ATARDECER CERREÑO (Fotografía de don Miguel Lavado)

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El sol que durante el día ha iluminado el paisaje de nuestra ciudad cimera, ha recostado su cansancio tras las montañas nevadas dando paso a la oscuridad. A contraluz se puede distinguir la silueta de la histórica torre del Hospital Carrión que, por más de dos siglos,  ha marcado la sístole y diástole de la tierra heroica. El mágico contraste de este hermoso atardecer fue captado por don Miguel Lavado, un notable fotógrafo cerreño

A propósito.

Aquellos peruanos que tuvieron la intuición y arte de fijar en placas inolvidables pasajes de la historia patria, fueron numerosos

Comenzaremos por el genial cusqueño, Martín Chambi (1851 – 1973) seguido por el huancavelicano, Teófilo Hinostroza Irrazábal, (1914 -1919) nacido en Colcabamba, provincia de Tayacaja, conocido como “El Chambi del Centro” porque como Martín Chambi, retrató las miserias y grandezas de su entorno.

Hinostroza nació en 1914, en Colcabamba, provincia de Tayacaja, departamento de Huancavelica. Su padre fue el hacendado huancavelicano Francisco Hinostroza y su madre doña Faustina Irrazábal.

A los 15 años, fue matriculado por su madre en un colegio de Huancayo, donde tuvo la suerte de trabajar como ayudante del fotógrafo Fortunato Pecho. Allí aprendió el oficio, pero más tarde se impuso su talento, su indudable calidad de observador zahorí y fotógrafo del Perú profundo.

Thissen, al valorar la obra de Hinostroza, dice: “Tenía ojo de artista, era un maestro de la composición, con elección de buenos encuadres y perspectivas. A veces tomaba fotos por el puro gusto de las líneas, de gran simplicidad, como por ejemplo unas chacras donde resaltan los juegos de curvas o rectas”. (…) “Manejaba con destreza los juegos de luces y sombras, con contrastes marcados; los cielos con nubes cargadas, los contraluces audaces y los atardeceres eran su predilección. Pero también hacía tomas de paisajes donde predominaban los grises, logrando vistas originales y de gran belleza”.

Es decir, una inusitada como maravillosa revelación y rescate de un fotógrafo que regresa del pasado, debido al paciente trabajo de Gervasio Thissen. Pero también por la magia de las palabras de Leo Casas Ballón, quien como José María Arguedas lo conoció y disfrutó de su fecunda e imperecedera amistad. Un total de 58 fotografías permiten una visión del aporte cultural de Teófilo Hinostroza.

Dejando de lado la genialidad del francés Eugene Courret que ocupa lugar preferencial en estos menesteres, en el Cerro de Pasco, donde se han perdido no sólo valiosos documentos, debido a la incuria y abandono de sus hijos, hubo –de lo que conocemos- buenos aristas del lente: Ordóñez, Mariño, Barzola, Saavedra y sobre todo, un verdadero artista, Miguel Lavado, que plasmó en placas inolvidables los retratos de los personajes notables, principalmente autoridades locales además de algunas escenas familiares y sociales de gran valor artístico más importantes del Cerro de Pasco. Miguel Lavado fue un excelente retratista.

¿Sabía usted….?

 Middendorff, fue un médico y erudito humanista, que estudió la realidad peruana durante la segunda mitad del siglo XIX. Hizo una vívida descripción de la ciudad de Cerro de Pasco. (Middendorff, E. W.: PERÚ, observaciones y estudios del país y sus habitantes  durante una permanencia de 25 años. Tomo III, La Sierra. Primera Versión Española. Universidad Nacional de San Marcos, 1974).

¿Cuál es el valor de la obra ‘El Perú’ de Middendorf para el estudio de la historia del siglo XIX? Patricio Alvarado Luna, dice “Entre los viajeros extranjeros que visitan y recorren el Perú en la segunda mitad del siglo XIX, quizás no haya otro tan importante como E. W. Middendorf. Nacido en Alemania en 1830 y tras graduarse de sus estudios en medicina, entre 1854 y 1855 emprende un viaje por Australia y Chile para llegar en 1855, por primera vez, al Perú”.

