GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Segunda parte)

Fuente: Revista Caretas

Vallejo 2(Villa Arago, 29 de marzo de 1938).

Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.

Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.

La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.

Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.

A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:

– ¡Pero, amigo, está Ud. mejor!

Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:

– ¡Qué le decía yo, señora!

El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.

El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.

En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.

Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.

No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.

*****

EL RECUERDO

Tenía una desolación de cara angosta

El París en el que vivió, amó, escribió y murió Vallejo fue un punto de encuentro importante de toda una generación de creadores latinoamericanos. Luis Cardoza y Aragón, poeta guatemalteco formó parte de este grupo. Desde su tranquilo retiro mexicano y en exclusividad para Caretas, nos cuenta sus recuerdos.

Conocí a Vallejo en 1925. Yo era muy amigo de Alfonso de Silva, el músico, el que tocaba tangos en cafés y restaurantes. Una noche me llevó a visitar a Vallejo, andábamos por la zona de Montmartre –cerca de La Ópera y el Follies Bergere– y fuimos a visitar a su compatriota. Alfonso me había hablado mucho de él; vivía en un modesto hotel, en la Rue Moliére– si no me equivoco, ya era muy tarde pero tocamos la puerta y cuando entramos lo encontramos durmiendo junto a otro joven. Esto me desconcertó un poco, pensé que eran homosexuales. Vallejo se incorporó y me invitó a entrar y charlamos mucho y me di cuenta que ambos eran muy varones. Y me dije, pues, la mariconada hubiera sido que Vallejo en ese frío hubiera mandado dormir en el sofá a su amigo.

Luis Cardoza y Aragón tiene ahora 84 años, vive retirado en su casa de Coyoacán.

Me permití irrumpir una vez más en su mundo soledoso. Y me entregó generoso una charla sobre el amigo entrañable con quien compartió la fiebre de la creación en los turbulentos años veinte.

Así se inició su amistad con Vallejo, cuando lo encontró durmiendo con Julio Gálvez, el sobrino de Antenor Orrego, con quien salió de Lima y acabó fusilado por los franquistas en la Guerra Civil…

-Esa noche hablamos mucho, incluso yo lo visitaba con frecuencia y alguna vez –como la cama no era grande– dormí en el sofá. Y pude conocer su gran fervor humano, esa ternura y temple a la vez. Los latinoamericanos que estábamos en esa época –hablo de Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Toño Salazar (que le hizo varias caricaturas), Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Miguel Ángel Asturias– lo tratábamos como El Huaco. Sabíamos que venía de una región donde había florecido la Cultura Mochica, mestizo con un rostro aindiado, delgado, tenía una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aquilina. Como he dicho alguna vez: tenía cara de reja de arado que hendía la tierra y sembraba pedernales. Era de temperamento fuerte, a veces de mal humor y vivía con mucha austeridad. Denotaba un mundo interior tan vasto y en conflicto. Los peruanos que estaban en esa época le llamaban El cholo, el cholito. Vallejo respondía con una leve sonrisa cuando le llamaban así.

Ustedes se habían posesionado de los cafés de Montparnasse:

-A ese café íbamos los latinoamericanos a tomar desayuno a cualquier hora. Había una parte para comer y otra era el “bistrot”, donde se tomaba tragos. Nosotros íbamos en grupo y pedíamos nuestro cafecito con leche y como habían unas canastas con los “croissants” o mediaslunas, como las llamábamos, engañábamos al hambre con estos pancitos, y pues nos echábamos cinco, seis o siete y al momento de pagar decíamos que habíamos consumido uno o dos, y con lo que nos ahorrábamos pasábamos a la otra sala a tomarnos ese trago bien conservado.

