EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Octava parte)

El prefecto 7
Imagen referencial: Trabajadores mineros de la sección carpintería, nótese la presencia de niños como obreros. 1930. Estudio Pecho Luna. Morococha 1930. Imagen tomada del Blog de Víctor Mazzi (http://victormazzihuaycucho.blogspot.pe)

Aquel martes 17 de febrero de 1948, cuando las madrugadoras colas reptaban ateridas para lograr su diaria ración de pan en medio de un temporal de truenos inclementes que rasgaban los cielos, arribó una caravana de jeeps y camiones repleta de soldados. Tras varias vueltas por céntricas calles con fin intimidatorio fue a instalarse en la Plaza Mayor. En ese momento, un presagio de muerte se apoderó de cariacontecidos hombres y mujeres. Las viejas se santiguaron, agoreras. Tenían razón. A partir de entonces el terror se acantonaba en casas, talleres y oficinas de la ciudad minera.

Los corros lenguaraces y gesticulantes reconstruían la tragedia del día anterior. El pueblo en una negra asonada había dado muerte a la odiada autoridad que con altanería insufrible y maltrato cruel había alimentado un odio cada vez más creciente. Los  chismosos señalaban al detalle actitudes y nombres de protagonistas que los soplones apuntaban para la correspondiente delación.

En “Radio Azul”, Humberto Maldonado Balvín leía el Decreto Supremo firmado por el Presidente Bustamante y su Ministro de Gobierno y Policía,  Manuel Odría, suspendiendo las garantías en la Provincia de Pasco y nombrando como Jefe Político – Militar al coronel Emilio Pereyra, “con facultades que para el caso otorga el Código de Justicia Militar y el Reglamento de Guarnición”.

A la puerta del Hospital Carrión, un gentío acuciante se extendía por toda la calle del Estanco indagando por familiares y amigos internados. En el pizarrín, escueta y terminante, se publicaba la lista.

 Muertos.- Señor, Francisco Tovar Belmont, Prefecto del Departamento de Pasco (50), natural de Lima. Fracturas múltiples, heridas y escoriaciones en todo el cuerpo, principalmente en la cabeza.

Filomeno Paucar Aire, obrero de 23 años, natural de Yurajhuanca, muerto por tres balazos que le destrozaron los intestinos.

Heridos.- Genaro Arteaga, de 16 años,  natural de Yarushacán; herida de bala en el brazo derecho; Fructuoso Herrera Aliaga, (21), Cerro de Pasco, fractura en la pierna izquierda por impacto de bala; Máximo Clemente, (20) Margos, escoriaciones en el brazo derecho; Sabina Alvarado (16), Cerro de Pasco, herida de 4. ctms. en el parietal derecho; Celino Rodríguez (45) Huallanca, herida de bala en la rodilla izquierda; Raúl Celli (22) Piura, herida profunda en la ceja derecha; Sergio Villanueva (21) Huancayo, herida abierta en parietal derecho;  Roberto Sánchez, (21) Cerro de Pasco, herido de bala en brazos y piernas; Alejandro Flores, (23) Cerro de Pasco, herido de bala en ambas nalgas; Fabián Obregón (23) herido de bala en el omóplato derecho; Ronaldo Limpián, guardia republicano, (27) Lima, contusiones diversas; Pompeyo Ponce (16) Cerro de Pasco, bala en ambas piernas, hospitalizado en el Hospital Americano. La atención en el Hospital Carrión está a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo y Aurelio Malpartida.

A medio día irrumpieron en la Plaza Chaupimarca, camiones repletos de soldados armados al mando del Jefe de la tercera Región de Policía, comandante José Monzón Linares. El noticiero de “Radio Azul”, por parlantes ubicados en la glorieta Escardó, balcones y ventanas, en cadena con “Radio Rancas” es escuchado con pavor por las colas que festonan la plaza principal y otras de la ciudad. Informaban que también han arribado tropas del 39º de Infantería del Ejército al mando del teniente Mariano Olivera Puga y un Batallón de la Guardia Republicana que fueron alojadas en la Beneficencia Española y en el local de la Prefectura, respectivamente. De Huancayo y Oroya estaba por llegar otro contingente de soldados. Nunca se había escuchado con tanta atención la serie de revelaciones que alarmaba a toda la ciudad minera. El locutor de “Radio Azul” puntualizaba también: “Los heridos fructuoso Herrera y Genaro Arteaga que se medicinan en el Hospital Carrión, continúan en período de franca mejoría. Los heridos Pompeyo Ponce y Ernesto Porras que han sido asistidos en el Hospital Americano de la Esperanza, fueron dados de alta por encontrarse bastante aliviados. El resto de heridos continúan recibiendo adecuada atención en los nosocomios donde se atienden. A las ocho de la noche del día de ayer, en carro expreso, fueron trasladados a Lima el capitán Echegoyen y el Secretario de la Prefectura, señor Próspero Castillejos para ser internados en una clínica particular de Lima”.

Se informaba que luego de la necropsia del cadáver del Prefecto a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida y el capitán de Sanidad Policial, Armando Gutiérrez, con la asistencia del Juez Instructor, Amadeo Vidal Tello y del Agente Fiscal Oscar Lavado, determinaron que las heridas en la cabeza y diversas partes del cuerpo, eran de necesidad mortal. Luego embalsamaron el cuerpo para ser  trasladado en tren expreso a Lima. Terminó el acto a las doce de la noche. Para la autopsia de Filomeno Páucar, realizado a la una de la tarde del día siguiente, intervinieron también, el señor Ramiro Ráez Cisneros y el perito en balística, teniente del Ejército, Narciso Velásquez. Finalizado el acto fue transportado por cuatro soldados armados  al cementerio general. El único acompañamiento que tuvo esta humilde víctima de la balacera,  fue el de su acongojada madre, la anciana Nemesia Aire.

El miércoles 18 de febrero, Carlos Falla López el subprefecto que había abandonado a su superior en el momento más dramático de la asonada, retornaba a la ciudad en calidad de Prefecto para ejercer los actos más reprobables de venganza. Entretanto habían llegado a la ciudad, invitados por la Dirección de Publicidad del Ministerio de Gobierno y Policía, los periodistas siguientes: Eduardo Jibaja, de la “Tribuna”; Carlos Stagnaro, de “El Comercio”; Carlos Rojas, de “La Prensa”; Román Hernández, de  “La Crónica”; Genaro Carnero Checa, de “1948” ; Manuel Alarcón, de “Jornada”; Federico More de “Cascabel”.