“Culminada su última estancia en el Perú y de regreso en Alemania, entre 1893-1894 publica “El Perú“, una obra enciclopédica en la cual se encuentra una gran variedad de información, lo que demuestra la curiosidad de su autor” (…). Middendorf obtiene información de primera mano. Su obra es una descripción total del Perú”.

“La obra de Middendorf termina siendo una obra de referencia con un visión completa sobre el Perú, donde se encuentra información de primera mano y de mucha utilidad para el estudio de la historia del siglo XIX, dado que, como ya se mencionó, el autor vive los cambios, tanto políticos como sociales, económicos y culturales, que pasa el Perú durante la segunda mitad de la centuria”.

 

 

 

 

S.M ELVIRA I, reina del colegio

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Hermosa fotografía del recuerdo tomada a la puerta de la Municipalidad Provincial tras el homenaje que el alcalde y concejales rindieran a la reina del Colegio S.M Elvira I, señorita Elvira Doig Hurtado y su Corte de Honor. Ella está acompañada de profesores y personal administrativo del plantel y amigos.

Entre otros vemos, de izquierda a derecha en primera fila, de pie. Al doctor Nelson Ibañez, médico del Seguro Social; señorita Obdulia Lix Fuertes, administradora; señora Florisa Altamirano de Velasco, secretaria del plantel; señora Graciela Terrazos de Parra, profesora de Educación Física; doctor Juan Paitán Ugarte, médico del Seguro Social y ex alumno; señorita inspectora, Soledad Castro; Profesor de matemáticas y farmacéutico don Andrés Fuentes Dávila; Profesor de Literatura David Torres Rocha; Profesor de Filosofía, doctor Genaro Ledesma Izquieta; doctor Eduardo Ventura Torres, médico del Hospital Carrión; Profesor de Música Sergio Blancas Sobero; Oficial profesor de I.P.M, Jorge Vásquez; Doctor Arnulfo Becerra Alfaro, director del plantel; profesora Paca Montero de Parra; señor Absalón Gómez, amigo del plantel. En cuclillas, rodeando a la reina, Inspector de Biblioteca, Nectalio Acosta Ricse, Bibliotecario; Modesto Castañeda Rodas  y don Fortunato Arzapalo Callupe, profesor de matemáticas. Rodean a la reina (Con cetro y corona), Elvira Doig Hurtado, las damas: Sarita Porras Narváez, Ketty Ponce, Anita Soto Hinostroza, Celia Munive y Nelly Martel Vásquez. Era el 4 de octubre de 1958.

DESPEDIDA DE SOLTEROS

despedida-de-solteros-tia-blanca-y-tio-jesusEsta es una vieja costumbre que todavía se mantiene en nuestro pueblo. Los amigos más queridos, allegados y parientes, tributaban su afecto en una alegre fiesta a los jóvenes que se hallaban en vísperas de casarse.

En esta evocativa y hermosa fotografía que nos ha facilitado nuestro gran amigo Silvio Reinoso De la Cruz, se despedía de la vida de solteros a Blanca Santiváñez Castillo y Jesús Pomalaza Baledón (Al centro de la foto), rodeados de sus más cercanos amigos. Ella destacada laboratorista del Hospital Carrión, hija de don Pedrito Santiváñez y, él, destacado radiotécnico que había instalado acertadamente los aparatos de transmisión de Radio Corporación. Ambos muy populares y queridos en la ciudad.

