ANAMELBA

(Ahora que ya se ha marchado dejando enorme tristeza en los corazones de los que la conocimos y la admiramos, evocamos un pasaje de su vida artística cuando nos visitó en el Cerro de Pasco)

Anamelba

Había causado grande impresión en la ciudad. Todos hablaban de su calidad vocal y su personal estilo de interpretar los boleros. Sus discos habían “volado” de las disqueras y las emisoras locales irradiaban a todas horas sus más recientes éxitos. Fue tanta su popularidad que cuando se anunció su presentación en nuestro teatro, todos se aprestaron a oírla, verla y prodigarle sus aplausos de cariño y admiración. La conmoción de su debut fue de tal dimensión que faltando una semana ya las localidades se habían agotado. Increíble. Muy pocas veces había ocurrido esto; sólo cuando se presentaron Ima Sumac, Los Trovadores del Perú, Jorge Escudero, Jesús Vásquez, Brisas del Titicaca, el “Mago Dilmer” y uno que otro artista extraordinario, se habían terminado las localidades con mucha anticipación. Bien merecía esta expectativa nuestra admirada, Anamelba. Ha sido para mí –particularmente- la mejor bolerista del Perú.

Desde las primeras horas de su debut en nuestro teatro ya el público se había arremolinado a la puerta del “Cine Teatro Grau” para, por lo menos, verla de lejos. Entretanto, los muchachos del “Banfield” que habíamos tenido nuestro partido de práctica en la Esperanza, nos reunimos en nuestro conocido “huarique” del “Tico – Tico” en el calle del marqués. Mientras bebíamos nuestros refrescos comentábamos la frustración de no poder ver a nuestra artista del momento. El único que tendría ese privilegio sería el director de la radio y yo que la presentaríamos en el Teatro y en “Radio  Corporación”. Nada podía hacer para conseguirles entradas a los otros muchachos. Ellos lo sabían. Entre los que quedaban, tratando de participar en las conversaciones, se distinguía un joven huanuqueño al que estábamos probando como back lateral: Roberto Yalán Soto. Ya jugaba con  nosotros en el “Jorge Chávez Fútbol Club”, conformado por los integrantes del ”Banfield” al que así nomás no se podía llegar. En el momento de más candente discusión, Yalán dice

  • ¡Ya no hay ni una entrada al cine! ¡Todas se han acabado!
  • ¡Claro pues, “chaplaquito”! –dice el “Loco” Pajuelo- ¡Todos estamos sufriendo porque no podemos ver el “lomazo” de Anamelba!
  • Bueno, yo podría conseguirles entradas….
  • ¡¡¡¡Fuera, baboso!!! –Le llovió comentarios unidos a golpes y cocachos en la cabeza. Parecía un “roche” cruel y abusivo- Esperen pues –alcanzó a decir sobre los golpes- Como ustedes saben, yo soy huanuqueño…
  • ¿….Y, Babas; qué hay con eso? ¡Todos sabemos de tu desgracia….!
  • Yo soy amigo de Anamelba. Ella es como una hermana de mi hermana Yolanda con la que han crecido juntas…
  • ¿Y…….?
  • ¿Cómo, Y…. Yo puedo hablar con ella que está con mi hermana en el hotel donde se aloja -Hubo un silencio tremendo. Todos miraban a Roberto con incredulidad, pero ¿Y si fuera cierto? Una ola de  voces se sacudió emprendiéndola contra él.
  • ¿Qué esperas entonces, bobalicón?…. ¿Por qué no vas a hablar con la “mamacita” y nos consigues las entradas…
  • ¿Si….?
  • ¡Claro pues, cojudo!!!- Pero si es mentira, no vuelvas a vernos porque te vamos a dar tu soberana paliza- Uniendo la acción a la palabra lo sacaron en vilo y lo arrojaron a la calle…

