La Anquicha (Segunda parte)

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Fijado Lima como lugar del proceso judicial fue trasladada junto con los otros presos para ser juzgada. En la cárcel de mujeres se hizo íntima de Isabel Pedraza, “La Rayo”, aquella negra ágil como un gato y audaz como un cernícalo que, al verla llegar, mirándola con emoción y respeto, le dijo “Tú eres bien macha, carajo. Me he enterado que lideraste a las mujeres de tu pueblo para sacarle su mierda a un abusivo. ¡Eres de las nuestras! No eres ninguna cojuda. Desde ahora compartirás con nosotras todo lo que alcancemos y nadie te faltará el respeto. Avísanos nomás quien trata de joderte. Nosotros nos encargaremos de sacarle la mierda”. Fue presentada a la capataz, que también “le agarró cariño”. Ésta era Josefina Huerta, conocida por el mote de “Tormenta”, triunfante luchadora de cachascán en su recorrido por entarimados peruanos de los cincuenta; había dado cuenta de consagradas luchadoras como la “Norcoreana”, “La Siciliana”, “La Salvaje” y otras campeonas. Un día que encontró a su marido encamado con su vecina, presa de ira homicida, dio cuenta de los dos traidores. Cuando llegó la policía, ambos tenían el cuello roto. Ahora es la “capo” del pabellón de las comunes, amiga de las presas políticas en sus encuentros en el patio principal. “La Anquicha” que ejercía la jefatura del grupo recién llegado, abogó también por su clan cerreño: Paulina Ventura Cabello, Ignacia Martel Calero, Rafaela Romero Ayala, Fortunata Orihuela Cavilla, y ella, Angélica Panduro Ricapa. Heroínas como ella. Este grupo, protegido por “Tormenta”, había concitado el respeto de las reclusas porque habían dado cuenta –no de un sujeto cualquiera- sino de un poderoso; de un Prefecto. La admiración para ellas fue extraordinaria. Es más, “Tormenta” le enseñó con lujo de detalles dónde y cómo golpear en las zonas más sensibles y estratégicas del cuerpo humano, lección que aprendió con creces y puso en práctica cuantas veces le fue necesario.

Nueve años estuvo en la cárcel de mujeres donde hizo muchísimas amigas. En ese lapso descubrió muchos secretos femeninos, argucias y “mañoserías” que puso en práctica a su salida por amnistía a los presos políticos. Ya la “Anquicha” se había “achorado” y comenzó a hacer valer sus “experiencias”, de las buenas y de las otras; por eso los marchantes se cuidaban de ofenderla. Levantisca y escandalosa, castigaría la pedantería o el desprecio. Nadie estaba dispuesto a jugarse esa carta. Algunas veces –muy raras, por supuesto- llegaba a la mesa que quería, muy comedida y amable, llevando sus dos botellas de cerveza. Las ponía encima y al instante estaba participando de la conversación. Estaba precisamente enterada de todos los acontecimientos de la vida de su pueblo, su Cerro de Pasco. Conocía de las virtudes y las debilidades de los “grandes” y de los otros. Su conversación era muy activa. A los recién llegados, informaba de las ventajas de su pueblo, de las posibilidades en el comercio o la industria, pero sobre todo, en el amor. Fue la anfitriona, obsequiosa y graciosa que acompañaba al visitante hasta donde éste permitiera que lo hiciera, pero en toda esa tarea, sacaba pecuniaria ventaja que le permitía seguir adelante. Siempre tuvo cuidado de no chocar con los grandes; es más, a ellos y sus mujeres, saludaba con especial respeto; no fueran a enojarse. Como el resto del pueblo la conocía, la toleraban con mucha condescendencia. Su conducta disipada y aventurera, era un secreto a voces.

El amorcito que hemos tenido

en una rama se me ha enredado,

vino un fuerte huracancito,

rama y todo se lo ha llevado.

Claro que algunas veces tuvo problemas, especialmente con la policía. Era  generalmente porque, algún visitante, pensando que por chola se callaría, se negaba a pagarle sus servicios. En ese momento “le salía la india” y castigaba al agresor. Le quitaba su plata y le pegaba. Era muy mujer para hacerlo; chola poderosa, samaqueaba a su víctima haciéndola sangrar, y fugaba. Era lógico que nadie la alcanzara, no sólo porque siempre estaba en forma, sino porque conocía la ciudad con sus recovecos, callejones, caserones, atajos y demás escondrijos de los que la ciudad era pródiga para despistar al persecutor. Hasta los canes cerreños que la conocían, enmudecían, cómplices, en sus correrías.  Las pocas veces que cayó en cana, no le probaron nada. El “cuerpo del delito” había desparecido como por encanto. Más tarde ella lo recuperaría con creces. Lo había dejado a buen recaudo en un escondrijo que sólo ella conocía. Si a pedido del agraviado debía quedarse encerrada, algún policía amigo, generalmente uno de los que se habían beneficiado de su celestinaje, le alcanzaban una cobija y, al día siguiente, salía indefectiblemente. Bueno, total, la “Anquicha” era una parte fogosamente vigente de la ciudad. Un ser especial.

La conocí mejor en el entierro de “Patas a la Oreja”. Apesadumbrado por ese drama tan patético me encontraba silencioso y adolorido en un rincón del cementerio. Ella estaba de servicio y me alcanzó un copón de chinguirito que la “Chapi” Quintana había llevado al camposanto. “Sírvete, papito” -me dijo- “Yo también estoy sufriendo por nuestro pobre “Patas”. “Él te quería y respetaba mucho, como yo, papito; lo sé, porque él mismo me lo ha dicho” “! Sírvete!”. Otra noche, en el velorio de “San Martín”, -un cargador patilludo como nuestro libertador-, nos amanecimos conversando. Me relató al detalle de todo lo que le había acontecido el 48, cuando la muerte del Prefecto: “Era un demonio, papito –me dijo- y debe estar en el infierno. No puede estar en otra parte ese mal nacido. Era un abusivo. A la viejita “Lulli” Sacristán, la zarandeaba cuantas veces quería porque ella vendía comida con su ollita a la puerta de la Prefectura. Un día de pago, al ver tanta gente que le consumía, de un patadón arrojó muy lejos su olla y la Lully se quedó sin nada, llorando, desamparada. Esa viejecita, abandonada por sus hijos, solamente así se mantenía. ¡Cuántas cosas hizo el malvado, hijo de perra! Hasta el pobre “Gardelito” –Tú conocerás, papito, al hermano de los Paulino, sastres y peluqueros de la Calle del Marqués que tenían un hermano idiota que caminaba por la calle sin saber ni quién era- Bueno, un día que el malnacido venía por la puerta de Kukurelo, se encontró con el pobre “Gardelito” que andaba por la misma vereda; de un manotazo lo arrojó sobre la acequia que estaba llena de agua donde el pobre comenzó a temblar con su epilepsia. Él se quedó riendo como un animal y sólo cuando se marchó levantaron a “Gardelito”. También pegaba a los canillitas  que se le cruzaban en la calle. A nadie respetaba. La única que lo “pasaba” era la “Payasa”, chuchumeca coquetona, pintarrajeada como si estuviera en carnavales que se encamaba con el maldito grandazo, sin que la Omara se enterara. Nosotras lo odiábamos, especialmente cuando nos echó de su oficina como si fuéramos perras asquerosas. Ahh pero la “Opa” Paula le hizo pagar sus abusos. Bailó sobre su cadáver cuando el pueblo dio cuenta del maldito. Aquella tarde todos estuvimos juntos para sacarle su mierda. Me acuerdo del “Catarro” Bartola, el “Chato” Miraval, Atilio León, Lucho Llanos, Patricio Chahua, Humberto Luis y muchos cerreños machos, carajo. El relato de todas las iniquidades del Prefecto, la asonada, la represalia, su apresamiento, su juzgamiento en Lima y todo lo demás me contó aquella noche. “Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo –siguió contando tras el cargado café que invitaron los dolientes- llegaron a la cárcel, el Prefecto Lanfranco, el comisario Bandini y otro cachaco que había llegado de Lima para decirnos que nos daba tres días de plazo para preparar nuestra ropa y otras cositas necesarias para viajar a Lima donde nos juzgarían. ¡Dios mío, que emoción, papito! ¡Por fin nos juzgarían y sabríamos a qué atenernos! Como sea nos preparamos los 120 que estábamos encerrados, al final sólo nos dijeron que viajaríamos 29: Veintitrés hombres y cinco mujeres. Entre mujeres estábamos, nuestra “Opa” Paula, la “Amacha” Martel, la “Rafa” Romero, la “Fortacha” Orihuela y yo.  El cachaco nos dijo que, en consideración a tanto tiempo que estábamos encerrados, nos llevarían para ser juzgados; que deberíamos portarnos bien, sin alterar el orden, porque de hacerlo nos balearían. Efectivamente, papito, nos llevaron a la estación enmarrocadas para no escaparnos, con gran cantidad de cachacos cuidándonos, como si fuéramos abigeos o enemigos del Perú. En la estación nos subieron, no a los coches como pensábamos, sino a la bodega, donde llevan a los animales. No había ni a dónde sentarnos. Las puertas con armellas y tremendos candados. Enfrente, sobre un enorme cajón, habían colocado una ametralladora bien cargada que dispararían al menos escándalo que hiciéramos. En cada esquina de la bodega, dos cachacos de la republicana, también armados. Como no había ni una ventana, no sabíamos ni a dónde estábamos. Solo cuando preparaban las ametralladoras y los fusiles, sabíamos que estábamos entrando en una estación. En ese momento el capitán que era el jefe, nos hacía shhhh, y teníamos que permanecer en silencio mientras durara nuestra permanencia en la estación. Temían que, el pueblo, al enterarse de que estábamos siendo llevados como animales, nos rescatarían. Porque la verdad era esa, papito; todo el pueblo estaba indignado. Hasta ese momento, sólo el Comité de Defensa de los detenidos que presidía doña Teresa de la Matta –la mujer de Agüero, de la calle Lima- nos había ayudado.  Ella se movió como nadie. Publicó avisos en el periódico y radios para que nos ayuden a juntar plata para pagar nuestra defensa en el juicio. Cuando llegamos a Lima, los periódicos nos sacaron diciendo “Ya llegaron los asesinos”, especialmente “El Comercio” y “La Prensa”. En la cárcel de mujeres nos recibieron como hermanas, con admiración, porque le habíamos sacado el alma al abusivo, a aquel maldito que siempre andaba armado con su pistola, por eso el “Capachón Minaya” le puso el apodo de “Pancho Pistolas”. Claro, una que otra presa nos miraba con sobradera pero ahí conocí a la querida de “Tatán”, a la negra que le decían “La Rayo”, la “faite” del penal. Ella se hizo mi “adú”.

