DOMINGOS POR LA TARDE

River Plate

Contaba con diez años –magia de una edad inolvidable- cuando descubrí el sortilegio de la Radio. Un pariente que ocupaba un cargo muy importante en la Railway Company, había adquirido un gigantesco aparato receptor   que despertó la admiración de los vecinos del barrio.

Colocado en la  parte más visible de la sala, ceremonioso, sintonizaba las emisoras más lejanas para impresionar a sus amigos que lo visitaban. Todos quedaban gratamente sorprendidos de admiración. No era para menos. A la simple manipulación de una pequeña manija, se contactaba con una emisora que estaba al otro lado del mundo.

Este caballeroso señor, jefe de tránsito de los ferrocarriles locales, me dispensaba  un afecto especial que nunca olvidaré. Un día tuvo la bondad de invitarme a su casa para escuchar la radio cuando quisiera. Yo no esperaba otra cosa. Todos los domingos, cumplidas mis obligaciones, cerca de las tres de la tarde llegaba a su casa y, juntos, como viejos amigos, nos poníamos a escuchar las emisoras, especialmente argentinas que, a esa hora, iniciaban sus transmisiones dominicales de fútbol. ¡Qué emoción! El milagro empezaba cuando lo “prendía” y el dial se iluminaba mostrando, como mágico reloj de milagros, una serie de números, rayas y extrañas nomenclaturas; luego de un silencio expectante le seguía una sucesión de ronquidos y silbidos alternados,  como si la transmisión llegara de un planeta lejano. Entre roncas vibraciones y agudos pitidos interplanetarios (así lo habíamos visto en las películas de Flash Gordon), la aguja, parecida a la única manecilla de un reloj, giraba por los 49 metros de la onda corta y, en cuanto captaba la señal, todo cambiaba. Ya estábamos en Buenos Aires, a través de las ondas de El Mundo, Radio Belgrano, Splendid, Rivadavia, Mitre.  Donde se escuchara el peculiar sonido futbolero, ahí nos quedábamos. A partir de  ese instante la señal llegaba con una claridad asombrosamente nítida. No me extraña. Estábamos ubicados en las lindes astrales de cinco mil  metros sobre el nivel del mar, cerca de Dios y asentados sobre  un colosal basamento de cobre puro que, con una fuerza poderosa, atraía las ondas hertzianas desde inalcanzables latitudes geográficas, aunque, allí, en la mágica caja de la radio, estuviera a unos milímetros solamente. ¡Cómo me encantaba el fútbol! En la vidriera sonora de entonces, cada una de las radios nombradas tenía a sus relatores, comentaristas y locutores deportivos. Entre los primeros estaban: Horacio  Beblo, Enzo Ardigó, el Relator Olímpico y Lalo Pelicciari. Pero, el más grande de todos, el maestro Fioravanti. ¿Cómo olvidar aquella maravillosa  experiencia de escucharlo a centenares de kilómetros de distancia?

Con el corazón galopante concentrábamos toda nuestra atención en la mágica descripción con que el maestro relataba lo acontecía en el campo. Acicalado y modoso, llamaba FIELD al campo de juego. Era la moda.

— ¡¡¡Ha ingresado en el field, triunfante y arrolladora LA MÁQUINA del River Plate!!!

La explosión de un bullicio compacto, impresionante, avasallante, llegaba hasta nosotros, haciéndonos sentir integrantes de ese fantástico espectáculo. Mi corazón, mi pobre corazón de niño huérfano, galopaba a mil kilómetros por hora y parecía que iría a salírseme por la boca. Nos sentíamos sentados en la tribuna del estadio argentino. Con atención, casi con reverencia, escuchábamos la conformación del equipo:

—¡Don José Soriano, “El  caballero del Deporte”, como capitán general, guardando el arco millonario! -decía Fioravanti.

¡Qué emoción!  ¡Qué orgullo! ¡Un peruano triunfador! Con su nombre antepuesto por un don, del tamaño del respeto y admiración argentinos en la voz del maestro inolvidable,   respaldado por el aplauso justo y emotivo de un público entendido.

— ¡Ricardo Vaghi y Norberto “Estampilla” Yácono, en la defensa del área. (Aquella vez, sólo dos hombres guardaban tremenda área marcada de cal). ¡Otra ráfaga de aplausos, gritos y maquinitas deportivas,  avivaba la narración que se oía lejana, como de otro mundo. Luego continuaba. La  línea medular de Alves con Alberto Gallo, Antonio Báez y Roberto Coll –más aplausos y maquinitas.