En aquel momento todos tuvieron la sospecha de que Roberto les había “chamullado”. Pensaron que no volvería. ¿Cómo iba a ser amiga de tremenda artista? Para superar la frustración siguieron con sus  comentarios y chistes cuando, a las 4.45 de la tarde, sintieron los aldabonazos tremendos a la puerta. Se miraron en silencio. “Gacho” Pagán fue a abrir. La puerta abierta de par en par dejó entrar el reverbero de los últimos rayos de sol de la tarde y, a contra luz, pudieron contemplar la majestuosa imagen de una soberbia mujer. Era Anamelba. Quedaron  atónitos. Encerrada en un lujoso vestido rojo que resaltaba sus formas extraordinarias, estaba allí, iluminándoles con una soberbia sonrisa. Sorprendidos y silenciosos la miraban mudos de adoración, cuando la pastosa voz triunfal de Roberto Yalán los sacó del mutismo.  “Como les prometí, aquí les he traído a mi hermana Anamelba para que la conozcan”. De inmediato la presentó a todos, uno por uno. Lo que les dio un vuelco al corazón fue cuando ella, sonriendo, dijo: “Mi hermano me ha contado que ya no han podido encontrar entradas para el teatro, pero no se preocupen. Ustedes van a ser mis invitados de honor en mi actuación de esta tarde. Acompáñenme al Teatro. Eso sí les advierto que como todas las localidades están vendidas, tendrán que acomodarse en el suelo. No puedo hacer más. Vamos. Y salió como como una reina. La escoltaban todos los zarrapastrosos jugadores del equipo más combatido del pueblo, el “Atlético Banfield Club” que, como bizarros escuderos escoltaban a una verdadera artista. Todos miraban con admiración y mudos de asombro a la comitiva que se dirigía al teatro. Cuando comenzó la función en medio de atronadores aplausos, Anamelba, al borde del escenario, dijo “Con el permiso de ustedes, damas y caballeros, quiero dedicar mi actuación de esta tarde a mis amigos integrantes del “Atlético Banfield Club” que me están acompañando”. Nunca como entonces emergió la admiración por aquellos mal vistos pero extraordinarios jugadores que una artista como Anamelba los presentaba e invitaba a que su pueblo los reconozca. Aquel día fueron muy felices. Todavía recordamos el acontecimiento. De los meandros de la memoria vuelve a nosotros la canción con que Anamelba inició su actuación aquella tarde. Donde esté, nuestro cariño y recuerdo a la amiga y mejor bolerista del Perú.

 

El semental cerreño

semental cerreño

Aunque usted no lo crea, el mes de mayo de 1922, los periódicos del Cerro de Pasco, publicaban un curioso Decreto Supremo que, decía:

EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA

Considerando

Que es inexcusable el deber del Estado, estimular, por cuantos medios esté a su alcance, el crecimiento y vigorización de la raza como base del engrandecimiento nacional:

Decreta:

1º. Institúyase un premio anual que se denominará MATERNIDAD Y PATRIA consistente en la adjudicación de una casa a las dos primeras madres que presenten el mayor número de hijos sanos; debiendo de pertenecer una de las madres a clase media y la otra, a la clase obrera.

2º.- El ministro de Fomento queda encargado del cumplimiento de este decreto.

Dado en la Casa de Gobierno, en Lima, a los doce días del mes de mayo de novecientos veintidós

  1. B. Leguía Lauro A. Curletti.

En aquellos momentos, la compañía norteamericana “Copper Corporation” que administraba una planilla de doce mil hombres en minas, talleres, oficinas, ferrocarriles y demás ambientes de su propiedad, tratando de cumplir con los lineamientos del Gobierno, quiso agrandar este premio entre sus servidores. Publicitó, “premios en efectivo a los padres más prolíficos”. Afirmado que era imperativo recompensar a los padres que trajeran hombres fuertes y productivos para el país. Como es lógico, las parejas cerreñas deseosas de ganarse el galardón, no dejaron en paz los tálamos laboreros y apuraron afanosamente -con mucho placer por supuesto- la producción de críos en serie.

Se sabía, por un expeditivo medio de publicidad, que cada mes, uno, dos o tres individuos, se llevarían a casa, un atractivo  premio por sus hazañas amatorias. En realidad, -digámoslo sin tapujos- aquellos fondos compensatorios iban a parar a manos de cantineros que atendían inacabables brindis de los más efectivos garañones cerreños. Los chiuches florecían y alborotaban en el Hospital de la COPPER y en el Carrión, porque, inclusive, quienes no estaban comprendidos en el concurso, se contagiaron de la moda y le dieron gusto al cuerpo hasta límites inesperados. En las calles cerreñas abundaban mujeres jóvenes con tremendas barrigas que proclamaban su fecundidad llevando de la mano interminable ringla de niños chaposos con un recién nacido a las espaldas. Era lo más común y cotidiano.