Con este puñal dorado

ábreme por un costado:       

ahí verás tu retrato

todo cubierto de sangre,

conforme tú me has dejado.

Nunca vi llorar a una mujer con tanta indignación como entonces. Los años que decantan o encienden pasiones, le habían marcado con signos de fuego. Un odio acérrimo lo acompañó hasta los últimos instantes de su vida. A partir de entonces, mi admiración y mi respeto, siempre estuvo con ella. De su parte también. Cuando me veía en la calle me saludaba con mucho acatamiento.

Las pocas veces que volví a verla observé que ya no estaba sola. En los brazos llevaba a un perrito muy pequeño y, caminando a su lado, otro mucho más grande: sus compañeros. Los animales, como si supieran, permanecían en silencio, sentados uno en su falda y otro a su lado. “Ya no soy una mujer sola, papito”, me decía y los perros movían la cola como si entendieran Transcurrieron los años y dejé de verla. Una vez que tuve que viajar a Lima por motivos de trabajo, murió. No pude estar en su funeral, pero la pena que invadió mi espíritu fue tan grande, que a mi retorno llegué hasta su tumba para elevar una oración por su alma. Los perros famélicos no se movían de su sepulcro.

Así era la “Anquicha”, que en paz descanse.

¿Te acuerdas de aquella noche

en que juraste quererme,

quererme toda la vida;

no para que me hagas sufrir,

no para que me hagas llorar.

 

 

 

La Anquicha (Primera parte)

(Fue una mujer admirable. Quienes estuvimos en los momentos más dramáticos de nuestro pueblo –yo era un niño- cuando por consenso decidimos arrojar al sátrapa que nos gobernaba, ella lideró a las mujeres del pueblo. Fue cruelmente maltratada por el gobierno. Conózcanla en esta sintetizada nota. Con más amplitud se vida esta detallada en nuestro libro PUEBLO MARTIR)

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Imagen referencial

Todos sabían quién era la “Anquicha”. Haciendo alusiones caníbales los cerreños decían muy orondos: “Si no te has comido a la “Anquicha”, no eres cerreño”, es decir que quien no había gozado de sus intimidades, no era cerreño. Todos la conocían, pero pocos sabían que apellidaba Panduro Ricapa. Bueno, a nadie le importaba. En nuestro pueblo, no hace falta el apellido cuando el nombre de alguien toma carta de ciudadanía. Aquí rápidamente se identifica cuando se habla de esos seres que han nacido con calor popular y estima general del pueblo. “Capachón”, “Chuño”, “Patas a la Oreja”, “Chorreao”, “Pecas”, “Rogromanca”, “Sirriachi”, “Mufle”, “Agatón”, “Trueno”, “Piñachuncho”, “Cura Bolo”, “Mote”, “Gran Chichí”, “Poeta”, “La machete”, “La Pachicche”, “La Pisacha”, “La manca shongo” etc. A este grupo de privilegiados del efecto popular pertenecía la “Anquicha”.

Desde su infancia fue compañera inseparable de la pobreza. Apenas era una niña cuando tuvo que ganarse el sustento diario desempeñando múltiples labores como chica de servicio, ama seca, mandadera, etc. Sus padres se habían desatendido de ella. Ya más grande, lavandera, planchadora, muchacha de servicio. En todo ese lapso fue conociendo la bondad y dureza de las gentes. Era obediente y muy servicial pero no permitía que la maltraten. “Mi vida ha sido muy triste, papito –me contó un día que charlamos en un velorio- lo que más me ha dolido fue que nadie me brindara un poco de cariño que siempre he necesitado en mi vida”.

Después de haber sido lavandera en Patarcocha tuvo que dejar la actividad tras una pulmonía que superó bajando de urgencia a Huariaca. Allí el aire benéfico con abundante oxígeno y su clima abrigado le repusieron la salud. Después –ya maltona y bien parada- quiso volver a ser trabajadora del hogar, pero ya no se acostumbró. El transcurso de los años la convirtió en mujer avezada y resistente de carácter indomable. Ésta era la única manera de mantenerse incólume en la vida riesgosa que llevaba. Todos los patrones que tuvo trataron de “abusar” de ella. El primero fue un ingeniero de la “Mining” en cuya casa trabajaba. Una noche que llegó borracho entró en su dormitorio y sin mediar palabra alguna la sometió a su dominio lascivo y la desfloró. Cuando la vio llorosa sacó una libra y se la puso en las manos. ¡Estaba pagada! “El maldito “Veneno” Proaño, me rompió”- dijo. Después ejerció de vendedora de tamales, pero fracasó. No toleraba que los compradores le llevaran la contraria. Tras sonados líos con sus clientes optó por “mandar todo a rodar” y decidió que era el momento de explotar sus soterrados encantos.

