La visita del Campeón mundial (Primera parte)

adolfo-suarez

Con signos de fuego se había grabado en la memoria de los aficionados al billar aquella noche del 23 de abril de 1961. En la lejana Ámsterdam –capital de Holanda- nuestro compatriota Adolfo Suárez Perret, ganaba el Campeonato Mundial de Billar a tres bandas con un promedio general de 0,997 (475 carambolas de un total de 480).

EL COMERCIO en primera página había informado así la realización de la hazaña:

El mundial de billar se realizó en la Sala de Conferencias del lujoso Hotel Granapolsky con capacidad para 1.500 personas. Una meticulosa organización y un entusiasta público constituyeron el marco perfecto para que Suarez, en cinco días de competencia, demostrara sus dotes magistrales para el billar.

Para llegar a la final, venció al portugués Egidio Vieira, a los holandeses Henry de Reyter y Bert Teegelar, al argentino Enrique Miró y al austriaco Johan Sherts. En la última rueda, Adolfo Suárez y Joaquín Domingo ingresaron con 10 puntos. Suárez se enfrentó al belga Raymond Ceulemans; mientras que Domingo jugó contra el portugués Vieira. Aquellos tenían nueve puntos.

 Los dos juegos se realizaron en simultáneo y los jugadores miraban de reojo el puntaje que se producía en la mesa contigua. Suárez tenía la balanza a su favor. Con una brillante serie de cinco carambolas llegó a los 59 puntos y, con la siguiente tocada, obtuvo el título por un amplio margen de 60 a 44.

 El recibimiento

 El 28 de abril ´La Vieja´ arribó al Aeropuerto Internacional Lima-Callao, donde 2 mil personas coreaban: “¡Viva Suárez!”, ¡Viva el Perú! Bombardas y cohetes acompañaron al campeón en su encuentro con los orgullosos aficionados. Una bulliciosa caravana siguió a Adolfo hasta el Estadio Nacional donde el Comité Nacional de Deportes y la Federación de Billar le rindieron homenaje.

 El maestro agradeció las muestras de cariño desde una de las ventanas de la tribuna sur del coloso de José Díaz mientras sostenía la Copa Elmer Phrater, que el príncipe Bernardo de Holanda le había entregado en ceremonia especial.

 En declaraciones a El Comercio, Suarez sentenció: “Me tuve una fe enorme y me di entero en la competencia”. La victoria se la dedicó a la patria y a sus admiradores”.

 En aquel campeonato había vencido a consagrados billaristas como Edigio Viera, de Portugal; Henry Reiter, de Holanda; Enrique Miró, de Argentina; John Shorts, de Austria; Bert Teegelar, de Holanda y Raymond Ceulemans, de Bélgica. Este último partido por el título lo ganó por un amplio margen: 60 a 44. Después de este certamen ya nadie lo paró. Fue Campeón Sudamericano en agosto de 1963, Campeón de Campeones del Mundo en San Francisco, en 1966 y Campeón de Campeones de América, en México, en 1970. Todo ese enorme cartel de suficiencia influyó para que me decidiera a invitarlo a venir a hacer una exhibición en nuestra ciudad con el fin de alentar a nuestro siempre activa actividad billarística local.

Sopesando el enorme valor de su calidad mundial, comprometí a personas a instituciones notables para que auspiciaran la empresa. Poniéndole un tope de quince mil soles pensé a ojo de buen cubero que por allí andaría la cantidad que me solicitaría por sus honorarios. Lo encontramos en la Federación Nacional de Billar donde se desempeñaba como asesor. Cuando nos presentamos, con una amabilidad muy especial, nos dijo que mejor hablaríamos en el “Olímpico”, una “boîte” que funcionaba en el mismo Estadio. Allí nos dirigimos. Pidió seis cervezas que en un santiamén las escanció. (Era un cervecero insigne). Enseguida nos invitó a manifestar lo que habíamos ido a decir. Naturalmente comprendió que lo invitaríamos a visitar nuestra ciudad. Entonces dijo:

–          ¿Allá también practican el billar?

–          ¡Claro que sí!

–          ¿A tres bandas?

–          No. No, solamente libre.

–          ¿Cuál es la bolada más alta, allá?

–          El chino Campoa llega a 60, el viejito Lagunas llega a ochenta – comenté admirado. Él me quedó mirando un buen rato y luego de beber su último vaso, dijo:

–          El record de Urbina es de 13 mil carambolas.

