UNA ESTAMPA CERREÑA Por Gerardo Patiño López

una estampa cerreñaEntresacamos de las costumbres del boato y la vanidad que eran proverbiales en el Cerro de Pasco, cuyo pasado asombra por no decir otra cosa.

Cuentan que los viejos mineros asistían a la apertura de los botijos que se llamaban “Piscos” que utilizados y bendecidos se abrían en ceremonias complicadísimas y todos a su turno gustaban de su espirituosa bebía hasta alegrarse para bailarse después los “Cachasparis”. Para ello era costumbre tradicional –según la usanza de la época-  el caballero antes de “sacar” a la señora o señorita o a la que quería hacer distinción se apostaba en lugar conveniente de la sala a un sujeto con un  talego de monedas de oro y plata esperando el momento de la fuga para arrojar las monedas a los pies de los bailarines para que éstos las fueran pisando en el zapateo. Después las dichas monedas eran recogidas para conservarlas como recuerdo de la ceremonia.

Eran aquellos tiempos en que se arrojaban los dineros a las plantas de los hombres. Hoy los hombres se arrojan a las plantas del dinero. Añoranzas de otros tiempos de esplendor y opulencia, pero deberíamos haber empezado con la aventura de Huaricapcha, ocurrida en 1630 que asombrado vio por primera vez la plata que se discurría sola entre las champas que le sirvieron para el fuego y que calcinaron las piedras que al calor de las llamas soltaron por sí solo el milagro de la plata.

Ya formada con el correr de los años ese enjambre de trabajo con los mineros opulentos, acostumbraban a ganar tiempo al tiempo, pero para no estar contando de pieza en pieza pagaban a sus peones o japiris que recibían en la esquina del poncho se sábado a sábado por medio de una pala calculando que habían ganado lo justo por su trabajo Nadie discutía esa modalidad. Todos contentos, patrón y obrero. ¡Qué tiempos aquellos!

Corre lo años y cuenta la tradición que el dueño del café “Digo, digo” un española ambicioso ganó tanto dinero en su fondín y con rareza “chapetona” reúne sus reales y se va a la laguna de Patarcocha y a sus aguas las arroja inmisericorde agradeciéndole el haber hecho fortuna. “No soy desagradecido” dijo y pagó todas sus deudas y regaló el resto. Eso era un ejemplo y no vanidad.

Allá en Quiulacocha, un villorrio cercano al Cerro de Pasco, en una clandestina casa de juegos están reunidos los viejos mineros jugando en el tapete verde con los dados de la suerte; varios de ellos silenciosamente han perdido una fortuna pero siguen jugando estoicamente apostando las barras de plata que llevaron con ese fin y los arriman con los pies como si fueran unas bicocas mientras en el patio de la casona los caballos están esperando a sus dueños  mascando lo bocados de las riendas engarzados con ricos ternos de plata labrada desde las monturas y los estribos y el pellón sampedrano y luciendo también sus herrajes de plata que l vanidad de sus propietarios manda colocar.

En las fiestas del folclore cerreño se confunden todos los elementos; su tradicional carnaval pomposo y tradicional se destaca admirablemente cómo también sus procesiones religiosas y el conjunto de sus diversas y originales bailes que se conservaba hasta hace poco. Relucían sus vestimentas y disfraces orlados de plata y piedras preciosas; los “cuernos” enjoyados de piedras preciosas…

Baile de de belleza y simpatía bebiendo el auténtico coñac francés, la vanidad que ahora solo son recuerdos cuando en sus plazas, sus calles y sus templos de Chaupimarca y Yanacancha se vestían de gala para esas ponderadas fiestas que hacían gozar a propios y extraños.

Dice el poeta José Gálvez en su monografía escrita sobre Tarma, los Siguiente: “ “Cuenta un tradición cómo don José Maíz y Malpartida, marqués de la Real Confianza, minero acaudalado del Cerro de Pasco, hizo su entrada a Tarma con lucidísima comitiva después de mandar adoquinar con barras de plata la calle donde vivía una de las más bellas hijas del lugar y se desposó con ella” y que el segundo marqués de la Real Confianza don Miguel Francisco de Maíz y Arcas fue nombrado Jefe del Regimiento de Caballería de las Fronteras de Tarma que para pasar una revista militar mandó herrar a los 280 caballos de su escuadrón con herraje de plata para resaltar lo que era el Cerro de Pasco, tierra natal de ambos marqueses… ¿Alguien lo haría en estos tiempos….?