Esta moda publicitada con bombos y platillos, no hacía más que exacerbar el machismo minero, siempre pujante, donde el promedio de bullangueros niños por hogar era de ocho como mínimo. Aquí, como se sabe,  se menosprecia a quienes  no llegan a esa marca promedio  generalizada. Lo que entonces no se sabía y se achacaba a la sola potencialidad fecundadora del hombre era que, en el Cerro de Pasco, la lactancia materna que debía proteger a la mujer de la preñez, no funciona. Aquí, cerca de Dios, la mujer que está dando de lactar, se está embarazando de nuevo.  No ocurre el milagro del control debido a que la hormona que regula la fertilidad con la lactancia llamada prolactina, es prácticamente nula en nuestra población. Es la responsable de que la lactancia materna no esté siendo efectiva como método anticonceptivo natural.

Al finalizar aquel año subieron la recompensa para el mejor fecundador obrero. ¡Claro!. Los gringos estaban de plácemes. Cuanto más niños, más laboreros en las bocaminas y talleres, especialmente en la “Picking Plant” donde se iniciaban en el trabajo a los diez y once años de edad. Sólo era cosa de publicitar el concurso. Por eso es que para la Navidad de aquel año, el Superintendente Philpott, quedó estupefacto. El premio le correspondía a un tal Fructuoso Goyena, que había logrado acumular diecinueve niños –hombres y mujeres- en veinte años de matrimonio. ¡Un hijo por año! Sin salir de su asombro, encargó a su secretario que llevara a la oficina a tremendo plus marquista extraordinario. Quería felicitarlo personalmente y contemplar de cerca cómo podía ser un mortal de semejantes cualidades genésicas y tremendo prontuario fecundador. Así se hizo.

Una mañana, el Secretario anunció al Superintendente que, a la espera de ser recibido, se encontraba Goyena. Todo fue escucharlo y el corazón le dio un vuelco el gringo. Por fin conocería a un hombre que había podido superarlo diecinueve veces; él no tenía sino un solo esmirriado engendro en casa, pálido como un pabilo.

Se trazó en la mente la figura del semental y lo imaginó enorme, poderoso, bien parecido. No podía ser de otra manera. Un hombre débil, enclenque y sin atractivos físicos, de ninguna manera podía haber alcanzado esa proeza tremenda de hacer parir anualmente a su compañera. Para salir de aquella interrogante, ordenó que lo hagan entrar en su oficina.

Lo que apareció ante sus ojos fue todo lo contrario de lo que había imaginado. Un hombre delgado, macilento, con el mameluco enorme cubriéndole la carcasa mezquina y, sin ningún atractivo. No lo pudo creer. Tuvo que preguntar…

— ¡¿Usted ser Fructuoso Goyena…?.

— ¡Sí, Mister. Para servirle.

— ¡¿Usted tiene diecinueve…niños…?!.

— Efectivamente, Mister. Tengo diecinueve hijos. Todos vivos.

El gringo estaba estupefacto. No lo podía creer. Es más. No podía entender cómo, este hombre tan simple y aparentemente débil, pudiera tener tantos hijos. No terminaba de convencerse, por eso siguió preguntando.

— ¿Usted, ha tenido un hijo cada año de su matrimonio…?.

— Sí, Míster.

—Yo no logro entender eso –Estaba perplejo. No lograba armonizar su pretendido reproductor con éste que tenía delante. Decidió jugarse su última carta- ¿A qué atribuye usted el que tenga tantos hijos, Goyena. Puede explicármelo?.

— Todo es muy sencillo, míster.

— Bueno, entonces, explíquemelo, por favor.

— Bien. Yo, míster Philpott, vivo a sólo dos metros de la línea férrea en el barrio de la Docena….

— Bueno, pero eso qué tiene que ver con su caso….

— Es que diariamente, de lunes a sábado, de las cinco hasta la seis de la mañana, la locomotora del ferrocarril pasa por mi puerta haciendo un estrépito infernal… Va calentando motores para arrastrar coches y bodegas hasta que sale de la estación con rumbo a la Oroya…

— ¿…y?.

— A partir de ese momento ya es imposible dormir.

— ¿…y?.

— Bueno, levantarse a esa hora de tanto frío para ir a trabajar, es demasiado temprano….

