Nuestro colegio Nacional Daniel Alcides Carrión (Primera parte)

maestros y alumnos del colegio Daniel Alcides Carrión 1943
Maestros y alumnos del Colegio en el primer desfile por Fiestas Patrias, 28 de julio de 1943. Lucían chompas azules con la blanca insignia CNC en el pecho. Desde entonces han transcurrido 74 años cargados de glorias y grandeza.

Era muy claro el consenso del pueblo cerreño al inicio de la década del cuarenta. Demandaba la creación de un Colegio de Media para la formación humanística de su juventud. Nadie como él para exigirlo; máxime si era activo soporte de la economía nacional. Desde el siglo anterior, todos los pueblos importantes del Perú tenían funcionando sus correspondientes Colegios de Media: el Leoncio Prado en Huánuco (1828), La Victoria de Ayacucho en Huancavelica (1831), Mariscal Cáceres de Ayacucho (1948), Santa Isabel de Huancayo (1851), San Ramón de Tarma (1858), San José de Jauja (1861), Salesianos de Huancayo (1923)…Sólo una orquestada marginación mantenía fuera de ejercicio de sus correspondientes derechos al pueblo minero.

Así las cosas, una pléyade de hombres e instituciones que desde la década anterior venía trabajando para la consecución de este justo anhelo, arreció  su accionar con don Gerardo Patiño López a la cabeza. Su batallador periódico EL MINERO sembró inquietudes y aunó voluntades. El subprefecto Alba Bardales; el alcalde, Leoncio Sánchez Palacios; el Inspector de Enseñanza, Carlos Mesías; el Diputado, Manuel B. Llosa y las organizaciones culturales juveniles, hicieron conocer sus inquietudes al Senador por Junín, Ing. Ernesto Diez Canseco Masías quien, haciéndose eco de esta justa aspiración, en el histórico debate de 20 de junio de 1943, luego de sustentar valederos argumentos técnicos y poderosas razones históricas, concluyó su intervención en su cámara diciendo: “Cuanto Carrión ignorado habrá perdido el país y cuanto seguirá perdiendo si no se remedia esta desgraciada situación”.

Fue suficiente.

En consideración a la Ley del Presupuesto nacional de 1943, se crea el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, en homenaje a nuestro mártir epónimo y, en su sesión de 11 de mayo de 1943, el Concejo Nacional de Educación autoriza su funcionamiento y nombra a su primer Director, el pedagogo Eliseo Sanabria Santiváñez.

El 31 de mayo de 1943, en el Teatro Principal del Cerro de Pasco, ante una expectativa verdaderamente conmovedora, se inaugura el Colegio. El acta de aquel histórico acontecimiento, dice: “En la ciudad del Cerro de Pasco, a 31 de mayo de 1943, en el Cinema Teatro, presentes el Director del Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, el doctor Eliseo Sanabria Santiváñez; el Cuerpo Docente, integrado por los profesores: Augusto Matéu Cueva, Mario Revoredo Reyna Farje y Hernando Sánchez Aranda; el Cuerpo Administrativo, integrado por el señor Ginés Pomalaza Cosme y la señorita Florisa Altamirano Cárdenas; el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales; el Juez de Primera Instancia, doctor Francisco Carranza; las autoridades locales, vecinos notables, padres de familia y alumnos fundadores; se abrió la sesión.

El Director del flamante Colegio hizo uso de la palabra y en memorable discurso  relievó la transcendencia y las finalidades de la Educación Secundaria; exaltó la política educacional del gobierno e hizo un llamado a los padres de la familia para que colaboren con el plantel.

También hicieron uso de la palabra, el señor Martín D. Mendoza Tarazona a nombre de la Asociación de Maestros Primarios, Armando Casquero a nombre de los padres de familia y, la señorita Hilda Rojas Lucich, a nombre de los alumnos fundadores. Finalmente, el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales, en elocuente y patriótica oración, a nombre suyo y del Presidente Manuel Prado, declaró inaugurado el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión. Después de acordarse la inscripción de los alumnos fundadores en el Libro de Actas, se levantó la sesión.

Los profesores fundadores del Colegio fueron, además del Director don Eliseo Sanabria Santiváñez, los señores, Mario Revoredo Reyna Farje, en Ciencias; Augusto Matéu Cueva, en Letras; Hernando Sánchez Aranda, en el Área Técnica. Más tarde se sumaron, Florentino Solís Isidro, para Educación Física que fue sucedido por el destacado basquetbolista cerreño, Félix Baldoceda Yanútulo; Julio Mendoza Bravo, para castellano y Literatura. En reemplazo de Hernando Sánchez Aranda que por motivos de salud tuvo que alejarse, ingresó Pascual Sanabria Verástegui que fundó la Orquesta del Colegio, cumpliendo excelente actuación; Augusto Lizárraga, en Ingles que por Resolución Suprema había sido declarado “Curso Mayor Básico”; Ginés Pomalaza Cosme pasó a dictar Matemáticas dejando el cargo de Secretario-Tesorero-Bibliotecario a doña Priscila Z. de Gonzáles, primero y a Abraham Túpac Yupanqui Turín después, siendo todos ellos auxiliados por doña Florisa Altamirano Cárdenas. El curso de I.P.M. estuvo a cargo del suboficial Avelino Choque Palomino.

Esta lista fue acrecentándose con el paso de los años y, transcurrido medio siglo, podemos recordar a inolvidables maestros que han dejado profundas huellas de su inolvidable magisterio: Rolando Camarena, Moisés Rosas Benavides, Teodorico Ampudia Zarzoza, César García Cabrera, Teodoro Mellado Salazar, Antonio Soto González, Daniel Florencio Casquero, Andrés Fuentes Dávila, Jesús Santiváñez, César Pineda del Castillo, Eugenio Pastrana Chamorro, Fortunato Arzapalo Callupe, Toribio Quijano Tamayo, Jorge Vásquez Huerta, David Torres Rocha, Pablo Montalvo Lavado, Mario Galarza Mayor, Francisca Montero de Parra, Luis Alberto González y González, Eliseo Acosta Ricse, Severiano Rojas Lazo, Ascanio Santiváñez, Gamaniel Giraldo Castillo, Abad Ricardi Huacachín, Víctor Campos Martínez, Luis Aguilar Cajahuaman, Raúl Colca Malpartida…

Los Directores que dejaron el contingente de su capacidad en beneficio del plantel, fueron: Eliseo Sanabria Santiváñez (1943-1948), Manuel J. Valenzuela Valdez (1949), Carlos Vilchez Murga (1950-1957), Arnulfo Becerra Alfaro (1959), Basilio Orihuela Melo (1959-1960), Elías Ortega Pérez (1961-1962), Juan Salguero Pizarro (1963), Justo Fernández Cuenca (1963), Martín Nilo Manyari de la Cruz (1964-1968), Samuel Bruno Arroyo Pecho (1969-1971), Raúl Leoncio Colca Malpartida (1972-1976), Celso Ascanoa Collqui (1976-1978) y (1980), Andrés Rosas Clemente (1979), Fulgencio López Castillo (1981), Justo Pastor López Patiño (1981), Celso Ascanoa Collqui (1982), Ricardo Leonidas Vigo Araujo (1983), Andrés Rosas Clemente (1984), Fausto Huaynate Cóndor (1986), César Sismo Boza Simón (1988).

Cuando se inauguró el Colegio, no se encontraba un local libre para alquilar, después de mucho buscar se alquiló el del Jirón Puno Nº 146 en donde, previas las reparaciones necesarias, se iniciaron las clases. En el mes de agosto se mudó a la Plazuela Ijurra el que tenía una merced conductiva muy elevada. Se buscó otro local y se trató de alquilar el que fuera el Colegio Americano, pero resultó muy oneroso. Se tuvo que volver a la calle Puno, esta vez al número 161, cuyo alquiler era de doscientos soles mensuales. En 1956 se trasladó a la Plaza Centenario hasta el 5 de octubre de 1959 en que se inaugura el local que actualmente ocupa en el terreno de Patarcocha donado por el Concejo Provincial de Pasco.

CONTINÚA-…..

El Caso Gamboa (Quinta parte)

el caso gamboa 5“Después de dejar la casa con mucho sigilo, juntamos la puerta y nos retiramos dándonos una vuelta por el Parque Centenario. Nuestro objetivo –como lo habíamos planeado- era hacernos ver por la mayoría de gente posible que, indudablemente, atestiguarían que el viernes 9 de agosto estábamos juntos y muy briagos. Tendríamos una gresca en la que nos “haríamos mucho daño”. Ellos nos auxiliarían y serían testigos de que mutuamente nos habíamos infligido aquellos moretones. Esa sería nuestra coartada. En cumplimiento de lo acordado, llegamos a la Plazuela del León en donde simulamos un mayúsculo escándalo. Ante la bulla escandalosa –como lo planeamos- salieron los noctámbulos que estaban en el “Trocadero”, del Salón “Concordia”, del chifa “Cantón” y muchos del café “Moka”. Muy comedidamente nos separaron y tranquilizaron, llevándonos a la sala de primeros auxilios del Hospital “La Providencia” donde el topiquero nos curó las heridas y moretones. Como lo planeamos, así sucedió. Creían que en un rapto de cólera, los amigos del alma, los “hermanos”, nos habíamos peleado. Tras la curación, simulamos una arrepentida reconciliación que los amigos allí presentes aplaudieron y nos retiramos a nuestras casas. El resto ya lo conocen”.