Han pasado los años y al despertar los nuevos hijos del Cerro de Pasco, sólo con estos breves pero históricos relatos, su pueblo se agigantará como una bella esperanza de resurgirla el estado de postración en que se halla y será como una joya angostada en el corazón de cada cerreño y que debe ser fervientemente amada por nosotros, sus hijos sin vanidades que antaño nuestros mayores para asombrar una vez más, por la fama de las ricas minas y su privilegiado suelo y que seguirá siendo talismán y admiración  de mundo, como lo será en todos los tiempos en las entrañas de sus minas no se agoten los ricos metales que la naturaleza le dotó´.

 

 

ESTAMPAS CERREÑAS

yanacancha-antigua

Reproducimos una añosa fotografía en la que puede verse el extremo norte de nuestra ciudad, con su cielo gris y la silueta de sus rugosos cerros perdiéndose en la lejanía. En la parte superior central podemos ver las paredes de nuestro viejo cementerio general, ubicado en cumplimiento de las leyes entonces “a las afueras de la ciudad, cuanto más distantes mejor, para preservar a la población de contraer contagios por las emanaciones de los cuerpos corruptos que allí yacen”. Esa zona se la denominaba “Pariajirca Alta” y pertenecía al minero español, don José Gallo Díez que lo donó a la Beneficencia Pública en 1879. En la parte baja una hilera de casas encaladas correspondientes a Yanacancha.

En aquel entonces, los trabajos mineros de la compañía norteamericana se realizaban en la profundidad de los socavones cuyas ramificaciones de intrincadas galerías se desplazaban siguiendo la orientación de la vetas minerales. El día de hoy todo se ha transformado. Iniciado el “Tajo abierto” la dinamita, perforadoras, cargadores frontales e interminable parafernalia de maquinarias gigantescas han ido tragándose nuestra tierra y sus fauces insaciables han hecho desaparecer viejos caminos como el que se ve en la parte baja y conducía a Salcachupán. Hoy todo conforma un espantoso agujero donde están sepultando nuestra historia.

La vieja Plaza Chaupimarca

Antigua Plaza Chaupimarca

Chaupimarca es el centro de la ciudad, escenario de mil y un avatares, convertida en Plaza Mayor por los primeros españoles. Desde el siglo XVIII, hombres de diversas nacionalidades, entraban y salían de sus abarrotados comercios donde todo abundaba. Por sus aceras, nobles empingorotados, riquísimos mineros, comerciantes y hacendados se cruzaban con humildes desprotegidos de la fortuna que laboraban en una de las seiscientas minas de la ciudad. Los extremos se juntaban. No había término medio. La ostentosa riqueza y la inopia extrema de los que mandaban con los que obedecían. Con una ligereza sorprendente, en la idea de que todo terminaría en cuando las vetas se hubieran  agotado, edificaron  la iglesia matriz en homenaje a San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad; colindante con ella, los edificios del Ayuntamiento, el Tribunal Mayor, la Cárcel, la vivienda del Alcalde y mineros principales. Desde aquellos tiempos, el tres de mayo de todos los años, las cofradías barriales convergen en esta plaza llevando en reverente procesión la Santa Cruz que preside la fe de cada capilla: Huancapucro, Uliachín, San Cristóbal, San Atanacio, Curupuquio, Santa Rosa…La escolta principal y celebrante lo constituyen los bailantes de la chunguinada, hermosa danza nacida en la ciudad cerreña. Ya a fines del siglo pasado, el cónsul de Francia en el Perú, admirado de la magnificencia de la festividad, pintaba así el acontecimiento:“La iglesia se adorna con sus más ricos ornamentos y las campanas anuncian con gran estrépito, según la costumbre, la fiesta patronal, con la celebración de la Fiesta de las Cruces…Pronto la multitud es más numerosa y compacta. En todas partes se instalan toscas mesas; se vende chupe, charquicán, caldo de mondongo, carne tostada, pan, chicha y sobre todo, aguardiente. De repente, una música alegre da la señal del inicio de la fiesta. Grupos de hombres disfrazados de europeos,  enmascarados y muy alegres atraviesan las calles en una danza muy hermosa que recuerda a la de los potentados mineros de antes; están cubiertos con grandes sombreros tachonados de  plumas de vistosos colores, muchas monedas cosidas en los vestidos bordados que resuenan con un ruido argentino en cada uno de sus movimientos. Un elegante cotón de color rojo recargado de vistosos bordados con dos enormes hombreras de plata como sólidas charreteras al hombro. Hombres disfrazados de mujeres, con sombreros de paja y sus niños a las espaldas, elegantemente ataviadas van en pareja por las calles. Más tarde la procesión sale por  fin, escoltada por los danzarines, con la asistencia del pueblo enfervorizado.”.

