El Caso Gamboa (Quinta parte)

el caso gamboa 5“Después de dejar la casa con mucho sigilo, juntamos la puerta y nos retiramos dándonos una vuelta por el Parque Centenario. Nuestro objetivo –como lo habíamos planeado- era hacernos ver por la mayoría de gente posible que, indudablemente, atestiguarían que el viernes 9 de agosto estábamos juntos y muy briagos. Tendríamos una gresca en la que nos “haríamos mucho daño”. Ellos nos auxiliarían y serían testigos de que mutuamente nos habíamos infligido aquellos moretones. Esa sería nuestra coartada. En cumplimiento de lo acordado, llegamos a la Plazuela del León en donde simulamos un mayúsculo escándalo. Ante la bulla escandalosa –como lo planeamos- salieron los noctámbulos que estaban en el “Trocadero”, del Salón “Concordia”, del chifa “Cantón” y muchos del café “Moka”. Muy comedidamente nos separaron y tranquilizaron, llevándonos a la sala de primeros auxilios del Hospital “La Providencia” donde el topiquero nos curó las heridas y moretones. Como lo planeamos, así sucedió. Creían que en un rapto de cólera, los amigos del alma, los “hermanos”, nos habíamos peleado. Tras la curación, simulamos una arrepentida reconciliación que los amigos allí presentes aplaudieron y nos retiramos a nuestras casas. El resto ya lo conocen”.

“Lo que ustedes no saben, ni pueden imaginarse siquiera, es lo que aconteció después. Cuando se descubrieron los cuerpos y el pueblo se puso en pie de guerra, ya no supimos lo que debíamos hacer. El mundo se nos vino encima. Si bien es cierto que nadie había reparado en nuestras heridas ni la circunstancias en las que se habían producido, nuestras conciencias cada vez más alteradas, se vieron envueltas en una vorágine de indecisiones, dudas y desconfianza. ¿Qué deberíamos hacer? ¿A quién recurrir? ¿Cómo explicar aquel salvajismo homicida? ¿Qué hacer? Revelar nuestra culpabilidad habría sido como desnudar a nuestros familiares delante del pueblo. Su vindicta habría sido fatal. Ellos gozaban del respeto y consideración de la sociedad, no era justo que de la noche a la mañana reveláramos la atrocidad cometida; máxime si no había ningún resquicio de razón o motivo para haberlo cometido. Era, a todas luces, un execrable crimen que no tenía ninguna clase de atenuantes. Su comisión delataba un extremo caso de locura o enajenación bestial que de ninguna manera podría considerarse humano. Estábamos aterrados. Después de reunirnos en secreto -como todo lo que hicimos a partir de entonces- optamos por tomar el camino menos difícil: el silencio. Como nadie sospechaba de nosotros, porque todos buscaban a los culpables en los bajos fondos, decidimos seguir el juego a las circunstancias.  Callamos. Pero ese silencio culpable tenía un peso enorme en nuestras conciencias. Estar callados cuando todo el mundo condenaba el salvaje homicidio, era muy difícil. Tan difícil que, poco a poco, nuestros familiares encontraron rara nuestra negativa a opinar, más aún, nuestro comportamiento diario. El cambio era a todas luces visible. Comenzaron a preocuparse y con ello nuestro temor de que llegaran a saber la horrible verdad. Todo esto y el recuerdo de la noche fatal no nos dejaba dormir. En mi caso, mis pesadillas eran tan horribles que despertaba sudoroso, cubierto de lágrimas porque, apenas cerraba los ojos veía venir a Carmen Rosa, completamente pálida como convertida en  estatua de mármol, con el cuerpo contundido, los senos sangrantes, los labios retaceados en jirones sanguinolentos que, al pronunciar mi nombre arrojaba abundante sangre babosa que me cubría la cara. Detrás llegaba la señora Carolina con el rostro desfigurado, cubierto de cardenales que, sin decir una sola palabra se tiraba sobre mí, cubriéndome con su enorme corpachón. Yo despertaba gritando, empapado de sudoraciones. Mi respiración dificultosa y mis sienes palpitantes como martillazos, a punto de explotar. Eso todas las noches. En vano trajeron a rezadores y brujos para quitarme el susto. Creían que la noticia del asesinato me había trastornado. Ninguno podía imaginarse que mi bestialidad originaba tamaño tormento. Ninguno podía sospechar siquiera que estaban delante de un criminal. En aquellos momentos temía que las pesadillas de Iñaqui Jáuregui fueran tan o más terribles que le obligaran a revelar nuestro salvajismo. Él más que nadie tenía mucho que pagar. Él que no sólo, por experimentado y mayor que nosotros, nos indujo a hacer lo que hicimos después de atosigarnos de Ajenjo, trago maldito. Él que, en todos los casos, actuó con inusitado salvajismo, sin ápice de piedad cristiana. Supongo que cosa parecida le ocurriría a mis amigos, porque, transcurrida la quincena, la familia de Piero, dispuso su viaje a Lima; los mismo ocurrió con Brennan. Sólo quedábamos tres. Por eso, una tarde, pretextando el préstamo de unas paraguas, Iñaqui llegó a mi casa y, a solas, me dijo conminatorio mirándome a los ojos, como queriendo matarme: “Si se te ocurriera abrir la boca y relatar lo que hicimos, los que van a salir perdiendo, serán ustedes. Ya me conoces. Yo voy a salir indemne del caso. ¡Cuídate de lo que dices! Esta es la única advertencia. Ya no volveré a venir porque pueden sospechar. ¡Silencio!”. 

“Con el fin de no avivar tétricos recuerdos, no leíamos los diarios que, como tarea insoslayable,  estuvieron publicando una inacabable serie de crónicas y artículos relacionados con el caso. Evitábamos visitas y encuentros amicales. Así transcurrieron los primeros años y cuando la Corte Superior abrió juicio contra los sospechosos, aprovechamos para viajar. Frano, se dirigió a Lima y luego a Dubrovnick, la patria de su padre; Iñaqui, que casi no salía de Villa de Pasco, a la lejana Navarra, a casa de sus abuelos. Sólo yo quedé en la ciudad minera por un tiempo. Como la conciencia no me dejaba en paz, viajé a Lima e ingresé como lego en el convento de la Buena Muerte  donde, por fin encontré algo de paz en la Casa del Señor. Después de escucharme en confesión y cumplidos mis primeras penitencias, mi confesor, fray Domingo Cabanes, me ha instado a que escriba esta carta que espero tenga fuerza de confesión y “mea culpa”. 

“Para terminar diré que, la suprema justicia de Dios, ha actuado por distintos caminos. Me he enterado que, Iñaqui, el hombre que se convirtió en bestia asesina, perdió su negocio por un incendio que lo dejó sin nada. A resultas del trágico acontecimiento le sobrevino un derrame cerebral que lo ha dejado inválido. Ahora vive de la caridad de sus paisanos. Él no puede moverse. Su rostro se ha transformado por la enfermedad, en un rictus  trágico como si estuviera hecho de un jebe deforme; sus manos anquilosadas como garfios ha hecho que sus uñas de le introduzcan en la piel como cuchillas y si bien escucha, no puede hablar. Sólo llora. Su vida es un llanto continuo sin final. Estoy seguro que en esa cárcel de silencio y dolor donde su bestialidad lo ha confinado, es un tormento perenne que tendrá que sufrir hasta el fin de sus días. En cuanto a mí, que ya no puedo probar alimento y estoy consumido de un dolor inconmensurable, he encontrado en la oración y la penitencia un  camino para acercarme a Dios y espero que la muerte que está muy cerca, me lleve a él para suplicarle su perdón”.  

“En nombre de Dios Santo, suplico al Supremo Tribunal de la Corte de Justicia la conmiseración para aquellos hombres que, sin saber, han recibido el peso de culpas ajenas. Les pido perdón a ellos y a todo el pueblo por haberlo maltratado con nuestra sanguinaria acción”. 

“No tengo más que decir. Si estoy sufriendo con un cáncer terminal, creo que es el pago a la bestialidad que cometimos al quitarle la vida a tres inocentes criaturas. Que Dios me perdone por todo el daño que he causado”. 

                                   En nombre de Cristo: ¡Perdón!

                                       Antoine Bignon  

F I N .