Enterados que dos periodistas de LA TRIBUNA  de Lima se encontraban cubriendo la información del funeral de Filomeno Páucar, tras arrebatarles dos rollos de película, fueron recluidos en fría prisión. Allí, sin ningún abrigo, alimento, ni bebidas calientes,  tuvo confinados a Eduardo Jibaja, redactor, Guillermo Gutiérrez, fotógrafo y Juan Durand, corresponsal y representante cerreño del diario. Cercana la medianoche, debido al frío reinante, Jibaja sufrió un brusco descenso de  presión sanguínea con una marcada hipotermia que hacía peligrar su vida.  Sólo el auxilio de un guardia caritativo que le alcanzó un termo con agua caliente, hizo superar el trance fatídico. A las cinco y media de la mañana, tras haber soportado por largas horas el incómodo encierro, los enviaron a la estación del ferrocarril escoltado por ocho policías. Ahí fueron embarcados rumbo a Lima. Juan Durand, el corresponsal, siguió prisionero. Carlos Falla López, para aparentar normalidad ante propios y extraños, dispuso que se venda ½ kilo de azúcar por persona y no los 100 gramos que había limitado hasta antes de la tragedia. Para desprestigiar cívicamente al pueblo cerreño urdió una farsa en la que participaron muchos traidores y fue publicada como verdad en todos los diarios de la capital, especialmente en EL COMERCIO, con fotografías y todo. El escudo nacional que estaba colocado, intacto y sin mácula alguna en el frontis de la Prefectura hasta el día 17, apareció magullado y completamente maltratado arguyendo que había sido arrastrado y pisoteado por la muchedumbre. “La incontenible chusma india que merece el más severo de los castigos, pisoteó el escudo nacional de la Prefectura y arrastró por plazas y calles junto con el cadáver del ejemplar servidor de la patria” mentía EL COMERCIO. Los periódicos gobiernistas decían que éramos apátridas porque no  habíamos respetado el símbolo patrio ni teníamos dignidad. “Un pueblo de esa calaña, donde la canalla, ciega e irrespetuosa, desconoce la majestad de los símbolos patrios y el valor de la vida humana, debe ser castigado con todo el peso que la ley de los hombres civilizados ha implantado. !Los criminales no tienen perdón!”

Después de la campaña difamatoria que duró tres meses, en marco de fanfarrias e himnos, se colocó otro escudo en el frontis de la Prefectura, “reemplazando al vejado por la chusma ignorante”.

El coronel Pereyra comenzaba la investigación y garantizaba el normal desarrollo de las actividades laborales y comerciales en la localidad.  Eso sí –advertía- será duro e inflexible en las pesquisas para dar con los asesinos. Que actuaría sin miramientos; caiga quien caiga. Al promediarse la tarde, hizo publicar en EL MINERO y las radios, el Bando que decretaba el Estado de sitio en la ciudad. Nadie podía asomar a la calle a partir de las ocho de la noche.

Después de instalarse el Comando, comienza a ejercer cruel venganza contra el pueblo. Como primera medida, ordenó que los “Informantes” –abyectos soplones que siempre hay en buen número en la ciudad minera- delataran nombres, direcciones y demás señales de los que habían estado en la asonada. De inmediato se efectuó una redada. El primero en caer fue Jorge Barzola. En su poder tenía las fotografías impresas por su cámara el día anterior. Ampliadas a tamaños gigantescos con una celeridad extraordinaria, pusieron en evidencia a hombres y mujeres cuyos nombres fueron revelados por los soplones.

A partir de entonces la caza se hizo espectacularmente salvaje. La cárcel se abarrotó de gentes. La miseria de los soplones involucró –por venganza- a muchos inocentes. Numerosas familias abandonaron nuestra ciudad temerosas de la cruel represalia del gobierno al ver que clausuraban nuestras emisoras e imprentas. Muchos periodistas fueron detenidos. Aquel nefasto día se ensombreció nuestra ciudad con la condena de todo el país. Hasta ahora nuestro pueblo sigue luchando por levantarse de la  condena del gobierno.

Al finalizar este estrecho relato, les recomiendo leer íntegramente nuestro libro; así se enterarán de los pormenores de aquella nefasta asonada. Gracias.

FIN

EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Séptima parte)

El prefecto 6

Al verlo caído, unos pocos huyen consternados por lo que han hecho; los que estuvieron distantes llegan para cobrar su cuota de punición contra el tirano; entre éstos, bandera de escándalo, las polleras revueltas, Paulina Ventura Cabello, negociante de comida, conocida como la “Opa” Paula -furia sangrienta en los ojos- se abre campo entre los remisos, se planta frente al cadáver desfigurado y amorfo de sangre y le dice: “¡¡¿ Y ahora qué dices, concha de tu madre…?!…¡¿Ahora qué dices…?!. – le clava un fiero puntapié en las costillas, le escupe y le vuelve a pegar, una y otra vez ¡¡Maldito abusivo!!!- Pisotea una y otra vez las manos inertes, sanguinolentas, hinchadas como si tratara de triturarlas. Algunos presentes reparando en la exageración tratan de contenerla, pero ella, loca arrebatada, incontenible, logra zafarse y nuevamente libre patea una y otra vez los genitales del muerto…¡¡¡¿Te acuerdas que nos orinabas, hijo de puta?!!!. ¡Con esto, con esto, con esto; golpea con el pie una y otra vez los genitales. Ya nadie quiere intervenir. Ha perdido el control…¡¿ Te acuerdas lo que nos hacías, maldito?!!!…¡¿Te acuerdas?!. Es una loca vociferante que no cesa de maldecir y pegar. Ha perdido la ecuanimidad. ¡¿Te creías Dios, maldito vichicuma?! … ¡¿Te creías, Dios?! … ¡¡¡¿Por qué nos pegabas, mal nacido?!!!.  En tanto grita desaforada, sus puños crispados una y otra vez sigue pegando hasta el cansancio. Sus tacos amasan los pies del muerto. Parece que  nunca va a cansarse.¡¡¡ Maldito hijo de perra!!!… ¿Qué mierda te hacíamos nosotros para que nos pegaras, maldito???!!! Está como borracha, ajena, furiosa… Coge los vuelos de sus polleras y hace como si bailara…

 

Ahora te has ido a la mierda,

                                                           concha de tu madre!!

                                                           ¡¡¡Perejil was…culantro was!!!

                                                           Nadie te ha salvado,

                                                           maldito tirano

¡¡¡Perejil was… culantro was!!!

 

Su parodia de danza -mezcla grotesca de imprecaciones y pasos indecisos- se detiene de pronto y, como si estallara el dique que lo hubiera contenido por mucho tiempo, un llanto arrebatado, irresistible, salvaje, sacude su cuerpo. No puede más -mujer al fin- cae de rodillas, abatida. Mar de llanto. La Anquicha se le acerca y trata de contener aquella emoción desbordante.¡¡Ya, Paula, ya!!! ¡Ya, Paula!. Se arrodilla al lado de la doliente y le coge el rostro. Los hombres que están contemplando la escena se emocionan y sacando sus cascos y sombreros entonan el Himno Nacional. Sienten que se han librado de una pesadilla espantosa. ¿A qué precio?. Ha sido el zafio triunfo pírrico de una masa enceguecida de odio contra un déspota que no hizo sino sembrar furia en el pueblo. ¡¡Viva el Perú, carajo!!!… ¡¡¡Que mueran los tiranos!!!