— En la delantera -decía el maestro en medio de una explosión de palmas y gritos de la hinchada millonaria- ¡Juan Carlos Muñoz, de winger derecho; José Manuel Moreno, de insider derecho; Adolfo Pedernera, de centro forward; Ángel Amadeo Labruna, de insider izquierdo y, Félix Lousteau, de winger izquierdo! Tras cada nombramiento, gritos, aplausos y la reventazón de cohetes ensordecedores. Eso era en mi caso. En el del tío Santiago, hincha por  lealtad laboral,  cuando uno de los  protagonistas era FERROCARRIL OESTE.

Durante los noventa minutos que duraba el partido, vibrábamos con la voz siempre amiga, siempre grata del inolvidable maestro Fioravanti. ¡Qué imborrables tardes aquellas! Tras cada gol con su grito inacabable de triunfo, mi pobre corazón reclamaba el abrazo del padre que nunca tuve. Sólo la cómplice sonrisa del viejo carrilano lo reemplazaba. ¡Que Dios lo bendiga! Tres días después, volvíamos a vivir la emoción del encuentro en las crónicas escritas de Oswaldo Ardizzone, Dante Panzeri, Onelio Lazzati, Pepe Peña, Armando y Liberti en las páginas de la extraordinaria revista que guarda en sus páginas la historia viva del deporte argentino, EL GRÁFICO. Allí escribía otro “Señor” del fútbol, un periodista asombroso, don Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Nunca alcancé a leer otra pluma más hermosa especialmente cuando refería pasajes de la historia del “fóbal” en sus famosas “Apiladas”. Cuando puntualizaba las hazañas de los mejores, principalmente de aquellos pibes que emergieron de los potreros argentinos para coronarse en la cima de la gloria. Aquellas notas asombrosamente conmovedoras, estaban urdidas con un acicalamiento y emotividad inolvidables. ¡Qué grande “Borocotó”!

Por aquellos días –permítanme la digresión- con los chicos de la escuela, yo conformaba un “Team” muy temible que representaba al Segundo “A” de primaria y al que le puse “La Máquina” como la de River. Al vernos jugar tan acicaladamente con pases precisos y gambetas elegantes, nuestro maestro de la sección, Mamerto Galarza Mayor, “El Gato”, en  el paroxismo de la admiración lo cambió por: “LA BORDADORA”. Fue la oncena al que sólo los grandazos del sexto año, con muy malas artes y a punto de patadas, doblegó en el  campeonato Intersecciones de aquel año de 1945. ¡Quedamos segundos después de bailar a tremendos rompepiernas!. En la delantera de aquel equipo jugábamos, Fena Livia Chávez, un mago espectacular para mover el balón; El Pato” Pagán, “Uto” Soto, Agustín Bustamante, Humberto Bernuy, Antonio “Cara de palo” Quintana y, yo, el “Cushuro”. ¡Cómo olvidarlo!

Aquel año lucimos unas camisetas moradas con rayas negras de mangas largas y pasadores en el cuello que nos regaló don Cipriano Proaño, Alcalde del pueblo. Y nos las regaló porque nadie se había atrevido a comprar aquellos uniformes de colores tan tétricos como para una funeraria. Con esas camisetas descomunales, que nos llegaban hasta los talones  causamos sensación en la escuela. ¡“La Bordadora”!. Al finalizar el último partido del campeonato, grité como nunca. ¡La Bordadora es como la “Máquina” del River!  Todos me aplaudieron.

Por otro lado –anudando los hilos del recuerdo- estábamos muy bien enterados del acontecer futbolístico argentino de aquellos días. Particularmente para mí constituía una gran satisfacción llegar al Club “Centro Tarmeño”, en cuya salita de estar podía ver a Máximo Lazo, notable centro delantero; Enrique Wilson, incomparable wing izquierdo; Abel Herrera, insider derecho colosal; Benito Alfaro, salido de las canteras del “Huracán”, con un toque maravilloso de pelota y otros maestros del fútbol. Tras saludarlos, solicitaba al bibliotecario el último número de aquella joya del periodismo deportivo de entonces: EL GRÁFICO. ¡Qué emoción! Conocer a través de las fotografías a los cinco de la “Máquina del River” ya nombrados y a las estrellas de otros clubes como Mario Boyé, Arsenio Erico, Bernabé, “La Fiera” Ferreira”, “Tucho” Méndez, con su pinta de actor de cine; “El zorro” Stábile, Ángel Perucca, René Pontoni, Antonio Mourino, León Strembell, Ezra Zued, Juan Carlos Colman, y tantos y tantos cracks que nos hicieron soñar. La influencia del fútbol argentino fue tanta en nuestra tierra que, a lo largo y ancho de su territorio, destacaron equipos de barrio como: San Lorenzo de Almagro, River Plate, Independiente, Huracán, Racing, Atlético Banfield Club, etc.