-Una vez Vallejo se apareció en la terraza de La Rotonde como clavo oxidado, negro, lebrel infernal, y nos leyó apuntes de un poema en donde alude a sus depósitos en Le Crédit Lyonnais. Nos sorprendió. Todavía escucho el comentario de Mado, linda prostituta borracha que sabía español aprendido en la cama con dos generaciones hispanoamericanas: “Il faut que tú evolues, espece de fetus”. Así era el ambiente, pero Vallejo impuso su voz, su iluminación y sus fatigas. Siempre me ha resultado un enigma en esos años jadeantes, no lo comprendí bien, no lo escuché bien. Sólo serenas lecturas posteriores me dieron una comprensión cabal de su obra. Tenía una manera muy propia de versificar, creía notar algo de torpe en su construcción, por lo que pensé que allí afloraba tal vez el humor del quechua, un temperamento y una sensibilidad que venían del pasado, de un ayer que asomaba, a cada instante: esa angustia, esa nervadura, ese mundo interno afloraba siempre. Por eso he dicho que Vallejo ha inventado en lenguaje. No escribe en español, sino en Vallejo. Eso le ha permitido crear su lenguaje, su manera de hablar, de versificar, y en eso fue un vanguardista a pesar suyo.

*****

SONETO DE CIRCUNSTANCIA

Vallejo 3
De puño y letra de César Vallejo. Foto tomada a la revista Caretas. Escobar Vallejo, primo del poeta, dice que a César Vallejo le gustaba peinarse a lo poeta, el pelo para atrás. También dice que era soñador y distraído y que soñaba con escribir. En esos tiempos que podrían considerarse la prehistoria, Vallejo escribió el soneto que aquí publicamos:

Era la noche de la despedida de Amalia Isaura, cuya compañía de teatro había entusiasmado a todo Trujillo allá por el año 1916 poniendo en escena una pieza de teatro del joven escritor Víctor Raúl Haya de la Torre “Triunfa Vanidad”. Los licores se consumían y las pasiones desbordaban. La obra tenía serias similitudes con uno de los percances de amor vividos por el Poeta. En medio de la noche los concurrentes pidieron a César Vallejo escribir un poema de homenaje, despedida y afectos a Amalia Isaura, el poeta no se negó, metió la mano a su bolsillo y sacó un sobre, lo despegó y en el momento escribió un soneto. Los alcoholes siguieron su travesía. Los abrazos y la nostalgia de las despedidas hicieron que el poema no llegara a las manos de la inolvidable Amalia. Se quedó entre las botellas, los vasos y los pañuelos olvidados por la euforia. Antenor Orrego lo recogió, durante muchos años lo guardó con él. Alguna vez lo publicó en una tesis universitaria.

 

 

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GEORGETTE NARRA LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA DE CÉSAR VALLEJO (Primera parte)

Publicado por CARETAS el 20 de enero de 2106

Vallejo
César Vallejo (arriba de la flecha en rojo) al lado de Macedonio de la Torre. Al frente, empezando desde abajo, Víctor Raúl Haya de la Torre. Junto a él, a su derecha, Álvaro Pinillos, Alcides Espelucín y Antenor Orrego. La reunión fue en Trujillo. Foto e información de Caretas (edición 1001)

Georgette Marie Philippart de Vallejo, la francesa a quien amó el poeta peruano, narró, en un reportaje que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo. En el escrito describe sus preocupaciones, las carencias, “los errores” y “el desastre” que pasaron durante esos 34 días –desde el 13 de marzo de 1938– que precedieron a la muerte del célebre huamachuquino: el 15 de abril del mismo año. “No se regatea con la vida”, le dijo entonces el poeta a su amada “en el curso de ese infierno” que vivieron durante los mencionados días. El siguiente texto, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta–, también contiene el recuerdo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, vate que integró el grupo de latinoamericanos que crearon y se crearon en París, como César (a quien llamaban El Huaco), y un soneto escrito por Vallejo para una inolvidable actriz que alborotó Trujillo en 1916.

VALLEJO: ¡CUÁN POCO TIEMPO HE VIVIDO!

LA AGONÍA

El 13 de marzo comenzó la muerte del poeta

Por: GEORGETTE VALLEJO

Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.

Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.

Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.

Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.

En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.

Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.

Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.

Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.

Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.

Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:

– Tendrás valor.

