“LA CHELITA”

la ChelitaEra una preciosidad de mujer. Carita angelicalmente hermosa con ojos negros de inquietante sugerencia de lo arcano, de lo misterioso; pestañas inmensas y oscuras que le daban una majestuosa belleza de rasgos innegablemente morunos. Contemplarla era evocar a las modelos que plasmó en sus lienzos  el inmortal Julio Romero de Torres. Una maja española con salero, gracia y donosura. No en vano los rotarios la ubicaban para presidir el cortejo en la  primera carreta alegórica de corridas pueblerinas que organizaba cada año. La acompañaban otras bellezas citadinas emperifolladas con hermosos vestidos gitanos de pomposos mantones de Manila, preciosos colgajos, guarniciones y relucientes caracolillos ajustados a sus corpiños. Unas con peinetas de lujo e infaltable clavel encendido, otras, con el elegante   sombrero cordobés; pero todas con vistosos abanicos de lujo. Era un deleite verlas en aquellos espectáculos de gala en el albero de la Beneficencia Española.

Si su agareno rostro era apaciblemente sereno y casto, su cuerpo, por el contrario, era  satánicamente tentador. Sus pechos agresivamente elevados y duros como si su corpiño realizara una fuerza colosal para contenerlos y no reventar. Sus piernas largas y torneadas a la perfección dándole donosura a su majestuoso caminar. Sus grupas opulentas y provocadoras se llevaban prendidas las miradas de los aviesos hombres del pueblo. Para atenuar la lascivia con que la contemplaban vestía muy sobriamente, sin embargo, aunque no lo quisiera, no dejaba de llamar la atención su belleza corporal digna de las diosas. ¡Cuántos deseos arrebatados originaron su  cuerpo! Contra lo que podía imaginarse, no obstante ese talante en llamas, ella era muy cándida y tierna; dulce en su hablar y en su trato. Todos olvidaban su tonito extraño de su parla diaria; era natural en los venidos en la zona selvática de nuestra patria. Había nacido en Tingo María. Un hipocorístico transformó su nombre de Graciela en Chelita. Y diariamente, desde que comenzaban las labores en el Banco hasta que se retiraban después de cuadrar cuentas, su dulce nombre se repetía una y otra vez como una caricia bienhechora.

El día que llegó a trabajar al Banco Popular se originó un revuelo excepcional.  Todos quedaron prendados de ella cuando el administrador la presentó como la nueva secretaria. Desde ese mágico momento se convirtió en la engreída de aquel grupo de jóvenes. Las hasta hace poco engreídas Juanita Cornejo, Hilda Rojas Lucich y Esperanza Cisneros, pasaron a segundo plano con su consiguiente mortificación. El jefe la puso a trabajar en un escritorio, a la entrada del local, para que todos la vieran. Los curiosos -como quien no quiere la cosa- pasaban frente al Banco exclusivamente para contemplarla. A su salida la esperaban sibilinamente cuando muy aliñada entraba en “La Camelias” para almorzar. Chale Espinoza –el dueño- la recibía con gran parsimonia porque la consideraba una reina y como tal, la atendía. Su alojamiento lo había fijado en el “Edificio Proaño”, en cuyos cinco pisos tenían como ocupantes a las más distinguidas familias del pueblo así como a jefes y funcionarios de respetables empresas locales. Desde su llegada al Banco nadie hablaba de otra cosa. Los comentarios se hicieron Vox Pópuli. Imaginémonos cómo se encontraban los muchachos que trabajaban con ella.

Todos la adoraban: Glicerio Suárez Robles, Augusto Montero Vargas, Fabio Otaegui, Enrique Suárez Rojas, Samuel Beloglio; se desvivían por regalarle con algo especial. Ricardo Acquarone “Cua – Cua” la miraba extasiado como con temor de que en algún momento iría a quebrarse. Cuando acababa de sentarse, ponía con parsimonia sobre su escritorio un aparatoso chocolate HERSEYS de la colección que había comprado en la Mercantil de la compañía norteamericana. Sólo alcanzaba a balbucear “¡Para ti, Chelita!”. Gracias, Ricardo, decía la homenajeada y para el enamorado era suficiente. Un día, el “Chivirico” Martínez, suponiendo que sufriría un frío espantoso a la entrada del local, le regaló con una hermosa manta de lana de alpaca para que cubriera sus piernas. No la tuvo sino dos días. Al tercero, desapareció. ¡Claro!, la manta impedía que se recrearan contemplando aquellas piernas perfectas. El exitoso “Speaker” de “Radio Azul”, Humberto Maldonado, suponiendo que una chica tan espiritual gustaría de la poesía, le regaló con libros de Campoamor, Becquer, Espronceda… Ella sonreía complacida al recibir los libros, escuchando los piropos y galanterías del locutor. “El perro” Suárez, acicalado y modosito, le regalaba con la revista “Para ti” a cada lunes de la semana; con su mirada lánguida y sus bigotitos hitlerianos, la envolvía con su adoración visual y conmovedora. Hasta el Nemesio Choquehuaita  -conserje del Banco- le hizo entrega de su regalo: Una docena de robustas truchas pescadas en las aguas de Yanamate. Cuando estuvo delante de ella no pudo hablar, sólo puso el paquete sobre su escritorio y se retiró.

