Centenario de la muerte del más grande científico peruano, Daniel Alcides Carrión Escribe: URIEL GARCÍA CÁCERES (Primera parte)

El 30 de setiembre de 1985, Caretas publicó el siguiente texto sobre Daniel Alcides Carrión (1857-1885), escrito por el médico peruano Uriel García Cáceres. En la presentación del artículo se puede leer: “El próximo sábado 5 de octubre se cumple un centenario del sacrificio que en aras de la ciencia médica realizara un joven y valeroso estudiante de medicina: Daniel Alcides Carrión. Hoy, el definido propósito de demostrar la naturaleza infecciosa de la verruga a través de la inoculación voluntaria del germen es reconocido universalmente y Carrión figura entre los grandes de la medicina mundial. Sin embargo, el mundo que rodeó a Carrión durante su existencia le fue agresivamente hostil y no fue hasta entrado el año de 1927 en que se reconoció –luego de inocular animales– la trascendencia científica de su gesto. Por inverosímil que hoy parezca, la figura del más grande hombre de la ciencia nacional fue tergiversada y deformada –hasta en sus rasgos físicos– por una sociedad racista y discriminadora que no aceptando los matices indígenas del investigador, optó por “afrancesarlo”, según detalla en este sensacional informe para CARETAS el reconocido médico Uriel García Cáceres”.

Ha pasado un siglo, el 5 de octubre, del día que en la Maison de Santé falleciera el estudiante de medicina del quinto año de estudios como resultado de la inoculación voluntaria que se había practicado con la secreción sanguinolenta de una rojiza verruga. Carrión trataba de demostrar la “inoculabilidad” de la enfermedad. Ese concepto y esa palabra estaban en boga en el mundo científico de esa época, era el primer paso para demostrar la naturaleza infecciosa de cualquier enfermedad. Después había que buscar un agente bacteriano o microbio tanto en el enfermo atacado con el mal por estudiarse como en animal inoculado. Resulta que era y es desconocido, salvo en muy contadas ocasiones, que se haya inoculado a seres humanos como sujetos de experimentación.

Isabel I de Inglaterra mandó experimentar la variolación en voluntarios, presidiarios que deseaban condonar su pena. La variolación fue el procedimiento que consistía en infectar mínimamente (todavía no se conocía la vacunación de Jenner) con pústulas de viruela a personas para que adquirieran resistencia por vida contra esa temida enfermedad: claro que algunos morían de una diseminación. Mengele experimentó con niños judíos en los campos de concentración inoculándoles toda suerte de microbios. Pero todos esos han sido ejemplos de inoculaciones hechas por investigadores a otras personas, inclusive aquí hubo un chapucero investigador que quiso imitar a Carrión, en pellejo ajeno, con tuberculosis y sin su consentimiento.

John Hunter, a fines del siglo XVIII, se inoculó sífilis para estudiar en su cuerpo la historia natural de la enfermedad. Logró describir la etapa de diseminación de la enfermedad; él murió después de muchos años, en la vejez, de las complicaciones tardías de esa misma enfermedad, en la aorta y el corazón.

Ha habido otros como Petenhoffer quien, en una actuación científica pública, en medio de un argumento en contra del origen microbiano del Cólera, sostenido por Pasteur, arrancó de las manos de su oponente el frasco que contenía el caldo de cultivo con los terribles vibriones productores de la mortal enfermedad. Lo asombroso fue que no le pasó nada al irascible científico, poniendo en duda las teorías del gran Pasteur.

Daniel Alcides Carrión (Uriel García)
Daniel Alcides Carrión (1857-1885). Foto: Caretas.

Otros ejemplos menos dramáticos y, sobre todo, menos importantes en sus conclusiones han ocurrido. Pero el de Carrión es el más destacado de la Historia de la Medicina Universal. No solo porque las conclusiones que se sacó con su experimento son válidas hasta hoy y han resistido argumentos, basados en trabajos científicos más elaborados y tecnológicamente más completos que los que usó nuestro Carrión, sino por el lado humano de la hazaña.

Cuando Carrión escoge al paciente para que “no sin dificultad” su amigo, el médico Evaristo Chávez le inoculase, tiene la buena fortuna se dice esto –desde luego, por el éxito científico del experimento mas no por el trágico resultado– que la verruga escogida del niño, 14 años, estuviese seguramente plagada de los microbios causantes de la enfermedad. La adquiere y demuestra, sencillamente y sin ninguna sofisticación, que la enfermedad es inoculable. Para demostrar que él estuvo en lo cierto tuvieron que pasar muchas décadas; en 1905 Alberto Barton descubrió el microbio causante y solo, en 1927, Noguchi, trabajando con técnicas muy elaboradas en el afamado Instituto Rockefeller logró demostrar, en animales de experimentación, la inoculabilidad de la enfermedad.

Cuando, abandonado y olvidado por las notabilidades médicas de la época, gravemente enfermo con el mal que estaba estudiando, obnubilado y en discernimiento dedujo que la anemia y la fiebre que lo estaba matando era idéntica a la de la enfermedad, mal llamada Fiebre de La Oroya. Otra vez aquí hubo discusión sobre la validez de esta conclusión. En 1913 la Universidad de Harvard envió una expedición al Perú para resolver el problema. El grupo de investigadores estuvo presidido por el más connotado especialista, el Dr. Strong. La conclusión fue que Carrión se había equivocado; que la Fiebre de La Oroya y la Verruga Peruana eran dos enfermedades distintas, que los gérmenes descubiertos por el peruano Barton eran los causantes de la primera enfermedad y que los de la Verruga había que buscarlos. Años después, en una segunda expedición, Strong tuvo que rectificarse.

Carrión vivió en un medio hostil bajo muchos puntos de vista. “La que llevamos aquí no es vida, pues pasan cosas nunca vistas…” “Más es siempre más…  ¿Qué hacer? Paciencia y barajar…” son expresiones que se encuentran en las tiernas cartas que escribió a su madre o a su padrastro. Tenía la sensibilidad vallejiana, propia del serrano.

Continúa……

 

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Lucho Barrios O la metafísica de la cebolla Una crónica de ELOY JÁUREGUI (Segunda parte)

Lucho Barrios 34.

Una de la satisfacciones más grande fue saber que fui autor del único reportaje-crónica que se le hizo para la televisión y la sencillez de Lucho Barrios ha quedado grabada en aquel video del recordado programa “Panorama”, cuando sorprendido por mi inquietud enfermiza, Barrios contó a regañadientes parte de su vida que nadie conocía. Que aunque era de cuna porteña se sentía más limeño que nadie. Su registro cuenta que había nacido en el Callao un 22 de abril de 1935 pero que a los 9 años se mudaría con su familia a la Calle Penitencia, en el jirón Paruro en los Barrios Altos limeños. Cierto, era cantor de serenatas ya a los 17 años pero estudiaba ópera y llegó a ser alumno del maestro Alejandro Vivanco, un eximio músico del género vernacular, de ahí que Lucha Barrios supo primero de las técnicas de los huaynos.