— ¿…y?.

— Para seguir durmiendo, ya es demasiado tarde.

— ¿…y?

— ¡Cómo…y?! En ese trance se impone:  “¡Un mañanero!”

El gringo lo comprendió todo en un instante y con la risa abierta en los labios le alcanzó el apetecido premio al obrero fecundador.

DESPUES DE LA NEVADA

Cerro de Pasco despues de la nevada

Imagen de San Juan Pampa al día siguiente de una nevada. Como si todas se hubieran descargado durante la tormenta del día anterior las nubes casi han desaparecido del cielo que ahora luce hermosamente azul. Las casas ateridas debajo de los cerros guardan la simetría que los arquitectos modernos le han impreso. Calles rectas como para una cálida ciudad costera y cálida por donde al viento y la nevisca se pasean de un extremo a otro como Pedro por su casa. Qué diferencia con la antigua ciudad de Chaupimarca.

Los primeros españoles que la ocuparon, jamás pararon mientes en cuadraturas ni orientaciones previas. Levantaban sus casas resguardando su mina para explotarla resguardándola por sus herméticos muros. Otro minero hacía lo propio más allá. Entre una vivienda y la otra -¡eso sí!- debían dejar una calla estrecha por donde transitaban mulas y mineros en el diario laboreo de explotación. Este tipo de conformación permitió que las casas en Chaupimarca y alrededores fueran más abrigadas que las de San Juan. Su laberíntica conformación así lo determinó. De esa manera nació nuestra vieja y querida ciudad, caótica y desordenada,  pero con una personalidad única en el mundo.

Algo parecido ocurrió en Guanajuato (México) ciudad minera como la nuestra, sólo que allá, se tuvo una mística diferente respecto de la tierra madre que los cobijaba. Agradecidos por los bienes materiales que recibían de la tierra, invirtieron sus dineros para embellecerla. Proyectaron sus viviendas y edificios de tal manera que, trascurridos los años, perviven invictos desafiando el tiempo. Erigieron hermosos templos que todavía perduran, teatros, universidad, edificios administrativos y enormes casonas.

En el Cerro de Pasco, no. Desde sus orígenes, pasmados ante la abundancia de plata a ras del suelo que se hallaba en orgiástica abundancia, supusieron que muy pronto se agotarían sus filones y acumularos sus  ganancias para invertirlas en otros lugares. En su fugaz permanencia se aposentaron en sus cómodas casonas sin importarles el entorno. Fueron poquísimos los mineros extranjeros que dejaron sus huesos en nuestra tierra.

Actualmente da la impresión de que los cerreños perteneciéramos esa tribu berebere de los tuareg del desierto del Sahara que andan nómades en busca de un lugar donde aposentarse. Así nosotros, en estas  altitudes, vamos de un sitio a otro supeditados a lo que los “amos” decidan sobre nuestro destino. Como siempre ha sucedido, los cerreños no nos podemos de acuerdo para un decisión consensuada. Miles de suposiciones y maldicientes afirmaciones se multiplican en nuestras instituciones y nuestras calles. ¿Hasta cuando seguirá ocurriendo esto?.

Parece que estos fuera una creación fantasiosa y carente de verdad, pero no es así. Hay que revisar documentos de las Cajas Reales y otros repositorios.

 

DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

 

MI HOMENAJE A LOS QUE SE HAN IDO

Desfile deportivo
Desfile deportivo de los trabajadores de la compañía norteamericana que cada primero de mayo reñían homenaje al “Día del Trabajo”. Las flores reunidas aquel día servían para nuestro homenaje a los valores de nuestro pueblo.

Generalmente los soleados domingos de medio año, un grupo de amigos  nos reuníamos tras la tradicional “Misa de Once”, la más concurrida. El primer grupo lo conformamos, “Finky” Espinoza, “Chacalhua” Ramírez, “Chuno” Rodríguez, Panchito Alvarado, uno que otro amigo que se nos unía en el periplo, y yo.