 El 16 de julio, tal como lo instauraron los primeros españoles, la gran celebración a Nuestra Señora del Santo Escapulario del Monte Carmelo: La Virgen del Carmen. Misa con panegírico y extraordinaria procesión el día central y, zarzuela, teatro, retretas, mojigangas, jugadas de gallos y memorables corridas de toros con la participación de notables espadas españoles, mejicanos y peruanos. Había que ver aquellas corridas de antaño organizadas por el Círculo Taurino Cerreño. Se cerraban calles y callejones arteriales de la plaza con grandes carretones, se construían palcos, graderías y tablados. El Alcalde y sus regidores, los funcionarios, los cónsules extranjeros, el gobernador, los alguaciles, el cura párroco y demás personajes importantes de la ciudad tomaban asiento en los adornados balcones colindantes con la Iglesia; el grueso del pueblo en las improvisadas galerías. Cuando el clarín anunciaba el paseíllo, la Banda de la Beneficencia Española atacaba un postinero pasodoble y, los diestros, luciendo llamativos trajes de luces seguido de sus cuadrillas saludaban a las autoridades y público minero, luego arrojaban sus elegantes capotes de paseo para ser lucidos durante la corrida. En los balcones, sonrientes manolas de recamadas peinetas, mantones de manila, pañoletas de ensueño  y coquetos como inútiles abanicos, vivas estampas de Zurbarán y Julio Romero de Torres, trasplantadas a la heroica ciudad de la plata.

Los toreros,  más que por los honorarios, venían  por los regalos que los ricos mineros les tributaban cuando habían recibido el brindis de la muerte de un  toro. Devolvían las monteras repletas de monedas de oro y plata. Además, contagiado de tanta prodigalidad, el pueblo, arrojaba monedas al ruedo para que los subalternos, picadores, banderilleros, monosabios y demás ayudantes las recogieran.

Chaupimarca era una plaza muy interesante. Adyacente al Tribunal Mayor, se levantaba una horca donde ajusticiaban a los facinerosos que en esta tierra fueron innumerables. Arenales la hizo quitar para juramentar la independencia el 7 de diciembre de 1820. Al centro se lucía una glorieta que fue obsequió de don Enrique Escardó cuando desempeñaba el cargo de Alcalde. Por eso se le denomina Kiosko Escardó. En este escenario, cada sábado, se desarrollaban reñidos contrapuntos entre las bandas de músicos en emotivas retretas. La Austro-húngara, -cuando Viena era la capital musical del mundo- dirigida por Marcos Bache, con fragmentos de operetas, polkas, mazurcas y  valses vieneses; de la Beneficencia Española, con pasodobles, jotas aragonesas, seguirías y fragmentos de zarzuela que los chapetones cantaban a voz en cuello; la Cosmopolita, con valses criollos, one-steps, fox-trots, marineras, resbalosas, tristes y marineras; pero la más aplaudida, la que cerraba la competencia, era la de la Policía, con mulizas, huaynos, chimaychas, pasacalles y cachuas, coreados por el público. En esa glorieta inolvidable, la última noche del año, los conjuntos carnavalescos ofrecían las serenatas de año nuevo en medio de la algarabía popular. Está por demás decir que en más de una asonada, la glorieta fue tribuna para revoltosos y flamígeros oradores.

Esta plaza tan nuestra, está agonizando.