El Caso Gamboa (Cuarta parte)

el caso gamboa 4Tuvo que transcurrir 23 años para que se revelara el misterio que había envuelto la repentina liberación de los acusados. Los primeros días de enero de 1931, cuando el tirano Sánchez Cerro ordenó el cambio de capital del Departamento de Junín, los miembros de la Corte Superior de Justicia, en acatamiento de lo dispuesto, empacaron todos los escritos de los procesos habidos hasta entonces en ese tribunal superior. Quiso la casualidad que un periodista que trabajaba en la Corte, al ordenar el legajo correspondiente al Caso Gamboa, encontrara un sobre voluminoso, lacrado y misterioso, en el que halló un documento valiosísimo que arrojaba luces sobre el misterioso acontecimiento. Era una verdadera revelación. Se trataba de una carta con la confesión del verdadero autor del crimen, redactado “In Artículis Mortis”, con el correspondiente aval de las autoridades eclesiásticas de entonces. Este patético documento  fue publicado en “La Alforja” el 16 de enero de 1931, causando un revuelo extraordinario. Como aquel día se publicaba también el decreto mediante el cual se humillaba al Cerro de Pasco, las gentes más conmovidas por este insulto inusitado, no dio mayor importancia que a la revelación del crimen.  Este significativo documento probatorio, avalado por las instancias superiores de la iglesia católica que, en tránsito de muerte, dirige Antonio Bignon, ciudadano francés a la Corte Superior de Justicia, confesando ser autor del homicidio, conjuntamente con cuatro cómplices; invoca el perdón para sus culpas y pide la libertad para los inocentes que estaban purgando injusta carcelería. La dramática carta, tras las generales de ley y los correspondientes trámites que sufrieron, dice en su parte principal:

“Ya en las garras de la muerte, agobiado por horribles dolores ante los que ni el láudano es efectivo, a piadosa sugerencia del Fray Domingo Cabanes del Sagrado Corazón –mi confesor- escribo esta revelación que espero libere a mi cuerpo y a mi alma de los terribles tormentos físicos y morales que estoy soportando y atenúe la eterna condena del infierno que me está esperando. Por esta misma confesión que realizo en pleno ejercicio de mis facultades mentales y sin que nadie haya ejercido presión en mí –salvo mi conciencia atormentada- suplico en nombre de Dios, a los honorables caballeros que imparten justicia, pongan en libertad a los acusados que por culpa mía y de mis cómplices, están sufriendo. Ellos son enteramente inocentes de los hechos que se les imputa y espero que este relato pueda servir para que los jueces enmienden su decisión”. 

“Como el tiempo es apremiante, obviando detalles superfluos, paso a relatar la comisión de aquel horrendo asesinato de la que fueron víctimas tres inocentes mujeres. Para mejor comprensión, lo ordeno cronológicamente desde el principio”.

“Todo empezó como un juego de juveniles pretensiones la mañana del 15 de agosto de 1906, cuando la Beneficencia Austrohúngara realizaba la misa y procesión de la Virgen del Tránsito, su matrona. Aquel día, los cinco amigos que llevados por extrañas circunstancias llegaríamos al condenable asesinato, trabamos amistad con la señorita Blanca Rosa Dianderas González, gonfalonera de la hermandad del Perpetuo Socorro”. 

            “Desde el primer momento nos impresionó su hermosura y gentileza. En la kermesse que realizó la hermandad fuimos muy bien atendidos por ella. Entre sonrisas y frases amables, nos sirvió potajes y bebidas que estaban expendiéndose. Es más, como el acontecimiento era animado por la orquesta slava, bailamos alegremente, olvidándonos del resto de gentes. Aquel día nos sentimos completamente felices. Ese fue el comienzo. Los cinco quedamos prendados de ella. No era para menos. Su sonrisa y delicada amabilidad nos encandiló, pero mucho más su cuerpo. Era la perfección de la belleza y el porte. Ninguna muchacha de la ciudad podía parangonársela. Nuestro enamoramiento no nos hacía ver que la amabilidad de la que hacía gala, era con todos. Cada uno abrigaba la esperanza de ser el elegido por tan bella muchacha. A partir de entonces, desplegamos toda  nuestra galantería y la llenamos de atenciones y homenajes que con mucho comedimiento recibía. Esto alimentaba nuestra obsesión y nos impedía ver la realidad. Pronto aquel amor platónico se trastocó en un deseo pasional que perseguía como meta, poseerla carnalmente. ¡Cuántas veces nos pasamos horas enteras conversando acerca de las maravillas que depararía aquel cuerpo fabuloso! Con ello crecía nuestra obsesión. Lo que descubrimos con el correr de los días, fue una terrible contradicción en su personalidad. Por un lado, su belleza agresiva e insinuante, su conversación fluida y su perenne sonrisa a flor de labios, nos hizo pensar en una mujer calculadora, consciente de sus encantos que estaba poniendo en juego para seducirnos. Por otro, su inexperiencia manifiesta que llegaba a límites de pasmosa inocencia, nos intrigaba y nos ponía de vuelta y media. Tarde, muy tarde, llegaríamos a descubrir que era una niña inocente de alma limpia y candorosa, que para nada estaba involucrada en trajines amatorios ni en aventuras farragosas de las lides del amor”.  

“Los cinco amigos, éramos: Iñaqui Jáuregui, Frano Ivancovich, Piero Amoretti, Brennan Coleridge y yo, Antonio Bignon. En algún momento de confraternidad, reparamos que éramos representantes de diversas nacionalidades afincadas en el Cerro. Iñaqui, vascuence; Frano, croata; Piero, italiano; Brennan, inglés y yo, francés. La coincidencia, naturalmente la llevamos a terrenos de la broma y aunque, ninguno de los cinco ostentábamos riquezas prodigiosas, las economías familiares nos permitían ir tirando adelante en forma decorosa. Nuestros padres eran buenos empresarios. Todos mineros. Nosotros, buenos jinetes, excelentes bailarines, notables amigos de la farra y la bebida, enamorados y alegres, llevábamos nuestra juventud con entusiasmo verdaderamente notable. No faltábamos a ninguna de las celebraciones locales o a aquellas que nuestros mayores efectuaban para recordar los lejanos predios de su patria en los correspondientes consulados. En el terreno del amor entramos con exitoso pie. No nos faltaba nuestra correspondiente “novia”, hasta que conocimos a Blanca Rosa. Muy hermosa, muy distinta, muy especial. Hicimos todo lo posible por alcanzar su amistad, y cuando lo logramos, aspiramos a ocupar su corazón, su voluntad y sus sueños. Los cinco teníamos esa fijación en ella y  en uno de esos raptos de vanidad que tiene la juventud, decidimos apostar a quién sería el privilegiado de ser elegido por ella”.

            “La oportunidad se nos presentó el lunes 5 de agosto cuando asistimos a la Fiesta de la Virgen de la Nieves. Por galante ofrecimiento de Iñaqui Jaúregui, conseguimos poner a su servicio un cómodo sulky tirado por un caballo que la condujo, conjuntamente con su tía, a la Villa de Pasco. Naturalmente, los cinco la escoltamos  en sendas cabalgaduras. Nos habíamos convertido en galantes chalanes de su escolta. En aquellos momentos nos sentimos como los elegidos de los dioses. Usamos los más variados ardides para impedir que otros jóvenes la cortejaran. Aquel día, en la misa solemne, procesión, almuerzo y corrida de toros, la pasamos muy bien. La tía, doña Carolina, habiendo observado nuestra solicitud y amabilidad con ellas, seguramente sintiendo como un deber la correspondencia a tanto despliegue de gentileza, nos invitó a visitarlas el viernes 10 en la tarde. No esperábamos otra cosa. Durante los días siguientes nos dedicamos a preparar la reunión a fin de que no faltara nada. En ningún momento nos movió mala intención alguna. Sólo estábamos a la espera que aquella tarde se pondría en claro a quién prefería Blanca”. 

            “Llegado el día, muy bien emperifollados llegamos a la casa. Portábamos como obsequio a las anfitrionas, variada cantidad de pasteles, chocolates, cigarrillos y licor. Para ellas elegimos el suave “Perfecto Amor” y, para nosotros cognac francés, ajenjo y mistral. Todo fue muy bien recibido”. 