“Lo que ustedes no saben, ni pueden imaginarse siquiera, es lo que aconteció después. Cuando se descubrieron los cuerpos y el pueblo se puso en pie de guerra, ya no supimos lo que debíamos hacer. El mundo se nos vino encima. Si bien es cierto que nadie había reparado en nuestras heridas ni la circunstancias en las que se habían producido, nuestras conciencias cada vez más alteradas, se vieron envueltas en una vorágine de indecisiones, dudas y desconfianza. ¿Qué deberíamos hacer? ¿A quién recurrir? ¿Cómo explicar aquel salvajismo homicida? ¿Qué hacer? Revelar nuestra culpabilidad habría sido como desnudar a nuestros familiares delante del pueblo. Su vindicta habría sido fatal. Ellos gozaban del respeto y consideración de la sociedad, no era justo que de la noche a la mañana reveláramos la atrocidad cometida; máxime si no había ningún resquicio de razón o motivo para haberlo cometido. Era, a todas luces, un execrable crimen que no tenía ninguna clase de atenuantes. Su comisión delataba un extremo caso de locura o enajenación bestial que de ninguna manera podría considerarse humano. Estábamos aterrados. Después de reunirnos en secreto -como todo lo que hicimos a partir de entonces- optamos por tomar el camino menos difícil: el silencio. Como nadie sospechaba de nosotros, porque todos buscaban a los culpables en los bajos fondos, decidimos seguir el juego a las circunstancias.  Callamos. Pero ese silencio culpable tenía un peso enorme en nuestras conciencias. Estar callados cuando todo el mundo condenaba el salvaje homicidio, era muy difícil. Tan difícil que, poco a poco, nuestros familiares encontraron rara nuestra negativa a opinar, más aún, nuestro comportamiento diario. El cambio era a todas luces visible. Comenzaron a preocuparse y con ello nuestro temor de que llegaran a saber la horrible verdad. Todo esto y el recuerdo de la noche fatal no nos dejaba dormir. En mi caso, mis pesadillas eran tan horribles que despertaba sudoroso, cubierto de lágrimas porque, apenas cerraba los ojos veía venir a Carmen Rosa, completamente pálida como convertida en  estatua de mármol, con el cuerpo contundido, los senos sangrantes, los labios retaceados en jirones sanguinolentos que, al pronunciar mi nombre arrojaba abundante sangre babosa que me cubría la cara. Detrás llegaba la señora Carolina con el rostro desfigurado, cubierto de cardenales que, sin decir una sola palabra se tiraba sobre mí, cubriéndome con su enorme corpachón. Yo despertaba gritando, empapado de sudoraciones. Mi respiración dificultosa y mis sienes palpitantes como martillazos, a punto de explotar. Eso todas las noches. En vano trajeron a rezadores y brujos para quitarme el susto. Creían que la noticia del asesinato me había trastornado. Ninguno podía imaginarse que mi bestialidad originaba tamaño tormento. Ninguno podía sospechar siquiera que estaban delante de un criminal. En aquellos momentos temía que las pesadillas de Iñaqui Jáuregui fueran tan o más terribles que le obligaran a revelar nuestro salvajismo. Él más que nadie tenía mucho que pagar. Él que no sólo, por experimentado y mayor que nosotros, nos indujo a hacer lo que hicimos después de atosigarnos de Ajenjo, trago maldito. Él que, en todos los casos, actuó con inusitado salvajismo, sin ápice de piedad cristiana. Supongo que cosa parecida le ocurriría a mis amigos, porque, transcurrida la quincena, la familia de Piero, dispuso su viaje a Lima; los mismo ocurrió con Brennan. Sólo quedábamos tres. Por eso, una tarde, pretextando el préstamo de unas paraguas, Iñaqui llegó a mi casa y, a solas, me dijo conminatorio mirándome a los ojos, como queriendo matarme: “Si se te ocurriera abrir la boca y relatar lo que hicimos, los que van a salir perdiendo, serán ustedes. Ya me conoces. Yo voy a salir indemne del caso. ¡Cuídate de lo que dices! Esta es la única advertencia. Ya no volveré a venir porque pueden sospechar. ¡Silencio!”. 

“Con el fin de no avivar tétricos recuerdos, no leíamos los diarios que, como tarea insoslayable,  estuvieron publicando una inacabable serie de crónicas y artículos relacionados con el caso. Evitábamos visitas y encuentros amicales. Así transcurrieron los primeros años y cuando la Corte Superior abrió juicio contra los sospechosos, aprovechamos para viajar. Frano, se dirigió a Lima y luego a Dubrovnick, la patria de su padre; Iñaqui, que casi no salía de Villa de Pasco, a la lejana Navarra, a casa de sus abuelos. Sólo yo quedé en la ciudad minera por un tiempo. Como la conciencia no me dejaba en paz, viajé a Lima e ingresé como lego en el convento de la Buena Muerte  donde, por fin encontré algo de paz en la Casa del Señor. Después de escucharme en confesión y cumplidos mis primeras penitencias, mi confesor, fray Domingo Cabanes, me ha instado a que escriba esta carta que espero tenga fuerza de confesión y “mea culpa”. 

“Para terminar diré que, la suprema justicia de Dios, ha actuado por distintos caminos. Me he enterado que, Iñaqui, el hombre que se convirtió en bestia asesina, perdió su negocio por un incendio que lo dejó sin nada. A resultas del trágico acontecimiento le sobrevino un derrame cerebral que lo ha dejado inválido. Ahora vive de la caridad de sus paisanos. Él no puede moverse. Su rostro se ha transformado por la enfermedad, en un rictus  trágico como si estuviera hecho de un jebe deforme; sus manos anquilosadas como garfios ha hecho que sus uñas de le introduzcan en la piel como cuchillas y si bien escucha, no puede hablar. Sólo llora. Su vida es un llanto continuo sin final. Estoy seguro que en esa cárcel de silencio y dolor donde su bestialidad lo ha confinado, es un tormento perenne que tendrá que sufrir hasta el fin de sus días. En cuanto a mí, que ya no puedo probar alimento y estoy consumido de un dolor inconmensurable, he encontrado en la oración y la penitencia un  camino para acercarme a Dios y espero que la muerte que está muy cerca, me lleve a él para suplicarle su perdón”.  

“En nombre de Dios Santo, suplico al Supremo Tribunal de la Corte de Justicia la conmiseración para aquellos hombres que, sin saber, han recibido el peso de culpas ajenas. Les pido perdón a ellos y a todo el pueblo por haberlo maltratado con nuestra sanguinaria acción”. 

“No tengo más que decir. Si estoy sufriendo con un cáncer terminal, creo que es el pago a la bestialidad que cometimos al quitarle la vida a tres inocentes criaturas. Que Dios me perdone por todo el daño que he causado”. 

                                   En nombre de Cristo: ¡Perdón!

                                       Antoine Bignon  

F I N .

El Caso Gamboa (Cuarta parte)

el caso gamboa 4Tuvo que transcurrir 23 años para que se revelara el misterio que había envuelto la repentina liberación de los acusados. Los primeros días de enero de 1931, cuando el tirano Sánchez Cerro ordenó el cambio de capital del Departamento de Junín, los miembros de la Corte Superior de Justicia, en acatamiento de lo dispuesto, empacaron todos los escritos de los procesos habidos hasta entonces en ese tribunal superior. Quiso la casualidad que un periodista que trabajaba en la Corte, al ordenar el legajo correspondiente al Caso Gamboa, encontrara un sobre voluminoso, lacrado y misterioso, en el que halló un documento valiosísimo que arrojaba luces sobre el misterioso acontecimiento. Era una verdadera revelación. Se trataba de una carta con la confesión del verdadero autor del crimen, redactado “In Artículis Mortis”, con el correspondiente aval de las autoridades eclesiásticas de entonces. Este patético documento  fue publicado en “La Alforja” el 16 de enero de 1931, causando un revuelo extraordinario. Como aquel día se publicaba también el decreto mediante el cual se humillaba al Cerro de Pasco, las gentes más conmovidas por este insulto inusitado, no dio mayor importancia que a la revelación del crimen.  Este significativo documento probatorio, avalado por las instancias superiores de la iglesia católica que, en tránsito de muerte, dirige Antonio Bignon, ciudadano francés a la Corte Superior de Justicia, confesando ser autor del homicidio, conjuntamente con cuatro cómplices; invoca el perdón para sus culpas y pide la libertad para los inocentes que estaban purgando injusta carcelería. La dramática carta, tras las generales de ley y los correspondientes trámites que sufrieron, dice en su parte principal:

“Ya en las garras de la muerte, agobiado por horribles dolores ante los que ni el láudano es efectivo, a piadosa sugerencia del Fray Domingo Cabanes del Sagrado Corazón –mi confesor- escribo esta revelación que espero libere a mi cuerpo y a mi alma de los terribles tormentos físicos y morales que estoy soportando y atenúe la eterna condena del infierno que me está esperando. Por esta misma confesión que realizo en pleno ejercicio de mis facultades mentales y sin que nadie haya ejercido presión en mí –salvo mi conciencia atormentada- suplico en nombre de Dios, a los honorables caballeros que imparten justicia, pongan en libertad a los acusados que por culpa mía y de mis cómplices, están sufriendo. Ellos son enteramente inocentes de los hechos que se les imputa y espero que este relato pueda servir para que los jueces enmienden su decisión”. 

