EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

pajaro pitoDesde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pito, pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; a otros les ha dado una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza; tú eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los tonos que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento cada uno de los pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante, las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Sólo vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… sólo de noche!

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas. Es verdad.

 

 

EL HUERFANO DE TAMBO COLORADO (Cuento)

el fuerfano de tambo coloradoTres jóvenes mineros que se habían unido para explotar una mina de plata a extramuros de la vieja ciudad cerreña vieron premiados sus esfuerzos y privaciones en muy corto tiempo. Habían descubierto un filón fabuloso que al explotarlo debidamente les dio ingentes cantidades que en las Cajas Reales las trocaron en monedas de oro reluciente.

Desconfiados uno del otro, decidieron encargar la custodia de sus riquezas a una cuarta persona, ajena a sus intereses. Después de tanto buscar le hicieron depositario al viejo dueño del tambo donde tomaban sus alimentos como pensionistas. Al entregar los caudales en un pequeño cofre de madera revestida en cuero repujado tuvieron mucho cuidado de encargarle autoritaria, pacienzuda y constantemente que, el cofre, solamente se lo daría a los tres juntos. Nunca a uno solo.

Debes recordarlo siempre que sólo a los tres juntos –nunca a uno solo- entregarás este valioso encargo fruto de nuestro trabajo – dijeron.

Lo tendré muy en cuenta – dijo el depositario y guardó el cofre en un buen escondite.

Así cuando los jóvenes querían aumentar sus depósitos en el arca, conjuntamente lo solicitaban y, cumpliendo su cometido, se lo devolvían. Así muchas veces. Fue transcurriendo el tiempo en el que los jóvenes alternaban las duras tareas de la mina con sus semanales y notables francachelas. Dos de ellos tocaban guitarras y cantaban, el otro tañía el violín. Este último cuidaba mucho de su instrumento extremando su celo en protegerlo; tanto es así, que para que esté seguro, se lo entregaba al viejo de la fonda para que se lo cuidara con mucho empeño.

Un día, alegres y acicalados para la juerga, salieron muy rumbosos y entusiastas; estando en la calle, repararon que el violinista no portaba su instrumento por lo que lo conminaron a que urgentemente se lo pidiera al posadero. El violinista les ordenó que lo esperaran y raudamente se presentó ante el viejo al que ordenó:

Entrégame el cofre con nuestros ahorros.

¡No… tú sabes que ante los tres juntos y cuando así me lo pidan lo entregaré! – Dijo indignado el posadero.

¡Claro que así ha de ser! – repuso el joven violinista tranquilizándolo – para que veas que es así, acércate a la ventana y delante de ti, ellos lo autorizarán – al oír esto el viejo le siguió y, desde la ventana dirigiéndose a sus amigos, dijo:

¡Amigos del alma!… ¿No es cierto que no tenemos tiempo que perder y debe entregármelo?……- como verán el astuto no mencionaba el instrumento. Los amigos sin pizca de sospecha y suponiendo que se refería al violín, desde abajo gritaron conjuntamente:

¡Claro que sí!… ¡dáselo inmediatamente!…

Muy bien – dijo el anciano – y se apartó a cumplir la orden, en tanto el violinista decía a sus amigos:

Enseguida lo llevo. Ustedes adelántense que pronto los alcanzaré.

Al ver que sus amigos se iban muy confiados, el joven violinista fue hasta el viejo que sin ningún reparo le hizo entrega del cofre.

Aquella noche después de pasar gratas horas de alegría, llegaron al amanecer haciendo un ruido infernal. Para acallarlos el viejo se levantó de su cama y fue al encuentro de los tunantes:

No hagan tanto ruido por favor que hay mucha gente durmiendo en el tambo.

Está bien – respondió uno de los jaranistas y muy enojado prosiguió – ¿dónde está nuestro compañero?

Al oír esto el anciano se quedó perplejo, pero reponiéndose de su sorpresa narró con lujo de detalles lo que había ocurrido con el cofre. Todo fue enterarse de la ocurrencia para emprenderla contra el viejo posadero a quien los perjudicados lo llevaron a empellones ante la presencia del juez que al escuchar la historia, determinó que el viejo debía pagar –en termino de 48 horas- los costos del perjuicio; caso contrario sería despojado de todos sus bienes y encarcelado por toda su vida después de ser flagelado públicamente en Chaupimarca.

Tan injusta y terminante sentencia del juez, sumió al pobre anciano en un mundo de profundas cavilaciones y copioso llanto. Al verle de esta suerte, un niño huérfano que le ayudaba en los quehaceres domésticos y a quien –dicho  sea de paso trataba muy mal-se atrevió a preguntarle:

–     ¿Qué es lo que ocurre mi amo que tan angustiado lo veo?

¡Calla infeliz!… ¡Nada podrás hacer tú por evitarlo!…

“Una pena compartida, siempre es menos sentida” dice el refrán, recuérdelo amo, insistió el huerfanito.

En un comienzo, el anciano se mostró tan remiso a compartir sus penas que lo sumió en un mutismo impenetrable; pero fue tanta la insistencia del rapaz, que terminó por contarle todo lo acontecido sin omitir detalle alguno. Al terminar el relato, escuchó al niño que con una mirada de inteligencia le decía:

¿Si soluciono su problema, me hará su socio menor?

¡Lo que sea!… –respondió el anciano- es tanto lo que debo que todas mis pertenencias, el tambo, la fonda y mis ahorros, no alcanzarían a cubrir mi deuda y terminaría siendo azotado en Chaupimarca y encerrado en la cárcel de por vida.

Muy bien, señor amo –concluyó diciendo el muchacho- retorne a la casa del juez y dígale: “Señor Juez: Tenga presente que cuando los tres mineros me confiaron su dinero, me lo dieron con la orden terminante de no entregarlo si no venían los tres juntos a pedírmelo. Le ruego, por tanto, que se sirva usted mandar que vayan los dos a buscar al compañero que falta y que se presenten aquí los tres juntos para que se cumpla la condición; sólo entonces, de acuerdo con lo convenido, yo les devolveré el dinero delante de usted”.

