LOS AÑOS FELICES

Escribe: José Romero. Publicado en LA ABEJA (Información y opinión) de Agosto 2017

la cachangaHoy comí después de tiempo unas bombas con miel y para guardar la tradición lo hice en una carretilla, las de siempre. Junto con ello pedí una porción pequeña de fideos horneados con miel (al estilo turrón). Me supo delicioso como siempre y los sabores trajeron consigo los recuerdos de la niñez y primera juventud.

De aquellos años recuerdo a una tienda en la esquina del colegio Nazareno (donde estudié los cinco años de la Primaria) en el distrito de Breña donde vendían los “helados de invierno” y “los quesitos de leche” cual moldes pequeños de queso. A la salida también iba una señorita ya mayor pulcramente vestida que vendía papitas rellenas “a sol” (de los de entonces, por supuesto). Era época también de las gaseosas IQ, Bimbo, Pasteurina, Canada Dry y de los Picolines, los caramelos de “perita y limón” a granel, los caramelos Ambrosoli de anís y los rellenos con sabores a frutas.

Ya en la secundaria siguieron acompañándome esos recuerdos y al concluir mis estudios ingresé a la universidad. El día que fui a ver mis resultados fui agasajado por mi hermano Juan, dos primos y un amigo. Aquella noche fuimos al “Jinete” que quedaba frente al Hospital de Policía en la avenida Brasil. A eso de la una de la mañana, mi primo Augusto “nos invitó a comer unos sanguches”. Grande fue mi curiosidad para saber a dónde iríamos pues en esos años (comienzo de los 80s) no había lugares como ahora. Nuestro destino fue la puerta del entonces cine Brasil donde se estacionaban carretillas iluminadas por potentes lámparas “Petromax” donde se vendía sanguches de pierna de cerdo con sus frejolitos chinos, de tortillas de verduras y de hot dogs de colores intensos. No faltaban tampoco las rumas de huevos fritos listos para aplacar el apetito de taxistas y transeúntes lechuceros.

Pasó el tiempo y los recuerdos se asocian con nuestras visitas a la aún siempre vigente “Doña Julia” en la avenida Cuba en Jesús María, a pocos metros de la Plaza San José. Ahí íbamos a degustar los poderosos anticuchos cuya tradición se mantiene incólume, hoy de la mano de una de las hijas de la señora Julia y de su esposo, mi amigo Agustín Cisneros, Presidente del Arsenal de Jesús María.

Con el tiempo me hice habitué de las jornadas futbolísticas en el Estadio Nacional. En aquellos años compartí tribuna con gente a la cual solo veía los días de los partidos. Un jubilado, un obrero textil, un joven comerciante y yo. Nos unía la pasión por el mejor de los equipos, Universitario de Deportes y nos reuníamos en el exclusivo balcón superior de Norte con Occidente. Para aplacar el hambre arrancábamos con canchita de un joven con escasos dientes que gritaba…”canchay..canchay..canchay”. Luego venían los sanguches “de carne”, aunque nunca me cayeron mal, tampoco nunca supe carne de qué eran y al finalizar la programación tomaba un poderoso emoliente, cuyos vendedores se resisten a desaparecer y hoy han incrementado “su carta” y el horario de venta. En las mañanas venden desayuno (quinua, siete cereales, maca y los contundentes sanguches de tortillas de verduras y de hot dog , de queso y de huevo frito) y en las noches frías del invierno limeño, los clásicos emolientes “con todo”.

Hoy en día ya no asisto con frecuencia al estadio pero cuando lo hago asisto a Norte, donde nació La Trinchera y si usted amigo (a) que me lee es hincha crema, vaya temprano un día que no se juegue un partido “picante” y sea el primero en pedir su plato de arroz con pollo. Les sabrá mejor que en sitio gourmet.

Y para concluir con este paseo por mis recuerdos y presentes, les cuento que no dejo de ir donde “mi tío” que vende contundente sancochados en la esquina de Sucre con Rosa Toledo en Pueblo Libre; donde mi amigo Oscar Queirolo en la clásica esquina de Camaná con Quilca, el Queirolo, para comer un poderoso Cau Cau; a tomar un Pisco Sour Catedral donde Eloy Cuadros, el master de masters que atiende fielmente en el Bar del Hotel Maury; los contundentes salchipapas del bar Munich; una tremenda Butifarra en el Santa Isabel de la cuadra 5 de Carabaya y para una buena tertulia sobre fútbol en el café Dominó donde me encuentro con el Gran Mario “La Foca” Gonzáles.

No es que le corra a los sitios “inn” sino que las fondas, las carretillas y los bares tradicionales tienen su encanto e historia. Son parte de una Lima que se resiste a morir y no morirán mientras les seamos fieles. La historia y la tradición tienen calidad y no tienen precio¡

PS Dentro de dos días, el 27, celebraré los dos primeros años como columnista del portal La Abeja (laabeja.pe)     … ¡que sean muchos más!

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EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA” (SEGUNDA PARTE)

patas al oreja 2Aquella tarde se jugaba el partido definitorio de  básquetbol para representar a Pasco en el Campeonato Nacional Escolar. Se enfrentaban los equipos del Colegio Nacional Carrión y del Instituto Nacional Industrial No 3. Viejos y encarnizados rivales de siempre.

Al llegar a la puerta donde había numeroso público, vi pugnando por infiltrarse gratuitamente, a “Patas a la Oreja”. Abrí campo y le hice ingresar. Ya dentro, me agradeció el gesto y me deseó mucha suerte en el partido.

Al finalizar el primer tiempo, las acciones del cotejo estaban equilibradas. El marcador señalaba un empate. En eso entró en el vestuario. Era visible su preocupación. Se me acercó y comenzó a alentarme.

— !Mala suerte, caracho!…!!Mala suerte!! Ustedes están nerviosos. Necesitan tranquilizarse. ! Han perdiendo muchas canastas…!

— Así es, “Patas”, así es…

— Mira, crespito –me dijo confidencial-  Yo te voy a prestar la medalla de la Virgen Milagrosa. ! Póntela y vas a ver cómo cambian las cosas! – Uniendo la acción a la palabra desabrochó su mameluco, y me enseñó una gigantesca medalla colgada de su cuello mediante un cordel-! Póntela crespito!…!Te la presto!!!- y se la quitó del cuello. En ese momento pude ver que la medalla de plomo, del tamaño de un plato de postre, le había pintado todo el pecho de un negro retinto y brilloso.