A finales de la década de los 50 se presenta en el concurso “La escalera del triunfo” que conducía el periodista Guido Monteverde y aunque solo quedó finalista, no se amilanó y siguió cantando donde se podía. Ya en 1962, con los guitarristas Paco Maceda y Modesto Pastor forman  el trío “Los Incas” dejando grabados un par de valses en el sello Smith, entre ellos “Juanita” de Pablo Casas y Padilla. La casualidad hizo que una noche en Radio Callao conocería al famoso cantante guayaquileño  Julio Jaramillo quien lo llevó a Ecuador. En esos años hay un paréntesis del cual Lucho Barrios jamás le contó a nadie. Pero regresó a Lima  y entonces fue el bolerista que todos reconocemos con más de trescientas grabaciones. Cierto, recordando que son de antología también, los cuatro ‘larga duración’ de valses donde participa junto con Pedrito Otiniano y Gilberto Cosío Bravo en las grabaciones del Centro Musical Unión.

Lucho Barrios fue multifacético pero además, consolidó un tipo de vals como anclaje de identidad del barrio. Y el Centro Musical Unión, junto al “Huancavelica”, fuero aquellos refugios de nuestro viejos jaraneros que impusieron el vals al estilo limeño del “Cuartel primero” o del barrio de Monserrate. Es decir, el canto de la zona de Pachacamilla –uno de los lugares más emblemáticos de la Lima tradicional– que viera nacer también a la mejor cantante del acervo criollo, doña Jesús Vásquez, amén del cantor Rafael Matallana y siendo tierra del campeón mundial de billar, don Adolfo Suárez.

5.

Lucho BarriosRescatado un texto de la periodista chilena Verónica Marinao que cuenta cómo un 18 de septiembre de 1960 Lucho Barrios actuó por primera vez en Chile, en la quinta El Rosedal de Arica, junto a la orquesta cubana de Puma Valdez. En 1961 grabó en Santiago varios discos que aumentaron su arrastre popular en Chile, comenzando además con sus presentaciones en el cabaret Picaresque de Santiago. En la capital chilena grabaría también decenas de temas como “Fatalidad”, “Cruel condena”, “Señor abogado” y “La joya del Pacífico” del compositor Víctor Acosta, un tema que es considerado como el himno del puerto de Valparaíso.

En el libro “Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970”, los autores Juan Pablo González y Claudio Rolle explican que: “parte importante de repertorios como el de Lucho Barrios, exacerba la emoción y el sufrimiento, permitiendo definir un campo lírico que posee ciertas dosis de existencialismo de bar: la vida es trágica y sólo el amor puede redimirnos, aunque suframos por él”. En el documento se explica del arrastre popular que le permitió grabar 36 singles y seis discos LP para la filial chilena del sello EMI Odeon, y concentró en Chile el grueso de sus ventas latinoamericanas, pese a no ser invitado a radios ni programas de televisión de la época ni al Festival de Viña del Mar por las discrepancias que tuvo con el ex animador Antonio Vodanovic.

La versión de Lucho Barrios de “La joya del Pacífico” es la más popular por la voz y la fuerza en la interpretación y también a los arreglos que realizaran los hermanos Silva. Según el músico Dióscoro Rojas: “lo de Lucho Barrios permanece un tipo de música que es como la súplica del pueblo latinoamericano ante el tema del amor. Y porque las metáforas que aparecen en estas canciones son muy fuertes, del tipo: ‘que me quemen tus ojos’. Es también el canto del latinoamericano humilde que a través de la música sueña con un mundo lleno de estrellas, que se pone colleras y anillos, quiere entregarle lo mejor a su mujer, pero anda con las suelas gastadas. Lucho Barrios es quien populariza ese tipo de música y con él se va una de las voces más queridas por el pueblo”.

6.

Lucho Barrios vivió intensamente sus 75 años. Y no sabía hacer otra cosa que cantar. Y si eran boleros o valses, él contribuyó a ese ramal del bolero peruano, a ese que también le dicen “bolero cantinero” y hasta “bolero rockolero”. Los amplios estudios sobre el bolero latinoamericano no aceptan que exista esta versión peruana pero si conocen a Lucho Barrios. Equivocados hasta sus cachas, deberían saber que Barrios fue la influencia y el camino que luego seguirían Pedrito Otiniano, Jhonny Farfán, Guiller, Iván Cruz,Antonio Martell, Betico, Los Morunos, Chaqueta Piaggio, Anamelba, Linda Lorenz, Gaby Zevallos, Bárbara Romero entre otros.

Fue así, un 5 de mayo del 2010, el director del hospital Dos de Mayo, José Fuentes Rivera, explicó que el bolerista Lucho Barrios había muerto esa mañana a consecuencia de una falla multiorgánica provocada por un problema respiratorio y complicado con una insuficiencia renal. Milagros, su hija declaró esa tarde: “Mi padre había sufrido un derrame cerebral pero ya estaba recuperado. El volvió a cantar porque me decía que yo tengo que morir en los escenarios. El no estaba enfermo”. Según contó otro médico que atendía a Barrios, el cardiólogo Cecilio Zamora Huamán, explicó que el intérprete le suplicó: “que me hagan todo menos que me entuben porque no quiero perder mi voz”.

Así murió la voz que identificaba ese sentir romántico vocal peruano. Con la misma modestia como vino al mundo y estuvo por estos pagos 75 años. Yo le recuerdo sonriendo, aceptado su culpabilidad de que él y gracias a su voz, fueron responsables de cuanto romance uno se pueda imaginar, de tantos hijos que llegaron a este mundo y también de evitar la violencia con ese antídoto del bolero. Pero cierto,  también lo recordaré por ese verso de su “Marabú”: “Si la vida es así, para que más vivir”.

(Fragmento del libro Caza Propia que será editado por Lancom Ediciones en Julio 2017.)

Nuestro colegio Nacional Daniel Alcides Carrión (Segunda parte)

colegio Daniel Carrión
Nuestros queridos y recordados maestros, presentes en una de las “Actuaciones sabatinas”, en nuestro viejo pero amoroso patio de honor.

Además de las celebradas actuaciones culturales sabatinas en las que se recordaban las fechas históricas más importantes, el Colegio instauró la celebración del día de Carrión el 5 de octubre, de cada año. El plato fuerte de esa presentación anual del Teatro Carrionino en la que se hacía gala de versatilidad y un arte que todos aplaudían. Recordamos “Juan José” o “Papá Lebonard” en cuya presentación alcanzaron brillantes éxitos: Ginés Pomalaza, Eliseo Acosta, Bertha Lavado, Marciana Evangelista. En esta fecha se coronaba a la reina del Colegio. A lo largo de los 50 años, las soberanas carrioninas, fueron: Lucrecia Paiva Dalguerre (1943), Cora Orna (1947), Maura Icochea (1948), Bertha Lavado (1949), Amada Solís (1952), Mérida Díaz Meza (1953), Olga Vásquez (1954), Maruja Solís (1955), Clara Rodríguez (1956), Elvira Doig H. (1957), Gladys Matos (1959), Clorinda Ramos (1961), Lucía Álvarez Luchini (1963 y 1964), Isabel Carrión (1965), Betzabé Luna (1966), Elvira Centeno (1968), Elvira Sinche (1977), Edith Pasquel (1979).