Plaza Chaupimarca con nieve

Nico Papish (Víctor Díaz Azcárate)

Nico Papish

Como si estuviera listo a bajar a los socavones con su protector donde está fijada la clásica lamparita de carburo, su mameluco obrero que los gringos llamaban “Overol”, sostenido con cinturón de seguridad donde fija sus gruesos guantes protectores de sus manos callosas; sus resistentes “pacas” de fuerte jebe para caminar por las galerías subterráneas y ¡Cómo no! Su “Portaviandas” donde su compañera le suministra el yantar proletario de sancochados, pogtes, picantes, ajíacos e inacabable parafernalia de reconfortantes alimentos.

Vemos a nuestro querido amigo Nico Papish (Su verdadero nombre es Víctor Díaz Azcárate) al que siempre recordamos con enorme cariño no obstante el tiempo y distancia que nos separa. En la estampa que presentamos está acompañado del gran Wan Yu, (Su verdadero nombre es Nemesio Sánchez Huamán) violinista que conserva la clásica tocata cerreña que tantos maestros nos dejaran como recuerdo. Está acompañado por un grupo de destacados músicos cerreños entre los que se encuentra Gregorio González Gamarra, el querido “Saca la cuña”, Moisés Díaz Olivera y Roberto Sánchez Trinidad

De todas las obras que le conocemos a Nico Papish, es –creemos nosotros- CUANDO LA LUNA ALUMBRABA es su más lograda creación.

Para los que no están acostumbrados a nuestro mundo sentimental y dramático les parecerá paradójico que nos obstante los versos cargados de dramáticas expresiones obreras el cantor pueda bailar con el protector al aire. No es raro. Como todo ser humano  su sentimiento se transforma en simbiosis de dolor y alegría. Que nunca le llame la atención si ve a un cerreño que al bailar deje escapar algunas lágrimas.

Mi homenaje a los artistas cerreños que conjuntamente con Guardián Cerreño, Chato Grados, Niptinchi, “Bohemios Jaraneros”, “Los hermanos Apéstegui”,  y tantos otros brindan un despliegue de entusiasmo y cariño por nuestra tierra que tanto amamos.

Escúchenlos interpretar. “Cuando la luna alumbraba

César Rodríguez Castillo (El Caballero de la Muliza)

César Rodríguez 2Parte el alma tener que referirse a un amigo que al partir haya dejado grandes muestras de inquietud y entusiasmo. La impronta de su personalidad nos ha dejado marcados para siempre. Nos estamos refiriendo a César Rodríguez Castillo que, en tanto vivió, fue un pujante río de vida que inundó de alegría los corazones cerreños. César ha partido al viaje sin retorno dejándonos el recuerdo de su bonhomía y su profundo amor a la tierra que lo viera nacer: el Cerro de Pasco.

Su periplo musical se inicia en 1956 en escuelita 4908 de Cruz Verde, casa de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. Cantaba rancheras y pasillos. Yo tuve la particular satisfacción de presentarlo en “La Hora Infantil” de Radio Corporación donde fue su estrella y nos permitió compartir gratos momentos.  Es tal vez por esta razón que cada año viajaba desde el Cerro de Pasco y se presentaba el día de mi onomástico  en compañía de sus guitarristas con los que “nos perdíamos” en EL CONGRESO. Nunca pensamos que su gentileza y entusiasmo notables terminaría pronto con su partida. El día que falleció, en el CONGRESO, se vio la más grande tristeza amical. Todos lamentamos el no poder estar en la tierra querida para darle el último adiós. Todos compungidos y anudando recuerdos revisamos los pasajes de su vida.

Ya en su juventud, con su registro de tenor ligero, entra a formar parte del VULCANO, conjuntamente con Víctor Díaz Azcárate, más conocido por “Nico Papish”, Gregorio González Gamarra “Saca la Cuña”, Isaac Salazar y Nemesio Sánchez Huamán “Wanyú”. Durante el año 70 canta para la orquesta Paredes, luego en varias de sus presentaciones es acompañado por Luciano Remuzgo Kesovia, César Bustamante Guerra, “Tico del Valle, los hermanos Andamayo, Isaac Salazar, Faustino Espinoza Campodónico etc.