–          ¡¿Trece mil…?!.

–          ¡Trece mil! Yo tengo la bolada de 13,765, debidamente registradas. En tres bandas he llegado fácilmente a 24. Como ven, es necesario que allá viaje un auténtico campeón en libre. Urbina viajará conmigo como ya te dije; pero no te preocupes. Los gastos los haré yo. Del mismo cuero saldrá la correa.

Hecha la invitación le dijimos que se le alojaría en el Hotel Esperanza de la Cerro de Pasco donde también se le daría alimentación. Que alquilaríamos un cómodo coche para llevarlo hasta la misma ciudad. Que él debería realizar seis exhibiciones en el Hotel Esperanza, Club de la Unión, Centro Social, Calera de Huayllay, Fernandini de Colquijirca y en el Sindicato de Obreros de la Cerro de Pasco. A todos esos lugares los desplazaríamos con una unidad móvil especial a su exclusivo servicio. Terminadas las explicaciones le pregunté: ¿Por cuánto nos visitaría? Nos quedó mirando largamente como si tratara de descubrir algún trasfondo. Luego de terminar su última cerveza, me dijo: Voy hablarles “a calzón quitao”. Como tú sabes yo me cachueleo con el Billar. Ése es mi “cau –cau”. No tengo otro trabajo. No te ofendas pero yo ya soy muy viejo para que me cojudeen. Aquí han venido otros a pintarme flores para invitarme, como hacen con las mujeres antes de comérselas, después, se hacen los cojudos. Tú no tienes por qué preocuparte por pasajes, hoteles, ni nada. Eso déjenlo de mi parte. Lo único que quiero para ir al Cerro de Pasco, es que me “chanques” cuatro mil soles; dos a la firma del contrato y dos allá en tu tierra, antes de comenzar la exhibición; yo buscaré una agencia para que me lleve y allá veré mi alojamiento y alimentación. No tienes que preocuparte. Eso sí, para que mi exhibición sea más atractiva voy a llevar a mi pata del alma, al campeón nacional de libre, Urbina. Con él vamos hacer la exhibición. No se ofendan que sea tan directo, pero ya me han hecho tantas que he dejado de confiar. Los negocios son los negocios. Tú eres mi gran amigo y quiero que nuestra amistad quede bien sellada, como debe ser entre caballeros. Como podrá colegirse, ni corto ni perezoso, acepté las condiciones del campeón que, a decir verdad, me resultaba muy conveniente.

Lo que aconteció aquella noche en casa de don Humberto Maldonado, a donde lo invitamos, es una historia especial. Cuando llegamos, ya había varias personas amigas que nos estaban esperando. Con el ceremonial del caso, con mucha delicadeza y amabilidad a cada persona le estrechaba las manos y le prodigaba un abrazo. Cuando vio a los niños del anfitrión hizo como que sacaba monedas de sus orejas y se los entregaba de regalo. Los chicos encantados y felices le sonreían y toda la concurrencia demostraba su sorprendida aprobación. A partir de ese momento, el centro de la reunión fue él. Haciendo derroche de gran conversador pasó a relatarnos innumerables anécdotas, todas interesantes, tratando de que los allí presentes también participaran de la plática. A cada instante, como tratando de matizar la conversa, realizaba pruebas de magia con las manos que nos movía a cariñosos aplausos. Por ejemplo, cuando nos contaba cómo había ganado su medalla de primer campeón nacional, nos dijo que si quisiéramos verla, la medalla, la tenía una determinada señora en su bolso. Intrigada la señalada buscó y ante la sorpresa general, allí estaba. Como ésa realizó una serie de pruebas de prestidigitación convirtiéndose en un verdadero “showman”. Ya nadie podía hablar ensimismado en lo que estaba aconteciendo en la sala.