– Tendremos, dije.

Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:

– No se regatea con la vida.

La muerte en el “Día de los Difuntos” (Segunda parte)

acompañando al entierroAl llegar al cementerio, se rezan los responsos y los amigos dicen su último adiós a nombre de alguna institución. Al final, cuando la oscuridad se está adueñando del ambiente, en medio de muestras de dolor sincero y lacerante, se sepulta el cadáver. Éste es el momento más triste para familiares y amigos. Es la despedida definitiva del viaje sin retorno.

El regreso a la casa mortuoria tiene que hacerse por otro camino diferente. “Así el compartiendo el calientitoalma no puede seguir a sus familiares y amigos y se quedará definitivamente en su tumba”. Este retorno se hace también con tres o cuatro “caipincruz”. Llegados a la casa se sirve un café muy caliente con panes frescos. A partir de entonces, uno tras otro, parientes y amigos, despidiéndose muy compungidos de los dolientes, abandonan la casa mortuoria. Se ha cumplido con todas las disposiciones eclesiales a propósito del Cristianismo: “…que la religión que inicia al hombre en la vida, no le abandona en su tránsito de ella, sino que le acompaña en su última estancia y le custodia al pie de la tumba”.

En lo que al fallecimiento de un niño se refiere, la cosa es diferente. Debe tenerse especial cuidado de bautizar al niño en cuanto se sospeche el peligro, caso de enfermedad grave, por ejemplo. Si no se llega a bautizar sufrirá la condena del fuego eterno. Ningún sacerdote podrá negar el bautizo. Si está aparentemente muerto, el bautizo realizara el cura bajo condición con la fórmula, “Si vives. Yo te bautizo”, etc. Se tiene la idea que el niño al morir –especialmente si es párvulo con el bautizo correspondiente- irá directamente al cielo sin ningún trámite intermedio. Cuando mueren a los dos o tres o cuatro años de edad, se le viste el hábito del Niño Jesús de Praga; en todo caso, el acontecimiento se recibe con una gran alegría. La incorporación de un ángel al cielo merece una celebración especial, por eso es que después del entierro realizado con acompañamiento de arpa y violín durante el trayecto al cementerio, se arma una jarana de rompe y raja porque- a decir de sus creyentes- el angelito que ya está en el cielo, habrá de rogar siempre por sus padres y hermanos. Esta es una costumbre del pueblo mas no de los “decentes” que en todo imitan a Lima. Hay varios testimonios al respecto, como el del novelista alemán Friedrich Gestaecker, que nos visitara a fines del siglo XIX.

EL PICHQACHY, o “Quinto día de la muerte”, es una tradición que desde siempre la practican los cerreños. Se cree que el espíritu del muerto no se ha ido todavía de la tierra; que tiene cinco días y cinco noches para poder deambular por los terrenales caminos que le fueron gratos recorrer en vida, así como entrar y aposentarse brevemente en la casa de sus amigos y parientes; visitar los rincones íntimos que frecuentó en vida y despedirse. Las viejas sibilinas y misteriosas, aseguran haber visto al alma visitando a su familia; para hacer más creíble la afirmación, se santiguan. Sólo a las doce de la noche del quinto día –hora crucial- podrá marcharse el alma definitivamente.

 