            “Iniciada la tertulia, animada por la chispa de las bebidas, la conversación fue haciéndose cada vez más animada, llegándose a entonar algunas canciones de moda en tanto, por turno, bailábamos con las anfitrionas. Hasta ahí todo bien. Como sucede casi siempre, no podíamos darnos cuenta de que los tragos ya nos estaban haciendo actuar más desinhibidamente. Lo que aconteció a las diez de la noche, cuando la señora Carolina insinuó que la visita había terminado, fue la chispa que encendió el polvorín. En inexplicable exabrupto, Iñaqui  alzando la voz, le dijo que no podía echarnos así no más como si fuéramos unos pordioseros. Que no nos iríamos si Blanca no se decidía por uno de los cinco. Fue suficiente. Con una energía que le desconocíamos, doña Carolina se puso de pie y señalando la puerta gritó: “¡¡¡Fuera!!!”. Entonces Piero, como echándose el alma a la espalda ante lo inevitable, quiso estampar un beso en la cara de Blanca, pero fue mal interpretado por la tía que estrelló un sonoro sopapo en su rostro. Ahí comenzó todo.  Posiblemente llevada por los tragos, doña Carolina comenzó a repartir lapos a diestra y siniestra. Fue tanta su agresividad que tuvimos que responderle con golpes iguales. No podíamos quedarnos como si nada. ¡Estábamos borrachos!. Actuaba como una desbocada gladiadora golpeando a diestra y siniestra, agitando los brazos como las aspas de molino. Aquel cambio de porrazos nos ocasionó varias magulladuras. La lucha se tornaba difícil y ya comenzaba a crecer el ruido intranquilizando al perro que gruñía detrás de la puerta, cuando Iñaqui la cogió rodeándole el cuello con sus brazos poderosos. Ni así se contuvo. Ante sus desesperados esfuerzos por desasirse, nuestro amigo que la sujetaba, hizo un movimiento brutal que produjo un ruido como una caña al quebrarse. Fue suficiente. Quedó inmóvil y laxa, como un pelele. Fue depositada sobre un butacón y su rostro cubierto con un pañolón. ¡Listo! Nosotros, mudos, sin saber qué hacer, mirábamos la maniobra, espantados. Sorbió un generoso trago de ajenjo. “Ahora estamos en paz”, dijo, y miró a Blanca que, inmóvil, cubierta de lágrimas no atinaba a moverse, temblando como una condenada. La cogió de la carita y le ordenó que besara uno por uno a todos sus amigos. Obedeció. Su semblante daba lástima y como una autómata cumplió con la orden. Al ver la pasividad nuestra, la cogió con fuerza y con brutalidad la besó prolongadamente,  hasta que de sus labios comenzó a chorrear sangre. La había mordido. Ella ahogando un grito, completamente débil, quedó a merced nuestra. Nosotros –no puedo explicarme por qué, pero creo que la locura es contagiosa- procedimos también a besarla con pasión desmedida, -envenenados de tanta brutalidad- como si estuviéramos posesionados del demonio. Ella lloraba y gemía, convertida en guiñapo sin voluntad ni fuerzas. Los ojos de Iñaqui -estoy seguro que los nuestros también- tenían una expresión demoníaca, satánica, terrible. ¡No éramos nosotros! Algo había en el ambiente que nos urgía a actuar así. Estoy seguro que el demonio estaba actuando solapadamente, moviendo las cuerdas de las sicalípticas marionetas en que nos habíamos convertido. Ahora puedo asegurar que el ajenjo que bebimos en demasía, era el medio con el que nos tenía sujetos. Aquel trago brutal nos hizo perder la ecuanimidad, obligándonos a actuar tan desaforadamente como lo hicimos”. 

            “Cuando ciego de lujuria le desató el corsé y rompió el camisón, vimos sus  senos, duros y abiertos como frutas maduras. Enceguecimos. Uno a uno, por turno, pasamos a besar y mamar aquella belleza. El brutal jefe de aquel aquelarre, la despojó de sus corpiños y enaguas, apareciendo ante nuestros ojos, toda la majestad de su cuerpo blanco e impoluto. Al cubrirse los senos con las manos temblorosas, Brennan encendió la estufa que estaba a la entrada de la alcoba y la atizó con carbones y leños.  Esperamos un buen rato mientras Iñaqui manoseaba el cuerpo de la muchacha besando con lascivia incontenible cada parte, hasta que el ambiente se abrigó. Sin decir una palabra, ordenó con la mirada y cada uno de nosotros tomó a la muchacha de brazos y piernas inmovilizándola. Babeante como un fauno alocado, se quitó los pantalones, subió sobre la muchacha y la poseyó salvajemente. Un grito desgarrado de desflorada se escuchó en la estancia. Como si el alarido hubiera accionado algún mecanismo de poder, jadeante y sudoroso, como bestia en celo, la tuvo buen rato a su merced, besándola y penetrándola como si quisiera matarla. Después, exhausto y casi sin aliento, la dejó a un lado y con el resto de voluntad que le quedaba nos ordenó que hiciéramos lo mismo.  Limpiando la sangre que corría por sus piernas, uno a uno, ciegos de lujuria la poseímos. Sentir su cuerpo convulso y sus sollozos sordos, extrañamente nos impulsaba a seguir teniéndola. Estábamos cumpliendo con sueños que en interminables noches nos habían desvelado. Ahora era nuestra, enteramente nuestra. Sólo se escuchaba un sollozo de virgen desamparada que con la mirada suplicaba. Después del primer grito, Iñaqui le había atracado un pañuelo en la boca y con otro aseguró en la parte posterior de su cabeza.(Un grito habría sido fácilmente escuchado por alguien que atinara a pasar por aquel lugar). Sólo podía respirar por la nariz. Todos pasamos por ella. Hasta ahora no me puedo explicar cómo el hombre puede perder su sentido de piedad y de conmiseración ante el abuso. Nos habíamos convertido en animales. Cuando siguiendo el ejemplo del jefe la poseímos contra natura, ya casi ni se movía; al amarrarla para seguir con la función carnal, notamos que ya no daba señales de vida, sus ojos ya estaban sin luz, el pulso había desaparecido y un frío estremecedor se apoderaba de su cuerpo desnudo. Había muerto. Sin decir una sola palabra nos miramos apesadumbrados, como volviendo de una ausencia prolongada, nos sentamos en derredor de la cama y, como autómatas sin pizca de voluntad, no alcanzamos a comprender todavía la bestialidad que habíamos cometido. El silencio invadió la alcoba. No podría decir ahora cuánto tiempo estuvimos sumidos en aquel mutismo culpable. Fue en ese lapso que alcanzamos a oír un sollozo débil, casi imperceptible. Siguiendo la pista del lloro Iñaqui se dirigió a la puerta que da a la cocina. Allí descubrió, agazapada, llena de terror, con los ojos llenos de lágrimas, a una niña que muda de espanto, dejó que la bestia –no en otra cosa se había convertido nuestro amigo- la levantara por los aires sujeta del cuello y, como si la arrullara para que se duerma, fue presionando su cuellito. Cuando dejó de moverse la depositó sobre el suelo y la cubrió con un costal. Nosotros nos encontrábamos inmóviles. Aterrados. Incapaces de poder protestar o hablar siquiera. Se estaba deshaciendo de una inoportuna e incómoda testigo que lo había visto todo. Tras dejarla tirada como una muñequita de trapo, cogió unas empanadas y otros pasteles y se los dio al perro que le movió la cola de gratitud. Bebió unos colmados tragos de ajenjo y nos conminó a que hiciéramos lo mismo. Todos bebimos”. 

“A medida que transcurrían los minutos, fuimos dándonos cuenta de la bestialidad que habíamos cometido. Con más presencia de ánimo, Iñaqui fue recogiendo ropas y objetos que pudieran incriminarnos y los echó a la estufa. A esa hora, nadie repararía en el humo que salía de la chimenea, menos ahora que las ventanas las habíamos cubierto con frazadas. En las primeras horas del día trazamos un plan a fin de borrar cualquier sospecha de nosotros. Lo logramos”.

Continúa….

El Caso Gamboa (Tercera parte)

el caso gamboa 3Siete largos años tuvieron que transcurrir para que los acusados a quienes jamás se les probó la comisión del delito fueran puestos en libertad. Para ello, el alegato presentado por el abogado defensor Gerardo Balbuena fue determinante. Lo que llama la atención es que los jueces tuvieron que esperar siete años para dar cabida al alegato que se había venido repitiendo desde los días inmediatos a la comisión del delito. Esta pieza legal fue publicada en el diario “Los Andes” de 10 de setiembre de 1913, sosteniendo lo siguiente: 

“Han transcurrido siete interminables años en los que, recluidos como feroces asesinos, transcurren sus días los hombres a los que nada se les ha podido probar y sólo llevados por conjeturas y acusaciones sin sustento, han sido enviados a aquella terrible mazmorra que es la cárcel del Cerro de Pasco, la más dantesca del mundo”. 

“El móvil del crimen, como ya lo hemos sostenido incansablemente, no ha sido el robo. Ninguna pertenencia de la casa de las víctimas ha sido sustraída. Los asesinos que actuaron así, salvajemente, estuvieron llevados por los más inconfesables instintos carnales que terminaron haciendo de la víctima principal -casi una niña- el fruto de sus aversiones que, por lo que arroja la necropsia, no sólo fue desflorada salvajemente, repitiendo el acto muchas veces, sino que ejecutaron con ella actos contra natura y, después de muerta, siguió siendo mancillada por las hienas criminales. Que fueron varios, también ha quedado establecido. De no haber sido así, jamás podrían haber vencido a la señora Carolina Gamboa, alta, fornida y muy bien dispuesta físicamente que en poco tiempo pudo haber dado cuenta de uno, dos y hasta tres hombres. Ella fue vencida y muerta por varios asesinos. Las huellas dejadas como el número de vasos y las innumerables colillas en el cenicero, así lo hacen suponer. Las declaraciones del capitán de la lumbrera “El Diamante”, de doña Luisa Costa de Rosazza, vecina de las Gamboa y, de don Gerardo del Campo, atestiguan que vieron, antes del crimen, junto a la casa de las Gamboa y a altas horas de la noche, a un individuo de aspecto extranjero que nunca se dejaba ver el rostro; que se lo cubría al aproximarse gente ocultándose en la oscuridad, que unas veces estaba solo y otras con dos o tres personas de catadura intranquilizadora, como en acecho. Este sí es indicio de delito y no la amistad de Guzmán y Martínez Chávez y el parentesco de Carlos Gamboa”. 