En el plano del Deporte, la aurinegra divisa carrionina está jalonada de triunfos resonantes. Evocarlos, significa traer a la memoria nombres tan queridos como la del maestro Eugenio Pastrana Chamorro que, como alumno primero y profesor después, nos regaló con lo mejor de su generosa capacidad. Con él, Loli, Acurio, Osorio, Chinchán, Ulloa, Parra, Santiváñez,…Donde estén, nuestro homenaje de gratitud a todos ellos. Luego vinieron, el “Zurdo” Acosta, Document, Abel Arauco, “Pecas” Dávila, Job Arzapalo, Bustamante, “Flaco” Córdova…En el Vóleibol auroral destaca nítidamente la figura de Raquel Ordóñez Vadillo, extraordinaria capitana de nuestros representativos. Con ella, Bertha Lavado, Nila Meléndez, Nona Laderas, Nelli Ponce, Leonor Alocilla, Betty Parra, Clelia  Atala, Dione Carrión, Aidita Santiváñez, Yopropia Zeladita, Ketty Ponce… Todas extraordinarias, todas inolvidables. En el Fútbol, la lista es mucho más dilatada: Jesús Azcurra, “Cholo” Alania, “Negro” Luquillas, “Pecas” Dávila, Probo Camayo, “Flaco” Córdova, Fena Livia, “Trapo” Mendoza, Jorge Soria, “Bio” Soto, “Trueno” Rivera, “Chino” Callupe y sus hermanos Lucho, Baldomero y Enedino…la lista es inacabable.

Inacabable también es el ramillete de maravillosas mujeres carrioninas y hombres notables que en todos los campos de la actividad profesional, triunfan rotundamente. En el Magisterio, La Banca, la Industria, el Arte, el Comercio, el Derecho…No nos alcanzarían páginas para nombrarlos a todos. Los cincuenta años transcurridos, han sido pródigos en dotar al Perú de notables valores humanos salidos de las canteras carrioninas, crisol de grandeza, amasijo de grandes virtudes. No en vano, en los muros y en el corazón de cada carrionino, están vigentes las palabras de nuestro patrono: “Ahora les toca seguir el camino que les he trazado”…

Equipo del colegio Carrion 1958
Equipo de fútbol del Colegio, campeón invicto en la temporada 1958 en la Liga provincial

Nuestro colegio Nacional Daniel Alcides Carrión (Primera parte)

maestros y alumnos del colegio Daniel Alcides Carrión 1943
Maestros y alumnos del Colegio en el primer desfile por Fiestas Patrias, 28 de julio de 1943. Lucían chompas azules con la blanca insignia CNC en el pecho. Desde entonces han transcurrido 74 años cargados de glorias y grandeza.

Era muy claro el consenso del pueblo cerreño al inicio de la década del cuarenta. Demandaba la creación de un Colegio de Media para la formación humanística de su juventud. Nadie como él para exigirlo; máxime si era activo soporte de la economía nacional. Desde el siglo anterior, todos los pueblos importantes del Perú tenían funcionando sus correspondientes Colegios de Media: el Leoncio Prado en Huánuco (1828), La Victoria de Ayacucho en Huancavelica (1831), Mariscal Cáceres de Ayacucho (1948), Santa Isabel de Huancayo (1851), San Ramón de Tarma (1858), San José de Jauja (1861), Salesianos de Huancayo (1923)…Sólo una orquestada marginación mantenía fuera de ejercicio de sus correspondientes derechos al pueblo minero.

Así las cosas, una pléyade de hombres e instituciones que desde la década anterior venía trabajando para la consecución de este justo anhelo, arreció  su accionar con don Gerardo Patiño López a la cabeza. Su batallador periódico EL MINERO sembró inquietudes y aunó voluntades. El subprefecto Alba Bardales; el alcalde, Leoncio Sánchez Palacios; el Inspector de Enseñanza, Carlos Mesías; el Diputado, Manuel B. Llosa y las organizaciones culturales juveniles, hicieron conocer sus inquietudes al Senador por Junín, Ing. Ernesto Diez Canseco Masías quien, haciéndose eco de esta justa aspiración, en el histórico debate de 20 de junio de 1943, luego de sustentar valederos argumentos técnicos y poderosas razones históricas, concluyó su intervención en su cámara diciendo: “Cuanto Carrión ignorado habrá perdido el país y cuanto seguirá perdiendo si no se remedia esta desgraciada situación”.

Fue suficiente.

En consideración a la Ley del Presupuesto nacional de 1943, se crea el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, en homenaje a nuestro mártir epónimo y, en su sesión de 11 de mayo de 1943, el Concejo Nacional de Educación autoriza su funcionamiento y nombra a su primer Director, el pedagogo Eliseo Sanabria Santiváñez.

El 31 de mayo de 1943, en el Teatro Principal del Cerro de Pasco, ante una expectativa verdaderamente conmovedora, se inaugura el Colegio. El acta de aquel histórico acontecimiento, dice: “En la ciudad del Cerro de Pasco, a 31 de mayo de 1943, en el Cinema Teatro, presentes el Director del Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión, el doctor Eliseo Sanabria Santiváñez; el Cuerpo Docente, integrado por los profesores: Augusto Matéu Cueva, Mario Revoredo Reyna Farje y Hernando Sánchez Aranda; el Cuerpo Administrativo, integrado por el señor Ginés Pomalaza Cosme y la señorita Florisa Altamirano Cárdenas; el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales; el Juez de Primera Instancia, doctor Francisco Carranza; las autoridades locales, vecinos notables, padres de familia y alumnos fundadores; se abrió la sesión.

El Director del flamante Colegio hizo uso de la palabra y en memorable discurso  relievó la transcendencia y las finalidades de la Educación Secundaria; exaltó la política educacional del gobierno e hizo un llamado a los padres de la familia para que colaboren con el plantel.

También hicieron uso de la palabra, el señor Martín D. Mendoza Tarazona a nombre de la Asociación de Maestros Primarios, Armando Casquero a nombre de los padres de familia y, la señorita Hilda Rojas Lucich, a nombre de los alumnos fundadores. Finalmente, el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales, en elocuente y patriótica oración, a nombre suyo y del Presidente Manuel Prado, declaró inaugurado el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión. Después de acordarse la inscripción de los alumnos fundadores en el Libro de Actas, se levantó la sesión.

Los profesores fundadores del Colegio fueron, además del Director don Eliseo Sanabria Santiváñez, los señores, Mario Revoredo Reyna Farje, en Ciencias; Augusto Matéu Cueva, en Letras; Hernando Sánchez Aranda, en el Área Técnica. Más tarde se sumaron, Florentino Solís Isidro, para Educación Física que fue sucedido por el destacado basquetbolista cerreño, Félix Baldoceda Yanútulo; Julio Mendoza Bravo, para castellano y Literatura. En reemplazo de Hernando Sánchez Aranda que por motivos de salud tuvo que alejarse, ingresó Pascual Sanabria Verástegui que fundó la Orquesta del Colegio, cumpliendo excelente actuación; Augusto Lizárraga, en Ingles que por Resolución Suprema había sido declarado “Curso Mayor Básico”; Ginés Pomalaza Cosme pasó a dictar Matemáticas dejando el cargo de Secretario-Tesorero-Bibliotecario a doña Priscila Z. de Gonzáles, primero y a Abraham Túpac Yupanqui Turín después, siendo todos ellos auxiliados por doña Florisa Altamirano Cárdenas. El curso de I.P.M. estuvo a cargo del suboficial Avelino Choque Palomino.

