EL MUJERIEGO

el mujeriegoCuando el ventoso mes de agosto llegaba a su fin, el pueblo de Ticlacayán armaba un gran revuelo por el retorno de un joven que volvía después de haber servido a nuestro ejército. Una brillante medalla colgada de su pecho con cinta encarnada era su más preciada consecución. En reconocimiento de su valor y arrojo en el conflicto con el Ecuador la superioridad lo había condecorado. Emocionado y orgulloso el pueblo organizó una actuación cívica en las que las autoridades le dieron la bienvenida y, en emotivos discursos, alabaron su bizarría. Después de expresar su agradecimiento, el joven licenciado puso al descubierto una de sus más sobresalientes habilidades: acompañado de su guitarra de la que demostró ser extraordinario ejecutante, dedicó en su bien timbrada voz una serie de canciones limeñas y tonadas de otros pagos. La gente estaba muy entusiasmada, y abiertamente lo demostró aquel día.

Sin embargo.

El transcurrir de los días les reveló que aquel joven de facciones agradables, no obstante su fuerte corpachón y talla respetable, le huía al trabajo con argumentos fútiles y risibles. Dormía hasta muy avanzado el día y, al promediar la tarde, se levantaba a deambular por las calles del pueblo, acicalado con sombrero a la pedrada, faja roja a la cintura en donde tenía bien cuidado de lucir un “corvo” gigantesco, semejante a un alfanje árabe. “Este es mi compañero” sentenciaba señalando tremendo puñal. Su díscolo y camorrista carácter pronto se hizo conocido. Con el menor pretexto cubría de  golpes el rostro y cuerpo de otros hombres jóvenes del pueblo. Quería demostrar que él era el galán más bravo de todos. Las noches calladas, dormidas bajo el dulce aroma de los eucaliptos, eran interrumpidas por las serenatas que sin ningún temor llevaba a la ventana de las más hermosas chicas del lugar. Se convirtió en un imponente seductor que, en cuanto pusiera los ojos en una hermosa adolescente, no paraba hasta conquistarla.

La primera en caer en sus redes fue Maura, una hermosa muchacha de veintidós años que por su belleza y encanto personal, era la suprema aspiración de todos los garridos mozos lugareños. Maura estaba impresionada por las frases picantes cargadas de amorosa intencionalidad, los atrevidos requiebros y las diarias serenatas nocturnas. Tímida y rendida cayó en las garras de tremendo gavilán. Enamorada como estaba, no hizo caso de consejos ni recomendaciones; caprichosa y halagada, se entregó incondicionalmente al enamorado mujeriego.

Por esos mismos días, el imperturbable Casanova se empeñó en conquistar a la dulce Helmicha, hija única de un anciano matrimonio. Nada consiguió el padre al recriminar la actitud del cortejador. A la vista del puñal, el enojo y  sed de justicia, se enfriaron. Aprovechando la impotencia y debilidad de los viejos, se la llevó sobre el anca de su corcel, y una semana después, mancillada la flor de sus encantos, la regresó a su morada como si nada hubiera ocurrido.

Cuando las autoridades tomaron conocimiento del acontecimiento, convocaron al galanteador conminándolo a que se casara para reparar su falta. Nada consiguieron. Altanero y vociferante respondió que nadie tenía derecho a meterse en su vida privada y, aventando a la puerta de la gobernación con ira, dejó con la palabra en los labios a los ancianos del pueblo.

Aquella misma noche, bajo la ventana de la sensual María del Carmen, su voz melosa rasgaba la quietud de la noche:

En las alturas de Ticlacayán

                                                     nuevos amores he conseguido.

                                                     De cada uno tengo un recuerdo,

                                                     Porque dejé mi imborrable marca.

 

                                                     Condorhuaían, pronto me voy,

                                                     Calacha punta, te quedarás;

                                                     papita menuda cosecharás

                                                     de mi cariño te acordarás.

 La Malla, la hermosa Malla, bullanguera como calandria cantarina, hacendosa como buena ticlacaína, tampoco supo sustraerse a la impetuosa parla amatoria del enamorado guitarrista. Aquella noche, bajo la fresca brisa nocturna, en un tálamo de hierbas húmedas y aromáticas, perdió la candorosa inocencia de su juventud.

De nada sirvieron advertencias y recomendaciones. La risa procaz del crápula era la atrevida respuesta a todo intento de ordenamiento. El disoluto imperio del matón fue creciendo cada vez más, como el ímpetu de un torrente desbocado.

En esa vorágine de osadas pasiones tormentosas fueron aumentando las víctimas de los arrestos del serrano garañón. Liliana Luz, con sus juguetones diecisiete años y sus largas trenzas endrinas; la Epifania, la de los dulces ojos, comprometida para casarse con otro y cuya boda quedó deshecha por la intolerante actitud del galán; la “Techi”, tierna pastorcilla que sorprendida en su trayecto fue mancillada junto a los carneritos que pastaba. No había nada que hacer; el abusivo tenía franquicia para el delito y la prepotencia hasta que se topó con la imponente Josefina, chola poderosa de hermosas facciones morenas, cuerpo exuberante y majestuoso, que había logrado mantener invicto su corazón no obstante que en sus impetuosos veinticinco años, numerosos adoradores habían ofrecido riquezas y honores a sus pies. A esta opulenta y bellísima mujer, mucha gracia le causó escuchar bajo su ventana.

Desde mi pueblo de Ticlacayán

                                                     alzo la vista hasta Pillogaga,

                                                     donde mi dulce y buena Finita,

                                                     me espera enamorada y adormecida.

 

                                                     ¡Ay! subidita de Pitic

                                                     tú nomás eres testigo,

                                                     de las noches que  he pasado

                                                     con mi cholita mañosa.

La Finita, bella como ninguna, no era como las otras; su infancia y juventud, acompañando a su padre negociante, le había brindado toda clase de experiencias que como vívidas lecciones se engarzaron en su cerebro y su corazón. Mucho había tenido que luchar para no ser pasto de las libidinosas tentaciones de los hombres. Su figura magnífica, sus flancos imponentes y su belleza magistral le habían brindado alegres como dolorosas enseñanzas. Tuvo que vencer muchas tentaciones porque tenía que cuidar como a una madre a su única hermana Antolina, que con sus floridas dieciocho primaveras, no sólo era la luz de sus ojos sino también la más grande razón de su vida.

Sin embargo.

Confiada en las promesas del cantor, se había entregado totalmente subyugada en tanto hacía los preparativos para su boda. Todo en su hogar era alegría y esperanza hasta que notando la prolongada ausencia de su novio, fue en su busca y, al encontrarlo, le increpó su conducta. El infame respondió con una carcajada y unas palabras duras, muy duras, con las que le hacía saber que todo había sido una farsa y que nunca se casaría  con ella ni con nadie.

Poco faltó para que muriera de angustia. Temblorosa y casi sin aliento llegó a su hogar y allí encontró a su hermana Antolina hundida en una mar de llanto incontrolable.