Próspero Castillejos Hidalgo, de 25 años, natural de Llata –rescoldo de lealtad más no de simpatía- sin quererlo fue separado del Prefecto por el odio vitando del pueblo. Cuando el autócrata efectuó el disparo vio cómo las aspas de un molino de odio incontenible caían sobre el condenado. Ahogando un grito de terror quiso huir aprovechando el vaivén de la turbamulta y al llegar a la esquina de la iglesia pudo zafarse, pero es esos momentos una mujer gritó: ¡¡¡Ese es su compinche!!!  y el grupo cercano a él comenzó a agredirlo. Los golpes le caían de todas partes. Un garrotazo colosal le reventó la boca desgranándole los dientes y astillándole los huesos y al momento una hemorragia incontenible comenzó a ahogarlo. Haciendo esfuerzos supremos huyó a donde pudiera guiarle sus piernas ya rendidas y, al llegar a la esquina de la plaza, tienda comercial del austriaco Nicolás Lale, giró a la izquierda seguido por la implacable pedrea de mujeres rabiosas encontrando juntadas las puertas del Hotel Bolívar y cuando iba a entrar un garrotazo en la cabeza lo arrojó al interior cuando se oía el grito de: ¡¡¡Ha muerto!!! … ¡¡¡Ha muerto!!! Cayó debajo de una mesa y perdió el conocimiento.

Calmados los gritos en derredor del cadáver del Prefecto, un grupo de exaltados atan alambres de alumbrado eléctrico al cuello del muerto y lo arrastran hasta el poste que está ubicado frente al grifo Priano. Quieren colgarlo para que “ningún hijo de perra vuelva a intentar humillarlos, carajo, nunca más”. El cuerpo inerte está a punto de ser izado hasta el tope de un poste, cuando aparece el médico de la sanidad policial, doctor Aurelio Malpartida que iracundo grita: “¡¿Qué han hecho salvajes?. … ¡¡¡¿Qué han hecho?!!! Acaban de matar al representante del Presidente de la República… ¿Y todavía quieren colgarlo?!!!…¡¡No sean bestias, compañeros, ya basta, basta!!!…¡¡¡Váyanse a sus casas!!!… ¡¡¡Ya han hecho justicia!!! La turba cede. Uno a uno se retiran del espantoso escenario. El cadáver es enviado a la morgue.

Aquella noche el Cerro de Pasco no durmió. Después que en las casas, en los clubes, en los talleres, en las galerías, en los burdeles, profazadores relatos resumían lo acontecido, casi todos los protagonistas no se explicaban cómo habían podido actuar así, tan salvajemente. No lograban entender cómo y por qué se habían dejado arrastrar por aquella turbamulta asesina en contra aquel hombre inerme. Un enorme cargo de conciencia los ahogaba. Los que por uno u otro motivo no habían estado presentes en la asonada, se resistían a creer que se hubiera podido llegar al execrable asesinato del Prefecto. Meditaban que por más que hubiera actuado tan salvajemente como lo había hecho, no justificaba su muerte. En una edición especial  EL MINERO decía en su nota editorial: ” El día de hoy nuestra ciudad ha sido teatro de hechos delictuosos motivados por la protesta de la escasez de víveres que se ha sumado al poco interés de las autoridades que son llamadas a velar por la tranquilidad de esta pacífica población. Se nos informó que el resultado de la protesta del pueblo reunido para condenar los atropellos que había recibido una señora en el momento de formar cola en la compra de azúcar, ha sido respondido con balas que hirieron a varios ciudadanos que están alojados en el Hospital Carrión; en estado grave alguno de ellos. Ante tamaño atropello nuestro diario hace sentir su enérgica protesta por estos hechos incalificables y ofrecemos que en nuestra edición de mañana daremos amplia información sobre estos graves sucesos de sangre”.  Todos presentían que la desgracia no había terminado con la muerte del Prefecto. Recién comenzaba. Intuían que algo terrible estaba por ocurrir. Esa misma noche, sigilosos recaderos iban y venían por las silentes arterias mineras. Cerca de la medianoche, en la trastienda del “Rancho Chico”, la “Machete” –renombrada puta cerreña- seria como nunca, hablaba con sus amigos.

— Paisanos: los he reunido porque presiento que algo muy grave va a ocurrir. No hay tiempo para comentarios. Sólo les diré que lo que han hecho esta tarde, es una cruel bestialidad. Nunca pensé que mis paisanos fueran unos asesinos de mierda. La cosa no va a quedar allí. No, señor. Omara – que está completamente deshecha- me asegura que el Prefecto tenía una larga lista de apristas que según él son los complotadores de la ciudad. Estos nombres ya están en el Ministerio de Gobierno. Después del crimen de esta tarde, tengan la seguridad de que éstos serán los primeros en caer. En cualquier momentos ya van a estar aquí –Ojos interrogantes se clavan en el rostro sin afeites de la Mami. ¡¿Quiénes son?!. La Machete responde, están todos los dirigentes del Partido Aprista y los del Sindicato de Obreros. Yo les recomiendo que desaparezcan porque si los agarran los van hacer ver al diablo calato. Ustedes no saben lo que son capaces de hacer estos grandísimos. Huyan, pónganse a salvo. Yo como amiga de ustedes he cumplido. Todo está en las manos de cada uno. No sean huevones, desaparezcan!!!.

Continúa…..

EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Sexta parte)

El prefecto 5

— ¡¡¡Asesino!!!… ¡¡¡Asesino!!! … ¡¡¡Asesino!!! Son gritos unánimes que recibe el mandamás derrotado. Hay dificultad para salir. Es necesario el grito conminatorio de Echegoyen para que las bayonetas abran un estrecho callejón por donde debe pasar la comitiva. Tan estrecha es esta senda que se siente el aliento  de los sitiadores y apenas puede dejar libre el paso de una persona a la vez. Carlos Falla López, el subprefecto, abandona a su suerte el Prefecto y aborda un jeep que lo conduce a Junín. ¡¡¡Concha tu madre, abusivo mal nacido…!!! gritan.¡¡¡Maldito asesino!!! Humberto Luis a poco de caminar se da cuenta que es imposible calmarlos. Nadie quiere escucharle. Ojos fieros, rostros cianóticos, aquilinos, amenazantes, se dirigen al que los ofendió, los insultó, los maltrató. El sátrapa nunca pensó que este pueblo tan callado podría reaccionar así. Está tardíamente convencido que no puede permanecer inmune después de tanta maldad. ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!! En la sacristía, el párroco Anatolio Trujillo Zevallos, presintiendo que la muerte ronda afuera, cae de rodillas, rendido; está orando porque la calma se produzca. El cerco se va estrechando cada vez más. ¡¡Alcahuete de los gringos…!!!…¡¡¡Asesino, maldito!!!¡¡Inmoral de mierda!!! Gritan. Aspas de puños crispados rozan el rostro del autócrata que sabe que está en el centro mismo de la muerte. Pálido, intensamente pálido y tembloroso, el abusivo avanza pesadamente como caminando hacia el patíbulo. ¡¡Hijo de perra!!!… le gritan…¡¡¡Lárgate mierda!!! Vaharadas de aliento odioso tocan su cara. Los garantes de la integridad física del torturador han ido rezagándose; por más que pugnan por avanzar, la turbamulta rencorosa no los deja seguir. Poco a poco han ido quedándose atrás. El único que avanza es la víctima. Cuando llegan a la esquina de la iglesia ya están completamente separados, distantes; incapaces de hacer nada por evitar la desgracia que se ve venir. El déspota ha quedado solo en medio de ese remolino de aniquilamiento. Su corazón está desbocado, sus labios resecos, su frente sudorosa, sus pantalones mojados, su mirada de incredulidad ya sin rescoldo de soberbia.  En ese momento le asalta la creencia de que una acción enérgica puede contener a la multitud; extrae su pistola de cacha de nácar y levantándola para ejercer una advertencia, hace un disparo al aire, pero, como si el disparo lo hubiera activado, el golpe de un fiero garrotazo hace volar el arma por los aires en tanto otro garrotazo le hunde las costillas de ese lado. En ese trágico momento todo cambia. La gente en el convencimiento de que el Prefecto quería disparar sobre la multitud grita fuera de sí…

—¡¡¡Mátalo…!!! …. ¡¡¡Mátalo!!!