Esta lista fue acrecentándose con el paso de los años y, transcurrido medio siglo, podemos recordar a inolvidables maestros que han dejado profundas huellas de su inolvidable magisterio: Rolando Camarena, Moisés Rosas Benavides, Teodorico Ampudia Zarzoza, César García Cabrera, Teodoro Mellado Salazar, Antonio Soto González, Daniel Florencio Casquero, Andrés Fuentes Dávila, Jesús Santiváñez, César Pineda del Castillo, Eugenio Pastrana Chamorro, Fortunato Arzapalo Callupe, Toribio Quijano Tamayo, Jorge Vásquez Huerta, David Torres Rocha, Pablo Montalvo Lavado, Mario Galarza Mayor, Francisca Montero de Parra, Luis Alberto González y González, Eliseo Acosta Ricse, Severiano Rojas Lazo, Ascanio Santiváñez, Gamaniel Giraldo Castillo, Abad Ricardi Huacachín, Víctor Campos Martínez, Luis Aguilar Cajahuaman, Raúl Colca Malpartida…

Los Directores que dejaron el contingente de su capacidad en beneficio del plantel, fueron: Eliseo Sanabria Santiváñez (1943-1948), Manuel J. Valenzuela Valdez (1949), Carlos Vilchez Murga (1950-1957), Arnulfo Becerra Alfaro (1959), Basilio Orihuela Melo (1959-1960), Elías Ortega Pérez (1961-1962), Juan Salguero Pizarro (1963), Justo Fernández Cuenca (1963), Martín Nilo Manyari de la Cruz (1964-1968), Samuel Bruno Arroyo Pecho (1969-1971), Raúl Leoncio Colca Malpartida (1972-1976), Celso Ascanoa Collqui (1976-1978) y (1980), Andrés Rosas Clemente (1979), Fulgencio López Castillo (1981), Justo Pastor López Patiño (1981), Celso Ascanoa Collqui (1982), Ricardo Leonidas Vigo Araujo (1983), Andrés Rosas Clemente (1984), Fausto Huaynate Cóndor (1986), César Sismo Boza Simón (1988).

Cuando se inauguró el Colegio, no se encontraba un local libre para alquilar, después de mucho buscar se alquiló el del Jirón Puno Nº 146 en donde, previas las reparaciones necesarias, se iniciaron las clases. En el mes de agosto se mudó a la Plazuela Ijurra el que tenía una merced conductiva muy elevada. Se buscó otro local y se trató de alquilar el que fuera el Colegio Americano, pero resultó muy oneroso. Se tuvo que volver a la calle Puno, esta vez al número 161, cuyo alquiler era de doscientos soles mensuales. En 1956 se trasladó a la Plaza Centenario hasta el 5 de octubre de 1959 en que se inaugura el local que actualmente ocupa en el terreno de Patarcocha donado por el Concejo Provincial de Pasco.

CONTINÚA-…..

El Caso Gamboa (Quinta parte)

el caso gamboa 5“Después de dejar la casa con mucho sigilo, juntamos la puerta y nos retiramos dándonos una vuelta por el Parque Centenario. Nuestro objetivo –como lo habíamos planeado- era hacernos ver por la mayoría de gente posible que, indudablemente, atestiguarían que el viernes 9 de agosto estábamos juntos y muy briagos. Tendríamos una gresca en la que nos “haríamos mucho daño”. Ellos nos auxiliarían y serían testigos de que mutuamente nos habíamos infligido aquellos moretones. Esa sería nuestra coartada. En cumplimiento de lo acordado, llegamos a la Plazuela del León en donde simulamos un mayúsculo escándalo. Ante la bulla escandalosa –como lo planeamos- salieron los noctámbulos que estaban en el “Trocadero”, del Salón “Concordia”, del chifa “Cantón” y muchos del café “Moka”. Muy comedidamente nos separaron y tranquilizaron, llevándonos a la sala de primeros auxilios del Hospital “La Providencia” donde el topiquero nos curó las heridas y moretones. Como lo planeamos, así sucedió. Creían que en un rapto de cólera, los amigos del alma, los “hermanos”, nos habíamos peleado. Tras la curación, simulamos una arrepentida reconciliación que los amigos allí presentes aplaudieron y nos retiramos a nuestras casas. El resto ya lo conocen”.

“Lo que ustedes no saben, ni pueden imaginarse siquiera, es lo que aconteció después. Cuando se descubrieron los cuerpos y el pueblo se puso en pie de guerra, ya no supimos lo que debíamos hacer. El mundo se nos vino encima. Si bien es cierto que nadie había reparado en nuestras heridas ni la circunstancias en las que se habían producido, nuestras conciencias cada vez más alteradas, se vieron envueltas en una vorágine de indecisiones, dudas y desconfianza. ¿Qué deberíamos hacer? ¿A quién recurrir? ¿Cómo explicar aquel salvajismo homicida? ¿Qué hacer? Revelar nuestra culpabilidad habría sido como desnudar a nuestros familiares delante del pueblo. Su vindicta habría sido fatal. Ellos gozaban del respeto y consideración de la sociedad, no era justo que de la noche a la mañana reveláramos la atrocidad cometida; máxime si no había ningún resquicio de razón o motivo para haberlo cometido. Era, a todas luces, un execrable crimen que no tenía ninguna clase de atenuantes. Su comisión delataba un extremo caso de locura o enajenación bestial que de ninguna manera podría considerarse humano. Estábamos aterrados. Después de reunirnos en secreto -como todo lo que hicimos a partir de entonces- optamos por tomar el camino menos difícil: el silencio. Como nadie sospechaba de nosotros, porque todos buscaban a los culpables en los bajos fondos, decidimos seguir el juego a las circunstancias.  Callamos. Pero ese silencio culpable tenía un peso enorme en nuestras conciencias. Estar callados cuando todo el mundo condenaba el salvaje homicidio, era muy difícil. Tan difícil que, poco a poco, nuestros familiares encontraron rara nuestra negativa a opinar, más aún, nuestro comportamiento diario. El cambio era a todas luces visible. Comenzaron a preocuparse y con ello nuestro temor de que llegaran a saber la horrible verdad. Todo esto y el recuerdo de la noche fatal no nos dejaba dormir. En mi caso, mis pesadillas eran tan horribles que despertaba sudoroso, cubierto de lágrimas porque, apenas cerraba los ojos veía venir a Carmen Rosa, completamente pálida como convertida en  estatua de mármol, con el cuerpo contundido, los senos sangrantes, los labios retaceados en jirones sanguinolentos que, al pronunciar mi nombre arrojaba abundante sangre babosa que me cubría la cara. Detrás llegaba la señora Carolina con el rostro desfigurado, cubierto de cardenales que, sin decir una sola palabra se tiraba sobre mí, cubriéndome con su enorme corpachón. Yo despertaba gritando, empapado de sudoraciones. Mi respiración dificultosa y mis sienes palpitantes como martillazos, a punto de explotar. Eso todas las noches. En vano trajeron a rezadores y brujos para quitarme el susto. Creían que la noticia del asesinato me había trastornado. Ninguno podía imaginarse que mi bestialidad originaba tamaño tormento. Ninguno podía sospechar siquiera que estaban delante de un criminal. En aquellos momentos temía que las pesadillas de Iñaqui Jáuregui fueran tan o más terribles que le obligaran a revelar nuestro salvajismo. Él más que nadie tenía mucho que pagar. Él que no sólo, por experimentado y mayor que nosotros, nos indujo a hacer lo que hicimos después de atosigarnos de Ajenjo, trago maldito. Él que, en todos los casos, actuó con inusitado salvajismo, sin ápice de piedad cristiana. Supongo que cosa parecida le ocurriría a mis amigos, porque, transcurrida la quincena, la familia de Piero, dispuso su viaje a Lima; los mismo ocurrió con Brennan. Sólo quedábamos tres. Por eso, una tarde, pretextando el préstamo de unas paraguas, Iñaqui llegó a mi casa y, a solas, me dijo conminatorio mirándome a los ojos, como queriendo matarme: “Si se te ocurriera abrir la boca y relatar lo que hicimos, los que van a salir perdiendo, serán ustedes. Ya me conoces. Yo voy a salir indemne del caso. ¡Cuídate de lo que dices! Esta es la única advertencia. Ya no volveré a venir porque pueden sospechar. ¡Silencio!”. 