Admirado de la inteligencia del joven sirviente, el anciano puso en práctica la recomendación por lo que el juez, muy seriamente, preguntó a los reclamantes:

-¿Es verdad lo que dice el viejo, que los tres pusieron esa condición para devolverles el cofre con el dinero?

Sí, señor juez –contestaron los reclamantes.

Pues, bien. Vayan en busca del tercer socio y en mi presencia recibirán todo su dinero- terminó diciendo el juez.

Demás está decir que nunca dieron con el tercer hombre, un malandrín que cargado de riquezas desapareció como por encanto burlándose de sus socios.

El viejo posadero, agradecido por la valiosa ayuda del huérfano informó a todo el pueblo minero de las virtudes de éste y lo nombró su socio. A la muerte del anciano, el joven hizo crecer sus propiedades y se convirtió en un rico propietario sin dejar –por supuesto– la administración de la vieja posada de Tambo Colorado.

EL HARAGÁN (Cuento)

el haraganNadie se explicaba cómo podía sobrevivir en un pueblo de gente tan trabajadora y buena como es Ticlacayán. Aquí tenía su residencia este vago empedernido. Hablarle de trabajo era como mentarle al demonio. Sin embargo –es justo decirlo- su holgazanería la reemplazaba con su perspicacia viva y chispeante que le permitía seguir tirando adelante. Era tan ingenioso que mediante su conversación amena, punzante y variada, encandilaba al cura, a los gobernantes, a las mujeres más guapas y a los hombres más sencillos del predio. Durante las faenas pueblerinas a la vera de las chacras, narraba graciosos cuentos, hacía capciosas adivinanzas, entonaba lindas canciones y el más grande “trabajo” que hacía, era llevar su mate de chicha a los sudorosos obreros. Era tan ocurrente y simpático que, llegada la hora del condumio, le separaban un lugar en la mesa familiar. Era ocioso, pero también un intuitivo poeta popular. Era el orador de fondo en los festejos pueblerinos, en los entierros y en las bodas. Sin que nadie supiera cómo, ni por qué, se convirtió en un acertado adivino y atinado curandero. Así –por aquellos remotos años– aprendió el lenguaje de los animales. Si bien es cierto que no podía hablarles, él alcanzaba a entender lo que éstos decían.

En una de sus correrías escuchó a los comuneros afirmar que quién dotara de agua potable al pueblo y remozara la iglesia que estaba deteriorada sería elegido alcalde sin ningún miramiento. A partir de entonces se le metió entre ceja y ceja ser el alcalde del pueblo. Durante sus vigilias había pensado mucho en solucionar los problemas de Ticlacayán sin lograr su objetivo. Ya varios habían fracasado en el intento porque no encontraban un arreglo posible a la vista. Tanto se devanó los sesos que llegó a la conclusión de que los únicos que podían conocer la solución al problema, eran los animales. Pero, claro, como él no podía hacerse entender, recurriría a su ingenio para escuchar lo que conversaban. Para ello trazó un plan y luego de meditarlo bien, decidió llevarlo a efecto.

Un día completamente soleado, subió a un cerro elevadísimo y luego de desnudarse completamente, se tiró sobre las hierbas, fingiéndose muerto.

No había pasado mucho tiempo, cuando en el azul del cielo se recortó la imponente imagen de un cóndor que durante un considerable tiempo estuvo dando vueltas contemplando el desnudo gandul.

El viejo zorro de la comarca, viendo al cóndor trazar círculos en el cielo, convergió con prontitud asombrosa donde estaba tirado el haragán. En ese mismo instante el cóndor descendió de los aires.

¡Qué tal compadre zorro! –Saludó con voz estentórea.

¡Aquí compadre cóndor! –Respondió con su timbre aflautado el astuto- le vi dando vueltas por allá arriba, que me dije: “¡Cáspita, zorrito lindo!… ¡El compadre cóndor tiene banquete a la vista, y estoy seguro que no se negará a compartir presa contigo! ¿No es así compadre?

¡Ya lo creo compadrito!, para eso somos hermanos espirituales. Para los dos alcanza con creces.

Tiene razón compadre; la presa es enorme. Pero… ¿Qué le habrá pasado a este hombre? Ayer nomás estaba muy vivo y fuerte.

¡Seguramente se ha suicidado! Estos humanos son unos bobos, en cuanto se topan con una dificultad y no la pueden resolver, se vuelan la tapa de los sesos.

¡Qué tontos!… ¿Pero cual habrá sido la dificultad de este hombre?

La de todos, compadre zorro, la de todos. No tienen agua y para conseguirlo tienen que caminar grandes distancias. Tampoco cuentan con el dinero suficiente para reparar la iglesia.

¡Pero, qué tontería! Si debajo de la gran piedra de Ticlahuanca que está en la plaza hay un ojo de abundante agua. Sólo necesitan mover esa piedra y el puquial les dará el agua más rica de todo la zona. ¡Lo dicho! Estos humanos son tan inútiles y presumen de sabios. Yo, con una simple olida, me he dado cuenta de ese hallazgo.

¡Así es, compadre zorro! Por otro lado, no tienen ni un centavo, cuando muy cerca de aquí hay un montón de plata.

¿Cómo es eso compadre cóndor? ¡Explíquese!

A cinco leguas de aquí vive una vieja potentada que está tullida y a punto de morirse. Ha sido víctima de la brujería de sus nueras. Las canallas han amarrado con cordones de muerto las ropas de la vieja y, aprovechando su ausencia, las han enterrado debajo de su propia cama.

¡Qué barbaridad!… ¿Y?

Bueno, el que desentierre la hechicería y la queme, logrará salvar a la vieja volviéndola a la normalidad. ¡En pago de este servicio, la baldada le dará toda su riqueza que es muy cuantiosa!