Garrotazos en las corvas le hacen trastabillar y cuando se agacha rendido por el dolor, manos mujeriles lo cogen de los cabellos y lo inclinan hacia delante. ¡¡¡Muera!!!. Un golpe brutal le destroza la boca, astillando dientes, retaceando labios. ¡¡¡ Muera el tirano, maldito!!! ¡¡Muera el abusivo!!! ¡¡¡Muera el hambreado!!! Gritan. Horrendos zumbidos se mezclan con los alaridos de odio brutal. Puños, estacas y piedras se abaten sobre él. Un cálido líquido salado le inunda la boca. Escupe sangre. Golpes venidos de todos los lados estallan en su rostro, abriendo heridas, entintando cardenales, astillando huesos. Todo el mundo pega. Hombres y mujeres iracundos como un solo monstruo de muchas manos, golpean sin compasión al que había ofendido y maltratado al pueblo.  ¡¡¡Muera!!! …¡¡¡Muera!!! El suplicio no tiene cuándo terminar. Es un tormento que se hace inacabable por el pago de sus culpas. Su cabeza de incipiente calvicie befada por sentencia popular se encarna de sangre y golpes. Todos quieren herir, golpear, lacerar. Los garrotazos tienen sonidos sordos, como si cayeran sobre carne muerta. Hombres y mujeres, juntos, cada uno a su tiempo pugnan por dejar la marca de su odio sobre el cuerpo del tirano. A cada impacto el déspota se estremece con la mirada desesperada, con los puños crispados y ya sin aire en los pulmones, no puede ver. La sangre invade sus ojos y corre por todas partes; por sobre el traje elegante convertido en harapos, por los dedos crispados, por su cuello, por todo su rostro hinchado, descomunal, monstruoso; los estertores de su cruenta agonía están marcados por los golpes que recibe, como si estuvieran en la cacería de una rata. El suplicio es doloroso e interminable. Sus pasos confusos, sin destino, camino de cualquier parte, no tienen objeto. ¡¿A dónde huye?!… ¡¿A dónde va?! ¿Por qué tiene que seguir caminando por esa senda de muerte? Contundido hasta el extremo nota que un raro cansancio, mezcla de dolor y abatimiento, va invadiendo su cuerpo, anudando sus pasos, debilitándolos, ahogándolo de sed espantosa; el sordo rugido de la multitud se ha convertido en una aterradora letanía que va fundiéndose con el apremiante desfallecimiento de su organismo. Una sed quemante lo agobia. Ya no siente dolor. ¡Cosa rara! Una lasitud lo conmina a abandonarse. Todos los ruidos impresionantes, poco a poco van muriendo. Ya no siente los golpes, sólo alcanza  ver con ojos que se cierran, salpicaduras de sangre, retazos de cuero cabelludo que le cuelgan, líquido tibio que le ha cubierto la vista.   Alguien enarbola una pesada viga y, con la fuerza que impulsa su odio, lo estrella sobre la cabeza sangrante. El infeliz da un salto epiléptico y completamente rendido cae experimentando un raro abatimiento que le entra por las uñas, por los poros, por toda su piel; después, poco a poco, el sueño acuciante, el silencio, la nada.

Ha muerto. Ha quedado tirado, exánime; sin su pistola, sin su clavel

EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Quinta parte)

El prefecto 4

Escoltada por avezados disciplinarios la comisión avanza. Entra en la Prefectura. La ira ha sepultado el temor. Ha desaparecido la proverbial humildad obrera que el Prefecto ha confundido con estupidez. Miradas cargadas de odio se entrecruzan en el inicio del diálogo y a medida que avanzan se irán cargando de furor.

— ¡¿Qué pasa – rescoldos de soberbia le hace levantar la voz al figurín, pero no puede mantener la mirada enérgica de Atilio León Silva, cuando le dice:

— ¡Lo que pasa, señor, es que hemos venido a nombre del pueblo a plantearle nuestro reclamo! – Quedan mirándose con odio por un rato.

— ¡¿Cuál es…?.!

— Está sintetizado en los tres puntos que son terminantes y no son negociables.

PRIMERO.- La venta libre de subsistencias sin colas ni tickets de ninguna clase.

SEGUNDO.- La inmediata libertad de los detenidos….

TERCERO.- La renuncia irrevocable  e inmediata del Prefecto y su marcha  de la ciudad en el momento….

En los labios del abusivo ha muerto la sonrisa cachacienta. Tembloroso y pálido como un papel lee el pliego presentado por la comisión y luego de consultarlo con su asesor dice:

— ¡Esta bien. … ¡Por esta vez autorizamos la venta libre de las subsistencias donde Vegas, Horna, Bao y Peña, en la población; Julio Pardavé en Paragsha y Guillermo Aliaga en la Esperanza. En cuanto al segundo punto dejaremos libre al cabecilla Mercedes Agüero, las dos mujeres y sus compinches, así como a los atrevidos que esta mañana trataron de faltarme. Pero –su voz aflautada sube de intensidad- en lo que no les voy a dar gusto es en renunciar. ¡Ningún indio de mierda me va hacer renunciar, carajo! Con una resaca de soberbia sigue manteniéndose en sus trece no obstante el esfuerzo del director del Colegio. Otro tanto ocurre con los obreros de la comisión. Apenas si pueden contenerse de agredir al energúmeno.

—¡¡Es su responsabilidad!!… ¡Su entera responsabilidad! Nosotros hablamos a nombre del pueblo y exigimos el inmediato cumplimiento de nuestros reclamos!! … ¡No nos responsabilizamos de lo que después puede ocurrir si usted permanece insensible -declara terminante Atilio León Silva.