— Gracias, hermano –le respondí- Pero tú ves que la medalla es demasiado grande. El árbitro me la hará quitar.

— Tienes razón crespito, pero no importa; yo voy a rogar para que ustedes ganen, porque ella, es muy milagrosa. Ella es mi madre. La única que me quiere. ! Ya verás! – dio un beso a la medalla y se la volvió a poner abotonando su mameluco. !!!Suerte!!!

— Gracias “Patas”.

Así nos conocimos.

A partir de entonces nos volvimos a encontrar muchas veces. Él siempre amable y respetuoso se acercaba a saludarme de donde estuviere. En todo ese lapso su aliento de alcohol y de coca jamás lo abandonó.

Una mañana que iba a mi trabajo lo encontré que venía  compungido y vacilante de la Comisaría. Sus pasos eran cansinos y torpes. Su mameluco amarillo todavía conservaba la humedad que las sogas ostentaban a las claras. Los policías le habían flagelado despiadadamente, bañándole con el agua de lluvia. Su cuerpo aterido temblaba ostensiblemente. Su rostro tenía un aspecto que nunca le había visto.

— “Patas”…. ¿Qué te pasa hermano?- pregunté.

— !Me han baldeado y me han castigado Checha (así comenzó a llamarme).

— Pero… ¿Por qué?…. ¿Qué has hecho?.

— Me han culpado de un robo en el Mercado… pero yo no lo he cometido… !Te lo juro, Checha!… !Te lo juro!.

— Te creo, hermano, te creo.

— Me han tenido dos días remojándome en agua fría y sin darme ni una miga de pan para alimentarme… Y lo que es peor, Checha, me han prohibido volver al Mercado…

Era lastimoso el aspecto que presentaba el pobre hombre. Su mirada siempre agresiva y desafiante, era ahora de una pasividad conmovedora.

— Mira, hermano –le dije-. Yo tengo pensión donde el “Chunchulín” Pérez. Vamos allá para que tomes algo caliente y desayunes.

— Gracias, Checha.

El hambre atrasado que tenía determinó que, en poquísimos minutos, diera cuenta de dos platos de avena y cuatro panes con mantequilla. Ya más tranquilo, comenzó a beber café caliente.

— Gracias, Checha. Que Dios te lo pague – su voz era débil pero cargada de emoción.

— No tienes por qué dármelas, hermano. Pero, ¿Ahora qué vas hacer?…Ya no podrás ni cargar en el Mercado….

— Así es, Checha. No sé lo que voy hacer…No sé… Encontraré algo.

— Mientras tanto espero que no sigas bebiendo – Dije

Un silencio de inquietud embarazosa invadió la sala.

— ¿Por qué bebes tanto, hermano?… ¿Qué es lo que pasa contigo? –seguí preguntando. Después de un largo silencio, “Patas a la Oreja” me contestó.

— Tú no sabes lo que es mi vida, Checha. Cuando estoy sano, sin ningún trago encima, siento vergüenza de ser lo que soy; pero lo que más me duele, es comprobar que no tengo parientes ni amigos… Cuando estoy sano me doy cuenta de lo que me pasa, y soy consciente de que nadie me quiere…!Todos me desprecian…!!!

— ¿Por eso tomas?

— Sí, hermano, sí – era lastimosa la ansiedad con que hablaba. Como una confesión que la hubiera estado guardando en el alma, dejaba deslizar sus palabras por sus labios amoratados – Cuando estoy borracho, pierdo toda la vergüenza y, puedo hablar con cualquiera; inclusive, me quedo a dormir donde la noche me llegue- hizo una pausa ahogado por un profundo suspiro, luego prosiguió – Cuando estoy borracho, no me importa que me desprecien, porque yo también les desprecio..

— ¿Por qué…?

— !Todos son malos, Checha. Todos son malos. Son unos canallas.

— ¿Por eso los insultas…?

— !Claro!. Todos son malos, aunque yo soy el peor de todos…Yo no tengo remedio.

— Mira, hermano. En primer lugar todos no son malos; y en segundo lugar, los hombres podemos rehacer nuestras vidas…

— Eso lo dices tú, porque nunca te ha pasado lo que a mí me ha pasado…Yo he nacido marcado por un negro destino…

— ¿El destino…?

— !Claro, hermano, claro: El destino….

— ¿Qué es para ti el destino, “Patas”?.

— Para mí, Chechita –quedó pensativo un rato y luego continuó- el destino es un niño cruelmente juguetón y despiadado. Yo soy su juguete preferido…

Cuánta verdad había en sus palabras. Cuánto dolor en sus reflexiones. Bajó la mirada apesadumbrada y cuando la volvió a levantar después de un rato, esos ojos ayer coléricos y provocadores, estaban inundados de dolor y parecían las de una criatura desvalida. “Patas a la Oreja”, estaba llorando. ! Quién lo creyera!

No, el hombre no era malo. No podía ser malo.

Aquella mañana la pasamos conversando animadamente. Hablaba con calor, con una vehemencia inusual, casi con frenesí. Me daba la impresión de que todas aquellas palabras que pronunciaba, salían quemantes de su alma donde Dios sabe por qué oscuros designios, las había guardado por muchos años. En este tiempo de cálido coloquio amical, me abrió su corazón de par en par, dejando al descubierto hermosos recuerdos de su primera juventud; las dolorosas evocaciones de sus continuas frustraciones; sus más nobles sentimientos y su más acerbas agonías. A medida que hablaba, con entusiasmo cada vez más creciente, sus ojos se iban iluminando con un brillo extraño, lleno de vida y entusiasmo. ! Cuánto bien le estaba haciendo aquella plática! No necesitaba decírmelo. Ahora era otro hombre. Viéndolo así, radiante y optimista, quise apoyar su entusiasmo.

— Mira, hermano. Te ofrezco mi casa. Tú sabes yo vivo solo en el barrio Misti. Ocupo el primer piso pero el segundo está desocupado. ! Tú puedes vivir allí!