Aquella noche también descubrimos que el hombre era de “buen diente”. Cuando terminamos de tomar una sustanciosa sopa menestrón, Adolfo que no dejó nada en el plato, dijo: “! Quiero besar las manos magistrales de la matrona que ha preparado esta delicia! ¡Yo he estado en Italia y siendo éste mi plato favorito, lo he tomado en los mejores restaurantes. Sin embargo, aquí y ahora, me halló con el más rico menestronne del mundo! Se acercó muy comedido y estampó un beso en las delicadas manos de la señora Delia Ramón, esposa de nuestro anfitrión, la artista que había preparado aquella delicia. Terminada la cena, entre chascarrillos, adivinanzas y bromas, hizo su última prueba de la noche. Abrió el estuche donde llevaba siempre su taco especial confeccionado en marfil, trofeo del Campeonato del Mundo que había ganado, lo armó y con él, en tan solo una parte de una mesita de centro, hizo una demostración espectacular de sus habilidades sin que hubiera necesidad de usar banda alguna. Un acto de magia pura que nos llenó los ojos y el corazón. Ninguno de los comensales de aquella noche, estoy seguro, habrá olvidado aquella hermosa experiencia.

Continúa…

Los inicios del vóleibol en el Perú

inicios del Voley en el PerúCon un avasallante entusiasmo nacía el vóleibol en nuestra patria. Por primera vez, despojadas de los prejuicios que existían aquellos años en contra de la mujer, las jóvenes formaron sus sextetos para competir en campeonatos locales. Llevaban, como vemos en la fotografía, vistosos uniformes consistentes en camisas con los colores representativos de su institución, faldas, medias y zapatos suaves (Todavía no existían las zapatillas). Para completar el atuendo, las correspondientes boinas con los colores del club. En la foto lucen nueve jugadores; seis titulares y tres suplentes. Éstas se alternaban a medida que transcurría el juego. De aquel tiempo de vigencia de nuestras abuelas ha corrido mucha agua bajo los puentes. En la actualidad, para felicidad nuestra, el representativo nacional está dejando en alto el nombre de nuestra patria. Lo que sí lamentamos es que en nuestro Cerro de Pasco, nuestras jóvenes están inactivas. No hay liga de este deporte. ¿Qué pasó? Esperamos que las autoridades den vida a este hermoso deporte. Cierren la podredumbre de las discotecas y abran coliseos para la práctica del deporte de nuestra juventud. Esto es urgente.

El magistral Telmo Carbajo

Club Atletico Chalaco 1913
Primera fila, de atrás hacia adelante: Eduardo Parodi, Luis R. León, Ricardo Alvarado. Segunda Fila: Germán Cáceres, Carlos Bouverie, Enrique Salazar y Manuel Paz de la Vega. Tercera fila: Pedro Ureta, Mario Mur. Telmo Carbajo (capitán) y Humberto Galantini. (Estos últimos vivieron y jugaron en el Sport Unión Railway del Cerro de Pasco)

En el Perú había llegado a la cumbre de la gloria. No sólo como el más grande futbolista de nuestra historia, sino el más completo deportista de todos los tiempos. Dominó todos los deportes: Fútbol, Básquetbol, Atletismo, Tiro, Béisbol, Remo, Billar, Equitación, Natación… En todos estos deportes fue el más grande.

Había nacido en el puerto del Callao, el 14 de abril de 1889 y murió el 12 de julio de 1948) fue el máximo ídolo de Atlético Chalaco. Su nombre completo fue: Telmo Carbajo Cavero.

En la práctica de su deporte favorito –el fútbol-  llegó a ser proclamado en 1912, Campeón Nacional de Fútbol. Era lo justo. ¿Saben por qué? Podía jugar en cualquiera de los once puestos de un equipo; desde arquero hasta puntero izquierdo. Lo admirable es que en cada plaza era brillante, único.  Es más, al cumplir sus Bodas de Plata como deportista, el Presidente de la República de entonces, don Augusto Bernardino Leguía, le otorgó un hermoso trofeo de plata en reconocimiento a su ejemplar desenvolvimiento. Era el 27 de julio de 1926.

Era todavía un niño cuando alineó en el “Lima Cricket” en momentos aurorales de nuestro fútbol nacional. Un poco más tarde pasó a conformar el once del “Jorge Chávez” y luego el “Atlético Chalaco”, equipos pioneros y gloriosos de su tierra natal: el Callao.