“Como el tiempo es apremiante, obviando detalles superfluos, paso a relatar la comisión de aquel horrendo asesinato de la que fueron víctimas tres inocentes mujeres. Para mejor comprensión, lo ordeno cronológicamente desde el principio”.

“Todo empezó como un juego de juveniles pretensiones la mañana del 15 de agosto de 1906, cuando la Beneficencia Austrohúngara realizaba la misa y procesión de la Virgen del Tránsito, su matrona. Aquel día, los cinco amigos que llevados por extrañas circunstancias llegaríamos al condenable asesinato, trabamos amistad con la señorita Blanca Rosa Dianderas González, gonfalonera de la hermandad del Perpetuo Socorro”. 

            “Desde el primer momento nos impresionó su hermosura y gentileza. En la kermesse que realizó la hermandad fuimos muy bien atendidos por ella. Entre sonrisas y frases amables, nos sirvió potajes y bebidas que estaban expendiéndose. Es más, como el acontecimiento era animado por la orquesta slava, bailamos alegremente, olvidándonos del resto de gentes. Aquel día nos sentimos completamente felices. Ese fue el comienzo. Los cinco quedamos prendados de ella. No era para menos. Su sonrisa y delicada amabilidad nos encandiló, pero mucho más su cuerpo. Era la perfección de la belleza y el porte. Ninguna muchacha de la ciudad podía parangonársela. Nuestro enamoramiento no nos hacía ver que la amabilidad de la que hacía gala, era con todos. Cada uno abrigaba la esperanza de ser el elegido por tan bella muchacha. A partir de entonces, desplegamos toda  nuestra galantería y la llenamos de atenciones y homenajes que con mucho comedimiento recibía. Esto alimentaba nuestra obsesión y nos impedía ver la realidad. Pronto aquel amor platónico se trastocó en un deseo pasional que perseguía como meta, poseerla carnalmente. ¡Cuántas veces nos pasamos horas enteras conversando acerca de las maravillas que depararía aquel cuerpo fabuloso! Con ello crecía nuestra obsesión. Lo que descubrimos con el correr de los días, fue una terrible contradicción en su personalidad. Por un lado, su belleza agresiva e insinuante, su conversación fluida y su perenne sonrisa a flor de labios, nos hizo pensar en una mujer calculadora, consciente de sus encantos que estaba poniendo en juego para seducirnos. Por otro, su inexperiencia manifiesta que llegaba a límites de pasmosa inocencia, nos intrigaba y nos ponía de vuelta y media. Tarde, muy tarde, llegaríamos a descubrir que era una niña inocente de alma limpia y candorosa, que para nada estaba involucrada en trajines amatorios ni en aventuras farragosas de las lides del amor”.  

“Los cinco amigos, éramos: Iñaqui Jáuregui, Frano Ivancovich, Piero Amoretti, Brennan Coleridge y yo, Antonio Bignon. En algún momento de confraternidad, reparamos que éramos representantes de diversas nacionalidades afincadas en el Cerro. Iñaqui, vascuence; Frano, croata; Piero, italiano; Brennan, inglés y yo, francés. La coincidencia, naturalmente la llevamos a terrenos de la broma y aunque, ninguno de los cinco ostentábamos riquezas prodigiosas, las economías familiares nos permitían ir tirando adelante en forma decorosa. Nuestros padres eran buenos empresarios. Todos mineros. Nosotros, buenos jinetes, excelentes bailarines, notables amigos de la farra y la bebida, enamorados y alegres, llevábamos nuestra juventud con entusiasmo verdaderamente notable. No faltábamos a ninguna de las celebraciones locales o a aquellas que nuestros mayores efectuaban para recordar los lejanos predios de su patria en los correspondientes consulados. En el terreno del amor entramos con exitoso pie. No nos faltaba nuestra correspondiente “novia”, hasta que conocimos a Blanca Rosa. Muy hermosa, muy distinta, muy especial. Hicimos todo lo posible por alcanzar su amistad, y cuando lo logramos, aspiramos a ocupar su corazón, su voluntad y sus sueños. Los cinco teníamos esa fijación en ella y  en uno de esos raptos de vanidad que tiene la juventud, decidimos apostar a quién sería el privilegiado de ser elegido por ella”.

            “La oportunidad se nos presentó el lunes 5 de agosto cuando asistimos a la Fiesta de la Virgen de la Nieves. Por galante ofrecimiento de Iñaqui Jaúregui, conseguimos poner a su servicio un cómodo sulky tirado por un caballo que la condujo, conjuntamente con su tía, a la Villa de Pasco. Naturalmente, los cinco la escoltamos  en sendas cabalgaduras. Nos habíamos convertido en galantes chalanes de su escolta. En aquellos momentos nos sentimos como los elegidos de los dioses. Usamos los más variados ardides para impedir que otros jóvenes la cortejaran. Aquel día, en la misa solemne, procesión, almuerzo y corrida de toros, la pasamos muy bien. La tía, doña Carolina, habiendo observado nuestra solicitud y amabilidad con ellas, seguramente sintiendo como un deber la correspondencia a tanto despliegue de gentileza, nos invitó a visitarlas el viernes 10 en la tarde. No esperábamos otra cosa. Durante los días siguientes nos dedicamos a preparar la reunión a fin de que no faltara nada. En ningún momento nos movió mala intención alguna. Sólo estábamos a la espera que aquella tarde se pondría en claro a quién prefería Blanca”. 

            “Llegado el día, muy bien emperifollados llegamos a la casa. Portábamos como obsequio a las anfitrionas, variada cantidad de pasteles, chocolates, cigarrillos y licor. Para ellas elegimos el suave “Perfecto Amor” y, para nosotros cognac francés, ajenjo y mistral. Todo fue muy bien recibido”. 

            “Iniciada la tertulia, animada por la chispa de las bebidas, la conversación fue haciéndose cada vez más animada, llegándose a entonar algunas canciones de moda en tanto, por turno, bailábamos con las anfitrionas. Hasta ahí todo bien. Como sucede casi siempre, no podíamos darnos cuenta de que los tragos ya nos estaban haciendo actuar más desinhibidamente. Lo que aconteció a las diez de la noche, cuando la señora Carolina insinuó que la visita había terminado, fue la chispa que encendió el polvorín. En inexplicable exabrupto, Iñaqui  alzando la voz, le dijo que no podía echarnos así no más como si fuéramos unos pordioseros. Que no nos iríamos si Blanca no se decidía por uno de los cinco. Fue suficiente. Con una energía que le desconocíamos, doña Carolina se puso de pie y señalando la puerta gritó: “¡¡¡Fuera!!!”. Entonces Piero, como echándose el alma a la espalda ante lo inevitable, quiso estampar un beso en la cara de Blanca, pero fue mal interpretado por la tía que estrelló un sonoro sopapo en su rostro. Ahí comenzó todo.  Posiblemente llevada por los tragos, doña Carolina comenzó a repartir lapos a diestra y siniestra. Fue tanta su agresividad que tuvimos que responderle con golpes iguales. No podíamos quedarnos como si nada. ¡Estábamos borrachos!. Actuaba como una desbocada gladiadora golpeando a diestra y siniestra, agitando los brazos como las aspas de molino. Aquel cambio de porrazos nos ocasionó varias magulladuras. La lucha se tornaba difícil y ya comenzaba a crecer el ruido intranquilizando al perro que gruñía detrás de la puerta, cuando Iñaqui la cogió rodeándole el cuello con sus brazos poderosos. Ni así se contuvo. Ante sus desesperados esfuerzos por desasirse, nuestro amigo que la sujetaba, hizo un movimiento brutal que produjo un ruido como una caña al quebrarse. Fue suficiente. Quedó inmóvil y laxa, como un pelele. Fue depositada sobre un butacón y su rostro cubierto con un pañolón. ¡Listo! Nosotros, mudos, sin saber qué hacer, mirábamos la maniobra, espantados. Sorbió un generoso trago de ajenjo. “Ahora estamos en paz”, dijo, y miró a Blanca que, inmóvil, cubierta de lágrimas no atinaba a moverse, temblando como una condenada. La cogió de la carita y le ordenó que besara uno por uno a todos sus amigos. Obedeció. Su semblante daba lástima y como una autómata cumplió con la orden. Al ver la pasividad nuestra, la cogió con fuerza y con brutalidad la besó prolongadamente,  hasta que de sus labios comenzó a chorrear sangre. La había mordido. Ella ahogando un grito, completamente débil, quedó a merced nuestra. Nosotros –no puedo explicarme por qué, pero creo que la locura es contagiosa- procedimos también a besarla con pasión desmedida, -envenenados de tanta brutalidad- como si estuviéramos posesionados del demonio. Ella lloraba y gemía, convertida en guiñapo sin voluntad ni fuerzas. Los ojos de Iñaqui -estoy seguro que los nuestros también- tenían una expresión demoníaca, satánica, terrible. ¡No éramos nosotros! Algo había en el ambiente que nos urgía a actuar así. Estoy seguro que el demonio estaba actuando solapadamente, moviendo las cuerdas de las sicalípticas marionetas en que nos habíamos convertido. Ahora puedo asegurar que el ajenjo que bebimos en demasía, era el medio con el que nos tenía sujetos. Aquel trago brutal nos hizo perder la ecuanimidad, obligándonos a actuar tan desaforadamente como lo hicimos”. 