Cuánto bien nos habría hecho ver jugar a nuestros ídolos como ven los chicos de  ahora, en la televisión. Sin embargo, inspirados por es  maravillosa intuición de niños, hilvanábamos jugadas notables. Es más, con Fena Livia fuimos los primeros en imitar a ese gran jugador nuestro, Baldomero Meza Limas, “Challwa”. Él era el único que realizaba espectaculares  “Chalacas” que otros llaman “Caracoles”. Con Fena cobrábamos cinco centavos por cada “Chalaca” espectacular que efectuábamos a la orilla de la laguna de Patarcocha. Los mayores nos pagaban gustosos por las demostraciones. Nuestro principal cliente era “Michilín” Gutiérrez. Algunos aprendieron, otros no, pero tras numerosas  demostraciones teníamos para pagar las entradas a las seriales de los viernes el en “Cine Grau”. Los domingos eran sagrados para mí. Ese día estaba destinado a vivir las más grandes emociones con los relatos transmitidos por la radio que, al fin y al cabo, eran la máxima diversión que podía alcanzar. En tanto los escuchaba, soñaba –mi ilusión infantil de aquellos años- conque algún día integraría un equipo famoso como el River, o llegaría a ser un brillante narrador de fútbol como Fioravanti. El primer deseo no se cumplió, pero el segundo sí. Con creces. Fui relator radial de las emisoras de mi pueblo con solvencia y con cariño. ¿Lo recuerdan…?

La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

la maquina de river plate
La fabulosa “Máquina” del River Plate de Buenos Aires. Están Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Losteau.

 

MI HOMENAJE A LOS QUE SE HAN IDO

Desfile deportivo
Desfile deportivo de los trabajadores de la compañía norteamericana que cada primero de mayo reñían homenaje al “Día del Trabajo”. Las flores reunidas aquel día servían para nuestro homenaje a los valores de nuestro pueblo.

Generalmente los soleados domingos de medio año, un grupo de amigos  nos reuníamos tras la tradicional “Misa de Once”, la más concurrida. El primer grupo lo conformamos, “Finky” Espinoza, “Chacalhua” Ramírez, “Chuno” Rodríguez, Panchito Alvarado, uno que otro amigo que se nos unía en el periplo, y yo.

Caminábamos incansables por nuestras centenarias calles haciendo comentarios sobre los últimos acontecimientos de la ciudad y la patria; avivábamos chismes, contábamos los últimos chistes y sobre todo hacíamos críticas de los últimos resultados del deporte. Cansados de tanta caminata volvíamos a la chingana de Crisanto López, muy junto a la iglesia matriz, para tomarnos nuestro consabido aperitivo: una buena copa de pisco puro de Ica, tal como lo hacían nuestros antepasados.  Una hora después, felices de la charla nos retirábamos a casa a “vaciar la olla”. Por la tarde, todos al Estadio. Esta fue una simpática costumbre que la mantuvimos por mucho tiempo. (Actualmente ninguno de ellos ya está con nosotros. Se han marchado, uno tras otro, dejándonos hermosos recuerdos).

Tras el paso inexorable del tiempo, formamos otro grupo con gente de mí tiempo: Julio Baldeón Gabino, Félix Luquillas Huallpa, Gustavo Malpartida Muguruza, Carlos Amador Rodríguez y uno que otro amigo que se nos unía a la caravana y, yo. Este grupo tras la caminata fraternal, visitaba el cementerio donde llegábamos a las tumbas de viejos e ilustres cerreños olvidados: Ramiro Ráez Cisneros, Andrés Urbina Acevedo, Graciano Ricci Custodio, Lorenzo Landauro, Ambrosio Casquero Dianderas, Alberto Úngaro, Silverio Urbina, Juanito Cortelezzi, Julio Patiño León, y una serie de futbolistas, músicos, amigos del alma. Cumpliendo con el encargo que alguna vez me hiciera nuestro patriarca Gerardo Patiño López, les relataba la vida de aquellos hombres extraordinarios y mi pesadumbre por el abandono en que se encontraban. Contemporizando con la ausencia de familiares, encargábamos a un “Cantor” que ofreciera un  responso por el alma de aquellos nobles amigos. El más impresionado era Julio Baldeón que no podía aceptar el abandono en el que se hallaban estas tumbas. Ahora recuerdo claramente que alguna vez me confesó que para no estar completamente abandonado cuando muriera –todos sus hijos se encuentran radicando en Brasil- él preferiría ser cremado para que sus cenizas se esparcieran por los ámbitos de la tierra amada que en vida había recorrido. “De esa manera ya nunca dejaría mi tierra”, decía. En aquellos momentos, claro, yo juzgaba que no sólo era prematuro sino también inoportuno hablar de esas cosas. Todos gozábamos de muy buena salud y consideraba la manifestación de aquel deseo, inoportuna.