“El sobreseimiento debe ser absoluto. La condición jurídica de los enjuiciados Teobaldo V. Guzmán, Carlos D. Gamboa, Manuel Martínez Chávez y Victoriano Rivera, contra quienes se ha librado mandamiento de prisión, es igual a la de los enjuiciados Augusto Proaño, Crisanto. D. Venturo, Isidro León y todos los otros respecto de quienes se ha sobreseído de un modo absoluto el auto de vista”. 

“Efectivamente, don Teobaldo Guzmán ha probado con las declaraciones de don Juan N. Durand y doña Isabel Góngora de Durand, del doctor Don Avertino Ochoa, de Inocente Durand y con el escrito de los querellantes, de que la noche del viernes 9 de agosto de 1907 en que se perpetró el crimen, estuvo de visita en casa de don Juan N. Durand, desde las 8 hasta las 11 y media de la noche en que se retiró con don Inocente Durand y el doctor don Avertino Ochoa a quien acompañaron hasta su casa. De la casa del doctor Ochoa fueron a la de don Inocente Durand que encontraron cerca por cuyo motivo Guzmán invitó a Durand a dormir en ella, entrando de paso en el Hotel Ibero Americano, a la una y media de la madrugada, viéndoles en ese Hotel a don Alfredo Baluarte y a don Pedro Díaz; que se lo contó después del crimen al dueño del Hotel, don Gerónimo Casquero que a su vez se lo refirió al doctor Augusto Duarte Valladares abogado y apoderado de los querellantes. En fin, del Hotel Ibero Americano fueron a la Casa de Guzmán donde don Inocente Durand durmió con él, según lo refiere el dicho Durand en su declaración”. 

“Martínez Chávez por su parte ha probado con las declaraciones de don Félix A. Loayza y de don Cesáreo Villarán, que la noche del viernes 9 de agosto, estuvo en su casa con dichos testigos a quienes invitó a comer desde la siete y media hasta las once y media en que se despidieron dejando a Martínez Chávez en su casa con su señora, donde es hasta pueril decirlo durmió según lo atestigua su doméstica, Filomena Paredes, que es el único testimonio que se puede invocar después que se acostaron”. 

“La prueba que favorece a mis defendidos es tan abrumadora que sorprende que no se les haya puesto en libertad desde que se produjo. Conforme el artículo 101 del E. P. bastan dos testigos presenciales de excepción para que la prueba sea plena, los enjuiciados han ofrecido la declaración uniforme de personas de la más alta posición social en el Cerro. Razón tuvo pues el juzgado al decretar, aunque demasiado tarde, su libertad de conformidad con las ejecutorias del proceso, medida que como se sabe no es aun compatible con la tramitación de la querella cuya admisión ordenó V. E. con verdadero acierto, porque no podía, tratándose de un crimen tan monstruoso, cerrar el camino de la investigación. Pero tampoco era legal prolongar la detención de los enjuiciados simplemente en virtud de la querella, destruidos los titulados indicios y sospechas, por el mérito de una prueba plena y abundante. Desgraciadamente, ese auto fue revocado por la Ilustrísima Corte Superior”. 

“Comprobado el hecho de que los detenidos estuvieron la noche del crimen, con personas de las más visibles del Cerro, procede el sobreseimiento absoluto, de conformidad con los dispuesto en la primera parte del artículo 91 de E. P en que se funda el sobreseimiento absoluto de los otros enjuiciados”.

“Es de notarse que mientras contra mis defendidos no hay ningún indicio positivo de delincuencia, siendo su única desgracia la de haber sido amigos de las víctimas, con otros enjuiciados respecto de quienes se sebresee de un modo absoluto, había motivos más fundados para sospechar de ellos. Así, don Augusto Proaño fue enemigo de la señora Gamboa y tuvo cuestiones judiciales con ella; don Luis Haytalla la amenazó diciéndole: “Con este palo te he de matar, maldita”;  don Isidro León -se dijo en un oficio- que la Gamboa había gritado: “León me mata”. Casi todos los otros enjuiciados sobreseídos definitivamente no han producido ninguna prueba, como no tenía por qué haberla producido mis defendidos. Creo que este es el único proceso del mundo en que por el simple hecho de ser amigos de la víctimas, sin existir ningún acto o indicio que acusa a una persona de complicidad o delincuencia, se debe probar que no se ha tenido participación en un crimen envuelto en las sombras del misterio. La ley exige que haya indicios de delincuencia para comprender a las personas en el enjuiciamiento y, no son indicios de delincuencia, la amistad, el amor, el hecho de haber visitado a una familia, de haberla fiado, porque entonces las cárceles estarían permanentemente repletas de inocentes y habría que vivir en un aislamiento absoluto”. 

“Si Proaño y Huaytalla han sido absueltos definitivamente, en justicia, por haber destruido con pruebas las sospechas recaídas en ellos, con mayor razón se debe sobreseer también, definitivamente, respecto de Martínez Chávez, Guzmán, Gamboa y Victoriano Rivera contra los que no ha existido nunca nada que pueda considerarse jurídicamente como indicio de delincuencia”.

“A mis defendidos les son aplicables los fundamentos de la resolución de V. E, porque lo mismo que a don José y don Demetrio Martinench,  “sin que resultara de lo actuado mérito bastante para comprenderlos en el enjuiciamiento, se les recibió declaraciones instructivas” sólo por haberlos capturado el Subprefecto, así como a Martinench. No ha debido pues enjuiciarse a los detenidos mientras no se presentó la querella y si el juez no les recibe declaración instructiva, seguramente no se hubiera presentado la querella, como lo revelan los términos de ella y sus ampliaciones, el hecho de que tuvo que oficiarse a la Subprefectura para que hubiera comparecer a los querellantes por la fuerza, a fin de que prestaran el juramento de calumnia y la circunstancia de que en el proceso, se ha invertido los papeles, siendo los acusados quienes han hecho tramitar la querella dirigiendo exhortos y absolver citas, mientras los querellantes no habrían sino dar datos falsos al juzgado e inventar absurdos y calumnias”. 

“El espíritu se aterra ante la monstruosidad de las teorías sustentadas por el Agente Fiscal de Junín que olvida que la libertad es tan sagrada como la vida y que no se castiga un delito encerrando a un presidio durante media vida a individuos contra los que no hay pruebas. Según ese funcionario cuando se realiza un crimen abominable, se debe arrojar a los acusados contra los que no existen indicios de culpabilidad, como a los vencidos a las fieras en Roma, a una cárcel por años “a fin de que se esclarezca en debate amplio si son o no inocentes”. 

“Esta es la teoría consagrada por nuestro Código, Excelentísimo Señor. Por el contrario, se puede repetir con el eminente Fiscal don José Gregario Paz Soldán que el mandamiento de prisión “supone la existencia de un delito cometido que no se acredita con la simple acusación sino con las pruebas que arroje el sumario”. Darle otra inteligencia y aplicación no sólo sería contraria a los principios de justicia, sino tener abiertas las puertas de las prisiones al antojo y capricho de cuantos quieran llevar a ellos a sus enemigos o rivales imputándoles delitos graves que merecieran penas aflictivas; semejante interpretación choca con todos los principios de filosofía y legislación y no es jurídico aceptarla, menos en vista de los artículos 114 y 115 del citado Código”.

“Esos hombres son inocentes. Si fuera racional la prueba del fuego ideada en otras épocas, yo travesaría las llamas, afirmando su inocencia seguro de salir ileso”. 

“Me anima el profundo convencimiento de que con la misma rectitud con que V.E ordenó la admisión de la querella, borrará al afrentoso estigma con que se ha querido deshonrar a los detenidos, ordenando su inmediata libertad por imponerlo así la ley, la justicia y hasta los sentimiento de raza y de nacionalidad”.

 En virtud de lo expuesto:

 “A V. E suplico que declare haber nulidad en el auto de vista de (fs 1,156) sobreseyendo de un modo absoluto, respecto de todos los enjuiciados”.

 Abril 17 de 1913.  Gerardo Balbuena

El Caso Gamboa (Segunda parte)

el caso gamboa 2Como era de esperarse, la policía actuó con encomiable diligencia y rapidez. El pueblo, la iglesia, el periodismo, indignados, lo exigían. Los primeros en ser detenidos fueron familiares y amigos cercanos a las víctimas. Teobaldo Guzmán y Manuel Martínez Chávez que las habían visitado en incontables ocasiones. Carlos Gamboa, sobrino de la señora Carolina, visitante cotidiano de quien se averiguó después, estaba perdidamente enamorado de su prima Blanca Rosa. Augusto Proaño, enemigo declarado de doña Carolina con quien sostenía una sonada acción judicial que todo el pueblo conocía. En muchas oportunidades la había ofendido públicamente. Luis Huaytalla que por haber sido reprimido por la policía a pedido de la señora Carolina, en una oportunidad, llevado por una ira repentina, había amenazado públicamente a la víctima gritándole: “¡Con este palo te he de matar, maldita!”. Isidoro León, ciudadano que ni siquiera conocía a las víctimas y que sólo porque la señora Medina de Chinarro –vecina contigua- aseguró al día siguiente del asesinato, haber oído gritar a doña Carolina: “¡¡León me mata!!”. Más tarde, ella misma descartó esta declaración asegurando que lo había soñado. Guzmán, Martínez, Proaño y Gamboa fueron tratados con extrema severidad en la subprefectura. En cuanto los detuvieron, se los flageló despiadadamente para que confiesen haber cometido el crimen y, luego, los denudaron públicamente para examinarles detenidamente los genitales, uno por uno. Sin duda esta fue una desesperada acción destinada a contener las desbocadas iras del pueblo. De igual manera y en forma expeditiva se realizaron redadas nocturnas en todos los antros de la ciudad. Fueron detenidos los malvivientes reclutados en los burdeles, garitos, chinganas y fumaderos. Hubo una razia total en la ciudad. Fueron liberados cuando sus abogados presentaron las coartadas correspondientes.

