo nos van a moler 800 millones de déficit del Erario Nacional…Déjenme la Presidencia que si ustedes no pueden, lo pago yo, porque soy el rey de las finanzas y mago del Estado”.

 Pobre mi patria querida,

qué malos hijos te han dado,

mas ya sabré defenderte,

porque yo no estoy comprado.

 

En su gobierno pasado,

mil millones se llevó,

y a nadie cuenta le dio,

al manicomio lo envió,

y por las puras alverjas,

la Presidencia agarró.

 El notable músico, Alejandro Vivanco, en otro pasaje de sus memorias recuerda así a su maestro Cordero y Velarde. “El año en que el doctor Jorge Prado llegó de Brasil como candidato a la Presidencia, sus parciales organizaron un mitin en la Plaza Dos de Mayo para presentar su programa, pero ese mismo, día Cordero y Velarde improvisó otro mitin; enterado el pueblo llenó la Plaza San Martín y dejó desairado a Prado”.

 “Cierta mañana llegó a la Librería “La Pluma” de la calle Trinitarias que yo regentaba y como de costumbre me contaba sobre su rutina diaria. En eso recibió un mensaje de larga distancia a través de una concha marina de caracol que llevaba en el bolsillo. (Se adelantaba en muchísimos años a la aparición de los modernos teléfonos celulares). Escuché el siguiente diálogo, “¡¡¡Aló, aló, querido Adolfo Hitler!!!. Hablas con el Emperador Cordero y Velarde, Conductor del Mundo. (pausa) ¡Gracias por interesarte por mi Imperio!. Estoy en vísperas de recuperar la silla presidencial. Caso contrario tendré que abandonar el país para ir a informarle al Santo Padre. ¡A propósito, Adolfo, hermano del alma mía, si hablas con el ingrato de Benito (Mussolini), dile que estoy pendiente de su llamada. ¡Ama sua, ama jella, ama llulla; ama jodemaicho!.

Estando en la Presidencia el arquitecto Fernando Belaunde Terry, le dirige una  misiva en la que le dice: “Usted como líder, YO como Emperador, somos dos potencias soberanas que debemos entendernos o destruirnos, pues no hay lugar para los dos en este cochino planeta de los simios”. Finaliza la carta con una explicación: “Por estos motivos le dirijo la presente carta abierta, vale decir sin sobre, para que me explique su extraña conducta y me diga con franqueza si mantiene su adhesión a mi persona, y si fuera lo contrario, sabré a qué atenerme y lo dejaré suelto en plaza. Los bueyes sueltos, bien se lamen”. “Mi plan de gobierno y alimentación contienen mi huella divina, revelado para el bienestar de The peruvian family”.

 Nicolás Yerovi, otro de los que han escrito sobre nuestro Presidente y Monarca chiflado dice, “Más allá de los anecdótico, Cordero y Velarde simboliza en su grado más extravagante los extremos de la más conmovedora huachafería y del más patético delirio a que son capaces de llegar quienes en el Perú se ven asaltados por cierta locura de poder. Porque si el poder envilece, desearlo enloquece; de allí que en épocas electorales los más de nuestros políticos no dejan de pergeñar sus propios ditirambos, ofrecer sin empacho lo imposible y llegar a convencerse, aunque sea por un breve lapso, de la verdad que no encierra sus generosas promesas”.

En “Los apachurrantes años 50”, Guillermo Thorndike, rememora que en un cónclave organizado por los monjes dominicos para buscar un candidato que encarnara las necesidades del momento, se presentó sin ser invitado el chiflado Cordero y Velarde: “Entonces llegó, anciano de levita negra y pantalón listado, discretamente zurcido, con hongo, bastón y escarpines viejos que cubrían sus humildes zapatos acabados de lustrar. No viajaba en limusina con chofer, ni nunca había estado en París, ni parecía de este mundo. Pero toda la tragedia del Perú al que no habían invitado los dominicos se abrillantaban en la locura de sus ojos. Su sola aparición enmudeció el discurso. Avanzó con dignidad por el salón repleto de personajes hasta sentarse a un lado, más bien en el coro que entre los potentados, en primera fila y cerca de la presidencia. Wiese y Miró Quesada se miraron sin saber qué decir. Los fogonzazos de los fotógrafos se concentraron en el Apu Inca Verdadero. Hasta ese instante, los pretendientes habían discurseado de Dios, la Patria, el orden establecido, nuestras sagradas instituciones, la paz pública, el luminoso porvenir de nuestros hijos. ¿De qué podrían hablar ahora, frente a la faz demacrada de un Perú que rara vez había sido feliz?. Con respetuosa solemnidad, Cordero y Velarde escuchaba a los principales. Después intervino en su condición de Apu Inca Verdadero y del desorden de sus palabras se supo que otra era la paz solicitada por el pueblo y que no era justicia de todos aquella que preocupaba a los poderosos de la tierra. No su voz, sino el ridículo de aquellos príncipes forzados a escucharlo, convirtió el cónclave en el más grande fiasco de la derecha peruana. Al día siguiente, “La Prensa” destacó en primera plana a Cordero y Velarde junto a los organizadores de la transición presidencial. La gente carcajeó durante semanas, meses. Y casi nadie reparó que, por fin, el Apu Inca Verdadero había modificado una parte de la historia del Perú”.