— ¡Ya les he dicho, carajo, que ningún indio…

— ¡¡Por favor, señor Prefecto!!! -interviene con energía conciliadora el Director- No perdamos la serenidad. La mejor manera de entendernos es con calma y mutuo respeto. Creo que este asunto debemos tratarlo en privado, primeramente entre nosotros, si los señores lo permiten…

El Prefecto y su asesor, han pasado a la salita donde funciona el radio. El Director le mira a los ojos con enojo y le explica que la situación es desesperante. La bulla de afuera hace casi inaudible el diálogo. Lo mejor es renunciar, carajo, porque estos cholos son capaces de cualquier cosa; son capaces de todo, ¿No ves Paco, cómo están allá afuera, mismos chacales sanguinarios?, carajo; si tú sigues con tus huevadas de hombrón nos vamos a ir a la misma mierda, Paco, ¿qué te pasa?, carajo. ¿Has perdido la noción de lo que está ocurriendo?.. Vamos a salvar la vida, carajo; lo demás son huevadas. Estos chuchas han matado a lo mejorcito de Lima. Acuérdate de Graña, de los Miró Quesada, carajo. Hace años mataron al “Mocho” Sánchez Cerro. No seas huevón. Más vale que digan aquí corrió que aquí murió. Déjate de cojudeces. Después podemos sacarles la madre una vez que se normalice. ¡Los mandamos a la cárcel por desacato o por lo que sea, carajo! Paco, déjate de huevadas y firma, carajo. No te cuesta nada y si firmas la maldita renuncia estaremos a salvo. Aprovechemos que los emisarios estén aquí  y salgamos con ellos. La chusma va a respetar a su gente; rodeados de ellos nada nos pasará. Es lo único que queda por hacer. La cuita se hace trizas cuando una descomunal oleada de voces hinchan el maremagnum con una noticia que estremece a los alzados. ..¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!…  ¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!  La noticia crece y se sobredimensiona….¡¡¡Hay diez muertos en el Hospital, carajo!!!. Un solo grito, monstruoso, enorme, estremecedor, comienza a rebotar en las paredes…¡¡¡A – se – si – no!!! …..¡¡¡A – se – si -no!!! ….¡¡¡¡A – se – si – no!!!!- La gente está como loca, Las piedras llueven sobre la Prefectura. ¡Hay muertos en el Hospital! Las miradas hierven de ira. El raciocinio ha huido de las mentes. Una avalancha de fieros complotados sacude el portalón de la Prefectura que cruje como un jadeante monstruo…

— ¡¡¡Pradell!!! – grita el Prefecto. Ha perdido la serenidad- ¡Meta bala, carajo, meta bala! – Estático el jefe de la Republicana no atina a obedecer. Le parece desproporcionada la orden. Sabe que de hacerlo, no sólo matará mucha gente sino que también él morirá… ¡Son miles que reclaman, son miles que cansados de soportar se desahogan en maldiciones, son miles…No hay tantas balas….

En ese instante todo ha quedado mudo y a oscuras. Han cortado la luz, el teléfono y la radio. Han quedado completamente aislados.

El asesor le pide que salga a los balcones a decirle al gentío que el problema ya se ha solucionado. Convencido que es el único camino que queda, piensa “Tendré que suplicar a los indios de mierda, carajo….pero, ¿Qué más puedo hacer…?”.

 Cuando le abren las mamparas y sale al balcón, una vaharada de indignación le da en la cara…

— ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡¡Ase – si – no!!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!!

Rostros fieros, erizados, puños en alto saturados de imprecaciones, le quita el aliento. Siente como si el aire se hubiera envenenado. Rostros desencajados de ira, cianóticos de policitemia y atezados por soles esteparios, se fijan en su cara. — ¡¡¡Fuera maldito asesino…!!!

Mujeres sufrientes de agrios semblantes de frustración, cabelleras despeinadas y ojos como ascuas, gritan.

— ¡¡¡Fuera hambreador mal nacido…!!!

Mineros de cáusticos gestos aquilinos enseñan los puños y gritan:

— ¡¡¡ Asesino, concha de tu madre…!!!

El señorito, no puede hablar, cuando lo ha intentado, un opacado gemido salió de sus labios temblorosos y un perlado sudor le cubrió la frente. Sus labios se han resecado y siente que sus pantalones se han mojado sin que pueda hacer nada por evitarlo.

— ¡¡¡ Ase – si – no!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡ Ase – si – no!!!! – Gritan conminatorios labios amoratados. Dicen que los que están en trance de agonía recuerdan nítidamente pasajes de su vida pasada y parece cierto.

Ve los ojitos llorosos de un canillita que en su carrera para vender sus diarios había rozado, sin querer, el traje impecable del abusivo; un bofetón criminal lo arrojó contra la pared. Ve a aquella mujercita de la “quebrada” que apresurada corría al hospital en busca de auxilio para su niña que, cianótica hasta el extremo, se ahogaba irremisiblemente; en su desesperación no había saludado al prepotente que la humilló con un puntapié arrojándola  al medio de la calle. Ve a Gardelito, retorciéndose en la acequia aledaña a la acera, ahogándose en sus babas y mocos espumosos, con su mirada afilada, inmensa, suplicante; temblando como un monigote de cuerda ante su risa cruel, inhumana, que ahora le duele en el alma. Gardelito era un débil mental que con la mirada perdida en el vacío deambulaba sin rumbo, llevado por la alucinante brújula de su idiotez. Aquel día sin saberlo, había tenido la “osadía” de venir por la misma vereda por la que la bestia iba. Un salvaje bofetón lo arrojó a la acequia en donde fue acometido por la dramática rila de su epilepsia.

Los sitiados en silencio casi agonizante ven con impotencia  que el Prefecto ha quedado mudo. Cuando trató de articular las primeras palabras, el rugido popular, machacón y belicoso, terminó por acallarlo. Es demasiado para él. Después de un buen rato que le ha parecido una eternidad lo han regresado al interior, pero ya no es el mismo. Ya es otro. Con el corazón galopante advierte que las paredes de la Prefectura están erizadas de escaleras traídas de la Compañía de Bomberos. Los amotinados han tomado la resolución de realizar el asalto final al fortín. En ese momento la insistencia del Director triunfa. Con voz cascada, como ajena, alcanza a musitar: “He sido traicionado por el Gobierno; no me queda sino dimitir, pero necesito que garanticen la seguridad de mis amigos”.  No obstante la grita salvaje de la multitud que está afuera, la voz de Humberto Luis se hace escuchar: “Nosotros se la garantizamos. Un carro lo está esperando a pocos metros de aquí. Lo único que queremos es que renuncie y que deje la ciudad. Eso es todo“.  Él coge una pequeña maleta de mano y se retira. Comienza descender las gradas. ¡¡¡ Ya baja…!!! – la gente se agita. ¡Ya baja el maldito!!!- los gritos arrecian. El bronco rugido sube de intensidad cuando el vetusto portalón de la Prefectura se abre con chirriantes gemidos…

Continúa………..

 

EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Cuarta parte)

El prefecto 3
(Parte de un cuadro del famoso artista Luis Palao Berastain, el mejor acuarelista de América)

Una mueca  de preocupación se dibujó en el abotagado rostro del figurín cuando leyó el oficio del Sindicato. A las cuatro de la tarde efectuarían un mitin de protesta en la Plaza Chaupimarca. “No estamos en condiciones de seguir soportando el abuso y la orquestada marginación de que somos objeto” decía en uno de los párrafos. Muy preocupado miró a través de la ventana de su despacho y le sorprendió no ver al gentío que diariamente pululaba a esa hora por esa arteria.

— ¡Secretario! – llamó, el señorito.