Llegó a comprobarlo –intuición de mujer- que los hombres la deseaban, pero ella, había clausurado su corazón hasta que encontrara a alguien especial que verdad la quisiera. No era una preciosidad de mujer pero poseía un discreto encanto que con un ímpetu indefinible atraía a los hombres. Diríamos, como los entendidos, que estaba dotada de ese secreto encanto que muy pocas mujeres pueden lucir: sex –appeal; vernáculo, pero sex-appeal. Misteriosa atracción que envolvía con sus invisibles lianas el corazón y, sobre todo, el siempre vigente deseo de los garañones mineros. De mediana estatura, flancos poderosos, senos alzados y recios, cintura estrecha, pletórica de salud, con una confianza enorme en sí misma. En el vuelo de sus polleras tenía anudado el corazón de muchos hombres. Ni jovencita, ni vieja; mujer de “medio tiempo”. Siempre vestida con ropas sencillas; no con la opulencia de las señoras de muchos bienes económicos, ni la paupérrima pobreza de las cholitas desamparadas; aquellas con abrigos entallados de la última moda, y éstas, con modestas catas de castilla. No. Llevaba  una vestimenta  con el número indispensable de polleras para su abrigo; sobre éstas, la falda de organdí con bordados de flores y  mandil de tocuyo floreado con amplias faltriqueras donde guardaba sus “ganancias”. En la parte superior, la polka ceñida con interiores de franela para evitar el escozor del “coca saco”; chompa de lana, tejida por ella misma y, finalmente, un florido pañolón de “Alaska” que la fábrica Maranganí promocionó en la sierra. Cubriéndole la cabeza un sombrero de fieltro a medio lado; primero un “Borsalino”, más tarde un “Stetson”, y finalmente  -su economía en picada-, uno de fieltro tosco: “Arregui”. Nunca usó sombrero blanco de paja. No le gustaba. Su cuidado personal era muy escrupuloso. Cada media semana con su “quipecito” de ropa limpia iba a los baños de la compañía norteamericana y se pegaba un duchazo prolijo; peinaba sus abundosos cabellos acomodándolos en dos trenzas gruesas y enormes. Su referente femenino era Chela Raycovich, guapa cerreña que en la alta sociedad barría con los hombres que babeaban por ella; hija de un  yugoeslavo en guapa mujer cerreña.

Dicen que de muerto todo se acaba,

dicen que de muerto, todo se olvida;

pero ni de muerto podré  olvidarte,

porque has sido como mi madre.

La Anquicha se convirtió en cotidiana asistente de bares y restaurantes. Jamás le faltó un pan para llevarse a la boca ni un trago para disipar su soledad. Vivía sola. “No tengo ni un perrito que me ladre” decía. Los bohemios, especialmente mineros, sabían muy bien que colmándole los manteles de los restaurantes tendrían la recompensa de las sábanas de su cama. Así era ella, no permitía melindres ni candideces. Sus favores los cobraba con creces. Vivía orgullosa de su cuna. Sin admitir réplicas decía: “Yo nací cerca de Dios, donde al cóndor le da soroche y a la llama le da calambres. Soy del Cerro de Pasco”. Era muy zahorí. Al pasar rápida revista de los parroquianos, descubría en un santiamén al líder del grupo que estaba bebiendo. El rito cotidiano comenzaba cuando estudiado el terreno y las características de sus “víctimas”, arrastraba su silla, y sin más, se sentaba a la mesa junto al más gastador; ya en el transcurso de la “huasca” iría a elegir a quien sería su pareja de esa noche. Jamás nadie le hizo desaire. Nadie se atrevió a “ningunearla”. Era una mujer todo coraje en un ambiente de pusilánimes; decidida y emprendedora en un mundo de indecisos; arrolladora cuando en derredor de ella las mujeres se agazapaban para llorar el abuso de los maridos o amantes; viperina y arrebatada que no permitía ningún abuso, menos con las mujeres. Ella sabía que la admiración y el homenaje que el pueblo le tributaba le facultaban para actuar así, con desparpajo y marcado orgullo. Todos recordaban cómo para la muerte del Prefecto, indignadísima, encabezó el movimiento femenino para expulsar al tirano  que nos avasallaba. Con un garrote en las manos, el grito conminatorio en la garganta quebrada de indignación, liderando una horda femenina corrió por los comercios, chinganas, “toneladas”, restaurantes y bares, ordenando su cierre para que la gente saliera a protestar a las calles. Fatalmente, aquella tarde, fue tanta la indignación del pueblo que no terminó sino hasta verlo muerto. Cuando acometió la represión, fue de las primeras en caer. Lucía flamígera en todas las fotos que Barzola había tomado. Nunca lo negó. Estuvo encerrada en la cárcel cerreña, la más dantesca mazmorra del mundo, de paredes de piedra, cubiertas de musgo siempre verde y húmedo, techos de calaminas viejas que originaba una gotera inacabable en donde lluvias y nieves son aberrantemente continuas. Una prisión helada donde el frío espantoso agravado por el agua que circula sobre el piso del empedrado la hace insufrible. Seguramente ni en la Siberia sufrirían tanto los presos como aquí. Entre tanto, en el colmo de la ignominia y el abuso, diariamente la sacaban enmarrocada, paseándola por las calles a empujones como a una vulgar delincuente. Querían lucirla escarnecida, humillada y rendida, “para escarmiento de las cholas” decían las autoridades. Ella jamás arrugó. Había que verla desfilando serena y altiva por las calles céntricas, ignominiosa pasarela del escarnio en aquel momento. Sus ojos fulguraban de orgullo cuando, muchos cobardes que la miraban se orinaban de miedo, temblando ante lo que les podía hacer aquel engendro de la estupidez y el abuso llamado Alejandro Esparza Zañartu, un nombre para la nómina de mal nacidos, sirviente incondicional del arrogante tarmeño Odría, como antes lo había sido Damián Mústiga, insignificante y venenoso como una ladilla, chupamedias del “Mocho” Sánchez Cerro. (Ambos dejaron siniestros recuerdos en todos los cerreños). Su mirada límpida de valentía y orgullo jamás fue domeñada. El trayecto de la cárcel al juzgado, era vía del diario peregrinaje de la mujer valiente. Todos la habían visto y, todos, sin excepción, aprendieron a admirarla. En la cárcel también tuvo que luchar bastante. Cuando cumplido su “franco” los guardias republicanos regresaban a la cárcel, al verla dormida, trataban de abusar de ella, pero en cuanto entraban como fieras hambrientas, la Anquicha se ponía de pie y, como el más experto de los peleadores, defendía su honor con uñas y dientes. Sus gritos despertaban a las otras mujeres y llegaban al pabellón de hombres que con gritos y zapateos de protesta calmaban a los abusivos. Muchos “repuchos” quedaron con las huellas de su valentía hasta que aprendieron a respetarla. Eso era semanalmente, hasta que un día conoció el amor; el único amor de su vida. Cuando lo vio por primera vez, quedó admirada. Era un guardia republicano, fortachón, de raza indefinible, de talla más que mediana pero de enorme envergadura; espaldas amplias y musculosas que se iniciaban en un cuello de buey, grueso, desmedidamente enorme; brazos recios de bíceps y tríceps notables y marcados; manos gigantescas con dedos gruesos como morcillas; cintura breve pero musculosa; muslos enormes y bien proporcionados con piernas  gruesas y gemelos bien definidos, perfectamente dibujados debajo de la piel brillosa. El rostro oscuro, terroso, ojos achinados como los de un japonés; labios carnosos y prominentes como los de un negro; cabeza pequeña y poderosa de pelos hirsutos y rebeldes como de un aimara. Era una extraña mezcla de razas que  habían  dado ese producto. Parecía un gladiador y en realidad lo era. Su enorme afición al box era excluyente. La superioridad le había permitido que en una cuadra hermética, aledaña al reclusorio de mujeres, instalara su gimnasio. Allí colgaba bolsas de arena, pera, mancuernas y sogas. De madrugada entraba a ejercitarse. Primero sogas, con la que hacía maravillas como si estuviera flotando en el aire sin peso alguno, luego sombra, con un mellado espejo fijado a la pared de piedra; después saco y pera. En ese lapso de dos horas, el hombre transpiraba a raudales. La Anquicha, sin hacer caso de las otras reclusas, le contemplaba extasiada por la mirilla, muda de asombro, viendo el cuerpo sudoroso que emanaba agresivos olores que la ponía nerviosa e inquieta. Eso diariamente. Procedió a averiguar su vida y se enteró que había sido remitido de Lima para cumplir un castigo por “haber desobedecido la orden de un oficial”. Eso era todo. El hombre, ¡claro! se dio cuenta de la muda admiración de su furtiva observadora. Un domingo que los visitantes se retiraban, él, sin aviso previo ni pronunciar una sola palabra, la tomó de la mano y la llevó a un escondite donde había un alijo de colchonetas la hizo suya. La Anquicha tampoco habló pero gozó como nunca. Los encuentros amorosos se sucedieron con gran regularidad –sin duda alcahueteados por los otros “repuchos”- pero en todo ese lapso, él no dijo una sola palabra. No hablaba pero, en silencio, dejó una cobijas nuevas sobre la cama de ella, otro día, caramelos, otro, galletas; eran regalos de su mudo amor. La Anquicha dedujo que él la quería y comenzó a soñar. Al salir libre de la cárcel se casaría con él aunque no dijera una sola palabra. Total, lo que ella necesitaba era amor y protección y no cháchara vacía. Quería un compañero para el resto de sus días. No importaba que él no se quedara; por lo menos, debía dejarla un hijo; por eso un día, cuando desbordada de pasión lo tenía consigo, acercó sus labios a los oídos del semental y, jadeante y urgida, masculló un pedido, mezcla de súplica y mandato: -¡Préñame!