Todos la adoraban y cada uno abrigaba secretas esperanzas de ganar sus favores. Bueno, todos no. Había un maduro empleado, de mediana edad, enorme y flaco como un fideo, al que le decían “El largo”; hermético y solitario al que aparentemente no le causaba ninguna gracia la hermosura de la bella secretaria. Cuando llegaba a cumplir su labor diaria como si estuviera programado para la misma operación, se despojaba de su sombrero y su enorme abrigo de cuero que casi barría el piso -como los que usaban los vaqueros en las películas del oeste- los colgaba en el perchero de la entrada y se concentraba en su trabajo. Era el cajero principal. Nunca se le vio que siquiera le dirigiera una mirada de atención a la chica bonita. Todos estaban  amoscados e intrigados por tanta indiferencia. Alguien, como tratando de explicar la indolencia, dejó escapar su sospecha de que era un “mariposón” camuflado.  Los comentarios no pasaban de esa sola sospecha y creían que era mejor porque ya había un rival menos en esa extraña contienda de amor.

El año de su llegada la postularon como candidata al reinado de la ciudad en representación del Banco Popular. Con el afán de conseguir la corona comprometieron a ahorristas y socios del Banco para que compraran votos de su preferida. Los que más aportaron fueron altos empleados de las compañías mineras de la localidad, comerciantes y demás clientes del Banco. La dedicación de sus adoradores fue tanta que en el escrutinio final transmitido con bombos y platillos por “Radio Azul”, Chelita resultó ganadora por abrumadora mayoría de votos. La algarabía fue indescriptible. El día de su coronación en el “Club de la Unión” todos sus adoradores, los bancarios, bailaron con ella hasta la madrugada del día siguiente. Estaban muy felices. Sin embargo, ninguno había conseguido siquiera una esperanza de aquella preciosura. No importaba. Estaban seguros que tarde o temprano caería en brazos de uno de sus admiradores. Con tal de que fuera uno de ellos, no importaba de cuál, el resto sabría  perder si no era el elegido. No se equivocaron.

La última mañana de aquel mes, cuando todos se habían presentado puntualmente a laborar, extrañamente faltaba el Contador. ¿Qué ha pasado con “El Largo”? se preguntaron todos. El jefe, amargo como Pichín porque sin él no se podía iniciar el arqueo de caja, ordenó a que Choquehuayta fuera de inmediato a despertarlo. El muchachón voló a cumplir con el encargo y en poco tiempo estuvo de vuelta. Ni bien entró, el jefe preguntó:

  • ¿Lo has encontrado?
  • Sí señor
  • ¿Le has dicho que venga inmediatamente…?
  • Sí señor…
  • Pero… ¿Todavía no se levantaba…?
  • No, señor…estaba durmiendo
  • ¿Durmiendo, dices….?
  • Sí, señor; con la señorita Chelita.

Las miradas sorprendidas convergieron en el escritorio de la preciosura y comprobaron que tampoco había venido a trabajar. Quedaron estáticos sin poder creer lo que estaban escuchando. Quedaron alelados. Estoy seguro que nunca habían experimentado un desengaño tan enorme  como aquel. El silencioso “Largo”, sin decir una palabra, sin rendirle ningún homenaje, sin mirarla siquiera, se había hecho de aquella preciosidad de mujer que la semana siguiente tuvo que marcharse al saberse descubierta por sus despechados adoradores.

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Doña Pepa y su turrón De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

turron de doña pepaDurante el mes morado, los peruanos nos vemos envueltos en un torbellino de sensaciones, aromas y sabores. La fe por el Señor de los Milagros se refleja en las calles, que son desbordadas por fieles y curiosos que aprovechan para probar el tradicional turrón de Doña Pepa. Conozcamos la historia de Josefa y su arte para crear el más célebre de los dulces peruanos.

El turró de Doña Pepa es un dulce tradicional peruano formado por varios palitos de harina distribuidos en bloques de manera similar al juego de yenga, bañados con miel de chancaca y decorado con coloridas grageas, confites y frutos secos.

Pregoneros con historia

Durante las épocas colonial y republicana existió un oficio dedicado exclusivamente a la venta del turrón, conocido como ´turronero´ o ´turronera´, personajes que fueron plasmados en crónicas y acuarelas costumbristas de Pancho Fierro y el francés Charles Angrand.

Los turroneros formaban parte del desfile de personajes coloniales que incluso perdura hasta nuestros días. El pregón que las turroneras de Lima antigua cantaban a viva voz era “¡Turrones! ¡Turrones! ¡Los más sabrosos turrones!”. En la actualidad suelen gritar más alto con megáfono en mano para llamar la atención de los potenciales clientes. ¿Quién no ha caminado por los alrededores de la iglesia Las Nazarenas y le han invitado un trocito de turrón?

El origen del turrón

Existe más de una historia sobre el origen del turrón de Doña Pepa. Muchos investigadores han dado alcances muy significativos de su creación. En otros se narran como cuentos incompletos, casi leyendas urbanas que contaremos acompañados con un pedacito de este delicioso dulce.

La primera se refiere a una cocinera morena, casada con un señor de apellido Cobos, antiguo empleado de la Beneficencia Pública. Su verdadero nombre habría sido Josefa y era especialista en preparar piqueos, por lo que se hizo infaltable en las famosísimas corridas de la Bomba de Lima, donde deleitaba con sus sabrosos picantes. Además tenía la habilidad para elaborar sango, ñaju y chicha. Josefa inmortalizó su nombre con unos originales turrones de harina de trigo, manteca, huevo y miel.

