EL PRIMER DESENGAÑO (Tercera parte)

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El jueves santo de aquel año fueron al campo a recoger flores para la  procesión del día siguiente. Salieron muy temprano llevando sendas talegas para transportarlas, también alimentos, frutas y  refrescos. Tomados de las manos, libres de cualquier atadura, se perdieron por las inmensidades de Yanamate, cantando y conversando alternativamente. En todo ese tiempo abrieron sus  corazones y volcaron, uno a otro, íntimas confesiones que sólo con los que se quiere se puede compartir. En muchos pasajes la vio llorar con mucha tristeza. Sufría por sus padres, por su pobreza, por todas las limitaciones que la acosaban. ¡Cuánto llegaron a conocerse aquel día santo! Después de las cuitas, recogieron  gran cantidad de pequeñas flores llamadas “Para – para huayta” (“Flor de los cerros”) de inmensa variedad de colores. Ella por su parte, utilizando un gancho metálico, sacaba también una buena cantidad de raicillas como diminutas yucas. “Es “cachu – cachu” –le dijo- nuestro chicle”. Juntó la lechecilla hasta conformar una bola y dándole a la boca: “Mastica”, le dijo. Parecía un trozo de jebe, sin sabor alguno porque no tenía nada de azúcar pero, él cayó en la cuenta de que su masticación, mantenía los dientes muy limpios con aliento fresco. Ya con las sombras apoderándose del paisaje, tomados de la mano, retornaron exhaustos por la prolongada caminata.

 Por aquellos días, cuando pasadas las cinco de la tarde, los muchachos  se enfrascaban en disputados partidos de fútbol. Al borde de la cancha veían al joven arquero del “Club Sport Unión Railway”. Alto, joven, bien parecido, con manos gigantescas y notable envergadura; piernas poderosas y, lo más notable en él: sus glúteos  enormes; parecían el doble del tamaño de lo que debieran ser. La chispa e imaginación de los aficionados le clavó un apodo que lo pintaba de cuerpo entero: “Waca siqui” (culo de vaca). Todos los jóvenes contendientes abrigaban la secreta esperanza de que el arquero los observaba para llevarlos a filas del club ferrocarrilero y, sin ninguna restricción, demostraban sus condiciones futbolísticas. “Chalacas” espectaculares, impecables “palomitas”, “wachas” oportunas y atildadas, interminables “cabreos”, “planchas”, “cocos” y vistosos desplazamientos en clara demostración de inacabable “físico”. ¡Qué no hacían! Eso, diariamente. Soñaban con vestir la gloriosa camiseta azul del Railway, cantera prodigiosa de talentos futbolísticos de entonces. Fatalmente, a costa de todos sus sueños, descubrió el error en el que estaba viviendo.

 Una madrugada encontró su puerta tan sólo entornada. Con el fin de sorprenderla empujó y, entró. El chirrido la despertó y sorprendida se sentó;  quedó mirándole, roja de sofocación, despeinada, estupefacta. No podía articular palabra.  Sólo sus ojos, sus enormes ojos, estaban fijos en él. Notó que a su lado, había un bulto inmóvil. Ambos lo miraron. Cuando le preguntó quién era, el bulto descubrió la sábana. Quedó mudo. Era el maldito “Waca siqui”, igualmente despeinado y rendido, que estaba durmiendo al lado de aquella preciosidad que era, no parte, sino toda su vida. En un instante lo comprendió todo. Un remolino de emociones inundó su alma, mezcla de ira, impotencia, desamparo y tristeza. Se sintió como acuchillado en el corazón. Era una emoción que no esperaba recibir. Un llanto convulsivo se apoderó de él y salió corriendo, huyendo, a donde le llevase el destino. Corrió por los campos, camino de cualquier parte, escapándose de aquella negra suerte que se había disfrazado de efímera felicidad. Aquel día no asistió a la escuela, se perdió por esos campos desolados y lloró como nunca porque creía que no tenían derecho a hacerle eso. Se sintió traicionado, incomprendido, solo, desesperadamente solo. Desde entonces, ya no fue el mismo.

 No he tenido en la vida ni un momento de felicidad;

yo he sufrido en la vida lo que nadie ha sufrido jamás.

Para qué hablar de amores, si el amor es un soplo fugaz,

es perfume de flores que como viene se va.

 

Y vivir para qué, cuando ya no hay amor, qué me importa la vida

Y vivir para qué, cuando ya el corazón ha perdido la fe.

No he tenido en la vida,  ni un momento de felicidad,

yo ya estoy convencido que todo es mentira, que nada es verdad.

 Ella –le contaron sus amigos- le buscó para hablar y explicarle lo que había acontecido, pero jamás lo logró. Él la evitó por todos los medios. Prefirió caminar con sus enormes baldes rodeando la  vieja casona por no volver a verla, compró los panes de otro lugar y prefirió pelarse de frío a verla. Un día le contaron que a su “querido” –con el que se había unido- lo habían cambiado de colocación en un pueblo cercano y que ella se había ido con él.

 Cómo sufrió aquellos años. Cuánto daño le había hecho el vivir esperanzado, aferrado a una felicidad que no sólo fue efímera sino muy cruel. El único ser que con él compartía tristezas y alegrías, el amor de su vida, la había traicionado. Sus días se tornaron grises y vacíos. Tardó muchísimo tiempo para acostumbrarse, pero poco a poco, fue olvidándola. Así pasaron los años y, ¡lo que son las cosas!; la volvió a encontrar.