¡¿Sí compadre?!

¡Ay caray!… ¿Cree usted compadre que por las puras estoy en los aires?…

¡Claro, claro compadre cóndor! Bueno compadre; tengo hambre y la merienda está servida; ¡Comencemos el banquete!…usted primero…

¡No, compadrito… usted merece el primer mordisco…

Ya pues compadre, si usted lo descubrió, apure el primer picotazo…

¡Insisto compadre, usted es mi invitado!, así que le corresponde la primera dentellada…

Al escuchar esta gentil controversia y con peligro latente, el haragán pegó un estentóreo grito agitando piernas y brazos como un loco que el zorro desapareció aterrorizado  entre la maleza y el cóndor asustado por los aires.

Contento por los valiosos informes que había obtenido con astucia, el holgazán se vistió y con un  animado silbido entre los labios, bajo muy campante al poblado.

Lo primero que hizo en cumplimiento de su plan, fue reunir al pueblo en una gran fiesta dominical. Cuando el gentío se hubo reunido, él les habló con mucho entusiasmo:

-¡Queridos paisanos!, quiero decirles que yo no he nacido para el rudo trabajo manual. He nacido para brindar mi talento e inteligencia que no es poca. Como prueba de ello les pido que todos movamos esta roca gigantesca que por eternidades ha estado aquí cerca.

Unos con desconfianza y otros con entusiasmo, iniciaron el trabajo que el haragán les había propuesto. Después de unas horas de gran esfuerzo lograron hacer rodar tremendo monolito, y lo que aconteció después, los dejó con la boca abierta. Del centro de la huella dejada por la piedra, expulsada como por una fuerza colosal comenzó a brotar un incontenible chorro de agua cristalina. Por fin tuvieron agua.

Este acontecimiento hizo crecer desmesuradamente la imagen del poeta ocioso al que los hombres y mujeres pasaron a saludar y tratar más comedidamente. Muchísimos se disputaban el honor de sentarlo a su mesa.

A la semana siguiente, visitó a la vieja lisiada y luego de hacerle prometer la entrega de sus riquezas a cambio de su salvación, sacó las enterradas ropas hechizadas y las incineró. Misteriosamente, la baldada comenzó a utilizar sus piernas y manos con las que entregó cuatro bolsas de oro a su salvador.

Con este dinero hizo reparar la iglesia dejándola como nueva, y el día que se inauguró el acabado, luego de una misa solemne con procesión, en su correspondiente homilía, el cura pidió para que Nuestro Señor mantuviera vivo el talento del poeta. Después se sirvió un gran almuerzo en el que se escuchó el más entusiasta discurso pronunciado por el flamante alcalde ticlacaíno: el haragán.

EL CONDENADO (Segunda parte)

el condenado 2

Su orgullo maltrecho, no lo deja dormir. El encono se le ha clavado en el cerebro y le impide cerrar los ojos. Su vigilia poblada de silencios se ve, de pronto, interrumpida por un ruido extraño. El viejo Moisés Apari aguza los oídos y un extraño presentimiento lo invade haciéndole estremecer. Se ha incorporado sobre sus cobijas y despierta a su mujer.

–     Shatu… Shatu…

¿mmmmm?

¿Has oído?

¿Ja?… No…

.. “masque” oye… creo que están entrando en los altos.

Sí, sí… parece que alguien está entrando…

Desgraciado ladrón… ladrón es…

Claro que es ladrón…

.. Es raro, los perros no ladran… Oye Moishe ¿No será ánima?….

¡Qué ánima ni anima, mujer! Lo que pasa es que los rateros han matado a nuestros perros.

¡Jesús, Ave María Purísima!….

Como saben que no está mi Donato, creen que me pueden robar…

¿Qué hacemos?…ahora siento que están andando arriba.

Lo que tenemos que hacer pues, voy a llevar la escopeta.

¡No te vayan a atacar!….

No voy a ser tan tarugo de salir por delante pues. Voy a ir por la puerta de atrás y por las pircas nomás voy a ver…

Ten cuidado, Moishe…

¡Ahora sí se han fregado esos malditos, carajo!

Sigilosamente, como fiera acechante, Moisés Apari ha salido arma en ristre y da una vuelta completa por el corral y ahora está frente a la puerta de los altos. Decide aguardar a que el delincuente salga con su botín para hacer justicia. Lo espera en medio de una fruición que le produce el imaginarse la sorpresa que se llevará el ladrón al salir. Ahora se abre la puerta y sale un hombre con un bulto en el hombro. Su silueta se recorta en el fondo del cielo estrellado. Ahora o nunca. El viejo apunta y el silencio de la noche se hace trizas con el estampido…

¡Le has dado, Moishe… le has dado!…Ya cayó!

Sí, y en todo el corazón…

Vamos a ver quién es ese miserable de mierda…

Ten cuidado, no se vaya estar haciendo el muerto.

No, ni siquiera se mueve…

Voltéalo…

Sí…

¡Mamalao, mamacooo!… ¡Santo Dios!Nooo!

¡Donato hijooo!

¡Hijaco, te han matado, pues…!

.. Caray… ¿Dónde ha estado este muchacho?… ¿De dónde ha salido?!

¡Dónde habrá estado, pues papalao!

Y todavía ha venido a robarme…

¡Capaz ha tenido hambre, tal vez por eso, Moishe…

¡Anda, anda, despierta al Shimo, a todos los vecinos… ¡Qué hemos hecho!…

El viejo Apari, ha quedado inmóvil, clavado en el suelo, como un viejo ídolo, estático; su rostro curtido y ajado se estremece con una ligera agitación parecida a un llanto sin lágrimas. Su orgullo mellado, pisoteado y ahora impotente, ya no pude erguirse porque más puede el peso de su conciencia castigada al ver el pálido rostro de su hijo muerto iluminado por la alta luna serrana.