Por aquellos años conformando la Selección Nacional de Fútbol del Perú enfrentó a los notables representativos del Cerro de Pasco –primera provincia que practicó el fútbol en el país- en memorables encuentros anuales que arrancan en 1909 y se suceden hasta 1914 en que, en su condición de Capitán de nuestro representativo, tiene que reconocer la superioridad del fútbol cerreño. Es por eso que cuando el Presidente del “Club Social y Deportivo Unión Railway”, don Guillermo Arauco Bermúdez, lo invita a conformar el elenco ferroviario, acepta gustoso y viaja para enrolarse al  cuadro cerreño que por once años consecutivos había sido imbatible campeón de nuestro fútbol

A su llegada al Cerro de Pasco, los primeros meses de 1920 –Telmo contaba entonces treinta años- se va alojar en una casa que don Guillermo le ofrece en el legendario barrio Misti, lugar en el que no sólo arequipeños e italianos habitaban, sino también notables chalacos que con él compartieran aventuras deportivas e intermediarios para su venida al Cerro: Alvaro Linderman, Humberto Galantini, Carlos Pedreschi,  Alberto Brindani  y otros con quienes había defendido al “Atlético Chalaco”.

Desde su arribo fue aclamado. Ya no sólo sería el Capitán General Vitalicio y Honorario como lo habían proclamado desde la fundación del Club, sino que llegó a capitanear el más brillante equipo que tuviera el Railway en toda su existencia. Allí estaba Humberto Galantini propiciador de la fundación oficial de la Liga de Fútbol de nuestra ciudad, y tras ser el obligado capitán de nuestro combinado, pasa a segundo lugar. El legendario Santiago Barzola, “back” inolvidable  y acróbata brequero que sobre el tren en marcha, corría veloz por sobre los coches como si estuviera en una pista atlética; paradigma del fútbol aguerrido. Carlos Pedreschi, otro chalaco quimboso, respetado y querido en el rectángulo de juego y fuera de él. Álvaro Linderman, también chalaco, vertiginoso y resistente como el que más; su velocidad  proverbial y sus mortíferos remates al arco fueron inolvidables. El “Negro” Remigio Sánchez, traído de Goyllar por don Guillermo Arauco, un soberbio volante que mandaba en la media apoyando a los defensores y respaldando en el ataque. Félix “Chato” Villarán, pequeño pero aguerrido. Con ellos, siempre como capitán y guía, Telmo Carbajo. Estaban también, Augusto Cuenca, Esteban Pecho, Evaristo Huamán, Jacinto Espinoza, Alberto Salvador y el “Sereno” Olaya. Nada más ni nada menos.

Estuvo dos años entre nosotros. En ese lapso no sólo nos regaló con la magnificencia de su fútbol atildado y efectivo, vistiendo las sedas del Railway, sino que alternó con las novenas de béisbol del Cerro, Goyllarisquizga y Smelter, en memorables encuentros. Más de una vez se vistió de corto para alternar con los mejores atletas cerreños. Los domingos hacía demostraciones de boga imbatible en las regatas que se efectuaban en la represa de Smelter. Hizo tiro, box, billar etc. Era un hombre admirable. Inagotable y constante, disciplinado y recto en sus actividades.

De talla baja, elegantemente vestido y un caballero a carta cabal, siempre que se prestara la oportunidad, hacía demostraciones de su innata habilidad coreográfica en los bailes sociales a los que se le invitaba como miembro honorario. Presidiendo la sala de sesiones del Railway hay una fotografía de cuerpo entero del chalaco que se hizo cerreño.

Su partida constituyó un gran pesar para la afición cerreña en donde dejó grandes recuerdos. A partir de entonces sólo por los periódicos limeños se enteraban de sus actividades.  Así, hubo una gran alegría cuando al estadio Modelo de Bellavista le pusieron su nombre y se desgarró de dolor la mañana del 18 de julio de 1948, cuando murió a la edad de 79 años. No hubo ninguna manifestación de dolor público en el pueblo porque todo estaba prohibido. Se tambaleaba un gobierno débil y la mayoría de cerreños estaba perseguido por el tirano que en ese momento se desempeñaba de Ministro de Gobierno y Policía: Odría.

Cómo lo manifiesta todavía algún viejo deportista,  es necesario que la juventud tome conciencia de su presencia en el Cerro de Pasco que se honró con su habilidad y bonhomía. Hasta hace algún tiempo, cuando aparecía un futbolista fuera de serie se le llamaba “Carbajo”. El más grande de sus sucesores, pequeño como él, brillante como él, quedó dando lustre a la denominación que la admiración le tributara, don Adrián Languasco, el inolvidable “Carbajito”.

LO QUE PUDO EL AMOR

Sport Unión Railway
El legendario club ferroviario del Sport Unión Railway, fundado el año de 1917; once años consecutivos campeón invicto de nuestra Liga. El primero de la izquierda, de pie, es el “Negro” Remigio Sánchez, extraordinario futbolista de aquellos tiempos protagonista de la historia que que narramos.