Caminábamos incansables por nuestras centenarias calles haciendo comentarios sobre los últimos acontecimientos de la ciudad y la patria; avivábamos chismes, contábamos los últimos chistes y sobre todo hacíamos críticas de los últimos resultados del deporte. Cansados de tanta caminata volvíamos a la chingana de Crisanto López, muy junto a la iglesia matriz, para tomarnos nuestro consabido aperitivo: una buena copa de pisco puro de Ica, tal como lo hacían nuestros antepasados.  Una hora después, felices de la charla nos retirábamos a casa a “vaciar la olla”. Por la tarde, todos al Estadio. Esta fue una simpática costumbre que la mantuvimos por mucho tiempo. (Actualmente ninguno de ellos ya está con nosotros. Se han marchado, uno tras otro, dejándonos hermosos recuerdos).

Tras el paso inexorable del tiempo, formamos otro grupo con gente de mí tiempo: Julio Baldeón Gabino, Félix Luquillas Huallpa, Gustavo Malpartida Muguruza, Carlos Amador Rodríguez y uno que otro amigo que se nos unía a la caravana y, yo. Este grupo tras la caminata fraternal, visitaba el cementerio donde llegábamos a las tumbas de viejos e ilustres cerreños olvidados: Ramiro Ráez Cisneros, Andrés Urbina Acevedo, Graciano Ricci Custodio, Lorenzo Landauro, Ambrosio Casquero Dianderas, Alberto Úngaro, Silverio Urbina, Juanito Cortelezzi, Julio Patiño León, y una serie de futbolistas, músicos, amigos del alma. Cumpliendo con el encargo que alguna vez me hiciera nuestro patriarca Gerardo Patiño López, les relataba la vida de aquellos hombres extraordinarios y mi pesadumbre por el abandono en que se encontraban. Contemporizando con la ausencia de familiares, encargábamos a un “Cantor” que ofreciera un  responso por el alma de aquellos nobles amigos. El más impresionado era Julio Baldeón que no podía aceptar el abandono en el que se hallaban estas tumbas. Ahora recuerdo claramente que alguna vez me confesó que para no estar completamente abandonado cuando muriera –todos sus hijos se encuentran radicando en Brasil- él preferiría ser cremado para que sus cenizas se esparcieran por los ámbitos de la tierra amada que en vida había recorrido. “De esa manera ya nunca dejaría mi tierra”, decía. En aquellos momentos, claro, yo juzgaba que no sólo era prematuro sino también inoportuno hablar de esas cosas. Todos gozábamos de muy buena salud y consideraba la manifestación de aquel deseo, inoportuna.

Con el transcurrir de los años llegué a dirigir el deporte de mi tierra. En el desempeño de mis funciones recuerdo una de las más grandes satisfacciones que recibí. Cada primero de mayo, “Día del Trabajo”, cada una de las  madrinas de las delegaciones deportivas que desfilaban me regalaban con hermosos ramos de flores con adornos alusivos a los colores que representaban. El caso es que, finalizado el desfile,  con la ayuda de mis amigos mencionados reunía aquel gigantesco montón de hermosas flores frescas y las llevábamos al cementerio. Allí, con un cariño muy especial, tras las correspondientes plegarias,  las depositábamos en las tumbas de nuestros viejos queridos. En otros casos, como el de Graciano Ricci y, otros, sus cruces quedaban vestidas de flores.

Al promediarse la tarde visitábamos a Juanita Sacristán una excelente cocinera cerreña que preparaba nuestros platos típicos: Charquicán, Arvejitas, tamales cerreños, pachamanca. Allí degustábamos esas delicias salpimentadas con buenos tragos, siempre con pullas, chascarrillos y mucha fraternidad.

Felices de haber cumplido con un deber amical, ya entrada la noche nos íbamos a la parte más alta de aquella zona -camino del camposanto- donde comienza San Juan y Termina Chaupimarca a efectuar un “Caipin Cruz” de despedida. Allí estaba asentado un “Huarique” al que le habían puesto por nombre: “El Monte Sinaí”, para beber nuestros últimos tragos.

En cuanto entrábamos, una joven mujer –me aseguraban que era la querida del “Raqui”-un esmirriado empleado de la Municipalidad, nos atendía muy solícitamente. Antes de los tragos nos traía una guitarra y con el acompañamiento de Carlitos Amador pasábamos momentos muy lindos cantando canciones del recuerdo. Cerrada la noche, nos retirábamos a descansar.

Cuando salimos de la tierra querida llegamos a Lima, pero aquí nuestros encuentros se fueron distanciando por la lejanía y otras dificultades.