lavado de ropa del muerto
Imagen de http://www.elcomercio.com

Después de esta incorporación al mundo soñado, sólo con permiso divino podrá abandonar el cielo para visitar a sus seres queridos. Como esto ha de ser así, con el fin de que no quede huella de sus humores, de sus sudores, de sus lágrimas, un grupo de lavanderas llevarán sus ropas a lavar para luego tenderlas al sol. Los lugares más frecuentados para este menester a los que se les llama entonces  “Pichqana pampa”, son, Yanamate, Patarcocha, Echarte, Chaquicocha, San Juan, Garga, Jaital. En tanto la ropa oreé después de lavada, las lavanderas y acompañantes irán chacchapando y bebiendo el “quemao”. Algunas veces, en el agua en el que se han lavado las ropas, se lava la cara y las manos de los “dolientes” y, cuando la oportunidad lo amerita, con una correa se castiga a aquellos que “en vida mortificaron y no respetaron al difunto”. Cuando la ropa esté seca la “quipicharán” a las espaldas y retornarán a la casa mortuoria. Al llegar harán un bulto simulando el cuerpo del extinto y con un crucifijo a la altura del corazón, lo tenderán sobre la mesa, como lo hicieron el día del velorio del cuerpo. Para los familiares que no hayan podido ir al lavatorio, transportarán en botellas agua de la laguna y con ella lavarán cara y manos de los remisos, como lo hicieron con los otros en el campo. Hecho esto  se servirá el hirviente café para atenuar el frío que las lavanderas han podido experimentar; entretanto, en el interior del patio, se está preparando en sendos peroles, la opípara comilona para la noche.

compartiendo el patacheCoincidente con el Angelus, se procede entonces a servir la comida del “pichqachiy” a los visitantes que están rodeando a los “dolientes”. Primeramente, enormes platos de espesa sopa de trigo aderezada con ají colorado y achiote, tiras de cascarón de chancho y trozos de carne seca: el PATACHE; luego el espeso y apetitoso “locro” cerreño de chuño negro, papas y grandes trozos de carne de cordero en aderezo de rojo achiote. Estos vivificantes platos cerreños, servidos abundantemente, se acompañan con mote y habas verdes sancochadas: el GARAMUTI.

Una vez que los circunstantes hayan comido opíparamente, se sirven copones de anisado o aguardiente de caña para “asentar” la comida; el resto de la noche transcurrirá en un ameno torneo de cuentos, adivinanzas, acertijos, chascarrillos y los infaltables chistes que, a medida que transcurren las horas van subiendo de color haciendo reír a mandíbula batiente a los presentes porque, en esta oportunidad, están permitidas las bromas. Más tarde se procederá a efectuar emotivos juegos como: “El Barquito”, “El Gran Bonetón”  y otros, naturalmente alternándolos con el chacchapeo y la bebida de “quemao” y la fumada de cigarrillos. A cada hora, invariablemente puntual, el cantor hará escuchar sus responsos. Lo que hay que observar con verdadero respeto es la hora de la retirada. Jamás debe hacerse a las doce de la noche porque a esa hora ya el difunto se va definitivamente de la tierra y hay el riesgo de encontrarse con él.

Ha amanecido el día. Después de haber cumplido con acompañar a los dolientes, los amigos y familiares se retiran a sus casas porque están en el convencimiento de que el alma del difunto ya está aposentada a la diestra de Dios Padre, gozando plenamente de la grandeza divina.

Por otra parte, a la llegada del primero de noviembre de cada año, “Día de todos los Santos”, se observa un unánime recogimiento. Ese y el siguiente, Día de los Difuntos, con azadas, pico y palas se procede a cortar las hierbas que han crecido pródigas en la tumba; se rehace el túmulo, se pinta la cruz y se limpia la lápida. En esta ocasión, en una verdadera romería familiar, se llevarán flores frescas o coronas de biscuit con llamativas tarjetas para cada uno de los seres queridos muertos. Todos los familiares rodeando la tumba colocarán las ofrendas florales y, contritos, encargarán a un “cantor” para que entone, en quechua o en latín,  el consabido responso; para el caso, los cantores son numerosos. Los que más éxito alcanzan son aquellos que por la seriedad de su talante y la tesitura de su voz, convierten al responso, en una serie de notas quejumbrosas y dolidas que mueven a la remembranza cariñosa. Más de una lágrima rueda por la tostada mejilla de los “dolientes”.