— Gracias, Checha muchísimas gracias por tu ofrecimiento. Pero creo que tienes razón. Todos tenemos oportunidad de rehacer nuestras vidas. Tú acabas de decírmelo…!!!Yo lo voy a intentar…!!!

— Claro, hermano, así se habla…!

— Te prometo, Checha, te juro hermano, que todo lo que me ponga, todo lo que coma, será con el dinero de mi trabajo. Y cuando tenga plata, alquilaré una casa y seré otro hombre. Te juro, hermano. Te juro que en tanto no sea fruto de mi trabajo, no probaré alimento alguno…!!! Te lo juro…!!!

Qué sinceridad translucían sus palabras. Qué emoción en su actitud, y cuánta limpieza en su mirada. No había nada que hacer. Aquella conversación le había hecho mucho bien a mi amigo. Su continente rebosaba un cambio notable cuando nos despedimos.

Eran los últimos días de octubre.

La llegada del primero de noviembre originó un inusitado movimiento en el pueblo. Todos se preparaban para recordar con recogimiento el “Día de los Santos Difuntos”. Todo el recorrido de las calles que conducen al cementerio estaba vestida de carpas y toldos. Las calles adyacentes al Mercado Central repletas de una abigarrada multitud de coronas. En grandes canastos, las tradicionales vendedoras ofrecían hermosas muñecas de harina y yeso: las “Tantawawas”, palomas de tamaños y formas diversas: los “Urpay”; una diversidad de llamas y caballos de pan. Tarjetas con recordatorios de diversos contenidos. Sin embargo, aquel año, el “Día de los Santos Difuntos” no fue como los anteriores. Desde el último día de octubre, un nevazón de grandes proporciones se había declarado en la cimera ciudad del Cerro de Pasco. La tormenta de nieve, inmisericorde y continua, cayó el primero y el dos de noviembre, día y noche.

La mañana del tres de noviembre, tras dos días de implacable tormenta, el ambiente se había aclarado, dando paso a la gloria de un azul intenso del cielo. La nieve había amainado y, un sol franco y agresivo, enviaba sus luminosos tentáculos sobre la tierra olvidada. Aquí y allá, los muchachos del pueblo, habían hecho gigantescos muñecos de nieve. El piso cenagoso con vestigios de nieve, hacía intransitable el camino al cementerio.

Bien entrada la mañana me dirigí al camposanto y cuando estaba por llegar a la puerta principal, advertí que un conglomerado de hombres y mujeres curiosos, se aglutinaban en derredor de una carpa. Me enteré que el juez se disponía a “levantar” un cadáver. Llevado por una punzante premonición me acerqué y, lo que vi, me anudó la garganta haciéndome temblar el corazón. Allí estaba él, el pobre “Patas a la Oreja”, clavado por docenas de ojos conmiserativos y curiosos; con su mameluco amarillo y las cananas de sus sogas obreras, en una posición dramática. Parecía una momia ancestral. Acurrucado, como si se tratara de conservar el calor rebelde y huidizo. Las cuencas de sus ojos, parecían negros hoyancos donde sepultaba la muerte de su mirada. ! Qué paz y serenidad había en su rostro cobrizo y ojeroso!.. Lo que más me estremeció, fue ver entre sus rodillas, dos latas de pintura: negra y blanca; parecían adheridas a sus carnes, en tanto que sus manos de un frío marmóreo, aprisionaban fuertemente un par de heroicas pero invictas brochas con las que debía ganarse el sustento.

Las gentes le habían visto llegar y sentarse al lado de la carpa. Todos pensaron que estaría ebrio y que buscaba dormir la borrachera. Así llegó la noche, y el día siguiente; la nieve siguió cayendo y él, inmóvil, en el mismo lugar. Cuando luego de limpiar  la nieve de su rostro y sus espaldas trataron de despertarle, comprobaron que su cuerpo, duro y rígido como un carámbano, ya era cadáver.

Estoy seguro que en cumplimiento de su promesa. Aquel día había ido al cementerio a ganarse unos soles pintando las cruces de las tumbas. La nieve implacable impidió que cumpliera su proyecto. En vano esperó. La nieve siguió cayendo. El orgullo de su hombría le impidió pedir nada, ni siquiera un lugar para guarecerse.

Se acurrucó detrás de la carpa para no molestar, inmóvil, abatido. El frío despiadado iría saturando su cuerpo, agarrotando sus músculos, endureciendo sus miembros, sumiéndole en una somnolencia apremiante. Era la muerte que llegaba, silenciosa y cruel, atenuando sus pasos en la nieve indolente; y él, al verla acercarse, sereno y altivo, la esperó como un hombre, y luego se fueron callados, sin un gemido, sin una lágrima, en silencio.

Ya en el Hospital, después de la autopsia, entrevisté al médico.

— ¿De qué murió, doctor…? – pregunté conmovido.

—  Por efecto de una pulmonía fulminante.

—  ¿Habría estado ebrio…?

—  No. Ni una sola gota de alcohol había en sus entrañas. Ni una sola. Pero lo que más me llama la atención es que, el pobre hombre, no tenía ni un gramo de alimento en el estómago. Seguramente no había comido nada en muchos días.

Aquella misma tarde, con su viejo mameluco amarillo como sudario y su enorme medalla de la virgen como metálico escapulario, cruzado por sus inseparables sogas compañeras, “Patas a la Oreja” fue colocado blandamente sobre un burdo cajón negro. A las cuatro de la tarde, presididos por las salmodias del “Cura Bolo”, cuatro cargadores, desiguales y  bamboleantes, llevaban el féretro. Los pasos inseguros de los hombres, unos más altos que los otros, originaban un balanceo rítmico como si lo llevaran, hamacándole. El pobre “Patas a la Oreja”, iba meciéndose y arrullado por la soledad y el silencio.

Al borde de su humilde tumba, traspasado de dolor y de angustia, sólo alcancé a musitar con respeto:

— Gracias, “Patas”. Gracias, hermano.