 

Mientras tanto, allá en el lejano otero de Cerro Azul, Teodolinda Armas, ha estado esperando angustiada el retorno de su amado. Ni de día, ni de noche ha dejado de escrutar angustiosamente el horizonte cumpliendo así el encargo de su hombre. Ella está muy lejos de imaginar que Donato ha sido amortajado y enterrado en el cementerio del pueblo.

Ahora es de noche, la quinta noche de espera. Han pasado cinco interminables días y un mundo de sobresalto agobia el corazón de la muchacha. Desde tempranas horas el cielo se ha tornado amenazador, de un gris tétrico a una oscuridad más pronunciada que se ha desatado en fortísima lluvia; no obstante, allí está ella, esperando a su amado.

De pronto, entre el monótono chisporroteo de la lluvia menuda, cree escuchar un crujido como de pasos, como de gente arrastrándose. La crepitación ha ido creciendo, creciendo y, ahora está más cercano. El corazón le golpea en el pecho desesperadamente. Sí, es él, Donato. No puede ser otro. Una mezcla de temor y alegría le abrasa el espíritu. Los pasos han llegado a la entrada de la caverna y se han detenido allí, ante la expectación de la mujer.

¡Donato!… ¿Dónde has estado?… ¿qué te ha pasado?

..

Todas estas noches no he podido dormir esperándote… Pero, pasa estarás cansado, siéntate…

¡Pero ahí en la entrada te estarás mojando! ¡Hace frío… pasa!…

..

Desde que te fuiste, ya no han salido jinetes por el camino grande. Parece que ya se han casado de buscarnos…

..

Te prepararé algo caliente para que te abrigues…

Sí, no seas sonso Donato, te puede agarrar “costado”…

¿Qué te pasa, Donato? Parece que estuvieras mal… ¿Qué te sucede? ¿Por qué no hablas?

La expectación es tremenda. Ella tiene un presentimiento clavado en el cerebro. ¡Cuánto daría por un rayo de luz y poder contemplar bien a Donato! Sabe que está allí, no puede ser otro, pero ella lo quiere ver. De pronto, un relámpago ilumina la estancia rasgando la oscuridad y ella queda petrificada, a punto de caer, luchando con todas sus fuerzas por no proferir el grito que le quema la garganta y le hace daño. En ese instante efímero de resplandor del relámpago, lo ha visto todo. Un rostro cerúleo y terrible, ultraterreno, en el que destacan unas cuencas profundas y oscuras; las mandíbulas colgantes, las greñas crecidas saliéndoles por el capirote marrón del sudario. La mortaja sostenida por un blanco cordón está empapada por la lluvia y pegado a su esquelético cuerpo. Ese no es Donato… ¡es el espectro de Donato!… ¡Donato se ha CONDENADO!

En medio de aquel temor que la sobrecoge trata de ordenar sus pensamientos, y lo consigue. Ha tomado el porongo y se dirige a la salida de la cueva pasando por el lado de Donato tocándole las fúnebres vestiduras que emanan un nauseabundo hedor a muerte…

Voy a traer agua, Donato. Espérate un rato… ya vuelvo…

No podía hacer otra cosa. Una vez que hubo salido de la caverna comenzó a correr a campo traviesa, tropezándose aquí y allá. Auxiliada por los esporádicos fogonazos de los rayos, y el condenado atrás, arrastrando torpemente su osamenta fatigada y profiriendo agudas voces como lamentos, como llorares salidos de lo más profundo, de ultratumba.

– ¡Tiuchaaaaaa!… ¡Mi palabraaaaa!… ¡Mi  palabraaaa!

Por fin, sacando fuerzas impensables, Teodolinda ha llegado a la iglesia del pueblo y con ansiedad golpea el pesado aldabón…

¡Padre!… ¡Padre!… ¡ábrame por favor!

La puerta se ha abierto después de un buen rato de espera dando paso al padre Melecio.

¿Qué ocurre, hijita?… ¿Qué pasa?…

¡Ayúdeme padrecito, el Donato me está persiguiendo!

¡Entra hija mía, entra!… ¿Quién dices que te persigue?

¡El Donato, padrecito, el Donato Apari!

¡¿Cómo?!… ¡¿Donato?!… ¿Donato Apari?!

¡Sí, padrecito, sí, cierre y asegure la puerta!

.. ¿Estás loca hija?… ¡El Donato está muerto! Hoy se cumplen cinco días.

Seguro padrecito… pero yo lo he visto con su mortaja…

¿Estás segura de lo que dices?

Sí, padrecito, sí, sí y ahora me está persiguiendo…

No lo puedo creer… pero… ¿Por qué iría a buscarte? Algo debe haber…

¡Creo que quiere que le devuelva su palabra, padre…

.. Te ha dado su palabra.

Sí padrecito; me juró que nunca se separaría de mí, ni en la vida ni en la muerte… Por eso se habrá condenado…

Entonces, hija tendrás que devolverle su palabra para que no siga penando…

¡Sí, padre! pero no quiero quedarme sola…

No te preocupes hija –entretanto la puerta sonó estrepitosamente por los golpes que le propinaba el condenado.

¡Tiucha, devuélveme mi palabra!… ¡Por favor!… – Es patética la voz gutural de súplica.

En nombre de todos los santos, te invoco Donato Apari, a que nos digas lo que quieres…

Padre, padre… me he condenado… He muerto y no pude entrar en la otra vida. Nuestro Señor me ha expulsado para cumplir mi palabra empeñada en la Tiucha o para que me la devuelva, si no, vagaré eternamente… ¡Por piedad, Tiucha!… ¡Devuélveme mi palabra!… ¡Tú ya no podrás vivir conmigo!…

¡¿Qué hago padre?… El pobre Donato está penando!