— ¡Sí, señor! – contestó Próspero Castillejos Hidalgo, el secretario

— ¡¿Qué sabe del Jefe del Área de Salud…?!

— ¡Ha informado que a la mujer que tuvo el atrevimiento de agredirle a usted se le han practicado las curaciones del caso y que ahora está hospitalizada…

— No, no, no, no es eso lo que interesa… ¡Dígale que tiene que asegurar que no está embarazada!… ¡Sea cierto o mentira!

— Ya lo han hecho, señor; el Comunicado lo están leyendo por las radios  “Azul”  y “Rancas”. En los periódicos saldrá publicado mañana.

— Bien. Dile que de inmediato envíen a la mujer a su casa… ¡Ahora mismo!

— Bien, señor; ¿Algo más?

— ¡Convóqueme a las autoridades para que en el término de la distancia, se hagan presentes en la Prefectura…!!!

A partir de ese momento el teléfono no dejó de convocar a la fauna directriz. Las telefonistas, insistían, pero, ¡cosa rara!, en aquellos momentos ¡A todos se los había tragado la tierra! Un ambiente cargado de agoreros presagios hacia irrespirable el ambiente cuando, a grandes trancos subió las gradas del despacho el director del colegio. El único que estaba atendiendo al llamado del sátrapa.

— ¡Paco!- dijo el recién llegado.

— ¡Eliseo!… ¡Gracias a Dios que te presentas! En este momento en que más los necesito los traidores han desaparecido. Como puedes ver, sólo estamos con el Subprefecto, el secretario, el amigo Bao Peña y los jefes policiales… ¡No puede ser!

— Primeramente, no hay que perder la serenidad, Paco. Hay que actuar con mucha cautela – El enjuto asesor invoca la calma porque también presiente que algo muy gordo está por ocurrir.

— La situación es muy difícil, Paco, muy difícil. La gente está como loca. En estos últimos tiempos han ido incubando un odio terrible contra todo lo que signifique restricción, cola o lo que se le llame…

— ¡No es culpa mía!! –se justifica el sátrapa.

— La gente, mi querido Paco, no lo entiende así. Creen que es una cuestión personal de ti contra ellos. Los apristas se han encargado de que el pueblo crea que es así. Todas las autoridades lo saben, por eso es que no han venido, ni vendrán. No quieren exponerse a la vindicta pública….

— Olvidémonos de ellos. Ahora hay que hilar muy fino. Lo de esta mañana ha sido el detonante. Los apristas te han puesto la mecha y tú la has encendido.

— ¡¡¡ ¿Yo..?!!!

— ¡Claro que sí…!

— Pero, Eliseo…. ¡Era una chola de mierda! … ¡Una chola que se puso delante como un gallito, carajo!… ¡Lo único que hice en ese momento fue reventarle el hocico por faltosa y cuando se me empaló, le metí un par de patadas… Eso fue todo…..!!!

— ¡Esa mujer está en cinta! – puntualiza el director.

— ¡¿Y qué, carajo; porque está preñada no me iba a faltar…!!!

— ¡Todo el mundo lo vio…!!!

— ¿Y… qué?… ¿Me iba a esconder para ejercer mi autoridad?… ¡Carajo! Es como si su marido le hubiera dado una marza, pues… ¿Todos los días esas cholas no son zarandeadas por sus maridos?… ¿Qué, Eliseo, qué? Además hemos mandado decir por las radios que la chola no está preñada…

— ¡Nadie lo creerá….!

— ¡Eliseo, es una chola de mierda a la que sólo he llamado la atención…!!!

— Para ellos, estimado Paco, es más que demasiado y no te lo perdonarán. Ellos tienen en muy alta estima el honor de sus mujeres. ¡Jamás lo perdonarán, jamás! – El asesor ha hablado con tanta decisión y mira a los ojos al crápula que, lívido, lo admite. Es cierto, la mujer está embarazada. Siente que su conciencia de señorito de la capital le escuece el alma y admite su culpabilidad. Él también es víctima de la política de este momento; pero más que eso; es un imbécil que cree que una mujer del pueblo con polleras y pañolón no tiene ninguna significación. Cretino. Esas mujeres, también peruanas, han parido hombres esforzados, dignos, trabajadores, productivos. Se lamenta en lo más íntimo de su ser lo que está ocurriendo… ¡Carajo!… ¿Qué crees que debemos hacer, Eliseo…?.

— ¡Como están las cosas en este momento, sólo nos queda el convocar a una delegación de los conjurados para hablar con ellos… ¡Hay que desinflar el globo antes que estalle! … Sólo el diálogo puede conducirnos a una solución… Así que mándalos llamar….

— ¡¡ ¿Yo hablar con esos cholos de mierda…?!!!…¡Se van a reír de mí, carajo!

— Es lo único que nos queda. Ya no queda tiempo para hacer otra cosa. Lo tomas o lo dejas….!

— ¡¡Carajo!! Comprende que es el único camino que le queda. Retazos de odio altanero cuelgan de su temblorosa cobardía – ¡Echegoyen…! – grita.

— ¡Señor! – responde el aludido.

— Ya lo escuchó. ¡Cumpla con su deber!

— ¡Sí, señor!

— Dígale a la chusma que nombre una comisión. Yo la recibiré!

— Bien, señor Prefecto – contesta el jefe militar premunido de caso y fornituras de combate.

El capitán de la Guardia Civil, Héctor Echegoyen Herrera, y el investigador Manuel Soberón salen a cortar el avance de la encolerizada multitud en la calle Huánuco; los acompañan doce policías armados y llegan cuando la turba está por entrar en la Plaza Centenario. Se ponen de rodillas dispuestos a abrir fuego. Nadie debe pasar, pero las órdenes apenas si son escuchadas; el fiero rugido de la gente domina todo el ámbito.

Abundante sudoración cubre las manos temblorosas del capitán Echegoyen y dificulta subrespiración oprimiéndole el pecho; sin embargo, apelando a sus medradas fuerzas desenfunda su revólver –señal convenida- y la homogénea detonación de doce fusiles estremecen la histórica plaza. La turba se detiene indecisa.

—¡¡Alto!!! ….¡¡¡Alto!!! . Tengo una orden del señor Prefecto…!

El gentío está virulento y, cuando los rezagados comienzan a empujar para forzar el avance, el capitán se juega sus últimas cartas.

— ¡Es preciso que nombren una comisión para que hable con el Prefecto!… ¡El los espera!-¡El Prefecto los espera para hablar!!! – el furibundo rugido in crescendo está a punto de desencadenar el avance cuando haciendo un disparo al aire el capitán concluye- ¡¡Nadie pasará de esta línea, salvo la comisión!!!…¡¡¡Tengo órdenes de usar las armas si fuera necesario!!! – Los dirigentes levantan los brazos tratando infructuosamente de calmar a la gente que ya se ha desbocado. Los directivos nombran la comisión: Humberto Luis Solís, Luis Germán del Mazzo, Patricio Chahua Osorio, Atilio León Silva, Julio Vera Martínez y Ramiro Ráez Malpartida. Entretanto, la masa desbocada, aprovecha de los callejones, atajos, pasaje y calles paralelas para correr desaforada rumbo a la Prefectura. Nadie puede detenerlos, están como locos. Las voces conminatorias  se funden con la crepitación de las balas que han comenzado a reventar a diestra y siniestra: ¡¡¡ A la Prefectura !!!.