“LA CHELITA”

la ChelitaEra una preciosidad de mujer. Carita angelicalmente hermosa con ojos negros de inquietante sugerencia de lo arcano, de lo misterioso; pestañas inmensas y oscuras que le daban una majestuosa belleza de rasgos innegablemente morunos. Contemplarla era evocar a las modelos que plasmó en sus lienzos  el inmortal Julio Romero de Torres. Una maja española con salero, gracia y donosura. No en vano los rotarios la ubicaban para presidir el cortejo en la  primera carreta alegórica de corridas pueblerinas que organizaba cada año. La acompañaban otras bellezas citadinas emperifolladas con hermosos vestidos gitanos de pomposos mantones de Manila, preciosos colgajos, guarniciones y relucientes caracolillos ajustados a sus corpiños. Unas con peinetas de lujo e infaltable clavel encendido, otras, con el elegante   sombrero cordobés; pero todas con vistosos abanicos de lujo. Era un deleite verlas en aquellos espectáculos de gala en el albero de la Beneficencia Española.

Si su agareno rostro era apaciblemente sereno y casto, su cuerpo, por el contrario, era  satánicamente tentador. Sus pechos agresivamente elevados y duros como si su corpiño realizara una fuerza colosal para contenerlos y no reventar. Sus piernas largas y torneadas a la perfección dándole donosura a su majestuoso caminar. Sus grupas opulentas y provocadoras se llevaban prendidas las miradas de los aviesos hombres del pueblo. Para atenuar la lascivia con que la contemplaban vestía muy sobriamente, sin embargo, aunque no lo quisiera, no dejaba de llamar la atención su belleza corporal digna de las diosas. ¡Cuántos deseos arrebatados originaron su  cuerpo! Contra lo que podía imaginarse, no obstante ese talante en llamas, ella era muy cándida y tierna; dulce en su hablar y en su trato. Todos olvidaban su tonito extraño de su parla diaria; era natural en los venidos en la zona selvática de nuestra patria. Había nacido en Tingo María. Un hipocorístico transformó su nombre de Graciela en Chelita. Y diariamente, desde que comenzaban las labores en el Banco hasta que se retiraban después de cuadrar cuentas, su dulce nombre se repetía una y otra vez como una caricia bienhechora.

El día que llegó a trabajar al Banco Popular se originó un revuelo excepcional.  Todos quedaron prendados de ella cuando el administrador la presentó como la nueva secretaria. Desde ese mágico momento se convirtió en la engreída de aquel grupo de jóvenes. Las hasta hace poco engreídas Juanita Cornejo, Hilda Rojas Lucich y Esperanza Cisneros, pasaron a segundo plano con su consiguiente mortificación. El jefe la puso a trabajar en un escritorio, a la entrada del local, para que todos la vieran. Los curiosos -como quien no quiere la cosa- pasaban frente al Banco exclusivamente para contemplarla. A su salida la esperaban sibilinamente cuando muy aliñada entraba en “La Camelias” para almorzar. Chale Espinoza –el dueño- la recibía con gran parsimonia porque la consideraba una reina y como tal, la atendía. Su alojamiento lo había fijado en el “Edificio Proaño”, en cuyos cinco pisos tenían como ocupantes a las más distinguidas familias del pueblo así como a jefes y funcionarios de respetables empresas locales. Desde su llegada al Banco nadie hablaba de otra cosa. Los comentarios se hicieron Vox Pópuli. Imaginémonos cómo se encontraban los muchachos que trabajaban con ella.

Todos la adoraban: Glicerio Suárez Robles, Augusto Montero Vargas, Fabio Otaegui, Enrique Suárez Rojas, Samuel Beloglio; se desvivían por regalarle con algo especial. Ricardo Acquarone “Cua – Cua” la miraba extasiado como con temor de que en algún momento iría a quebrarse. Cuando acababa de sentarse, ponía con parsimonia sobre su escritorio un aparatoso chocolate HERSEYS de la colección que había comprado en la Mercantil de la compañía norteamericana. Sólo alcanzaba a balbucear “¡Para ti, Chelita!”. Gracias, Ricardo, decía la homenajeada y para el enamorado era suficiente. Un día, el “Chivirico” Martínez, suponiendo que sufriría un frío espantoso a la entrada del local, le regaló con una hermosa manta de lana de alpaca para que cubriera sus piernas. No la tuvo sino dos días. Al tercero, desapareció. ¡Claro!, la manta impedía que se recrearan contemplando aquellas piernas perfectas. El exitoso “Speaker” de “Radio Azul”, Humberto Maldonado, suponiendo que una chica tan espiritual gustaría de la poesía, le regaló con libros de Campoamor, Becquer, Espronceda… Ella sonreía complacida al recibir los libros, escuchando los piropos y galanterías del locutor. “El perro” Suárez, acicalado y modosito, le regalaba con la revista “Para ti” a cada lunes de la semana; con su mirada lánguida y sus bigotitos hitlerianos, la envolvía con su adoración visual y conmovedora. Hasta el Nemesio Choquehuaita  -conserje del Banco- le hizo entrega de su regalo: Una docena de robustas truchas pescadas en las aguas de Yanamate. Cuando estuvo delante de ella no pudo hablar, sólo puso el paquete sobre su escritorio y se retiró.

Todos la adoraban y cada uno abrigaba secretas esperanzas de ganar sus favores. Bueno, todos no. Había un maduro empleado, de mediana edad, enorme y flaco como un fideo, al que le decían “El largo”; hermético y solitario al que aparentemente no le causaba ninguna gracia la hermosura de la bella secretaria. Cuando llegaba a cumplir su labor diaria como si estuviera programado para la misma operación, se despojaba de su sombrero y su enorme abrigo de cuero que casi barría el piso -como los que usaban los vaqueros en las películas del oeste- los colgaba en el perchero de la entrada y se concentraba en su trabajo. Era el cajero principal. Nunca se le vio que siquiera le dirigiera una mirada de atención a la chica bonita. Todos estaban  amoscados e intrigados por tanta indiferencia. Alguien, como tratando de explicar la indolencia, dejó escapar su sospecha de que era un “mariposón” camuflado.  Los comentarios no pasaban de esa sola sospecha y creían que era mejor porque ya había un rival menos en esa extraña contienda de amor.