Con el transcurrir de los años llegué a dirigir el deporte de mi tierra. En el desempeño de mis funciones recuerdo una de las más grandes satisfacciones que recibí. Cada primero de mayo, “Día del Trabajo”, cada una de las  madrinas de las delegaciones deportivas que desfilaban me regalaban con hermosos ramos de flores con adornos alusivos a los colores que representaban. El caso es que, finalizado el desfile,  con la ayuda de mis amigos mencionados reunía aquel gigantesco montón de hermosas flores frescas y las llevábamos al cementerio. Allí, con un cariño muy especial, tras las correspondientes plegarias,  las depositábamos en las tumbas de nuestros viejos queridos. En otros casos, como el de Graciano Ricci y, otros, sus cruces quedaban vestidas de flores.

Al promediarse la tarde visitábamos a Juanita Sacristán una excelente cocinera cerreña que preparaba nuestros platos típicos: Charquicán, Arvejitas, tamales cerreños, pachamanca. Allí degustábamos esas delicias salpimentadas con buenos tragos, siempre con pullas, chascarrillos y mucha fraternidad.

Felices de haber cumplido con un deber amical, ya entrada la noche nos íbamos a la parte más alta de aquella zona -camino del camposanto- donde comienza San Juan y Termina Chaupimarca a efectuar un “Caipin Cruz” de despedida. Allí estaba asentado un “Huarique” al que le habían puesto por nombre: “El Monte Sinaí”, para beber nuestros últimos tragos.

En cuanto entrábamos, una joven mujer –me aseguraban que era la querida del “Raqui”-un esmirriado empleado de la Municipalidad, nos atendía muy solícitamente. Antes de los tragos nos traía una guitarra y con el acompañamiento de Carlitos Amador pasábamos momentos muy lindos cantando canciones del recuerdo. Cerrada la noche, nos retirábamos a descansar.

Cuando salimos de la tierra querida llegamos a Lima, pero aquí nuestros encuentros se fueron distanciando por la lejanía y otras dificultades.

Un día recibí una llamada informándome del deteriorado estado de salud de Julio. Las veces que lo visité, tuve la esperanza de que muy pronto volveríamos a encontrarnos. No fue así. El día anterior a su muerte estuvimos en su lecho de dolor, conversando y haciendo viejos recuerdos. Al día siguiente, me llamaron para informarme que acababa de morir. Fue un golpe terrible. Todos los amigos estuvimos en su velorio. Al día siguiente sus cenizas (Había sido cremado) lo condujeron a nuestra tierra y allí, rodeado de amigos, como lo había encargado, arrojaron sus cenizas. Sus hijos Polo y Katty cumplieron con su último deseo. Chau, Julio, hermano…

Cementerio

FRATERNIDAD CARRIONINA (1958)

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En uno de los salones del restaurante ASTORIA, en fraternal reunión, profesores, empleados y auxiliares del Colegio Nacional Daniel A. Carrión, celebrando el onomástico del director del plantel, doctor Basilio Orihuela Melo.

De izquierda a derecha, de pie, están: Raúl Canta Rojas, inspector de educación; Abelardo Véliz, contador ecónomo; Carlos Román, profesor de inglés; Juvenal Augusto Rojas, excelente poeta, profesor de Castellano y notable periodista; Luis González y González, profesor de Literatura; Raúl Colca Malpartida, inspector de Educación que tuvo extraordinario desempeño en el cargo. Su experiencia acumulada a través de muchos años los volcó al servicio del plantel cuando llegó a desempeñar el cargo de Director. Fue uno de los más notables. Miguel Dávila Ramos, profesor de educación física y extraordinario deportista. Como futbolista y basquetbolista, fue integrante de las selecciones cerreñas. Dirigió al equipo profesional “Unión Minas” del Cerro de Pasco con magníficos resultados.

Sentados, de izquierda a derecha: Basilio Orihuela Melo, director del plantel (Homenajeado); Abad Ricaldi Huacachín, connotado abogado y profesor, director de la sección nocturna; Toribio Quijano Tamayo, profesor de Química; Pablo Montalvo Lavado, profesor de Literatura; Priscilo Laurencio Vara, “El Toro”, regente del colegio; Nectalio Acosta Ricce, bibliotecario y aplaudido basquetbolista de aquellos momentos; Agustín Bustamante Montoro, profesor de matemáticas y notable basquetbolista formado en las filas del “Rizo Patrón”. Ambos destacados integrantes de las selecciones de básquetbol de Pasco.

Muchos de estos brillantes amigos, ya no están con nosotros pero, pasados los años, los recordamos con mucho cariño y gratitud.