¡Devuélvele su palabra, hija!…

Sí, padre. Toma mi mano Donato…

–   ¡Ayyyyy! –El grito ha sido tremendo. Teodolinda se ha desmayado porque el dolor ha sido espantoso. Al sacar la mano por la mirilla de la puerta, el condenado le seccionó un dedo de una dentellada y ahora lo llevará como señal de que le fue devuelta su palabra. Ante el estupor del sacerdote que pronuncia una oración, arrastrando sus pasos como si le pesaran, el condenado se retira emitiendo sonidos destemplados como de macabra alegría mientras los truenos arrecian y la noche se lo traga.

F I N

 

 

EL CONDENADO (Primera parte)

el condenado

Eran dos jóvenes que desde muy niños habían consolidado una estrecha amistad que con el tiempo se trasformó en fogoso amor. Lo malo es que existía un problema que estaba a punto de separarlos: su situación  económica. Era muy dispareja. Mientras la tierna, Teodolinda Armas apenas si podía sobrevivir con las escasas pertenencias de su agobiado padre; Donato Apari, rebosaba de abundancia. Esto, naturalmente a ellos no les importaba pero sí a sus progenitores. El viejo Apari había estallado de furia cuando sus vecinos le contaron que su hijo había estado divirtiéndose con la hija de su peor enemigo en la fiesta de un pueblo vecino. Ese día amenazó castigarlo con el destierro si seguía frecuentando a la hija de su odiado rival. De la misma manera procedió el padre de la chica. Muy comedidamente le dijo “Hija: te pido que no vuelvas a juntarte con el muchacho Apari. Él es hijo de mi peor enemigo y no quiero que te humilles ante él ni su familia”. Cubierta de lágrimas pidió una explicación a su padre. ¿Cuál era la razón para ese odio siguiera vigente a pesar de los años? Después de un largo silencio, el viejo dijo. “Es una larga historia que se inició cuando tú no habías nacido. Éramos muy amigos, casi como hermanos. Todo lo compartíamos fraternalmente hasta que a la fiesta patronal llegó una niña muy hermosa que nos gustó a los dos. Estábamos prendados de ella. Yo tuve la suerte de que me prefiriera antes que a mi amigo. Es entonces que amparado por sus riquezas logró que su padre  dispusiera el casorio de ambos. Aquellas veces no podíamos oponernos a las decisiones de nuestros  padres. El matrimonio se realizó no obstante el desacuerdo de la novia. Como ella no estaba feliz, el marido, sabedor del amor que me tenía, comenzó a maltratarla y quitándome el habla,  poco a poco me declaró la guerra. Valiéndose de su amistad con jueces, curas y demás autoridades, me cerraron toda opción de progreso. Cuando llegó la inundación de la aldea yo me quedé sin nada y todos se negaron a ayudarme. Por eso somos muy pobres. Pero igual. No quiero ayuda de nadie pero tampoco quiero que nos humillen con su prepotencia. Tú que eres mi hija, tienes que estar de mi parte sino, tu buena madre, que en todo momento fue mi apoyo y ayuda, sufriría mucho. Esa es la razón: Espero que no me desobedezcas”. No hablaron más. La niña tomó conciencia de su situación y sufrió mucho.

Los días transcurrían aumentando el desasosiego de la pareja. Ambos sufrían mucho por la prohibición paterna, sin embargo lograron encontrarse furtivamente.

Aquel día conversaron ampliamente y se dijeron todo lo que habían estado pensando

Lo único que te pido, Tiucha, es que no te lleves de cuentos que están circulando por el pueblo. Yo no quiero a otra más que a ti; bien lo sabes. Si yo quisiera a otras, no te buscaría. La única que quiero eres tú.

Pero, ¡Qué vamos hacer Donato!… ¡mi padre me ordena que ni te hable!

.. ¿Tú, me quieres o no?

Sí, Donato, por eso sufro mucho de que no podamos encontrarnos siquiera…

Yo también Tiucha,… yo también…

¿Qué hacemos Donato?

Vámonos lejos, Tiucha. Vamos a vivir donde nadie nos conozca.

.. ¿Dónde?

Me han dicho que en las minas del Cerro de Pasco hay bastante trabajo.

Tengo miedo, Donato.

¿Pero de qué…?

De que te canses de mí… de que me dejes. Tal vez conociendo a una cerreña me abandonas y…

Nunca haría eso, tú lo sabes. Yo te quiero. Por lo que tan dicho las malas lenguas, dudas de mí ¿No es así?

Sí, Donato. De repente…

Para que te convenzas, voy formular un juramento que jamás podré deshacer aunque quisiera…

¿Un juramento?

¡Sí!. ¡Yo te juro en nombre de Dios padre todopoderoso que te querré toda mi vida! ¡Nunca te dejaré ni en la vida ni en la muerte! –El juramento ha sido formulado con una unción verdaderamente conmovedora.

¡¿Ni en la vida… ni en la muerte, dices?!

¡Así es, Tiucha! Ni de vivos ni de muertos nos separaremos. Dame tu mano yo te doy mi palabra…

Ya, Donato…

.. ¿Me crees?….

Sí, Donato, sí. Te creo y te quiero.

Ahora, harás lo que te diga. La próxima semana como hoy a las seis de la tarde nos encontraremos aquí para irnos muy lejos…

Ya, Donato…

Durante toda la semana no salgas para nada de tu casa; no quiero que sospechen. Prepárate nomás…

Ya, Donato.

Ahora me voy, amor. La próxima semana como hoy… no lo olvides.

II

La semana ha transcurrido normalmente, sin embargo a Donato Apari le pareció desesperadamente interminable. Con gran delectación y esperanza ha contado los días y las horas de la semana. Su ansiedad ha ido en aumento con la sola evocación de aquella prodigalidad de belleza y vitalidad que se llama Teodolinda Armas. Su espera, que ahora llega a su fin, bien ha merecido todos aquellos desvelos. Por fin podrá tener en sus brazos a aquella mujer que se le fue clavando en el corazón y pensamiento; ya no tendrá que buscar mezquinos atajos, ni soledades riesgosas para gustar de sus besos. Ahora será suya, entera y limpiamente suya; por eso hace ya un buen rato que espera, cuando los rayos últimos del sol se han escondido tras los cerros verdes…

¡Donato!… ¡Donato!