“Con el fin de no avivar tétricos recuerdos, no leíamos los diarios que, como tarea insoslayable,  estuvieron publicando una inacabable serie de crónicas y artículos relacionados con el caso. Evitábamos visitas y encuentros amicales. Así transcurrieron los primeros años y cuando la Corte Superior abrió juicio contra los sospechosos, aprovechamos para viajar. Frano, se dirigió a Lima y luego a Dubrovnick, la patria de su padre; Iñaqui, que casi no salía de Villa de Pasco, a la lejana Navarra, a casa de sus abuelos. Sólo yo quedé en la ciudad minera por un tiempo. Como la conciencia no me dejaba en paz, viajé a Lima e ingresé como lego en el convento de la Buena Muerte  donde, por fin encontré algo de paz en la Casa del Señor. Después de escucharme en confesión y cumplidos mis primeras penitencias, mi confesor, fray Domingo Cabanes, me ha instado a que escriba esta carta que espero tenga fuerza de confesión y “mea culpa”. 

“Para terminar diré que, la suprema justicia de Dios, ha actuado por distintos caminos. Me he enterado que, Iñaqui, el hombre que se convirtió en bestia asesina, perdió su negocio por un incendio que lo dejó sin nada. A resultas del trágico acontecimiento le sobrevino un derrame cerebral que lo ha dejado inválido. Ahora vive de la caridad de sus paisanos. Él no puede moverse. Su rostro se ha transformado por la enfermedad, en un rictus  trágico como si estuviera hecho de un jebe deforme; sus manos anquilosadas como garfios ha hecho que sus uñas de le introduzcan en la piel como cuchillas y si bien escucha, no puede hablar. Sólo llora. Su vida es un llanto continuo sin final. Estoy seguro que en esa cárcel de silencio y dolor donde su bestialidad lo ha confinado, es un tormento perenne que tendrá que sufrir hasta el fin de sus días. En cuanto a mí, que ya no puedo probar alimento y estoy consumido de un dolor inconmensurable, he encontrado en la oración y la penitencia un  camino para acercarme a Dios y espero que la muerte que está muy cerca, me lleve a él para suplicarle su perdón”.  

“En nombre de Dios Santo, suplico al Supremo Tribunal de la Corte de Justicia la conmiseración para aquellos hombres que, sin saber, han recibido el peso de culpas ajenas. Les pido perdón a ellos y a todo el pueblo por haberlo maltratado con nuestra sanguinaria acción”. 

“No tengo más que decir. Si estoy sufriendo con un cáncer terminal, creo que es el pago a la bestialidad que cometimos al quitarle la vida a tres inocentes criaturas. Que Dios me perdone por todo el daño que he causado”. 

                                   En nombre de Cristo: ¡Perdón!

                                       Antoine Bignon  

F I N .

El Caso Gamboa (Cuarta parte)

el caso gamboa 4Tuvo que transcurrir 23 años para que se revelara el misterio que había envuelto la repentina liberación de los acusados. Los primeros días de enero de 1931, cuando el tirano Sánchez Cerro ordenó el cambio de capital del Departamento de Junín, los miembros de la Corte Superior de Justicia, en acatamiento de lo dispuesto, empacaron todos los escritos de los procesos habidos hasta entonces en ese tribunal superior. Quiso la casualidad que un periodista que trabajaba en la Corte, al ordenar el legajo correspondiente al Caso Gamboa, encontrara un sobre voluminoso, lacrado y misterioso, en el que halló un documento valiosísimo que arrojaba luces sobre el misterioso acontecimiento. Era una verdadera revelación. Se trataba de una carta con la confesión del verdadero autor del crimen, redactado “In Artículis Mortis”, con el correspondiente aval de las autoridades eclesiásticas de entonces. Este patético documento  fue publicado en “La Alforja” el 16 de enero de 1931, causando un revuelo extraordinario. Como aquel día se publicaba también el decreto mediante el cual se humillaba al Cerro de Pasco, las gentes más conmovidas por este insulto inusitado, no dio mayor importancia que a la revelación del crimen.  Este significativo documento probatorio, avalado por las instancias superiores de la iglesia católica que, en tránsito de muerte, dirige Antonio Bignon, ciudadano francés a la Corte Superior de Justicia, confesando ser autor del homicidio, conjuntamente con cuatro cómplices; invoca el perdón para sus culpas y pide la libertad para los inocentes que estaban purgando injusta carcelería. La dramática carta, tras las generales de ley y los correspondientes trámites que sufrieron, dice en su parte principal:

“Ya en las garras de la muerte, agobiado por horribles dolores ante los que ni el láudano es efectivo, a piadosa sugerencia del Fray Domingo Cabanes del Sagrado Corazón –mi confesor- escribo esta revelación que espero libere a mi cuerpo y a mi alma de los terribles tormentos físicos y morales que estoy soportando y atenúe la eterna condena del infierno que me está esperando. Por esta misma confesión que realizo en pleno ejercicio de mis facultades mentales y sin que nadie haya ejercido presión en mí –salvo mi conciencia atormentada- suplico en nombre de Dios, a los honorables caballeros que imparten justicia, pongan en libertad a los acusados que por culpa mía y de mis cómplices, están sufriendo. Ellos son enteramente inocentes de los hechos que se les imputa y espero que este relato pueda servir para que los jueces enmienden su decisión”. 

“Como el tiempo es apremiante, obviando detalles superfluos, paso a relatar la comisión de aquel horrendo asesinato de la que fueron víctimas tres inocentes mujeres. Para mejor comprensión, lo ordeno cronológicamente desde el principio”.

“Todo empezó como un juego de juveniles pretensiones la mañana del 15 de agosto de 1906, cuando la Beneficencia Austrohúngara realizaba la misa y procesión de la Virgen del Tránsito, su matrona. Aquel día, los cinco amigos que llevados por extrañas circunstancias llegaríamos al condenable asesinato, trabamos amistad con la señorita Blanca Rosa Dianderas González, gonfalonera de la hermandad del Perpetuo Socorro”. 

            “Desde el primer momento nos impresionó su hermosura y gentileza. En la kermesse que realizó la hermandad fuimos muy bien atendidos por ella. Entre sonrisas y frases amables, nos sirvió potajes y bebidas que estaban expendiéndose. Es más, como el acontecimiento era animado por la orquesta slava, bailamos alegremente, olvidándonos del resto de gentes. Aquel día nos sentimos completamente felices. Ese fue el comienzo. Los cinco quedamos prendados de ella. No era para menos. Su sonrisa y delicada amabilidad nos encandiló, pero mucho más su cuerpo. Era la perfección de la belleza y el porte. Ninguna muchacha de la ciudad podía parangonársela. Nuestro enamoramiento no nos hacía ver que la amabilidad de la que hacía gala, era con todos. Cada uno abrigaba la esperanza de ser el elegido por tan bella muchacha. A partir de entonces, desplegamos toda  nuestra galantería y la llenamos de atenciones y homenajes que con mucho comedimiento recibía. Esto alimentaba nuestra obsesión y nos impedía ver la realidad. Pronto aquel amor platónico se trastocó en un deseo pasional que perseguía como meta, poseerla carnalmente. ¡Cuántas veces nos pasamos horas enteras conversando acerca de las maravillas que depararía aquel cuerpo fabuloso! Con ello crecía nuestra obsesión. Lo que descubrimos con el correr de los días, fue una terrible contradicción en su personalidad. Por un lado, su belleza agresiva e insinuante, su conversación fluida y su perenne sonrisa a flor de labios, nos hizo pensar en una mujer calculadora, consciente de sus encantos que estaba poniendo en juego para seducirnos. Por otro, su inexperiencia manifiesta que llegaba a límites de pasmosa inocencia, nos intrigaba y nos ponía de vuelta y media. Tarde, muy tarde, llegaríamos a descubrir que era una niña inocente de alma limpia y candorosa, que para nada estaba involucrada en trajines amatorios ni en aventuras farragosas de las lides del amor”.  