NUESTRA VIEJA TORRE DEL HOSPITAL CARRION

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LA TORRE DEL HOSPITAL CARRIÓN

Hospital Carrión tomada desde el interior del nosocomio, no podemos menos que admirar la visión de sus fundadores al rodearla de árboles nativos como son los “Quinuales”, únicos que se atreven a crecer a más de cuatro mil metros de altura. ¿Qué les pasó a nuestros viejos?  ¿Por qué no hicieron lo propio en otros tantos edificios y lugares de nuestra ciudad? Tuvo que pasar muchos años para que nuestro patriarca, don Gerardo Patiño López, hiciera otro tanto en nuestro cementerio general. Trajo de su fundo San Miguel pequeños arbustos y los plantó a la entrada del camposanto. Hoy día, supérstites –todavía vivos- siguen proclamando la grandiosa intención de nuestro maestro. Cuando estuvimos al frente de la Beneficencia, hice traer pequeños plantones que los sembré en nuestro cementerio. No lo va usted a creer, al día siguiente habían sido arrancados de raíz sin que quedara ninguno. Supe que sujetos venidos de otros lugares los habían arrancado. Hay sujetos que no obstante vivir en nuestro suelo y ganar el sustento en nuestra ciudad, hieren la mano de los que le dan de comer. ¡Lástima!.

Hoy en día, cuando vemos nuevas imágenes de nuestro pueblo, ya podemos alegrarnos de que exista una hermosa arboleda en varios lugares. Tuvo que ser una admirable cerreña, Amanda López Gamarra –entonces alcaldesa de Yanacancha, la que se ocupara de sembrar estos árboles. Claro que para ello tuvo que luchar mucho. Lo sabemos. Ordenó que a estas plantas la resguardaran con alambres de púas contraviniendo las campañas de ciertos periodistas que criticaron su decisión. El resultado es plausible y hermoso. Gracias, Amanda.

Ahora, con todo respeto, hablemos de nuestra torre.

Los mineros de diversas nacionalidades que explotaban nuestras minas determinaron  construir un hospital como un homenaje de gratitud a la ciudad que los cobijaba. Los consulados español, italiano, francés, inglés y austro húngaro, después de ad­quirir el terreno correspondiente, inician su construcción el 1º de enero de 1858 y es inaugurado en 1864, con el nombre de HOSPITAL  LA  PROVIDENCIA, once años antes que el Hospital Dos de Mayo de Lima, inaugurado el 28 de febrero de 1875.

Lo más resaltante del edificio del hospital fue su monumental torre de piedra. Debido a la iniciativa del coronel Bernardo Bermúdez y de don José Malpartida Cuestas, fue levantado piedra sobre piedra por artesanos de entonces. Visible desde todos los puntos de la ciudad, lucía, en la parte alta, un hermo­so reloj armado ex-profeso por el genial Pedro Ruiz Gallo. Este reloj -símbolo del  indomable espíritu cerreño- marcó por muchos años el palpitar del pueblo minero, con sus triunfos y derrotas; con sus tragedias y alegrías.

Como homenaje de recuerdo a Juvenal Augusto Rojas -uno de los más destacados periodistas del Cerro de Pasco-. trascribimos su nota referida a nuestra histórica Torre. Juvenal abogaba para que se construya una réplica que se consiguió años después. Sus palabras fueron escuchadas.

 “No es necesario recontar la historia de esta torre; tampoco es necesario repetir que en nombre del “progreso” las máquinas de Centromín darán cuenta de ella. El conglomerado humano que vive, trabaja y piensa en el Cerro de Pasco y zonas adyacentes, sabe de antemano el próximo final de la torre. Todos los que conocen esta Capital Minera del Perú, guardan en su memoria la preciada imagen de la torre. Ahí está ella, como el rostro inolvidable que de algún amigo se guarda. Ella pertenece a todas las personas sensibles; a todas aquellas que educaron sus espíritus; a quienes hacen cultura. Ellas no conciben Paris sin su Torre Eiffel, ni Londres sin su Big Ben, ni Pisa sin su torre inclinada. Quiten el Centro Cívico o su Feria y dejará de ser Huancayo; destruyan “Calicanto” o su hermosa Plaza de Armas, faltará Huánuco; porque éstos son los entes, las esencias, el  substráctum de aquellos pueblos. Es un delito extirpar estas esencias, por muy nobles que sean los propósitos. Quienes destruyen lo vital de los pueblos son asesinos de la cultura. Están cometiendo delito de lesa cultura. Por supina ignorancia se puede caer en este terreno, pero ahora que lo planificado, panificado está, urge –conscientemente- disminuir el error y la afrenta. Si la torre tiene que caer, que se construya una réplica para mejorar y darle unidad al nuevo Hospital Carrión de San Juan Pampa. ¿Estamos?

(De Pluma Arterial,  publicado en “El Pueblo” Nº 18 de 27 de noviembre de 1978)

¿Sabía usted…?