Las calles se estremecen de gritos, disparos, insultos y el ruidoso tropel de  gente arrebatada. Las balas trizan la tarde mientras el turbión atosigante, como metido en un laberinto, apremia callejones y bocacalles para salir de aquel hervidero de balas que no se sabe de dónde parten.

La opa Paula con su mandil repleto de piedras corre desaforada comandando un grupo de iracundas mujeres por el callejón del “Team Cerro”  y superando la Plaza de Toros desembocan en la calle del Hospital, ¡Vamos botar al hijo de perra!. ¡Podía haber aumentado las raciones, pero no le dio la gana al desgraciado! ¡Tampoco quiso aumentar los estanquillos el vende patria! Todos los ferroviarios de la Railway acompañados de sus mujeres suben por Tambo Colorado y la Calle del Marqués. Ya están en Chaupimarca y la gente –llamaradas de odio- repletan la histórica plaza. Por el callejón del Liceo Santa Rosa surge la Anquicha Panduro con un descomunal garrote liderando a otro grupo de mujeres que han cerrado el mercado, las toneladas, restaurantes, chinganas, peluquerías, todo, todo…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!. La crepitante reventazón de  balas estalla en paredes, techos y ventanas avivando el grito despavorido, sañudo, iracundo de hombres y mujeres que ya han perdido la ecuanimidad. Un vociferante grupo de mineros sube por Callao azuzando al gentío, cuando una lluvia de balas hace caer a tres hombres: Fructuoso Herrera, con el brazo derecho destrozado por una bala; Genaro Arteaga, con la pierna izquierda fracturada y,  el que rueda como un pelele, Filomeno Páucar tiene un enorme boquete en el vientre convertido en enorme surtidor de sangre. Se queja débilmente. Sus manos tratan de contener la sangre de su herida abierta que se le escapa por entre los dedos. ¡Páucar se nos muere, carajo!  -grita el “Witrón” -¡Hay que llevarlo al Hospital!!!- Brazos obreros lo trasladan al Hospital. La sangre no se detiene, cubre capotes mineros, cascos, casacas. Al  entrar en el Hospital ha perdido el conocimiento y entra en coma. Hay muchísimos heridos sangrantes.  Al momento entra un grupo de mujeres que conducen en hombros a Sabina Alvarado de 16 años que ha perdido el conocimiento. Una bala le ha producido una enorme desgarradura del cuero cabelludo en el parietal izquierdo. El Hospital es un hervidero apremiante de gemidos y sollozos, de auxiliantes pasos apresurados, metálicos sonidos de material quirúrgico, de voces conminatorias, de súplicas.

Otro grupo de hombres trae al joven Alejandro Flores alcanzado por unas balas en las nalgas. Médicos, enfermeras y auxiliares se multiplican en las salas asépticas. Pompeyo Ponce que corría liderando un grupo de obreros ha sufrido heridas de balas en ambas piernas y tiene los huesos destrozados. Se apresuran salvadoras transfusiones, manos enguantadas se prodigan suturando heridas, cauterizando desgarraduras, inyectando calmantes y desinfectantes. Celino Rodríguez con la rodilla derecha destrozada por el impacto de dos balazos gime de dolor. Pedrito Santivánez  da las órdenes. Tocas y mandiles se agitan en las salas colmadas. Dorita Aguilar lava heridas y corta cuajarones sanguinolentos. Vicenta Tacano y Juanita Accquaronne, disponen el acomodamiento de heridos en las salas del colmado hospital.  ¡¿En qué habrá de terminar todo esto…?!. Zózimo Angulo, desinfecta y tapona heridas;  Micaela Ramirez enhebra agujas; Pepe Bravo pone torniquetes y sutura desgarraduras. Juanita Galarza alcanza bisturíes. “Muto” López proporciona oxígeno. El olor medicamentoso es cada vez más penetrante.

(Continúa)….

EL PREFECTO (Crónica de un magnicidio) (Lunes 16 de febrero de 1948) (Primera parte)

El prefectoHace exactamente 69 años que una asonada popular en el Cerro de Pasco culminó con la muerte del Prefecto. El Gobierno, en connivencia con la prensa de entonces narró los hechos notoriamente agravados como culminación de un complot contra “un ejemplar servidor de la Nación”; torcido testimonio de parte destinado a desprestigiar a un pueblo que no hizo sino responder a la agresiva provocación de un altanero tirano que se creyó dueño y señor de vidas y honras; oprobioso atestado que todavía pervive como denigrante mácula en nuestra historia local. Durante tanto tiempo –de entonces ahora- nadie se había atrevido a aclarar la verdad de lo acontecido. Nuestra vergüenza pudo más que la justicia. Pesarosos por el delito que habíamos cometido, callamos.

Este libro pretende ser de alguna manera –decimos en EL PREFECTO- la recusación de la otra parte; aquella que habiendo sido inhumanamente agraviada, fue presentada como la agresora. Todos los acontecimientos que se narran, son verídicos. Nombres, lugares y fechas, son reales. Se basan en documentos fidedignos, informes oficiales, actas del procesos judicial, notas periodísticas y, sobre todo, en valiosos testimonios personales directamente recogidos de los protagonistas que apuntalan mis vívidos recuerdos infantiles. Aquella tarde, sin quererlo, estuve en el mismo foco de la tormenta. Niño integrante de las amanecientes colas primero y testigo ocular de la sangrienta represión policial después. (Mis abuelos, mis padres y mis familiares más cercanos, fueron víctimas).

Esta novela gira en torno a dos protagonistas. Por un lado, el Prefecto y su gavilla y, por el otro, el pueblo cerreño con sus más importantes luchadores y su grandeza histórica. El lector sabrá sopesar la importancia de cada uno. Por su parte el pueblo guarda con reverencia el recuerdo de hombres y mujeres –luchadores populares- que, humillados y ofendidos, tiñeron sus manos con la sangre del tirano. “La nivosa y fría ciudad minera, con sus gentes trabajadoras y tranquilas, cambió de repente. Éstas se tornaron belicosas y, su blancura, en nieve escarlata”, diría un periodista limeño por aquellos días.

el-prefecto-2Mi gratitud a los protagonistas que me confiaron sus testimonios personales que presentamos apesadumbrados por lo barbaridad que llegamos a cometer. Muchos de ellos han partido al viaje sin retorno, pero donde estén, les llegue mi reverente reconocimiento.

Los que vieron desde lejos el amotinamiento que les hizo rasgar las vestiduras, tienen su particular versión de aquellos acontecimientos luctuosos. Este  libro constituye mi particular testimonio personal contestatario a tanta infamia urdida en contra de mi tierra. En sus páginas habla –y por instantes grita- la voz minera y popular del Cerro de Pasco.