  • ¡¿Qué tienes Antolina?! –Preguntó ansiosa superando la pena que doblegaba sus fuerzas.
  • Nada, nada hermanita –lágrimas incontenibles seguían brotando de sus ojos.
  • ¡Algo grave te ocurre. Nunca ha habido secretos entre nosotras!… ¡Tienes que decirme lo que te sucede!….
  • No hermanita, no. Es algo muy doloroso e incomprensible. Tengo mucha pena de decírtelo…
  • Sin embargo, es tu deber contármelo. No debes ocultarme nada… ¡Habla!…
  • ¡Se trata de tu novio!….
  • ¡¿Qué es lo que ha hecho ese canalla, dímelo?!… ¡Dímelo!
  • Esta mañana me he enterado que convive con seis mujeres del pueblo… ¿Tú no lo sabías?
  • ¡No, claro que no!…pero… ¿Quiénes son esas mujeres?
  • La Helmicha, la Malla, la Lilicha, la Maura, la Ipicha y la Techi.
  • ¿Todas ellas?
  • Así es… a ti te ha ofrecido matrimonio y a ellas también…
  • ¡Es una basura!
  • No se casará con ninguna de ellas…
  • ¡Conmigo tampoco!… El bellaco ha aprovechado de nuestra ingenuidad para engañarnos y reírse después… ¡Es un canalla!… ¡Mal nacido!….
  • ¡Pero eso no es todo Josefina!…
  • ¡¿Qué más?!…¡Dímelo!
  • Esta tarde, en el camino al pueblo… me ha requerido de amores, jurándome que ninguna mujer le interesa como yo. Me ha prometido que conmigo sí se casará…
  • ¡Maldito!.
  • ¿Qué haremos, hermanita?
  • Déjame pensarlo. –Por un largo rato estuvo cavilando en silencio, caminando por la estancia, meditando, meditando, meditando… hasta que, decidida, dijo– Pasado mañana comienzan los preparativos de la fiesta patronal. Tú debes hablar con las muchachas que has mencionado diciéndoles que se ofrezcan a participar en el “Ashua Ruhuay”, tú y yo también nos apuntaremos para trabajar haciendo la chicha. En esa ocasión conversaremos detalladamente… Nuestro honor no puede quedar por los suelos… ¡Tiene que pagarlo el maldito! ¡Tiene que pagarlo!

Siguiendo el plan trazado, las ocho mujeres se reunieron en la casa del funcionario donde se preparaba la chicha. Ninguna era lo que había sido. Marchitas, mal trajeadas, enjutas, era la viva imagen del sufrimiento. Todas estaban adoloridas y humilladas. Todas llevaban en sus entrañas el fruto de sus sofocantes amores vividos. Todas ardían en odio incontenible. Los mozos ayer obsequiosos y amables, sólo tenían actitudes de reproche y de desdén para con las mujeres ayer admiradas y deseadas.

Aquel día, una a una desnudó su corazón haciendo conocer su desesperación. Todas eran víctimas, no sólo de la atrevida actitud del rufián, sino del desprecio y maltrato de sus padres y familiares que, lejos de comprenderlas, las habían condenado a vivir en humillación, desempeñando los más humillantes servicios caseros. Las gentes en las calles ya ni siquiera las miraban; es más, continuamente les dirigían pullas e indirectas que las tenían muy agobiadas. Aquel día, las ocho mujeres conocieron bien de cerca el drama de las otras y, furiosas, convergieron en una misma conclusión: todas consumarían una cruel y ejemplar venganza.

Los días transcurridos en la preparación de la chicha,  trazaron un plan que juraron cumplir al pie de la letra.

Así llegó el 29 de junio al hermoso pueblo de Ticlacayán. Desde las primeras horas de la mañana, en un gran marco de alegría y luminosidad del sol, se reunió el pueblo fiestero presidido por los funcionarios de turno. Después de la misa solemne y la tradicional procesión, comenzó el baile en la plaza principal.

El vanidoso burlador, haciendo ostentación de su llamativa vestimenta, se dedicó a bailar con la joven Antolina, regodeándose y mofándose de las otras chicas que había ultrajado. Iba y venía altanero con su pantalón de montar,  botas radiantes, faja al cinto y sombrero a la pedrada. Sus víctimas, con los ojos apagados, en los que se advertía a un extraño brillo de odio a muerte, sólo contemplaban el regodeo narcisista del canalla. Durante la fiesta, nadie bailó con ellas; la despreciaban de tal manera que daba la impresión que no existieran.

¡Esto es lo que al final ellas querían!…. ¡El plan marchaba a la perfección!

Finalizada la fiesta patronal que duró una semana completa, la atractiva Antolina fingiendo caer rendida, le pidió al cortejante que la llevara muy lejos del pueblo, al cerro más elevado de Ticlacayán, para que allí le entregara su amor, sin testigos de ninguna clase. Entusiasmado, el engolosinado guitarrista aceptó, y fijaron el lugar, la fecha y la hora para el encuentro.

Llegado el día, el don Juan se presentó a la hora acordada para llevar a Antolina al lugar prefijado. La jovencita acicalada con sus mejores galas y más linda que nunca, llevaba en las manos unas cobijas y una botella grande con un líquido viscoso que dijo ser un refresco para beber.

Tomados de las manos ascendieron hasta la cumbre más alta de Ticlacayán como dos tórtolos. Tendieron las cobijas para amarse, pero antes, la dulce Antolina, con una voz acariciadora y apacible, le pidió que bebiera el licor que había llevado. Después de apurar varios sorbos, el hombre ciego e impetuoso, comenzó a besar a la joven, pero a medida que lo hacía, sentía que una aletargante modorra se apoderaba de su cuerpo. Transcurrido un buen rato, ya como en trance, el hombre escuchó la pregunta:

  • ¿Por qué te has burlado de tantas mujeres?
  • ¡¿…Yo?!….
  • ¡Sí, tú!
  • ¡No, jamás Toñita, jamás! Yo no me he burlado de nadie…
  • ¿De nadie, dices?….
  • ¡De nadie, amor!- casi gritó el inmóvil galán.

En eso aparecieron las ocho mujeres que habían sufrido la degradación de su burla. Las ocho estaban juntas. La poderosa Josefina llevaba una gruesa soga gigantesca y, la Malla, un puñal descomunal en sus manos…

El hombre quedó mudo de espanto. Inmóvil, con los ojos muy abiertos y una copiosa transpiración cubriéndole el rostro, nada pudo hacer cuando las decididas mujeres lo maniataron y luego de desnudarlo completamente, lo echaron sobre el suelo con los brazos y piernas abiertas, clavándolo en sendas estacas, semejante a un cuero de res tendido para secarse. Como el hombre gritaba desaforado bajo el peso de las ocho mujeres, la Josefina –sangre de furia en los ojos- de un tajo brutal le seccionó la lengua y entregó el filudo cuchillo a Maura que con los cabellos en revoltijo y una extraña luz de rabia en los ojos, mutiló con saña los órganos genitales del abusivo, dando lugar a un incontenible surtidor de sangre. Sobre la herida abierta, la Helmicha, sin piedad de ninguna clase, esparció para restregarla abundante sal molida sin hacer caso de los roncos gemidos del mujeriego.

Poseídas de una furia homicida –mientras el hombre arrojaba la vida entre  tremebundos estertores- las mujeres iban desollando aquí y allá, regodeándose con el llanto sordo de la víctima. Deformaron el rostro arrancándole los ojos, las orejas, la nariz; hundiendo una y otra vez el gigantesco puñal en las partes más sensibles del cuerpo.