Pedro Ángel Cordero y Velarde, el viejo músico de la “Cosmopolita” del Cerro de Pasco, el arrebatado candidato cerreño a la Presidencia del Perú, murió pobre y abandonado en un viejo callejón limeño, signado con el número 123 de Carmen Alto, en el Jirón Junín de Lima. Era el 18 de diciembre de 1961. Curiosamente, ese día la Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita, celebraba su sexagésimo aniversario.

 

LAS HUANQUITAS AGUADORAS

huanquitas aguadoras 1
Grupo de campesinos jaujinos –hombres y mujeres- que llegaban trabajar. Ellos en las minas, ellas como aguateras. Aquí en un alto en el que se ve al “Contratista” (casco y con anteojos)

En nuestro pueblo, el problema del agua potable tiene una incómoda vigencia, desde siempre. Es un tema que cada año han sacado a relucir los aspirantes a la Alcaldía. Una vez en el cargo, en tanto tomaren conocimiento de las gestiones realizadas o por realizarse, se agotaba el tiempo de gobierno para los elegidos en elecciones populares o “a dedo”, según sea el caso. Éste debía durar un año -período tan corto en el que nada verdaderamente significativo podía realizarse- de ahí que el indeciso tema fuera alargándose per sécula seculorum. Hasta ahora –aunque no quiera creerse- la cantilena continúa.

Bueno, el caso es que para solucionar el tremendo inconveniente de trasladar el agua de la laguna de Patarcocha, hasta las casas particulares, se constituyó un simpático gremio de “Aguadoras”, encargadas de esa pesada labor; especialmente cuando “el cielo se venía abajo” y las calles enfangadas por la lluvia,  la nieve o  el granizo, hacían algo más que heroico el trasiego de recipientes con agua. Por otro lado, las respetables familias “Decentes”, jamás iban a permitir que sus sirvientas perdieran valioso tiempo en ese menester. De ahí que con una visión práctica y expeditiva, las jóvenes mujeres venidas del valle del Mantaro llegaron a conformar el gremio que  con especial cariño denominaban: “Las huanquitas aguadoras”.

Tenían que ser jóvenes para resistir la exigencia del transporte, en número de treinta a cuarenta, encargadas del trasiego del agua de la laguna a la casa. Para ello contaban generalmente con latas vacías de “Aceite linaza”, o de manteca o pequeños barriletes que, de acuerdo a la distancia tenían una tarifa previamente estipulada. Hasta Chaupimarca, diez centavos; hasta la Plaza Centenario, quince centavos y, más allá de esos límites, veinte centavos. Coordinadamente con un encargado por la Municipalidad que revisaba el estricto cumplimiento de la limpieza de las latas, las “huanquitas” –motu proprio- cuidaban la limpieza de todo el perímetro de la laguna. Jamás permitían que los animales se acercaran a las orillas y, a las personas que “iban a hacer sus necesidades” por ahí cerca, las ahuyentaban a pedradas contando con la aquiescencia policial. La limpieza del agua estaba garantizada. De entre ellas, había un grupo que iba hasta Garga y de la fuente cristalina de “Piedras Gordas”, sacaba el agua de una pureza extraordinaria y la llevaban hasta la casa de determinadas familias “Decentes”, para vendérselas a mayor precio; eso sí, para probar que eran de aquel lugar, llevaban un manojito de frescos berros que por la zona abundaban. Pasado el tiempo, el alemán Wilhelm Herold, al ver la excelente calidad del agua, decidió instalar una cervecería; para ello hizo traer a, través del consulado alemán, el lúpulo y levadura de Baviera que, conjuntamente con la fresca cebada del Mantaro, arrojó una deliciosa cerveza que por mucho tiempo se bebió a raudales en el Cerro de Pasco y lugares aledaños: La famosa “Cerveza Herold”.

Daba gusto por aquellos años –permítanme la digresión- ver dominicalmente a nutridos grupos de amigos dirigirse a la cervecería que quedaba frente a la laguna de Quiulacocha, llevando sus guitarras con gran entusiasmo y una sed de enormes magnitudes. Ya en el lugar y efectuado el prorrateo correspondiente, se comenzaba adquiriendo un costal de cerveza que estaba constituido por tres docenas muy bien embaladas con unos protectores de totora por cada botella. Las bromas, chistes, y canciones a voz en cuello, alegraban aquellos andurriales. En determinado momento, se mandaba traer enormes butifarras de salchichas tudescas fabricadas por el alemán Nicolás Pohellmann, entre sustanciosos toletes de la panadería “El Modelo” del francés Leopoldo Martin. En todo momento la alegría era desbordante y continua. Ya llegado el véspero, la “tropilla” de animadas “Tiras” con pasos inseguros, por tanto “trago”, la guitarra al hombro y una bullanguera algarabía volvían a la población. Yo, niño que vivía en el “Misti” -barrio de leyenda- los veía pasar, chispeados, siempre alegres y cansados.