La reunión amical se realizó en el domicilio de don Concordio Suárez, respetado ciudadano cerreño, ubicado en el jirón Huancavelica, están: en la parte superior –de izquierda a derecha- Enrique Suárez Rojas, Destacado presidente de la Liga de Básquetbol del Cerro de Pasco que, gracias a su trabajo tenaz y preciso, consiguió el Campeonato Centro Peruano de Básquetbol; Juan Paitán Ugarte, destacado médico y gran deportista; Carlos López, Pedro Santiváñez Castillo, Emilio Farje de la Torre. (Segunda fila) Celamires Guevara Suárez (Q.E.P.D), Prudencio Tapia, Gilberto Suárez Santiváñez. (Q.E.P.D) Leocadio Martel, Carlos Santiváñez Castillo, Alfonso Boudrí Tello, Blanca Santiváñez, Jesús Pomalaza, Daniel Shiraishi Basilio, Luis Tello, Sargento Rodríguez, Julio “Huito” Cajahuamán, Julio Aliaga Trejo, Fabio Otaegui, (En cuclillas). Félix Molina, extraordinario basquetbolista, Carlos Suárez Santiváñez,(hermano menor de Gilberto), Silvio Reinoso de la Cruz, don Concordio Suárez, respetado caballero, anfitrión de aquella reunión, Arturo Amador Rodríguez, Aquiles Reinoso De la Cruz (QEPD), Julián Brown Menocal y Mario Robles, “El Tirifilo de Ayapoto”(Q.E.P.D).

LA NEGRA RITA

la-negra-ritaRecuerdo claramente la tarde que llegó al barrio. Rostros curiosos asomaron a las puertas siguiéndola con comentarios mal intencionados y picantes cuando cruzó el puente con paso menudo y cimbreante. Sólo los perros guardaron extraño silencio. El sol iluminaba su fino rostro moreno de ensortijados cabellos negros y cortos -a lo “garzón”–; enormes ojos de carbón, espectaculares labios carnosos y, naricita fina. Caminaba con pasos largos y acompasados según la longitud de sus piernas bien conformadas y su grupa altanera y provocativa. Llevaba dos maletas y una bolsa enorme entre las manos que no obstante su peso no le hacía perder la elegancia de su desplazamiento. Entró en la sala de la Casagrande y luego salió llevando una llave en la mano. Se dirigió a  su “cuarto” y entró en él.

Las chismosas aseguraban que se llamaba Rita, que en su lugar de “trabajo” la llamaban: “La negra Rita” o “La chalaca”. Que era, como los expertos aseguraban en voz asordinada, una experta en las artes del placer. Que a invitación  de don Humberto Galantini -también chalaco-  había ido a vivir al barrio no obstante sus pecaminosos antecedentes. Allí residían chalacos, arequipeños e italianos. Don Guillermo Arauco –dueño del barrio- aceptó con la condición de que en el barrio no ejerciera el meretricio y observara la más absoluta decencia y el pudor necesarios en consideración a las matronas. El trato fue terminante. Por eso vestía discretamente para no incomodar a las otras mujeres. Iba a las tiendas de los extranjeros donde adquiría artículos refinados para lucirlos en sus reuniones con sus clientes especiales. Periódicamente visitaba a los peluqueros franceses que la ponían radiante y hermosa. Eso sí, las visitas las realizaba cuando las damas de la sociedad no estuvieran. Era muy cuidadosa en ese detalle aunque muchas de esas señoras sabían de los devaneos de sus maridos con la negra linda.

Todo el barrio terminó por enterarse de su “profesión” cuando la lenguaraz vieja Emilia comentó en el pilón donde todos se proveían de agua: “¡Ojalá el agua no se pudra cuando la lleve la “putulluna!” (Prostituta, en quechua). Ella, intuición de mujer que no sabía ni un ápice de la lengua nativa adivinó la intención y, sin decir palabra, le pegó una mirada siniestramente torva, que la dejó helada. La arpía calló y nunca más se atrevió a ofenderla. Todos lo comprendieron. La lección había sido para todos. A partir de entonces nadie se atrevió a ofenderla. Llegaron a estar calladas en su presencia, como si no existiera. Ella, herida en su amor propio, correspondió a la general marginación con su indiferencia. Esto duró todo el tiempo que vivió en el barrio. Tres años.