Los diarios de la localidad, en abierta competencia, emitieron sus opiniones arriesgando particulares hipótesis. LOS ANDES, lanzó la conjetura de que los asesinos serían extranjeros y habrían ingresado por un forado en el techo del dormitorio. Para dar sustento a su tesis publicaban una fotografía en cuyo borde decía: “Por la foto del exterior de la fachada que vemos, se advierte que la puerta de la sala que señalamos con dos puntos y que aparece cerrada, está en comunicación inmediata con la calle, como si fuera una tienda. Esa puerta carecía de chapa, sacada anteriormente, que sólo se aseguraba con un cerrojo por personas que estaban dentro. La hoja de la puerta hacia la izquierda está dividida a la mitad en dos medias hojas, superior e inferior. La inferior quedaba asegurada con el cerrojo, pero la superior quedaba abierta y para cerrarla colocaban un palo por dentro que lo apuntalara, de modo que si se conseguía hacerlo caer, se introducía la mano descorriendo el cerrojo. Al salir a la calle, la familia Gamboa cerraba la puerta con un candado como aparece en la fotografía. A la derecha de la puerta de la sala está la tienda abierta y que la Gamboa alquiló a Agapita Alejandro que figura en el proceso. A la derecha de esta tienda hay una escalera de piedra que da directamente a la calle sin puerta alguna que impida la subida a los transeúntes y conduce a los altillos que está encima de las habitaciones de la familia. En los altillos, sobre el dormitorio de las Gamboa, hay una especie de tapa que se jala para bajar al dormitorio. Esta descripción es idéntica a la que hacen los peritos después del reconocimiento correspondiente. Por declaraciones de don Demetrio Martinench se sabe que la puerta de los altillos no se cerraba nunca, por consiguiente, esa noche cualquier transeúnte podría haber subido de la calle sin obstáculo alguno, jalar la tapa de madera y bajar al dormitorio en menos de un  minuto. Teniendo en cuenta que la familia Gamboa acostumbra a quedarse a dormir en casa de amigos, los criminales han podido conocer el teatro del delito con toda comodidad y obrar sobre seguro”.

“Puntualizamos que no nos deja de llamar la atención las declaraciones de don Gerardo del Campo y de doña Luisa Costa viuda de Rosazza y sobre todo del jefe de la lumbrera americana “El Diamante”, don Joaquín González, que refieren que antes del crimen vieron a un individuo de aspecto extranjero a altas horas de la noche en la esquina de la calle donde vivía la familia Gamboa, que nunca se dejaba ver el rostro ocultándose en la oscuridad y otras como en acecho con dos o más personas de catadura nada tranquilizadora. Los peritos han dejado constancia que en el dormitorio de la familia Gamboa encontraron una torta igual a la del techo el altillo, lo que prueba que el crimen se verificó subiendo las escaleras a los altillos de donde bajó al dormitorio”.

            La Pirámide de Junín suponía que los autores del execrable crimen serían extranjeros. En una editorial sostenía: “Es indiscutible que el móvil del crimen no ha sido el robo; lo probable es que los delincuentes sean osados extranjeros impulsados por inconfesables apetitos, mas no por el robo. Los aventureros que llegan al Cerro de Pasco lo hacen devorados por la ambición de hacer fortuna en poco tiempo y grandes ganancias en empresas aleatorias, pero en ellos los afiebrados apetitos sexuales más desordenados y violentos sobrepujan a la codicia del dinero. Sabido es que en los asientos mineros –esto sucede en el Cerro de Pasco- los hombres abundan y las mujeres -sobre todo agraciadas- escasean. Así pues, los crímenes sexuales son frecuentes y sangrientos. Los pobladores del Cerro con mujeres e hijos y familias establecidas no tienen motivo para cometer estos crímenes cuyos protagonistas son, como siempre, aventureros que están a la caza de mujeres, en acecho permanente. Averígüese por ejemplo en las numerosas casas de prostitución del Cerro de Pasco y se verá que todas registran hechos delictuosos de esta clase con protagonistas extranjeros”.

            “Precisamente los únicos individuos de la delincuencia en proceso, son los que señalan el rastro de aventureros a quienes me refiero. Las declaraciones que hemos recogido del capitán de la Lumbrera “El Diamante”, de doña Luisa Costa viuda de Rosazza y de don Gerardo del Campo, atestiguan que todos ellos vieron antes del crimen, junto a la casa de las Gamboa, a indeseables extranjeros que la merodeaban”.

            EL MINERO publicaba una magistral fotografía de enorme calidad periodística testimonial en la que se veía claramente los cuerpos de las víctimas tal como habían sido encontrados en el lugar de la ejecución. Hacía conocer también las manifestaciones de indignación de diversos elementos de la sociedad. EL SIGLO, exigía que la policía actuara con prontitud ya que: “Dada la lucha que debió tener lugar entre las víctimas y los criminales, no es aventurado suponer que los delincuentes -que debieron ser varios- saldrían por lo menos con contusiones, rasguños o huellas de la violación de una mujer casi niña y virgen” (…) “Exigimos a la policía para que efectúe una enérgica redada en los bajos fondos, pero también en el ambiente de la “Alta Sociedad”. Estamos seguros que los asesinos habrán quedado con las marcas de la lucha librada con la señora Carolina Gamboa. Ésta tenía impregnada entre las uñas, restos de sangre, piel y cabellos, que sin duda pertenecen a sus atacantes. Estos elementos, bien utilizados, pueden conducirnos a desenmascarar a los asesinos”.

EL INDUSTRIAL, sólo publicaba los comunicados que emitían los policías o los miembros del Poder Judicial. Casi nada. En la única nota editorial que se ocupó del asunto, decía: La perniciosa xenofobia ha lanzado la irresponsable tesis que los asesinos de las tres víctimas serían extranjeros. ¿Quiénes? Aquí viven judíos, griegos, alemanes, franceses, italianos, españoles, jamaiquinos, ingleses, polacos, vieneses, húngaros, austriacos, chinos, japoneses, croatas, montenegrinos, dálmatas. ¿Quiénes? Si bien es cierto que hay una treintena de extranjeros indeseables, hay por lo demás, sólida cantidad de honrados y laboriosos hombres de allende los mares que merecen nuestra consideración y respeto. No nos dejemos llevar de perjuicios mal intencionados que reciente indudablemente a quienes viven en paz con nosotros. Exigimos para eso que esto no siga sucediendo y la policía se esmere en entregarnos a los desalmados criminales”.

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            En aquellos momentos de efervescente intranquilidad ciudadana, con la curiosidad y la furia a flor de piel, los periódicos reciben un telegrama enviado desde el Callao originando un  gran revuelo. En aquel puerto se había detenido a las mujeres Cristina Arroyo y Elisa Bacigalupi cuando trataban de huir  en un barco con destino a Italia. La policía chalaca aseguraba, después de someterlas a “científicos interrogatorios”, que ambas habían intervenido en el asesinato de las Gamboa. Como prueba presentaban un chal de vicuña con listas de seda que –aseguraban- había pertenecido a la señora Carolina Gamboa. Con la premura que el caso requería, el flamante prefecto, presionado por la prensa y el clamor de la comunidad, hizo un viaje al Callao para ahondar las investigaciones. Entretanto en la ciudad minera se suscitó una controversia entre el diario EL MINERO y el subprefecto Ricardo Zamora. Éste trató de detener al Director del diario por sus opiniones respecto a cómo debía conducirse las investigaciones originando un sinnúmero de comentarios antojadizos e inverosímiles tejidos por el vecindario. En el pueblo –como siempre- llegó a formarse dos bandos contarios que, unos, respaldaban a los periodistas y, otro, al subprefecto. El alevoso asesinato había tomado carne de conciencia en el pueblo. Éste era el tema central de todas las conversaciones y, cada uno tenía su particular hipótesis acerca del crimen. Realizadas las investigaciones con celo y rapidez, allá en el Callao, se estableció que la prueba presentada era de una simple similitud a la de la víctima. Las mujeres no sólo no habían participado en el asesinato, sino que nunca habían estado en el Cerro de Pasco. Las coartadas presentadas por sus abogados fueron suficientes para concederles la libertad.