¡Tiucha!.

Donato, temí que no vinieras. He tenido mucho miedo. No he podido ni dormir pensando en que podrías arrepentirte y no venir…

Tú no me tienes confianza Tiucha, pero ya ves, he cumplido; aunque yo también te diré que temía que tu papá podría hacerte cambiar de parecer…

Ya no, ahora, ya no. Yo sé que me quieres y he venido para irnos.

Bien, Tiucha.

Sólo temo que no iremos muy lejos. Tanto mi padre como el tuyo podrían alcanzarnos y encontrándonos nos castigarían o sabe Dios qué nos harían…

No tengas miedo. Si nos fuéramos a cualquier pueblo cercano, nos descubrirían, pero no vamos a hacer eso…

.. ¿Adónde vamos a irnos?

Iremos a un lugar que nadie conoce. Sólo yo.

¿Adónde, Donato?

Allá en las alturas de Cerro Azul yo conozco una cueva. Allí estaremos hasta que, cansados de buscarnos se olviden de nosotros. Entonces nos iremos a otro lugar…

Pero en Cerro Azul también podrían buscarnos… ¿Y si nos encuentran?

Nadie nos encontrará. Esa cueva sólo la conocemos el “Wisha” Palacios y yo, pero él está trabajando en las minas del Cerro y no dirá nada.

Será lo que tú digas, Donato. “Ultimadamente” si nos encuentran también, que vamos a hacer. Les diremos que nos queremos y le hablaremos al padre Melecio.

Él nos comprenderá Tiucha, pero mientras tanto, vámonos sin que nos vean. Ya se está haciendo tarde… ¿Has traído tus cosas?

Sí, Donato; lo que más necesito está en este “quipecito”…y ¿tú?

Yo, en estas alforjas llevó lo necesario…

Vamos, pues Donato…

Vámonos mi Tiuchita…

III

Enclavada en la agreste peñolería del Cerro Azul, hay una caverna con entrada pequeña, como agudo grito del Cerro, lista para cobijar la felicidad de los jóvenes amantes. En el interior, ahora cuidadosamente limpio sin ser muy espacioso, Donato ha ido guardando frazadas y alimentos. Por fuera, como una ventana del cerro, hay un otero formidable, desde donde se puede ver el camino principal, único lugar de entrada y salida del poblado. Pasados los días, desde allí pudo ver Donato las diarias partidas de hombres que salían a buscarlos apenas aparecía el sol y regresaban fatigados de cansancio y polvo, entrada la noche. Así pudo comprobar la odiosa mezquindad de su padre al enterarse que  se había fugado con la hija de su peor enemigo. ¡Cómo estaría rabiando el orgulloso anciano! Ahora Donato, estaba preocupado, muy preocupado…

No te vayas a enojar, amor. Yo he debido de ponerte una casa muy buena y sin embargo vivimos en esta cueva…

¡Qué vamos a hacer, Donato!, nuestra suerte será así. Lo importante es que nos queremos.

Tienes razón…

Además, aquí se está tan abrigado como si tuviéramos una casa.

Yo creí que te aburrirías…

.. Para nada. A propósito… ¿Cómo conociste esta cueva?

Cuando era un “chiuche” subíamos a pastear los carneros y un día que veníamos por estos lugares, se desató una fuerte lluvia con muchos truenos…

…¿Y…?

Alcancé a ver esta cueva. Al comienzo creí que era pequeña, pero cuando entramos con el “Wisha”, nos dimos cuenta que era grande.

Seguramente los antiguos viajeros que pasaban por aquí se guarecían en ella.

Por eso será tan limpia… yo ya no extraño la casa.

Nueve días no es para poco; ya te estarás acostumbrando, pues…

Verdad, ya nueve días… cómo han pasado… sin sentirlo.

Y nosotros no podemos ir a otro lugar. Yo creí que íbamos a estar dos ó tres días a lo más…

Ya se acabó casi toda nuestra comida, Donato.

En eso he estado pensando, Tiucha. Por eso he decidido ir a traer alimentos…

.. ¿Y si te descubre….?

No me dejaré ver. Iré a mi casa. Mi mamá guarda en la troje de los altos bastante comida.

Pero es muy peligroso, Donato.

No importa, me arriesgaré.

No vayas, Donato. Con lo que hay nos podemos acomodar unos días más.

¿Y después?…No, amor, aquí vamos a tener que estar un buen tiempo. Nos están buscando. Todos los días mi papá con cinco cabalgados sale de mi casa a buscarnos y regresan por la madrugada. Desde que nosotros nos hemos venido, es así. Mi padre es muy orgulloso para poder olvidar lo que hicimos y seguro que en los alrededores ya están en alerta para cogernos…

Más bien nos ha alcanzado la comida hasta ahora…

De haber sabido esto, hubiera traído más alimentos.

¿Qué harás ahora, Donato?

Parece que esta noche habrá luna. Cuando todos estén dormidos, yo iré a traer algo…

Ojalá que no te pase nada…

A mí no me va a ocurrir nada, Tiucha. Tú cuídate nomás…

Sí, claro…

No te vayas a mover de aquí por ningún motivo; no vayas a tener malas ideas en la cabeza. Ya sabes que yo no te voy a dejar nunca. Ya estás convencida, también que te he dado mi palabra. Sólo tienes que esperarme.

Pero, te apuras, Donato.

Sí, hijita… voy a volver, ya verás…

Continúa…

LA MONJA DE PASCO

monja-imagen-animada-0012Cuentan que al instalarse una pequeña vicaría del monasterio de las hermanas nazarenas en la Villa de Pasco -junto a las Cajas Reales- se había amainado el espíritu levantisco, pervertido y camorrista de sus pobladores, sin embargo pasado unos meses retornó con más ímpetu y virulencia la indisciplina. No eran pocos los muertos que aparecían por sus calles ni menos los escándalos cotidianos.