La rosa tiene lindos colores

                       pero sus espinas hace sangrar,

                       así tú tienes bonita cara.

                       pero tus acciones me hacen llorar.

No hubo caso. Más tarde descubrió que las bebidas que le proporcionaba una huanuqueña para que no tuviera hijos, la había vuelto estéril. Esta huanuqueña especialista en “chamiquear” a los hombres, la había desgraciado para toda su vida. Nunca podría tener hijos. Un día el “repucho” desapareció como había venido, en silencio; ni su nombre llegó a saber, pero le dejó el sabor de un amor intenso e inolvidable.

 

 

“EL DIABLO MACHO” (Reportaje Radial)

(A partir de hoy, vamos a recordar a personajes inolvidables –hombres y mujeres- que dejaron hermosos recuerdos de su paso por nuestra tierra. La mayoría son personajes sencillos que sin embargo son recordados con especial cariño por los que quedamos en pie. Comenzamos con don Isaías Garzón Alvarado, más conocido por su apodo “Diablo Macho”, incondicional servidor de la empresa norteamericana, con “su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar”, tal como aparece en la foto que ilustra nuestro reportaje donde vemos –como fondo- el Castillo de Lourdes, hermoso monumento de la minería cerreña. (El archivo sonoro de estos reportajes se hallan en poder de los propietarios de la radio)

el diablo macho“Era las diez de la noche cuando llegué al Cerro de Pasco. En el andén de la Estación, notablemente iluminado, reinaba un frío estremecedor. Las gentes que llegaban y las que habían venido a esperar a familiares y amigos, estaban muy arropadas; al hablar arrojaban vapor por la boca, lo que me sorprendió enormemente. Como si el frío fuera poco, una gran cantidad de nevada había caído en la ciudad. Nunca había visto nieve en esa magnitud. Era tan alta que me cubría las pantorrillas.  En ese momento, ante el frío y la tristeza del ambiente, me dije – ¡La nieve es para los serranos! ¡Mejor ahorro mi pasaje y me vuelvo de inmediato! ¡Yo no aguanto esto! Lo que son las cosas. Desde aquel entonces han transcurrido 50 años y nunca logré regresar. Al comienzo porque no pude, y ahora, porque no quiero. ¡No sé qué es lo que tiene esta tierra que me atrae y no me deja marchar! La gente es tan cariñosa y el pueblo todo es tan bueno, que ya no lo puedo dejar”– Sus palabras brotan cargadas de viejas nostalgias. Isaías Garzón Alvarado, hijo de padre francés y madre peruana, había nacido en Lima en 1883 cuando la presuntuosa soldadesca chilena paseaba su soberbia vencedora por las calles capitalinas. Cuando llegó al Cerro de Pasco, el 7 de setiembre de 1907 acababa de cumplir los 24 años. Como credenciales portaba una recomendación de míster, Franklin Smith, Jefe de la Cerro de Pasco Railway Company de Lima y la de don Miguel Nugent, su primer jefe de talleres ferrocarrileros de “Guadalupe” del Callao.

“Iba a trabajar en la Railway como mecánico de locomotoras cuando dispusieron que me trasladara a Smelter, la primera fundición norteamericana que nacía con un ímpetu impresionante.  Había que ver aquello. Gentes venidas de muchos lugares del Perú abarrotaban talleres y oficinas. El trabajo que se iniciaba en ese lugar era pródigo. Los comerciantes hacían su agosto. La espectacularidad de Smelter hacía palidecer la prestancia del Cerro de Pasco. ¡Qué tal cantidad de gente, comerciantes, aventureros, mujeres de vida airada! Como un nuevo Chicago se afincó en Smelter gran cantidad de aventureros y vividores que explotaban a los trabajadores a quienes les sobraba la plata. ¡Sí, así era en aquellos tiempos!  Aquí se ganaba muy bien. Bueno, participé en el armado e instalación de las máquinas a vapor de la Casa de Fuerza, y en otras tareas de adecuación mecánica. No hacía sino seguir los planos  del polaco, Franck Klepetko, el maestro general, con los que construí otras cuatro chimeneas para la fundición. Sin yo quererlo, mis conocimientos y experiencia, fueron  creciendo poco a poco, conjuntamente con mi aclimatación. En poco tiempo había desechado la idea de regresar a mi tierra. Me di cuenta que en ninguna parte encontraría la oportunidad que se me estaba brindando con mucho afecto. Pasado un buen lapso regresé aquí al Cerro de Pasco para trabajar en lo que es para mí la obra más preciada: El armado de las tolvas para minerales en el pique: “Esperanza”. ¡Eso sí que fue espectacular! El trampolín que me lanzó al éxito. En dos años había dado pasos gigantescos  en mi progreso técnico que mis jefes llegaron a apreciar con creces; por eso es que en 1909, me enviaron a Goyllarisquizga con el fin de armar el winche grande e instalar las demás máquinas; las primeras en su género en Sudamérica de aquel entonces. ¡Ése también fue un trabajo espectacular! No había nada que hacer. Para ese tipo de trabajos lo gringos se pintan solos. Cumplida la agotadora tarea, fui ascendido a Jefe y retorné a Smelter donde trabajé por diez años en la guardia de noche a cargo de todos los talleres de mecánica y de ocho locomotoras a vapor. Imagínate, César, imagínate.

— ¿Y la idea de retornar a su Lima querida…?

— No, no, ya nada que hablar. No iba a ser loco. Aquí tenía de todo. Todos me estimaban y los cerreños en general me trataban con mucho cariño. El mismo cariño que yo les tengo. Pero no vayas a creer que todo fue fácil y llevadero. No, no, no. He pasado por momentos muy bravos. Por ejemplo, en la huelga obrera de 1917 tuve que poner a prueba mi lealtad y valor. En aquella ocasión tuve que enfrentar la dura crítica, el hostigamiento y la abierta agresión del resto de los obreros que no me comprendía. Ellos creían que yo era un “sobón”; un “Lame culo de los gringos” como dicen aquí. Pero no era así. Después de haberme agarrado a trompadas con muchos de mis detractores, me mantuve en mis “trece”. Esa vez fue que los “pendejos” me clavaron mi chapa de “Diablo Macho”. Yo fui el único que trabajó aquellos días aciagos porque consideraba que mi labor era eminentemente humanitaria. ¡Qué cojones! Yo no contaba con ninguna ayuda porque a nadie dejaban entrar en la Compañía. Controlé el servicio eléctrico para las estaciones de zonas críticas e importantes como Calera, Goyllar, etc. ¡Esa vez sí que fue cojonudo! Tuve que trabajar solo y guardándome las espaldas. De esa manera  evité desgracias inminentes con pérdida de vidas humanas y abundante maquinaria que habría provocado una debacle económica en la empresa. Piensa. De no haber trabajo yo, la compañía habría perdido bastante y  las gentes habrían sufrido mucho. Al final el precio que tuve que pagar fue muy alto. Al comienzo, la casi totalidad de obreros me miraba como a un traidor y me castigaron con su desprecio. ¡Nadie me hablaba! ¡Carajo!. ¡Como si fuera un criminal! ¡Como un apestado, carajo!  Menos mal que al final se dieron cuenta. Querían que pensara como ellos, pero yo sabía que debía lealtad a los que me  habían dado la oportunidad de progresar. Yo no muerdo la mano que me da de comer. Pero esto duró muy poco. Cuando se puso en entredicho la discusión de las ocho horas de labor, yo me mantuve neutral aunque su consecución sería conveniente para mí. Los trabajadores siguieron pensando que era un traidor.