Cumpliendo con el trato no se pintarrajeaba la cara ni usaba ropas provocativas o escandalosas. Lucía una amplia bata limpia semejante a un hábito de monja ocultando turgencias, ampulosidades y curvas en las que era pródiga. Casi no salía de su cuarto observando en todo momento mucho recato. Todo cambiaba por las tardes -especialmente los sábados- cuando vistiendo sus mejores galas, resaltando con afeites sus labios, rostro, y pestañas, largaba a caminar contoneándose, luciendo el furor de su esplendidez anatómica. El único saludo afectuoso y coqueto era para el “Cushuro”, nieto de don Guillermo. Así arrebatadora y deslumbrante cruzaba el puente rumbo a su trabajo. Más tarde se supo iba a una casa de citas donde concurrían personajes “notables” de la ciudad y posiblemente algunos del barrio, deseosos de hacerla suya. Los muchachos intrigados por el saludo cariñoso sólo al crespito, se atrevieron a preguntarle un día

  • ¿Quién es?
  • No la conozco…
  • Parece que fuera tu mamá…
  • ¿Por qué…?
  • Bueno, porque tiene el pelo crespo como el tuyo y sólo a ti sonríe y saluda y, muchas veces, te hace caricias… ¿Por qué?..
  • No sé…
  • ¿Entonces …..?
  • Será tal vez porque que la saludo…..
  • ¡Claro….eres el único que la saluda!.

Un día, Venancio Capcha, minero que vivía en el barrio, convertido en su asiduo cliente y obediente de la tácita ley del silencio,  entró en su cuarto y le pidió que se casara con él. Rita quedó perpleja. No había esperado esto. El único trato que habían cruzado ambos era el normal entre el cliente y la servidora. Estaba anonadada.

–  Lo que me pides es imposible, Venancio…

– ¿Por qué Rita…?

– Tú eres un hombre bueno, todo este tiempo lo he comprobado

– ¿Entonces….?

– Nuestras vidas son diferentes. Tú sabes, yo vivo de los hombres. Ellos me pagan por darles placer. Lo sabes..

– No me importa…

– Tal vez ahora no, pero cuando pasen los años, tú me recordarás a cada momento de lo que hago y, yo…..no podría soportarlo.

– No, Rita, no. No pienses eso.

– Seguramente, llevado por una ilusión pasajera crees que estás enamorado de mí, pero no. Sólo es momentáneo lo que te está pasando. Tienes que pensarlo muy detenidamente. Hazlo. Tómate el tiempo que sea necesario y al final, cuando lo hayas decidido, actúa como tu conciencia te dicte…

– Ya está decidido…

– ¿Cómo puede ser eso….?- Sus ojos se prendieron en la caviloso rostro de su enamorado.

– Desde hace buen tiempo, lo he venido pensando. He comprendido que te necesito y que contigo mi vida ha de ser muy feliz….

-¿A pesar de….?

-No me importa tu pasado; sólo lo que tendrá que venir y en eso, confío en ti. Cuando seas mi señora, ya solamente serás mía y nadie más interferirá en lo nuestro….

– Pero, ¿… y tu mamá…?.

– Ella me quiere tanto y sé que estará de acuerdo…¿Qué dices, Rita….?.

Ella no supo qué contestar. Estaba alelada. Al verla así, con el fin de animarla, le entregó un hermoso estuche azul en cuyo interior de pana roja halló un hermoso aro de plata con bordes de oro trabajado por el orfebre francés, Boudrí. Emocionada primero, al ver los ojos suplicantes del amante, se deshizo en lágrimas al verlo de rodillas, suplicándole la correspondencia de su amor; completamente asombrada, aceptó. Después de un  beso enorme y extenso quedaron largo tiempo enlazados porque ella también había aprendido a querer a ese minero sencillo.  En ese momento no pensó que tendría que pagar una cuota muy alta por tratar de alcanzar la felicidad a que tenía derecho.

Cuando se irradió la noticia, el barrio se convulsionó. Los comentarios a cuál más ácidos fueron de condena general. Las mujeres fueron las más acérrimas, especialmente de la escuálida y desdentada vieja Emilia, que tomaba extraña fuerza cuando de opinar de la negra se tratara. Sólo los viejos envidiosos de la suerte del consorte, callaban. Venancio amaría en exclusiva a aquella bella mujer cuya llegada los había llenado de inquietudes.