El año de su llegada la postularon como candidata al reinado de la ciudad en representación del Banco Popular. Con el afán de conseguir la corona comprometieron a ahorristas y socios del Banco para que compraran votos de su preferida. Los que más aportaron fueron altos empleados de las compañías mineras de la localidad, comerciantes y demás clientes del Banco. La dedicación de sus adoradores fue tanta que en el escrutinio final transmitido con bombos y platillos por “Radio Azul”, Chelita resultó ganadora por abrumadora mayoría de votos. La algarabía fue indescriptible. El día de su coronación en el “Club de la Unión” todos sus adoradores, los bancarios, bailaron con ella hasta la madrugada del día siguiente. Estaban muy felices. Sin embargo, ninguno había conseguido siquiera una esperanza de aquella preciosura. No importaba. Estaban seguros que tarde o temprano caería en brazos de uno de sus admiradores. Con tal de que fuera uno de ellos, no importaba de cuál, el resto sabría  perder si no era el elegido. No se equivocaron.

La última mañana de aquel mes, cuando todos se habían presentado puntualmente a laborar, extrañamente faltaba el Contador. ¿Qué ha pasado con “El Largo”? se preguntaron todos. El jefe, amargo como Pichín porque sin él no se podía iniciar el arqueo de caja, ordenó a que Choquehuayta fuera de inmediato a despertarlo. El muchachón voló a cumplir con el encargo y en poco tiempo estuvo de vuelta. Ni bien entró, el jefe preguntó:

  • ¿Lo has encontrado?
  • Sí señor
  • ¿Le has dicho que venga inmediatamente…?
  • Sí señor…
  • Pero… ¿Todavía no se levantaba…?
  • No, señor…estaba durmiendo
  • ¿Durmiendo, dices….?
  • Sí, señor; con la señorita Chelita.

Las miradas sorprendidas convergieron en el escritorio de la preciosura y comprobaron que tampoco había venido a trabajar. Quedaron estáticos sin poder creer lo que estaban escuchando. Quedaron alelados. Estoy seguro que nunca habían experimentado un desengaño tan enorme  como aquel. El silencioso “Largo”, sin decir una palabra, sin rendirle ningún homenaje, sin mirarla siquiera, se había hecho de aquella preciosidad de mujer que la semana siguiente tuvo que marcharse al saberse descubierta por sus despechados adoradores.

Doña Pepa y su turrón De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

turron de doña pepaDurante el mes morado, los peruanos nos vemos envueltos en un torbellino de sensaciones, aromas y sabores. La fe por el Señor de los Milagros se refleja en las calles, que son desbordadas por fieles y curiosos que aprovechan para probar el tradicional turrón de Doña Pepa. Conozcamos la historia de Josefa y su arte para crear el más célebre de los dulces peruanos.

El turró de Doña Pepa es un dulce tradicional peruano formado por varios palitos de harina distribuidos en bloques de manera similar al juego de yenga, bañados con miel de chancaca y decorado con coloridas grageas, confites y frutos secos.

Pregoneros con historia

Durante las épocas colonial y republicana existió un oficio dedicado exclusivamente a la venta del turrón, conocido como ´turronero´ o ´turronera´, personajes que fueron plasmados en crónicas y acuarelas costumbristas de Pancho Fierro y el francés Charles Angrand.

Los turroneros formaban parte del desfile de personajes coloniales que incluso perdura hasta nuestros días. El pregón que las turroneras de Lima antigua cantaban a viva voz era “¡Turrones! ¡Turrones! ¡Los más sabrosos turrones!”. En la actualidad suelen gritar más alto con megáfono en mano para llamar la atención de los potenciales clientes. ¿Quién no ha caminado por los alrededores de la iglesia Las Nazarenas y le han invitado un trocito de turrón?

El origen del turrón

Existe más de una historia sobre el origen del turrón de Doña Pepa. Muchos investigadores han dado alcances muy significativos de su creación. En otros se narran como cuentos incompletos, casi leyendas urbanas que contaremos acompañados con un pedacito de este delicioso dulce.

La primera se refiere a una cocinera morena, casada con un señor de apellido Cobos, antiguo empleado de la Beneficencia Pública. Su verdadero nombre habría sido Josefa y era especialista en preparar piqueos, por lo que se hizo infaltable en las famosísimas corridas de la Bomba de Lima, donde deleitaba con sus sabrosos picantes. Además tenía la habilidad para elaborar sango, ñaju y chicha. Josefa inmortalizó su nombre con unos originales turrones de harina de trigo, manteca, huevo y miel.

La segunda referencia data de fines del siglo XVIII cuando una esclava del valle de Cañete, Josefa Marmanillo, más conocida como Doña Pepa, creó que el turrón en honor al Cristo de Pachacamilla. Ella era una buena cocinera que empezó a sufrir parálisis en los brazos. Al escuchar los rumores sobre los milagros que realizaba el Cristo Moreno decidió viajar a Lima para venerar la imagen. Tanta fue su fe y devoción que se recuperó de los males que la atormentaban.

En agradecimiento preparó este colorido dulce y lo ofreció a los feligreses en cada salida que hacia el Señor de los Milagros, haciéndose conocidos como los Turrones de Doña Pepa.

Una tercera referencia habla de un virrey que organizó un concurso para premiar a quien hiciera un alimento agradable, nutritivo y que se pudiera conservar por varios días: la ganadora no fue otra que Josefa Marmanillo, por lo que su apodo ‘Doña Pepa’ quedó asociado al postre. De este relato no hemos escuchado mucho.

¿Existió Doña Pepa?

Luis Alberto Sánchez, al escribir un reportaje sobre el Señor de los Milagros en la revista “Mundial” (1921), pudo entrevistar a un limeño de pura cepa llamado Carlos Gamarra, quien le contó que sí existió Doña Pepa. Le dijo: “Doña Pepa fue una morena limeña, llamada doña Josefa de Cobos, casada con un empleado de la beneficencia. Doña Josefa era invitada a todas las fiestas criollas e inmortalizó su nombre con esos turrones maravillosos de harina de trigo, manteca, huevo y miel. Era una criolla de ley, no solo hacía turrones sino también el piqueo criollo y preparaba sango, chicha y turrón, especialmente para las corridas de toros de Lima.”

José Gálvez en su obra “Calles de Lima y meses del año” (1984) afirma que existió Doña Pepa y también que hubo un turronero limeño tan famoso como ella llamado Cubillas.

¡Qué rico turrón!