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            Efectuada la necropsia de ley, los cuerpos fueron amortajados cumpliéndose con las costumbres vigentes. A la señora Carolina se le vistió el hábito de la virgen del Carmen con su correspondiente escapulario; a Carmen Rosa, la del Perpetuo Socorro, con diadema dorada y, a la niña Victoria, toda de blanco como un ángel, rodeada de flores blancas. Depositadas un sus urnas correspondientes, trabajadas en artísticas maderas, fueron trasladados a la iglesia de Chaupimarca, cuya nave central había sido previamente adecuada para el acto de vigilia. Al llegar al templo, el párroco rezó un responso y luego se inició el velatorio con numerosa asistencia. Cumpliendo con la tradición, se las velaron durante dos noches durante las cuales se rezó el rosario con muchas letanías. Las diversas congregaciones se turnaron adecuadamente para atender a los asistentes.

El día del sepelio, las puertas de la totalidad de establecimientos comerciales no se abrieron. Todo el pueblo, vestido de luto, asistió a la misa de cuerpo presente. Tras las palabras de despedida de la representante de las hermandades, el pueblo las condujo a su última morada. El duelo estaba presidido por los integrantes de la Sociedad Caritativa del Perpetuo Socorro de la que Blanca Rosa era socia activa. Inmediatamente después, los tres ataúdes llevados en hombros de sus correligionarias, escoltados por las bandas de la Slava y la Cosmopolita. Las autoridades, congregaciones religiosas, instituciones culturales, consulados, agremiaciones laborales y vecinales, llevando sus lábaros y distintivos, marchaban silenciosamente detrás de los féretros. Los aparatos florales conformaban un séquito impresionante de colores. Tras los discursos de numerosos oradores las  urnas fueron depositadas en el cementerio contiguo a la iglesia del Rosario de Yanacancha.

Después de aquellos actos que marcaron profundamente al pueblo, se siguió recordando el crimen y por muchos años la justicia siguió empeñada en la búsqueda de los asesinos. Los nombres de notables personalidades se barajaron como los posibles culpables. Las suposiciones, la maledicencia y la fantasiosa imaginación de las gentes tuvieron por largos años tema para conversaciones malévolas.

 Continúa…

El Caso Gamboa (Primera parte)

el caso gamboaLas rachas de viento que anunciaban la inminencia de lluvia se hacían sentir agresivamente aquella mañana del sábado 10 de agosto de 1907. Temerosas de un  fuerte chaparrón, cubiertas con ponchos, capas, pellizas o capotes, las gentes apresuraban el paso por el extremo norte de la ciudad. José Galarza, viejo cobrador de arbitrios municipales llegaba a la casa número cinco de la calle Apurímac y extrayendo de su bolsa un recibo a nombre de la señora Carolina Gamboa de Martinench, golpeó la puerta con energía  haciendo escuchar su: “Deo Gratias”. No obtuvo respuesta alguna. Tras buen tiempo de espera volvió a tocar con más fuerza, notó entonces que la puerta se abría ligeramente. Un feroz ladrido le hizo retroceder instintivamente. ¡¿Qué estaba ocurriendo?! Aguardó un momento más en la idea que el gruñido atraería a los dueños de casa, pero nada ocurrió. Insistió tres veces más porque el recibo estaba en último día y lo único que logró fue el bronco gruñido del guardián de la casa. El sepulcral silencio del interior le dio mala espina. Pensó que algo malo estaba ocurriendo y acudió a solicitar ayuda de un policía de crucero que estaba unos metros más allá, a la puerta de la morgue del Hospital “La Providencia”. No obstante el empeño puesto por ambos, nada consiguieron. El policía se acercó a la ventana de la sala y haciendo sombra con las manos para ver mejor, advirtió que las cortinas no habían sido corridas; encima de ellas unas frazadas las cubrían totalmente. Varias veces golpeó los vidrios pero continuó el mismo silencio. Como era de esperarse, poco a poco, los marcos de las ventanas vecinas se poblaron de miradas curiosas. Los vecinos ya estaban alarmados, cuchicheando lenguaraces, arriesgando suposiciones a cual más disparatadas. Pensando que tal vez por algo urgente la familia había salido dejando entornada la puerta, el cobrador –terrible premonición prendida en la mente- decidió retornar al día siguiente.

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        El domingo 11 encontró al barrio completamente alborotado. Vecinos de enfrente de la casa, inclusive de calles aledañas, hacían alborotadores comentarios. Don Silverio Urbina, director del diario “Los Andes”, guiado por esa maravillosa intuición de viejo periodista había llegado primero al lugar. Cuando comenzaron las preguntas, los vecinos muy alarmados arriesgaron mil conjeturas respecto de la ausencia de las Gamboa. Doña Petrona Valderrama que vivía enfrente de la casa  informó que había estado cuidándola pero no había visto que nadie entrara o saliera en dos días seguidos. Que las únicas que habitaban la casa eran las dos mujeres conocidas como las Gamboa. Que el que continuamente las visitaba era Carlos Gamboa -al parecer pariente de ellas- a quien debían de buscar para obtener más datos. Así se hizo. Con prontitud asombrosa lo hallaron en una casa de cita.

Doña Carolina, separada de su esposo, don Demetrio Martinench, quedó en posesión de una chingana para su manutención. Había sido en su tiempo –todavía lo era- una guapa mujer. Alta de cuerpo poderoso y atractivo, no había sido capaz de concebir el fruto que pudo haber retenido a su esposo. Era estéril. Ahora, entrando en el otoño de su vida, temerosa de la soledad que vislumbraba en el futuro, decidió traer a su sobrina para vivir con ella.

La belleza de Blanca Rosa Dianderas González –la sobrina- llamaba la atención por su rostro de angelical belleza, tiernos ojos claros, sonrisa dulce y beatífica como la de una virgen de Murillo en enorme contraste con su magistral cuerpo sensual. Una invitación al pecado. Más alta que el común de las mujeres del pueblo, porte majestuoso y carnes ampulosas, atraía con fuerza las libidinosas miradas de los hombres cuando, con vestido entallado y paso garboso, llevaba el lábaro bordado en oro y plata de su congregación, la Sociedad Caritativa del Perpetuo Socorro. Todos la deseaban. Todos la querían tener en sus reuniones. Hasta los más conspicuos miembros de la sociedad –exigente y discriminatoria- se sintieron felices con su presencia iluminando sus  fiestas. Era la más solicitada y homenajeada. En todos estos actos subyacía el irrefrenable deseo de los hombres.

Conmovido y presionado por la enorme curiosidad que el vecindario manifestaba a grandes voces, Carlos Gamboa autorizó la entrada al interior de la casa que se hallaba completamente a oscuras. Con el fin de ganar la primicia, don Silverio Urbina tomó una serie de disposiciones que todos acataron. Trajeron potentes lámparas mineras y comandados por él, entraron. Primeramente sacaron con mucho comedimiento al perro que, aún famélico, no se había alejado de la puerta; retiraron de un golpe las frazadas que cubrían las ventanas y un chorro de luz del mediodía entró a raudales iluminando la estancia. Un grito de espanto se escapó de los labios de los curiosos. Más de una mujer cayó sin sentido al presenciar la escena. Los ojos desorbitaos, santiguándose repetidamente, haciendo acopio de todas sus fuerzas, los más audaces acudieron a la policía, el resto atendía a las más conmovidas. Un rato más tarde se hicieron presentes, el Juez de Crimen, doctor Estanislao Solís; el médico titular, doctor Enrique Portal; el Mayor de Guardias, capitán José Ponce; el teniente Eulalio Degollación; el subinspector, Enrique Sánchez Burgos y un grueso número de gendarmes de la policía cerreña; junto a ellos, los cronistas de los periódicos, El Minero, El Industrial, El Siglo, La Alforja, La Pirámide de Junín. Nunca se había visto tan grande curiosidad en las gentes que presentían lo peor. El pueblo entero rodeaba la casa de las Gamboa.  Siguiendo al Juez de Crimen, pasando por la sala, entraron en la alcoba principal. Se llenaron de espanto. No podían creer lo que estaban viendo. Quedaron mudos de repente.

A la entrada de la habitación, cubierta con un costal, yacía el cadáver de la niña Victoria Valderrama, de nueve años de edad; hacendosa hija de una pariente de la dueña de casa, había venido para ayudar en las labores más sencillas y como alegre compañía por su parla animada y ocurrencias infantiles muy celebradas. Cuando retiraron el saco vieron el rostro amoratado, los ojos todavía abiertos de espanto y la lengua salida. Había sido brutalmente estrangulada. Su carita chaposa, ahora amoratada y sus ropitas sencillas enternecieron a los curiosos. Los conmovidos cronistas tomaron las notas pertinentes y los fotógrafos imprimieron placas que dieron la vuelta al mundo. Siguieron avanzando para entrar en la alcoba principal. Lo que allí vieron no sólo los conmovió sino que los llenó de terror. Sobre un amplio butacón de cuero, al lado de la cama, con los brazos abiertos a los costados, las piernas extendidas y las polleras revueltas, el cadáver de doña Carolina Gamboa de Martinench, de cuarentaiséis años de edad. Cabellos en completo desorden, vestidos rasgados dejando al descubierto su cuerpo lleno de hematomas en casi toda su extensión, especialmente en rostro y manos. El juez dijo con voz entrecortada que ésta era una clara señal de desesperada y desigual lucha con sus asesinos. Por debajo de sus pies,  una estela liquida que iba más allá de la cama. Se había orinado. Las sábanas de bayeta y las frazadas atigradas estaban todavía tendidas, los almohadones movidos de su lugar y un rancio olor a licor, cigarrillos y sexo, dominaba la estancia. Cuando retiraron el trapo que la cubría, vieron el rostro tumefacto, ojos saltones y abiertos; la parte cervical con una perceptible hinchazón. Le habían quebrado el cuello.