 Aquella tarde de diciembre de 1964, sepultaban a setenta y cuatro mineros muertos en una explosión en la mina de carbón de Goyllarisquizga. En su condición de Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, cargaba al primero de la fila, pero, sea por las malas noches continuas, el dolor que experimentaba por la desgracia, por el cansancio, o por lo que fuere, al superar una subida, sintió que el corazón se le encabritaba de angustia y, un dolor parecido a un ahogo, le cerraba el pecho, entonces, encargando a otro colega para que le reemplazara, salió de la fila y llegó a una casa por donde pasaba el entierro. A la puerta, entre la penumbra, vio a una señora y le pidió que le regalara con un vaso con agua. Al momento le sirvió muy comedidamente. Después de tomar unos sorbos sintió un alivio que le permitiría seguir adelante. Agradecido entregó el vaso: “Gracias, señora”. Entonces escuchó  como salida del ayer, la voz de ella: “No tienes por qué, cushurito”- siempre le había llamado así. Sorprendido miró con más atención y entre la penumbra la vio. Estaba muy delgada y avejentada, pero seguía siendo bella. No dijo nada, no podía hablar. Hay heridas que nunca se curan. Se quedaron  mirando un buen rato sin proferir palabra alguna.  En silencio se retiró de aquella casa cuando, enorme y pesaroso, un lagrimón amenazaba rodar por sus  mejillas…

 

Después de tanto soportar la pena se sentir tu olvido,

Después de todo te lo dio mi pobre corazón herido,

has vuelto a verme para que yo sepa de tu desventura,

por la amargura de un amor igual al que me diste tú.

 

Yo no podré ni perdonar ni darte lo que tú me diste,

Has de saber que en un cariño muerto no existe el rencor.

Y si pretendes remover las ruinas que tú misma hiciste,

sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.

 

 

Fin………..

EL PRIMER DESENGAÑO (Segunda parte)

el-primer-desenganoUna tarde, ¡Cómo lo recordó siempre!, le cogió la cabeza y con una delicadeza muy especial, suavemente, con cariño, comenzó a peinarle. “¡Qué lindo cabello tienes; se parecen a los “cushuros” que crecen en el agua!”, le dijo, y para mejor acicalarle, le acercó a su busto generoso. En ese momento experimentó una emoción nunca antes sentida y, sin darse cuenta de lo que hacía, se abrazó a ella. Se abrazó como una hiedra lo hace con el tronco que lo cobija; con la desesperación de quien nunca había sentido una caricia; con el hambre de amor que todos esos años había esperado; y el calor del cuerpo de Julia, joven, bullente y cálido, le transmitió una sensación extraordinaria, vivificante, que lo inundó todo. Cuando un rato después levantó la cara para mirarla, la vio tan cercana, tan lindamente cerca, que cogió su carita chaposa entre sus manos temblorosas y la besó con amor, con mucho amor, con fiebre, con el hambre del afecto que bullía en su sangre. Fue el primer beso de su vida. Ese día cumplía doce años. Un mundo de felicidad inundó su espíritu y, loco como unas pascuas, corrió como un demente por el barrio. Esa noche no jugó con los otros chicos. Se sentó en las gradas de una vieja escalera y se puso a meditar muy serio. Todos se extrañaron. Se sentía feliz, extrañamente feliz. Un  hombre hecho y derecho. No podía creer, a pesar de haberlo vivido, que a él le estuviera ocurriendo semejante milagro.

 Toda una vida, me estaría contigo,

no me importa en qué forma

ni cómo ni dónde, pero junto a ti.

 

Toda una vida, te estaría mimando,

te estaría cuidando, como cuido a mi vida

que la vivo por ti.

 

No me cansaría de decirte siempre

pero siempre, siempre que eres en mi vida,

ansiedad, angustia y desesperación.

 

Toda una vida, me estaría contigo

no me importa en qué forma

ni dónde ni cómo, pero junto a ti. 

         Una noche inmensamente azul, completamente estrellada, tomados de la mano contemplaban en silencio aquel poema sideral de grandeza cuando, como desprendiéndose del cielo donde hasta entonces había estado, un lucero brillante cayó dejando una estela de blancura que pronto desapareció. Rápido, casi atropelladamente, ella le dijo: “¡Pide un deseo, pero no me lo digas a mí, ni a nadie. Que sea para ti solo. Si no, no se cumplirá”. Hubo un prolongado silencio en el que hizo lo que le encargara. “Todos esos luceros, son las almas de los seres que queremos y ahora están en el cielo desde que murieron; ya no están más con nosotros”. “¡¿Sí….?!”. “¡Claro. Yo estoy segura que tu papá y tu mamá están allá arriba, convertidos en luceros. Te están mirando y te están cuidando”. Hubo un largo silencio. Finalmente dijo: “Ya ves, no estás tan solo como crees. Además, me tienes a mí. Yo te quiero mucho”. No dijo más y, se besaron.

 Desde Entonces, todo fue felicidad. Cuando las locomotoras, como gigantescos monstruos anhelantes comenzaban sus resoplidos a las cinco de la mañana, se vestía emocionado e iba a llamarla. Tocaba levemente a su puerta pero ella ya le estaba esperándolo lista para partir. Llevados por la alegría y con el fin de atenuar el frío de la hora iban corriendo a campo traviesa hasta llegar a engrosar la fila para la compra del pan. En su desplazamiento jugaban como locos en el parque infantil que está en el trayecto, columpiaban, alternaban en el sube y baja, subían a los toboganes, una y otra vez, hasta quedar sin resuello; cuando nevaba, armaban gigantescos muñecos de nieve o simplemente  rodaban enormes moles que crecían más y más con el avance. Terminaban arrojándose bolas de nieve en guerra sin cuartel, siempre en alegre jolgorio; después, ya ateridos, se tomaban de las manos y así llegaban a ocupar su emplazamiento en la cola. Ella se ponía detrás y le cubría con su pañolón para abrigarle. Él, en el tiempo que duraba su inamovilidad, le contaba historias que leía continuamente; especialmente las narraciones de Scherezade en “Las mil y una noches” o pasajes de las novelas de “Leoplán”. Otras veces, inventaba historias que ella escuchaba  con mucho amor. Entre tanto, él no sólo experimentaba el calor del cuerpo generoso de su compañera de juegos, sino también una extraña sensación que más tarde, mucho más tarde, logró definir. Eso acontecía diariamente.