El turrón de Doña Pepa no es exclusivo de octubre, pues está presente todo el año, en los supermercados, grifos, bodeguitas, ambulantes, delivery y en la exportación de nuestros productos de alta calidad. Definitivamente el nuevo siglo es exigente y demanda mucho más a la cocina peruana.

Se han hecho demostraciones divertidas del gusto por el turrón. En octubre del 2008 se preparó en la cuarta cuadra de la avenida Tacna el turrón de Doña Pepa más grande del mundo que alcanzó 161 metros de largo y en octubre del siguiente año se superó este récord con un turrón que medía 307 metros de largo elaborado por los alumnos del Instituto de Alta Cocina D`Galia.

Distintos escritos han afirmado la existencia de Doña Pepa y su turrón. Otros le han sumado relatos que nos divierte escuchar, pero tal vez no podamos corroborarlos. Nuestro turrón de Doña Pepa es parte de nuestra historia, tradiciones y costumbres. Disfrutemos de su sabor y de sus relatos en octubre y cuando nos provoque.

EL NACIMIENTO DE UN NIÑO

nacimiento de un niñoEste era un gran acontecimiento no sólo familiar, sino también barrial; porque quiérase o no, todas las personas que vivían en un barrio se hacían solidarias del suceso. Recuerdo claramente cómo, en mi niñez, cada vez que una señora iba a alumbrar se nos obligaba estar silenciosamente quietos en observancia de una costumbre añeja y tradicional. Entretanto, ayudando a la comadrona o “curiosa” las señoras preparaban sábanas, palanganas frazadas y pellejos además de abundante agua que se hallaba hirviendo en los fogones.

las comadronas 2En cuanto a la comadrona, conocí a una viejecita simpática y voluntariosa llamada “Mama Victoria”, que con la sonrisa en el rostro atendía solícitamente a las parturientas. Su pujanza era tal que no hubo, por largo tiempo, otra mujer más esencial en esta noble tarea. Casi todos los niños venidos al mundo en mi tiempo y un lapso antes, fuimos “recibidos” por ella. La exigencia de una limpieza absoluta era su primera disposición. Ella misma premunida de un mandil blanco y las manos completamente aseadas disponía que dentro de la habitación de trabajo sólo cupiera lo indispensable. Expulsaba todo lo inútil. Estoy seguro que jamás habría leído ningún tratado de sicología pero, intuitiva y cariñosa, suplía la sapiencia doctoral con una intuición cariñosa sin límites. Su trato a la parturienta era no sólo jovial sino también cariñosamente maternal, especialmente si era “primeriza”. Desde su llegada con amplia sonrisa en los labios daba confianza a su paciente. La tomaba de las manos y acariciándola suavemente le decía que se veía muy bonita y que como era fuerte y saludable todo saldría muy bien; que lo tomara con calma; que todas las mujeres del mundo alumbraban y pasaban por el mismo trance; que era la consumación de la misión más hermosa que la mujer tenía que cumplir; que llegado el momento todo saldría perfectamente. Acto seguido disponía la limpieza del estómago con una ligera lavativa así como la ablución con agua tibia de la zona genital de la paciente. Después de establecer el grado de dilatación por las pulsaciones, acomodaba el vientre y frotaba a la parturienta. Rota la fuente ante la inminencia del parto alentaba a la paciente con todo su cariño hasta que todo terminara con éxito.

Cortado el cordón umbilical con el trozo de una “canala” –olla de barro para tostar cancha rota ex profeso-  se le colocaba una peseta de plata entre un apósito desinfectado sobre el “pupo” (ombligo) del niño, protegiéndolo después con el ombliguero encima de la cual venían los pañales.

En señal de previsión muy plausible, claro está, la comadrona simulaba coser la boquita -caso de que fuera niña- a fin de evitar de que se convirtiera en “Washarrima”, es decir chismosa y hablantina. A veces ni esta previsión daba resultado. Si el niño nacía muy cabezón le ponía una media de lana del papá en la cabecita con la que debía permanecer un buen rato y ¡Santo remedio! Así como éstas, usaba muchas otras tretas más.

El baño con agua tibia del niño venía después de haberse recogido con una moneda de plata toda la grasita que como nieve le cubría el robusto cuerpecito. Esta gracita era muy utilizada más tarde para tratar las cicatrices y marcas de viruela de otras personas, tal su poder regenerativo. Luego se le aplicaba una lana escarmenada en su “mollerito”, es decir en el agujero que se nota en la parte superior de la cabeza, para que no se resfríe ni en el futuro se vuelva “Togro”, es decir: mocoso; encima su gorrita de franela y luego las de lana; los bracitos juntos, envueltos por una “pullo” (manta) grande a fin de que no crezca “chueco”, es decir con las piernas torcidas. La verdad de todo era que se esta manera se prevenía que el niño no fuera a descubrirse el cuerpo con el movimiento de sus bracitos. Naturalmente el crío quedaba plácidamente tranquilo como si estuviera todavía en el vientre de su madre. Lo más hermoso era que inmediatamente de nacido  se le colocaba en el regazo materno y cuando rompía a llorar acosado por el hambre, se le acercaba a la boquita un hisopo con lamedor de granada que el niño paladeaba. Por lo demás, una vez superada la expulsión del calostro, la madre le daba la teta que el niño bebía con fruición. El doctor Pérez Albela, dice al respecto. “Cuando el niño tiene el primer contacto con la madre fuera de su útero, naturalmente buscará lactar. Al succionar el calostro (ese néctar divino que en apariencia es una leche diluida porque es transparente), al estar lleno de inmunoglobulina, el niño refuerza sus defensas y  se nutre inmejorablemente  porque la madre le transmite toda la carga inmunitaria. Con este simple pero maravilloso acto, lacta por primera vez, se relaja y sonríe”.

En cuanto a la madre, salida del apuro y luego del aseo correspondiente, recibía un tratamiento especial. Primeramente se le “amarraba” la cabeza después de ser “cerrada” por las manos expertas de la comadrona, -pasados algunos días también “cerraría” su cuerpo- se la arropaba bien y de inmediato se le daba un caliente caldo de gallina o de carne seca con chuño negro que con mucha anticipación había venido preparándose. Era imperativo que la parturienta recobrara fuerzas y acumulara líquido para tener leche en abundancia. Eso sí, no se dejaba que durmiera de inmediato porque corría el peligro de que “la sangre se le fuera a la cabeza” con lógicas y desastrosas consecuencias.