Un día recibí una llamada informándome del deteriorado estado de salud de Julio. Las veces que lo visité, tuve la esperanza de que muy pronto volveríamos a encontrarnos. No fue así. El día anterior a su muerte estuvimos en su lecho de dolor, conversando y haciendo viejos recuerdos. Al día siguiente, me llamaron para informarme que acababa de morir. Fue un golpe terrible. Todos los amigos estuvimos en su velorio. Al día siguiente sus cenizas (Había sido cremado) lo condujeron a nuestra tierra y allí, rodeado de amigos, como lo había encargado, arrojaron sus cenizas. Sus hijos Polo y Katty cumplieron con su último deseo. Chau, Julio, hermano…

Cementerio

FRATERNIDAD CARRIONINA (1958)

fraternidad-carrionina

En uno de los salones del restaurante ASTORIA, en fraternal reunión, profesores, empleados y auxiliares del Colegio Nacional Daniel A. Carrión, celebrando el onomástico del director del plantel, doctor Basilio Orihuela Melo.

De izquierda a derecha, de pie, están: Raúl Canta Rojas, inspector de educación; Abelardo Véliz, contador ecónomo; Carlos Román, profesor de inglés; Juvenal Augusto Rojas, excelente poeta, profesor de Castellano y notable periodista; Luis González y González, profesor de Literatura; Raúl Colca Malpartida, inspector de Educación que tuvo extraordinario desempeño en el cargo. Su experiencia acumulada a través de muchos años los volcó al servicio del plantel cuando llegó a desempeñar el cargo de Director. Fue uno de los más notables. Miguel Dávila Ramos, profesor de educación física y extraordinario deportista. Como futbolista y basquetbolista, fue integrante de las selecciones cerreñas. Dirigió al equipo profesional “Unión Minas” del Cerro de Pasco con magníficos resultados.

Sentados, de izquierda a derecha: Basilio Orihuela Melo, director del plantel (Homenajeado); Abad Ricaldi Huacachín, connotado abogado y profesor, director de la sección nocturna; Toribio Quijano Tamayo, profesor de Química; Pablo Montalvo Lavado, profesor de Literatura; Priscilo Laurencio Vara, “El Toro”, regente del colegio; Nectalio Acosta Ricce, bibliotecario y aplaudido basquetbolista de aquellos momentos; Agustín Bustamante Montoro, profesor de matemáticas y notable basquetbolista formado en las filas del “Rizo Patrón”. Ambos destacados integrantes de las selecciones de básquetbol de Pasco.

Muchos de estos brillantes amigos, ya no están con nosotros pero, pasados los años, los recordamos con mucho cariño y gratitud.

NUESTRA VIEJA TORRE DEL HOSPITAL CARRION

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LA TORRE DEL HOSPITAL CARRIÓN

Hospital Carrión tomada desde el interior del nosocomio, no podemos menos que admirar la visión de sus fundadores al rodearla de árboles nativos como son los “Quinuales”, únicos que se atreven a crecer a más de cuatro mil metros de altura. ¿Qué les pasó a nuestros viejos?  ¿Por qué no hicieron lo propio en otros tantos edificios y lugares de nuestra ciudad? Tuvo que pasar muchos años para que nuestro patriarca, don Gerardo Patiño López, hiciera otro tanto en nuestro cementerio general. Trajo de su fundo San Miguel pequeños arbustos y los plantó a la entrada del camposanto. Hoy día, supérstites –todavía vivos- siguen proclamando la grandiosa intención de nuestro maestro. Cuando estuvimos al frente de la Beneficencia, hice traer pequeños plantones que los sembré en nuestro cementerio. No lo va usted a creer, al día siguiente habían sido arrancados de raíz sin que quedara ninguno. Supe que sujetos venidos de otros lugares los habían arrancado. Hay sujetos que no obstante vivir en nuestro suelo y ganar el sustento en nuestra ciudad, hieren la mano de los que le dan de comer. ¡Lástima!.

Hoy en día, cuando vemos nuevas imágenes de nuestro pueblo, ya podemos alegrarnos de que exista una hermosa arboleda en varios lugares. Tuvo que ser una admirable cerreña, Amanda López Gamarra –entonces alcaldesa de Yanacancha, la que se ocupara de sembrar estos árboles. Claro que para ello tuvo que luchar mucho. Lo sabemos. Ordenó que a estas plantas la resguardaran con alambres de púas contraviniendo las campañas de ciertos periodistas que criticaron su decisión. El resultado es plausible y hermoso. Gracias, Amanda.