 Algunas veces, sin que los muchachos del barrio se enteraran, se citaban al manantial de “Garga” para encontrarse. Éste era un idílico lugar con una verde alfombra de pasto enmarcando el manantial de aguas límpidas que discurrían a las zonas bajas. Allí llegaba ella –como una ayuda para su madre- con enorme carga de frazadas y ropas de lana para lavar. Primero las remojaba y embadurnaba con greda -arcilla arenosa que, como por encanto, sacaba la grasa y suciedad- se quitaba medias y zapatos, remangaba sus polleras dejando al descubierto sus piernas hermosas y bien torneadas procediendo a pisotear las piezas engredadas, como hacen con las uvas en un lagar. Sonriente, le invitaba a participar del rito y, contagiado de su entusiasmo, también hacía lo propio. Después, cogiendo una por una, las introducía en la corriente de agua que arrastraba toda la grasa y suciedad. En la acción podía ver sus brazos y sus senos bajando y subiendo prolijamente, incansables. Después las exprimía con gran esfuerzo, las tendía sobre la hierba y, en dos horas, ya estaban secas. Cuando las doblaba para llevarlas, emitían unos sonidos raros como de algo rompiéndose y, en la oscuridad de la noche, producían sonidos de chispas brillantes que, como por acto de magia, salían de las frazadas de lana.

 Continúa….

 

 

 

 

 

 

 

EL PRIMER DESENGAÑO (Primera parte)

Antes de comenzar este relato, hago llegar mi saludo de admiración y afecto a la artista nacional Gabriela Pérez Tasayco –mi nieta querida- que ha realizado este apunte de una fotografía del protagonista cuando éste contaba con ocho años en su lejano Cerro de Pasco. De igual manera hago llegar mi gratitud a los amigos cerreños que el fin de semana llegaron  a visitarme regalándome con placenteros momentos que no olvidaré. Mil gracias.

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En el inolvidable barrio “Misti” vivió, entre otros niños pequeños,  el “Cushuro”. Cuando la muerte se llevó a sus padres, quedó desamparado. Tenía seis años. En aquel instante, la generosidad de su abuelo materno, un legendario herrero de la “Mining”, lo llevó a vivir a su casa; su abuela en cambio lo recibió a regañadientes. Vio en él una dura carga al que no tardó en demostrarle su mala voluntad y un acérrimo odio vitando que, en todo tiempo, lo puso de manifiesto. En la casa le asignaron un rincón para que durmiera y, desde niño, lo pusieron a trabajar. Para sobrevivir, tuvo que alternar sus estudios con los rudos trabajos que le encomendaban. Tenía la  responsabilidad de  transportar, semanalmente, cincuenta kilos de carbón que la Compañía repartía a cada uno de sus obreros; su abuelo era uno de ellos. Una tarea verdaderamente dura pero pese a sus escasas fuerzas, llenaba el carbón en un costal, lo subía a la balanza para su pesaje y finalmente lo transportaba en enorme carretilla de hierro por una ruta tan escabrosa como difícil. Nunca en su vida tuvo ocupación tan tremenda. La otra era llevar, cada semana, la comida para los cerdos que su abuela criaba en los corrales de la casa. La vieja había establecido que el domingo, a las once de la mañana, hora de misa solemne, tenía que pasar por la iglesia con su carga nada agradable de dos baldes de desperdicios que alimentaban a los chanchos. ¡Cuántos “niños bien”, compañeros de clase, le veían cumplir con aquella humillante tarea! En todos los años de su vida jamás pudo olvidar el enorme infortunio que entonces invadía su espíritu. ¡El mejor alumno de la clase realizando tareas humillantes y desdorosas! Jamás logró superar aquella infamante huella en su alma. Era un niño muy triste. Nunca se le veía sonreír. Sus juegos se limitaban a las correrías por toda la extensión de su barrio. Parecía un animalito silencioso y solitario. Un día, su abuelo le regaló con una pequeña casita tan desvencijada y triste que él adecuó para su “mundo”. Allí, cumplidas sus tareas se encerraba a jugar, pero sobre todo, a leer. Aprendió a estar solo. En completo silencio, temeroso de ser sorprendido por la vieja cruel. En una esquina había adecuado un ambiente con aparatos que encontraba y alucinaba estar en una nave espacial como la de “Flash Gordon” de aquellos tiempos; en otra, “armas”, correas, “monturas” y toda la parafernalia de un rancho tejano del  lejano oeste; en otra, apilando cajas vacías de dinamita, su primigenia biblioteca donde colocaba sus revistas “Billiken”, “Pif – Paf”, “Peneca” y sobre todo, “Leoplán”, en donde leyó las más notables novelas de Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, y un libro tan viejo como voluminoso de “Las Mil y una Noches”. El tesoro de esta su biblioteca era la colección de “El Tesoro de la Juventud” que ganó en un concurso del Día de la Madre. Se enfrascaba en sus lecturas para soñar con otros mundos, ajenos al duro y despiadado que estaba viviendo. La otra misión, difícil y riesgosa, era la de ir a las cuatro de cada mañana a la cola de pan y, traer la ración diaria que el Prefecto había ordenado para cada familia. Por la tarde, saliendo de la escuela, la inacabable cola para comprar azúcar. No importaba el tiempo que hiciera. Muchísimas veces, bajo la inclemencia de truenos y rayos, nieves abundosas o diluvios implacables, pasaba horas enteras para lograr la ración cotidiana de cien gramos por familia.  Y, diariamente, antes del almuerzo, el llenado de agua en cubos y bateas para el consumo y el lavado de ropa. Para ello tenía que caminar una distancia considerable hasta el pilón donde, por riguroso turno, debería recibir el agua en sus baldes. Uno de esos días conoció a Julia.