Bueno, volviendo a las “huanquitas”, diremos que su labor, muy apreciada por cierto, no estaba restringida al transporte del agua solamente, también tenían que cumplir otra tarea de profilaxis urbana. Cuando por la superpoblación se determinaba el exterminio de los canes vagos mediante las tabletas de estricnina, las huanquitas, después de atar una soga al rabo del animal muerto, tenían que llevarlo hasta las abandonadas bocaminas de “Algohuanusha” (Perro muerto), y arrojarlos a dichas oquedades. De ahí que esta zona alta, entre Matadería y Huancapucro, plagada de agujeros mineros, tome el nombre de Algo Huanusha.

Nos llegamos a acostumbrar tanto a las huanquitas que, dejamos de poner énfasis en el pedido de agua para el Cerro. Es más, nos contaba el propietrio de “El Trocadero”, don Juanito Cortelezzi que, en una rueda de amigos, cuando alguien avivó el tema del agua, otro contertulio le respondió airado y poniendo punto final al tema: “No puedo creer que haya un “cerreño” que sea tan mezquino que no pueda pagar un real por un poco de agua, carajo. Además, las cholitas son tan lindas y comedidas”.

A esto es necesario remarcar que la institución de las aguateras la implantaron los numerosos españoles recientes en la ciudad. Ellos establecieron en nuestra ciudad lo que para ellos era una costumbre. De ellos se dice. “El aguador en España.- Para conducir el agua potable a las casas, los aguadores guiaban dos o tres borriquillos de los cuales llevaban unas angarillas con media docena de cantaritos de barro cocido y con ellos subían los conductores a las habitaciones y llenaban las tinajas o cacharros que para el objeto tenían destinados los vecinos. Estos modestos traficantes del agua se hallaban agremiados y cobraban una tarifa en función de la cantidad suministrada. Posteriormente, se introdujo otra clase de aguadores que con un carro de cubo y una caballería hacían el servicio de trasportar el agua a las casas. (…) En Madrid, el oficio de aguador se prolongó por cuatro siglos, hasta el siglo XX. Se reunían en las principales fuentes de la ciudad para abastecerse de agua y distribuirla a las casas de los compradores. Existían numerosos tipos de aguadores en función del tipo de agua que acarreaban”.

huanquitas aguadoras 2Lo que también se recuerda de este simpático y muy querido gremio es que, llegado el último día de carnaval, premunidos de vistosos disfraces, rodeadas de serpentinas y pintadas el rostro con harina, organizaban su “Corta Monte”, inicialmente alegrado por arpa, violín y tinya, posteriormente por mejor estructurados conjuntos musicales. En realidad, la verdad sea dicha, fueron las “huanquitas” las que instituyeron la costumbre del cortamente en la ciudad minera. La alegría de estas rondallas pueblerinas era contagiosa porque, como siempre, artistas de la danza y la gracia, gozaban tremendamente de la fiesta. Nunca he visto bailar a nadie, con más gracia y elegancia que a los jaujinos en sus tumbamontes. Por otra parte, para nutrir de parejas el jolgorio, utilizaban una muy alegre “trampa”. A los mozos que podían apresar las chicas, lo amarraban en el árbol. Quienes quisieren obtener su libertad tenían que “portarse” (pagar) uno o dos botellas de aguardiente, después de lo cual se quedaban a seguir bailando. ¡Imagínense la cantidad de “presos” que habría por aquello días!.

Cuando agotadas las gestiones, se consiguieron que en estratégicos lugares de nuestra población se colocaran pilones de agua, el gremio se debilitó; pero es necesario decir como un imperativo de admiración y respeto, que la mayoría de estas sacrificadas mujeres, con el ingreso de su trabajo de aguateras, lograron la sobresaliente preparación de sus hijos. Mucho se habló- como ejemplo substancial- del caso de un notable abogado que ejerció en nuestra ciudad y llegó a ser miembro destacado de la Corte Superior de Justicia: era hijo de una “huanquita aguadora”.

 

 

“EL DIABLO MACHO” (Reportaje Radial)

(A partir de hoy, vamos a recordar a personajes inolvidables –hombres y mujeres- que dejaron hermosos recuerdos de su paso por nuestra tierra. La mayoría son personajes sencillos que sin embargo son recordados con especial cariño por los que quedamos en pie. Comenzamos con don Isaías Garzón Alvarado, más conocido por su apodo “Diablo Macho”, incondicional servidor de la empresa norteamericana, con “su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar”, tal como aparece en la foto que ilustra nuestro reportaje donde vemos –como fondo- el Castillo de Lourdes, hermoso monumento de la minería cerreña. (El archivo sonoro de estos reportajes se hallan en poder de los propietarios de la radio)