— ¿Cuánto duró ese clima beligerante…?

— Muy poco, felizmente. Por aquellos días, contra viento y marea, fui nombrado Jefe de Día de  la Maestranza. Este cargo lo cumplí con entereza y justicia. El hombre que rendía, recibía mi más franco apoyo. Ayudé a surgir a muchos hombres dándoles oportunidades y ahora me lo agradecen. Esta virtud sí fue reconocida por los hombres que trabajaban conmigo.

— Dicen que una vez sí estuvo con los obreros. En la asonada contra el Prefecto.

— Ahhh sí. Fue la única vez que abandoné mis casillas. Febrero del 48. Aquella vez advertí que el Prefecto se había pasado de la raya. Una cosa es ser autoridad y otra muy distinta es ser abusivo. Aquel canalla lo era. ¡Imagínate, maltratar a una mujer por reclamar lo que es justo! No. Yo me indigné mucho y aquella tarde, aunque los hombres me miraban con desconfianza, yo marché con ellos a protestar. Sólo cuando las balas comenzaron a menudear y la gente a correr por aquí y por allá, me retiré a mi casa. Creo que lo que el pueblo hizo aquella tarde, lo había provocado el mismo déspota. Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Rostro alargado, rubicundo, cruzado de arrugas trazadas por soles candentes, por espinas hirientes de hielo que lo quemaron sin piedad; por vientos silbantes que le formaron ceño profundo y ostensibles patas de gallo; ojos celestes enmarcados por cejas y pestañas canosas; grenchas blancas, rebeldes, sobresaliendo del casco ambarino que cubre su cabeza. Varonil, pétreo, erguido, no obstante haber sufrido toda la agresiva gama de fenómenos atmosféricos que aquí se dan sin  tregua; por el cambio brusco de temperaturas de infierno en determinados niveles de la mina, a fríos estremecedores en otros. Si algo caracteriza a este laborero legendario, es su eficiencia, disciplina y honradez en el trabajo, sobre todo, su lealtad con la compañía que lo contrató.

Conocedor como ninguno de todas las instalaciones de la Compañía, -sigue diciendo- el año de 1938, cumpliendo órdenes superiores tuve que desarmar el Winche que con tanto trabajo y riesgo había armado en 1907. Después tuve que reconstruir los talleres. Tras Breve estada en Upamayo, intervine en la edificación de la Concentradora Paragsha. Luego de construir los talleres de la fundición de hierro de Lourdes, quedé como jefe hasta noviembre de 1946, en que fui transferido como Capataz a la Sección Tuberías. Recuerdo que en muchas ocasiones fui enviado a trabajar a lugares en los que rondaba el peligro, tanto en la mina como en la superficie, principalmente en aquella en que se produjeron incendios, derrumbes, etc. Por ejemplo, en 1936 cuando se inundó el nivel 2100 por efectos de un disparo, jugándome la vida tuve que cerrar una enorme compuerta de hierro salvando la vida de toda la gente. La inundación duró tres meses. –Aspira aire y sigue desenredando sus recuerdos- “Otro negro recuerdo que tengo es del desplome de la labor 8183, de la mina Lourdes, en el que murieron altos jefes conjuntamente con su gente. Esa vez trabajamos dieciséis horas seguidas en la tarea de rescate”.Aquella vez fui distinguido con la medalla de bronce al Mérito por el superintendente Peet. Esa vez cumplía 29 años de servicios a la compañía”.Después de haber trabajado como Capataz de Tuberos, fui transferido al Departamento de Mina, para hacerme cargo de la sección Hydraulic Fill, siempre en el cargo de Capataz”

“Tuve la suerte de ser siempre estimado y respetado por mis superiores y compañeros de labor para quienes guardo los mejores sentimientos de simpatía y agradecimiento por la confianza que depositaron en mí. En 1957 fui declarado Socio Honorario Vitalicio del Club Norteamericano, La Esperanza y, hace unos días me han declarado “El Minero del Año”-. Mientras decía esto, fue mostrándome sus numerosos certificados, diplomas y demás recuerdos, escrupulosamente guardados. Todos estos documentos muestran a las claras que estamos ante un hombre eficiente, disciplinado, honrado y muy leal. Dos notas periodísticas guardadas con celo extremo muestran su calidad humana. En una de ellas, LOS ANDES, de mayo de 1922, lo felicita muy efusivamente por su ascenso a Jefe de Talleres de Mecánica de la Fundición de Smelter. El otro, EL MINERO, de noviembre de 1938, realiza una exaltación de su persona y su trabajo de armar la Wincha 23153 en 1907 que luego desarmó en 1938. En una parte dice: “El señor Garzón suspira mientras implementos de mecánica en las manos de sus operarios van desbaratando poco a poco las piezas de su antigua obra. Entretanto parece decir en lo recóndito de su alma: “Oh vieja obra, amiga mía: si ayer te di la vida, hoy te dejo morir después de treinta años”.

Se ufana, con mucho orgullo, que en tantos años de trabajo, jamás ha tenido accidente alguno porque siempre observó las reglas de seguridad con mucha meticulosidad.

Solo, célibe, con muchos amigos pero sin compañera, sobrelleva sus días en los diez lustros que está entre nosotros. Su vida se restringe al trabajo, la pensión del Hotel Americano y las tardes de sol en la pared del comercio de Vicente Vegas con su más cercano amigo, Lucho Luzares, chapeta hablador con quien recibe las postreras caricias del sol muriente del véspero. La única indumentaria que le conocemos es un overol azul, zapatos de trabajo reforzado de clavos de bomba y su casco ambarino donde coloca la lámpara de carburo cuando está en las profundidades de la mina.

— “Ya me siento algo cansado. He cumplido cincuenta años de servicios a la Empresa. Uno de estos días me retiraré. Cuando eso suceda, me iré en silencio como he venido, seguro de haber vivido una vida útil aunque controversial en un pueblo que me abrió los brazos de par en par y al que yo quiero mucho. El Cerro de Pasco es mi segunda patria. ¡Que Dios –si existe- lo bendiga!”.

Como lo dijo, lo hizo. Un día desapareció con su mameluco azul, su chompa negra, sus zapatones y su protector de ámbar, sin decir ni una palabra. Después nos enteramos que vivía en Chaclacayo, muy cerca de la casa de don Pancho Valdivia, su viejo amigo. Después, nada. ¿Qué habrá sido la vida del “Diablo Macho”?

 

 

 

Don Andrés Urbina Acevedo

andres-urbina-acevedo-2Su llegada al mundo fue coincidentemente premonitoria. Nació el 10 de noviembre de 1902, en la calle Parra, frente a la colonial, “Fundición de Barras de Plata del Cerro de Pasco”. ¡Quién lo diría! Andando el tiempo, llegó a convertirse en el más notable orfebre de nuestros sentimientos. No era para menos. La savia de su prolífica inteligencia, la heredó de su padre, don Silverio Urbina; su finísima sensibilidad, de su madre, doña Quintina Acevedo.

Cuando su inédito talento descubre -a sus doce años- el fascinante mundo del periodismo, ya nunca más podrá dejarlo. Llevado de la mano de su padre, el Director del periódico, sus primeros pasos los da en el cálido ambiente de “Los Andes”. Precoz laborero como todos los niños cerreños, no va a elegir como éstos la ruda escogencia de metales en la Picking – Plant de la Compañía. No. Animado por el acompasado traqueteo de las máquinas de prensa, va a crecer en ese mundo de papeles y tintas, de foliadoras y tipos, de rótulas y columnas, de monotipias y moldes. Cumplidos los veinticinco años, es ya Editor- Administrador del periódico que fue su poderosa barricada de lucha por las reivindicaciones ciudadanas. Sus editoriales cargadas de pasión son vívidos testimonios de su entrega a la causa minera reivindicativa. Hay que  leerlos para comprender su talento y aquilatar su grandeza.