Pero no solo en lo autóctono campea César; en el plano tropical también entra con pie derecho: canta boleros; es decir la gama de sus manifestaciones vocales era enorme. Con mucha razón podríamos afirmar que fue uno de los últimos bohemios cerreños. Su afición al canto le venía por heredad. Era miembro de la prolífica e inolvidable familia Rodríguez y, claro, heredero directo del apodo familiar: “Los piojos”. El remoquete se lo habían puesto al primero de ellos, Alejandro Rodríguez Albornoz, al que particularmente apodaban “Boquerón” por ser dentista. Siendo César el menor y más pequeño, le decían “Liendre”. Para particularizar a cada uno de sus miembros, en el pueblo utilizaban sus apodos particulares: “Chance”, “Somier”, “Cullutaca”, “Gardel”, “Achaque” etc. El caso es que fueron muy queridos en el campo musical preferentemente y en el futbolístico donde destacaron, Alberto y Alejandro, los auténticos “piojos·, amos y señores del club “Once Amigos” que terminó teniendo más de trescientos socios. Desde el primer momento los Rodríguez estuvieron muy ligados al Club Vulcano, centenaria institución que cuenta con más de cien años de vigencia, gracias a los esfuerzos de los Rodríguez.

Cuando por unanimidad es elegido presidente del Vulcano, vuelve a  retomar los aires cerreños y se hace acompañar del maestro Fidel Roque y comparte responsabilidades musicales con Severo Díaz Paredes, Julián Avelino Capcha, Narciso Zambrano, Nazario Morales, Marcelino Ortega, entre otros.

En 2002, con Arturo Zúñiga y Marisol, Estrella, grava la inspiración del notable periodista Daniel Meza Susanibar: “La historia de mi vida”. Como desde muy niño conformó la comparsa musical del Vulcano del que también fue su presidente; suponemos con mucha razón que en los recientes carnavales pasados habrán hecho alguna reminiscencia a su legendaria figura musical.

Con nuestro afecto fraternal elevamos preces por el grato recuerdo que nos dejó. César: descansa en paz.

El vídeo, cortesía de producciones Salazar.

EL VESTUARIO CERREÑO (Segunda parte)

la vestimenta cerreñaLa cabellera ha sido considerada en todos los tiempos como un adorno muy preciado del cuerpo humano, objeto de exquisitos cuidados como remate del cuadro de la belleza femenina. Como en natural, la cerreña no podía ser la excepción. E­lla peinaba sus cabellos con mucho esmero. Lo partía en dos con una raya al medio, de adelante hacia atrás, como lo había dispuesto Toledo en el siglo XVIII, eso sí,  sin cubrir las orejitas finas que lucían siempre una artística variedad de aretes y arracadas -de oro y plata para las fiestas-; las grenchas laterales de sus cabellos, muy bien peinadas y asentadas y trenzadas con maestría asegurándolas al final con cintas oscuras, las mayores y, de colores, las jóvenes. Las que no usaban trenzas, juntaban sus cabellos en un moño que aseguraban con peinetas españolas. (En el Cerro, todas las familias contaban con peinetas que se heredaban de madres a hijas). A los costados de la cabeza, para fijar y adornar los cabellos, unos prendedores de fina plata orlada  de pedrería. En todo caso, el cabello daba un marco precioso al bello rostro capulí de la cerreña.

Cubriendo el torso femenino, la camiseta de franela sobre la que iba la almilla de alto corpiño que adecuaba los senos, levantándolos, sobre el que se vestía la polka, una hermosa indumentaria de mangas largas y cierre a las espaldas muy ceñido al cuerpo y con aberturas laterales para que las madres pudieran extraer las mamas y dársela a sus críos. Este ropaje, generalmen­te austero, era sin embargo de seda de hermosos colores, con bordados de encaje, caprichosa pasamanería o llamativos abalorios, en las fiestas. Sobre la polka, la levísima “cata” de castilla fina y ribetes de seda. En la parte inferior bajo un delicado y largo calzón de bayeta que les cubría el vientre, las ingles, los glúteos y las piernas, estaba amarrado a la cintura y a la altura de los tobillos, ciñéndola completa­mente. Sobre el calzón, las medias de lana que le cubrían las piernas sirviendo de base para los zapatos de alta caña de tacos más o menos altos y largos pasadores. Pa­ra las fiestas, las medias eran de borlón o seda bordada y los zapatitos de fino cordobán argentino. Cubriendo el calzón, las enaguas y, sobre ellas, las polleras de castilla de colores con filetes de seda sobre las que iban las enaguas que para el tiempo de fiesta iban primorosamente bordadas. Sobre todo,  el faldellín, festonado de cintas de colores. La cobertura final de esta indumentaria estaba constituida por el grueso pañolón de lana encrespada, denominado de “Alaska” que le 41cubría todo el talle hasta las corvas cuando estaba de paseo, cuando no, dentro de  casa, lo sujetaba con un  prendedor artístico denominado “tickpe” o  prendedor de plata de artístico acabado.