Que el año de 1957, con motivo de celebrarse el primer centena­rio del nacimiento de nuestro mártir, se remodeló nuestro Nosocomio con setecientos mil soles donados por el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social. También, los hermanos Fernandini Clotet, sucesores de don Eulogio Fernandini, hicieron llegar su donativo consistente en una mesa de operaciones y un equipo completo de anestesia. La Cerro de Pasco Corporation, diez mil soles, la instalación de alumbrado y calefacción en todo el hospital; la Compañía Minera MILPO, un magnifico equipo de “autoclave” para la sala de operaciones; la Cia. Minera Atacocha, una moderna carroza (Al no ser utilizada como tal ya que la tradición del pueblo no lo permitía, tuvieron que convertirla en Ambulancia). Igualmente hubo donativos de los Ingenieros, Edgardo Portaro y Felipe Bautista. Los trabajadores del “Staff” de la Cerro de Pasco Copper Corporation donaron, sábanas, frazadas, ropas para los niños, medicamentos, biberones, pijamas etc. Fuente: (LA ANTORCHA, 8 de febrero de 1960).

El Padre Salomón Bolo Hidalgo Escrito por El Tío Juan, en EL COMERCIO.

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Imagen del Blog de la PUCP

El padre Bolo fue todo un personaje en nuestra patria. Su arraigo fue de tal magnitud que en nuestro Cerro de Pasco se le puso su nombre a un cantor de responsos que pasó a la posteridad popular por ser protagonista de más de un centenar de anécdotas. Más de una vez, en ese mismo espacio, las hicimos conocer ¿Recuerdan? En el presente caso nos estamos refiriendo al auténtico Bolo que,  de una u otra manera es personaje de nuestra política criolla.

El padre Salomón Bolo Hidalgo ha muerto arañando los ochenta y su defunción aparece en el diario “El Comercio”, el último lugar en que, estoy seguro, hubiera querido estar un rabioso luchador social como él. Aunque pensándolo bien, su afán de notoriedad (de “peliculina” como decimos a veces) era tal que a lo mejor estás feliz de haber llegado por fin a un periódico que le fue esquivo por tantos años.

Salomón Bolo es el probablemente el último de una estirpe de luchadores sociales de los años 60 que en algún momento atravesaron la línea que divide a los radicales extremos de los anecdóticos y se convirtieron casi en personajes de farándula. No fue así al principio. Era Capellán del Ejército, con el grado de Teniente, cuando abrazó la causa nacionalista ayudando a fundar el “Frente Nacional de Defensa del Petróleo” que encabezaba el general César Pando, otro gran personaje de dramas y anécdotas. Fue expulsado del Ejército y deportado por Odría a la Argentina, donde ya fue recibido apoteósicamente como “cura comunista peruano”.

Al año siguiente el mismo general Pando lo llamó para fundar el “Frente de Liberación Nacional” (FNL) y participaron en las elecciones de 1962 que, recordarán, ganó el APRA por estrecho margen. Ahí estuvo también el humorista Sofocleto en su última actuación como izquierdista en serio.

Los comicios fueron anulados por el golpe militar y al poco tiempo cientos de opositores fueron arrojados a la Colonia Penal El Sepa. Ahí estuvo por supuesto el padre Bolo protestando, vociferando, reclamando justicia social.

Por esos años visitar la Unión Soviética y China era un privilegio para iniciados y allá fue Bolo Hidalgo ¡con sotana! pese a que la jerarquía eclesiástica ya le había suspendido derechos.

Para los duros comunistas soviéticos fue una sorpresa recibir a este presunto cura católico con sotana y todo que predicaba la revolución marxista leninista. Por supuesto, se lo enseñaron al propio Nikita Kruschev.

Igual pasó en China, donde estrechó la mano de Mao Tse Tung. Total, el padre Bolo tenía fotos con el Ché, Fidel Castro, el Amado Líder Kim Il Sung, etc. Estuvo en el cenit de la gloria marxista leninista.

Pero ya en los años 70, cuando la Revolución de la Fuerza Armada pocos lo tomaron en serio aunque le concedieron que había tenido un rol en el Frente petrolero. Pero hasta ahí nomás.

Devino entonces en personaje anecdótico, quejoso y hasta ridículo sumándose al grupo donde también recaló, por ejemplo, el trotskista arrepentido Ismael Frías Torrico. Escribió varios libros como “¡Silencio Mentirosos! La verdad sobre la URSS” con recuerdos de viaje al paraíso comunista. Todos francamente olvidables.

Presumía de periodista y fundó la “Asociación Nacional de la Prensa No Diaria” (Anaprensa) y por esto lo tuve que sufrir en aquella campaña por el decanato del Colegio de Periodistas en 1983. Era un verdadero torturador, por perseguidor y pesado. Cuando apareció Internet encontró el espacio ideal para sus ideas (aunque de cuando en cuando le publicaban algo en la revista “Gente”) y alcanzó todavía a rendir homenaje al procoreano Castro Lavarello, otro luchador de su estirpe.

Francamente, su muerte debía ser anunciada en su amada Plaza Dos de Mayo con una gran pancarta que diga, más o menos “Ha muerto el persistente padre Bolo. Era un luchador”.