“Los cinco amigos, éramos: Iñaqui Jáuregui, Frano Ivancovich, Piero Amoretti, Brennan Coleridge y yo, Antonio Bignon. En algún momento de confraternidad, reparamos que éramos representantes de diversas nacionalidades afincadas en el Cerro. Iñaqui, vascuence; Frano, croata; Piero, italiano; Brennan, inglés y yo, francés. La coincidencia, naturalmente la llevamos a terrenos de la broma y aunque, ninguno de los cinco ostentábamos riquezas prodigiosas, las economías familiares nos permitían ir tirando adelante en forma decorosa. Nuestros padres eran buenos empresarios. Todos mineros. Nosotros, buenos jinetes, excelentes bailarines, notables amigos de la farra y la bebida, enamorados y alegres, llevábamos nuestra juventud con entusiasmo verdaderamente notable. No faltábamos a ninguna de las celebraciones locales o a aquellas que nuestros mayores efectuaban para recordar los lejanos predios de su patria en los correspondientes consulados. En el terreno del amor entramos con exitoso pie. No nos faltaba nuestra correspondiente “novia”, hasta que conocimos a Blanca Rosa. Muy hermosa, muy distinta, muy especial. Hicimos todo lo posible por alcanzar su amistad, y cuando lo logramos, aspiramos a ocupar su corazón, su voluntad y sus sueños. Los cinco teníamos esa fijación en ella y  en uno de esos raptos de vanidad que tiene la juventud, decidimos apostar a quién sería el privilegiado de ser elegido por ella”.

            “La oportunidad se nos presentó el lunes 5 de agosto cuando asistimos a la Fiesta de la Virgen de la Nieves. Por galante ofrecimiento de Iñaqui Jaúregui, conseguimos poner a su servicio un cómodo sulky tirado por un caballo que la condujo, conjuntamente con su tía, a la Villa de Pasco. Naturalmente, los cinco la escoltamos  en sendas cabalgaduras. Nos habíamos convertido en galantes chalanes de su escolta. En aquellos momentos nos sentimos como los elegidos de los dioses. Usamos los más variados ardides para impedir que otros jóvenes la cortejaran. Aquel día, en la misa solemne, procesión, almuerzo y corrida de toros, la pasamos muy bien. La tía, doña Carolina, habiendo observado nuestra solicitud y amabilidad con ellas, seguramente sintiendo como un deber la correspondencia a tanto despliegue de gentileza, nos invitó a visitarlas el viernes 10 en la tarde. No esperábamos otra cosa. Durante los días siguientes nos dedicamos a preparar la reunión a fin de que no faltara nada. En ningún momento nos movió mala intención alguna. Sólo estábamos a la espera que aquella tarde se pondría en claro a quién prefería Blanca”. 

            “Llegado el día, muy bien emperifollados llegamos a la casa. Portábamos como obsequio a las anfitrionas, variada cantidad de pasteles, chocolates, cigarrillos y licor. Para ellas elegimos el suave “Perfecto Amor” y, para nosotros cognac francés, ajenjo y mistral. Todo fue muy bien recibido”. 

            “Iniciada la tertulia, animada por la chispa de las bebidas, la conversación fue haciéndose cada vez más animada, llegándose a entonar algunas canciones de moda en tanto, por turno, bailábamos con las anfitrionas. Hasta ahí todo bien. Como sucede casi siempre, no podíamos darnos cuenta de que los tragos ya nos estaban haciendo actuar más desinhibidamente. Lo que aconteció a las diez de la noche, cuando la señora Carolina insinuó que la visita había terminado, fue la chispa que encendió el polvorín. En inexplicable exabrupto, Iñaqui  alzando la voz, le dijo que no podía echarnos así no más como si fuéramos unos pordioseros. Que no nos iríamos si Blanca no se decidía por uno de los cinco. Fue suficiente. Con una energía que le desconocíamos, doña Carolina se puso de pie y señalando la puerta gritó: “¡¡¡Fuera!!!”. Entonces Piero, como echándose el alma a la espalda ante lo inevitable, quiso estampar un beso en la cara de Blanca, pero fue mal interpretado por la tía que estrelló un sonoro sopapo en su rostro. Ahí comenzó todo.  Posiblemente llevada por los tragos, doña Carolina comenzó a repartir lapos a diestra y siniestra. Fue tanta su agresividad que tuvimos que responderle con golpes iguales. No podíamos quedarnos como si nada. ¡Estábamos borrachos!. Actuaba como una desbocada gladiadora golpeando a diestra y siniestra, agitando los brazos como las aspas de molino. Aquel cambio de porrazos nos ocasionó varias magulladuras. La lucha se tornaba difícil y ya comenzaba a crecer el ruido intranquilizando al perro que gruñía detrás de la puerta, cuando Iñaqui la cogió rodeándole el cuello con sus brazos poderosos. Ni así se contuvo. Ante sus desesperados esfuerzos por desasirse, nuestro amigo que la sujetaba, hizo un movimiento brutal que produjo un ruido como una caña al quebrarse. Fue suficiente. Quedó inmóvil y laxa, como un pelele. Fue depositada sobre un butacón y su rostro cubierto con un pañolón. ¡Listo! Nosotros, mudos, sin saber qué hacer, mirábamos la maniobra, espantados. Sorbió un generoso trago de ajenjo. “Ahora estamos en paz”, dijo, y miró a Blanca que, inmóvil, cubierta de lágrimas no atinaba a moverse, temblando como una condenada. La cogió de la carita y le ordenó que besara uno por uno a todos sus amigos. Obedeció. Su semblante daba lástima y como una autómata cumplió con la orden. Al ver la pasividad nuestra, la cogió con fuerza y con brutalidad la besó prolongadamente,  hasta que de sus labios comenzó a chorrear sangre. La había mordido. Ella ahogando un grito, completamente débil, quedó a merced nuestra. Nosotros –no puedo explicarme por qué, pero creo que la locura es contagiosa- procedimos también a besarla con pasión desmedida, -envenenados de tanta brutalidad- como si estuviéramos posesionados del demonio. Ella lloraba y gemía, convertida en guiñapo sin voluntad ni fuerzas. Los ojos de Iñaqui -estoy seguro que los nuestros también- tenían una expresión demoníaca, satánica, terrible. ¡No éramos nosotros! Algo había en el ambiente que nos urgía a actuar así. Estoy seguro que el demonio estaba actuando solapadamente, moviendo las cuerdas de las sicalípticas marionetas en que nos habíamos convertido. Ahora puedo asegurar que el ajenjo que bebimos en demasía, era el medio con el que nos tenía sujetos. Aquel trago brutal nos hizo perder la ecuanimidad, obligándonos a actuar tan desaforadamente como lo hicimos”. 