 Ella tenía dieciséis años. Era alta, con un cuerpo generoso para su edad y una belleza recatada y muy tierna. Llevaba con donaire sus ropas pobres pero muy limpias. Al sonreír, su rostro trigueño con pronunciadas chapas rosadas, era un homenaje a la vida. Su pelo negro y hermoso, liso y bien peinado, se juntaba en unas trenzas que terminaban en listones rojos. Siempre estaba ocupada. Sus manos no estaban ociosas; unas veces hilando kilométricos hilos de lana en su “Puchka”; otras, tejiendo medias, chompas, chalinas, o gorras, que usaban sus familiares para soportar el frío. Siempre estaba sonriendo. Sus labios carnosos y abiertos dejaban ver unos dientes parejos y muy blancos; ojos intensamente negros, resguardados por prolongadas pestañas; caminar grácil e inquieto, incansable en su servicial comedimiento laborero. Sin duda tenía que afrontar serios problemas, sobre todo económicos, pero nunca los hizo conocer; era hermética y muy recatada. Cuidaba de su padre, un viejo obrero que laboraba en la mina, y de su madre, una anciana que lavaba ropa. Ambos salían a trabajar muy temprano dejándola para que atendiera todos los quehaceres del hogar. En cuanto llegó al barrio se hicieron muy amigos.   

         Al encontrarse en plena tarea del traslado de agua, le llamaba exultante: -“¡Cushurito!, ven aquí. Sírvete!”, y amorosa le alcanzaba unos platillos que guisaba, o dulces que preparaba muy bien. Había que ver el comedimiento y el tierno gesto con el que le alcanzaba su convite que él agradecía muy emocionado. Más tarde él le retribuía con chocolatines “Alí Baba” que tanto le gustaban o con canciones, entonces de moda, que igualmente quería. Otras veces por la tarde, cuando lavaba su frondosa cabellera negra y se soltaba toda la cascada sobre sus hombros, parecía más hermosa; inolvidablemente hermosa, pero más mujer. Él la quedaba mirando extasiado. Para entonces comenzó a sentir por ella  un afecto inédito nunca antes experimentado. No podía apartarla de su mente en ningún momento y, cuando estaba en su compañía, le agradecía la bondad de sus atenciones, la sutil coquetería de sus juegos y, muy pronto, se dio cuenta que cada día necesitaba más de su presencia, de sus palabras, de su calor. Sólo ella, con su plática simple y cariñosa, podía compensar la inmensa soledad que envolvía su vida. Por las noches, cuando la luna estaba fija, allá arriba, y la silenciosa serenidad se prestaba para ello, él interpretaba algunas canciones entonces de moda que las enfermeras del Hospital Americano salían a escucharlas y le regalaban con cariñosos aplausos, al terminarlas. Ella era la más feliz. Le prodigaba una mirada muy significativa, cargada de amor.

 Por qué no han de saber,

que te amo vida mía,

por qué no he de decirlo,

si fundes tu alma, con el alma mía.

 

Qué importa si después,

me ven llorando un día,

si acaso me preguntan,

diré que te quiero, mucho todavía.

 

Se vive solamente una vez,

hay que aprender a querer y a vivir,

hay que saber que la vida,

se aleja y nos deja, llorando quimeras.

 

No quiero arrepentirme después

de lo que pudo haber sido y no fue;

quiero gozar esta vida,

teniéndote cerca de mi hasta que muera.

Continúa……

Homenaje a la madre

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Muchas veces restringimos nuestro saludo, en el día de la madre, sólo al ser que nos dios vida y cariños impagables y hermosos, pero es bueno recordar  también, a las heroicas mujeres que no sólo nos dieron cariño sino que guiaron los momentos más hermosos de nuestra niñez: LA MAESTRA.

En este espacio hemos querido recordar a aquellas nobles mujeres que, tanto como si fueran nuestras madres, nos regalaron con  su cariño y sus enseñanza que, pasado el tiempo, no   olvidamos, por eso es que en esta ocasión hemos querido ofrecerles los versos de aquel enorme artista argentino, Luis Landriscina que habla de LA MAESTRA DE CAMPO:

LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Quinta parte)

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Los trofeos que las armas de la patria recogieron ese día memorable fueron: tres banderas, dos estandartes, la espada del general O´Reilly, el armamento de dos batallones de infantería, el de un escuadrón de carabineros, dos piezas de artillería, la caja militar y el parque de repuesto. La pérdida de fuerzas que ambas partes sufrieron, fue la siguiente:

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Por la tarde de aquel 6 de diciembre, convocados por el comando patriota, hombres y mujeres del pueblo cerreño, se reunieron en Cabildo Abierto. El Acta dice:

“En el Cerro de Pasco, a los seis días del mes de diciembre de mil ochocientos veinte, glorioso día que el dios de la victoria ha coronado la acción patriótica de nuestro Ejército, en la batalla contra las fuerzas realistas habida esta mañana y, por disposición de Su Señoría, el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, Comandante Supremo de nuestras fuerzas en este lugar, se han reunido en Cabildo Abierto, todas las autoridades y ciudadanos del asiento mineral, en el que expresados el parecer de cada quien, se nominó por aclamación unánime a los siguientes ciudadanos en los cargos administrativos correspondientes: 

            A Don Ramón de Arias, en el cargo de Alcalde Mayor y Juez de la Patria que, en su condición de primer ciudadano de esta repartición territorial histórica, deberá tomar el Juramento de Independencia del régimen español a toda la ciudadanía convocada para el caso, el día de mañana, siete de diciembre. 

            A Don Francisco Quirós, distinguido soldado que esta mañana ha luchado por la libertad de la Patria, en el cargo de Gobernador General que lo será de esta ciudad y todo su territorio, para la administración de justicia en lo correspondiente a lo político – militar. 

            A Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, en el cargo de Comandante General de Armas del Cerro de Pasco, con mando sobre soldados y patriotas auxiliares en territorio de su jurisdicción.

            A Don Anacleto Benavides, en el cargo de Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción. 

Al Doctor don Dionisio Vizcarra, en el cargo de Director General de Minas de Pasco. 

Provistos que fueron los principales cargos públicos en el que cada uno de los concurrentes prestó su opinión, voto en público que no tuvo ninguna discrepancia de un sólo individuo, se procedió a recibir la juramentación oficial en nombre de la Santa Cruz, los Evangelios y la Bandera Nacional, de todos los nombrados. 