Venancio Capcha era un perforista ejemplar, trabajador como el que más, pero callado en extremo; tanto que secretamente lo llamaban “El Opa Venancio”. Era un ladrillo para el trabajo. Por eso había llegado a ser “marronista”. Es decir uno de aquellos privilegiados que ganaba billetes marrones de cincuenta soles en cantidades impresionantes. Ahorrativo y cariñoso compartía, desde su infancia, un indeclinable amor por su anciana madre que lo acompañaba. No obstante, el amor que le había nacido por la negra espectacular fue  silencioso, secreto, único. Mucho tuvo que luchar con su timidez para poder hablar con aquel sueño de mujer. Una tarde, armado de unos tragos por sus amigos íntimos, entró en su cuarto y sin poder decir ni una palabra la tuvo a su merced. Claro, la negra fue la capitana de aquella navegación por los desconocidos mares del placer. De allí en adelante, todo fue felicidad. Por sus encuentros clandestinos en la casa de cita, llegaron a conocerse completamente. En cuitas íntimas y enternecedoras ambos llegaron a comprender que habían encontrado el verdadero y mutuo amor.

Cuando Venancio le informó a su madre, la viejecita apenas si alcanzó a decirle: “Está bien, hijo. Ya eres mayor y debes tener una compañera. Yo soy muy vieja para atenderte. Ojalá que esta señora te ayude a vivir decentemente. ¡Qué voy hacer! Es el destino. Taita Dios te dé felicidad, hijo”. No dijo más y le besó en la frente y limpió las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

La ceremonia de la boda -a pedido de ella- se hizo en privado. De parte de él, sólo sus compañeros de trabajo, sus jefes y su madre, nadie más. De parte de ella, nadie. Ninguna persona del barrio estuvo presente. Nadie perdonó a la pareja su búsqueda de felicidad. Fue una boda muy triste. Después, aprovechando las  vacaciones de él, viajaron a la bella Tarma a pasar su luna de miel.

Todo fue muy bien hasta que cumplieron un año de matrimonio. Venancio comenzó a languidecer ostensiblemente. El doctor Norman Kelly, jefe del hospital americano le dijo que ya la neumoconiosis había avanzado y sus pulmones estaban completamente minados. No dijo más. ¿Para qué? En el pueblo todos saben  el triste desenlace de esta afirmación. Sólo que las mujeres del barrio, escandalizadas por su hospitalización, tejieron atrevidas conjeturas que nada tenían que ver con la verdad. La más aberrante fue la de la vieja Emilia: “Claro. ¡¡¿Qué esperaban?!! La maldita chuchumeca le ha ido chupando su “naturaleza” al pobre muchacho hasta convertirlo en un trapo. ¡Hasta los sesos le ha chupado como sanguijuela!. Claro, si día y noche lo ha tenido “Ocllado” (aprisionado) entre sus piernas, ¡maldita insaciable, perra! ¡¡¡Traga hombres!!”

A partir de entonces Venancio fue consumiéndose en una lenta agonía. Quedó convertido en un cadavérico espectro. Ya no era lo que había sido antes. En todo ese tiempo, con una prolijidad conmovedora, Rita lo fue atendiendo amorosamente. Lo tenía sentado para que pudiera respirar. No se apartaba de su lecho. Como una abnegada madre atendía sus más mínimos requerimientos. Todos los ahorros que había ido acumulando desde su juventud los fue gastando en la atención de su marido.

La agonía duró tres meses. Un día, presintiendo la cercanía del final, se abrazó a su mujer, le besó las manos y, con las últimas fuerzas que le quedaban, arrojó un vómito de sangre con los últimos vestigios de sus pulmones. La hemoptisis se lo llevó. En presencia de la anciana que se deshacía en llanto por el hijo muerto, bañó y amortajó a su marido, le compró un ataúd y lo enterró. Cuando la compañía le entregó su sobre con la indemnización, así íntegro, sin abrirlo, lo depositó en las manos de la anciana. Cogió sus ropas y atravesó el puente para no volver más.