el diablo macho“Era las diez de la noche cuando llegué al Cerro de Pasco. En el andén de la Estación, notablemente iluminado, reinaba un frío estremecedor. Las gentes que llegaban y las que habían venido a esperar a familiares y amigos, estaban muy arropadas; al hablar arrojaban vapor por la boca, lo que me sorprendió enormemente. Como si el frío fuera poco, una gran cantidad de nevada había caído en la ciudad. Nunca había visto nieve en esa magnitud. Era tan alta que me cubría las pantorrillas.  En ese momento, ante el frío y la tristeza del ambiente, me dije – ¡La nieve es para los serranos! ¡Mejor ahorro mi pasaje y me vuelvo de inmediato! ¡Yo no aguanto esto! Lo que son las cosas. Desde aquel entonces han transcurrido 50 años y nunca logré regresar. Al comienzo porque no pude, y ahora, porque no quiero. ¡No sé qué es lo que tiene esta tierra que me atrae y no me deja marchar! La gente es tan cariñosa y el pueblo todo es tan bueno, que ya no lo puedo dejar”– Sus palabras brotan cargadas de viejas nostalgias. Isaías Garzón Alvarado, hijo de padre francés y madre peruana, había nacido en Lima en 1883 cuando la presuntuosa soldadesca chilena paseaba su soberbia vencedora por las calles capitalinas. Cuando llegó al Cerro de Pasco, el 7 de setiembre de 1907 acababa de cumplir los 24 años. Como credenciales portaba una recomendación de míster, Franklin Smith, Jefe de la Cerro de Pasco Railway Company de Lima y la de don Miguel Nugent, su primer jefe de talleres ferrocarrileros de “Guadalupe” del Callao.

“Iba a trabajar en la Railway como mecánico de locomotoras cuando dispusieron que me trasladara a Smelter, la primera fundición norteamericana que nacía con un ímpetu impresionante.  Había que ver aquello. Gentes venidas de muchos lugares del Perú abarrotaban talleres y oficinas. El trabajo que se iniciaba en ese lugar era pródigo. Los comerciantes hacían su agosto. La espectacularidad de Smelter hacía palidecer la prestancia del Cerro de Pasco. ¡Qué tal cantidad de gente, comerciantes, aventureros, mujeres de vida airada! Como un nuevo Chicago se afincó en Smelter gran cantidad de aventureros y vividores que explotaban a los trabajadores a quienes les sobraba la plata. ¡Sí, así era en aquellos tiempos!  Aquí se ganaba muy bien. Bueno, participé en el armado e instalación de las máquinas a vapor de la Casa de Fuerza, y en otras tareas de adecuación mecánica. No hacía sino seguir los planos  del polaco, Franck Klepetko, el maestro general, con los que construí otras cuatro chimeneas para la fundición. Sin yo quererlo, mis conocimientos y experiencia, fueron  creciendo poco a poco, conjuntamente con mi aclimatación. En poco tiempo había desechado la idea de regresar a mi tierra. Me di cuenta que en ninguna parte encontraría la oportunidad que se me estaba brindando con mucho afecto. Pasado un buen lapso regresé aquí al Cerro de Pasco para trabajar en lo que es para mí la obra más preciada: El armado de las tolvas para minerales en el pique: “Esperanza”. ¡Eso sí que fue espectacular! El trampolín que me lanzó al éxito. En dos años había dado pasos gigantescos  en mi progreso técnico que mis jefes llegaron a apreciar con creces; por eso es que en 1909, me enviaron a Goyllarisquizga con el fin de armar el winche grande e instalar las demás máquinas; las primeras en su género en Sudamérica de aquel entonces. ¡Ése también fue un trabajo espectacular! No había nada que hacer. Para ese tipo de trabajos lo gringos se pintan solos. Cumplida la agotadora tarea, fui ascendido a Jefe y retorné a Smelter donde trabajé por diez años en la guardia de noche a cargo de todos los talleres de mecánica y de ocho locomotoras a vapor. Imagínate, César, imagínate.

— ¿Y la idea de retornar a su Lima querida…?

— No, no, ya nada que hablar. No iba a ser loco. Aquí tenía de todo. Todos me estimaban y los cerreños en general me trataban con mucho cariño. El mismo cariño que yo les tengo. Pero no vayas a creer que todo fue fácil y llevadero. No, no, no. He pasado por momentos muy bravos. Por ejemplo, en la huelga obrera de 1917 tuve que poner a prueba mi lealtad y valor. En aquella ocasión tuve que enfrentar la dura crítica, el hostigamiento y la abierta agresión del resto de los obreros que no me comprendía. Ellos creían que yo era un “sobón”; un “Lame culo de los gringos” como dicen aquí. Pero no era así. Después de haberme agarrado a trompadas con muchos de mis detractores, me mantuve en mis “trece”. Esa vez fue que los “pendejos” me clavaron mi chapa de “Diablo Macho”. Yo fui el único que trabajó aquellos días aciagos porque consideraba que mi labor era eminentemente humanitaria. ¡Qué cojones! Yo no contaba con ninguna ayuda porque a nadie dejaban entrar en la Compañía. Controlé el servicio eléctrico para las estaciones de zonas críticas e importantes como Calera, Goyllar, etc. ¡Esa vez sí que fue cojonudo! Tuve que trabajar solo y guardándome las espaldas. De esa manera  evité desgracias inminentes con pérdida de vidas humanas y abundante maquinaria que habría provocado una debacle económica en la empresa. Piensa. De no haber trabajo yo, la compañía habría perdido bastante y  las gentes habrían sufrido mucho. Al final el precio que tuve que pagar fue muy alto. Al comienzo, la casi totalidad de obreros me miraba como a un traidor y me castigaron con su desprecio. ¡Nadie me hablaba! ¡Carajo!. ¡Como si fuera un criminal! ¡Como un apestado, carajo!  Menos mal que al final se dieron cuenta. Querían que pensara como ellos, pero yo sabía que debía lealtad a los que me  habían dado la oportunidad de progresar. Yo no muerdo la mano que me da de comer. Pero esto duró muy poco. Cuando se puso en entredicho la discusión de las ocho horas de labor, yo me mantuve neutral aunque su consecución sería conveniente para mí. Los trabajadores siguieron pensando que era un traidor.