Creemos necesario mencionar  también la manera cómo las madres arropaban a sus niños. La ropita que iba en contacto con el cuerpecito era de franela para evitar el escozor, luego venían los pañales de bayeta. Para envolver al niño se le estiraba las manitas y piernecitas y se les mancornaba dejándolo inmóvil porque, las madres sostenían que las piernas les crecerían chuecas con malformaciones; la verdad era impedir que el crío pudiera descubrirse con el movimiento de sus manitas y piernecitas, en cuyo caso, era fijo que cogiera una pulmonía “galopante”. Después de envolver al niño, recién la madre le daba la teta y tras hacerle botar el “chanchito” lo hacía dormir. La cabecita del párvulo debía tener en primer término una lana muy fina escarmenada sobre la “mollejita”  y  después el gorrito de franela, finalmente el de lana. Se trataba por todos los medios evitar su enfriamiento. Cuando un niño resultaba mocoso por lo cual era llamado “togro” era porque no se le había cubierto adecuadamente la cabecita. Una muñeca de pan, llamada “tantahuahua” que se vende para los primeros días de noviembre, nos pude ilustrar cómo quedaba el niño después de fajado. Para poner a sus espaldas, la madre usaba una resistente manta de colores.

Hubo un personaje muy especial en el Cerro de Pasco que durante el siglo XVIII alcanzó tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia, desparpajo y habilidad ecuestre, el pintor  y arqueólogo francés Leoncé Angrand,  lo plasmó en sus lienzos y en sus apuntes a la pluma: EL MULERO.

Este era un hombre de rudeza proverbial con profundo sentido de la libertad. Jamás bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones. Su vida era libre como los aires. Trashumante impenitente mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte; pero, sobre todo su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero. Generalmen­te era joven, hijo de dueños de minas o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros -se les llamaban “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-.Guitarris­ta, decidor, enamorado, inquieto; su “profesión” estaba como pensada para ellos puesto que servía para saciar su sed de aventuras.

Lo más notable de este bizarro jinete era su chambergo de amplias alas que les permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de los granizos y trombas de agua; la  nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Coloca­do sobre la cabeza, previamente sujeta con un gran pañuelo o una vincha para contener el pelambre rebelde y flotante, se ceñía con un barboquejo resistente anudado en el barbado y renegrido mentón o al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este chambergo viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias. El pañuelo, generalmente de colores atado al cuello, lo utilizaba cuando en el trayecto tenía que bregar con las polvaredas asfixiantes de los caminos.

Los pantalones de grueso casimir o “diablo fuerte”, tenían rodilleras y entreperneras de cuero e iban sobre el   calzoncillo de bayeta, sujeto con una gruesa correa de cuero de grandes hebillas que, no sólo servía para sujetar los pantalo­nes, sino también para contener el “puñal” filudo,  era arma y utensilio imprescindible en la vida del mulero. Mucho se semejaba al “Facón” gaucho. Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y siempre llevaban las hermosas y tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela encima una camisa de bayeta o jerga sobre la que portaba una pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro. Adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” que el domingo de Ramos, se tejía para protegerlo de los rayos, truenos y tempesta­des. Sobre todas estas prendas, iba el poncho: Bandera de vida, tremolante de aventuras. Te­jido en lana de vicuña, su abrigo era proverbial. A pie o sobre el caballo, el mulero cubría todo su cuerpo con este poncho. Para la lluvia llevaba un ligero poncho de hule impermeable que colocaba encima del de vicuña, evitando que la lana se mojara.