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 ¿Sabía usted…?

Que el mes de junio de 1918 muere de una embolia cerebral el ciudadano inglés Henry Stone. Vivió 48 años en nuestra ciudad. Llegó muy joven y fue representante de la Cerro de Pasco Mining, también llegó a ser cónsul de Gran Bretaña, pero sobre todo, fue amigo integérrimo de los cerreños. Bailaba con un arte singular nuestro huaino. Pidió a sus amigos que al morir lo enterraran en nuestra ciudad. Se cumplió su encargo, pero su tumba ubicada en el cementerio de Yancancha (Adyacente a la iglesia), echado por los suelos la iglesia también desaparecieron las tumbas.

 

La desaparecida capilla de Uliachín

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Si usted se fija bien en esta vieja fotografía del Barrio de la Esperanza (Inicios del siglo XX), podrá ver en la parte superior izquierda, recortando el horizonte, el cuerpo de la vieja Capilla de Uliachín. Recuerdo que con los chicos de mi escuela nos aventuramos a visitarla llenándonos de miles de sorpresas y no pocos misterios. Al promediarse el año cuarenta y cinco desapareció misteriosamente. La historia que me contaron viejos habitantes de la zona, es la siguiente:

De esto hace ya mucho tiempo. Cuando los frailes franciscanos –primeros que aparecieron por nuestros pagos- llegaron con el fin de “Extirpar idolatrías”, lo primero que hicieron fue deshacer una enorme “Apacheta” que quedaba en la cumbre del cerro de Uliachín. Es decir, un cúmulo de piedras de diverso tamaño que los viajeros “pircaban” en señal de buen augurio para el viaje que empezaban a realizar.

Estaban convencidos de que en esa “Apacheta” moraban los gentiles, seres protectores que les aseguraba el buen éxito del viaje. Por eso los frailes después de decir misa y rezos en latín, echaron por los suelos este montículo y, con el trabajo de los mismos hombres, erigieron una capilla en cuya edificación utilizaron las mismas piedras de la derruida “Apacheta”, cubriéndolas después con un rústico techo de paja. Era –por decirlo así- una amalgama de creencias fundidas en aquella capilla católica. Es más, colindante con ella se habilitó un pequeño campo santo para enterrar a los difuntos de la zona. En el altar principal se fijó un crucifijo de madera que veneraban cada dos de mayo de cada año: “Día de las Cruces”. En días claros de sol, desde la ciudad minera se podía ver este pequeño santuario fulgurante en la cumbre misma de aquella abra histórica.

Don Gerardo Patiño López, mentor y auspiciador de las celebraciones referidas a la Batalla del Cerro de Pasco, aseguraba que no obstante lo empinado del lugar, los cadáveres de los caídos en aquella contienda –patriotas y realistas-, fueron sepultados en el camposanto aledaño a la capilla. Debe ser cierta esta afirmación porque, pasados muchos años, fueron halladas pequeñas piezas de artillería y pistolas y bayonetas en los hoyancos fúnebres. Alguno de estos objetos vimos en la dirección de nuestra escuela de Patarcocha. Un amigo, compañero de escuela de entonces me regaló con una pistola que con mucho cariño le entregué a mi nieto Rodrigo. Ojalálo guarde con cariño.

Volviendo a la Batalla del Cerro de Pasco,  por aquellos días, sólo el cementerio aledaño a la iglesia de Santa Rosa estaba vigente. Es más. Cuando en 1945, el ejército argentino quiso repatriar los restos de sus soldados caídos en aquella contienda, se llevaron puñados de la bendita tierra cerreña que –estamos seguros, empapados de sangre guerrera argentina- que ahora reposan en sendas urnas junto a las tierras de Chacabuco y Maipú.

Andando los años, la capilla, destruida por la indiferencia de los vecinos, la intemperie y la dureza de nuestros inviernos, fue reedificada a la entrada de Uliachín, en la parte baja donde se encuentra en la actualidad.

Cada mes de mayo, celebrando la Fiesta de las Cruces, se realiza en este santuario, el homenaje a Cristo Redentor con moji9gangas, misas, chunguinada, negritos y alegría general del nuestro pueblo.

¿Sabía usted….?

cafe-mokaEl famoso café MOKA, donde se reunían los españoles a conversar con sus connacionales: sevillanos, vascos, catalanes, madrileños, manchegos, gaditanos, asturianos, etc.  era un lugar muy frecuentado no sólo por éstos sino también por miembros de otros consulados. En este lugar, propiedad del ciudadano catalán Marcelo Curty, ubicado en la segunda cuadra del jirón Grau, se bebía el famoso café abisinio que los españoles hacían traer mediante su consulado a la tierra minera. Además bebían sus chatos de manzanilla, jerez y otras bebidas extranjeras.