Más tarde, cuando numerosos cernícalos carniceros se aprestaban a disputar la presa tasajeada, las mujeres dejaron una masa informe todavía palpitante en el lugar y bajaron en silencio hasta la orilla del río; allí se desnudaron completamente y como cumpliendo un ritual, se bañaron todos los rincones de sus cuerpos ayer virginales; lavaron sus ropas, y volvieron a su pueblo, satisfechas.

 

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“EL PISHTACO”

el pishtacoEste fue un aterrador personaje que asoló hace muchísimos años el ámbito de nuestro pueblo minero. Las gentes de aquellos tiempos vivían aterrorizadas evitando salir por las noches en las que, según se contaba, ejercía el imperio de su salvajismo sin nombre.

Las gentes lo denominaban PISHTACO, nombre que provenía de la palabra quechua “pishtay” que significa retacear la carne  de un animal después de haberlo matado.

Quienes lo habían visto aseguraban que se trataba de un gigante. Una bestia enorme que poseía una fuerza sobrehumana a la que nadie podía vencer, ni siquiera enfrentarse para competir con ella. Que era sobrecogedor su aspecto de gringo mofletudo, colorado, de ojos claros y greñas rubias que caían sobre sus hombros en desordenadas guedejas como melena de león. Bastaba con mirarle a los ojos sanguinolentos y legañosos rodeados de espesas y rojizas barbas hirsutas para quedar inmóvil, pegado al suelo, sumido en un terror paralizante. Tal el pavor que producía. Además de sus ojos terroríficos lo que más impresionaba era su cuerpo ciclópeo de enormes proporciones con los que Dios podía haber hecho varias personas normales. Nunca se había visto nada igual en el pueblo minero. Sus manazas eran descomunales, provistas de una uñas negruzcas, como garfios poderosos. Sus espaldas enormes como lomo de buey. Sus piernas patizambas abiertas y cansinas que le daban una apariencia simiesca. Iba vestido con ropa minera. Los únicos que vivieron para describir su fatídico aspecto lo habían visto protegidos por las sombras de la noche en que deambulaba en busca de sus presas.

Se aseguraba que había aparecido aquella época en que los mineros extranjeros estaban desesperados por las inundaciones de sus minas. Ingleses, franceses, croatas, italianos, húngaros, polacos, ya habían hecho todo lo posible para evitar estos aniegos internos pero ningún procedimiento lo evitó. La desesperación cundió hasta obligar a muchos a pignorar sus minas a precios irrisorios ante los “aviadores” italianos que en un santiamén se adueñaron de ellas enriqueciéndose  notablemente.

Aseguraban los aterrorizados testigos de sus andanzas que el modo de actuar del “pishtaco” era el siguiente: Esperaba, aprovechando las sombras de la noche o la soledad de los parajes solitarios durante el día, a hombres o mujeres que se aventuraran a desplazarse solas para atacarlas sin  piedad. Las aprisionaba con sus brazos descomunales inmovilizándolos hasta dejarlos sin resuello, luego, de un solo tirón les quebraba el cuello. Una vez muertos transportaba el cadáver sobre sus hombros  hasta una cueva de las alturas de  “Shuco”. Allí utilizando sogas y resistentes tablones, colgaba el cuerpo atado de las piernas. Inmediatamente, debajo del cuerpo encendía una  gran cantidad de velones y cirios que, por su número, originaba un sofocante calor que conseguía, tras largo tiempo, la caída de un fino aceite que caía sobre unos recipientes debidamente colocados debajo del cadáver. Ese era el motivo del crimen. Conseguir ese aceite, que a decir de los entendidos, no sólo era muy fino sino el único que podía hacer funcionar a la perfección cualquier tipo de máquinas, especialmente las traídas por un inglés para desaguar las minas cerreñas.

Se aseguraba, para dar más patetismo a los relatos, que después de embotellar el aceite que no era poco, el “pishtaco” se comía los restos del cadáver como única manera de conseguir impunidad. Con especial fruición le extraía los ojos, la lengua y el corazón para que no delate a los brujos el lugar del sacrificio, enmudeciéndole para que no rebele donde había muerto, ni dónde ni quién era. De esa manera conseguía la impunidad.

A partir de entonces, la historia del “Pishtaco”, viajó por gran parte de nuestro territorio llevado por los obreros que habían trabajado en nuestras minas. Se extendió desde la zona de Conchucos hasta Huancavelica y una parte de la selva, zona de influencia de nuestras minas. En aquellos lugares las gentes ya no caminaban de noche por las solitarias calles por el terror de lo que se contaba.

LA EXHUMACIÓN (Cuento)

la exhumaciónLa tarde estaba excesivamente fría. Desde tempranas horas una borrascosa tempestad de nieve se había apoderado de la ciudad que, aterida, en medio de brumosa continuidad, se acurrucaba en una transparencia grisácea, ahíta de sombras. El níveo manto, cada vez más espeso, casi hacía desaparecer las laberínticas calles cerreñas, ahora glacialmente desiertas.

Sorprendida por la reverberante tenacidad de la nieve nocturna, apenas si dejaba ver como un minúsculo faro en medio de un temporal, una escuálida bombilla que daba luz a la entrada de “El Trocadero”, lugar de cita de los cerreños noctámbulos que ahora estaba casi vacío; sólo cuatro hombres jóvenes arropados con chompas y bufandas rodeaban la mesa de billar en la que estaban enfrascados en una disputada partida.

Cercana la medianoche la puerta se abrió dando paso a un impresionante  ramalazo de frío con el que entró un enjuto personaje, alto y desgarbado, cubierto con un peludo gabán negro. Era don Francisco N. Del Castillo, miembro de la Corte Superior de Justicia. Sacudiéndose los zapatos a la entrada de la estancia hizo escuchar su aflautada voz…

— ¡Sálvenos Santa María!…. ¡Qué nieve…! ¡Buenas noches, señores!; ¡buenas noches don Juanito!…—Se quitó el abrigo, lo colgó en una percha y se dirigió a la estufa que ardía a un costado del mostrador- Don Juanito, una copa de lo mejor que tenga para calentar el cuerpo.

— Enseguida, Don Paco. Enseguida…

— Mejor traiga toda la botella… una copa no va a ser suficiente…

— Pero… ¿Qué hace a esta hora en tan tremenda nieve, don Paco…?

— ¡Ahhh, don Juanito… gajes del oficio; gajes del oficio… No vaya usted a imaginarse, que estoy en busca de alguna moza, no. Ninguna mujer vale tanto.

— ¿Entonces…?

— Lo que pasa, mi querido don Juanito Cortelezzi, es que hemos tenido un trabajo intenso en la Corte…

— ¡¿Hasta ahora…?!  ¡Es la una y media de la mañana…!

— Es que se trata de un acontecimiento muy especial.

— ¡¿Tan especial es…?!

— ¡Claro!.. ¡Claro!… ¡Se ha puesto a remover un asesinato…!

— ¿Sí…?

— Y nosotros que habíamos pensado que todo estaba bajo tierra, como la muerta. Este coñac está muy bueno, don Juanito, muy bueno…

— ¿Así que la cosa estaba que ardía…?

— Que si esto, que si aquello; que si lo de más allá. ¡Ya usted sabe cómo son estas cosas entre abogados, don Juanito!