 

BANCO POPULAR DEL PERU Sucursal del Cerro de Pasco (Año 1957)

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Este fue el local del Banco Popular del Perú con sus dos puertas abiertas de par en par en una soleada mañana de medio año. Ubicada a un costado del monumento de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión de la céntrica Calle Grau, en lo que otrora fue “La plazuela del León”. Un poco más allá el famoso restaurante LAS CAMELIAS de Chale Espinoza, el mejor, durante muchos años, hasta la partida de su dueño. Durante mucho tiempo fue el centro económico de la ciudad conjuntamente con el Banco de Crédito. En este Banco se hicieron muchísimas transacciones con las compañías mineras, las haciendas y comerciantes del lugar. La sucursal correspondiente al Cerro de Pasco se inauguró en 1941. Ese día, el personal ofreció un suntuoso  banquete en el Club de la Unión al que asistieron autoridades y personas notables de la ciudad. Es el administración fundador el señor Aquiles Pérez Macchiavello.

De las personas que trabajaban en aquella entidad recordamos a: Juanita Cornejo, Hilda Rojas Lucich, Esperanza Cisneros,  Humberto Maldonado Balvín, Glicerio Suárez Robles, Augusto Montero Vargas, Fabio Otaegui, Enrique Suárez Rojas, Samuel Beloglio; Ricardo Acquarone “Cua – Cua” “Chivirico” Gutierrez…

equipo-de-basquet-del-banco-popular-c-de-p-1957Equipo de básquetbol del Banco Popular del Perú, varias veces campeón de la liga del Cerro de Pasco. Están, entre otros: Abel Arauco Collazos, extraordinario jugador y motivador excepcional para que el “Banco” lograra una gran presencia en nuestra liga;  Rafael Torres Peña, Tito Brioso, Jorge Gorriti y “Chivirico” Gutiérrez.

EL BARRIO DE LA ESPERANZA

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En esta foto se ve al barrio “La Esperanza” al comenzar el siglo XX. Después de desecar la laguna que le dio nombre procedieron a edificar los primeros talleres de la compañía norteamericana. Primero la “Casa de Piedra” con el concurso de notables picapedreros siguiendo planos proyectados por don Agustín Arias Carracedo. Allí se establecieron las primeras oficinas administrativas de la “Cerro de Pasco Mining Company”. Un poco más allá, la estación del Ferrocarril al Callao que se inauguró el 28 de julio de 1904. Aquel día se repartieron medallas de plata conmemorativas. La bendición corrió a cargo de monseñor Pedro Pablo Drinot y Piérola. Ese día nació el Pisco Sour como creación del funcionario de la Railway, Víctor Morris que al retirarse a Lima en 1915 hace popular su bebida en el “Morris Bar” del jirón de la Unión.  También se establecieron ladrilleras de unidades refractarias. Se trabajaba con ímpetu nunca antes igualado. Hombres de todas las zonas del Perú llegaban a sus fronteras.

En EL PERÚ ILUSTRADO, brillante revista limeña, respecto de la antigua Hacienda que dio origen al barrio, dice: “La antigua Hacienda Mineral de La Esperanza, fue construida durante  los años de 1849 y 1850, por la casa comercial inglesa Naylors, Conroy y Cía, bajo la dirección de don Tomás Jump con el objeto de beneficiar metales de plata. Está situada al sur de la ciudad del Cerro de Pasco. En 1887, era propiedad de los señores Steel y Compañía”. Por su parte, nuestro patriarca Gerardo Patiño López, dice: “El barrio se encuentra al lado sur de la ciudad y termina en el Horno de Fundición “Misti” de Sebastián Arauco Bermúdez. Más allá están las instalaciones del antiguo ferrocarril que circuló para el transporte de minerales hacia Quiulacocha, con su estación que hoy es la cárcel pública. Debajo del cerro Jaujaypata, encontramos varias antiguas propiedades como la de los acaudalados mineros Manuel Martel, Sebastián Arauco, Teodosio López y Pío Ramírez. Este barrio colinda con Ayapoto y La Docena a cuyas inmediaciones se ha construido el Hospital del Seguro Social”.