La segunda referencia data de fines del siglo XVIII cuando una esclava del valle de Cañete, Josefa Marmanillo, más conocida como Doña Pepa, creó que el turrón en honor al Cristo de Pachacamilla. Ella era una buena cocinera que empezó a sufrir parálisis en los brazos. Al escuchar los rumores sobre los milagros que realizaba el Cristo Moreno decidió viajar a Lima para venerar la imagen. Tanta fue su fe y devoción que se recuperó de los males que la atormentaban.

En agradecimiento preparó este colorido dulce y lo ofreció a los feligreses en cada salida que hacia el Señor de los Milagros, haciéndose conocidos como los Turrones de Doña Pepa.

Una tercera referencia habla de un virrey que organizó un concurso para premiar a quien hiciera un alimento agradable, nutritivo y que se pudiera conservar por varios días: la ganadora no fue otra que Josefa Marmanillo, por lo que su apodo ‘Doña Pepa’ quedó asociado al postre. De este relato no hemos escuchado mucho.

¿Existió Doña Pepa?

Luis Alberto Sánchez, al escribir un reportaje sobre el Señor de los Milagros en la revista “Mundial” (1921), pudo entrevistar a un limeño de pura cepa llamado Carlos Gamarra, quien le contó que sí existió Doña Pepa. Le dijo: “Doña Pepa fue una morena limeña, llamada doña Josefa de Cobos, casada con un empleado de la beneficencia. Doña Josefa era invitada a todas las fiestas criollas e inmortalizó su nombre con esos turrones maravillosos de harina de trigo, manteca, huevo y miel. Era una criolla de ley, no solo hacía turrones sino también el piqueo criollo y preparaba sango, chicha y turrón, especialmente para las corridas de toros de Lima.”

José Gálvez en su obra “Calles de Lima y meses del año” (1984) afirma que existió Doña Pepa y también que hubo un turronero limeño tan famoso como ella llamado Cubillas.

¡Qué rico turrón!

El turrón de Doña Pepa no es exclusivo de octubre, pues está presente todo el año, en los supermercados, grifos, bodeguitas, ambulantes, delivery y en la exportación de nuestros productos de alta calidad. Definitivamente el nuevo siglo es exigente y demanda mucho más a la cocina peruana.

Se han hecho demostraciones divertidas del gusto por el turrón. En octubre del 2008 se preparó en la cuarta cuadra de la avenida Tacna el turrón de Doña Pepa más grande del mundo que alcanzó 161 metros de largo y en octubre del siguiente año se superó este récord con un turrón que medía 307 metros de largo elaborado por los alumnos del Instituto de Alta Cocina D`Galia.

Distintos escritos han afirmado la existencia de Doña Pepa y su turrón. Otros le han sumado relatos que nos divierte escuchar, pero tal vez no podamos corroborarlos. Nuestro turrón de Doña Pepa es parte de nuestra historia, tradiciones y costumbres. Disfrutemos de su sabor y de sus relatos en octubre y cuando nos provoque.

EL NACIMIENTO DE UN NIÑO

nacimiento de un niñoEste era un gran acontecimiento no sólo familiar, sino también barrial; porque quiérase o no, todas las personas que vivían en un barrio se hacían solidarias del suceso. Recuerdo claramente cómo, en mi niñez, cada vez que una señora iba a alumbrar se nos obligaba estar silenciosamente quietos en observancia de una costumbre añeja y tradicional. Entretanto, ayudando a la comadrona o “curiosa” las señoras preparaban sábanas, palanganas frazadas y pellejos además de abundante agua que se hallaba hirviendo en los fogones.

las comadronas 2En cuanto a la comadrona, conocí a una viejecita simpática y voluntariosa llamada “Mama Victoria”, que con la sonrisa en el rostro atendía solícitamente a las parturientas. Su pujanza era tal que no hubo, por largo tiempo, otra mujer más esencial en esta noble tarea. Casi todos los niños venidos al mundo en mi tiempo y un lapso antes, fuimos “recibidos” por ella. La exigencia de una limpieza absoluta era su primera disposición. Ella misma premunida de un mandil blanco y las manos completamente aseadas disponía que dentro de la habitación de trabajo sólo cupiera lo indispensable. Expulsaba todo lo inútil. Estoy seguro que jamás habría leído ningún tratado de sicología pero, intuitiva y cariñosa, suplía la sapiencia doctoral con una intuición cariñosa sin límites. Su trato a la parturienta era no sólo jovial sino también cariñosamente maternal, especialmente si era “primeriza”. Desde su llegada con amplia sonrisa en los labios daba confianza a su paciente. La tomaba de las manos y acariciándola suavemente le decía que se veía muy bonita y que como era fuerte y saludable todo saldría muy bien; que lo tomara con calma; que todas las mujeres del mundo alumbraban y pasaban por el mismo trance; que era la consumación de la misión más hermosa que la mujer tenía que cumplir; que llegado el momento todo saldría perfectamente. Acto seguido disponía la limpieza del estómago con una ligera lavativa así como la ablución con agua tibia de la zona genital de la paciente. Después de establecer el grado de dilatación por las pulsaciones, acomodaba el vientre y frotaba a la parturienta. Rota la fuente ante la inminencia del parto alentaba a la paciente con todo su cariño hasta que todo terminara con éxito.

Cortado el cordón umbilical con el trozo de una “canala” –olla de barro para tostar cancha rota ex profeso-  se le colocaba una peseta de plata entre un apósito desinfectado sobre el “pupo” (ombligo) del niño, protegiéndolo después con el ombliguero encima de la cual venían los pañales.