— Claro. Y usted escribe que escribe en su condición de escribiente de la Corte… Sus manos deben estar cansadísimas don Paco… Pero: ¿Qué asesinato es ése…?

— Uno que todos lo creíamos solucionado. ¿Recuerda usted a aquella mujercita que murió baleada en la calle de Siete  Estufas?

— Sí, sí… algo recuerdo… ¿Fue el marido, no?

— ¡Claro… claro!… ¡Y este confesó todo!… ¿lo recuerda?

— Claro que sí…

— Bueno pues, ahora las cosas se han complicado…

— ¿Por qué?

— ¡No sé de donde ha aparecido el hermano de la cholita  y se ha puesto a remover las cosas! Su abogado ha pedido la exhumación del cadáver para que se haga una nueva necropsia con la presencia de peritos en vista de que han aparecido muchas contradicciones…

— ¡¿…Y..?!.

— Así ha quedado acordado. Mañana, a las ocho de la mañana, habrá de efectuarse la exhumación del cadáver…

Uno de los billaristas que sin querer había escuchado la conversación entre el Escribiente de la Corte Superior de Justicia y el cantinero italiano, quedó atónito. Todo el peso de una improvisación y una mentira pasada de pronto revivida, ahora lo ahogaban; lo aplastaban hasta superar el límite de su joven resistencia física. Anonadado y sin poder mantenerse  en pie fue a sentarse a una esquina ante la inquisitiva interrogante de sus amigos que no comprendían el porqué de aquella repentina y extraña actitud.

Con la mirada extraviada, los labios resecos y mudos, el joven Pedro Santiváñez que hacía muy poco tiempo venía trabajando en el Hospital Carrión en calidad de enfermero, evocó una fecha, una circunstancia.

——-

Aquel lejano mediodía en la sala de la morgue, su jefe, el médico titular del Hospital Carrión, don Víctor Leopoldo Colina, acuciado por un nerviosismo y apuro inexplicables, hablaba con el enfermero Pedro Santiváñez…

— Ha sido muy buena moza y jovencita la cholita… ¿cuántos años tenía?

— Dieciocho, doctor…

— ¿De dónde era?

— De Yanahuanca.

— ¿Y, cómo sucedió el asesinato…?

— Estaba separado de su marido. Éste, tratando de reconciliarse, fue a buscarla ayer por la noche, pero ella se negó rotundamente a amistar. Éste, un vigilante de la Compañía, exasperado ante la negativa, fue a traer su revólver para amedrentarla, pero, al no conseguir su propósito, loco de celos, le disparó un tiro a quemarropa y al verla sangrante en el suelo volvió el arma para suicidarse, pero ésta se trabó.

— ¿…Y?

— Al oír la detonación los vecinos trajeron a la policía que lo detuvo.

— ¿Luego?

— Allí mismo confesó su crimen en un mar de llanto…

— ¡Qué barbaridad…! ¡Los familiares habrían querido lincharlo!

— ¡No, doctor, no!… La pobre chica no tiene a nadie. Ninguna persona se ha preocupado por ella. Estaba sola en el mundo…

— ¡Qué lástima!… ¿De dónde has sacado esos datos…?

— Están en el parte policial, doctor…

— ¡Ajá…!

— ¿Comenzamos, doctor…?

— ¡Caramba! ¡Qué contratiempo…! Yo tengo una diligencia urgentísima que realizar y me hace imposible quedarme. Tenemos una reunión en la Casa de Piedra con todas las autoridades… por eso es que tampoco ves al juez ni a ninguna otra autoridad… Es urgente que yo esté allá…

— ¿Entonces…?

— Mira, Pedro… Vamos hacer el acta de protocolo sin necesidad de abrir el cadáver…

— Pero…

— Total, todo está visible, claro. Todo. Fíjate en el tatuaje que le ha hecho la bala en el pecho al introducirse…

— Sin embargo, doctor… Creo imprescindible tener que decirle que…

— ¡Nada, nada! No tienes por qué preocuparte… Toma nota…

— Está bien, doctor… – A regañadientes, con una extraña premonición, el enfermero comenzó a escribir lo que el doctor le dictaba.

— La muerte de la víctima se produjo por herida de bala de necesidad mortal, cuya trayectoria de arriba abajo, ha comprometido el corazón y los riñones. La bala quedó alojada en la cavidad abdominal…..

Y no se hizo la autopsia. Y no se sacó la bala del cuerpo de la mujer y un negro presentimiento que inicialmente se le había clavado en el corazón al joven enfermero fue disipándose con los días, con el silencio que sucedió al hecho delictivo, con la tranquilidad con que el médico tomaba el lance. Sin embargo, sin que nadie lo sospechara, un giro peligroso había dado un nuevo cariz al execrable crimen. Un sudor frío inundó su cuerpo que, no obstante su juventud, galopaba desesperadamente en su pulso. Sin dar ninguna explicación, salió apresurado de la estancia ante el silencioso asombro de sus amigos. Al rato, palpitante y arrebatado, tocaba la puerta de la casa del médico que enojado y soñoliento había salido a recibirlo…

— ¡Jesús, Dios Santo!… ¿Tan importante es lo que tienes que decirme que no puedes esperar hasta mañana…?.

— ¡Mañana sería demasiado tarde, doctor! –Jadeaba el enfermero.

— ¡¿Qué ocurre…?!

— ¡Algo muy grave, doctor!; ¡muy grave! –Tomó saliva- ¿Recuerda aquella autopsia que debimos hacer en el cadáver de una mujer y, no lo hicimos…?

—… ¿Cuál…?

— Aquella mujer que muriera baleada por su marido, hace más o menos dos años… _ Impresionado por la agitación del joven enfermero recordó de inmediato el triste acontecimiento…

— ¡Sí, sí,… ahora lo recuerdo…! ¿Era una cholita buenamoza, no?

— Sí, sí, doctor, efectivamente, la cholita buenamoza…

— ¿Qué pasa ahora, después de tanto tiempo…?

— ¡Que la Corte Superior ha nombrado a dos peritos y mañana muy temprano se realizará la exhumación del cadáver…!

— ¡¿La exhumación…?!

— ¡Sí, doctor!… ¡¿Comprende usted lo que ocurrirá?!

— ¡Dios, mío…!

— ¡La ruina!, ¡el descrédito!… ¡A usted le quitarán su título y a los dos nos mandarán a la cárcel…!

— ¡No, no puede ser!- gimoteaba el médico que había dejado caer el chal que lo cubría.

— ¡Acabo de oírselo decir al escribiente de la Corte…!

— ¡Estamos perdidos!… ¡estamos perdidos! – dio algunos pasos nerviosos por la estancia… ¡¿Qué hacemos, Pedrito?!

— ¡Tenemos que sacar la bala que ha quedado en el cuerpo, doctor! ¡Si la encuentran ellos, nos enviarán a la cárcel por no haber realizado la autopsia! –El médico lo miraba temblorosamente esperanzado al enfermero que continuó apesadumbrado- Hemos presentado un falso testimonio a la Corte…

— ¡Si, sí… es un delito!… ¡Un delito muy grave…! ¡¿Pero qué podemos hacer a estas alturas…?!