— ¿Cuánto duró ese clima beligerante…?

— Muy poco, felizmente. Por aquellos días, contra viento y marea, fui nombrado Jefe de Día de  la Maestranza. Este cargo lo cumplí con entereza y justicia. El hombre que rendía, recibía mi más franco apoyo. Ayudé a surgir a muchos hombres dándoles oportunidades y ahora me lo agradecen. Esta virtud sí fue reconocida por los hombres que trabajaban conmigo.

— Dicen que una vez sí estuvo con los obreros. En la asonada contra el Prefecto.

— Ahhh sí. Fue la única vez que abandoné mis casillas. Febrero del 48. Aquella vez advertí que el Prefecto se había pasado de la raya. Una cosa es ser autoridad y otra muy distinta es ser abusivo. Aquel canalla lo era. ¡Imagínate, maltratar a una mujer por reclamar lo que es justo! No. Yo me indigné mucho y aquella tarde, aunque los hombres me miraban con desconfianza, yo marché con ellos a protestar. Sólo cuando las balas comenzaron a menudear y la gente a correr por aquí y por allá, me retiré a mi casa. Creo que lo que el pueblo hizo aquella tarde, lo había provocado el mismo déspota. Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Rostro alargado, rubicundo, cruzado de arrugas trazadas por soles candentes, por espinas hirientes de hielo que lo quemaron sin piedad; por vientos silbantes que le formaron ceño profundo y ostensibles patas de gallo; ojos celestes enmarcados por cejas y pestañas canosas; grenchas blancas, rebeldes, sobresaliendo del casco ambarino que cubre su cabeza. Varonil, pétreo, erguido, no obstante haber sufrido toda la agresiva gama de fenómenos atmosféricos que aquí se dan sin  tregua; por el cambio brusco de temperaturas de infierno en determinados niveles de la mina, a fríos estremecedores en otros. Si algo caracteriza a este laborero legendario, es su eficiencia, disciplina y honradez en el trabajo, sobre todo, su lealtad con la compañía que lo contrató.

Conocedor como ninguno de todas las instalaciones de la Compañía, -sigue diciendo- el año de 1938, cumpliendo órdenes superiores tuve que desarmar el Winche que con tanto trabajo y riesgo había armado en 1907. Después tuve que reconstruir los talleres. Tras Breve estada en Upamayo, intervine en la edificación de la Concentradora Paragsha. Luego de construir los talleres de la fundición de hierro de Lourdes, quedé como jefe hasta noviembre de 1946, en que fui transferido como Capataz a la Sección Tuberías. Recuerdo que en muchas ocasiones fui enviado a trabajar a lugares en los que rondaba el peligro, tanto en la mina como en la superficie, principalmente en aquella en que se produjeron incendios, derrumbes, etc. Por ejemplo, en 1936 cuando se inundó el nivel 2100 por efectos de un disparo, jugándome la vida tuve que cerrar una enorme compuerta de hierro salvando la vida de toda la gente. La inundación duró tres meses. –Aspira aire y sigue desenredando sus recuerdos- “Otro negro recuerdo que tengo es del desplome de la labor 8183, de la mina Lourdes, en el que murieron altos jefes conjuntamente con su gente. Esa vez trabajamos dieciséis horas seguidas en la tarea de rescate”.Aquella vez fui distinguido con la medalla de bronce al Mérito por el superintendente Peet. Esa vez cumplía 29 años de servicios a la compañía”.Después de haber trabajado como Capataz de Tuberos, fui transferido al Departamento de Mina, para hacerme cargo de la sección Hydraulic Fill, siempre en el cargo de Capataz”

“Tuve la suerte de ser siempre estimado y respetado por mis superiores y compañeros de labor para quienes guardo los mejores sentimientos de simpatía y agradecimiento por la confianza que depositaron en mí. En 1957 fui declarado Socio Honorario Vitalicio del Club Norteamericano, La Esperanza y, hace unos días me han declarado “El Minero del Año”-. Mientras decía esto, fue mostrándome sus numerosos certificados, diplomas y demás recuerdos, escrupulosamente guardados. Todos estos documentos muestran a las claras que estamos ante un hombre eficiente, disciplinado, honrado y muy leal. Dos notas periodísticas guardadas con celo extremo muestran su calidad humana. En una de ellas, LOS ANDES, de mayo de 1922, lo felicita muy efusivamente por su ascenso a Jefe de Talleres de Mecánica de la Fundición de Smelter. El otro, EL MINERO, de noviembre de 1938, realiza una exaltación de su persona y su trabajo de armar la Wincha 23153 en 1907 que luego desarmó en 1938. En una parte dice: “El señor Garzón suspira mientras implementos de mecánica en las manos de sus operarios van desbaratando poco a poco las piezas de su antigua obra. Entretanto parece decir en lo recóndito de su alma: “Oh vieja obra, amiga mía: si ayer te di la vida, hoy te dejo morir después de treinta años”.