            “Cuando ciego de lujuria le desató el corsé y rompió el camisón, vimos sus  senos, duros y abiertos como frutas maduras. Enceguecimos. Uno a uno, por turno, pasamos a besar y mamar aquella belleza. El brutal jefe de aquel aquelarre, la despojó de sus corpiños y enaguas, apareciendo ante nuestros ojos, toda la majestad de su cuerpo blanco e impoluto. Al cubrirse los senos con las manos temblorosas, Brennan encendió la estufa que estaba a la entrada de la alcoba y la atizó con carbones y leños.  Esperamos un buen rato mientras Iñaqui manoseaba el cuerpo de la muchacha besando con lascivia incontenible cada parte, hasta que el ambiente se abrigó. Sin decir una palabra, ordenó con la mirada y cada uno de nosotros tomó a la muchacha de brazos y piernas inmovilizándola. Babeante como un fauno alocado, se quitó los pantalones, subió sobre la muchacha y la poseyó salvajemente. Un grito desgarrado de desflorada se escuchó en la estancia. Como si el alarido hubiera accionado algún mecanismo de poder, jadeante y sudoroso, como bestia en celo, la tuvo buen rato a su merced, besándola y penetrándola como si quisiera matarla. Después, exhausto y casi sin aliento, la dejó a un lado y con el resto de voluntad que le quedaba nos ordenó que hiciéramos lo mismo.  Limpiando la sangre que corría por sus piernas, uno a uno, ciegos de lujuria la poseímos. Sentir su cuerpo convulso y sus sollozos sordos, extrañamente nos impulsaba a seguir teniéndola. Estábamos cumpliendo con sueños que en interminables noches nos habían desvelado. Ahora era nuestra, enteramente nuestra. Sólo se escuchaba un sollozo de virgen desamparada que con la mirada suplicaba. Después del primer grito, Iñaqui le había atracado un pañuelo en la boca y con otro aseguró en la parte posterior de su cabeza.(Un grito habría sido fácilmente escuchado por alguien que atinara a pasar por aquel lugar). Sólo podía respirar por la nariz. Todos pasamos por ella. Hasta ahora no me puedo explicar cómo el hombre puede perder su sentido de piedad y de conmiseración ante el abuso. Nos habíamos convertido en animales. Cuando siguiendo el ejemplo del jefe la poseímos contra natura, ya casi ni se movía; al amarrarla para seguir con la función carnal, notamos que ya no daba señales de vida, sus ojos ya estaban sin luz, el pulso había desaparecido y un frío estremecedor se apoderaba de su cuerpo desnudo. Había muerto. Sin decir una sola palabra nos miramos apesadumbrados, como volviendo de una ausencia prolongada, nos sentamos en derredor de la cama y, como autómatas sin pizca de voluntad, no alcanzamos a comprender todavía la bestialidad que habíamos cometido. El silencio invadió la alcoba. No podría decir ahora cuánto tiempo estuvimos sumidos en aquel mutismo culpable. Fue en ese lapso que alcanzamos a oír un sollozo débil, casi imperceptible. Siguiendo la pista del lloro Iñaqui se dirigió a la puerta que da a la cocina. Allí descubrió, agazapada, llena de terror, con los ojos llenos de lágrimas, a una niña que muda de espanto, dejó que la bestia –no en otra cosa se había convertido nuestro amigo- la levantara por los aires sujeta del cuello y, como si la arrullara para que se duerma, fue presionando su cuellito. Cuando dejó de moverse la depositó sobre el suelo y la cubrió con un costal. Nosotros nos encontrábamos inmóviles. Aterrados. Incapaces de poder protestar o hablar siquiera. Se estaba deshaciendo de una inoportuna e incómoda testigo que lo había visto todo. Tras dejarla tirada como una muñequita de trapo, cogió unas empanadas y otros pasteles y se los dio al perro que le movió la cola de gratitud. Bebió unos colmados tragos de ajenjo y nos conminó a que hiciéramos lo mismo. Todos bebimos”. 

“A medida que transcurrían los minutos, fuimos dándonos cuenta de la bestialidad que habíamos cometido. Con más presencia de ánimo, Iñaqui fue recogiendo ropas y objetos que pudieran incriminarnos y los echó a la estufa. A esa hora, nadie repararía en el humo que salía de la chimenea, menos ahora que las ventanas las habíamos cubierto con frazadas. En las primeras horas del día trazamos un plan a fin de borrar cualquier sospecha de nosotros. Lo logramos”.

Continúa….

El Caso Gamboa (Tercera parte)

el caso gamboa 3Siete largos años tuvieron que transcurrir para que los acusados a quienes jamás se les probó la comisión del delito fueran puestos en libertad. Para ello, el alegato presentado por el abogado defensor Gerardo Balbuena fue determinante. Lo que llama la atención es que los jueces tuvieron que esperar siete años para dar cabida al alegato que se había venido repitiendo desde los días inmediatos a la comisión del delito. Esta pieza legal fue publicada en el diario “Los Andes” de 10 de setiembre de 1913, sosteniendo lo siguiente: 

“Han transcurrido siete interminables años en los que, recluidos como feroces asesinos, transcurren sus días los hombres a los que nada se les ha podido probar y sólo llevados por conjeturas y acusaciones sin sustento, han sido enviados a aquella terrible mazmorra que es la cárcel del Cerro de Pasco, la más dantesca del mundo”. 

“El móvil del crimen, como ya lo hemos sostenido incansablemente, no ha sido el robo. Ninguna pertenencia de la casa de las víctimas ha sido sustraída. Los asesinos que actuaron así, salvajemente, estuvieron llevados por los más inconfesables instintos carnales que terminaron haciendo de la víctima principal -casi una niña- el fruto de sus aversiones que, por lo que arroja la necropsia, no sólo fue desflorada salvajemente, repitiendo el acto muchas veces, sino que ejecutaron con ella actos contra natura y, después de muerta, siguió siendo mancillada por las hienas criminales. Que fueron varios, también ha quedado establecido. De no haber sido así, jamás podrían haber vencido a la señora Carolina Gamboa, alta, fornida y muy bien dispuesta físicamente que en poco tiempo pudo haber dado cuenta de uno, dos y hasta tres hombres. Ella fue vencida y muerta por varios asesinos. Las huellas dejadas como el número de vasos y las innumerables colillas en el cenicero, así lo hacen suponer. Las declaraciones del capitán de la lumbrera “El Diamante”, de doña Luisa Costa de Rosazza, vecina de las Gamboa y, de don Gerardo del Campo, atestiguan que vieron, antes del crimen, junto a la casa de las Gamboa y a altas horas de la noche, a un individuo de aspecto extranjero que nunca se dejaba ver el rostro; que se lo cubría al aproximarse gente ocultándose en la oscuridad, que unas veces estaba solo y otras con dos o tres personas de catadura intranquilizadora, como en acecho. Este sí es indicio de delito y no la amistad de Guzmán y Martínez Chávez y el parentesco de Carlos Gamboa”. 

“El sobreseimiento debe ser absoluto. La condición jurídica de los enjuiciados Teobaldo V. Guzmán, Carlos D. Gamboa, Manuel Martínez Chávez y Victoriano Rivera, contra quienes se ha librado mandamiento de prisión, es igual a la de los enjuiciados Augusto Proaño, Crisanto. D. Venturo, Isidro León y todos los otros respecto de quienes se ha sobreseído de un modo absoluto el auto de vista”. 

“Efectivamente, don Teobaldo Guzmán ha probado con las declaraciones de don Juan N. Durand y doña Isabel Góngora de Durand, del doctor Don Avertino Ochoa, de Inocente Durand y con el escrito de los querellantes, de que la noche del viernes 9 de agosto de 1907 en que se perpetró el crimen, estuvo de visita en casa de don Juan N. Durand, desde las 8 hasta las 11 y media de la noche en que se retiró con don Inocente Durand y el doctor don Avertino Ochoa a quien acompañaron hasta su casa. De la casa del doctor Ochoa fueron a la de don Inocente Durand que encontraron cerca por cuyo motivo Guzmán invitó a Durand a dormir en ella, entrando de paso en el Hotel Ibero Americano, a la una y media de la madrugada, viéndoles en ese Hotel a don Alfredo Baluarte y a don Pedro Díaz; que se lo contó después del crimen al dueño del Hotel, don Gerónimo Casquero que a su vez se lo refirió al doctor Augusto Duarte Valladares abogado y apoderado de los querellantes. En fin, del Hotel Ibero Americano fueron a la Casa de Guzmán donde don Inocente Durand durmió con él, según lo refiere el dicho Durand en su declaración”. 

“Martínez Chávez por su parte ha probado con las declaraciones de don Félix A. Loayza y de don Cesáreo Villarán, que la noche del viernes 9 de agosto, estuvo en su casa con dichos testigos a quienes invitó a comer desde la siete y media hasta las once y media en que se despidieron dejando a Martínez Chávez en su casa con su señora, donde es hasta pueril decirlo durmió según lo atestigua su doméstica, Filomena Paredes, que es el único testimonio que se puede invocar después que se acostaron”. 