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Lado este de La Esperanza los primeros años del siglo XX. Se puede ver la nueva estación del ferrocarril (La anterior –cuando se inauguró- estaba cerca de la Casa de Piedra). Al fondo, hacia la izquierda, la “Vizcachera” que en amaneceres y atardeceres diarios, las vizcachas asomaban sus peludos cuerpecitos tomando la luz del sol.  En primer plano los terrenos que fueron aplanados para la edificación de los campamentos habitacionales de La Esperanza. Al fondo los primeros  talleres de la compañía norteamericana y en la parte superior izquierda, todavía viva se ve la primera  capilla de Uliachín a cuyo costado había un cementerio donde se enterraron a los soldados caídos en la Batalla del Cerro de Pasco del 6 de diciembre de de 1820. Todavía no se habían delineado los campos deportivos. Desde entonces, una serie de transformaciones cambiaron totalmente el panorama de aquel barrio querido.

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Vista panorámica del barrio La Esperanza a fines de 1940. A lo lejos, al fondo,  se distingue el histórico barrio de Paragsha y Miraflores. En la pampa de San Juan todavía no se había iniciado la edificación de la nueva ciudad. Aquí se ve desértica. Enfrente ya está el Campamento de Ayapoto y, más abajo, las  minas “Excelsior” y “La Docena”. En la primera se ve la cancha de fútbol donde  -1956-  se construyó el Hospital del Seguro Social. Más acá –a la izquierda- mi añorado barrio “Misti”. Subiendo a la derecha, la Casa de Piedra, la comisaría rural, el Hospital Americano,  los talleres mecánicos atendidos por don José Agostini, la Estación del Ferrocarril de donde parte una intrincada red de vías para el desplazamiento ferrocarrileo; la Mercantil y el depósito de carbón; la derecha los campos de fútbol y los Campamentos de La Esperanza frente al cerro de “Jaujaypata”. Recordaba don Gerardo que en aquella gigantesca caverna se alojaban los obreros traídos de Jauja mediante el “enganche” para trabajar en la mina. La Compañía les regalaba con numerosos durmientes de madera que, encendidos a la puerta, los abrigaba en las frías noches cerreñas. Pasados los años, los muchachos de mi tiempo utilizábamos como nuestras “cuevas” en los juegos de aventuras inspirados por las “seriales” cinematográficas de entonces. Por allí aparecían los anónimos “Llaneros Solitarios”, “Águilas del Desierto”, “Calaveras del Terror”, etc. que a punta de hondazos y pugilatos interminables, nos entreteníamos sobremanera. Muchos hombres de mi tiempo, estoy seguro, recordarán con nostalgia aquellos pasajes de la vida cerreña.

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Panorama del Campamento de la Esperanza donde vivieron recordadas y muy queridas familias cerreñas, escenario de grandes hechos históricos. En mayo de 1908 –por ejemplo- el incansable aventurero Durand quiso tomar nuestra ciudad para que, desde aquí, pudiera derrocar al gobierno de entonces. Después de apoderarse del “Polvorín” de la compañía, los insurrectos avanzan por sobre esta explanada, pero nuestro pueblo en armas los repele y los vence. Aquella fecha, los ojos del país estuvieron sobre nuestra ciudad.

En uno de estos cuartos nació en 1924, Eleodoro Vargas Vicuña, que, andando los años se convirtió en notable poeta y novelista. Recibió el Premio Nacional de Literatura tras escribir sus libros “Ñahuín” y “Taita Cristo”. Fue hijo de Eleodoro Vargas Galarza notable jugador del Centro Tarmeño Social y Deportivo. Posiblemente su señora madre, doña Julia Vicuña Avellaneda -natural de Acobamba- sembró en él un cariño entrañable por esa tierra a la que adoptó como su cuna. No obstante que el Cerro de Pasco había sido su origen y el escenario de los primeros años de su vida, él lo negó diciendo, primero, que era arequipeño y después cajamarquino para, finalmente afirmar que era acobambino. Esa fue su decisión que respetamos. Fue enterrado en aquel pueblo.