Iniciado -por ejemplo- el cierre de las minas y el consecuente despido masivo de obreros a raíz de la quiebra de valores de la bolsa de Nueva York, su voz es enérgica en la protesta. Es lapidaria. A partir de aquel infausto octubre de 1929, sus páginas heroicas -banderas de reivindicación- no tendrán sosiego. Su indignación llega a límites extraordinarios cuando la mañana del domingo 7 de setiembre de 1930, la policía riega de muertos y heridos la subida de Santa Rosa y La Esperanza, tras salvaje masacre contra obreros cerreños; o cuando el 12 de noviembre de aquel año turbio, la homicida represión gubernamental cercena la vida de una treintena de mineros en el Puente de Malpaso.

En la Dirección de “Los Andes”, alienta la creación de los Sindicatos mineros del Cerro de Pasco, Goyllarisquizga, La Oroya, Casapalca, Morococha. Su apostólica pertinacia determina su persecución y la amargura del destierro en aquellos años de oscurantismo y tiranía; época heroica de lucha de sus hermanos de clase como Gamaniel Blanco Murillo, Washington Oviedo, Miguel de la Matta, Augusto Mateu Cueva, Gayoso, Marmanillo y muchos más.

Autodidacta como era, jamás dio tregua a su inquietud de aprender. Para cultivar su alma siempre acuciosa, hizo desfilar ante sus ojos, severos tratados de Gramática, temas periodísticos, doctrinas religiosas, teorías políticas, pero sobre todo, poesía, novela, historia, crítica. Nada dejaba de leer. Era un lector voraz e insatisfecho. Pero lo más saltante de todo es que, a medida que cultivaba su erudición, desarrollaba su sencillez y humildad. Cuanto más grande, más modesto.

Sus ojos pulidos por mil literaturas habían perdido la agudeza visual de los aciertos, y en su miopía cada vez más creciente, conservaba impresas inolvidables imágenes de la vida minera que, aliñado y emotivo, las volcó en los cordajes del pentagrama popular.

Por singular destino pudo formarse con los mejores poetas de su tiempo: Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Felipe Germán Amézaga, Arturo Mac Donald, Enrique Ferrari, Eugenio Chocano, Oswaldo Robles…con todos ellos se puso a develar los misterios de la literatura. A todos ellos les abrió las puertas de su diario. De todos ellos publicó sus trabajos.

No obstante la fuerza de su carácter, de su indestructible espíritu de lucha, podemos hallar, en sus versos, una delicadeza de sentimientos tiernos y testimoniales.

Toda su fuerza expresiva radica en la elocuencia de su poder creador; de su experiencia directa en los hechos cotidianos que inspiraron sus composiciones. La poesía de don Andrés, ya contemplativa, ya testimonial, ya premonitoria, ya erótica, ya graciosa o plañidera, es hija legítima de sus más recónditos pensamientos. Como nadie, en sus versos, deja traslucir su preocupación por el destino de la tierra que tanto amó y, sin ser testigo directo de la destrucción que el “Tajo Abierto” ha perpetrado, premonitoriamente escribió sus versos

Es cantor libre y sincero como los pajarillos de nuestros campos serranos. Emite todas las notas del alma, desde la atronadora y rugiente del bardo rebelde, hasta la dulce y suave que vibra en la serenata de una noche de luna.

Había que verlo cuando se inspiraba. Un enigmático silencio lo rodeaba respetuoso, sumergido en ese mundo misterioso de su astro. Los dedos de su mano izquierda -ábaco de vida- contaba los versos de su inspiración en el golpe pendular de las sílabas. La derecha, deslizándose con gracia decoradora, iba dibujando las letras de prolongadas colas y artísticos remates. ¡Caligrafía hermosa! Más tarde, en el pulido final de orfebrería, tarjaría sílabas y frases, mientras sus ojos entreabiertos, buscaba sinónimos sonoros para encuadrar sus rimas. Estaba creando. ¿Por qué la lente  de un Mariño, Hurtado, Ordoñez, León o Lavado, -fotógrafos de entonces- no perennizaron esos momentos?  No lo sé. Tal vez porque era pobre, humilde y humano, es decir: poeta; artífice de la palabra enjoyada, galana y hermosa; acertado pintor de vivencias mineras y, vaticinador de tiempos que se están cumpliendo.

Desde entonces, el tiempo ha transcurrido implacable. Las nieves -albeando los días- han ido sucediéndose. No una sino muchísimas canciones han ido quedando grabadas en el alma minera. Los padres las cantaron y los hijos engolando la voz con orgullo, las entonaron. Es más, ese mismo sentimiento engendrado por su pluma, ha circulado en sus venas, transmitido por la materna leche vivificadora.

No puede ser para menos. En sus versos encontramos los agoreros avatares mineros, en justa medida, fruto de sus personales experiencias; querendonas endechas a la esquiva mujer desdeñosa y cruel; retratos palpitantes de las rúas pueblerinas, de sus encantos, de sus misterios, de su grandeza; acertados vaticinios que predican el final de la querencia; “Hoy en ruinas convertido//mañana nada serás”, saudades encomiásticas de la laguna de Patarcocha, instantáneas precisas de la apremiante convocatoria de los “pilones”, donde las cerreñas chismeaban de lo lindo; alabanza de las chaposas almorceritas que transportaban, en portaviandas el diario yantar de picantes, guisos, locros, chupes rubicundos, para su cholo “japiri”; Cantares que constituyen ecuaciones mineras de trabajo y amor, alegría y tragedia. Nadie como él para cantarle al Cerro de Pasco, tierra minera de su cuna.

Las melodía que vistieron tan hermosos versos fueron trabajadas por el “Chacha” Portillo, Adrián Galarza Gallo, Nicéforo Bravo, Armando Paredes Ugarte, Aurelio Romero Pizarro, Glicerio Galarza, Juan Hinostroza, Darío Yacolca, Adrián Rojas Quiñonez, Jorge Yacolca, Santiago Alvarado, Pancho Azcárate, Bernardino Ramos, “Pico” Romero; pero fue con Jesús Enciso con quien creó las más hermosas joyas de nuestro cantar: ¡Ay mi cholita! y ¡Ay, mi Lourdes!

Ameno conversador, disfrutaba del respetuoso cariño de numerosos amigos. Donde fuera en misión periodística, siempre fue bienvenido. Pero era en los salones del Club Juventud Esperanza, a donde llegaba cumplida su misión del día, con el flamante diario en la mano para reunirse con sus más íntimos amigos. Fundado en 1909, en la parte baja del entarimado ferrocarrilero de la Esperanza, el Club que precisamente recibió el nombre de Juventud Esperanza había logrado nuclear a una bullanguera juventud trabajadora. Su prestigio, a fuerza de empeño y coraje, había elevado a la enseña aurinegra, a la cima del éxito. Entre otros, los hombres que cimentaron su fama, estaban don “Pancho” Valdivia, Roberto Arauco, Leoncio Ascencios, “Chino” Campoa, “Togro” Rojas, Manuel Shiraishi, “Patas a la Oreja”, “Rogromanca”, “Agra” Llanos, “Rachi” Casas, “Cura” Suárez, Pablo Inza, “Bacalito” Suárez y tantos otros que dejaron una enorme estela de recuerdos.