Se ufana, con mucho orgullo, que en tantos años de trabajo, jamás ha tenido accidente alguno porque siempre observó las reglas de seguridad con mucha meticulosidad.

Solo, célibe, con muchos amigos pero sin compañera, sobrelleva sus días en los diez lustros que está entre nosotros. Su vida se restringe al trabajo, la pensión del Hotel Americano y las tardes de sol en la pared del comercio de Vicente Vegas con su más cercano amigo, Lucho Luzares, chapeta hablador con quien recibe las postreras caricias del sol muriente del véspero. La única indumentaria que le conocemos es un overol azul, zapatos de trabajo reforzado de clavos de bomba y su casco ambarino donde coloca la lámpara de carburo cuando está en las profundidades de la mina.

— “Ya me siento algo cansado. He cumplido cincuenta años de servicios a la Empresa. Uno de estos días me retiraré. Cuando eso suceda, me iré en silencio como he venido, seguro de haber vivido una vida útil aunque controversial en un pueblo que me abrió los brazos de par en par y al que yo quiero mucho. El Cerro de Pasco es mi segunda patria. ¡Que Dios –si existe- lo bendiga!”.

Como lo dijo, lo hizo. Un día desapareció con su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar, sin decir ni una palabra. Después nos enteramos que vivía en Chaclacayo, muy cerca de la casa de don Pancho Valdivia, su viejo amigo. Después, nada. ¿Qué habrá sido la vida del “Diablo Macho”?

 

 

 

comparsa del club Vulcano 1906
Comparsa del Club Vulcano, reunida en campos de Patarcocha, lista para hacer su ingreso triunfal en la ciudad el domingo 26 de febrero de 1906.

“CALIXTO” fue el primer club carnavalesco que se fundó en nuestra ciudad, el  año de 1880. Su vida repleta de éxitos rotundos se prolongó por 32 años consecutivos. En ese lapso aglutinó a los mejores poetas y músicos locales de entonces. Su boato y magnificencia fue tal dimensión que en Ambo, Junín, Carhuamayo, San Rafael, Yanahuanca, Huariaca,  Goyllarisquizga y  Smelter, se fundaron clubes con el mismo nombre.

Transcurrido el tiempo y siguiendo la estela implantada por el emblemático club patricio, en 1902 se fundan dos clubes que alcanzaron sonados triunfos artísticos: BONIFACIO y MEFISTOFELES. Tras una vida breve, no obstante sus logros, uno tras otro dejaron de existir por desavenencias entre sus socios. Es en 1905 cuando se funda el llamado club MARISCO con supérstites miembros de los clubes fenecidos cuyos miembros enmendaron rumbos y, lejos de rencillas personales o de grupo, se presentaron con cuarenta y cuatro chalanes elegantemente ataviados y más de veintena de músicos montados en caballos primorosamente enjaezados. Marcharon con espectacularidad escoltando a la reina de la ciudad. Su éxito fue tan rotundo y espectacular que el año siguiente deciden reeditar el éxito con la presentación de MARISCO II. Con este fin, el presidente don Santiago Gallo, en cumplimiento de sus estatutos, cita a los socios a una sesión a la que asistieron muy pocos miembros. No obstante la insistencia hasta en dos oportunidades más, el desánimo cundió totalmente.

Así las cosas, sin perder el entusiasmo inicial, los socios Juan de Dios Gallo, Julio Zavala, Miguel Malpartida, Abraham Rantes y Roberto Guerra, deciden realizar una última sesión, pero esta vez,  con la intención de formar una nueva institución. Se habían enterado que muchos socios del MARISCO, con malas intenciones y espíritu indisciplinado, estaban tratando de entorpecer el funcionamiento del club. La asistencia de más de sesenta socios respaldaba la idea de formar otro club para evitar los malos entendidos.

Abierta la sesión se procedió a elegir el nombre de la nueva institución. Después de cotejarse las ponencias presentadas se decide -por mayoría absoluta- por VULCANO, propuesto por el socio  Pablo Morales Paredes con respaldo de Francisco Otrera. “Vulcano es hijo de Júpiter y Juno y esposo de Venus. Dios del fuego y los volcanes, forjador del hierro y creador de armas y armaduras para dioses y héroes, por lo tanto hay similitud con el espíritu cerreño”.

Al elegirse la primera directiva la nómina quedó integrada así:

Presidente               Miguel Malpartida

Vicepresidente        Roberto Guerra

Tesorero                   Abraham Rantes

Secretario                 José Santos Cruz

Vulcano Primero    Erasmo Fano.

De igual manera se procedió a conformar el cuadro musical del club de la siguiente manera:

 GUITARRAS

Irán Proaño, Gerardo Toscano, Melitón Coz, Elías Limas, Luis Fuentes y Gregorio Torrecilla.

VIOLINES

Cutberto Giles, Moisés Malpartida, José Castillo, Patricio Rueda, Abraham Rantes, Belisario Vento e Isaac Vargas.