Después de haber estado  junto a las tumbas, rezando, conversando y recordando sus pasadas vivencias, las familias pasan a las carpas y toldos que circundan el cementerio y calles aledañas en donde degustarán la “Pachamanca” con su apetitosa variedad de papas, camotes, habas, humitas, carnes y choclos. “El mondongo”, rojo de achiote, mondongo, tripas, carne de carnero y de chancho, salpimentado de fresco perejil verde y papas amarillas con abundante ají. El picante de cuy, a punto de fuego con sus enormes papas y notables presas colmando el plato. El charquicán, picante de carne seca deshilachada muy bien condimentada y adornada con abundantes papas. Las “arvejitas” en su punto de cocción y de ají; todo esto acompañado de chicha de jora, maíz o cerveza para atenuar el picor de fuego. Como pequeños bocadillos también saborearán los panecillos de maíz, rosquillas bañadas de azúcar fina coloreada, bizcochuelos de finísimo cuerpo, suaves al paladar, cancha maní, numia… Nunca están ausentes las frutas como naranjas, plátanos, granadillas, tunas etc.

Otra de las costumbres conservadas por madres y abuelas cariñosas a la llegada de Todos los Santos en recuerdo y homenaje a los seres ausentes, es la OFRENDA. Consiste en preparar –en vísperas del primero- una mesa en la que se irán colocando amorosamente platos conteniendo potajes que en vida fueron del gusto del finado. Decorada la mesa con algunas flores, se colocarán locros, guisos, frituras, rellenos o ajíacos que eran de preferencia del difunto, tal como si personalmente fuese a comer. Por ningún motivo se soslaya de colocar “cuartitos” de aguardiente de caña, anisado, coñac o el licor que más hubiera preferido en vida; una cajetilla de cigarrillos. Todo esto se hace en el convencimiento de que el difunto, al llegar la medianoche, se alegrará de saber que sus familiares no le han olvidado y todavía queda en sus corazones la memoria de lo que más le agradaba.

Por otro lado, vestidos de riguroso duelo, los deudos, especialmente la cónyuge, guardará todo un año de obligatorio recogimiento durante el cual, no podrá asistir a fiestas ni convites; guardará un comportamiento adecuado de homenaje al difunto. Cumplido el año, terminada la fiesta conmemorativa y la comilona correspondiente, todos los deudos se reúnen en la sala de la casa y en ese momento, la viuda “botará el duelo” para lo cual se cambiará la ropa negra por la de colores y, cumplido el año de recogimiento podrá volver a vivir libremente como cuando era soltera.

EL RESPONSO.

violinista-responseroConsiderado como la parte más antigua de la Liturgia de la iglesia, las notas del responso recorren a menudo todo el registro de la voz humana con trémolos profundos y conmovedores. Es interpretado por los “cantores” que en los cementerios lucen sus habilidades conmoviendo a los dolientes con sus desgarradores lamentos. Así para el “Día de los difuntos”, sus voces en una infinita variedad de registros, inundan el campo santo que para la fecha luce su arreglo de  flores y adornos. Seguros estamos que estos cantos necrológicos tienen el linaje de las “saetas” sevillanas, canciones sencillas, apasionadas, de un elevado sentimiento místico que nuestro dulce quechua, le dio mayor profundidad y dramatismo. La “saeta”, cual el arma arrojadiza de la que toma el nombre, es ligera y aguda, sube al espacio y penetra en el corazón de los que poseen la viva pasión cristiana en mente, haciéndoles recordar el sangriento episodio de la Pasión y muerte, de una manera desgarradora y casi palpable. Son conocidos los responsos: “Cocha Coillur”, “Sábana Santa” o “Riccharillay”.

FIN…

La muerte en el “Día de los Difuntos” (Primera parte)

día de los difuntosMuy pocos lugares hay en el mundo donde la muerte haya  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. El cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. La muerte es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte. La respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos los saben. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida, todas las gentes sienten la desgracia como suya y comparten solidariamente el dolor luctuoso.

Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de sus astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionante silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte, por su continuidad y trascendencia ha establecido en la tradición una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con su premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en un accidente minero; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir, en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo del crisma, ha purificado los sentidos y los miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  con lo que culmina la acción del rito cristiano rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la divina misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el momento final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo, adolorido y gimiente se hace general; todos lloran. Aquí jamás ha habido necesidad de contratar a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Inmediatamente de producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias es el calzado. Ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. A voluntad de los deudos también se les amortaja con el hábito del Señor de los Milagros. El segundo día se procede al amortajamiento. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”. 