Viendo Su Señoría, el referido Señor General, la apoteósica y uniforme elección que se ha hecho, manifestó su contento y complacencia. Reiteró su agradecimiento que desde su llegada le había prestado la ciudadanía por la justa causa de la Patria.

Extendió su convocatoria para mañana siete de diciembre en que se Jurará la Independencia y se formalizará los nombramientos producidos esta tarde con una solemne misa cantada en acción de gracias al Todopoderoso en la explanada de la Plaza Mayor de Chaupimarca. Finalmente, todos los vecinos suscribientes de la Justicia de la causa de la Patria, expresaron abrazarla franca y gustosamente, renunciando todo derecho de la Nación Española y que desde luego están prontos a prestar el juramento mañana, de seguir las Banderas de la Patria, lo que ejecutarían el día de mañana siete de diciembre. (Firmas)

Por ante mí, Secretario del Cabildo”.

Finalizada la ceremonia cívica, todos los habitantes acompañaron los restos de los soldados caídos en combate para ser sepultados. Conducidos en hombros por sus compañeros de armas, setenta y siete cadáveres, envueltos en sus pellizas guerreras fueron llevados allá, a tambor batiente. En las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha, las campanas doblaban lúgubres. Llegados al campo santo, tras el fúnebre y dolido toque de silencio ejecutado por un trompeta argentino, fueron sepultados en tierra minera. Patriotas y realistas,  bajaron juntos a las entrañas cerreñas.

Aquella mañana del 7 de diciembre de 1820, amaneció radiante. La nieve que alfombrara de albura el campo de batalla donde los patriotas se cubrieran de gloria, había desaparecido. Un rutilante sol  brillaba omnipotente, allá arriba, bajo un sobrecogedor imponente fondo azul. Gentes de toda condición venidas de los pueblos aledaños entremezcladas con los lugareños, iban tomando sus ubicaciones dentro de los linderos de la plaza Chaupimarca. El día anterior, el general Arenales había hecho publicar una convocatoria a un Cabildo Abierto para perpetuar en un acto simbólico el trascendental triunfo que las fuerzas patriotas de América acababan de obtener en un extremo de la minera ciudad. A un costado de la iglesia San Miguel, donde hasta el día anterior había permanecido la horca en la que habían ajusticiado a muchos facinerosos, se levantaba majestuoso un entarimado adornado con banderines, quitasueños y cadenetas. En la parte central: el altar. A un costado la bandera nacional recientemente creada por el general don José de San Martín, en Pisco el 21 de octubre del mismo año, dividida por líneas diagonales en cuatro campos, blancos los de los extremos superior e inferior, y rojos los laterales con una corona de laurel ovalada al centro y, dentro de ella, un sol saliendo por detrás de las sierras escarpadas que se elevan sobre un mar tranquilo. A un lado, la bandera chilena. En la parte baja del estrado, se exhibían los trofeos de armas arrancados a los realistas: tres banderas y dos estandartes; la espada del prófugo general O´Reilly; armamento completo de dos batallones de infantería y un escuadrón de carabineros, dos cañones, la caja militar y el parque de repuesto.

A las diez de la mañana hicieron su aparición por las calles adyacentes los bravos soldados de la libertad: argentinos, chilenos, paraguayos y peruanos. Cientos de hombres, mujeres y niños, los aplaudían vitoreándolos. Inmediatamente después, irrumpió un grupo de cerreños notables presididos por don Ramón de Arias, Primer Alcalde Republicano y Juez Mayor de la Patria; don Francisco Quirós, notable político cerreño, nombrado Gobernador General; Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, Comandante General de Armas; don Anacleto Benavides, Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción; el doctor don Dionisio Vizcarra, Director General de Minas; Manuel de Arias, delegado minero que al año siguiente firmaría el acta de independencia del Perú, el 28 de julio de 1821 en la ciudad de Lima, en representación del Cerro de Pasco. A continuación el Estado Mayor de los libertadores. El general Álvarez de Arenales con uniforme de gala; detrás el Jefe del Estado Mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, flanqueado por los comandantes Ramón Antonio Deheza y Santiago Aldunate. Los  capitanes Federico Brandsen, José Vilela Castillo y Rufino Guido. A un costado, al mando del grupo de granaderos a caballo, el comandante Juan Lavalle. Detrás de los heroicos soldados, venía un grupo de hombres demacrados y escuálidos pero con la mirada alta y orgullosa. Eran los bravos sobrevivientes huanuqueños de la valerosa revolución de Crespo y Castillo que, cumpliendo sentencia del Tribunal de Lima, venían trabajando bajo rigor, a ración de pan y agua, y sin sueldo, en las galerías mineras del Rey que regentaban los españoles. Allí estaban los Alcaldes, Mariano Silvestre, del pueblo de Panao; Honorato Callán,  de Pillao; Patricio Martínez, de Acomayo; José Calixto, de Santa María del Valle; Gregorio Evaristo, de Huacar; Francisco Antonio, de Acobamba; Mariano Camacho de Cayna; Manuel Beraún, con alias “Saguaccay” de Huallayco; Juan de Dios Esteban, Alcalde de Campo de Pachas; Lucas Ruiz, de Rondos; Marcos Sánchez, de Punchauca, Pablo de la Cruz Vilca, de Chupán; Antonio Ambrosio, de Chavinillo;  del mismo pueblo los ediles, Julián Ortega, Manuel Concha y Nicolás Charín. De Huánuco José Huanca, Pablo Usuriaga, Antonio Mallqui, Julián Gaspar, Ascencio Briceño, Manuel Roque, Santos Trujillo, Pedro Cabello, Francisco Cabello, Hipólito Gómez, Santos Tello, Víctorio Soto. Por disposición especial del general Álvarez de Arenales fueron puestos en libertad en medio de conmovedores aplausos del pueblo cerreño.