El correaje y montura de cuero portaban a un costado el lazo, el zumbador, enor­me zurriago que hacía restallar en las soledades para la obediencia del muleraje. A esto se añadía el foete o fusta de cuero con incrustaciones metálicas.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordina­rio con los gauchos del Plata, sus compañeros en la conducción de las mulas del norte argentino. I­gual valor, igual independen­cia, igual sensibilidad. Sobre la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma y, al lado, la cantimplora para el agua de vida.

LA VESTIMENTA CERREÑA (Primera parte)

vestimenta cerreñaDespués del alimento, es el vestido la más urgente necesidad que el hombre tiene que satisfacer para poder sobrevivir. El hombre -como dice Plinio- “es lanzado desnudo sobre la tierra desnuda“.”A la vez de servirle de protección, el traje– afirma Séneca-también ha de servirle de adorno”

En el Cerro de Pasco donde las temperaturas llegan con suma facilidad a siete u ocho grados bajo cero a lo largo del año, donde las lluvias, granizadas, celliscas, heladas y nevazones, son una constante infatigable, el hombre ha tenido que adecuar su vestimenta para soportar  estas inclemencias;  de no hacerlo, será fácil víctima de enfermedades que en estas alturas de escasísimo oxígeno, son generalmente mortales. De allí que su preferencia esté dada por los tejidos gruesos de lana y, si son de vicuña, alpaca, guanaco, llama o carnero: miel sobre hojuelas. Una inacabable variedad de bufandas, guantes, gorros, abrigos, capotes, casacas, chamarras, pellizas y, fundamentalmen­te, ponchos y capas pluviales -generalmente oscuros para conservar el calor del cuerpo- atiborran el guardarropa cerreño. En el caso de las damas es de igual de exigente el vestuario. Sobre toda la ropa, las mujeres, se cubrían con unos pañolones de lana gruesa y abrigadora. Hubo un tiempo en que se utilizaba los llamados “Pañolones de Alaska” de una  trama muy especial y tejidos de fina lana. La fábrica MARANGANÍ  los hizo con tejidos hermosos, encrespados que cubría todo el cuerpo de la mujer y, cuando estaba en casa lo sujetaba con un “tickpe” (Prendedor) de plata a fin de dejar las manos libres.

Pa­ra que la lana no produzca escozor sobre la superficie de la piel, se usan piezas interiores de franela de fina urdiembre pero de resistente textura. Las medias de lana de varios hilos adecuan los pies a unos zapatos especiales de cuero remachado con clavos “de bomba” que evitan resbalar en la superficie mojada. La mayoría de los hombres que tienen activa labor en el campo, la ciudad o la mina, usan botas de cuero con guarniciones metálicas para la contención de los pasadores. Estos aditamentos, lo mantienen abrigado.

El guante merece comentario aparte. Pueblo tan frío como el nuestro, bien merece el uso de este accesorio. La variedad es enorme. Desde los de preville, cuero, gamuza y otros elementos elegantes que usan los pudientes hasta los de lana de alpaca, carnero o vicuña que usa el pueblo. Todos, sin embargo deben usar esta prenda para abrigarse las manos. De no ser así, el único auxilio que se alcanza es el de introducir las manos en los bolsillos del pantalón o la chaqueta. En cuanto a la bufanda, Enrique D´Agneseau, decía: “Desde la época en que el ser humano vivía en las cavernas, hasta nuestros días, el ropaje ha sufrido una serie de notables transformaciones. El frío y el calor eran los únicos árbitros de la moda, pero con el correr del tiempo se ha ido dejando cada vez más de lado el objeto primordial del ropaje, que es el de proteger el cuerpo contra las inclemencias del tiempo, para adaptarlo a las exigencias de la moda. Tal es el caso de la bufanda. Comenzó por ser un adminículo plebeyo, sin forma ni elegancia alguna; una simple banda más o menos ancha y hecha con diversidad de materiales, andando el tiempo mejoró de apariencia. Ahora hay bufandas para todas las ocasiones. De todas maneras, su uso en obligatorio en lugares donde el frío reina porque protege contra los vientos helados y ofrece confort y abrigo”. Sea como fuere -confeccionado de lana preferentemente por brindar el abrigo necesario para el usuario- su uso es obligatorio en el Cerro de Pasco.