“La prueba que favorece a mis defendidos es tan abrumadora que sorprende que no se les haya puesto en libertad desde que se produjo. Conforme el artículo 101 del E. P. bastan dos testigos presenciales de excepción para que la prueba sea plena, los enjuiciados han ofrecido la declaración uniforme de personas de la más alta posición social en el Cerro. Razón tuvo pues el juzgado al decretar, aunque demasiado tarde, su libertad de conformidad con las ejecutorias del proceso, medida que como se sabe no es aun compatible con la tramitación de la querella cuya admisión ordenó V. E. con verdadero acierto, porque no podía, tratándose de un crimen tan monstruoso, cerrar el camino de la investigación. Pero tampoco era legal prolongar la detención de los enjuiciados simplemente en virtud de la querella, destruidos los titulados indicios y sospechas, por el mérito de una prueba plena y abundante. Desgraciadamente, ese auto fue revocado por la Ilustrísima Corte Superior”. 

“Comprobado el hecho de que los detenidos estuvieron la noche del crimen, con personas de las más visibles del Cerro, procede el sobreseimiento absoluto, de conformidad con los dispuesto en la primera parte del artículo 91 de E. P en que se funda el sobreseimiento absoluto de los otros enjuiciados”.

“Es de notarse que mientras contra mis defendidos no hay ningún indicio positivo de delincuencia, siendo su única desgracia la de haber sido amigos de las víctimas, con otros enjuiciados respecto de quienes se sebresee de un modo absoluto, había motivos más fundados para sospechar de ellos. Así, don Augusto Proaño fue enemigo de la señora Gamboa y tuvo cuestiones judiciales con ella; don Luis Haytalla la amenazó diciéndole: “Con este palo te he de matar, maldita”;  don Isidro León -se dijo en un oficio- que la Gamboa había gritado: “León me mata”. Casi todos los otros enjuiciados sobreseídos definitivamente no han producido ninguna prueba, como no tenía por qué haberla producido mis defendidos. Creo que este es el único proceso del mundo en que por el simple hecho de ser amigos de la víctimas, sin existir ningún acto o indicio que acusa a una persona de complicidad o delincuencia, se debe probar que no se ha tenido participación en un crimen envuelto en las sombras del misterio. La ley exige que haya indicios de delincuencia para comprender a las personas en el enjuiciamiento y, no son indicios de delincuencia, la amistad, el amor, el hecho de haber visitado a una familia, de haberla fiado, porque entonces las cárceles estarían permanentemente repletas de inocentes y habría que vivir en un aislamiento absoluto”. 

“Si Proaño y Huaytalla han sido absueltos definitivamente, en justicia, por haber destruido con pruebas las sospechas recaídas en ellos, con mayor razón se debe sobreseer también, definitivamente, respecto de Martínez Chávez, Guzmán, Gamboa y Victoriano Rivera contra los que no ha existido nunca nada que pueda considerarse jurídicamente como indicio de delincuencia”.

“A mis defendidos les son aplicables los fundamentos de la resolución de V. E, porque lo mismo que a don José y don Demetrio Martinench,  “sin que resultara de lo actuado mérito bastante para comprenderlos en el enjuiciamiento, se les recibió declaraciones instructivas” sólo por haberlos capturado el Subprefecto, así como a Martinench. No ha debido pues enjuiciarse a los detenidos mientras no se presentó la querella y si el juez no les recibe declaración instructiva, seguramente no se hubiera presentado la querella, como lo revelan los términos de ella y sus ampliaciones, el hecho de que tuvo que oficiarse a la Subprefectura para que hubiera comparecer a los querellantes por la fuerza, a fin de que prestaran el juramento de calumnia y la circunstancia de que en el proceso, se ha invertido los papeles, siendo los acusados quienes han hecho tramitar la querella dirigiendo exhortos y absolver citas, mientras los querellantes no habrían sino dar datos falsos al juzgado e inventar absurdos y calumnias”. 

“El espíritu se aterra ante la monstruosidad de las teorías sustentadas por el Agente Fiscal de Junín que olvida que la libertad es tan sagrada como la vida y que no se castiga un delito encerrando a un presidio durante media vida a individuos contra los que no hay pruebas. Según ese funcionario cuando se realiza un crimen abominable, se debe arrojar a los acusados contra los que no existen indicios de culpabilidad, como a los vencidos a las fieras en Roma, a una cárcel por años “a fin de que se esclarezca en debate amplio si son o no inocentes”. 

“Esta es la teoría consagrada por nuestro Código, Excelentísimo Señor. Por el contrario, se puede repetir con el eminente Fiscal don José Gregario Paz Soldán que el mandamiento de prisión “supone la existencia de un delito cometido que no se acredita con la simple acusación sino con las pruebas que arroje el sumario”. Darle otra inteligencia y aplicación no sólo sería contraria a los principios de justicia, sino tener abiertas las puertas de las prisiones al antojo y capricho de cuantos quieran llevar a ellos a sus enemigos o rivales imputándoles delitos graves que merecieran penas aflictivas; semejante interpretación choca con todos los principios de filosofía y legislación y no es jurídico aceptarla, menos en vista de los artículos 114 y 115 del citado Código”.

“Esos hombres son inocentes. Si fuera racional la prueba del fuego ideada en otras épocas, yo travesaría las llamas, afirmando su inocencia seguro de salir ileso”. 

“Me anima el profundo convencimiento de que con la misma rectitud con que V.E ordenó la admisión de la querella, borrará al afrentoso estigma con que se ha querido deshonrar a los detenidos, ordenando su inmediata libertad por imponerlo así la ley, la justicia y hasta los sentimiento de raza y de nacionalidad”.

 En virtud de lo expuesto:

 “A V. E suplico que declare haber nulidad en el auto de vista de (fs 1,156) sobreseyendo de un modo absoluto, respecto de todos los enjuiciados”.

 Abril 17 de 1913.  Gerardo Balbuena

El Caso Gamboa (Primera parte)

el caso gamboaLas rachas de viento que anunciaban la inminencia de lluvia se hacían sentir agresivamente aquella mañana del sábado 10 de agosto de 1907. Temerosas de un  fuerte chaparrón, cubiertas con ponchos, capas, pellizas o capotes, las gentes apresuraban el paso por el extremo norte de la ciudad. José Galarza, viejo cobrador de arbitrios municipales llegaba a la casa número cinco de la calle Apurímac y extrayendo de su bolsa un recibo a nombre de la señora Carolina Gamboa de Martinench, golpeó la puerta con energía  haciendo escuchar su: “Deo Gratias”. No obtuvo respuesta alguna. Tras buen tiempo de espera volvió a tocar con más fuerza, notó entonces que la puerta se abría ligeramente. Un feroz ladrido le hizo retroceder instintivamente. ¡¿Qué estaba ocurriendo?! Aguardó un momento más en la idea que el gruñido atraería a los dueños de casa, pero nada ocurrió. Insistió tres veces más porque el recibo estaba en último día y lo único que logró fue el bronco gruñido del guardián de la casa. El sepulcral silencio del interior le dio mala espina. Pensó que algo malo estaba ocurriendo y acudió a solicitar ayuda de un policía de crucero que estaba unos metros más allá, a la puerta de la morgue del Hospital “La Providencia”. No obstante el empeño puesto por ambos, nada consiguieron. El policía se acercó a la ventana de la sala y haciendo sombra con las manos para ver mejor, advirtió que las cortinas no habían sido corridas; encima de ellas unas frazadas las cubrían totalmente. Varias veces golpeó los vidrios pero continuó el mismo silencio. Como era de esperarse, poco a poco, los marcos de las ventanas vecinas se poblaron de miradas curiosas. Los vecinos ya estaban alarmados, cuchicheando lenguaraces, arriesgando suposiciones a cual más disparatadas. Pensando que tal vez por algo urgente la familia había salido dejando entornada la puerta, el cobrador –terrible premonición prendida en la mente- decidió retornar al día siguiente.

-2-

        El domingo 11 encontró al barrio completamente alborotado. Vecinos de enfrente de la casa, inclusive de calles aledañas, hacían alborotadores comentarios. Don Silverio Urbina, director del diario “Los Andes”, guiado por esa maravillosa intuición de viejo periodista había llegado primero al lugar. Cuando comenzaron las preguntas, los vecinos muy alarmados arriesgaron mil conjeturas respecto de la ausencia de las Gamboa. Doña Petrona Valderrama que vivía enfrente de la casa  informó que había estado cuidándola pero no había visto que nadie entrara o saliera en dos días seguidos. Que las únicas que habitaban la casa eran las dos mujeres conocidas como las Gamboa. Que el que continuamente las visitaba era Carlos Gamboa -al parecer pariente de ellas- a quien debían de buscar para obtener más datos. Así se hizo. Con prontitud asombrosa lo hallaron en una casa de cita.

Doña Carolina, separada de su esposo, don Demetrio Martinench, quedó en posesión de una chingana para su manutención. Había sido en su tiempo –todavía lo era- una guapa mujer. Alta de cuerpo poderoso y atractivo, no había sido capaz de concebir el fruto que pudo haber retenido a su esposo. Era estéril. Ahora, entrando en el otoño de su vida, temerosa de la soledad que vislumbraba en el futuro, decidió traer a su sobrina para vivir con ella.

La belleza de Blanca Rosa Dianderas González –la sobrina- llamaba la atención por su rostro de angelical belleza, tiernos ojos claros, sonrisa dulce y beatífica como la de una virgen de Murillo en enorme contraste con su magistral cuerpo sensual. Una invitación al pecado. Más alta que el común de las mujeres del pueblo, porte majestuoso y carnes ampulosas, atraía con fuerza las libidinosas miradas de los hombres cuando, con vestido entallado y paso garboso, llevaba el lábaro bordado en oro y plata de su congregación, la Sociedad Caritativa del Perpetuo Socorro. Todos la deseaban. Todos la querían tener en sus reuniones. Hasta los más conspicuos miembros de la sociedad –exigente y discriminatoria- se sintieron felices con su presencia iluminando sus  fiestas. Era la más solicitada y homenajeada. En todos estos actos subyacía el irrefrenable deseo de los hombres.