A continuación, sobre la amplia cama de perillas de bronce, el cuerpo completamente desnudo de Blanca Rosa Dianderas González, atado de pies y manos con los cabellos rubios en desorden; la cara transfigurada, los pómulos tumefactos, la boca sumamente hinchada con un pañuelo en su interior, los labios con recientes cicatrices, mordidos salvajemente; el cuello con claras señales de dientes agresores en mordiscos de desbocada lascivia; encima, como botones oscuros, las señales de los dedos asesinos que la habían comprimido hasta estrangularla. Los senos –otra de las partes más afectadas- con cardenales encendidos, huellas de haber sido presionados y mordidos bárbaramente con la fuerza de una incontinencia lúbrica; en el torso y resto del cuerpo, magulladuras escoriaciones y hematomas de diversa intensidad. Las desgarraduras en muñecas y tobillos que habían sido sujetadas con cuerdas toscas a los extremos de la cama era prueba elocuente de la lucha que había librado en todo momento. Sobre el pubis y labios de su vagina y piernas, restos de esperma seco. Antes y después de muerta había sido víctima de bestiales y anormales excesos sexuales por parte de sus victimarios. Saltaba a la vista. La necropsia corroboró esta sospecha.

La furia colectiva fue extraordinariamente inmediata. Nunca como entonces el Cerro de Pasco se indignó tanto. Todas las hermandades religiosas respaldadas por la iglesia, emitieron enérgicos comunicados exigiendo la inmediata investigación, persecución y apresamiento de los culpables.

Completada el acta del levantamiento de los cadáveres y la reunión de todos los objetos que pudieran servir para la investigación añadieron el testimonio rápido de algunos curiosos. Acompañados por una caravana de insatisfechos curiosos, los cadáveres fueron remitidos al Hospital “La Providencia” para la necropsia de ley. Las gentes alarmadas habían formado varios corrillos donde comentaban a grandes voces sus sospechas y presunciones. Al poco rato todo el pueblo rodeaba la casa mortuoria. Los periódicos tiraron ediciones especiales con averiguaciones y datos que podían contribuir al descubrimiento de los asesinos. La gente se arrebató de las manos aquellos ejemplares. El inicial informe médico decía: “La muerte no data de más de 48 horas. El asesinato debió efectuarse entre el viernes 9 y domingo 11 en que se descubrió los cadáveres de las víctimas que ya iniciaban un estado de descomposición”. El resultado de la autopsia a cargo de los doctores Shaw, Portal y Torales, dio argumento para que los periodistas, en cerrada competencia de habilidad profesional, emitieran sus particulares versiones del hecho.

EL MINERO, se atrevió a lanzar la siguiente hipótesis: “El viernes 9 de agosto entre las nueve y diez de la noche, las Gamboa recibieron la visita de un grupo de amigos, el rumor de las conversaciones y la luz encendida en la sala hasta muy avanzada la noche, así lo hacía  suponer. Se cree también que con cordialidad fueron invitados a pasar a la sala en donde departieron animadamente bebiendo algunos tragos: Cognac francés, Ajenjo y Mistral, ellos; “Perfecto Amor”, ellas. (Botellas vacías sobrantes, copas y ceniceros colmados, lo hacen presumir). Permanecieron algunas horas al final de las cuales decidieron marcharse; al hacerlo, uno de los hombres se escondió sin que las dueñas de casa lo advirtieran. Retirados los visitantes, las mujeres aseguraron todas las puertas y se acostaron. Al poco rato estaban sumidas en profundo sueño. Esto es lo que estaba esperando el criminal oculto que, pasado un rato, abrió la puerta a sus cómplices; éstos entraron y cerraron por dentro  tapando la ventana con unas frazadas para que la luz no delatara su presencia. Posiblemente por el ruido que hicieron, doña Carolina despertó  indignada llamando la atención a los caballeros que, persuasivamente primero y forzadamente después, le hicieron conocer sus intenciones. Se la jugaron a todo o nada. Como  las rogativas galantes y melosas no surtieran efecto, efectuaron sus protervas intenciones con mucha energía. Ella entonces luchó para que su joven sobrina no fuera mancillada por sus agresores –posiblemente cinco o seis- los que finalmente la redujeron y la estrangularon deshaciéndose de un obstáculo molesto. Ya dueños de la situación, cogieron a Blanca, la desnudaron completamente y cuando gritó horrorizada, le atacaron un pañuelo en la boca y la amordazaron después de haberla atacado a besos lujuriosos y mordiscos salvajes que casi le destruyeron los labios. Tomaron unas sogas y la ataron de pies y manos dejándola, como a una res en el camal a expensas de sus verdugos. Después siguió la ignominia. Uno por uno, en riguroso turno, procedió a mancillar el cuerpo de la víctima sin ninguna restricción, poseídos de una loca lujuria asesina. La mujer, casi una niña, se agitaba convulsivamente horrorizada. Nada les contuvo. Mientras el que estaba encima gozaba como un poseso, el resto de lujuriosos, manoseaba y mordisqueaba todo el cuerpo de la víctima. Eran hienas desbocadas ante su indefensa mártir. Cuando rendidos de haber satisfecho sus apetitos la vieron todavía con vida, juzgaron que no era conveniente dejarla así porque podía acusarlos. Tenían que exterminarla. Inmediatamente la estrangularon. Después, todavía borrachos de sadismo, siguieron profanando el cadáver de la que, en vida, había sido una de las más bellas de la ciudad. 

            Cuando ya estaban retirándose, vieron en un rincón, aterrada y muda de espanto, a la niña Victoria Valderrama Paredes que había presenciado aquella carnicería. No querían que quedara como testigo, la estrangularon brutalmente, luego, cubrieron su carita con un costal. Al no poder asegurar la puerta por dentro, la dejaron juntada”.

            Para sustentar su aserto EL MINERO sostiene que los asesinos debieron ser varios porque la señora Carolina era muy robusta y que sólo dos o tres hombres habrían podido reducirla. De que debieron ser miembros de la “sociedad” porque éstos, exigentes para el ingreso a su círculo cerrado de socios, se habían rendido ante la belleza de Blanca Rosa que, además, era pariente de un connotado minero extranjero. Debió ser así para que la señora Carolina pudiera haberlos invitado a beber a aquellas horas de la noche. Sin duda eran conocidos porque en ningún momento ladró el perro; los vecinos lo habrían oído.

Continúa….

La carnicería de Tángor

carniceria en Tangor

Una familia muy unida desde sus ancestros cuyas vidas estaban regidas por el respeto y el trabajo corporativo, mantenía vigente su heredad familiar constituida por el fundo TULPOSH, en la jurisdicción del pueblo de Tangor, de la provincia Daniel Carrión del Departamento de Pasco. Promediaba el mes de mayo de 1922.

Aquella aciaga noche en medio de una sinfonía de ladridos desesperados de los perros guardianes que fueron aniquilados a balazos, treinta bandoleros armados con escopetas Winchester, revólveres y sendos puñales rodearon la propiedad. Visiblemente fieros y a grandes voces hicieron saber que llegaban a apoderarse del ganado del fundo.

Totalmente sorprendidos por lo inesperado, hombres y mujeres, quedaron a merced de los facinerosos. Cuando un vigilante trató de evitar el asalto, fue inmediatamente descuartizado ante el desesperado grito de las mujeres y las protestas de los hombres. Mostraban así que estaban dispuestos a todo.

Primeramente separaron a los hombres de las mujeres. A ellos los inmovilizaron atándolos fuertemente. Luego, como fieras en celo procedieron a abusar sexualmente de las mujeres. Cuando eligieron como primera víctima a Colombina Ramos de apenas once años de edad, la mayor de la hermanas, Sixta Ramos al ver el descarnado salvajismo se prendió del jefe de los abusivos tratando de evitar el suplicio. Fue suficiente. Con fiereza terrible y sin ningún miramiento la apuñalaron salvajemente después de abusar de ella y, ya exangüe, la dejaron tirada para que muera desangrándose. Continuaron con su rito satánico con Maura (30) y Neófita (14) pasando todos los hombres a desflorar aquellos cuerpos. Saciados sus instintos animales las degollaron. A Nemesia León que se encontraba embarazada, le arrancaron el feto con un puñal y a  Daniel Baylón que salió en su defensa le sacaron los intestinos sin hacer caso de sus ruegos.