A partir del día siguiente del parto, la flamante madre era tratada con una consideración especial porque había sufrido mucho en traer al niño. Completamente abrigada, recostada en unas almohadas muelles, esperaba el paso de los días. No debía levantarse porque podía darle el “sobreparto” caracterizado por fiebres altas, convulsiones y dolores. Era muy peligroso. Caso de sufrir el “sobreparto” tenía que hacérsele beber una bebida caliente de “mashua” con Oporto “El Abuelo”. La parturienta todo lo hacía en su cama. Para comer, previamente aseada, recibía sus alimentos muy solícitamente; en cuanto a sus necesidades corporales se le había puesto un pellón lanudo debajo de la cama para que pisándolo pudiera utilizar la bacinica. Levantarse para ir al excusado era un riesgo que nadie quería que la parturienta corriera. Así hasta que pasado un mes, robusta y colorada, la mujer con sus mamas gigantescas, se levantaba a seguir cumpliendo con su papel de madre y… de esposa.

las comadronas

 

El fin de la Segunda Guerra Mundial De EL COMERCIO

fin de la II guerra mundialSe cumplen 70 años desde que llegó a su fin la Segunda Guerra Mundial, uno de los enfrentamientos bélicos más destructivos de la historia de la humanidad. Exactamente, el 2 de setiembre de 1945, con la rendición oficial de Japón ante los Estados Unidos, cesó la devastación de ciudades enteras y el aniquilamiento de millones de inocentes. Como evidencia, solo quedaban paisajes desoladores.

Transcurridos casi 6 años del inicio de una guerra que llegó a involucrar a 56 países, el frente de los aliados (liderado por Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética) había logrado disminuir militarmente a las potencias del Eje. Con la muerte del primer ministro italiano, Benito Mussolini, y el suicidio del líder nazi, Adolfo Hitler, el objetivo de las fuerzas aliadas se concentró en derrotar a Japón hasta lograr su rendición. No obstante, los japoneses se negaron a capitular aún a costa del sacrificio de miles de sus habitantes.

Los ataques definitivos llegaron mediante el uso de las bombas atómicas, recurso al que los aliados acordaron apelar en la conferencia de Potsdam, en Alemania, celebrada entre el 17 de julio y el 2 de agosto. Durante la reunión, los estadounidenses comunicaron que la ofensiva con la nueva arma era inminente, ya que las pruebas realizadas en el desierto de Nuevo México habían resultado satisfactorias.

Ataque a Hiroshima

Con la decisión tomada, el bombardero B-29 Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, arrojó la bomba “Little Boy” sobre Hiroshima la mañana del 6 de agosto de 1945. La detonación alcanzó una potencia de unos 15 kilotones, equivalente a 15 mil toneladas de TNT, lo que provocó la desaparición del 60% de la superficie de la ciudad y pulverizó al instante a miles de inocentes.

Aproximadamente 80 mil personas fallecieron, y un número similar resultó con heridas de gravedad. Muchos de los afectados por la radiación fallecieron meses o años después a causa de leucemia, cáncer de tiroides, cáncer de pulmón, etc.

la bomba atómicaLa finalidad del ataque era demostrar al gobierno japonés que toda resistencia era inútil, y que solo acabaría con su país devastado. Asimismo, el presidente estadounidense Harry Truman buscaba, más allá de vengar el atentado de Pearl Harbor, demostrar una supremacía bélica frente a la Unión Soviética (URSS), por entonces su aliado y pronto rival durante la Guerra Fría.

Ataque a Nagasaki

Al encontrar resistencia por parte del gobierno japonés, el presidente Truman autorizó el uso de la segunda bomba atómica. Esta tuvo como objetivo inicial la ciudad de Kokura; sin embargo, por complicaciones climatológicas, se decidió optar por la segunda alternativa: la ciudad de Nagasaki.

El ataque sucedió tres días después de la tragedia de Hiroshima, cuando el golpe psicológico estaba muy fresco en el pueblo nipón. El comandante Charles Sweeney, quien pilotó el B-29 Bockscar, se encargó de lanzar la bomba “Fat Man” sobre una ciudad en la que en ese momento todo se desarrollaba con tranquilidad: los niños estaban en plena clase en las escuelas, las mujeres cumplían con sus quehaceres cotidianos en sus casas y la mayoría de hombres trabajaba en las fábricas.

La detonación de la bomba de plutonio causó la muerte de unas 39 mil personas, mientras que los heridos bordeaban los 25 mil. La orografía de Nagasaki había contribuido a que el número de víctimas fuese menor al de Hiroshima. No obstante, el 68% de las instalaciones industriales de la ciudad fue arrasado.

“La segunda bomba atómica lanzada contra el Japón ha borrado del mapa, literalmente, a Nagasaki”, tituló El Comercio la mañana del día siguiente. En la misma edición, el Diario informaba que Japón había amenazado con usar un arma similar a la bomba atómica contra las fuerzas armadas de los Estados Unidos. La amenaza nunca se cumplió.

La rendición

Los japoneses, al temer el lanzamiento de una tercera bomba atómica, aceptaron la derrota. A través de intermediarios suecos y suizos, el gobierno hizo llegar a los aliados el mensaje de que aceptarían la rendición con la única condición de mantener al emperador Hirohito a la cabeza del país.

Con el apoyo del primer ministro británico Attlee, y en contra de la Unión Soviética y China, que querían eliminar el sistema imperial japonés, el presidente Truman aceptó la condición planteada por Japón. El 14 de agosto, Hiroito grabó un mensaje para la nación en el que anunció el fin de la guerra y pedía obediencia al pueblo japonés. Al día siguiente se retransmitió a todo el país.