BANDURRIAS

Teófilo Limas, Julio Zavala, Manuel Navarro y Ascisclo Benavides.

 QUENAS

Abraham Gutarra y M.J.M

La Escolta del Club Vulcano quedó conformada por los señores: Ignacio Llanos, José Pablo Galarza, Concepción y Julián Verástegui, Fernando Alfaro, Juan C. Vargas y Hermenegildo Ticlavilca

Aquel histórico año se entonó la siguiente muliza.

I N C L E M E N C I A

(Muliza).

A mi ruda lira, los crueles pesares

                                               la inspira cantares

                                               de triste matiz.

                                               y el alma padece por ti, bien amada,

                                               pues sólo a tu lado

                                               se siente feliz.

 

                                               La flor de mi vida, la brisa no agita

                                               se encuentra marchita

                                               por acre dolor;

                                               Tu ausencia sentida su tallo declina,

                                               pues no la ilumina

                                               tu lumbre de amor.

 

                                               ¿Por qué niña amada, la acerba inclemencia

                                               con tanta vehemencia

                                               se ensaña en mi, cruel ?.

                                               ¿Por qué, malhadada me roba la calma

                                               brindándole a mi alma

                                               los sorbos de hiel…?.

                                               Pues sólo a tu lado, la pena me deja,

                                               la dicha me aqueja,

                                               todo es frenesí;

                                               Mas hoy despiadada la suerte inclemente

                                               descarga ferviente

                                               sus iras en mí.

                                                   ESTRIBILLO

                                               Sin tí mi existencia es flor sin aroma

                                               es viuda paloma

                                               erial sin confín…

                                               Por eso mi vida, mi bien, mi tesoro,

                                               cantando yo imploro

                                               mi fúnebre fin.

 

            Letra: Pedro Fonseca………..Música: Hermógenes Olano.

                        Cerro de Pasco 25 de febrero de 1906.

Como era de esperarse, el éxito de su presentación fue apoteósico. Las notas periodísticas de entonces fueron laudatorias; esto entusiasmó tanto a sus socios que, aquel año, reeditaron el triunfo con una nueva presentación espectacular. Lo que lograron en 1908 se fue de antología. Aquellos carnavales, con el marco de una banda espectacular de banda de músicos de Huánuco, calles y plazas cerreñas, aplaudieron  emocionados a los ochenta y seis integrantes  pomposamente disfrazados haciendo gala de extraños y bien confeccionados atuendos. Nunca más –a decir de los viejos memoriosos- volvió a ocurrir algo igual.

A partir de su debut, cada año, con dedicación y mística, las comparsas del Vulcano se presentaron puntualmente. Claro que, como todos, sufrió las fluctuaciones emotivas dictadas por los aconteceres políticos. Aquel año, por ejemplo -1908- , los integrantes de su comparsa cayeron acribillados por las balas de la represión en defensa de la integración de nuestra tierra cuando los gringos trataron de apoderarse de ella.

Cuando el 2006 cumplió sus cien años, con otros hombres pero con la misma mística, nuestra tierra hizo suya la celebración por que el Vulcano es parte extraordinaria de su historia.

Po lo demás, el entusiasmo carnavalesco jamás decayó en nuestra ciudad minera; por el contrario, pueblos aledaños, contagiados de exaltación juvenil de sus comparsas, fundaron sus clubes correspondientes: KAISER, (Huariaca 1918), ASTOLFO, (Goyllarisquizga 1921), COW BOYS (Smelter), MARTE y PIZARRO (Goyllarisquizga), LIRA OLLANTAY, (Paucartambo), CHAPLIN, (Huariaca), SAN JOSE, (Mina Ragra), VULCANO CHICO, (Carhuamayo). DON QUIJOTE (La Quinua 1920), MOMO DE YANAHUANCA, (1920), MOMO DE CHACAYAN (1922), TRIFON, (1913), ATAHUALPA ANDINO (Yanahuanca 1926). Etc.

En el Cerro de Pasco, como es natural, siguieron fundándose otros clubes carnavalescos como: Club Juventud Apolo, (1922), Filarmónico Andino (1924), Lira del Ande, Lira Cerreña, Hijos del Tahuantinsuyo, Don Nadie, Los Diamantes de Yanacancha, Rosario de Yanacancha, etc.

 

 

 

 

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MI HOMENAJE A LOS QUE SE HAN IDO

Desfile deportivo
Desfile deportivo de los trabajadores de la compañía norteamericana que cada primero de mayo reñían homenaje al “Día del Trabajo”. Las flores reunidas aquel día servían para nuestro homenaje a los valores de nuestro pueblo.

Generalmente los soleados domingos de medio año, un grupo de amigos  nos reuníamos tras la tradicional “Misa de Once”, la más concurrida. El primer grupo lo conformamos, “Finky” Espinoza, “Chacalhua” Ramírez, “Chuno” Rodríguez, Panchito Alvarado, uno que otro amigo que se nos unía en el periplo, y yo.