            Para el velatorio, los parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan en una habitación, generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuánto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de las virtudes del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorsonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color-. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde –a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí fracasó ese deseo de parecerse a la capital o a ciudades de la costa. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y, el conductor o cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Volviendo a la costumbre popular, por riguroso turno, de cuatro en cuatro, llevarán en hombros al amigo hasta su última morada, pasando primeramente por la puerta de la iglesia donde el cura rezará y bendecirá el cadáver. Aquí es necesario rescatar una costumbre que felizmente ha vuelto a tener vigencia en nuestra tierra. La misa de cuerpo presente en el templo. Al respecto dicen las disposiciones de la iglesia católica: “El Oficio de Difuntos y la Misa forman parte integrante de las exequias, tanto que, aun tratándose de pobres de solemnidad, el obligatorio decirles al menos un Nocturno o lo que se llama la Vigilia. El Oficio de difuntos se recitó ya en la más remota antigüedad cristiana”.

De la casa al campo santo hay varios “descansos” donde se efectúan los “caipincruz” que hay que observar con disciplina y rigor. En ellos, además del relevo de los cargadores, los “cantores” salmodian sus responsos y los “servicios” invitan los cigarrillos y el “quemao” para atenuar el frío. Así se cumple con lo que dice la Iglesia: “La conducción del difunto se hace en medio de cánticos de salmos y preces eclesiásticas y de signos exteriores, llenos todos de místico significado. El tañido de las campanas anuncia a los fieles que de su seno ha desaparecido un hermano; el agua bendita es el símbolo de la purificación del alma, el incienso simboliza la oración que se eleva a lo alto como el humo de los perfumes en la atmósfera; finalmente, el crucifijo es la señal de la Redención; prenda segura de que el alma del difunto hallará descanso en el seno de Dios”.

Continúa….

Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES (Primera parte)

El 30 de setiembre de 1985, Caretas publicó el siguiente texto sobre Daniel Alcides Carrión (1857-1885), escrito por el médico peruano Uriel García Cáceres. En la presentación del artículo se puede leer: “El próximo sábado 5 de octubre se cumple un centenario del sacrificio que en aras de la ciencia médica realizara un joven y valeroso estudiante de medicina: Daniel Alcides Carrión. Hoy, el definido propósito de demostrar la naturaleza infecciosa de la verruga a través de la inoculación voluntaria del germen es reconocido universalmente y Carrión figura entre los grandes de la medicina mundial. Sin embargo, el mundo que rodeó a Carrión durante su existencia le fue agresivamente hostil y no fue hasta entrado el año de 1927 en que se reconoció –luego de inocular animales– la trascendencia científica de su gesto. Por inverosímil que hoy parezca, la figura del más grande hombre de la ciencia nacional fue tergiversada y deformada –hasta en sus rasgos físicos– por una sociedad racista y discriminadora que no aceptando los matices indígenas del investigador, optó por “afrancesarlo”, según detalla en este sensacional informe para CARETAS el reconocido médico Uriel García Cáceres”.

Ha pasado un siglo, el 5 de octubre, del día que en la Maison de Santé falleciera el estudiante de medicina del quinto año de estudios como resultado de la inoculación voluntaria que se había practicado con la secreción sanguinolenta de una rojiza verruga. Carrión trataba de demostrar la “inoculabilidad” de la enfermedad. Ese concepto y esa palabra estaban en boga en el mundo científico de esa época, era el primer paso para demostrar la naturaleza infecciosa de cualquier enfermedad. Después había que buscar un agente bacteriano o microbio tanto en el enfermo atacado con el mal por estudiarse como en animal inoculado. Resulta que era y es desconocido, salvo en muy contadas ocasiones, que se haya inoculado a seres humanos como sujetos de experimentación.