Ahora, con todo respeto, hablemos de nuestra torre.

Los mineros de diversas nacionalidades que explotaban nuestras minas determinaron  construir un hospital como un homenaje de gratitud a la ciudad que los cobijaba. Los consulados español, italiano, francés, inglés y austro húngaro, después de ad­quirir el terreno correspondiente, inician su construcción el 1º de enero de 1858 y es inaugurado en 1864, con el nombre de HOSPITAL  LA  PROVIDENCIA, once años antes que el Hospital Dos de Mayo de Lima, inaugurado el 28 de febrero de 1875.

Lo más resaltante del edificio del hospital fue su monumental torre de piedra. Debido a la iniciativa del coronel Bernardo Bermúdez y de don José Malpartida Cuestas, fue levantado piedra sobre piedra por artesanos de entonces. Visible desde todos los puntos de la ciudad, lucía, en la parte alta, un hermo­so reloj armado ex-profeso por el genial Pedro Ruiz Gallo. Este reloj -símbolo del  indomable espíritu cerreño- marcó por muchos años el palpitar del pueblo minero, con sus triunfos y derrotas; con sus tragedias y alegrías.

Como homenaje de recuerdo a Juvenal Augusto Rojas -uno de los más destacados periodistas del Cerro de Pasco-. trascribimos su nota referida a nuestra histórica Torre. Juvenal abogaba para que se construya una réplica que se consiguió años después. Sus palabras fueron escuchadas.

 “No es necesario recontar la historia de esta torre; tampoco es necesario repetir que en nombre del “progreso” las máquinas de Centromín darán cuenta de ella. El conglomerado humano que vive, trabaja y piensa en el Cerro de Pasco y zonas adyacentes, sabe de antemano el próximo final de la torre. Todos los que conocen esta Capital Minera del Perú, guardan en su memoria la preciada imagen de la torre. Ahí está ella, como el rostro inolvidable que de algún amigo se guarda. Ella pertenece a todas las personas sensibles; a todas aquellas que educaron sus espíritus; a quienes hacen cultura. Ellas no conciben Paris sin su Torre Eiffel, ni Londres sin su Big Ben, ni Pisa sin su torre inclinada. Quiten el Centro Cívico o su Feria y dejará de ser Huancayo; destruyan “Calicanto” o su hermosa Plaza de Armas, faltará Huánuco; porque éstos son los entes, las esencias, el  substráctum de aquellos pueblos. Es un delito extirpar estas esencias, por muy nobles que sean los propósitos. Quienes destruyen lo vital de los pueblos son asesinos de la cultura. Están cometiendo delito de lesa cultura. Por supina ignorancia se puede caer en este terreno, pero ahora que lo planificado, panificado está, urge –conscientemente- disminuir el error y la afrenta. Si la torre tiene que caer, que se construya una réplica para mejorar y darle unidad al nuevo Hospital Carrión de San Juan Pampa. ¿Estamos?

(De Pluma Arterial,  publicado en “El Pueblo” Nº 18 de 27 de noviembre de 1978)

¿Sabía usted…?

Que el año de 1957, con motivo de celebrarse el primer centena­rio del nacimiento de nuestro mártir, se remodeló nuestro Nosocomio con setecientos mil soles donados por el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social. También, los hermanos Fernandini Clotet, sucesores de don Eulogio Fernandini, hicieron llegar su donativo consistente en una mesa de operaciones y un equipo completo de anestesia. La Cerro de Pasco Corporation, diez mil soles, la instalación de alumbrado y calefacción en todo el hospital; la Compañía Minera MILPO, un magnifico equipo de “autoclave” para la sala de operaciones; la Cia. Minera Atacocha, una moderna carroza (Al no ser utilizada como tal ya que la tradición del pueblo no lo permitía, tuvieron que convertirla en Ambulancia). Igualmente hubo donativos de los Ingenieros, Edgardo Portaro y Felipe Bautista. Los trabajadores del “Staff” de la Cerro de Pasco Copper Corporation donaron, sábanas, frazadas, ropas para los niños, medicamentos, biberones, pijamas etc. Fuente: (LA ANTORCHA, 8 de febrero de 1960).