Una vez que hubieron tomado sus emplazamientos en el estrado, el cura huanuqueño, párroco de Yanahuanca, reverendo padre, Manuel Sáenz, celebró la misa de campaña escuchada con emoción patriótica. En su corta elocución, se refirió al significado que el acto encerraba  para la historia de América y pidió que se orase por los patriotas muertos el día anterior, especialmente por el valeroso joven teniente de granaderos, el mendocino Juan Moreno, caído en la primera carga patriótica, con el corazón atravesado por una bala. El padre Sáenz inicialmente había sido un piadoso y esforzado arriero que llegó a hacerse muy conocido en Huánuco y gran parte de la quebrada de Chaupihuaranga. Al entrar de cura, en sus viajes misionales, observó de cerca la manera cómo los españoles trataban a los nativos. Para ellos todo lo mejor, dejando lo peor para los naturales. En sus conversaciones con el padre Villavicencio, llegó a la conclusión de que era necesaria la insurrección. En sus viajes ya se convirtió en agente propagandístico de la sublevación, llevando consigo proclamas, pasquines décimas y demás propaganda especialmente en los pueblos de Tápuc, Chacayán y Yanahuanca en donde formó partidas de cívicos que estaban dispuestos a luchar por la libertad y, cuando se efectuó la insurrección de Huánuco y Panataguas, él estuvo con los insurrectos alentándolos en condición de Capellán. Preso y herido fue severamente castigado. Cumplida su condena se hizo cargo de la parroquia de San Pedro de Yanahuanca en cuya condición había celebrado la santa misa de independencia. Para terminar el acto litúrgico, el padre Sáenz bendijo el Estandarte de Guerra del Batallón CONCORDIA DE PASCO, formado por patriotas cerreños que en el futuro velarían por el mantenimiento de la libertad conseguida. Luego el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, invitó a Don Ramón de Arias -elegido Alcalde Mayor y Juez de la Patria- a que declarara la independencia del Cerro de Pasco. El instante era solemne. Un silencio sobrecogedor se hizo en todos los ámbitos de la vieja e histórica plaza Chaupimarca. El primer alcalde republicano cerreño, tomo la mano derecha, la primera bandera peruana y en la izquierda un crucifijo de plata. Se acercó al borde mismo del estrado, miró a todos los rincones de la plaza  y con voz potente y emocionada, pronuncio estas históricas palabras.

-“Cerreños: ¿Juráis por Dios y la señal de la Santa Cruz, el ser independientes de la corona y el gobierno del Rey de España y ser fieles a la patria?”

Mil voces quebradas por la emoción, respondieron al unísono:

-¡¡¡Sí, Juramos!!!!!

En ese momento, los noveles soldados del Batallón Concordia de Pasco, efectuaron disparos de fusilería en homenaje al histórico momento.

Lo que ocurrió después, fue indescriptible. La emoción se apodero de todos. Se gritaban vivas a la patria, a San Martín, a Arenales. Muchos lloraban, otros cantaban, pero todos emocionados se abrazaban. Los imbatibles soldados patriotas venidos de todos los confines de América, rompieron filas y se confundieron  en emocionados abrazos con los cerreños que los vitoreaban. Entre tanto, todos rubricaban el acta que había levantado el escribano del Cabildo de Huánuco, Don Asencio Talancha. El Cerro de Pasco era el primer pueblo del Perú que juraba la independencia después de la triunfal Batalla de Pasco, que constituyó la primera y más importante victoria de las armas patriotas en una batalla franca y abierta por la libertad.

En el cielo, el sol brillaba majestuoso, omnipotente como nunca; aquélla mañana del domingo 7 de diciembre de 1820.

F I N….

 

LA BATALLA DEL CERRO DE PASCO (6 de diciembre de 1820) (Cuarta parte)

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Cuando los patriotas se aprestaban a iniciar el movimiento, advirtieron conmovidos, que gran cantidad de hombres y mujeres coronaba las cimas de los cerros aledaños. Eran los cerreños que con el fin de evitar ser pasto de la guerra se habían reunido en las cumbres y con sus gritos estentóreos alentaban a las fuerzas patriotas. Los jinetes montoneros, conformando la reserva, estaban a la expectativa para entrar en combate. En ese momento había dejado de nevar y como un milagro, tímidamente, asomó el sol.

Era impresionante el aspecto que ofrecía el impoluto escenario en el que debían enfrentarse dos experimentadas fuerzas guerreras. Una blancura total contrastaba con el azul del cielo cerreño donde el sol asomaba para presenciar la magnitud de aquella epopeya. En el rápido transcurso de unos segundos Arenales pensó que si por acuerdo de las fuerzas americanas, la única bandera que debía flamear sería la chilena que había propiciado el viaje y la peruana por ser dueña del escenario, también estaría presente la gloriosa bandera argentina representada por el majestuoso azul celeste de su cielo brillante, las nieves perpetuas que habían caído toda la noche anterior y, ese sol rutilante que alegraba el cielo. Cuando las fuerzas estuvieron preparadas, la voz enérgica y brillante del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, estremeció los siglos:

¡¡¡Adelante!!!.

Impelidos por una fuerza suprema salieron los patriotas del 11 sobre el portachuelo de la Chancayana. Advertido el enemigo de las intenciones de los atacantes efectúan una cerrada descarga sobre los invasores. En ese momento se escucha la vigorosa voz de mando del mayor Deheza:

– ¡¡¡Capitán, Medina… Sobre el centro del portachuelo!!!.

Decidido el capitán dispone en guerrilla a sus hombres que aprovechando las casas,  cortaduras de la calle Lima y, orillas de Patarcocha, avanzan sobre el reducto enemigo. En  un incesante silbido de balas enemigas, dificultad de nieve y barro,  progresan decididos, pero al llegar al borde del riachuelo, vacilan un tanto. Al advertirlo, el mayor Deheza, con perspicacia de guerrero experimentado, pica espuelas y con el brioso caballo chileno que monta, sin hacer caso de las balas, los conmina a que avancen. Al verlo –valiente y decidido- la espada al aire, exponiéndose a los proyectiles enemigos, los soldados lo imitan e inician un ataque enérgico, rápido y determinante. Entonces los realistas efectúan cerradas descargas de fusilería sobre el abigarrado grupo de valientes.