En señal de previsión muy plausible, claro está, la comadrona simulaba coser la boquita -caso de que fuera niña- a fin de evitar de que se convirtiera en “Washarrima”, es decir chismosa y hablantina. A veces ni esta previsión daba resultado. Si el niño nacía muy cabezón le ponía una media de lana del papá en la cabecita con la que debía permanecer un buen rato y ¡Santo remedio! Así como éstas, usaba muchas otras tretas más.

El baño con agua tibia del niño venía después de haberse recogido con una moneda de plata toda la grasita que como nieve le cubría el robusto cuerpecito. Esta gracita era muy utilizada más tarde para tratar las cicatrices y marcas de viruela de otras personas, tal su poder regenerativo. Luego se le aplicaba una lana escarmenada en su “mollerito”, es decir en el agujero que se nota en la parte superior de la cabeza, para que no se resfríe ni en el futuro se vuelva “Togro”, es decir: mocoso; encima su gorrita de franela y luego las de lana; los bracitos juntos, envueltos por una “pullo” (manta) grande a fin de que no crezca “chueco”, es decir con las piernas torcidas. La verdad de todo era que se esta manera se prevenía que el niño no fuera a descubrirse el cuerpo con el movimiento de sus bracitos. Naturalmente el crío quedaba plácidamente tranquilo como si estuviera todavía en el vientre de su madre. Lo más hermoso era que inmediatamente de nacido  se le colocaba en el regazo materno y cuando rompía a llorar acosado por el hambre, se le acercaba a la boquita un hisopo con lamedor de granada que el niño paladeaba. Por lo demás, una vez superada la expulsión del calostro, la madre le daba la teta que el niño bebía con fruición. El doctor Pérez Albela, dice al respecto. “Cuando el niño tiene el primer contacto con la madre fuera de su útero, naturalmente buscará lactar. Al succionar el calostro (ese néctar divino que en apariencia es una leche diluida porque es transparente), al estar lleno de inmunoglobulina, el niño refuerza sus defensas y  se nutre inmejorablemente  porque la madre le transmite toda la carga inmunitaria. Con este simple pero maravilloso acto, lacta por primera vez, se relaja y sonríe”.

En cuanto a la madre, salida del apuro y luego del aseo correspondiente, recibía un tratamiento especial. Primeramente se le “amarraba” la cabeza después de ser “cerrada” por las manos expertas de la comadrona, -pasados algunos días también “cerraría” su cuerpo- se la arropaba bien y de inmediato se le daba un caliente caldo de gallina o de carne seca con chuño negro que con mucha anticipación había venido preparándose. Era imperativo que la parturienta recobrara fuerzas y acumulara líquido para tener leche en abundancia. Eso sí, no se dejaba que durmiera de inmediato porque corría el peligro de que “la sangre se le fuera a la cabeza” con lógicas y desastrosas consecuencias.

A partir del día siguiente del parto, la flamante madre era tratada con una consideración especial porque había sufrido mucho en traer al niño. Completamente abrigada, recostada en unas almohadas muelles, esperaba el paso de los días. No debía levantarse porque podía darle el “sobreparto” caracterizado por fiebres altas, convulsiones y dolores. Era muy peligroso. Caso de sufrir el “sobreparto” tenía que hacérsele beber una bebida caliente de “mashua” con Oporto “El Abuelo”. La parturienta todo lo hacía en su cama. Para comer, previamente aseada, recibía sus alimentos muy solícitamente; en cuanto a sus necesidades corporales se le había puesto un pellón lanudo debajo de la cama para que pisándolo pudiera utilizar la bacinica. Levantarse para ir al excusado era un riesgo que nadie quería que la parturienta corriera. Así hasta que pasado un mes, robusta y colorada, la mujer con sus mamas gigantescas, se levantaba a seguir cumpliendo con su papel de madre y… de esposa.

las comadronas

 

El fin de la Segunda Guerra Mundial De EL COMERCIO

fin de la II guerra mundialSe cumplen 70 años desde que llegó a su fin la Segunda Guerra Mundial, uno de los enfrentamientos bélicos más destructivos de la historia de la humanidad. Exactamente, el 2 de setiembre de 1945, con la rendición oficial de Japón ante los Estados Unidos, cesó la devastación de ciudades enteras y el aniquilamiento de millones de inocentes. Como evidencia, solo quedaban paisajes desoladores.

Transcurridos casi 6 años del inicio de una guerra que llegó a involucrar a 56 países, el frente de los aliados (liderado por Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética) había logrado disminuir militarmente a las potencias del Eje. Con la muerte del primer ministro italiano, Benito Mussolini, y el suicidio del líder nazi, Adolfo Hitler, el objetivo de las fuerzas aliadas se concentró en derrotar a Japón hasta lograr su rendición. No obstante, los japoneses se negaron a capitular aún a costa del sacrificio de miles de sus habitantes.

Los ataques definitivos llegaron mediante el uso de las bombas atómicas, recurso al que los aliados acordaron apelar en la conferencia de Potsdam, en Alemania, celebrada entre el 17 de julio y el 2 de agosto. Durante la reunión, los estadounidenses comunicaron que la ofensiva con la nueva arma era inminente, ya que las pruebas realizadas en el desierto de Nuevo México habían resultado satisfactorias.

Ataque a Hiroshima

Con la decisión tomada, el bombardero B-29 Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, arrojó la bomba “Little Boy” sobre Hiroshima la mañana del 6 de agosto de 1945. La detonación alcanzó una potencia de unos 15 kilotones, equivalente a 15 mil toneladas de TNT, lo que provocó la desaparición del 60% de la superficie de la ciudad y pulverizó al instante a miles de inocentes.