Conmovido y presionado por la enorme curiosidad que el vecindario manifestaba a grandes voces, Carlos Gamboa autorizó la entrada al interior de la casa que se hallaba completamente a oscuras. Con el fin de ganar la primicia, don Silverio Urbina tomó una serie de disposiciones que todos acataron. Trajeron potentes lámparas mineras y comandados por él, entraron. Primeramente sacaron con mucho comedimiento al perro que, aún famélico, no se había alejado de la puerta; retiraron de un golpe las frazadas que cubrían las ventanas y un chorro de luz del mediodía entró a raudales iluminando la estancia. Un grito de espanto se escapó de los labios de los curiosos. Más de una mujer cayó sin sentido al presenciar la escena. Los ojos desorbitaos, santiguándose repetidamente, haciendo acopio de todas sus fuerzas, los más audaces acudieron a la policía, el resto atendía a las más conmovidas. Un rato más tarde se hicieron presentes, el Juez de Crimen, doctor Estanislao Solís; el médico titular, doctor Enrique Portal; el Mayor de Guardias, capitán José Ponce; el teniente Eulalio Degollación; el subinspector, Enrique Sánchez Burgos y un grueso número de gendarmes de la policía cerreña; junto a ellos, los cronistas de los periódicos, El Minero, El Industrial, El Siglo, La Alforja, La Pirámide de Junín. Nunca se había visto tan grande curiosidad en las gentes que presentían lo peor. El pueblo entero rodeaba la casa de las Gamboa.  Siguiendo al Juez de Crimen, pasando por la sala, entraron en la alcoba principal. Se llenaron de espanto. No podían creer lo que estaban viendo. Quedaron mudos de repente.

A la entrada de la habitación, cubierta con un costal, yacía el cadáver de la niña Victoria Valderrama, de nueve años de edad; hacendosa hija de una pariente de la dueña de casa, había venido para ayudar en las labores más sencillas y como alegre compañía por su parla animada y ocurrencias infantiles muy celebradas. Cuando retiraron el saco vieron el rostro amoratado, los ojos todavía abiertos de espanto y la lengua salida. Había sido brutalmente estrangulada. Su carita chaposa, ahora amoratada y sus ropitas sencillas enternecieron a los curiosos. Los conmovidos cronistas tomaron las notas pertinentes y los fotógrafos imprimieron placas que dieron la vuelta al mundo. Siguieron avanzando para entrar en la alcoba principal. Lo que allí vieron no sólo los conmovió sino que los llenó de terror. Sobre un amplio butacón de cuero, al lado de la cama, con los brazos abiertos a los costados, las piernas extendidas y las polleras revueltas, el cadáver de doña Carolina Gamboa de Martinench, de cuarentaiséis años de edad. Cabellos en completo desorden, vestidos rasgados dejando al descubierto su cuerpo lleno de hematomas en casi toda su extensión, especialmente en rostro y manos. El juez dijo con voz entrecortada que ésta era una clara señal de desesperada y desigual lucha con sus asesinos. Por debajo de sus pies,  una estela liquida que iba más allá de la cama. Se había orinado. Las sábanas de bayeta y las frazadas atigradas estaban todavía tendidas, los almohadones movidos de su lugar y un rancio olor a licor, cigarrillos y sexo, dominaba la estancia. Cuando retiraron el trapo que la cubría, vieron el rostro tumefacto, ojos saltones y abiertos; la parte cervical con una perceptible hinchazón. Le habían quebrado el cuello.

A continuación, sobre la amplia cama de perillas de bronce, el cuerpo completamente desnudo de Blanca Rosa Dianderas González, atado de pies y manos con los cabellos rubios en desorden; la cara transfigurada, los pómulos tumefactos, la boca sumamente hinchada con un pañuelo en su interior, los labios con recientes cicatrices, mordidos salvajemente; el cuello con claras señales de dientes agresores en mordiscos de desbocada lascivia; encima, como botones oscuros, las señales de los dedos asesinos que la habían comprimido hasta estrangularla. Los senos –otra de las partes más afectadas- con cardenales encendidos, huellas de haber sido presionados y mordidos bárbaramente con la fuerza de una incontinencia lúbrica; en el torso y resto del cuerpo, magulladuras escoriaciones y hematomas de diversa intensidad. Las desgarraduras en muñecas y tobillos que habían sido sujetadas con cuerdas toscas a los extremos de la cama era prueba elocuente de la lucha que había librado en todo momento. Sobre el pubis y labios de su vagina y piernas, restos de esperma seco. Antes y después de muerta había sido víctima de bestiales y anormales excesos sexuales por parte de sus victimarios. Saltaba a la vista. La necropsia corroboró esta sospecha.

La furia colectiva fue extraordinariamente inmediata. Nunca como entonces el Cerro de Pasco se indignó tanto. Todas las hermandades religiosas respaldadas por la iglesia, emitieron enérgicos comunicados exigiendo la inmediata investigación, persecución y apresamiento de los culpables.

Completada el acta del levantamiento de los cadáveres y la reunión de todos los objetos que pudieran servir para la investigación añadieron el testimonio rápido de algunos curiosos. Acompañados por una caravana de insatisfechos curiosos, los cadáveres fueron remitidos al Hospital “La Providencia” para la necropsia de ley. Las gentes alarmadas habían formado varios corrillos donde comentaban a grandes voces sus sospechas y presunciones. Al poco rato todo el pueblo rodeaba la casa mortuoria. Los periódicos tiraron ediciones especiales con averiguaciones y datos que podían contribuir al descubrimiento de los asesinos. La gente se arrebató de las manos aquellos ejemplares. El inicial informe médico decía: “La muerte no data de más de 48 horas. El asesinato debió efectuarse entre el viernes 9 y domingo 11 en que se descubrió los cadáveres de las víctimas que ya iniciaban un estado de descomposición”. El resultado de la autopsia a cargo de los doctores Shaw, Portal y Torales, dio argumento para que los periodistas, en cerrada competencia de habilidad profesional, emitieran sus particulares versiones del hecho.

EL MINERO, se atrevió a lanzar la siguiente hipótesis: “El viernes 9 de agosto entre las nueve y diez de la noche, las Gamboa recibieron la visita de un grupo de amigos, el rumor de las conversaciones y la luz encendida en la sala hasta muy avanzada la noche, así lo hacía  suponer. Se cree también que con cordialidad fueron invitados a pasar a la sala en donde departieron animadamente bebiendo algunos tragos: Cognac francés, Ajenjo y Mistral, ellos; “Perfecto Amor”, ellas. (Botellas vacías sobrantes, copas y ceniceros colmados, lo hacen presumir). Permanecieron algunas horas al final de las cuales decidieron marcharse; al hacerlo, uno de los hombres se escondió sin que las dueñas de casa lo advirtieran. Retirados los visitantes, las mujeres aseguraron todas las puertas y se acostaron. Al poco rato estaban sumidas en profundo sueño. Esto es lo que estaba esperando el criminal oculto que, pasado un rato, abrió la puerta a sus cómplices; éstos entraron y cerraron por dentro  tapando la ventana con unas frazadas para que la luz no delatara su presencia. Posiblemente por el ruido que hicieron, doña Carolina despertó  indignada llamando la atención a los caballeros que, persuasivamente primero y forzadamente después, le hicieron conocer sus intenciones. Se la jugaron a todo o nada. Como  las rogativas galantes y melosas no surtieran efecto, efectuaron sus protervas intenciones con mucha energía. Ella entonces luchó para que su joven sobrina no fuera mancillada por sus agresores –posiblemente cinco o seis- los que finalmente la redujeron y la estrangularon deshaciéndose de un obstáculo molesto. Ya dueños de la situación, cogieron a Blanca, la desnudaron completamente y cuando gritó horrorizada, le atacaron un pañuelo en la boca y la amordazaron después de haberla atacado a besos lujuriosos y mordiscos salvajes que casi le destruyeron los labios. Tomaron unas sogas y la ataron de pies y manos dejándola, como a una res en el camal a expensas de sus verdugos. Después siguió la ignominia. Uno por uno, en riguroso turno, procedió a mancillar el cuerpo de la víctima sin ninguna restricción, poseídos de una loca lujuria asesina. La mujer, casi una niña, se agitaba convulsivamente horrorizada. Nada les contuvo. Mientras el que estaba encima gozaba como un poseso, el resto de lujuriosos, manoseaba y mordisqueaba todo el cuerpo de la víctima. Eran hienas desbocadas ante su indefensa mártir. Cuando rendidos de haber satisfecho sus apetitos la vieron todavía con vida, juzgaron que no era conveniente dejarla así porque podía acusarlos. Tenían que exterminarla. Inmediatamente la estrangularon. Después, todavía borrachos de sadismo, siguieron profanando el cadáver de la que, en vida, había sido una de las más bellas de la ciudad. 

            Cuando ya estaban retirándose, vieron en un rincón, aterrada y muda de espanto, a la niña Victoria Valderrama Paredes que había presenciado aquella carnicería. No querían que quedara como testigo, la estrangularon brutalmente, luego, cubrieron su carita con un costal. Al no poder asegurar la puerta por dentro, la dejaron juntada”.