Finalmente, el 2 de setiembre de 1945, a bordo del acorazado USS Missouri, el general japonés Yoshihiro Umuza firmó la rendición oficial del Japón con lo que acababa la guerra en el Pacífico. La Segunda Guerra Mundial había culminado.

acta de capitulación

(Julio Guerra)
Fotos: Archivo El Comercio/Agencias

 

Los años maravillosos del vóley peruano

En la nota evocativa que publicó “El Comercio” se hace mención de los momentos más brillantes de nuestros vóleibol. ¡Cuánta alegría nos depararon aquellas chicas maravillosas! Fue una lástima –hay que decirlo- que la Federación correspondiente no siguiera preparando a una nueva hornada de valores. Ha tenido que pasar mucho tiempo para que, en tiempos actuales, retomemos esa ruta de triunfos y alegrías.

De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

voley peruanoEn los mundiales de vóley de 1982 y 1986, el Perú logró la hazaña histórica de conseguir el segundo y tercer lugar, respectivamente. Siempre comandadas por el gran Man Boc Park las chicas se ganaron el corazón de la afición al demostrar la garra de la mujer peruana. Los mates de Cecilia TaitGaby Pérez del Solar y la picardía de Rosa García para engañar a sus rivales con sus célebres ´colocadas´ han quedado en la memoria de los aficionados que tienen la convicción de que las nuevas generaciones de matadoras conseguirán más lauros para el país.

Del 12 al 25 setiembre de 1982 las ciudades de Arequipa, Chiclayo, Ica, Lima, Trujillo y Tacna fueron sedes del IX Mundial de Vóley Femenino. El torneo reunió a 23 países, entre ellos, a verdaderas potencias como la Unión Soviética, China y Cuba. El seleccionado peruano liderado por el coreano Man Boc Park tuvo como rivales en la primera fase a Indonesia, Nigeria y Canadá.

Camino a la gloria

La ceremonia de inauguración se realizó en el coliseo Amauta, a ritmo de marinera, y con la participación de Perú Negro y la asociación japonesa Michesen Soshu del Perú. Luego del colorido espectáculo la selección peruana venció a Indonesia por 3 a 0 en tan solo 30 minutos.

Durante el partido ´Mambo´ fue alternando a las jugadoras experimentadas como Denisse Fajardo y Cecilia Tait con el equipo de la ´banca´, formado por Natalia Málaga, Rosa García, Cecilia del Risco, Carmen Pimentel y Gaby Cárdenas. La falta de talla de las indonesas fue aprovechada por nuestras matadoras que destacaron por la potencia de los remates y la habilidad del armado de Rosita García.

La picardía de Carmen Pimentel para colocar pelotas y los mates de Gina Torrealva y Cecilia del Risco hicieron que la bicolor venciera a Nigeria y Canadá en partidos que hicieron vibrar a miles de peruanos.

Perú inició la ronda semifinal ganándole a Bulgaria en un partido donde no demostró todo su poderío. El Comercio titulaba “Faltó alegría al Perú pese a imponerse 3-0.” Con Corea del Sur el resultado fue adverso, ya que nuestras matadoras no pudieron contener los remates de las coreanas.

Sin embargo, las nacionales se reivindicaron con la afición al ganar 3 a 0 a las brasileñas. El triunfo fue contundente al funcionar ´la máquina peruana´ formada por Aurora Heredia y Raquel Chumpitaz en el armado y Cecilia Tait, Denisse Fajardo, Gina Torrealva y Cecilia del Risco manejando el ataque y bloqueo que desconcertó a Brasil.

Con el ánimo en alto y el apoyo del público, el seleccionado peruano logró un triunfo de oro al ganar a Japón 3-1 y, por ende, ubicarse entre los cuatro mejores equipos del torneo. Hasta ese momento, las japonesas eran las favoritas para pasar a la siguiente ronda, pero no pudieron con la calidad del juego y la garra del combinado peruano, que celebró entre lágrimas y aplausos su victoria.

Hazaña histórica

Los seleccionados de China, Estados Unidos, Japón y Perú disputarían los primeros puestos del torneo en el coliseo Amauta. El 24 de setiembre el vóley peruano quedó a un paso de la gloria al ganar 3-0 a las espigadas norteamericanas. Silvia León fue pieza fundamental para la victoria. El Amauta vibraba con cada mate de Tait, Torrealva y Chumpitaz.

Sin embargo, China fue un rival muy poderoso ya que entre sus filas tenía a su arma secreta: la jugadora Lang Ping, más conocida como ´La Martillo de Hierro´, quien al llegar a nuestro país declaró: “Venimos a campeonar”.

Lang Ping condujo a su equipo a la victoria con sus demoledores remates y bloqueo infranqueable. A pesar del resultado adverso, los 14 mil aficionados que abarrotaron el Amauta ovacionaron a las peruanas pues era la primera vez que se obtenía un título de subcampeonas.

Matadoras de bronce

En el X Mundial de Vóley jugado entre el 2 y 13 de setiembre de 1986 en Checoslovaquia, las peruanas lideradas por ‘Mister Park’ siguieron cosechando triunfos al vencer a los sextetos de Alemania Federal, Brasil, Cuba, Checoslovaquia, Corea del Sur y Bulgaria, logrando ubicarse entre los cuatro mejores equipos del torneo.

Rosa García, Cecilia Tait, Denisse Fajardo, Natalia Málaga, Gaby Pérez del Solar, Gina Torrealva, Cenaida Uribe y Sonia Heredia tuvieron en vilo a miles de peruanos que seguían los partidos por la televisión. Los comentarios y arengas de Lucho Izusqui eran parte de aquellas maratónicas jornadas que dejaron huella en la afición de los años 80.

La Muralla China

China nos dejó sin posibilidades de disputar el título mundial. La muralla china fue impenetrable a pesar de los esfuerzos de Gaby Pérez del Solar y de la capitana Gina Torrealva.

Perú quedó tercero al vencer al equipo de Alemania Oriental por 3 a 1. Finalizado el encuentro nuestras matadoras expresaron su satisfacción por el nuevo lauro obtenido para el deporte peruano. Gaby Pérez del Solar fue reconocida como la mejor jugadora peruana. En declaraciones a la prensa, Gina Torrealva y Cecilia Tait agradecieron el apoyo de la afición dedicándoles el triunfo.

En este Mundial Japón 2010, el Perú sigue luchando para clasificar a la siguiente ronda. Esperemos que nuestras matadoras remonten los resultados adversos de las dos últimas jornadas para alegría de los aficionados del deporte de la net alta. ¡Arriba Perú!