Isabel I de Inglaterra mandó experimentar la variolación en voluntarios, presidiarios que deseaban condonar su pena. La variolación fue el procedimiento que consistía en infectar mínimamente (todavía no se conocía la vacunación de Jenner) con pústulas de viruela a personas para que adquirieran resistencia por vida contra esa temida enfermedad: claro que algunos morían de una diseminación. Mengele experimentó con niños judíos en los campos de concentración inoculándoles toda suerte de microbios. Pero todos esos han sido ejemplos de inoculaciones hechas por investigadores a otras personas, inclusive aquí hubo un chapucero investigador que quiso imitar a Carrión, en pellejo ajeno, con tuberculosis y sin su consentimiento.

John Hunter, a fines del siglo XVIII, se inoculó sífilis para estudiar en su cuerpo la historia natural de la enfermedad. Logró describir la etapa de diseminación de la enfermedad; él murió después de muchos años, en la vejez, de las complicaciones tardías de esa misma enfermedad, en la aorta y el corazón.

Ha habido otros como Petenhoffer quien, en una actuación científica pública, en medio de un argumento en contra del origen microbiano del Cólera, sostenido por Pasteur, arrancó de las manos de su oponente el frasco que contenía el caldo de cultivo con los terribles vibriones productores de la mortal enfermedad. Lo asombroso fue que no le pasó nada al irascible científico, poniendo en duda las teorías del gran Pasteur.

Daniel Alcides Carrión (Uriel García)
Daniel Alcides Carrión (1857-1885). Foto: Caretas.

Otros ejemplos menos dramáticos y, sobre todo, menos importantes en sus conclusiones han ocurrido. Pero el de Carrión es el más destacado de la Historia de la Medicina Universal. No solo porque las conclusiones que se sacó con su experimento son válidas hasta hoy y han resistido argumentos, basados en trabajos científicos más elaborados y tecnológicamente más completos que los que usó nuestro Carrión, sino por el lado humano de la hazaña.

Cuando Carrión escoge al paciente para que “no sin dificultad” su amigo, el médico Evaristo Chávez le inoculase, tiene la buena fortuna se dice esto –desde luego, por el éxito científico del experimento mas no por el trágico resultado– que la verruga escogida del niño, 14 años, estuviese seguramente plagada de los microbios causantes de la enfermedad. La adquiere y demuestra, sencillamente y sin ninguna sofisticación, que la enfermedad es inoculable. Para demostrar que él estuvo en lo cierto tuvieron que pasar muchas décadas; en 1905 Alberto Barton descubrió el microbio causante y solo, en 1927, Noguchi, trabajando con técnicas muy elaboradas en el afamado Instituto Rockefeller logró demostrar, en animales de experimentación, la inoculabilidad de la enfermedad.

Cuando, abandonado y olvidado por las notabilidades médicas de la época, gravemente enfermo con el mal que estaba estudiando, obnubilado y en discernimiento dedujo que la anemia y la fiebre que lo estaba matando era idéntica a la de la enfermedad, mal llamada Fiebre de La Oroya. Otra vez aquí hubo discusión sobre la validez de esta conclusión. En 1913 la Universidad de Harvard envió una expedición al Perú para resolver el problema. El grupo de investigadores estuvo presidido por el más connotado especialista, el Dr. Strong. La conclusión fue que Carrión se había equivocado; que la Fiebre de La Oroya y la Verruga Peruana eran dos enfermedades distintas, que los gérmenes descubiertos por el peruano Barton eran los causantes de la primera enfermedad y que los de la Verruga había que buscarlos. Años después, en una segunda expedición, Strong tuvo que rectificarse.

Carrión vivió en un medio hostil bajo muchos puntos de vista. “La que llevamos aquí no es vida, pues pasan cosas nunca vistas…” “Más es siempre más…  ¿Qué hacer? Paciencia y barajar…” son expresiones que se encuentran en las tiernas cartas que escribió a su madre o a su padrastro. Tenía la sensibilidad vallejiana, propia del serrano.