            Para sustentar su aserto EL MINERO sostiene que los asesinos debieron ser varios porque la señora Carolina era muy robusta y que sólo dos o tres hombres habrían podido reducirla. De que debieron ser miembros de la “sociedad” porque éstos, exigentes para el ingreso a su círculo cerrado de socios, se habían rendido ante la belleza de Blanca Rosa que, además, era pariente de un connotado minero extranjero. Debió ser así para que la señora Carolina pudiera haberlos invitado a beber a aquellas horas de la noche. Sin duda eran conocidos porque en ningún momento ladró el perro; los vecinos lo habrían oído.

Continúa….

“Mishicanca”, el romántico bandolero “Asado de gato” (Tercera parte)

mishicanca 2Como todos los bandoleros, “Mishicanca” vivía prófugo de la justicia, perdido entre  escarpados parajes serranos donde era difícil el acceso y heroica la supervivencia. Al comienzo no fue reclamado por bando oficial, edicto o mandato gubernativo alguno. Después sí. Era hombre de espíritu libre,  alejado de su hogar paterno, viviendo con sus propias creencias, cultos, costumbres y misterios. Era como la mayoría de bandoleros, nacidos en hogares donde no se conocía el jabón, la escuela, el plato de carne, ni las sábanas; laborando de sol a sol, deslomándose desde los siete años con padres que apenas sabían hablar, merced a la superstición y el fanatismo religioso. Cuando era herido, acudía a curanderos y brujos de aquellos andurriales que con sortilegios, conjuros y remedios, curaban sus heridas con variado alijo de hierbas y pomadas especiales. Un enorme paquete de hierbas, raíces, tallos y flores milagrosas, así como ungüentos, emplastos, y copioso “aceite lagarto” –su más grande linimento- completaban su providencial renglón de primeros auxilios.

La rosa tiene lindos colores,

pero sus espinas hacen sangrar;

así tú tienes bonita cara,

pero tus acciones hacen llorar.

 

El amorcito que hemos tenido,

 en una rama se me ha enredado,

vino un fuerte huracancito;

 rama y todo se lo ha llevado.

 

Dicen que de muerto todo se acaba

dicen que de muerto todo se olvida,

 pero ni de muerto podré olvidarte

porque has sido como mi madre.

“Mishicanca”, pragmático y realista no obstante su romanticismo marcado sólo le importaba vivir su presente tormentoso; nunca se ocupó de guardar dinero ni proyectar sueños para el porvenir. A diferencia de otros bandoleros que reunían soles de plata para comprarse tierras en otros lugares y vivir su vejez con nombre cambiado, él jamás dejaría el valle del Chaupihuaranga, hermoso escenario de sus andanzas donde era reverenciado.

En el mundo estás.

¿A dónde te vas a ir?

Aunque me cueste la vida,

 siempre serás de mí.

 

Este corazón,

 ya no es corazón,

de puro sentimiento

quiere “chacta” no más.

 De todas las mujeres que con él compartieron las delicias del amor quedó prendado de una sola, la impresionante Mafalda Tenorio. Una hermosa chola de exuberante estampa, con pecho enorme y rotundo de diosa fecunda, de ancas ondulantes y provocativas; tupidas cejas y arqueadas pestañas, parejos dientes blancos; fogosa hembra hecha para el amor. Casado con ella, había conseguido no sólo  su amor rendido y fiel -lindante con la idolatría- sino también dos hijos a quienes adoraba. Feliz como pocos, tierno y amoroso con su mujer y sus hijos, incansable trotamundos, dejó pasar el tiempo hasta que estuvieron jóvenes. Fue en ese momento en que los introdujo en el arriesgado mundo de la aventura incansable.  Llegó a ser el rey indiscutible de aquella intrincada quebrada feraz.

Bien sé que estás en cama,

pero que dormida no,

bien sé que estarás diciendo:

ése que canta es mi amor.

 Tenía distribuidos a sus espías en todo el amplio tinglado de sus fechorías: gobernadores, jueces, regidores, personeros, dirigentes y pueblos serranos en general eran sus informantes. Los que más colaboraban con él eran los cantineros. Regados por una gran extensión, sus espías e informantes lo tenían al día de lo que le interesaba. Su gran sentido de la oportunidad y su indómito valor había conseguido avasallar a otros bandoleros que  incondicionalmente se le unieron para engrosar su banda. Tras untar las manos de sus informantes, pagar las adquisiciones de armas, municiones y provisiones, dividía en partes iguales el fruto de sus atracos y se los entregaba a sus hombres que felices y contentos lo seguían con los ojos cerrados. Eso sí, jamás toleró a un cobarde. A quien lo viera retroceder o dudar en un ataque, lo castraba sin miramientos al retornar a su guarida. Sus hombres lo sabían, por eso jamás les tembló las manos en el momento preciso. La disciplina cuartelera que había impuesto en su gavilla le aseguraba el éxito pleno y, sus hombres,  guardaban para él un extraño afecto y una lealtad perruna. No dejaba ningún pueblo,  camino o hacienda; ni siquiera una casa que no estuviera bajo su dominio de terror. En cuanto a sus cuadrillas: Vicente, su hijo, comandaba la que merodeaba las alturas de Vilcabamba, Rocco y Quishuarcancha. Su yerno Evaristo Vera, las alturas de Cachipampa, Chinche, Andachaca y Pacoyán. En las alturas de Tushi, Tingo, Jarria, Pampania, Goyllarisquizga y Alcacocha, la de Anacleto Olazo. En tanto Ezequiel Hilario, con su patrulla volante, estaba listo para caer en cualquier pueblo que Mishicanca señalara.

Paso ríos, paso puentes,

siempre te encuentro lavando;

seguro que estás lavando

las manchas que te he dejado.

El imperio de sus hazañas llegó a tales dimensiones que todos los hacendados de Pasco firmaron un apremiante petitorio para que capturaran a “Mishicanca”. Estaban desesperados. Para ser efectiva la acción represiva, depositaron en el Banco del Perú y Londres sus buenas libras esterlinas para solventar los gastos de la empresa. Con esos argumentos cuadraron a don Enrique Frías, depositando sobre su escritorio un conminatorio pedido firmado por don Eulogio Fernandini, dueño de las haciendas, Huanca, Quisque y Andachaca; Lercari Hermanos, de Pacoyán y Diezmo; los Hermanos Alania por Pomachjaca y Quiches; el viejo Tomás Chamorro por Jarria; Juan Azalia, por Pampania; los hermanos Arrieta por Anasquisque; Proaño, por Malauchaca; Toribio López y Malpartida,  por Chinche; Manuel Arias por Pomayarus; Alfredo Palacios, por Huarautambo; Antonio Xammar, por Antacallanca; los gringos de la Cerro de Pasco, por sus haciendas Cochas, Pachacayo, Puñascochas, Consac, Jatunhuasi, Paria, Atocsaico, Punabamba, Casaracra y Quilla.

 Huaychuyuyito recordarás.

Huaychuyuyito recordarás,

cuando las olas te azoten

cuando las olas de azoten.

 Así llorando recordarás,

 así llorando recordarás,

de tu amorcito primero,

 de tu amorcito primero.

La situación era insostenible. Los gamonales agraviados habían reclamado mediante memoriales y petitorios reiterados que las fuerzas del orden pusieran fin a sus hazañas que, en el colmo de la audacia, había huido engrillado de la cárcel del Cerro de Pasco a plena luz del día. A partir de entonces, su osadía creció. Robó en Yanacancha y Paragsha, barrios lindero de la ciudad. Era el colmo. Numerosas delegaciones policiales habían regresado rendidas. Mishicanca era invisible. Nadie lo había visto. Su paradero era un misterio y toda una legión de gente humilde se convirtió en su cómplice. Así las cosas, se dispuso la venida de un regimiento de 400 hombres bien armados de la policía rural que sería comandado por el mismo prefecto Galdós. Como es fácil suponer, todos estos planes fueron conocidos por el bandolero que armó una  emboscada. Esta vez, muy pocos de sus hombres cumplieron la orden. La mayoría vio la oportunidad de huir poniéndose a buen recaudo. Sus pocos  subordinados soltaron galgas de las alturas sin lograr su objetivo. Vencida esta inicial resistencia, los gendarmes rodearon la guarida de Mishicanca conminándolo a rendirse. Una descarga cerrada respondió al ultimátum.

-¡Ríndete, Mishicanca! – Le gritó Galdós

– ¡¡¡Jamás, carajo…!!! – fue la respuesta del facineroso.

– ¡Arroja las armas y sal con las manos en alto…!

– ¡Jamás, viejo de mierda, jamás…!!!

– ¡¡¡Tú lo has querido así, maldito…¡¡¡¡Fuego!!!