Asesinos insanos, no contentos con el salvajismo que habían cometido, procedieron a dar muerte a puñaladas a los operarios Pascual Jacinto,  Luciano Alcántara y Javier Jacinto, y a los que quedaron quejándose de sus heridas los ultimaron con garrotazos en la cabeza. Los muertos fueron Maura, Neófita y Colombina Ramos, de 30, 14 y 11 años, el operario Buenaventura Bailón y sus hijos Daniel, Antonio, Jacinto y su mujer.

Unos parientes que sin saberlo pasaron a visitarlos dos días después se dieron con el deprimente y macabro cuadro. Sixta Ramos, la única sobreviviente de la masacre, ya exangüe y en trance de agonía presentaba doce heridas profundas en diversas partes del cuerpo inferidas por arma blanca, con lujo de detalles relató los pormenores de aquella asonada salvaje.

Inmediatamente, como fruto de la indignación general, toda la fuerza policial acantonada en el Cerro de Pasco, marchó a Tangor en busca de los abigeos asesinos. Para que nuestra ciudad no quedara desguarnecida, los hombres jóvenes se acuartelaron para suplir a la policía en el cuidado del orden y la estabilidad de la ciudad.

Las crónicas de esos días son numerosas e indignantes. Todos los periódicos locales y muchos de la capital se preocuparon de esta masacre.

El caso final es que sólo consiguieron apresar a un solo culpable, el resto se hizo humo. Como puede verse, todas estas inocuas incursiones policiales no tenían el efecto que la sociedad esperaba. Las propiedades de aquellas inmensas tierras,  sometidas al bandolerismo  por aquellos años –lo hemos visto- asolaba a nuestro Departamento. (Fuente: El Minero ilustrado de la fecha)

 

LA MUERTE DEL MATÓN

la muerte del matonEl Club Juventud Cerro, más conocido por sus siglas C.J.C, fue una institución pujante y dinámica que había nacido como acto contestatario a la anquilosada tradición de los viejos y conocidos clubes cerreños. Estos círculos como el Club de la Unión, Centro Social Cerro de Pasco, Unión Copper, Team Cerro, etc. eran completamente elitistas y excluyentes con una regla muy rígida para su membresía. Así, cuando efectuaban una  fiesta, por ejemplo, la invitación era enviada al titular; si éste no asistía, ninguna persona, así fuera el hijo o pariente más cercano, podía reemplazarlo. Eran muy estrictos. Eso exigía que a las fiestas tuvieran necesariamente que asistir los viejos troncos familiares que, en consideración a las noches frías y demás obstáculos, no iban, dejando con los crespos hechos a los hijos. Por esta exclusivista razón, los muchachos cansados de tanta exigencia decidieron fundar una institución donde los viejos nada tuvieran que hacer. Así nació el C.J.C.

Desde sus primeros momentos, el éxito coronó todas las expectativas: la totalidad de socios eran jóvenes. Hombres y mujeres. Sus afiliados llegaron a ser tan numerosos que en poco tiempo adquirieron mobiliario ad hoc y convirtieron una casa que don Elías Malpartida les cediera en el Parque Centenario en un lugar placentero y cómodo. Sus fiestas –por otro lado- eran las más sonadas y espectaculares del medio. No había cumplido un lustro y era la más notable de las instituciones juveniles.

Así las cosas, el sábado 13 de setiembre de 1943 se realizó la fiesta de confraternidad de socios y amigos del Club.

El baile amenizado por la orquesta Paredes había largado con toda puntualidad a las diez en punto con el consabido paso doble. Todo transcurría exitosamente cuando se presentó, con unos tragos de más, Francisco Otiniano, un hombre de elevada talla y complexión atlética al que, como era de rigor, se le reclamó su correspondiente invitación. Éste no sólo no tenía la tarjeta correspondiente sino que en el colmo de la prepotencia quiso ingresar a empujones. Los encargados de la recepción se lo impidieron, entonces con palabras mal sonantes y a grito pelado comenzó a insultarlos, originando un pugilato en medio de un griterío incómodo. En eso, haciendo uso de la fuerza, cuatro mocetones de la comitiva de recepción lo bajaron en peso al primer piso. Esto no fue del agrado del soez metiche que siguió profiriendo insultos y agravios a los vigilantes de la puerta. Ante el escándalo soberano muchas parejas del interior asomaron por las amplias ventanas que da al ingreso y lo vieron partir haciendo aspavientos e insultando a todo el mundo. Un rato más tarde todo quedó tranquilo por lo que siguieron bailando alegremente.

Era las dos y media de la mañana del día siguiente, cuando se armó un barullo a la puerta del local. Habían encontrado yaciente sobre un charco de sangre a Francisco Otiniano Arana. Allí estaba tirado cuando grande era roncando y con escasas señales de vitalidad. Aquella noche, entre los invitados, estaba el comisario del lugar, teniente guardia civil Leopoldo Sánchez que ordenó la inmediata remisión del herido a la Asistencia Pública ubicada en el primer piso del Edificio Proaño. Allí fue atendido por el doctor Hipólito Verástegui Cornejo que tras efectuarle las primeras curaciones de urgencia, dispuso que por el estado comatoso en que se hallaba, fuera remitido al Hospital Carrión donde fue alojado en la cama Nº 4 de Cirugía. En unas horas le practicarían una curación más especializada. No pudo ser. Falleció a las 6.30 de la mañana del domingo 14.

El lunes a las doce del día, se realizó la autopsia del cadáver ante el  juez instructor, doctor Rosendo Paiva Araoz, practicada por los doctores, Ángel Madrid Dianderas e Hipólito Verástegui Cornejo. El resultado fue: Muerte por factura en la base del cráneo.

Inmediatamente se realizó una prolija investigación ocular en el escenario del accidente y se interrogó a las personas que esa noche habían estado presentes. Todos los testigos confirmaron su desatinada accionar de aquella noche, de las palabras soeces que sin miramientos expresaba a viva voz; de la urgente necesidad que tuvieron los miembros de la comisión de recepción para desalojarlo. Más de uno afirmó que, sentado sobre la balaustrada del balcón interior que daba al patio interno –su talla descomunal se lo permitía- dirigía piropos subidos de tono a las muchachas que necesariamente tenía que pasar por ese lugar para ir al baño y no contento con eso, con palabras altisonantes insultaba a los que mal quería. Todos quedaron extrañados cuando, de repente, todo quedó tranquilo en el lugar; pasados unos momentos una pareja de jóvenes lo encontró tirado debajo del balcón, manando abundante sangre  por los oídos y la boca. Ya casi no tenía signos vitales.

De todos los comentarios expresados por los testigos se dedujo que, en un momento, debido a su talla descomunal había caído del balaustre hacia el empedrado patio interior. Una declaración que dejaba entrever que alguien lo había empujado al pasar, desapareció como por encanto. No se volvió a mencionar el comentario. La policía tuvo que concluir que la víctima, “…al perder el equilibrio por su avanzado estado de embriaguez había caído al piso empedrado del primer piso quebrándose el cuello”. Todos asintieron en silencio que eso es lo que había ocurrido. Por mucho tiempo los malintencionados  mencionaron los nombres de las personas “que lo habían empujado al pobre hombre”. El caso es que todo quedó en nada. De la indagación se sacó en claro que el occiso, Francisco Otiniano Arana, de treinta años de edad, era natural de El Callao de donde había venido dos años antes; que era integrante de la policía particular de la compañía norteamericana en condición de “Wachimán”; que era socio del “Sport Peruano”, destacado equipo de básketbol. De 1.80 de estatura y muy  belicoso y pleitista. Numerosas eran las quejas que la policía había registrado en la comisaria de la calle Parra donde en más de una oportunidad había amanecido detenido por armar grandes escándalos.

El día de los funerales, una abrumadora cantidad de personas acompañaron el entierro. Había enorme cantidad de oletones y curiosos. Sacado el ataúd del Club Centro Peruano donde había sido velado bajo severa capilla ardiente, las cintas fueron llevadas por los señores Julio Vera Martínez, Francisco Fretell, Hermógenes Oviedo y Alfredo Lavado. Fueron numerosas las coronas de flores que hicieron llegar. En el cementerio dijeron sentidas oraciones por el difunto, don Isaías Malpartida a nombre del Club Peruano; el señor Aurelio Sáenz por sus compañeros de trabajo de la vigilancia y por el señor Juan Rodríguez, a nombre de sus amigos. Todos, sin excepción dijeron que en vida había sido un gran hombre al que le recordaría por mucho tiempo.

A parte de los severos informes de la policía y de los médicos, muchos se habló a partir de entonces y, como si aquella muerte hubiera desencadenado una maldición, no obstante el celo de sus directivos, el club fue muriéndose lentamente. Los socios, movidos por una extraña decisión dejaron de asistir  hasta que el club desapareció originado por el ausentismo de sus socios y amigos que antes habían sido numerosos.