— Sólo nos queda hacer una cosa. Será muy difícil a la par que repugnante, pero no tenemos otra salida…

— ¿Qué haremos…?

— Tenemos que adelantarnos y hacer nosotros la exhumación para sacar la bala…

— ¡¿Con este tiempo infernal…?!

— ¡Por supuesto!…

— ¡Pero con esta nieve espantosa… ¿a estas horas…?!

— ¡Piense en nuestro porvenir, doctor!; ¡piense en su familia! ¡Imagínese lo que dirá EL MINERO y los otros periódicos! ¡A usted lo admiran, doctor! ¡A usted lo veneran!… ¡Qué dirán sus amigos!…

— ¡Tienes razón!… Pero, ¿podremos…?

— ¡Hay que intentarlo!…

— ¿Sólo los dos…?

— Usted, yo y “Witrón”, el panteonero…

— ¿Crees que aceptará…?

— Tendremos que pagarle generosamente y aceptará. Es un gran amigo…

— Es muy duro, pero…

— Es el único camino que nos queda. Acuérdese que tenemos que sacar la bala…

— Está bien…

Cubriéndose con gruesos capotes y botas de jebe, con sendos picos y palas, los dos hombres se dirigieron al cementerio. El ambiente estaba cargado por la fiera ventisca que azotaba sus caras haciéndoles penoso el avance. No se podía distinguir a dos pasos de distancia. Justo a las dos de la madrugada estuvieron a la puerta del campo santo en medio de un tenebroso marco de aullidos lúgubres y ladridos desesperados de una jauría de famélicos canes. Cuando salió el panteonero, le explicaron el plan.

— Pero… ¿Con tanta nieve…?

— Ya te hemos explicado la razón; es un caso especial para el doctor y para mí… Te pagaremos muy bien “Witrón”… Tienes que ayudarnos como un verdadero amigo…

— ¡Está bien!…

— ¿Tú sabes en dónde está enterrada?…

— Bueno, no estoy seguro… hace tanto tiempo… Creo que es por allí, por los nichos de los extranjeros… No podría señalar la tumba con precisión…

— ¡No importa! ¡Vamos!.

Mientras el helado aire cortante les azotaba la cara inmisericordemente, los pies se les hundían en la nieve dificultando el avance. A duras penas y guiados por la mortecina lámpara minera que les alumbraba, avanzaron por entre una maraña de apretujadas cruces metálicas esquivando túmulos agigantados por la nieve. Transcurrió un buen rato para que, en un mar de dudas, el panteonero se animara a señalar una tumba donde suponía estarían enterrados los restos de la mujer asesinada.

Antes de atacar la ingrata labor, bebieron sendos tragos de ron de Jamaica para calentar algo los cuerpos ahítos de frío. Primero fue el enterrador que separando la nieve comenzó a cavar con todas sus fuerzas; cuando el sudor salado comenzó a empañarle la vista fue reemplazado por don Pedro primero y por el médico después; hasta que tocaron madera. Un suspiro de alivio entre vaharadas de cálido aliento sintieron al oír el sordo sonido de la caja.

— Ahora a sacarlo…

— No, doctor; nos sería imposible. Preferible es que abramos la caja y luego saquemos la bala del vientre de la muerta…

— Tienes razón, Pedro… ¿Tienes todas las herramientas…?.

— Sí, doctor

— Abre la caja, entonces…

 

Fue terriblemente difícil dar con los tornillos que sujetaban la capa de la caja. La madera estaba completamente hinchada por la humedad…

— ¿Nada…?

— ¡Nada! – Jadeaba.

— Así nos vamos a amanecer. Creo que debemos volar la tapa con la barreta.

— Creo que tienes razón, Pedro.

Usando las hendidas de la madera hicieron saltar la tapa al que siguió un hedor insoportable que atacó sus narices. Acercaron la luz al féretro y los tres quedaron anonadados, atónitos, vencidos. Largo rato estuvieron mirando el cadáver en silencio hasta que el médico dijo:

— No es. ¡Maldita sea! Es un hombre recién enterrado…

— Sí, ese hábito franciscano lo dice a las claras.

— No importa “Witrón”, entonces será el de lado – dijo don Pedro tratando de vencer el abatimiento -. ¡No podemos darnos por vencidos ahora! ¡Hagamos un esfuerzo más doctor!…

— Sí,  sí; es necesario –accedió el médico.

Después de beber sendos tragos, taparon la caja y cubrieron la cárcava. Con renovados bríos trabajaron en la otra tumba, la abrieron y, esta vez sí habían acertado…

— ¡Es ella…!

— ¡Sí!, ¡Es ella!…

— ¡Gracias a Dios!…

— Pedro.

— Doctor…

— Procede.

— Sí, doctor.

Cuando don Pedro ubicó el pedazo de plomo de la bala lo envolvió en unas gasas y se lo dio al médico…

— Aquí está, doctor…

— Sí, gracias… ¡Gracias a Dios!

— Ya está amaneciendo, doctor; tenemos que cubrir la tumba.

— Sí.

Cubrieron el sepulcro y exhaustos, casi sin aliento, emprendieron el retorno en completo silencio. Límpido, reverberaba el Huaguruncho. Amanecía.

 

EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

pajaro pitoDesde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pito, pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; a otros les ha dado una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza; tú eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los tonos que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento cada uno de los pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante, las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Sólo vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… sólo de noche!

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas. Es verdad.

 

 

EL HUERFANO DE TAMBO COLORADO (Cuento)

el fuerfano de tambo coloradoTres jóvenes mineros que se habían unido para explotar una mina de plata a extramuros de la vieja ciudad cerreña vieron premiados sus esfuerzos y privaciones en muy corto tiempo. Habían descubierto un filón fabuloso que al explotarlo debidamente les dio ingentes cantidades que en las Cajas Reales las trocaron en monedas de oro reluciente.

Desconfiados uno del otro, decidieron encargar la custodia de sus riquezas a una cuarta persona, ajena a sus intereses. Después de tanto buscar le hicieron depositario al viejo dueño del tambo donde tomaban sus alimentos como pensionistas. Al entregar los caudales en un pequeño cofre de madera revestida en cuero repujado tuvieron mucho cuidado de encargarle autoritaria, pacienzuda y constantemente que, el cofre, solamente se lo daría a los tres juntos. Nunca a uno solo.

Debes recordarlo siempre que sólo a los tres juntos –nunca a uno solo- entregarás este valioso encargo fruto de nuestro trabajo – dijeron.

Lo tendré muy en cuenta – dijo el depositario y guardó el cofre en un buen escondite.

Así cuando los jóvenes querían aumentar sus depósitos en el arca, conjuntamente lo solicitaban y, cumpliendo su cometido, se lo devolvían. Así muchas veces. Fue transcurriendo el tiempo en el que los jóvenes alternaban las duras tareas de la mina con sus semanales y notables francachelas. Dos de ellos tocaban guitarras y cantaban, el otro tañía el violín. Este último cuidaba mucho de su instrumento extremando su celo en protegerlo; tanto es así, que para que esté seguro, se lo entregaba al viejo de la fonda para que se lo cuidara con mucho empeño.

Un día, alegres y acicalados para la juerga, salieron muy rumbosos y entusiastas; estando en la calle, repararon que el violinista no portaba su instrumento por lo que lo conminaron a que urgentemente se lo pidiera al posadero. El violinista les ordenó que lo esperaran y raudamente se presentó ante el viejo al que ordenó:

Entrégame el cofre con nuestros ahorros.