            “Cuando ciego de lujuria le desató el corsé y rompió el camisón, vimos sus  senos, duros y abiertos como frutas maduras. Enceguecimos. Uno a uno, por turno, pasamos a besar y mamar aquella belleza. El brutal jefe de aquel aquelarre, la despojó de sus corpiños y enaguas, apareciendo ante nuestros ojos, toda la majestad de su cuerpo blanco e impoluto. Al cubrirse los senos con las manos temblorosas, Brennan encendió la estufa que estaba a la entrada de la alcoba y la atizó con carbones y leños.  Esperamos un buen rato mientras Iñaqui manoseaba el cuerpo de la muchacha besando con lascivia incontenible cada parte, hasta que el ambiente se abrigó. Sin decir una palabra, ordenó con la mirada y cada uno de nosotros tomó a la muchacha de brazos y piernas inmovilizándola. Babeante como un fauno alocado, se quitó los pantalones, subió sobre la muchacha y la poseyó salvajemente. Un grito desgarrado de desflorada se escuchó en la estancia. Como si el alarido hubiera accionado algún mecanismo de poder, jadeante y sudoroso, como bestia en celo, la tuvo buen rato a su merced, besándola y penetrándola como si quisiera matarla. Después, exhausto y casi sin aliento, la dejó a un lado y con el resto de voluntad que le quedaba nos ordenó que hiciéramos lo mismo.  Limpiando la sangre que corría por sus piernas, uno a uno, ciegos de lujuria la poseímos. Sentir su cuerpo convulso y sus sollozos sordos, extrañamente nos impulsaba a seguir teniéndola. Estábamos cumpliendo con sueños que en interminables noches nos habían desvelado. Ahora era nuestra, enteramente nuestra. Sólo se escuchaba un sollozo de virgen desamparada que con la mirada suplicaba. Después del primer grito, Iñaqui le había atracado un pañuelo en la boca y con otro aseguró en la parte posterior de su cabeza.(Un grito habría sido fácilmente escuchado por alguien que atinara a pasar por aquel lugar). Sólo podía respirar por la nariz. Todos pasamos por ella. Hasta ahora no me puedo explicar cómo el hombre puede perder su sentido de piedad y de conmiseración ante el abuso. Nos habíamos convertido en animales. Cuando siguiendo el ejemplo del jefe la poseímos contra natura, ya casi ni se movía; al amarrarla para seguir con la función carnal, notamos que ya no daba señales de vida, sus ojos ya estaban sin luz, el pulso había desaparecido y un frío estremecedor se apoderaba de su cuerpo desnudo. Había muerto. Sin decir una sola palabra nos miramos apesadumbrados, como volviendo de una ausencia prolongada, nos sentamos en derredor de la cama y, como autómatas sin pizca de voluntad, no alcanzamos a comprender todavía la bestialidad que habíamos cometido. El silencio invadió la alcoba. No podría decir ahora cuánto tiempo estuvimos sumidos en aquel mutismo culpable. Fue en ese lapso que alcanzamos a oír un sollozo débil, casi imperceptible. Siguiendo la pista del lloro Iñaqui se dirigió a la puerta que da a la cocina. Allí descubrió, agazapada, llena de terror, con los ojos llenos de lágrimas, a una niña que muda de espanto, dejó que la bestia –no en otra cosa se había convertido nuestro amigo- la levantara por los aires sujeta del cuello y, como si la arrullara para que se duerma, fue presionando su cuellito. Cuando dejó de moverse la depositó sobre el suelo y la cubrió con un costal. Nosotros nos encontrábamos inmóviles. Aterrados. Incapaces de poder protestar o hablar siquiera. Se estaba deshaciendo de una inoportuna e incómoda testigo que lo había visto todo. Tras dejarla tirada como una muñequita de trapo, cogió unas empanadas y otros pasteles y se los dio al perro que le movió la cola de gratitud. Bebió unos colmados tragos de ajenjo y nos conminó a que hiciéramos lo mismo. Todos bebimos”. 

“A medida que transcurrían los minutos, fuimos dándonos cuenta de la bestialidad que habíamos cometido. Con más presencia de ánimo, Iñaqui fue recogiendo ropas y objetos que pudieran incriminarnos y los echó a la estufa. A esa hora, nadie repararía en el humo que salía de la chimenea, menos ahora que las ventanas las habíamos cubierto con frazadas. En las primeras horas del día trazamos un plan a fin de borrar cualquier sospecha de nosotros. Lo logramos”.

Continúa….

El Caso Gamboa (Tercera parte)

el caso gamboa 3Siete largos años tuvieron que transcurrir para que los acusados a quienes jamás se les probó la comisión del delito fueran puestos en libertad. Para ello, el alegato presentado por el abogado defensor Gerardo Balbuena fue determinante. Lo que llama la atención es que los jueces tuvieron que esperar siete años para dar cabida al alegato que se había venido repitiendo desde los días inmediatos a la comisión del delito. Esta pieza legal fue publicada en el diario “Los Andes” de 10 de setiembre de 1913, sosteniendo lo siguiente: 

“Han transcurrido siete interminables años en los que, recluidos como feroces asesinos, transcurren sus días los hombres a los que nada se les ha podido probar y sólo llevados por conjeturas y acusaciones sin sustento, han sido enviados a aquella terrible mazmorra que es la cárcel del Cerro de Pasco, la más dantesca del mundo”. 

“El móvil del crimen, como ya lo hemos sostenido incansablemente, no ha sido el robo. Ninguna pertenencia de la casa de las víctimas ha sido sustraída. Los asesinos que actuaron así, salvajemente, estuvieron llevados por los más inconfesables instintos carnales que terminaron haciendo de la víctima principal -casi una niña- el fruto de sus aversiones que, por lo que arroja la necropsia, no sólo fue desflorada salvajemente, repitiendo el acto muchas veces, sino que ejecutaron con ella actos contra natura y, después de muerta, siguió siendo mancillada por las hienas criminales. Que fueron varios, también ha quedado establecido. De no haber sido así, jamás podrían haber vencido a la señora Carolina Gamboa, alta, fornida y muy bien dispuesta físicamente que en poco tiempo pudo haber dado cuenta de uno, dos y hasta tres hombres. Ella fue vencida y muerta por varios asesinos. Las huellas dejadas como el número de vasos y las innumerables colillas en el cenicero, así lo hacen suponer. Las declaraciones del capitán de la lumbrera “El Diamante”, de doña Luisa Costa de Rosazza, vecina de las Gamboa y, de don Gerardo del Campo, atestiguan que vieron, antes del crimen, junto a la casa de las Gamboa y a altas horas de la noche, a un individuo de aspecto extranjero que nunca se dejaba ver el rostro; que se lo cubría al aproximarse gente ocultándose en la oscuridad, que unas veces estaba solo y otras con dos o tres personas de catadura intranquilizadora, como en acecho. Este sí es indicio de delito y no la amistad de Guzmán y Martínez Chávez y el parentesco de Carlos Gamboa”. 

“El sobreseimiento debe ser absoluto. La condición jurídica de los enjuiciados Teobaldo V. Guzmán, Carlos D. Gamboa, Manuel Martínez Chávez y Victoriano Rivera, contra quienes se ha librado mandamiento de prisión, es igual a la de los enjuiciados Augusto Proaño, Crisanto. D. Venturo, Isidro León y todos los otros respecto de quienes se ha sobreseído de un modo absoluto el auto de vista”. 