Aproximadamente 80 mil personas fallecieron, y un número similar resultó con heridas de gravedad. Muchos de los afectados por la radiación fallecieron meses o años después a causa de leucemia, cáncer de tiroides, cáncer de pulmón, etc.

la bomba atómicaLa finalidad del ataque era demostrar al gobierno japonés que toda resistencia era inútil, y que solo acabaría con su país devastado. Asimismo, el presidente estadounidense Harry Truman buscaba, más allá de vengar el atentado de Pearl Harbor, demostrar una supremacía bélica frente a la Unión Soviética (URSS), por entonces su aliado y pronto rival durante la Guerra Fría.

Ataque a Nagasaki

Al encontrar resistencia por parte del gobierno japonés, el presidente Truman autorizó el uso de la segunda bomba atómica. Esta tuvo como objetivo inicial la ciudad de Kokura; sin embargo, por complicaciones climatológicas, se decidió optar por la segunda alternativa: la ciudad de Nagasaki.

El ataque sucedió tres días después de la tragedia de Hiroshima, cuando el golpe psicológico estaba muy fresco en el pueblo nipón. El comandante Charles Sweeney, quien pilotó el B-29 Bockscar, se encargó de lanzar la bomba “Fat Man” sobre una ciudad en la que en ese momento todo se desarrollaba con tranquilidad: los niños estaban en plena clase en las escuelas, las mujeres cumplían con sus quehaceres cotidianos en sus casas y la mayoría de hombres trabajaba en las fábricas.

La detonación de la bomba de plutonio causó la muerte de unas 39 mil personas, mientras que los heridos bordeaban los 25 mil. La orografía de Nagasaki había contribuido a que el número de víctimas fuese menor al de Hiroshima. No obstante, el 68% de las instalaciones industriales de la ciudad fue arrasado.

“La segunda bomba atómica lanzada contra el Japón ha borrado del mapa, literalmente, a Nagasaki”, tituló El Comercio la mañana del día siguiente. En la misma edición, el Diario informaba que Japón había amenazado con usar un arma similar a la bomba atómica contra las fuerzas armadas de los Estados Unidos. La amenaza nunca se cumplió.

La rendición

Los japoneses, al temer el lanzamiento de una tercera bomba atómica, aceptaron la derrota. A través de intermediarios suecos y suizos, el gobierno hizo llegar a los aliados el mensaje de que aceptarían la rendición con la única condición de mantener al emperador Hirohito a la cabeza del país.

Con el apoyo del primer ministro británico Attlee, y en contra de la Unión Soviética y China, que querían eliminar el sistema imperial japonés, el presidente Truman aceptó la condición planteada por Japón. El 14 de agosto, Hiroito grabó un mensaje para la nación en el que anunció el fin de la guerra y pedía obediencia al pueblo japonés. Al día siguiente se retransmitió a todo el país.

Finalmente, el 2 de setiembre de 1945, a bordo del acorazado USS Missouri, el general japonés Yoshihiro Umuza firmó la rendición oficial del Japón con lo que acababa la guerra en el Pacífico. La Segunda Guerra Mundial había culminado.

acta de capitulación

(Julio Guerra)
Fotos: Archivo El Comercio/Agencias

 

Los años maravillosos del vóley peruano

En la nota evocativa que publicó “El Comercio” se hace mención de los momentos más brillantes de nuestros vóleibol. ¡Cuánta alegría nos depararon aquellas chicas maravillosas! Fue una lástima –hay que decirlo- que la Federación correspondiente no siguiera preparando a una nueva hornada de valores. Ha tenido que pasar mucho tiempo para que, en tiempos actuales, retomemos esa ruta de triunfos y alegrías.

De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

voley peruanoEn los mundiales de vóley de 1982 y 1986, el Perú logró la hazaña histórica de conseguir el segundo y tercer lugar, respectivamente. Siempre comandadas por el gran Man Boc Park las chicas se ganaron el corazón de la afición al demostrar la garra de la mujer peruana. Los mates de Cecilia TaitGaby Pérez del Solar y la picardía de Rosa García para engañar a sus rivales con sus célebres ´colocadas´ han quedado en la memoria de los aficionados que tienen la convicción de que las nuevas generaciones de matadoras conseguirán más lauros para el país.

Del 12 al 25 setiembre de 1982 las ciudades de Arequipa, Chiclayo, Ica, Lima, Trujillo y Tacna fueron sedes del IX Mundial de Vóley Femenino. El torneo reunió a 23 países, entre ellos, a verdaderas potencias como la Unión Soviética, China y Cuba. El seleccionado peruano liderado por el coreano Man Boc Park tuvo como rivales en la primera fase a Indonesia, Nigeria y Canadá.

Camino a la gloria

La ceremonia de inauguración se realizó en el coliseo Amauta, a ritmo de marinera, y con la participación de Perú Negro y la asociación japonesa Michesen Soshu del Perú. Luego del colorido espectáculo la selección peruana venció a Indonesia por 3 a 0 en tan solo 30 minutos.

Durante el partido ´Mambo´ fue alternando a las jugadoras experimentadas como Denisse Fajardo y Cecilia Tait con el equipo de la ´banca´, formado por Natalia Málaga, Rosa García, Cecilia del Risco, Carmen Pimentel y Gaby Cárdenas. La falta de talla de las indonesas fue aprovechada por nuestras matadoras que destacaron por la potencia de los remates y la habilidad del armado de Rosita García.