Continúa……

 

Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI (Segunda parte)

Lucho Barrios 34.

Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trescientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

5.

Lucho BarriosRescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

6.

Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese que también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anamelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)

Nuestro colegio Nacional Daniel Alcides Carrión (Segunda parte)

colegio Daniel Carrión
Nuestros queridos y recordados maestros, presentes en una de las “Actuaciones sabatinas”, en nuestro viejo pero amoroso patio de honor.

Además de las celebradas actuaciones culturales sabatinas en las que se recordaban las fechas históricas más importantes, el Colegio instauró la celebración del día de Carrión el 5 de octubre, de cada año. El plato fuerte de esa presentación anual del Teatro Carrionino en la que se hacía gala de versatilidad y un arte que todos aplaudían. Recordamos “Juan José” o “Papá Lebonard” en cuya presentación alcanzaron brillantes éxitos: Ginés Pomalaza, Eliseo Acosta, Bertha Lavado, Marciana Evangelista. En esta fecha se coronaba a la reina del Colegio. A lo largo de los 50 años, las soberanas carrioninas, fueron: Lucrecia Paiva Dalguerre (1943), Cora Orna (1947), Maura Icochea (1948), Bertha Lavado (1949), Amada Solís (1952), Mérida Díaz Meza (1953), Olga Vásquez (1954), Maruja Solís (1955), Clara Rodríguez (1956), Elvira Doig H. (1957), Gladys Matos (1959), Clorinda Ramos (1961), Lucía Álvarez Luchini (1963 y 1964), Isabel Carrión (1965), Betzabé Luna (1966), Elvira Centeno (1968), Elvira Sinche (1977), Edith Pasquel (1979).

En el plano del Deporte, la aurinegra divisa carrionina está jalonada de triunfos resonantes. Evocarlos, significa traer a la memoria nombres tan queridos como la del maestro Eugenio Pastrana Chamorro que, como alumno primero y profesor después, nos regaló con lo mejor de su generosa capacidad. Con él, Loli, Acurio, Osorio, Chinchán, Ulloa, Parra, Santiváñez,…Donde estén, nuestro homenaje de gratitud a todos ellos. Luego vinieron, el “Zurdo” Acosta, Document, Abel Arauco, “Pecas” Dávila, Job Arzapalo, Bustamante, “Flaco” Córdova…En el Vóleibol auroral destaca nítidamente la figura de Raquel Ordóñez Vadillo, extraordinaria capitana de nuestros representativos. Con ella, Bertha Lavado, Nila Meléndez, Nona Laderas, Nelli Ponce, Leonor Alocilla, Betty Parra, Clelia  Atala, Dione Carrión, Aidita Santiváñez, Yopropia Zeladita, Ketty Ponce… Todas extraordinarias, todas inolvidables. En el Fútbol, la lista es mucho más dilatada: Jesús Azcurra, “Cholo” Alania, “Negro” Luquillas, “Pecas” Dávila, Probo Camayo, “Flaco” Córdova, Fena Livia, “Trapo” Mendoza, Jorge Soria, “Bio” Soto, “Trueno” Rivera, “Chino” Callupe y sus hermanos Lucho, Baldomero y Enedino…la lista es inacabable.

Inacabable también es el ramillete de maravillosas mujeres carrioninas y hombres notables que en todos los campos de la actividad profesional, triunfan rotundamente. En el Magisterio, La Banca, la Industria, el Arte, el Comercio, el Derecho…No nos alcanzarían páginas para nombrarlos a todos. Los cincuenta años transcurridos, han sido pródigos en dotar al Perú de notables valores humanos salidos de las canteras carrioninas, crisol de grandeza, amasijo de grandes virtudes. No en vano, en los muros y en el corazón de cada carrionino, están vigentes las palabras de nuestro patrono: “Ahora les toca seguir el camino que les he trazado”…

Equipo del colegio Carrion 1958
Equipo de fútbol del Colegio, campeón invicto en la temporada 1958 en la Liga provincial