Apesadumbrado por estos acontecimientos, Sor María de la Concepción, a la sazón, Madre Superiora del convento, juzgó que todo esto ocurría por falta de auxilio espiritual de un sacerdote. Los que se encontraban en Vicco y Ninagaga, muy pocas veces asomaban por la villa.

Se encomendó al Hacedor poniendo tanta fe en sus rezos que un día el Todopoderoso se le presentó circundado de un halo luminoso en un marco de coros celestiales.

  • ¿Qué deseas, hija mía? –Interrogó el Supremo.
  • Padre mío; la perversidad se ha adueñado de este pueblo. Las gentes han olvidado tu existencia y viven en desorden, en pecaminoso desorden. Muchas personas mueren sin el auxilio de un sacerdote, condenando su alma a los atroces castigos del infierno.
  • ¿Qué sugieres que hagamos, hija mía?
  • Te pido que aplaques los apetitos pecaminosos de los hombres y mujeres dándoles la paz espiritual de tu bendición.
  • ¡Así lo haremos, hija mía! – Y al ver que la monja permanecía de rodillas en una mar de llanto y sin poder levantar los ojos, el Señor, preguntó: ¿Deseas algo más, hija mía?
  • Sí, padre. Aquí hay muchos individuos que mueren sin expiar sus pecados, sin arrepentirse, porque no se confiesan.
  • ¿…Y?…
  • Te pido que me des a mí –tu humilde sierva- licencia para confesar como los sacerdotes y autoridad para poder perdonar sus pecados.
  • ¿Podrás, hija mía, tener el valor de guardar el secreto de la confesión?
  • Sí, padre –respondió Sor María de la Concepción encendida de fe y esperanza.
  • Bien –dijo el Señor- meditaré sobre el asunto; entretanto, quiero que guardes esta cajita durante tres días. Contiene un gran secreto y te pido que no la abras. -Luego de pronunciar este encargo el Señor desapareció.

Los primeros días, Sor María de la Concepción guardó celosamente la cajita, pero a medida que las horas transcurrían, la curiosidad le acicateaba con más y más fuerza. Tanta fue su inquietud y tanto su desatino que, al borde del tercer día abrió la cajita llena de curiosidad, y al momento, un hermoso pájaro de brillantes colores tomó los aires y se alejó por una de las ventanas abiertas del monasterio. Al momento apareció el Señor que le decía:

– ¿Ves hija? Tú no puedes servir para confesora, porque aún antes de los tres días de poseer un secreto, ha parecido que te faltara tiempo para divulgarlo. Dedícate a servir a tu prójimo y deja esa misión que me pides, para los sacerdotes. Ellos sabrán mantener cerrado el cofre de los secretos.

 

Los espectros del Balcón de Judas Por Gerardo Patiño López.

Nuestro inolvidable patriarca, don Gerardo Patiño López, ilustre periodista que por más de cincuenta años nos ha regalado con la historia viviente de nuestro pueblo a través de EL MINERO, también ha incursionado con éxito en la narrativa. Amigo de Don Ricardo Palma fue muy influido por su genio llegando a escribir una serie de Tradiciones Cerreñas con el seudónimo de  “El Viejito de Paragsha”, una de las cuales les entregamos en este fresco de nuestra narrativa.

Batalla_del_Puño_de_los_Primeros_Hombres_HBONo es inventiva, dicen que ha sido real y recogemos el espeluznante testimonio de antaño.

Las profundidades subterráneas del llamado “Balcón de Judas” le habían dado una popularidad única porque decenas de años duró su construcción; estaba diseñado para una nueva época de los siglos; su fantástica estructura antisísmica es como de un refugio de la era atómica o del “Rayo de la Muerte”. Su acceso se inicia con escalinatas que se truncan a semejanza de los castillos medievales. Salvadas estas barreras continúa para llegar a numerosas bóvedas o cavernas similares a hornacinas, como antesalas y con ventanas internas de diferentes formas, para seguir por serpenteantes y extensas galerías a profundidad bajo el nivel del suelo y comunicarse interiormente a algunos miles de metros de distancia, que son como salidas secretas. Su todo es como para servir de aposento a seres de otro mundo y es así que los espectros del Cementerio general del Cerro de Pasco se habían trasladado masivamente al Balcón de Judas, donde antes era quietud y tranquilidad; lo invadieron por su proximidad, ya que este señorial lugar se halla ubicado a corta distancia del campo santo, donde reposan los futuros fantasmas.

Había espectros de toda condición social y económica; algunos sus esqueletos se cubrían con sábanas blancas y en su aseo diario se lustraban los huesos con detergentes para lucir sus esbeltas como blancas siluetas; no se les conocía el sexo, edad, ni raza, pero habían a porfía de todos los tamaños. Los más desarrapados, que así se demostraban, seguramente pertenecían a las clases desvalidas, si así queremos calificarlos; se diferenciaban de los primeros, porque sus huesos estaban descoloridos. En resumen, nadie tenía nombre de pila y sólo ellos sabían el secreto de su procedencia.