La picardía de Carmen Pimentel para colocar pelotas y los mates de Gina Torrealva y Cecilia del Risco hicieron que la bicolor venciera a Nigeria y Canadá en partidos que hicieron vibrar a miles de peruanos.

Perú inició la ronda semifinal ganándole a Bulgaria en un partido donde no demostró todo su poderío. El Comercio titulaba “Faltó alegría al Perú pese a imponerse 3-0.” Con Corea del Sur el resultado fue adverso, ya que nuestras matadoras no pudieron contener los remates de las coreanas.

Sin embargo, las nacionales se reivindicaron con la afición al ganar 3 a 0 a las brasileñas. El triunfo fue contundente al funcionar ´la máquina peruana´ formada por Aurora Heredia y Raquel Chumpitaz en el armado y Cecilia Tait, Denisse Fajardo, Gina Torrealva y Cecilia del Risco manejando el ataque y bloqueo que desconcertó a Brasil.

Con el ánimo en alto y el apoyo del público, el seleccionado peruano logró un triunfo de oro al ganar a Japón 3-1 y, por ende, ubicarse entre los cuatro mejores equipos del torneo. Hasta ese momento, las japonesas eran las favoritas para pasar a la siguiente ronda, pero no pudieron con la calidad del juego y la garra del combinado peruano, que celebró entre lágrimas y aplausos su victoria.

Hazaña histórica

Los seleccionados de China, Estados Unidos, Japón y Perú disputarían los primeros puestos del torneo en el coliseo Amauta. El 24 de setiembre el vóley peruano quedó a un paso de la gloria al ganar 3-0 a las espigadas norteamericanas. Silvia León fue pieza fundamental para la victoria. El Amauta vibraba con cada mate de Tait, Torrealva y Chumpitaz.

Sin embargo, China fue un rival muy poderoso ya que entre sus filas tenía a su arma secreta: la jugadora Lang Ping, más conocida como ´La Martillo de Hierro´, quien al llegar a nuestro país declaró: “Venimos a campeonar”.

Lang Ping condujo a su equipo a la victoria con sus demoledores remates y bloqueo infranqueable. A pesar del resultado adverso, los 14 mil aficionados que abarrotaron el Amauta ovacionaron a las peruanas pues era la primera vez que se obtenía un título de subcampeonas.

Matadoras de bronce

En el X Mundial de Vóley jugado entre el 2 y 13 de setiembre de 1986 en Checoslovaquia, las peruanas lideradas por ‘Mister Park’ siguieron cosechando triunfos al vencer a los sextetos de Alemania Federal, Brasil, Cuba, Checoslovaquia, Corea del Sur y Bulgaria, logrando ubicarse entre los cuatro mejores equipos del torneo.

Rosa García, Cecilia Tait, Denisse Fajardo, Natalia Málaga, Gaby Pérez del Solar, Gina Torrealva, Cenaida Uribe y Sonia Heredia tuvieron en vilo a miles de peruanos que seguían los partidos por la televisión. Los comentarios y arengas de Lucho Izusqui eran parte de aquellas maratónicas jornadas que dejaron huella en la afición de los años 80.

La Muralla China

China nos dejó sin posibilidades de disputar el título mundial. La muralla china fue impenetrable a pesar de los esfuerzos de Gaby Pérez del Solar y de la capitana Gina Torrealva.

Perú quedó tercero al vencer al equipo de Alemania Oriental por 3 a 1. Finalizado el encuentro nuestras matadoras expresaron su satisfacción por el nuevo lauro obtenido para el deporte peruano. Gaby Pérez del Solar fue reconocida como la mejor jugadora peruana. En declaraciones a la prensa, Gina Torrealva y Cecilia Tait agradecieron el apoyo de la afición dedicándoles el triunfo.

En este Mundial Japón 2010, el Perú sigue luchando para clasificar a la siguiente ronda. Esperemos que nuestras matadoras remonten los resultados adversos de las dos últimas jornadas para alegría de los aficionados del deporte de la net alta. ¡Arriba Perú!

 

El uniforme escolar “gris rata” nació hace 40 años De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO

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Fuente: Arkiv-Perú

Se estrenó el 1 de abril de 1971 con los más pequeños, pero el 30 de noviembre de 1970 el Gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado (1910-1977) dio a la prensa los detalles de lo que sería este uniforme tan recordado por aquellos que cursaron estudios en Primaria o Secundaria desde la década de 1970. Aunque ya hace años que no es obligatorio, el conocido popularmente como uniforme “gris rata” perdurará en la memoria de todos los que lo vistieron alguna vez en sus vidas.

Si hablamos en sentido estricto, el Uniforme Escolar Único constaba de una camisa de popelina (blanca), sport, de manga corta, sin hombreras; un pantalón largo (gris), sin pliegues delanteros y sin basta, y finalmente las medias que debían ser también grises, así por lo menos indicaban las autoridades gubernamentales.

Había tal meticulosidad en las decisiones del sector Educación, que se fijó que los zapatos “serán llanos y sin punteras”, y que la chompa gris, “de lana en punto llano”, la misma se usará “cerrada con escote en ‘V’ y mangas largas”, lo cual podía variar según las condiciones climáticas o la salud del menor.

Estas disposiciones se oficializaron días después, el 3 de diciembre de 1970, cuando el Gobierno militar expidió la Resolución Directoral N° 953-IC-DGI-70, en la que se establecieron puntualmente las normas técnicas e industriales del uniforme estudiantil.