En el campamento que vemos en la foto, nacieron una respetable cantidad de amigos muy queridos que, en la actualidad, se encuentran diseminados por todo nuestro territorio. A la derecha de la foto se ve la escuelita de la Esperanza que, acertadamente, lleva el nombre de don Ricardo Palma; más allá el campo deportivo y, prendidas de los cerros, las casas de los que quieren seguir viviendo en la tierra bendita. Al ver esta fotografía se nos oprime el corazón por todos los recuerdos que concita. ¡Lindo nuestro barrio querido!

ROTARY CLUB, UNA INOLVIDABLE INSTITUCIÓN DEL CERRO DE PASCO

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Hay instituciones que por más que pasen los años, no se puede olvidar. Tal el caso de Rotary Club del Cerro de Pasco. Una asociación de hombres notables que brindó generosos aportes a la comunidad cerreña. No en vano su lema de trabajo era: “Dar de sí antes de pensar en sí”; “Se beneficia más el que mejor sirve”.

Todavía recordamos –cuando niños- la llegada de sus integrantes a nuestra escuelita. Nos traían golosinas, cuadernos, lápices y muchos libros para regalarnos; especialmente películas educativas que eran proyectadas en medio de la algarabía general. Además, tengo un recuerdo particularmente hermoso que me permito compartir con ustedes. Los últimos días de diciembre de 1950 fui el invitado de honor a su cena semanal. En consideración a haber recibido el premio de excelencia de la escuela, me regalaron con una hermosa colección de EL TESORO DE LA JUVENTUD, constituido por doce volúmenes de lujo que fueron los primeros de mi biblioteca particular que con el tiempo llegó a crecer. Cuando terminé secundaria me invitaron a ser socio de la institución, honrándome sobremanera. Llegué a desempeñar el honroso cargo de secretario de la institución teniendo como principal colaborador a don Ernesto Malpartida Matos (secretario rentado). En el lapso que fui miembro de la directiva viajé a muchos lugares en representación de nuestro capítulo, además realice una serie de acciones tendientes a aumentar la cultura de nuestro pueblo. Nunca amé y respeté tanto a una institución como al Rotary de mi tierra.

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Fotografía del congreso internacional de Rotary efectuado en la ciudad de Jauja. Soy el segundo del extremo derecho junto a Juan Kukurelo, cerreño, representante de Huancayo.

La historia de su vida ejemplar es la siguiente.

Se fundó el 8 de febrero de 1929, en los salones el Club de la Unión y comenzó a funcionar con el número 3156 del Distrito Rotario 71, gobernado entonces por el doctor Luis A. Chávez Velando y apadrinado por Rotary Club de Lima. La iniciativa y los primeros trabajos correspondientes a su instalación se deben a la constancia del doctor José. G. Cobián.

La entrega de la Carta Constitutiva del Club se realizó en Sesión Solemne del 29 de octubre del mismo año. Asistieron la totalidad de Magistrados de la Corte Superior de Junín; Alcalde y ediles de la Municipalidad Provincial; Presidente y socios de la Beneficencia Pública; Presidentes de las Instituciones Sociales, culturales y deportivas de la ciudad.

Elegida la Junta Directiva fundadora fue la siguiente:

Presidente:                           Dr. José Cobián.

Vicepresidente                     Dr. Oscar Posada

Secretario                             Dr. Víctor Leopoldo Colina.

Prosecretario                       Sr. Carlos Languasco

Tesorero                                Sr. Alfredo Ruiz Huidobro

Director                                 Ing. Ernesto Baertl Shutz

Director                                 Sr. W.G. Pride.

Maestro de Ceremonias     Sr. Daniel Sascó.

Con motivo de cumplir sus Bodas de Diamante el Club de la Unión, la compañía norteamericana que explotaba nuestros minerales, construyó en la nueva ciudad de San Juan Pampa un nuevo local donde lógicamente debió trasladarse  Rotary. Ahora que ninguno de sus socios radica en la ciudad, el local ha quedado en poder de su administrador que, por justicia debe a pertenecer a la Beneficencia Pública para su administración. Pasamos la voz a defensoría del pueblo para que efectúe esta medida.