Delante de este ágil grupo de patriotas, va un hombre extremadamente joven que al coronar un pequeño promontorio, recibe una cerrada descarga sobre el pecho que le hace trizas el corazón. Impulsado por la sacudida brutal del impacto, arroja muy lejos de sí  el fusil de correaje blanco y cae de espaldas para encajonarse en una pequeña depresión que, a manera de ataúd forrado con nieve espesa y blanquísima, cobija el cuerpo del joven infante. Los ojos fríos, fijos en el cielo azulenco, queda eternamente inmóvil. Ha muerto heroicamente el Teniente de granaderos: Juan Moreno. Tenía veinte prometedores años juveniles.

Enardecidos, los colosos de la libertad siguen atacando el fortín. Con gritos fieros y estentóreos, siguiendo la afilada punta de sus bayonetas atacan la ciudadela que parece inexpugnable. Aprovechando la ventaja de sus parapetos, los españoles realizan nueva descarga con la que rueda un grupo de patriotas más, y cuando se aprestan a recargar sus fusiles, los libertadores les caen como tromba con las bayonetas caladas, destrozándoles salvajemente.

Entretanto, el capitán Medina con veinte cazadores, ha logrado introducirse en uno de los flancos de los Talaveras que, sorprendidos, se agrupan de a cuatro para seguir combatiendo. Hacen escuchar sus bravatas que son vencedores de Napoleón el Grande… De nada les sirvieron estas fanfarronadas. Rápidos y brillantes los patriotas deshicieron las filas realistas que ya sin concierto ni comando trataron de esconderse en corrales y casas de la población.

Mientras tanto, sable en mano, infatigable, fiero, sobre su moro chileno, cuya estampa guerrera contrasta con la nieve blanquísima, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, anima a sus tropas con gritos determinantes y enérgicos Va de un lado a otro sin importarle las balas silbantes.

Se está efectuando ya una de las postreras cargas patriotas, cuando el pequeño corneta del regimiento, el entrerriano Juan Pinto, se traba en fiero combate con un oficial abanderado de los Talaveras. La lucha es breve y salvaje pero al final el realista cae sin vida. La bandera ha sido arrebatada por el corneta en una triunfal acción que le mereció el ascenso.

El Batallón Nº 11 triunfa en su misión de atravesar el portachuelo de la avenida principal, bajo el fuego implacable de la artillería española. El Batallón No 2, rodeando la laguna de Patarcocha por la derecha, al trote, consigue ponerse frente al Batallón realista Concordia al que abruma con sus fuegos, y en medio del humo reinante, se le va a la carga. Como los realistas no esperaban esta embestida tan impetuosa, se desorganizaron inmediatamente y no les queda otra salida que la fuga en busca del amparo de las casas de la ciudad minera.

En todo este tiempo, los hombres -palidez mortal y ardor insoportable que les desgarra el pecho- tratan de tomar algo del oxígeno que se ha diluido en las inmensidades de la alta  planicie; las sienes martillantes y el corazón desbocado de angustia, cubiertos de sudoraciones frías y agobiantes, muchos vomitan perdiendo todo el impulso para seguir en batalla. Otros caen sin conocimiento. Otro tanto ocurrió con las bestias en combate. Con los belfos sangrantes y los ojos saltándoles de las cuencas, se tiraban en estertores lastimosos y crueles, víctimas de la “beta”. Claro, se estaban peleando en la cima del mundo, a 4,500 metros sobre el nivel del mar. En la ciudad más alta del mundo.

En aciago momento, al superar un promontorio, el caballo del general Arenales resbaló al pisar una piedra aguda que lo encabritó. Por más que puso toda su sapiencia, no logró sofrenar al animal que en sus descontrolados movimientos fue a chocar la pierna del general sobre una roca filuda que lo lastimó severamente. Sin embargo, luego de tranquilizar a su equino, Arenales siguió combatiendo. Al terminar el combate y desmontar, repararon que la herida con golpe, era terrible.

Desde entonces, todo fue persecución implacable, toma de prisioneros y acopio de toda clase de trofeos de las filas enemigas. Las hurras y los cantos de triunfo de los cientos de hombres y mujeres cerreños, encendían el ánimo de los gloriosos combatientes patriotas.

El mayor Lavalle, que desde su puesto de reserva había observado que el enemigo se retiraba del campo de batalla con su formación intacta, sin entrar en combate, decidió atacarlo para tomar la parte que le correspondía del triunfo. Ardía en deseos de hacerlo, pero las infanterías trabadas en feroz combate se lo impedían. Tuvo que esperar a que las fuerzas patriotas desalojaran al enemigo para tomar parte en la batalla. Había recibido una orden terminante de perseguir al enemigo que se retiraba. En el acto pico espuelas cumpliendo la orden pero observó que los realistas se habían enfangado hasta las monturas al salir de la senda por donde trataban de escapar. Cuando lograron vencer aquel fangal, sólo pudieron avanzar dos cuadras porque encontraron una dificultad mucho más grave e incomparablemente mayor que cualquier otra: el “soroche” para los hombres y la “beta” para los caballos. Cuanto más aceleraban el paso, más se le fatigaban; los soldados, pálidos y jadeantes, iban quedando uno aquí, el otro allá. Así las cosas no le quedó otra alternativa que escoger a los diez hombres mejor montados y despacharlos bajo el comando del Teniente paraguayo, Vicente Suárez, a cortar la retirada del escuadrón realista, el que sin duda estaría sufriendo el mismo inconveniente.

Continúa……

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Después del desayuno, el Estado Mayor se reunió en la habitación del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta; lo mismo que de Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio! Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?! –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado! Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace! –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Adúnate!!

– ¡A la orden mi General!