Para ello, se constituyó el Comité Especializado de Uniformes Escolares, integrado por representantes “de la Técnica, Producción y Consumo”, el cual aprobó cada detalle del nuevo ajuar estudiantil (menos los zapatos).

Normas de la vestimenta escolar

El Comercio en su edición del 1 de diciembre de 1970 explicaba el trance que significó aquel cambio de vestuario, incluyendo el detalle de las insignias. Estas serían “de plástico de 5 por 7 centímetros con el distintivo de cada colegio; se llevará en la parte superior izquierda de la camisa o de la chompa”.

Pero los más pequeños que se iniciarían en el colegio en 1971, iban a asumir reglas más especiales, ya que se estipulaba que los menores del primero y segundo grados de Primaria usarían pantalón corto y medias grises “de tipo sport, de tejido acanalado, hasta la rodilla”.

Las alumnas tenían las mismas condiciones en el vestuario y en los colores que sus compañeros, salvo, obviamente, la falda. Esta debería cumplir ciertas condiciones: “Hasta la altura de las rodillas (…) con un tablero adelante y cruce completo atrás. La falda se sostendrá con tirantes en forma de ‘H’ en la parte delantera y cruzada en forma de ‘X’ en la parte posterior”. Las medias grises, para variar, llegarían “hasta la parte inferior de las rodillas”.

Era la primera vez que los peruanos leían ese tipo de instrucciones. En medio de tan estrictas medidas, hubo algunas prendas opcionales. Ya casi pocos los recuerdan, pero los escolares de entonces tendrían la posibilidad de lucir unos hermosos ponchos. Eso sí, tenían que ser de lana, rectangulares, sin flecos y con escote en “V”. Para las mujeres el poncho era rojo, y para los hombres, azul.

En los años 70 y 80 se podía ver a muchas estudiantes de distintos colegios privados y públicos lucir sus coloridos ponchos, pero mucho menos a los hombres. Y es que nadie quería parecer un “chalán junior azulado”. La otra prenda opcional, para los más pequeños (del Preescolar y Primaria), que se instituyó en esa fecha, fue el mandil de dril, color gris perla, con bolsillos en la parte delantera y un cinturón.

Entre el autoritarismo y la necesidad

Una muestra reveladora de que fue una imposición gubernamental a la ciudadanía, sin opción a réplica ni alternativas, es que en el mismo Reglamento del Uniforme Escolar del Ministerio de Educación se indicaba que el uso era obligatorio para asistir a clases, así como a los actos y ceremonias oficiales. Además, amenazaban al estudiante imprudente (y a sus padres) al ordenar que estaba “terminantemente prohibido alterar las formas y colores y dimensiones de las prendas, y usar otros no contempladas en el Reglamento”.

El entonces ministro de Educación, general Alfredo Arrisueño Cornejo, quien hacía una semana apenas había sido ascendido al grado de general de División (antes era general de Brigada), había expedido días antes, el 27 de noviembre de 1970, la Resolución Directoral N° 924-ICDGI-70, que normaba técnica e industrialmente “la calidad que debe cumplir el calzado para escolares”.

En este documento oficial se añadían complejas tablas, con hormas y especificaciones sumamente técnicas, muchas veces incomprensibles para el hombre común. En estas tablas se planteó la confección del calzado para mujeres de los números 21 al 40, y para hombres del 21 al 42. Pero la resolución olvidó un detalle clave: no fijó el color de los zapatos colegiales. No obstante, como casi todo era oscuro, estos quedaron de color negro.

Esos primeros días de diciembre de 1970 la comidilla en las esquinas de los barrios, en los bares y oficinas era cómo se verían sus hijos e hijas con esos adustos modelos escolares. De esta forma, se anunciaron también -el 2 de diciembre- los uniformes escolares para el recordado curso de Educación Física (si te tocaba los viernes a la “última hora” era fijo que te quedabas jugando fulbito hasta las 2 ó 3 de la tarde).

Para este curso, los muchachos debían ajustarse los pantalones cortos de color azul, las medias y zapatillas blancas y la camiseta también blanca, con el nombre del curso escrito en el pecho, y, en los casos más apegados a la letra, con el Escudo peruano estampado a todo color en el centro del polo. Mientras tanto, las muchachas vestidas de riguroso blanco, debían lidiar con el short-falda que de cómodo parecía tener poco.

El aporte de Mocha Graña

Pero, ¿de dónde surgió esta idea, este modelo y el color gris para los estudiantes de la época “revolucionaria”? Se dice que, tras dos años de Gobierno militar (1968-1970), se impuso la necesidad de homogeneizar el aspecto exterior de los educandos del país.

Una nueva Ley General de Educación se avecinaba entonces, y en el proyecto respectivo se consignaba el “Uniforme Escolar Único”, es decir, todos los estudiantes de los diferentes grados y colegios del país debían vestirse exactamente igual; de esta forma, afirmaban, no habría diferencias ni pretextos para discriminar a nadie por razones culturales, económicas o sociales.

Pero el Gobierno de turno quería asegurarse de que su proyecto prosperara, y acudió por ello al conocimiento de una especialista como Rosa Graña Garland, más conocida como Mocha Graña, quien tomó en cuenta un tipo de tela resistente y un color que no pudiera desteñirse fácilmente.

El fin era que el Uniforme Escolar Único soportara el uso y el lavado sin deteriorarse. El gris entonces demostró que seguía siendo gris a pesar de las maratónicas lavadas al año. Se impuso la razón práctica y funcional, muy útil para el caso requerido.