Esto sucedió aquellos turbulentos años en que la rivalidad deportiva sobrepasaba los límites de la fraternidad amical y entraba en enfrentamiento de abierta  enemistad. Hubo un encono siempre vigente entre los hinchas de los clubes citadinos que disputaban los primeros lugares del campeonato de fútbol. El Sport Unión Railway frente al Juventud Esperanza; el Team Cerro frente al Club Unión Copper; El Brigada Boys Scouts contra Los Andes; El Centro Tarmeño Social y Deportivo contra el “Sport Ideal”; “Once Amigos” contra el “Team Quiulacocha” etc. etc. Era una rivalidad que iba más allá del rectángulo de juego alimentada por la beligerancia de las tribunas. A los largo de la historia, muchos partidos terminaban  con contusos y detenidos. Otros, no terminaban. Era de nunca acabar.

Ídolo indiscutible de la hinchada del Railway de aquellos tiempos, era Remigio Sánchez, “El negro”, excelente jugador que comandaba una pléyade de cracks que habían sido campeones invictos por once años consecutivos. Record jamás igualado. Y capitán y adalid del Juventud Esperanza era Marcelino Suárez, “El cura”. Entre ellos existía una insalvable rivalidad que no terminaba en el campo de juego sino que iba más allá. Eso sí, varones en toda la extensión de la palabra, mantenían un recíproco respeto del uno por el otro.

Por esos días de la vigencia triunfal de ambos equipos se efectuó un alegre “Cortamonte”, en el que el “negro” Remigio conoció a una joven muy guapa que le llenó los ojos y le iluminó el corazón. Quedó prendada de ella. Cuando le preguntó su nombre, ella disimulando el halago que sentía, le dijo llamarse Tomasa Suárez

¿Suárez? Preguntó sin poder creer lo que estaba escuchando

  • Sí.
  • ¿Conoce usted a Marcelino…?
  • Sí, claro; es mi hermano mayor.

No preguntó más ¿Para qué? Era la hermana menor de su más enconado rival deportivo. Desde aquel momento, no obstante la rivalidad ya mencionada, nació entre Remigio y Tomasa, un amor irrefrenable. Ambos se querían y buscaban la manera de encontrarse para vivir su desmedido amor a hurtadillas para que el “cura” no se enterara. Llegaron a la conclusión de que el impedimento para formar un hogar, que era lo que más querían, sería él. Estaban seguros de que el “cura” jamás permitiría que ambos se unieran.

futbolAsí las cosas, el “Negro” Remigio decidió tomar al toro por las astas. Estaba tan enamorado de la hermosa cerreñita que, dejando orgullo y prejuicios de lado, aprovechó de un reñido partido entre los dos encarnizados rivales. En el entretiempo de la contienda se le acercó al “cura” y le dijo que  el “Railway” estaba necesitando de un volante extraordinario para redondear su equipo y le invitaba encarecidamente a que lo acompañara. “El único que puede  ocupar ese puesto eres tú, hermano” le dijo Remigio. Ambos formarían la media volante del Railway. El cura lo quedó mirando confundido. No podía comprender el por qué su rival más encarnizado se lo estuviera pidiendo. Jamás se le ocurrió pensar que algo muy especial lo había conminado a tomar esa decisión. “Voy a pensarlo”, le dijo, y se despidió. En realidad su corazón palpitando como campanas de pascua rebosaba de alegría. Se le había presentado la oportunidad de vestir la vieja camiseta de los ferroviarios donde alineara el inolvidable Telmo Carbajo. Haría pareja con el “Negro” Remigio Sánchez, una leyenda viviente del Railway. El único y el más álgido problema que encontraría sería la oposición de sus compañeros de equipo que no podían ver ni en pintura a los ferroviarios. Jamás se lo perdonarían.

Y así fue. Durante aquellos días en los que el cura se devanaba los sesos para salir del enredo, los novios en hermético secreto fueron perfeccionando su plan, una de cuyas partes se estaba cumpliendo.