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2! Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida, le originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda! Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien…!Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de Sargento Mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro Escuadrón de Caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninagaga, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

La marcha se hacía lentamente debido a la dificultad de la nieve acumulada. Se trataba de evitar cualquier emboscada que pudiera producirse aprovechando de la nieve y la fragosidad del terreno.

El General Álvarez de Arenales, en mérito al reconocimiento que había practicado la tarde anterior, calculaba que el enemigo se aprovecharía de la posición inexpugnable que ofrece la alta cuesta por su posición dominante y abrazando con sus fuegos desde la altura a sus soldados, conseguirían quizá un triunfo. Podían aniquilarlos a mansalva parapetados en los crestones y en los peñascos de los que esta erizada la montaña. Suponía, en fin, que entre tantas ventajas que le ofrecía aquel paisaje, aprovecharía para dejar fuera de combate a la caballería patriota que había sido el terror de los españoles con su movilidad e intrepidez. Felizmente, no fue así. Contra todos los cálculos de Arenales, contra las reglas de la estrategia, O´Reilly había desechado tan positivas ventajas, mostrando solamente que estaba resuelto a jugar el éxito de la campaña en un combate. Esto justificaba su presencia en el Cerro de Pasco.

Al no presentarse el enemigo por ninguna parte, Arenales se alarmó. Si O´Reilly no había utilizado las ventajas que le ofrecía aquel terreno, seguramente –pensaba- tendría otras de mejor disposición. El avance de las fuerzas patriotas se hacía por aquel páramo blanco, en forma cautelosa. Entretanto, no se descubría ni un solo realista en los alrededores.

 Por fin, a las nueve de la mañana coronaron los cerros de Uliachín por la parte posterior. Abajo, delante de ellos, todo cubierto de blanco: el Cerro de Pasco. Lo primero que les impresionó fue que estuviera edificado como al desgaire, sin orden ni cuadraturas; con una calle larguísima que comenzaba a las faldas de aquellos cerros, y luego de cruzar la ciudad, terminaba al otro extremo. Más callejas caprichosas y accidentadas cruzando toda la población cerreña que estaba plagada de bocaminas. Dos lagunas colmadas de un color verde azulado a la derecha: Patarcocha que en aquel tiempo era una sola; y  en una hondonada de la izquierda con sus bordes pantanosos: La Esperanza. Las tres lagunas unidas entre sí por un amplio riachuelo comunicante. Para unir las partes de la población,  un puente, de piedras en arco. En realidad –pensaba Arenales- no era una ciudad digna que tanto aportaba al sostenimiento del Perú.

Pero… ¿Y las tropas enemigas?… ¿Dónde estaban?… ¡¡Esto es el colmo!!… Los realistas sabían de la llegada del ejercito patriota… ¡¡¡¿Cómo es que no lo esperaban?!!!.

Seguramente O´Reilly pensaba causar fuerte impresión en el ánimo de los soldados patriotas con aquel desplante. Encolerizado por la arrogancia, Arenales ordenó disparar un cañonazo sobre la ciudad, como una imprecación y un desafió… ¿Qué se habían creído?!!!.

Sólo así, después del estruendoso estrépito, viendo los perfiles de los soldados patriotas recortarse en el horizonte, O´Reilly hizo salir a sus batallones a tambor batiente, con parsimonia y lentitud exasperantes, como si fueran los perdonavidas que por compromiso se iban a enfrentar a un ejército inferior. Entonces los patriotas, indignados ante tamaño desaire, comenzaron a insultarles a grito pelado desde las cumbres, recordándoles que ellos le habían dado la libertad a Chile y que en esa oportunidad también los vencerían. Ardían en deseos de darles su merecido a tan arrogantes “chapetones”.

Después de tanta ostentosa parsimonia, el jefe de las fuerzas realistas, ordenó su cuadro de combate, disponiendo definitivamente la ubicación de sus soldados y armamentos.

Colocó en el ala derecha a su ponderado Batallón Victoria de Talavera, dividido en tres líneas e integrado por mil hombres para sostener el paso de la calle Chancayana (actualmente Lima). Estos hombres se parapetaron a lo largo del riachuelo que comunicaba la laguna de Patarcocha con la de la Esperanza. De esta manera trataban de hacer inexpugnable la ciudad. Sobre el promontorio central colocaron dos piezas de artillería para contener todo intento de penetrar en la ciudad. En el ala izquierda, bordeando la laguna de Patarcocha, situó al Batallón Concordia que estaría respaldado por la artillería  del morro e impediría por todos los medios, la entrada de los patriotas en el pueblo. O´Reilly completó su formación colocando en el extremo derecho a su caballería de 200 jinetes con el fin de arrasar con el enemigo una vez que hubiera sido ablandado por la infantería y artillería realistas. En realidad, con esta formación creía asegurar la inviolabilidad del objetivo: El Cerro de Pasco.

Viendo Arenales que la posición enemiga era esencialmente defensiva, de acuerdo con los jefes de su Estado Mayor, dispuso su plan de ataque.

Se acordó que bajando las columnas hasta el inicio de la explanada de la ciudad, la Nº 11 atacase el riachuelo de la calle principal (Lima), desprendiendo una compañía que, por una maniobra rápida, cortase la línea enemiga por el centro, aprovechándose para ello, de la ribera de la laguna; que mientras esta compañía llamara la atención por el centro, el resto del batallón emprendiese una carga sobre los Talaveras, pasando por el foso a toda costa. Lo que convenía era un ataque impetuoso. Que el batallón No 2 siguiera su obra sin flanquear la izquierda enemiga, pero con toda celeridad imaginable, consultando la simultaneidad del ataque. Que la reserva prestase más atención a la carga que se encomendaba al ala izquierda, por cuanto ella venía a ser punto cardinal. Que el batallón de granaderos a caballo, estando a la expectativa del momento propicio, cayese sobre la caballería enemiga e hiciese cuanto fuera posible por vencerla, en una acción que, sin duda, iba ser la decisiva de la campaña. Esto quedó resuelto en la Junta de Guerra.

Continúa…