Reinó más de tres décadas

Si bien el anuncio de este nuevo uniforme se dio el 30 de noviembre de 1970, y la resolución directoral el 3 de diciembre, recién las normas entrarían en vigencia -como ya dijimos- desde el 1 abril de 1971, y solo para los niños del primer grado de instrucción primaria, es decir, los recién llegados. Sin embargo, esto llegó con una advertencia dada desde el inicio: en 1973 todos vestirían el uniforme gris y blanco.

Desde entonces, y durante más de tres décadas, los colegios privados y públicos no tuvieron modelos y colores propios (menos el uniforme caqui de los años 60) sino el gris y el blanco. Para los años 90 estas normas se flexibilizaron al punto de que ya se podían volver a ver a colegiales (particulares) con uniformes y colores propios.

Las anécdotas sobre el uniforme y las vicisitudes de los escolares de los años 70 hasta los albores del siglo XXI son muchísimas, incontables, y seguramente algunas inconfesables. Los parches de cuero negro, marrón o gris para esas salvajes rodillas con agujeros; las camisas albas que en quinto de Secundaria terminaban como un mural callejero, con las firmas y los dibujos de los compañero de promoción, o la chompa gris en la cintura como acto de osadía y que el auxiliar de conducta odiaba y perseguía como si se tratase de un acto sacrílego.

O también las complicaciones de muchos por mantener la camisa blanquísima de lunes a viernes… ¡Y había quienes solo tenían una sola camisa! O los benditos zapatos Teddy o Bata Rímac, con los temidos “bautizos” del 1 de abril que no eran sino tremendos pisotones que parecían partirnos los dedos del pie… En fin.

Una larga historia de aventuras y desventuras. Pero, mejor, ustedes mismos dejen sus comentarios con anécdotas personales. A ver de qué nos enteramos.

¿Qué significa ser maestro en el Perú? De “Huellas Digitales” de EL COMERCIO (7.05.2010)

el profesorPara muchos, ser maestro es sinónimo de perseverancia, valor y sacrificio, aunque a veces la imagen de los últimos años sea de cierta desidia e incomprensión. Sin embargo, pensar en la historia del maestro es ir por un camino de pequeños y grandes momentos. El 6 de julio se celebra en el Perú el Día del Maestro. Hay muchos motivos para recordarlo…

En el Perú la fecha se celebra desde 1953, cuando gobernaba Manuel A. Odría, y se implantó para conmemorar la fundación de la Primera Escuela Normal de Varones. Los maestros, docentes o catedráticos han dejado huella imborrable en cada uno de nosotros, muchos mantenemos vivas sus enseñanzas, y han sido hacedores de muchos personajes importantes en el país. Cada logro que obtenemos, de alguna manera, ha sido influenciado por alguna experiencia o consejo memorable de estos “héroes” de la educación.

Tal vez no sepamos más de ellos, asistimos a reencuentros de antiguos alumnos, donde revivimos grandes anécdotas de aula; revisamos fotos de colegio o asistimos al entierro de algún profesor. Cuando recordamos a estos “padres sustitutos”, pensamos en la educación que nos dieron para ganarnos la vida y la que nos dieron para vivirla.

Nos enseñaron a escribir, leer, sumar, jugar limpio o tener confianza en nuestras ideas, decisiones y propósitos. Los mayores recordarán a Raúl Porras Barrenechea, a Jorge Basadre, o a Washington Delgado; los más jóvenes a Constantino Carvallo, por ejemplo; y otros, aún en aulas, tendrán sus nombres en la memoria de todos los días, frente a un pizarrón.

¿Quién recuerda el nombre del profesor que le enseñó a escribir por primera vez? Sin duda, habrá más de una añoranza. Recuerdo bien a mi profesora de ballet, acababa de cumplir mis 5 años y me decía “sin disciplina no hay logros, y sin logros no hay felicidad”. Con los años entendí lo importante de sus palabras, cuando caía al dar un mal salto. Me repetía “una vez más, hasta que lo logres”; en sus palabras dulces y claras encontré seguridad y confianza. Muchas gracias por eso.

Entre huelgas y reclamos por mejorar sus beneficios, o en las celebraciones del 6 de julio en los colegios, no dejamos de sentir nostalgia por ellos o vernos en el espejo y percibir que nosotros somos un poco su reflejo.

Nos sentirnos golpeados cuando son mellados. Nos hicieron la vida placentera e imposible -a veces- con el único objetivo de vernos crecer. Nos llevaron a reír y también nos obligaron a algunas amanecidas. Les hicimos bromas pesadas o los bautizamos con algún apodo imborrable y creativo. Cosas de chicos.

Algunas de las fotos de mis amigos de trabajo registran -como grabados egipcios- instantes con nuestros “segundos padres”. Pasamos tantas horas en la escuela o los tuvimos detrás de nuestras tesis.

La verdad es que no alcanzaría papel para enumerar esos momentos, o escritos como los de Paco Yunque, de César Vallejo; Los Cachorros, de Vargas Llosa; Diario Educar, de Constantino Carvallo; o El Profesor, de Francis “Frank” McCourt; sin mencionar las películas que han ambientado esos pasajes como “Los Coristas” de Christophe Barratier. Son demasiados.

Desde pequeños nos aventuramos en educación inicial, luego en la primaria, salimos vivos de la secundaria, y seguimos estudios universitarios; luego, quizás, una especialización… En todos esos momentos nos acompañaron estos verdaderos amigos, a quienes llamamos “maestro” o, con cariño, “profe o miss”. Gracias por su amor educativo. ¿Cómo agradecerles tanta dedicación?