Cuando el cura decidió cambiar de camiseta, el cielo se vino abajo. La Esperanza jamás le dispensó aquella “traición”. Jamás le perdonaron aquel cambio. Inclusive el día en que nuevamente se enfrentaron el Esperanza y el Railway hubo una trifulca enorme. Los unos atacando a quien los había “traicionado”, los otros defendiendo la libre determinación de un jugador sin igual. El caso es que el parido no terminó y la mayor cantidad de pleitistas terminaron en la comisaría con tremendos moretones. El caso se convirtió en comidilla no solo deportiva sino también policial. El transcurrir de los días trajo el lógico apaciguamiento de los ánimos belicosos y todo siguió por los carriles normales.

El plan de los enamorados se estaba cumpliendo como lo habían planeado. La última escena de aquella vivencia de amor se presentó el día 17 de mayo. Ese día celebraría su aniversario el emblemático equipo del asiento minero de Goyllarisquizga: “Sport Goyllar”. Para realzar la fecha programaron un partido con el laureado  cerreño Club Unión Railway que, gustoso, aceptó el encuentro.

Para cumplir el compromiso con mucho decoro el Railway se preparó adecuadamente. Cumplido el plazo y en vísperas de viajar a Goyllar, el negro Remigio “sufre una caída espectacular” que lo deja “inutilizado” (Puro fingimiento). Así las cosas, encargaron al “Sereno” Olaya para cubrir el puesto del negro y la capitanía del club se la encargaron al “Cura” Suárez que aceptó gustoso. Dejando “postrado” a su estrella indiscutible el resto del equipo con la totalidad de sus directivos viajaron a cumplir con el compromiso de honor.

Aquella mañana del domingo 17 de mayo, en tren expreso con hinchas, banda de músicos y enorme cantidad de aficionados, el “Club Sport Unión Railway” partió a Goyllar.

El resultado de aquel partido a nadie le interesó porque otra fue la noticia que se mantuvo por mucho tiempo en la habladuría de la gente.

Club Juventud Esperanza
El legendario Club Juventud Esperanza fundado en 1919 en lo parte baja de la Mercantil de La Esperanza. Fue el rival encarnizado del Railway donde alineó el “Cura” Suárez en sus momentos más álgidos.

El legendario Club Juventud Esperanza fundado en 1919 en lo parte baja de la Mercantil de La Esperanza. Fue el rival encarnizado del Railway donde alineó el “Cura” Suárez en sus momentos más álgidos.

Cuando al anochecer de aquel domingo el cura Suárez llegó a su casa encontró a toda su gente completamente compungida. ¿Qué ha pasado?, preguntó. Le dijeron que unos minutos después de que él partiera a Goyllar, “el negro” Remigio Sánchez, se la había “robado” a doña Tomasa Suárez par hacerla su mujer. Cuentan que el cura soltó una mentada de madre que se escuchó en todo el barrio de Huancapucro y recriminó duramente a sus familiares. “Qué mierda estaban haciendo ustedes, alcahuetes” les dijo y, aventando la puerta salió a chupar de “pica, de rabia y pena”.

Transcurridos dos largos meses, con las aguas vueltas a la tranquilidad, un domingo aparecieron a la puerta de los Suarez el par de rebeldes tórtolos; Remigio y Tomasa, tomados de la mano. Hermanos y hermanas rodearon muy alegres a los recién llegados cubriéndolos de cariñosos abrazos. Al escuchar tanto revuelo apareció a la puerta el “Cura” Suárez. En ese momento el “Negro” le alcanzó la ·Partida de matrimonio en el que constaba que Remigio y Tomasa eran marido y mujer, con todas las de la ley. El “Cura” no dijo nada, después de un silencio abrió sus brazos y recibió a su cuñado. La familia celebró el acontecimiento con mucha alegría.

Pasados los años, don Remigio que me contara una serie de historias como ésta, concluyó diciendo: “A partir de entonces fuimos muy felices con mi esposa que me dio unos hijos ejemplares y me hizo feliz, muy feliz”

Ahora que ya don Remigio no está con nosotros, rindo mi homenaje de admiración y recuerdo a un deportista cabal que hizo dupla espectacular con su rival y cuñado, el inolvidable “Cura” Suárez.

 

EL CAMPEÓN “RACHI” CASAS

el rachi casasFue el imbatible vencedor de todas las pruebas pedestres que se realizaron en la capital minera en el lapso que va de 1920 a 1947.  Cada 30 de julio era el vitoreado triunfador del circuito pedestre de Patarcocha que con motivo de fiestas patrias organizaba la Municipalidad.