ATARDECER CERREÑO (Fotografía de don Miguel Lavado)

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El sol que durante el día ha iluminado el paisaje de nuestra ciudad cimera, ha recostado su cansancio tras las montañas nevadas dando paso a la oscuridad. A contraluz se puede distinguir la silueta de la histórica torre del Hospital Carrión que, por más de dos siglos,  ha marcado la sístole y diástole de la tierra heroica. El mágico contraste de este hermoso atardecer fue captado por don Miguel Lavado, un notable fotógrafo cerreño

A propósito.

Aquellos peruanos que tuvieron la intuición y arte de fijar en placas inolvidables pasajes de la historia patria, fueron numerosos

Comenzaremos por el genial cusqueño, Martín Chambi (1851 – 1973) seguido por el huancavelicano, Teófilo Hinostroza Irrazábal, (1914 -1919) nacido en Colcabamba, provincia de Tayacaja, conocido como “El Chambi del Centro” porque como Martín Chambi, retrató las miserias y grandezas de su entorno.

Hinostroza nació en 1914, en Colcabamba, provincia de Tayacaja, departamento de Huancavelica. Su padre fue el hacendado huancavelicano Francisco Hinostroza y su madre doña Faustina Irrazábal.

A los 15 años, fue matriculado por su madre en un colegio de Huancayo, donde tuvo la suerte de trabajar como ayudante del fotógrafo Fortunato Pecho. Allí aprendió el oficio, pero más tarde se impuso su talento, su indudable calidad de observador zahorí y fotógrafo del Perú profundo.

Thissen, al valorar la obra de Hinostroza, dice: “Tenía ojo de artista, era un maestro de la composición, con elección de buenos encuadres y perspectivas. A veces tomaba fotos por el puro gusto de las líneas, de gran simplicidad, como por ejemplo unas chacras donde resaltan los juegos de curvas o rectas”. (…) “Manejaba con destreza los juegos de luces y sombras, con contrastes marcados; los cielos con nubes cargadas, los contraluces audaces y los atardeceres eran su predilección. Pero también hacía tomas de paisajes donde predominaban los grises, logrando vistas originales y de gran belleza”.

Es decir, una inusitada como maravillosa revelación y rescate de un fotógrafo que regresa del pasado, debido al paciente trabajo de Gervasio Thissen. Pero también por la magia de las palabras de Leo Casas Ballón, quien como José María Arguedas lo conoció y disfrutó de su fecunda e imperecedera amistad. Un total de 58 fotografías permiten una visión del aporte cultural de Teófilo Hinostroza.

Dejando de lado la genialidad del francés Eugene Courret que ocupa lugar preferencial en estos menesteres, en el Cerro de Pasco, donde se han perdido no sólo valiosos documentos, debido a la incuria y abandono de sus hijos, hubo –de lo que conocemos- buenos aristas del lente: Ordóñez, Mariño, Barzola, Saavedra y sobre todo, un verdadero artista, Miguel Lavado, que plasmó en placas inolvidables los retratos de los personajes notables, principalmente autoridades locales además de algunas escenas familiares y sociales de gran valor artístico más importantes del Cerro de Pasco. Miguel Lavado fue un excelente retratista.

¿Sabía usted….?

 Middendorff, fue un médico y erudito humanista, que estudió la realidad peruana durante la segunda mitad del siglo XIX. Hizo una vívida descripción de la ciudad de Cerro de Pasco. (Middendorff, E. W.: PERÚ, observaciones y estudios del país y sus habitantes  durante una permanencia de 25 años. Tomo III, La Sierra. Primera Versión Española. Universidad Nacional de San Marcos, 1974).

¿Cuál es el valor de la obra ‘El Perú’ de Middendorf para el estudio de la historia del siglo XIX? Patricio Alvarado Luna, dice “Entre los viajeros extranjeros que visitan y recorren el Perú en la segunda mitad del siglo XIX, quizás no haya otro tan importante como E. W. Middendorf. Nacido en Alemania en 1830 y tras graduarse de sus estudios en medicina, entre 1854 y 1855 emprende un viaje por Australia y Chile para llegar en 1855, por primera vez, al Perú”.

“Culminada su última estancia en el Perú y de regreso en Alemania, entre 1893-1894 publica “El Perú“, una obra enciclopédica en la cual se encuentra una gran variedad de información, lo que demuestra la curiosidad de su autor” (…). Middendorf obtiene información de primera mano. Su obra es una descripción total del Perú”.

“La obra de Middendorf termina siendo una obra de referencia con un visión completa sobre el Perú, donde se encuentra información de primera mano y de mucha utilidad para el estudio de la historia del siglo XIX, dado que, como ya se mencionó, el autor vive los cambios, tanto políticos como sociales, económicos y culturales, que pasa el Perú durante la segunda mitad de la centuria”.