Como sede social, el “Club Juventud Esperanza”, había elegido una vieja casona de la calle Dos de Mayo, cuyo amplio balcón daba frente al Concejo Provincial. La umbrosa intimidad del aposento colonial, tenía un encanto muy particular. Accesible por una puerta pequeña, sus escalones erigidos sobre una base de piedras, conducían al segundo piso en una pendiente muy pronunciada, cuyos pasamanos siempre brillantes, descansaban sobre unos sólidos balaustres de pino blanco. Necesariamente había que auxiliarse con esas guarniciones laterales, tanto para subir como para bajar. Llegado al rellano, a la mano izquierda, se penetraba en la primera estancia, amplia y confortable, destinada a la sala de sesiones con numerosas sillas y sillones de Viena; enormes vitrinas donde lucían los trofeos ganados a lo largo de su vida deportiva, de diplomas, reconocimientos, condecoraciones y fotografías históricas. Una segunda estancia, tan amplia como la primera, con sillas muy cómodas y una mesa de billar continuamente en uso por los socios y amigos. En el aposento del fondo, donde funcionaba el amplio y surtido bar, había una estufa de hierro, rodeada de sillas con acogedores cojines y pellejos. En ellas, los viejos contertulios, pasaban sus horas amenas jugando animosos, briscán, rocambor, tresillo, póker o, simplemente conversando, al calor de la estufa siempre fogosa y vigente, constantemente atizada por los socios.

Así llegamos a la aciaga noche del 26 de septiembre de 1947. Noche de su trágica muerte.

Después de haber compartido gratos momentos de comunión espiritual, don Andrés se despidió de sus amigos y, al llegar al rellano,  tropieza y cae aparatosamente hasta el quicio empedrado de la entrada. Cuando los amigos llegaron a la puerta, encontraron su cuerpo encajado entre el umbral y el quicio de la puerta y, mudos de espanto, vieron unos hilillos de sangre que manaba de sus oídos, de su nariz, de su boca. Trasladado a la Asistencia Pública, pese a la desesperada atención de su compadre Pedro Santiváñez, murió sin recobrar el conocimiento.

El pueblo se resistió a creerlo cuando la noticia se expandió como un relámpago por todo el ámbito minero.

Las dos noches de su velorio constituyeron profundas manifestaciones de duelo general. Allí estuvieron todas las autoridades sin excepción, sus colegas periodistas, los músicos, compositores, poetas, delegados de clubes citadinos, los mineros en sus más variados oficios: lamperos, perforistas, timbreros, wincheros, tareadores, capataces, enmaderadores, troleros, wachimanes…todos. No faltaron las humildes y chaposas mujeres del pueblo. No faltaba nadie. El dolor lo había hermanado. Los únicos ausentes fueron los explotadores.

Un río negro de gente contrita acompañaba el féretro el día de los funerales. Mineros, maestros, periodistas, poetas, gente del pueblo se turnaron para llevar el ataúd. En el camposanto las oraciones fueron hermosas y nutridas. Ya cuando estaba anocheciendo fue bajado a su última morada, al corazón de la tierra bendita que tanto había amado. La estela de gratitud que dejó tras de sí, es el perenne y más brillante cirio que arde en su tumba.

 

RECUERDOS DE MI TIERRA

Teniendo como fondo un viejo y tierno vals argentino que mi madre y sus hermanos entonaban en la vieja casona del Barrio Misti, hacemos desfilar algunas imágenes fotográficas del viejo Cerro de Pasco que hoy ya no existen. Queremos que nuestros jóvenes –hombre y mujeres- puedan conocer el escenario de nuestras vidas durante pasados años y que dejaron hermosos y no pocos dolorosos recuerdos del ayer.

EL PRIMER DESENGAÑO (Tercera parte)

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El jueves santo de aquel año fueron al campo a recoger flores para la  procesión del día siguiente. Salieron muy temprano llevando sendas talegas para transportarlas, también alimentos, frutas y  refrescos. Tomados de las manos, libres de cualquier atadura, se perdieron por las inmensidades de Yanamate, cantando y conversando alternativamente. En todo ese tiempo abrieron sus  corazones y volcaron, uno a otro, íntimas confesiones que sólo con los que se quiere se puede compartir. En muchos pasajes la vio llorar con mucha tristeza. Sufría por sus padres, por su pobreza, por todas las limitaciones que la acosaban. ¡Cuánto llegaron a conocerse aquel día santo! Después de las cuitas, recogieron  gran cantidad de pequeñas flores llamadas “Para – para huayta” (“Flor de los cerros”) de inmensa variedad de colores. Ella por su parte, utilizando un gancho metálico, sacaba también una buena cantidad de raicillas como diminutas yucas. “Es “cachu – cachu” –le dijo- nuestro chicle”. Juntó la lechecilla hasta conformar una bola y dándole a la boca: “Mastica”, le dijo. Parecía un trozo de jebe, sin sabor alguno porque no tenía nada de azúcar pero, él cayó en la cuenta de que su masticación, mantenía los dientes muy limpios con aliento fresco. Ya con las sombras apoderándose del paisaje, tomados de la mano, retornaron exhaustos por la prolongada caminata.

 Por aquellos días, cuando pasadas las cinco de la tarde, los muchachos  se enfrascaban en disputados partidos de fútbol. Al borde de la cancha veían al joven arquero del “Club Sport Unión Railway”. Alto, joven, bien parecido, con manos gigantescas y notable envergadura; piernas poderosas y, lo más notable en él: sus glúteos  enormes; parecían el doble del tamaño de lo que debieran ser. La chispa e imaginación de los aficionados le clavó un apodo que lo pintaba de cuerpo entero: “Waca siqui” (culo de vaca). Todos los jóvenes contendientes abrigaban la secreta esperanza de que el arquero los observaba para llevarlos a filas del club ferrocarrilero y, sin ninguna restricción, demostraban sus condiciones futbolísticas. “Chalacas” espectaculares, impecables “palomitas”, “wachas” oportunas y atildadas, interminables “cabreos”, “planchas”, “cocos” y vistosos desplazamientos en clara demostración de inacabable “físico”. ¡Qué no hacían! Eso, diariamente. Soñaban con vestir la gloriosa camiseta azul del Railway, cantera prodigiosa de talentos futbolísticos de entonces. Fatalmente, a costa de todos sus sueños, descubrió el error en el que estaba viviendo.

 Una madrugada encontró su puerta tan sólo entornada. Con el fin de sorprenderla empujó y, entró. El chirrido la despertó y sorprendida se sentó;  quedó mirándole, roja de sofocación, despeinada, estupefacta. No podía articular palabra.  Sólo sus ojos, sus enormes ojos, estaban fijos en él. Notó que a su lado, había un bulto inmóvil. Ambos lo miraron. Cuando le preguntó quién era, el bulto descubrió la sábana. Quedó mudo. Era el maldito “Waca siqui”, igualmente despeinado y rendido, que estaba durmiendo al lado de aquella preciosidad que era, no parte, sino toda su vida. En un instante lo comprendió todo. Un remolino de emociones inundó su alma, mezcla de ira, impotencia, desamparo y tristeza. Se sintió como acuchillado en el corazón. Era una emoción que no esperaba recibir. Un llanto convulsivo se apoderó de él y salió corriendo, huyendo, a donde le llevase el destino. Corrió por los campos, camino de cualquier parte, escapándose de aquella negra suerte que se había disfrazado de efímera felicidad. Aquel día no asistió a la escuela, se perdió por esos campos desolados y lloró como nunca porque creía que no tenían derecho a hacerle eso. Se sintió traicionado, incomprendido, solo, desesperadamente solo. Desde entonces, ya no fue el mismo.

 No he tenido en la vida ni un momento de felicidad;

yo he sufrido en la vida lo que nadie ha sufrido jamás.

Para qué hablar de amores, si el amor es un soplo fugaz,

es perfume de flores que como viene se va.

 

Y vivir para qué, cuando ya no hay amor, qué me importa la vida

Y vivir para qué, cuando ya el corazón ha perdido la fe.

No he tenido en la vida,  ni un momento de felicidad,

yo ya estoy convencido que todo es mentira, que nada es verdad.

 Ella –le contaron sus amigos- le buscó para hablar y explicarle lo que había acontecido, pero jamás lo logró. Él la evitó por todos los medios. Prefirió caminar con sus enormes baldes rodeando la  vieja casona por no volver a verla, compró los panes de otro lugar y prefirió pelarse de frío a verla. Un día le contaron que a su “querido” –con el que se había unido- lo habían cambiado de colocación en un pueblo cercano y que ella se había ido con él.