Después de una infernal balacera en la que agotó su parque después de cuatro horas interminables, Mishicanca y su yerno Evaristo Vera, decidieron vadear el río. Todo en vano. Vera fue alcanzado por un balazo que lo arqueó como a un pelele. Las aguas  arrastraron su cuerpo sin vida. “Mishicanca” maltrecho y herido dejando un reguero de sangre, rengueando y arrastrándose por senderos que sólo él conocía logró llegar hasta la puerta de su casa cuando los gendarmes ya le pisaban los talones. Al verlo así, exangüe y agónico, la gigantesca Mafalda, lejos de socorrerlo, cogió una piedra enorme y de un golpe brutal le abrió el cráneo mientras  gritaba: “¡¡¡Nunca te agarrarán vivo, nunca, nunca!!!”. Los gendarmes tuvieron que actuar enérgicamente para que soltara el cadáver de su marido al que acunaba como si fuera un niño, gritando su desesperación. Enternecidos por esa escena de incomprensible lealtad marital, dejaron que, Mafalda, ya enajenada, lavara la cara ensangrentada de su ídolo y le pusiera su poncho a manera de mortaja. Subieron el cadáver sobre un mulo y seguido por su mujer lo hicieron entrar en la vieja ciudad del Cerro de Pasco. Todo el mundo se persignaba al ver pasar el cadáver que fue depositado en el hospital de “la Providencia”.

Cuando me vaya, cuando me ausente,

Tendrás presente de no llorar,

Porque tu llano sirve de encanto

Capaz de muerto, resucitar.

 

En esta tumba despavorida,

Sabrás querida, se sepultó,

El cuerpo yerto de un desgraciado

Que atormentado por ti murió.

 

Si por mi tumba pasas un día

De mi agonía, recordarás,

Así te encargo, vidita mía,

No has de sufrir, no has de llorar

 Así terminó la vida del romántico bandolero Edilberto Espinoza (a) Mishicanca. Finalizaba el mes de octubre de 1914.

 Fin….

 

 

“Mishicanca”, el romántico bandolero “Asado de gato” (Segunda parte)

El “Mishicanca” era un personaje esmirriado, de malas trazas que no obstante serbandolero 4 medrado en la talla hacía derroche de ágiles y coordinados movimientos llenos de vitalidad. Frente estrecha y angulosa cubierta  por abundantes y desordenadas greñas; abundantemente barbado con ojos pequeños de mirada profunda que buscaba escrutar el ánimo de su interlocutor; sonrisa cachacienta que se extendía por la comisura de sus labios verdosos de coca; un mugriento pañuelo cubriéndole el cuello que utilizaba en sus correrías por los polvorientos caminos de sus andanzas. La zozobra de su vida aventurera debido a continuas injusticias de terratenientes y caciques serviles lo arrojó a ese tenebroso mundo de arriesgados episodios. Para sus correrías contaba con un alazán de de impresionante alzada, cabos negros, cabeza pequeña y enjuta pero resistentes remos y amplios cascos. Toda una extraordinaria estampa de caballo serrano, inseparable compañero de aventuras y sacrificios.

Lucero de la mañana,

Préstame tus claridades,

Ya es hora que me retire,

A llorar mi amarga suerte.

 

¡Alalaú!, qué frío hace,

a las cuatro de la mañana.

Yo esperando tu respuesta:

Cuya manquicho icha manachu.

 

Tiende la cama, tiende la cama,

un pellejito y una frazada;

aquí me quedo, aquí me duermo

 hasta las cinco de la mañana.

La leyenda de su nombre había concitado la admiración de hombres jóvenes y mujeres guapas de la zona. Todos se engañaban por su apariencia atrabiliaria y desgarbada. Hasta el Subprefecto Don Enrique Frías –viejo de armas tomar- quedó sorprendido al conocerlo.

  • ¡¿Con que tú eres el romántico e invencible “Mishicanca?! – le preguntó.
  • Mi nombre es Edilberto Espinoza, señor….
  • ¡¡¡ ¿Y…tú eres el temible bandolero de Chaupihuaranga….?!!!
  • Eso es lo que se dice…
  • Bueno, “Mishicanca”. ¡Aquí se terminaron tus hazañas! ¿Ya lo sabes…?!. No vas a tener un solo instante libre ni para rascarte. Yo mismo estaré pendiente de que mis órdenes se cumplan al pie de la letra…Si trataras de escapar o armaras alguna trifulca dentro de prisión, te haré colgar de los huevos… ¡Estás avisado!
  • Usted cumpla con su deber, señor; yo cumpliré con el mío….

En un gesto teatral para que todos lo vieran, el subprefecto lo engrilletó con toscas esposas, dispuso que lo encerraran en la celda más segura de la cárcel, le tiró un pellejo, una mugrosa frazada y una bacinica desportillada. Ostentosamente se guardo las llaves de las esposas y de la celda. Sin su conocimiento, el bandolero no podía ni moverse. Y se marchó triunfante.

Aquella misma noche, sin que nadie supiera cómo, “Mishicanca” fugó de la cárcel cerreña. Nadie lo había visto. Se había hecho humo. Probablemente, con el cómplice auxilio de algunos guardias y otros compinches ahí presos, rompería las cadenas y trepando al techo de la cárcel, pasaría al de la iglesia de Chaupimarca; bajaría por el arco y las torres auxiliares y montando su caballo traído por un secuaz, saldría disparado hacia los campos de la libertad. Cuando se enteró el subprefecto casi se muere de un patatús. Juró por todos los santos que lo volvería a apresar.

Anoche lloró conmigo

tiernamente una mujer,

al despedirse ¡Ay! de mí,

para no volverme a ver

 

Hermosas perlas cayeron

de sus ojos de hilo en hilo;

 encadenada  en mis brazos,

anoche lloró conmigo.

“Mishicanca” gustaba del sol, de las azules noches de luna y de las canciones. Era un romántico impenitente, enamorado y acosador de mujeres bonitas; alborozado y abierto a la alegría, hierático en el dolor, férreo en su voluntad, incontenible en su cólera. Era el prototipo de bandido serrano, dechado del hombre de encrucijada; el Robín Hood de aquellos andurriales serranos. Era el hombre de quien más se habla en la zona. Del Cerro de Pasco a Huánuco y de Yanahuanca a la selva. Guapo, valiente, cortés en la medida que puede serlo un ladrón. Contaban que una vez que asaltó una diligencia que llevaba la preciada carga de brillantes lingotes de plata a la Casa de la Moneda, se dio con la sorpresa que también transportaba, como pasajera, a la mujer del prefecto de Junín. Vencida la resistencia de los custodios, se apeó de su cabalgadura y quitándose el sombrero abrió la puerta y la hizo descender dándole la mano con todo el comedimiento galante de un gentilhombre. Sorprendida por una cortesía que no esperaba, la señora dejó que la condujera debajo de un árbol para que el sol no pudiera mortificarla. La hizo sentar sobre un poyo y, mientras sus compinches desvalijaban el carromato, muy comedidamente le quitó una fina sortija del dedo, diciendo: “¡Ah, distinguida señora!, una mano tan bella como la suya no necesita ningún adorno”. Y, mientras hacía resbalar el anillo por el dedo, besó la mano con tal devoción que haría creer, según la frase de una dama española, que el beso tenía para el más precio que la sortija. Inicialmente más muerta que viva, la dama fue tranquilizándose poco a poco. Se había dado cuenta que estaba ante un caballero; ladrón, pero caballero. Este episodio –aseguran sus biógrafos- fue la gota que colmó el vaso de indignación del prefecto Galdós. Tras asegurarse de que aquel relato popular había sido cierto por referencia de su mujer, juró dar muerte al romántico de las alturas.

Desde Yanahuanca vengo

porque allá debo una muerte.

Para mí fue una desgracia;

para el otro, mala suerte.

“Mishicanca” se había ganado el respeto y cariño de toda la quebrada de Chaupihuaranga que en cómplices noches de luna o confidentes amaneceres, recibía la generosidad de sus dineros y sus presentes cargados de amor. Cuando robaba no era para él solo, no. Compartía el botín con los pobladores de aquellos riscos, valles y quebradas. El amplio tinglado de sus aventuras abarcaba Yanahuanca, Chacayán, Goyllarisquizga, Páucar, San Pedro de Pillao, Santa Ana de Tushi, Tápuc y Vilcabamba. No pocas veces incursionaba en el Cerro de Pasco, encendiendo la ira de los gobernantes. Así consiguió la complicidad de hombres, mujeres y niños de Pasco que terminaron por quererlo y admirarlo.

Eche caña cantinero,                                

que lo paga el “Mishicanca”;      

el  que a los pobres  socorre,
y a los ricos avasalla.

 Del mal paso que yo he dado

todo el mundo se ha admiró,

otros resbalan y caen.

¿Cómo no me admiro yo?

Muy pródigo en sus regalos contribuía en el mantenimiento de capillas e iglesias de la zona solventando los gastos de rumbosas fiestas patronales. Cuando alguien necesitaba de su apoyo, él estaba presente. Cuando había que castigar a los abusivos, delegaba la responsabilidad a sus secuaces que se encargaban de poner en vereda a los desalmados. Los dejaba marcadamente  contundidos para que no vuelvan a repetir el abuso. Ayudaba a los jóvenes para que pudieran casarse y vivir plenamente en aquellos lugares. Era muy devoto de la virgen del Carmen de la que llevaba, entre su mugrienta vestimenta, un escapulario que estaba seguro lo guardaba de los peligros. Es más, él mismo contaba que una vez que había fugado de la cárcel del Cerro por los techos de la iglesia, cayó dentro de ella y, con la desesperación, se escondió detrás del manto de la virgen del Carmen, matrona de los chapetones, que realizó su más grande milagro: Lo volvió invisible a los ojos de los gendarmes que lo buscaban.

Huanchaquito negro,

pecho colorado,

no cuentes a nadie

lo que hemos pasado.

 Tomando agüita,

agüita del río,

comiendo hierbitas,

hierbitas del campo.

Continúa…