NOTA.- Este libro está en venta en las librerías del Cerro de Pasco y Lima, les recomendamos que lo lea para tomar pleno conocimiento de lo que aconteció entonces. En una segunda parte, hallarán la transcripción de lo acontecido en el proceso judicial que se les siguió a los protagonistas de estos hechos, hombres y mujeres, que hoy, transcurridos los años, los recordamos con una comprensión plenamente humana.

A partir de hoy –en apretada síntesis- podrán leer en este espacio, lo que entonces aconteció

 EL AUTOR

LA SEMANA SANTA EN EL CERRO DE PASCO (Tercera parte)

Semana santa 2

Con abundante lluvia que empapa el féretro, el Divino Nazareno avanza llevado por los recios hombros mineros; hombros broncíneos que  cargan metales; que sostienen vibrantes perforadoras; que por negras galerías empujan coches repletos de metal; perforistas, troleros, enmaderadores, timbreros, tareadores, wincheros, maquinistas. En su corazón y su mente, en todo su ser, los obreros  repiten sus siempre renovadas esperanzas de lo que El nos prometiera hace dos siglos: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

Nunca mejor llevado el Salvador del mundo que por hombres que sufren el duro calvario de las trágicas oquedades mineras, como Él ha sufrido. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. “Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Estos penitentes, abrigados con gruesas bufandas e impermeables y pellizas de cuero, conducen al Señor por las rúas inundadas. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Los pasos uniformes y acompasados chapalean en los charcos, sin perder la disciplina del avance. Cabezas y cirios se guarecen bajo negras paraguas en tanto fieros ramalazos centelleantes iluminan la marcha contrita. “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

 

                        Jesús viene por las calles,

                        todo llagas y dolores,

                        y con los brazos abiertos,

                        en busca de pecadores.

 Las adoloridas voces de extrañas tesituras compitiendo con los estrepitosos fuetazos del tiempo inundan la noche alternando con la banda de tambores y estridentes clarines. La multitud entona canoros cantos de dolor. El Divino Redentor tiene cubierto el cuerpo magullado con un alba túnica que hace resaltar sus pómulos tumefactos y sus sienes laceradas por las agudas púas de la corona. Su gloriosa presencia atenúa rencores, alivia penas, consuela dolores. Las voces engoladas cantan:

¿Hasta cuándo, hijo perdido,

                                               hasta cuándo has de pecar..?

                                               ¡No me seas tan ingrato,

                                               llora pues tu iniquidad…!

Escoltando el féretro, los gallardos  bomberos de la “Cosmopolita” con casacas rojas y pantalones blancos, brillantes cascos de bronce y  hachas con crespones negros avanzan a imitación de las centurias romanas (Wilmer: que no muera nuestra hermosa  tradición); en fila paralela, los miembros de la policía con uniformes de gala y  armas a la funerala. También están los “Santos Varones” y los integrantes de otras cofradías.

¿No me ves aquí clavado

                                               con espinas en la sien. ?

                                               Hijo mío, así me has puesto

                                               con tu negra ingratitud.

Semana santa 3 Durante el largo recorrido, piadosas mujeres arrojan flores -ayer recogidas- sobre el lacerado cuerpo de Cristo. Son las únicas flores heroicas que se atreven a germinar en nuestras alturas. Son las pequeñas “para-para huaytas” de corolas amarillas y naranjas y rojas y lilas que caen desde las ventanas, desde los balcones, desde los altillos. Las abuelas conmovidas aseguran que estas florecillas son las lágrimas de la Dolorosa.

La Santa Virgen María, con el rostro traspasado de dolor y perlado de lágrimas, avanza en hombros de las devotas mujeres cerreñas. El sufrimiento de saber que sus hijos están envenenados de plomo y otros metales pesados y agonizan, las hace orar con enternecedora esperanza. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.

Las esperanzadas mujeres, arrebujadas en sus gruesos pañolones negros, uniforman sus pasos en una lentitud de recogimiento, en tanto sus voces agudas salmodian emotivas canciones.

¡Salve!…¡Salve!, cantaban, María,

            que más pura que Tú, sólo Dios;

            y en el cielo una voz repetía:

            más que Tú sólo Dios, sólo Dios…!

 La afligida Madre Virgen –viva imagen del dolor- va sobre riquísima peana de plata repujada y negro manto de terciopelo negro bordado en oro. Siete puñales de plata le atraviesan el corazón sangrante apenas sostenido por su pálida mano.

Con torrentes de luz que te inundan,

            los arcángeles besan tus pies,

            las estrellas tu frente circundan,

            y hasta Dios complacido te ve.

El terebrante sonido de las matracas acompasa el lento caminar de los cerreños. En cada esquina y debajo de un farol ex profesamente colocado desafiando la opacidad de la lluvia, el altar o monumento familiar erigido por las piadosas manos femeninas de la casa. Cada uno de ellos con lacrimosos cirios, estampitas de flores y palmas y olivos santos.

María, Tú eres mi madre,

                                               María, Tú eres mi luz,

                                               María, madre mía,

                                               Yo te doy mi corazón.

 Hombres y mujeres, ante la conmovedora presencia de la Dolorosa, han olvidado diferencias, han dado tregua a cotidianos rencores porque sólo Ella, la Paz, está presente.

El sábado, dedicado a la Santísima Virgen María, la iglesia sigue de duelo. A las diez de la mañana el Santo Oficio empieza con la consagración del nuevo fuego; sigue la bendición de los cinco granos de incienso destinados a aplicarse al cirio pascual cuya santificación va seguida de las doce lecciones de la Escritura Sagrada, llamadas Profecías, cuya lectura se alterna con cánticos y oraciones.

Cercana la medianoche del sábado, parejas de esposos, novios, amigos de barrio y fieles creyentes se dirigirán a las Capillas de los barrios y acompañados de orquestas típicas efectuarán el “Cruz Jorgoy”, que consiste en sacar la cruz para conducirla en procesión al taller del artesano que lo retocará para la “Fiesta de las Cruces” que esa noche tiene inicio.

Al día siguiente, domingo de Pascua de Resurrección, DOMINICA IN ALBIS, carcajadas de sonoras campanas delatan la alegría del pueblo. ¡Cristo el Señor ha resucitado! En el desayuno degustarán mórbidos “Panes de Dulce” remojados en apetitoso chocolates cusqueños. Atrás quedan los potajes de “lawitas” y mazamorras, de guisos y frituras con el blanco bacalao de Noruega que los extranjeros importaban a sus tiendas; toda una variedad culinaria para aliviar los obligados ayunos en los que predominaban la abstinencia de la carne; de todas las carnes. Los severos atavíos negros serán nuevamente guardados, -protegidos por bolas de naftalina-, en los viejos arcones familiares hasta el próximo año. Se ruega al Divino que, entretanto, no sea necesario  sacarlos. Los negros catafalcos de la iglesia serán reemplazados por sendas túnicas blancas; los santos nuevamente asomarán en sus hornacinas. Por la noche, entre la algazara del pueblo, públicamente será quemado el monigote que representa a Judas Iscariote, el maldito traidor y, libres de pecados, hombres y mujeres, renovarán sus bríos laboreros y la vida continuará, como siempre.

FIN….