¡No… tú sabes que ante los tres juntos y cuando así me lo pidan lo entregaré! – Dijo indignado el posadero.

¡Claro que así ha de ser! – repuso el joven violinista tranquilizándolo – para que veas que es así, acércate a la ventana y delante de ti, ellos lo autorizarán – al oír esto el viejo le siguió y, desde la ventana dirigiéndose a sus amigos, dijo:

¡Amigos del alma!… ¿No es cierto que no tenemos tiempo que perder y debe entregármelo?……- como verán el astuto no mencionaba el instrumento. Los amigos sin pizca de sospecha y suponiendo que se refería al violín, desde abajo gritaron conjuntamente:

¡Claro que sí!… ¡dáselo inmediatamente!…

Muy bien – dijo el anciano – y se apartó a cumplir la orden, en tanto el violinista decía a sus amigos:

Enseguida lo llevo. Ustedes adelántense que pronto los alcanzaré.

Al ver que sus amigos se iban muy confiados, el joven violinista fue hasta el viejo que sin ningún reparo le hizo entrega del cofre.

Aquella noche después de pasar gratas horas de alegría, llegaron al amanecer haciendo un ruido infernal. Para acallarlos el viejo se levantó de su cama y fue al encuentro de los tunantes:

No hagan tanto ruido por favor que hay mucha gente durmiendo en el tambo.

Está bien – respondió uno de los jaranistas y muy enojado prosiguió – ¿dónde está nuestro compañero?

Al oír esto el anciano se quedó perplejo, pero reponiéndose de su sorpresa narró con lujo de detalles lo que había ocurrido con el cofre. Todo fue enterarse de la ocurrencia para emprenderla contra el viejo posadero a quien los perjudicados lo llevaron a empellones ante la presencia del juez que al escuchar la historia, determinó que el viejo debía pagar –en termino de 48 horas- los costos del perjuicio; caso contrario sería despojado de todos sus bienes y encarcelado por toda su vida después de ser flagelado públicamente en Chaupimarca.

Tan injusta y terminante sentencia del juez, sumió al pobre anciano en un mundo de profundas cavilaciones y copioso llanto. Al verle de esta suerte, un niño huérfano que le ayudaba en los quehaceres domésticos y a quien –dicho  sea de paso trataba muy mal-se atrevió a preguntarle:

–     ¿Qué es lo que ocurre mi amo que tan angustiado lo veo?

¡Calla infeliz!… ¡Nada podrás hacer tú por evitarlo!…

“Una pena compartida, siempre es menos sentida” dice el refrán, recuérdelo amo, insistió el huerfanito.

En un comienzo, el anciano se mostró tan remiso a compartir sus penas que lo sumió en un mutismo impenetrable; pero fue tanta la insistencia del rapaz, que terminó por contarle todo lo acontecido sin omitir detalle alguno. Al terminar el relato, escuchó al niño que con una mirada de inteligencia le decía:

¿Si soluciono su problema, me hará su socio menor?

¡Lo que sea!… –respondió el anciano- es tanto lo que debo que todas mis pertenencias, el tambo, la fonda y mis ahorros, no alcanzarían a cubrir mi deuda y terminaría siendo azotado en Chaupimarca y encerrado en la cárcel de por vida.

Muy bien, señor amo –concluyó diciendo el muchacho- retorne a la casa del juez y dígale: “Señor Juez: Tenga presente que cuando los tres mineros me confiaron su dinero, me lo dieron con la orden terminante de no entregarlo si no venían los tres juntos a pedírmelo. Le ruego, por tanto, que se sirva usted mandar que vayan los dos a buscar al compañero que falta y que se presenten aquí los tres juntos para que se cumpla la condición; sólo entonces, de acuerdo con lo convenido, yo les devolveré el dinero delante de usted”.

Admirado de la inteligencia del joven sirviente, el anciano puso en práctica la recomendación por lo que el juez, muy seriamente, preguntó a los reclamantes:

-¿Es verdad lo que dice el viejo, que los tres pusieron esa condición para devolverles el cofre con el dinero?

Sí, señor juez –contestaron los reclamantes.

Pues, bien. Vayan en busca del tercer socio y en mi presencia recibirán todo su dinero- terminó diciendo el juez.

Demás está decir que nunca dieron con el tercer hombre, un malandrín que cargado de riquezas desapareció como por encanto burlándose de sus socios.

El viejo posadero, agradecido por la valiosa ayuda del huérfano informó a todo el pueblo minero de las virtudes de éste y lo nombró su socio. A la muerte del anciano, el joven hizo crecer sus propiedades y se convirtió en un rico propietario sin dejar –por supuesto– la administración de la vieja posada de Tambo Colorado.

EL HARAGÁN (Cuento)

el haraganNadie se explicaba cómo podía sobrevivir en un pueblo de gente tan trabajadora y buena como es Ticlacayán. Aquí tenía su residencia este vago empedernido. Hablarle de trabajo era como mentarle al demonio. Sin embargo –es justo decirlo- su holgazanería la reemplazaba con su perspicacia viva y chispeante que le permitía seguir tirando adelante. Era tan ingenioso que mediante su conversación amena, punzante y variada, encandilaba al cura, a los gobernantes, a las mujeres más guapas y a los hombres más sencillos del predio. Durante las faenas pueblerinas a la vera de las chacras, narraba graciosos cuentos, hacía capciosas adivinanzas, entonaba lindas canciones y el más grande “trabajo” que hacía, era llevar su mate de chicha a los sudorosos obreros. Era tan ocurrente y simpático que, llegada la hora del condumio, le separaban un lugar en la mesa familiar. Era ocioso, pero también un intuitivo poeta popular. Era el orador de fondo en los festejos pueblerinos, en los entierros y en las bodas. Sin que nadie supiera cómo, ni por qué, se convirtió en un acertado adivino y atinado curandero. Así –por aquellos remotos años– aprendió el lenguaje de los animales. Si bien es cierto que no podía hablarles, él alcanzaba a entender lo que éstos decían.

En una de sus correrías escuchó a los comuneros afirmar que quién dotara de agua potable al pueblo y remozara la iglesia que estaba deteriorada sería elegido alcalde sin ningún miramiento. A partir de entonces se le metió entre ceja y ceja ser el alcalde del pueblo. Durante sus vigilias había pensado mucho en solucionar los problemas de Ticlacayán sin lograr su objetivo. Ya varios habían fracasado en el intento porque no encontraban un arreglo posible a la vista. Tanto se devanó los sesos que llegó a la conclusión de que los únicos que podían conocer la solución al problema, eran los animales. Pero, claro, como él no podía hacerse entender, recurriría a su ingenio para escuchar lo que conversaban. Para ello trazó un plan y luego de meditarlo bien, decidió llevarlo a efecto.

Un día completamente soleado, subió a un cerro elevadísimo y luego de desnudarse completamente, se tiró sobre las hierbas, fingiéndose muerto.

No había pasado mucho tiempo, cuando en el azul del cielo se recortó la imponente imagen de un cóndor que durante un considerable tiempo estuvo dando vueltas contemplando el desnudo gandul.