 Cómo sufrió aquellos años. Cuánto daño le había hecho el vivir esperanzado, aferrado a una felicidad que no sólo fue efímera sino muy cruel. El único ser que con él compartía tristezas y alegrías, el amor de su vida, la había traicionado. Sus días se tornaron grises y vacíos. Tardó muchísimo tiempo para acostumbrarse, pero poco a poco, fue olvidándola. Así pasaron los años y, ¡lo que son las cosas!; la volvió a encontrar.

 Aquella tarde de diciembre de 1964, sepultaban a setenta y cuatro mineros muertos en una explosión en la mina de carbón de Goyllarisquizga. En su condición de Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, cargaba al primero de la fila, pero, sea por las malas noches continuas, el dolor que experimentaba por la desgracia, por el cansancio, o por lo que fuere, al superar una subida, sintió que el corazón se le encabritaba de angustia y, un dolor parecido a un ahogo, le cerraba el pecho, entonces, encargando a otro colega para que le reemplazara, salió de la fila y llegó a una casa por donde pasaba el entierro. A la puerta, entre la penumbra, vio a una señora y le pidió que le regalara con un vaso con agua. Al momento le sirvió muy comedidamente. Después de tomar unos sorbos sintió un alivio que le permitiría seguir adelante. Agradecido entregó el vaso: “Gracias, señora”. Entonces escuchó  como salida del ayer, la voz de ella: “No tienes por qué, cushurito”- siempre le había llamado así. Sorprendido miró con más atención y entre la penumbra la vio. Estaba muy delgada y avejentada, pero seguía siendo bella. No dijo nada, no podía hablar. Hay heridas que nunca se curan. Se quedaron  mirando un buen rato sin proferir palabra alguna.  En silencio se retiró de aquella casa cuando, enorme y pesaroso, un lagrimón amenazaba rodar por sus  mejillas…

 

Después de tanto soportar la pena se sentir tu olvido,

Después de todo te lo dio mi pobre corazón herido,

has vuelto a verme para que yo sepa de tu desventura,

por la amargura de un amor igual al que me diste tú.

 

Yo no podré ni perdonar ni darte lo que tú me diste,

Has de saber que en un cariño muerto no existe el rencor.

Y si pretendes remover las ruinas que tú misma hiciste,

sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor.

 

 

Fin………..

EL PRIMER DESENGAÑO (Segunda parte)

el-primer-desenganoUna tarde, ¡Cómo lo recordó siempre!, le cogió la cabeza y con una delicadeza muy especial, suavemente, con cariño, comenzó a peinarle. “¡Qué lindo cabello tienes; se parecen a los “cushuros” que crecen en el agua!”, le dijo, y para mejor acicalarle, le acercó a su busto generoso. En ese momento experimentó una emoción nunca antes sentida y, sin darse cuenta de lo que hacía, se abrazó a ella. Se abrazó como una hiedra lo hace con el tronco que lo cobija; con la desesperación de quien nunca había sentido una caricia; con el hambre de amor que todos esos años había esperado; y el calor del cuerpo de Julia, joven, bullente y cálido, le transmitió una sensación extraordinaria, vivificante, que lo inundó todo. Cuando un rato después levantó la cara para mirarla, la vio tan cercana, tan lindamente cerca, que cogió su carita chaposa entre sus manos temblorosas y la besó con amor, con mucho amor, con fiebre, con el hambre del afecto que bullía en su sangre. Fue el primer beso de su vida. Ese día cumplía doce años. Un mundo de felicidad inundó su espíritu y, loco como unas pascuas, corrió como un demente por el barrio. Esa noche no jugó con los otros chicos. Se sentó en las gradas de una vieja escalera y se puso a meditar muy serio. Todos se extrañaron. Se sentía feliz, extrañamente feliz. Un  hombre hecho y derecho. No podía creer, a pesar de haberlo vivido, que a él le estuviera ocurriendo semejante milagro.

 Toda una vida, me estaría contigo,

no me importa en qué forma

ni cómo ni dónde, pero junto a ti.

 

Toda una vida, te estaría mimando,

te estaría cuidando, como cuido a mi vida

que la vivo por ti.

 

No me cansaría de decirte siempre

pero siempre, siempre que eres en mi vida,

ansiedad, angustia y desesperación.

 

Toda una vida, me estaría contigo

no me importa en qué forma

ni dónde ni cómo, pero junto a ti. 

         Una noche inmensamente azul, completamente estrellada, tomados de la mano contemplaban en silencio aquel poema sideral de grandeza cuando, como desprendiéndose del cielo donde hasta entonces había estado, un lucero brillante cayó dejando una estela de blancura que pronto desapareció. Rápido, casi atropelladamente, ella le dijo: “¡Pide un deseo, pero no me lo digas a mí, ni a nadie. Que sea para ti solo. Si no, no se cumplirá”. Hubo un prolongado silencio en el que hizo lo que le encargara. “Todos esos luceros, son las almas de los seres que queremos y ahora están en el cielo desde que murieron; ya no están más con nosotros”. “¡¿Sí….?!”. “¡Claro. Yo estoy segura que tu papá y tu mamá están allá arriba, convertidos en luceros. Te están mirando y te están cuidando”. Hubo un largo silencio. Finalmente dijo: “Ya ves, no estás tan solo como crees. Además, me tienes a mí. Yo te quiero mucho”. No dijo más y, se besaron.

 Desde Entonces, todo fue felicidad. Cuando las locomotoras, como gigantescos monstruos anhelantes comenzaban sus resoplidos a las cinco de la mañana, se vestía emocionado e iba a llamarla. Tocaba levemente a su puerta pero ella ya le estaba esperándolo lista para partir. Llevados por la alegría y con el fin de atenuar el frío de la hora iban corriendo a campo traviesa hasta llegar a engrosar la fila para la compra del pan. En su desplazamiento jugaban como locos en el parque infantil que está en el trayecto, columpiaban, alternaban en el sube y baja, subían a los toboganes, una y otra vez, hasta quedar sin resuello; cuando nevaba, armaban gigantescos muñecos de nieve o simplemente  rodaban enormes moles que crecían más y más con el avance. Terminaban arrojándose bolas de nieve en guerra sin cuartel, siempre en alegre jolgorio; después, ya ateridos, se tomaban de las manos y así llegaban a ocupar su emplazamiento en la cola. Ella se ponía detrás y le cubría con su pañolón para abrigarle. Él, en el tiempo que duraba su inamovilidad, le contaba historias que leía continuamente; especialmente las narraciones de Scherezade en “Las mil y una noches” o pasajes de las novelas de “Leoplán”. Otras veces, inventaba historias que ella escuchaba  con mucho amor. Entre tanto, él no sólo experimentaba el calor del cuerpo generoso de su compañera de juegos, sino también una extraña sensación que más tarde, mucho más tarde, logró definir. Eso acontecía diariamente.

 Algunas veces, sin que los muchachos del barrio se enteraran, se citaban al manantial de “Garga” para encontrarse. Éste era un idílico lugar con una verde alfombra de pasto enmarcando el manantial de aguas límpidas que discurrían a las zonas bajas. Allí llegaba ella –como una ayuda para su madre- con enorme carga de frazadas y ropas de lana para lavar. Primero las remojaba y embadurnaba con greda -arcilla arenosa que, como por encanto, sacaba la grasa y suciedad- se quitaba medias y zapatos, remangaba sus polleras dejando al descubierto sus piernas hermosas y bien torneadas procediendo a pisotear las piezas engredadas, como hacen con las uvas en un lagar. Sonriente, le invitaba a participar del rito y, contagiado de su entusiasmo, también hacía lo propio. Después, cogiendo una por una, las introducía en la corriente de agua que arrastraba toda la grasa y suciedad. En la acción podía ver sus brazos y sus senos bajando y subiendo prolijamente, incansables. Después las exprimía con gran esfuerzo, las tendía sobre la hierba y, en dos horas, ya estaban secas. Cuando las doblaba para llevarlas, emitían unos sonidos raros como de algo rompiéndose y, en la oscuridad de la noche, producían sonidos de chispas brillantes que, como por acto de magia, salían de las frazadas de lana.

 Continúa….