“Efectivamente, don Teobaldo Guzmán ha probado con las declaraciones de don Juan N. Durand y doña Isabel Góngora de Durand, del doctor Don Avertino Ochoa, de Inocente Durand y con el escrito de los querellantes, de que la noche del viernes 9 de agosto de 1907 en que se perpetró el crimen, estuvo de visita en casa de don Juan N. Durand, desde las 8 hasta las 11 y media de la noche en que se retiró con don Inocente Durand y el doctor don Avertino Ochoa a quien acompañaron hasta su casa. De la casa del doctor Ochoa fueron a la de don Inocente Durand que encontraron cerca por cuyo motivo Guzmán invitó a Durand a dormir en ella, entrando de paso en el Hotel Ibero Americano, a la una y media de la madrugada, viéndoles en ese Hotel a don Alfredo Baluarte y a don Pedro Díaz; que se lo contó después del crimen al dueño del Hotel, don Gerónimo Casquero que a su vez se lo refirió al doctor Augusto Duarte Valladares abogado y apoderado de los querellantes. En fin, del Hotel Ibero Americano fueron a la Casa de Guzmán donde don Inocente Durand durmió con él, según lo refiere el dicho Durand en su declaración”. 

“Martínez Chávez por su parte ha probado con las declaraciones de don Félix A. Loayza y de don Cesáreo Villarán, que la noche del viernes 9 de agosto, estuvo en su casa con dichos testigos a quienes invitó a comer desde la siete y media hasta las once y media en que se despidieron dejando a Martínez Chávez en su casa con su señora, donde es hasta pueril decirlo durmió según lo atestigua su doméstica, Filomena Paredes, que es el único testimonio que se puede invocar después que se acostaron”. 

“La prueba que favorece a mis defendidos es tan abrumadora que sorprende que no se les haya puesto en libertad desde que se produjo. Conforme el artículo 101 del E. P. bastan dos testigos presenciales de excepción para que la prueba sea plena, los enjuiciados han ofrecido la declaración uniforme de personas de la más alta posición social en el Cerro. Razón tuvo pues el juzgado al decretar, aunque demasiado tarde, su libertad de conformidad con las ejecutorias del proceso, medida que como se sabe no es aun compatible con la tramitación de la querella cuya admisión ordenó V. E. con verdadero acierto, porque no podía, tratándose de un crimen tan monstruoso, cerrar el camino de la investigación. Pero tampoco era legal prolongar la detención de los enjuiciados simplemente en virtud de la querella, destruidos los titulados indicios y sospechas, por el mérito de una prueba plena y abundante. Desgraciadamente, ese auto fue revocado por la Ilustrísima Corte Superior”. 

“Comprobado el hecho de que los detenidos estuvieron la noche del crimen, con personas de las más visibles del Cerro, procede el sobreseimiento absoluto, de conformidad con los dispuesto en la primera parte del artículo 91 de E. P en que se funda el sobreseimiento absoluto de los otros enjuiciados”.

“Es de notarse que mientras contra mis defendidos no hay ningún indicio positivo de delincuencia, siendo su única desgracia la de haber sido amigos de las víctimas, con otros enjuiciados respecto de quienes se sebresee de un modo absoluto, había motivos más fundados para sospechar de ellos. Así, don Augusto Proaño fue enemigo de la señora Gamboa y tuvo cuestiones judiciales con ella; don Luis Haytalla la amenazó diciéndole: “Con este palo te he de matar, maldita”;  don Isidro León -se dijo en un oficio- que la Gamboa había gritado: “León me mata”. Casi todos los otros enjuiciados sobreseídos definitivamente no han producido ninguna prueba, como no tenía por qué haberla producido mis defendidos. Creo que este es el único proceso del mundo en que por el simple hecho de ser amigos de la víctimas, sin existir ningún acto o indicio que acusa a una persona de complicidad o delincuencia, se debe probar que no se ha tenido participación en un crimen envuelto en las sombras del misterio. La ley exige que haya indicios de delincuencia para comprender a las personas en el enjuiciamiento y, no son indicios de delincuencia, la amistad, el amor, el hecho de haber visitado a una familia, de haberla fiado, porque entonces las cárceles estarían permanentemente repletas de inocentes y habría que vivir en un aislamiento absoluto”. 

“Si Proaño y Huaytalla han sido absueltos definitivamente, en justicia, por haber destruido con pruebas las sospechas recaídas en ellos, con mayor razón se debe sobreseer también, definitivamente, respecto de Martínez Chávez, Guzmán, Gamboa y Victoriano Rivera contra los que no ha existido nunca nada que pueda considerarse jurídicamente como indicio de delincuencia”.

“A mis defendidos les son aplicables los fundamentos de la resolución de V. E, porque lo mismo que a don José y don Demetrio Martinench,  “sin que resultara de lo actuado mérito bastante para comprenderlos en el enjuiciamiento, se les recibió declaraciones instructivas” sólo por haberlos capturado el Subprefecto, así como a Martinench. No ha debido pues enjuiciarse a los detenidos mientras no se presentó la querella y si el juez no les recibe declaración instructiva, seguramente no se hubiera presentado la querella, como lo revelan los términos de ella y sus ampliaciones, el hecho de que tuvo que oficiarse a la Subprefectura para que hubiera comparecer a los querellantes por la fuerza, a fin de que prestaran el juramento de calumnia y la circunstancia de que en el proceso, se ha invertido los papeles, siendo los acusados quienes han hecho tramitar la querella dirigiendo exhortos y absolver citas, mientras los querellantes no habrían sino dar datos falsos al juzgado e inventar absurdos y calumnias”. 

“El espíritu se aterra ante la monstruosidad de las teorías sustentadas por el Agente Fiscal de Junín que olvida que la libertad es tan sagrada como la vida y que no se castiga un delito encerrando a un presidio durante media vida a individuos contra los que no hay pruebas. Según ese funcionario cuando se realiza un crimen abominable, se debe arrojar a los acusados contra los que no existen indicios de culpabilidad, como a los vencidos a las fieras en Roma, a una cárcel por años “a fin de que se esclarezca en debate amplio si son o no inocentes”. 

“Esta es la teoría consagrada por nuestro Código, Excelentísimo Señor. Por el contrario, se puede repetir con el eminente Fiscal don José Gregario Paz Soldán que el mandamiento de prisión “supone la existencia de un delito cometido que no se acredita con la simple acusación sino con las pruebas que arroje el sumario”. Darle otra inteligencia y aplicación no sólo sería contraria a los principios de justicia, sino tener abiertas las puertas de las prisiones al antojo y capricho de cuantos quieran llevar a ellos a sus enemigos o rivales imputándoles delitos graves que merecieran penas aflictivas; semejante interpretación choca con todos los principios de filosofía y legislación y no es jurídico aceptarla, menos en vista de los artículos 114 y 115 del citado Código”.

“Esos hombres son inocentes. Si fuera racional la prueba del fuego ideada en otras épocas, yo travesaría las llamas, afirmando su inocencia seguro de salir ileso”. 

“Me anima el profundo convencimiento de que con la misma rectitud con que V.E ordenó la admisión de la querella, borrará al afrentoso estigma con que se ha querido deshonrar a los detenidos, ordenando su inmediata libertad por imponerlo así la ley, la justicia y hasta los sentimiento de raza y de nacionalidad”.

 En virtud de lo expuesto:

 “A V. E suplico que declare haber nulidad en el auto de vista de (fs 1,156) sobreseyendo de un modo absoluto, respecto de todos los enjuiciados”.

 Abril 17 de 1913.  Gerardo Balbuena