El viejo zorro de la comarca, viendo al cóndor trazar círculos en el cielo, convergió con prontitud asombrosa donde estaba tirado el haragán. En ese mismo instante el cóndor descendió de los aires.

¡Qué tal compadre zorro! –Saludó con voz estentórea.

¡Aquí compadre cóndor! –Respondió con su timbre aflautado el astuto- le vi dando vueltas por allá arriba, que me dije: “¡Cáspita, zorrito lindo!… ¡El compadre cóndor tiene banquete a la vista, y estoy seguro que no se negará a compartir presa contigo! ¿No es así compadre?

¡Ya lo creo compadrito!, para eso somos hermanos espirituales. Para los dos alcanza con creces.

Tiene razón compadre; la presa es enorme. Pero… ¿Qué le habrá pasado a este hombre? Ayer nomás estaba muy vivo y fuerte.

¡Seguramente se ha suicidado! Estos humanos son unos bobos, en cuanto se topan con una dificultad y no la pueden resolver, se vuelan la tapa de los sesos.

¡Qué tontos!… ¿Pero cual habrá sido la dificultad de este hombre?

La de todos, compadre zorro, la de todos. No tienen agua y para conseguirlo tienen que caminar grandes distancias. Tampoco cuentan con el dinero suficiente para reparar la iglesia.

¡Pero, qué tontería! Si debajo de la gran piedra de Ticlahuanca que está en la plaza hay un ojo de abundante agua. Sólo necesitan mover esa piedra y el puquial les dará el agua más rica de todo la zona. ¡Lo dicho! Estos humanos son tan inútiles y presumen de sabios. Yo, con una simple olida, me he dado cuenta de ese hallazgo.

¡Así es, compadre zorro! Por otro lado, no tienen ni un centavo, cuando muy cerca de aquí hay un montón de plata.

¿Cómo es eso compadre cóndor? ¡Explíquese!

A cinco leguas de aquí vive una vieja potentada que está tullida y a punto de morirse. Ha sido víctima de la brujería de sus nueras. Las canallas han amarrado con cordones de muerto las ropas de la vieja y, aprovechando su ausencia, las han enterrado debajo de su propia cama.

¡Qué barbaridad!… ¿Y?

Bueno, el que desentierre la hechicería y la queme, logrará salvar a la vieja volviéndola a la normalidad. ¡En pago de este servicio, la baldada le dará toda su riqueza que es muy cuantiosa!

¡¿Sí compadre?!

¡Ay caray!… ¿Cree usted compadre que por las puras estoy en los aires?…

¡Claro, claro compadre cóndor! Bueno compadre; tengo hambre y la merienda está servida; ¡Comencemos el banquete!…usted primero…

¡No, compadrito… usted merece el primer mordisco…

Ya pues compadre, si usted lo descubrió, apure el primer picotazo…

¡Insisto compadre, usted es mi invitado!, así que le corresponde la primera dentellada…

Al escuchar esta gentil controversia y con peligro latente, el haragán pegó un estentóreo grito agitando piernas y brazos como un loco que el zorro desapareció aterrorizado  entre la maleza y el cóndor asustado por los aires.

Contento por los valiosos informes que había obtenido con astucia, el holgazán se vistió y con un  animado silbido entre los labios, bajo muy campante al poblado.

Lo primero que hizo en cumplimiento de su plan, fue reunir al pueblo en una gran fiesta dominical. Cuando el gentío se hubo reunido, él les habló con mucho entusiasmo:

-¡Queridos paisanos!, quiero decirles que yo no he nacido para el rudo trabajo manual. He nacido para brindar mi talento e inteligencia que no es poca. Como prueba de ello les pido que todos movamos esta roca gigantesca que por eternidades ha estado aquí cerca.

Unos con desconfianza y otros con entusiasmo, iniciaron el trabajo que el haragán les había propuesto. Después de unas horas de gran esfuerzo lograron hacer rodar tremendo monolito, y lo que aconteció después, los dejó con la boca abierta. Del centro de la huella dejada por la piedra, expulsada como por una fuerza colosal comenzó a brotar un incontenible chorro de agua cristalina. Por fin tuvieron agua.

Este acontecimiento hizo crecer desmesuradamente la imagen del poeta ocioso al que los hombres y mujeres pasaron a saludar y tratar más comedidamente. Muchísimos se disputaban el honor de sentarlo a su mesa.

A la semana siguiente, visitó a la vieja lisiada y luego de hacerle prometer la entrega de sus riquezas a cambio de su salvación, sacó las enterradas ropas hechizadas y las incineró. Misteriosamente, la baldada comenzó a utilizar sus piernas y manos con las que entregó cuatro bolsas de oro a su salvador.

Con este dinero hizo reparar la iglesia dejándola como nueva, y el día que se inauguró el acabado, luego de una misa solemne con procesión, en su correspondiente homilía, el cura pidió para que Nuestro Señor mantuviera vivo el talento del poeta. Después se sirvió un gran almuerzo en el que se escuchó el más entusiasta discurso pronunciado por el flamante alcalde ticlacaíno: el haragán.

EL CONDENADO (Segunda parte)

el condenado 2

Su orgullo maltrecho, no lo deja dormir. El encono se le ha clavado en el cerebro y le impide cerrar los ojos. Su vigilia poblada de silencios se ve, de pronto, interrumpida por un ruido extraño. El viejo Moisés Apari aguza los oídos y un extraño presentimiento lo invade haciéndole estremecer. Se ha incorporado sobre sus cobijas y despierta a su mujer.

–     Shatu… Shatu…

¿mmmmm?

¿Has oído?

¿Ja?… No…

.. “masque” oye… creo que están entrando en los altos.

Sí, sí… parece que alguien está entrando…

Desgraciado ladrón… ladrón es…

Claro que es ladrón…

.. Es raro, los perros no ladran… Oye Moishe ¿No será ánima?….

¡Qué ánima ni anima, mujer! Lo que pasa es que los rateros han matado a nuestros perros.

¡Jesús, Ave María Purísima!….

Como saben que no está mi Donato, creen que me pueden robar…

¿Qué hacemos?…ahora siento que están andando arriba.

Lo que tenemos que hacer pues, voy a llevar la escopeta.

¡No te vayan a atacar!….

No voy a ser tan tarugo de salir por delante pues. Voy a ir por la puerta de atrás y por las pircas nomás voy a ver…

Ten cuidado, Moishe…

¡Ahora sí se han fregado esos malditos, carajo!

Sigilosamente, como fiera acechante, Moisés Apari ha salido arma en ristre y da una vuelta completa por el corral y ahora está frente a la puerta de los altos. Decide aguardar a que el delincuente salga con su botín para hacer justicia. Lo espera en medio de una fruición que le produce el imaginarse la sorpresa que se llevará el ladrón al salir. Ahora se abre la puerta y sale un hombre con un bulto en el hombro. Su silueta se recorta en el fondo del cielo estrellado. Ahora o nunca. El viejo apunta y el silencio de la noche se hace trizas con el estampido…

¡Le has dado, Moishe… le has dado!…Ya cayó!

Sí, y en todo el corazón…

Vamos a ver quién es ese miserable de mierda…

Ten cuidado, no se vaya estar haciendo el muerto.