De pequeña estatura, fuerte como un roble, disciplinado y metódico en su vida privada, odiaba el cigarrillo, el alcohol, las mujeres y las trasnochadas. Sus diarios entrenamientos en medio de una frígida niebla de muchos grados bajo cero, venciendo las quemantes esquirlas de las heladas o el silencioso caer de la nieve, le facilitaron alcanzar un envidiable estado atlético que le permitió acumular, además de incontables diplomas, 84 medallas de plata, una artística copa de plata bruñida en estuche de fina madera acolchada con pana roja, ganada en 1928 y, un hermoso reloj de oro obtenido en 1937.

Nacido en 1904 en el distrito de Aucas de la provincia de Jauja, fue traído por sus padres a las minas cerreñas cuando éstas iniciaban el boom del cobre en el centro del Perú. Aquí dio sus primeros pasos, y al cumplir los quince años fue incluido en el flamante equipo del Club Unión Esperanza. Allí alternó con el Serafín “Togro” Rojas Montero, Ricardo Arauco, Miguel Velásquez, Julio Wilson, Fortunato Salvador, Froilán Espíritu, Teófilo Dorregaray y muchos otros cracks de aquellos tiempos. Su nombre completo era Francisco Casas Vizurraga, pero los aficionados cerreños lo conocían por su popular apodo: RACHI; El “Rachi” Casas. Su rostro devorado por una feroz viruela, había dejado la secuela de una serie de agujeros en toda la extensión de su faz cruelmente maltratada, semejante a la irregular superficie de un mondongo de res que recibe el nombre de rachi. Pero el mote, lejos de incomodarle, lo distinguía. En su rostro damnificado, sus ojos diminutos y juguetones brillaban con destellos de vitalidad envidiable.

Su fidelidad al club que lo recibió muy joven, fue proverbial. En cuanto duró su vigencia deportiva de jugador excepcional, jamás cambió de camiseta; sólo la aurinegra de La Esperanza y, una que otra vez, la de la selección del Cerro de Pasco. Nunca otra camiseta, ni siquiera de refuerzo.

Lo conocí personalmente y conversamos con él cuando llegaba hasta nuestro “camerino” –un rinconcito querido en el viejo estadio de Patarcocha- y nos desafiaba  a los integrantes del “Estudiantil Carrión” a dar “unas cuantas vueltas a la laguna”.  Él, sexagenario y todo, lucía todavía un físico y una pujanza envidiables. Nos hablaba de sus numerosos éxitos en canchas de Huancayo, Jauja, Tarma, Huánuco, la Oroya, Smelter, Goyllar. Nosotros lo escuchábamos reverentes –aquellas épocas se respetaba a los ancianos- mientras bebíamos un café caliente con emparedados  de jamón que el viejito Solís y su esposa nos brindaban.

Han pasado muchos años pero todavía nos emocionamos al recordar a este viejo crack de nuestro fútbol, figura indiscutible del atletismo.

De repente lo dejamos de ver como si la tierra se lo hubiera tragado. Nadie habló más del veterano campeón. Yo presiento que al sentir el peso de los años y la incomodidad de la altura, retornaría a su tierra para morir en paz. No sé. En todo caso. Mi homenaje a su memoria.

 

Cosas de chinos y japoneses (Segunda parte)

Familia Japonesa
Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

La vida de los inmigrantes Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso hicieron circular hermosas esquelas, trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa para entregar personalmente las esquelas del convite. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más selecto del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser invitados para la fiesta, escucharon la repetida intención del nipón de puntualizar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así llegó el día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron a la casa del oferente.

Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa, había sido iluminada desde los portales, profusa y artísticamente, con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores primorosamente colocados, trabajados por la delicada mano de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverentes inclinaciones y sonrisas se dio inicio al ágape correspondiente. Era las ocho en punto de la noche. La señora se lució de lo lindo en aquella oportunidad, no sólo en la pródiga atención de sus invitados sino cuando, a insinuación de su esposo, sacó un  instrumento de cuerdas de angosto cuello y cuerdas cantarinas, de  sonido sordo pero hermoso al que la señora con sumo deleite comenzó a arrancarle hermosos compases. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en el Imperio nipón. Provista de una lengüeta de carey en la mano derecha, regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que en determinado momento emocionó a sus invitados con conocidas y hermosas mulizas. Los aplausos premiaban el regalo artístico en el momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia que trataba de justificar su tardanza, cuando con una pasmosa tranquilidad se oyó decir al nipón

— ¡Perdóneme doctor, pero ra invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó.

Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para alegrar la reunión; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.

— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón Minaya” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.

— Esto ser ra cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!

—  !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde mucho antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón” había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de contemporizar la desatinada participación.

— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…

— ¡A mí no hay trago que me tumbe! Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en  actitud censurable tomó el recipiente principal desde donde se derivaba en las copitas, y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. Muy poco tiempo después roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

Pasado el tiempo, tras el alevoso ataque a Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), por el dramático cariz político que sufrieron las relaciones de América con el Japón, comenzó la persecución de los japoneses que, antes de ser enviados prisioneros, con la pérdida de todas sus pertenencias a Cristal City en Estados Unidos, decidieron trasladarse a otros pueblos del interior, Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo…  En aquel momento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, era el más importante enclave del capitalismo norteamericano en el Perú y, como es lógico, no podía convivir en un mismo espacio con los hijos del sol naciente que acababan de atacarlos. Muy pocos japoneses, amigos del pueblo, venciendo mil y una dificultades -especialmente represiones alentadas por los yankis-, quedaron dentro de nuestras fronteras, los Shiraishi, Yokota, Noda, Morita y Takishan.

La presencia de los nipones en nuestra tierra minera confirmaba lo que había dicho, Juan Jacobo Von Tschudi: “Los pueblos de todos los continentes están representados allí,  porque creo que no habrá país de Europa, Asia o América que no tenga en esta ciudad a uno de sus connacionales”.

 

 

Nuestro viejo estadio de Patarcocha

Estadio de PatarcochaFotografía del soledoso panorama de la ciudad cimera al promediarse la cuarta década del siglo pasado. Vemos en primer plano de la derecha a nuestro recordado Estadio Municipal a extramuros del barrio “Puchupuquio”,  construido con los dineros sobrantes de la construcción de nuestra Escuelita de Patarcocha. Lo curioso es que, erigido por un albañil “curioso” que no tenía ni la más leve idea de la orientación de un campo deportivo, los arcos los ubicó uno al este y otro al oeste, originando que los arqueros eran damnificados porque los rayos del sol le daban a pleno rostro impidiendo su buen desempeño. Tuvieron que rectificar y colocarlos al norte y sur, como debe ser. En realidad era un enorme corralón con paredes de “tapial” y una precaria tribuna que, sin embargo, guardaba grandes recuerdos de viejos y magistrales futbolistas del ayer. En los terrales de su cancha se aplaudió al Sport Unión Railway, once años campeón invicto; El Unión Esperanza; el Sport Ideal, Brigada Boys Scouts, fundado por el maestro Gamaniel Blanco Murillo; el Centro Tarmeño Social y Deportivo; Los Andes; Deportivo Municipal, Círculo Urano, Once Amigos; Estudiantil Carrión; Sport Boys. En sus canchas aplaudimos a los extraordinarios jugadores del Unión Minas de Colquijirca, Alianza Huarón, Defensor Chicrín, Carlos Valdivieso de Atacocha, Los Traviesos de Huarón; Defensor Chungar.

Tampoco podremos olvidar a individuales figuras como Challwa Meza, Víctor y Manuel Cerrutti; Eusebio y Manuel Segura, a don Julio Calvo, “Perro” Vilchez. Arqueros como Fernando Maldonado; “Manopla” Palacios; Lutzgardo Yupari; “Cholo” García; Lucho Calle, Castrillón, Humberto Guzmán; “Chino” Callupe; “Matango” Ordóñez; muchísimo otros que dejaron una estela de calidad en los tres palos.

Un aciago domingo de octubre de 1968, el alcalde Atilio León Silva, con una seguridad absoluta envió tres Caterpillar que echaron los históricos muros por los suelos. Los periodistas estábamos de testigos. Lucho Llanos de la Matta, tenía en sus manos el cheque para el pago total del estadio largamente soñado por nuestro pueblo. Lo que nadie esperaba ni siquiera sospechara es que, aquel día se dio un  golpe de estado y los dineros revertieron al estado. El general victorioso dispuso que ese dinero sirviera para construir un estadio en una ciudad “más importante”. Más tarde se tuvo que trabajar arduamente para que el nuestro estadio se levantara en aquel mismo lugar.

Nuestros sueños, como las cordilleras que acunan a nuestro pueblo, son  eternos e inolvidables.