El Balcón de Judas estaba ya habitado macabramente; de todos sus vericuetos y cavernas, salían y entraban los espectros en número considerable y  no se podía conocer el total de sus habitantes; en el día trataban de ocultarse de los rayos del sol, pero de nuevo, al momento en que principiaba el crepúsculo, salían a los pasillos de su palacio encantado y misterioso, testigo de las aventuras de los cerreños de antaño; por eso, cuando  de día se le ocurre a alguien  visitar ese lugar de leyenda, ve asombrado las huellas que dejan las pisadas de sus nuevos moradores. Los espectros,  ajenos al mundano vivir, moran felices; el reloj de los tiempos está detenido para ellos, pues no hay problemas de subsistencias porque nadie sabe alimentarse, no sufren de enfermedades ni vejez, no piensan en el pago de alquileres de casa, ni en la pesada carga de los impuestos, ni en las huelgas por tal o cual motivo fútil y dicen que es maravilloso ser pupilo del Balcón de Judas. De noche se pasean en grupos y visitan las nuevas tumbas del cementerio y luego se reúnen en los salones del palacio; les gusta la música y el baile y a su modo emiten cantos. Bailan con un estilo único y con música exótica y macabra. En uno de los pasillos del Balcón de Judas dos espectros se deslizan  para unirse a solas en un rincón, se observa que uno de ellos es alto y el otro de baja estatura y de “fina estampa” y con movimientos de coquetería femenina, escucha en su cavidad auditiva las palabras de: “Te quiero por tus ojos de mirar tan profundo, por tu sonrisa plena de inefable candor, por el collar de perlas más hermosa del mundo que luces en dos hileras bajo la oquedad de tu boca; te quiero por todo eso y más aún, te quiero, te quiero porque sé que nuestro amor platónico no es común, el nuestro será eterno y para siempre; aunque tu corazón no palpita y tu alma es una esfinge sombría; tú comenzaste mi dicha concediéndome  amor por amor y bien sabes que desde entonces tú  y yo somos uno, ya que la vida no existe ni tampoco la muerte; nuestro amor será verdaderamente inmortal”. Al escuchar estas palabras de amor y de galantería que no tuvo respuesta, se alejó para unirse con otros de su mismo tamaño y él desapareció por entre las galerías y se encontró con otro que los había estado contemplando absorto y dejó escapar una especie de suspiro, diciendo: “A una de ellas le he planteado mi amor en la vía ordinaria y estoy esperando estos días de rigor para que conteste el traslado, antes de acusarle rebeldía” y nos imaginamos que era el espectro de un abogado por la forma de expresarse. Hasta en el otro mundo hay amor, así lo descubrimos y los espectros dicen que allí se ama de verdad, que no hay traiciones ni divorcios y que el amor que se jura es realmente eterno y que la ingratitud es el nombre que le dan los ignorantes y mal intencionados a una de las manifestaciones de la amnesia. Otro espectro al escuchar la palabra muerte, prorrumpió en razonamientos de su astro macabro y concluyó declamando:

                                                          

                                                           ¿Cómo será la muerte?

                                                           ¿Cómo un abismo será?

¿Quién el misterio dirá…?

 Uno de esos días, ya entrada la noche, un espectro con una cuerda larga, tiene a  un perro policía que no ha perdido su instinto; éste está inquieto y logra burlar la vigilancia de su dueño y salta hacia fuera para regresar aullando lastimeramente. Todos los espectros, inquietos, salieron para ver qué es lo que ocurría y regresaron espantados y gritando de terror; ellos también sabían asustarse. ¡Están penando…! dijeron a coro. ¡Allá está!… ¡Allá está!… señalaban el camino. ¡Es un hombre vivo!… ¡Allá está! ¿No lo ven…? Es alto, tiene botas y casco. Es un hombre, yo lo he visto, dice uno de ellos. Otro le replica la afirmación. No puede ser cierto, dice, los hombres no existen, es mentira, han visto visiones; otro volvió a sostener que los vivos no existen, es tremendamente falso. No son visiones reprochó otro, yo lo vi y apuesto mi calavera; estaba vestido y fumaba una pipa y arrojaba humo por la boca y usaba guantes para el frío. El frío tampoco existe, mienten, dijo otro. Soltemos al perro policía y nos sacará de toda duda; tenemos que hacer una severa investigación para descubrir la verdad, dijo un alto y huesudo espectro y como todo un valiente salió tomando todas las precauciones del caso y llevando al perro que husmeaba todo el suelo. A los pocos instantes ambos regresaron despavoridos y espantados, él gritando desaforadamente y el perro aullando más fuerte. Es verdad, es un hombre, atestiguó, y temblaban de terror, sus huesos se movían como si solos se trituraran por el ruido de éstos y cayó desplomado sin poder continuar describiendo de cómo era el hombre vivo que se hallaba apostado a la puerta del cementerio. Todos los espectros desaparecieron en los más recónditos lugares del misterioso palacio del Balcón de Judas y atestiguando que los peores enemigos que ellos tenían eran los hombres vivos.

Desde esa noche fantástica para ellos, ya no hubo paz en el Balcón de Judas y temerosos de volver a ver al hombre vivo, se escondieron en lo más profundo de las galerías subterráneas y resolvieron mudarse a otro lugar más seguro y utilizaron los acueductos que se  comunican interiormente entre sí y salieron unos por el túnel de Rumiallana y otros por el socavón de San Judas, y al irrumpir por ese sitio, nuevamente se sorprendieron con la presencia de otro hombre vivo; era un ser extraño para ellos, lo contemplaron absortos y comenzaron a repudiarlo como a su peor enemigo. El hombre vivo que vieron por las concavidades de sus ojos, era el propio Judío Errante, que tenía establecido en la puerta del socavón de una tienda, que al ver a los inquietos espectros les llegó a hablar, pero éstos comenzaron a huir en bandadas. De allí que los espectros están ahora, ocupando las fatídicas cuevas de las Brujas de Pucagaga y en las de Rumiallana, en cuyos lugares se dice, que se escuchan lastimeros llantos y arrastrar de cadenas en los caminos y es entonces que siguen cambiando de sitios de reposo para ellos, porque se van a distancias de kilómetros largos como las cuevas de Callamarca o Sansón Machay, donde están los huesos de los animales antediluvianos que existieron en la región. Pero como el Hijo Pródigo, regresaron siempre al Balcón de Judas y pululan de vez en vez alrededor del cementerio y es donde se les puede ver, según dicen las versiones del mundo de los seres vivientes.

¿Será cierto aquello de los espectros? ¿O es sólo un cuento espeluznante?

Lima, octubre de 1958.

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