No, ni siquiera se mueve…

Voltéalo…

Sí…

¡Mamalao, mamacooo!… ¡Santo Dios!Nooo!

¡Donato hijooo!

¡Hijaco, te han matado, pues…!

.. Caray… ¿Dónde ha estado este muchacho?… ¿De dónde ha salido?!

¡Dónde habrá estado, pues papalao!

Y todavía ha venido a robarme…

¡Capaz ha tenido hambre, tal vez por eso, Moishe…

¡Anda, anda, despierta al Shimo, a todos los vecinos… ¡Qué hemos hecho!…

El viejo Apari, ha quedado inmóvil, clavado en el suelo, como un viejo ídolo, estático; su rostro curtido y ajado se estremece con una ligera agitación parecida a un llanto sin lágrimas. Su orgullo mellado, pisoteado y ahora impotente, ya no pude erguirse porque más puede el peso de su conciencia castigada al ver el pálido rostro de su hijo muerto iluminado por la alta luna serrana.

 

Mientras tanto, allá en el lejano otero de Cerro Azul, Teodolinda Armas, ha estado esperando angustiada el retorno de su amado. Ni de día, ni de noche ha dejado de escrutar angustiosamente el horizonte cumpliendo así el encargo de su hombre. Ella está muy lejos de imaginar que Donato ha sido amortajado y enterrado en el cementerio del pueblo.

Ahora es de noche, la quinta noche de espera. Han pasado cinco interminables días y un mundo de sobresalto agobia el corazón de la muchacha. Desde tempranas horas el cielo se ha tornado amenazador, de un gris tétrico a una oscuridad más pronunciada que se ha desatado en fortísima lluvia; no obstante, allí está ella, esperando a su amado.

De pronto, entre el monótono chisporroteo de la lluvia menuda, cree escuchar un crujido como de pasos, como de gente arrastrándose. La crepitación ha ido creciendo, creciendo y, ahora está más cercano. El corazón le golpea en el pecho desesperadamente. Sí, es él, Donato. No puede ser otro. Una mezcla de temor y alegría le abrasa el espíritu. Los pasos han llegado a la entrada de la caverna y se han detenido allí, ante la expectación de la mujer.

¡Donato!… ¿Dónde has estado?… ¿qué te ha pasado?

..

Todas estas noches no he podido dormir esperándote… Pero, pasa estarás cansado, siéntate…

¡Pero ahí en la entrada te estarás mojando! ¡Hace frío… pasa!…

..

Desde que te fuiste, ya no han salido jinetes por el camino grande. Parece que ya se han casado de buscarnos…

..

Te prepararé algo caliente para que te abrigues…

Sí, no seas sonso Donato, te puede agarrar “costado”…

¿Qué te pasa, Donato? Parece que estuvieras mal… ¿Qué te sucede? ¿Por qué no hablas?

La expectación es tremenda. Ella tiene un presentimiento clavado en el cerebro. ¡Cuánto daría por un rayo de luz y poder contemplar bien a Donato! Sabe que está allí, no puede ser otro, pero ella lo quiere ver. De pronto, un relámpago ilumina la estancia rasgando la oscuridad y ella queda petrificada, a punto de caer, luchando con todas sus fuerzas por no proferir el grito que le quema la garganta y le hace daño. En ese instante efímero de resplandor del relámpago, lo ha visto todo. Un rostro cerúleo y terrible, ultraterreno, en el que destacan unas cuencas profundas y oscuras; las mandíbulas colgantes, las greñas crecidas saliéndoles por el capirote marrón del sudario. La mortaja sostenida por un blanco cordón está empapada por la lluvia y pegado a su esquelético cuerpo. Ese no es Donato… ¡es el espectro de Donato!… ¡Donato se ha CONDENADO!

En medio de aquel temor que la sobrecoge trata de ordenar sus pensamientos, y lo consigue. Ha tomado el porongo y se dirige a la salida de la cueva pasando por el lado de Donato tocándole las fúnebres vestiduras que emanan un nauseabundo hedor a muerte…

Voy a traer agua, Donato. Espérate un rato… ya vuelvo…

No podía hacer otra cosa. Una vez que hubo salido de la caverna comenzó a correr a campo traviesa, tropezándose aquí y allá. Auxiliada por los esporádicos fogonazos de los rayos, y el condenado atrás, arrastrando torpemente su osamenta fatigada y profiriendo agudas voces como lamentos, como llorares salidos de lo más profundo, de ultratumba.

– ¡Tiuchaaaaaa!… ¡Mi palabraaaaa!… ¡Mi  palabraaaa!

Por fin, sacando fuerzas impensables, Teodolinda ha llegado a la iglesia del pueblo y con ansiedad golpea el pesado aldabón…

¡Padre!… ¡Padre!… ¡ábrame por favor!

La puerta se ha abierto después de un buen rato de espera dando paso al padre Melecio.

¿Qué ocurre, hijita?… ¿Qué pasa?…

¡Ayúdeme padrecito, el Donato me está persiguiendo!

¡Entra hija mía, entra!… ¿Quién dices que te persigue?

¡El Donato, padrecito, el Donato Apari!

¡¿Cómo?!… ¡¿Donato?!… ¿Donato Apari?!

¡Sí, padrecito, sí, cierre y asegure la puerta!

.. ¿Estás loca hija?… ¡El Donato está muerto! Hoy se cumplen cinco días.

Seguro padrecito… pero yo lo he visto con su mortaja…

¿Estás segura de lo que dices?

Sí, padrecito, sí, sí y ahora me está persiguiendo…

No lo puedo creer… pero… ¿Por qué iría a buscarte? Algo debe haber…

¡Creo que quiere que le devuelva su palabra, padre…

.. Te ha dado su palabra.

Sí padrecito; me juró que nunca se separaría de mí, ni en la vida ni en la muerte… Por eso se habrá condenado…

Entonces, hija tendrás que devolverle su palabra para que no siga penando…

¡Sí, padre! pero no quiero quedarme sola…

No te preocupes hija –entretanto la puerta sonó estrepitosamente por los golpes que le propinaba el condenado.

¡Tiucha, devuélveme mi palabra!… ¡Por favor!… – Es patética la voz gutural de súplica.

En nombre de todos los santos, te invoco Donato Apari, a que nos digas lo que quieres…

Padre, padre… me he condenado… He muerto y no pude entrar en la otra vida. Nuestro Señor me ha expulsado para cumplir mi palabra empeñada en la Tiucha o para que me la devuelva, si no, vagaré eternamente… ¡Por piedad, Tiucha!… ¡Devuélveme mi palabra!… ¡Tú ya no podrás vivir conmigo!…

¡¿Qué hago padre?… El pobre Donato está penando!

¡Devuélvele su palabra, hija!…

Sí, padre. Toma mi mano Donato…

–   ¡Ayyyyy! –El grito ha sido tremendo. Teodolinda se ha desmayado porque el dolor ha sido espantoso. Al sacar la mano por la mirilla de la puerta, el condenado le seccionó un dedo de una dentellada y ahora lo llevará como señal de que le fue devuelta su palabra. Ante el estupor del sacerdote que pronuncia una oración, arrastrando sus pasos como si le pesaran, el condenado se retira emitiendo sonidos destemplados como de macabra alegría mientras los truenos arrecian y la noche se lo traga.

F I N