Caminábamos incansables por nuestras centenarias calles haciendo comentarios sobre los últimos acontecimientos de la ciudad y la patria; avivábamos chismes, contábamos los últimos chistes y sobre todo hacíamos críticas de los últimos resultados del deporte. Cansados de tanta caminata volvíamos a la chingana de Crisanto López, muy junto a la iglesia matriz, para tomarnos nuestro consabido aperitivo: una buena copa de pisco puro de Ica, tal como lo hacían nuestros antepasados.  Una hora después, felices de la charla nos retirábamos a casa a “vaciar la olla”. Por la tarde, todos al Estadio. Esta fue una simpática costumbre que la mantuvimos por mucho tiempo. (Actualmente ninguno de ellos ya está con nosotros. Se han marchado, uno tras otro, dejándonos hermosos recuerdos).

Tras el paso inexorable del tiempo, formamos otro grupo con gente de mí tiempo: Julio Baldeón Gabino, Félix Luquillas Huallpa, Gustavo Malpartida Muguruza, Carlos Amador Rodríguez y uno que otro amigo que se nos unía a la caravana y, yo. Este grupo tras la caminata fraternal, visitaba el cementerio donde llegábamos a las tumbas de viejos e ilustres cerreños olvidados: Ramiro Ráez Cisneros, Andrés Urbina Acevedo, Graciano Ricci Custodio, Lorenzo Landauro, Ambrosio Casquero Dianderas, Alberto Úngaro, Silverio Urbina, Juanito Cortelezzi, Julio Patiño León, y una serie de futbolistas, músicos, amigos del alma. Cumpliendo con el encargo que alguna vez me hiciera nuestro patriarca Gerardo Patiño López, les relataba la vida de aquellos hombres extraordinarios y mi pesadumbre por el abandono en que se encontraban. Contemporizando con la ausencia de familiares, encargábamos a un “Cantor” que ofreciera un  responso por el alma de aquellos nobles amigos. El más impresionado era Julio Baldeón que no podía aceptar el abandono en el que se hallaban estas tumbas. Ahora recuerdo claramente que alguna vez me confesó que para no estar completamente abandonado cuando muriera –todos sus hijos se encuentran radicando en Brasil- él preferiría ser cremado para que sus cenizas se esparcieran por los ámbitos de la tierra amada que en vida había recorrido. “De esa manera ya nunca dejaría mi tierra”, decía. En aquellos momentos, claro, yo juzgaba que no sólo era prematuro sino también inoportuno hablar de esas cosas. Todos gozábamos de muy buena salud y consideraba la manifestación de aquel deseo, inoportuna.

Con el transcurrir de los años llegué a dirigir el deporte de mi tierra. En el desempeño de mis funciones recuerdo una de las más grandes satisfacciones que recibí. Cada primero de mayo, “Día del Trabajo”, cada una de las  madrinas de las delegaciones deportivas que desfilaban me regalaban con hermosos ramos de flores con adornos alusivos a los colores que representaban. El caso es que, finalizado el desfile,  con la ayuda de mis amigos mencionados reunía aquel gigantesco montón de hermosas flores frescas y las llevábamos al cementerio. Allí, con un cariño muy especial, tras las correspondientes plegarias,  las depositábamos en las tumbas de nuestros viejos queridos. En otros casos, como el de Graciano Ricci y, otros, sus cruces quedaban vestidas de flores.

Al promediarse la tarde visitábamos a Juanita Sacristán una excelente cocinera cerreña que preparaba nuestros platos típicos: Charquicán, Arvejitas, tamales cerreños, pachamanca. Allí degustábamos esas delicias salpimentadas con buenos tragos, siempre con pullas, chascarrillos y mucha fraternidad.

Felices de haber cumplido con un deber amical, ya entrada la noche nos íbamos a la parte más alta de aquella zona -camino del camposanto- donde comienza San Juan y Termina Chaupimarca a efectuar un “Caipin Cruz” de despedida. Allí estaba asentado un “Huarique” al que le habían puesto por nombre: “El Monte Sinaí”, para beber nuestros últimos tragos.

En cuanto entrábamos, una joven mujer –me aseguraban que era la querida del “Raqui”-un esmirriado empleado de la Municipalidad, nos atendía muy solícitamente. Antes de los tragos nos traía una guitarra y con el acompañamiento de Carlitos Amador pasábamos momentos muy lindos cantando canciones del recuerdo. Cerrada la noche, nos retirábamos a descansar.

Cuando salimos de la tierra querida llegamos a Lima, pero aquí nuestros encuentros se fueron distanciando por la lejanía y otras dificultades.

Un día recibí una llamada informándome del deteriorado estado de salud de Julio. Las veces que lo visité, tuve la esperanza de que muy pronto volveríamos a encontrarnos. No fue así. El día anterior a su muerte estuvimos en su lecho de dolor, conversando y haciendo viejos recuerdos. Al día siguiente, me llamaron para informarme que acababa de morir. Fue un golpe terrible. Todos los amigos estuvimos en su velorio. Al día siguiente sus cenizas (Había sido cremado) lo condujeron a nuestra tierra y allí, rodeado de amigos, como lo había encargado, arrojaron sus cenizas. Sus hijos Polo y Katty cumplieron con su último deseo. Chau, Julio, hermano…

Cementerio