Dentro de casa, como es natural, sobre las abrigadas medias de lana, se usaban calzados livianos, inclusive alpargatas como los vascos o zapatillas como los chinos, sin faltar las chinelas o chancletas forradas de lana. Ellos los mantenían cómodos y abrigados. Los sombreros eran  generalmente de recio paño con alas más o menos amplias para protegerse de la lluvia; los más petulantes los llevaban “a la pedrada”. Los que siempre han sido preferidos por los cerreños fueron los “chambergos”, sombreros españoles de ala ancha que, además de cobertura, otorgaban prestancia y distinción a quienes los llevaban. Colocados sobre la oreja izquierda, el ala al cubrir parte del rostro, otorgaban prestancia y distinción. Más tarde, los italianos, france­ses, ingleses y norteamericanos, trajeron el uso de sombreros de finísimo fieltro  como los “Borsalino” y los “Stetson” que, cesada la lluvia, los doblaban  como un pañuelo colocándolo en un bolsillo. Los españoles, durante ­las corridas de toros de postín, lucían finísimos sombreros sevillanos, cordobeses y calañeses. El uso del fino sombrero panameño de “Jipijapa”, estaba destinado a los galanes chalanes cerreños que en las grandes celebraciones pueblerinas lucían toda su prestancia. Igualmen­te, menciona­remos a la “Sarita”, denominado así en homenaje a la famosa actriz Sara Bernhart que, en su visita a la ciudad de Lima, lo usó con mucha elegancia en sus presen­taciones. Quedó como moda de elegancia a partir de los veintes. U­sando modelos españoles y europeos, ade­cuándolos a nuestra reali­dad, nuestros mayores lucieron rumbosos. Interior­mente, los hombres usaban camisetas y calzoncillos de bayeta. La camisa de cuello alto era generalmente de lanilla de colores o gruesa franela de lana.

La indumentaria de los hombres más humildes del pueblo, gene­ralmente de los  llegados de las quebradas y valles pasqueños para trabajar en las minas, consistía en sombrero  de lana, camiseta de bayeta,  gruesa chompa y finalmente un chaleco; calzón de lana acampanada de cordellate o jerga negra, amplio con enormes faltriqueras, a los que lo usaban les llamaban “cal­zonazos”. Los pies descalzos, pero los residentes en la ciudad minera los cubrían con unos mocasines que llamaban “Shucu­yes”. Confeccionados de cuero crudo de oveja se aseguraban con pasadores del mismo cuero que se anudaba de los tobillos y empeine. Para abrigarse los brazos usaban las “mangui­llas”. Dentro de la mina, la ropa era de jerga muy gruesa y, en codos y rodillas, protectores de cuero de oveja que les servía para atenuar en algo la dureza del piso en su reptante avance dentro de las galerías. “Hubo algo que me llamó la atención en el Cerro y fue el atuendo de los aborígenes e indios, los que con sus puntiagudos sombreros, hubieran podido equipararse a los tiroleses. Llevaban chaquetas cortas de paño negro, cortos pantalones hasta la rodilla, y a veces, hasta encima de ella; medias grises de lana que les cubre hasta la pantorrilla y a partir de los tobillos, y en vez de los pesados zapatos tiroleses de montaña, llenos de clavos, una especie de sandalias de cuero sin curtir que se sujetan por medio de correas del mismo cuerpo y que pasan por sobre los dedos y los talones, (Shucuyes) Muchos de ellos llevan también sombreros de fieltro, y si no fuese por el color café oscuro que tienen, se les podría tomar por buenas imitaciones de los tirole­ses. No poco contribuye en ello el contorno conformado por nevadas sierras, que vienen a aumentar la alucina­ción. Es así cómo dos naciones, en dos distintas partes del mundo, sabiendo difícilmente algo una de otra, hayan escogido el mismo atuendo que está de acuerdo con  sus necesidades; y si estos arrieros tostados por el sol, hubieran tenido en el brazo el inevitable paraguas tirolés el rojo o verde claro tejado para la lluvia, y el color de la piel sería un impedimen­to para confundirlos. Estos mozos desprecian el paraguas y, cuando llueve, el poncho que se ponen transforma rápidamente al tirolés en perua­no. (GESTAEKER, Friedrich- VIAJE POR EL PERU-1973:71).

Como el folclore es un reflejo de lo que siente el pueblo, nos referimos a una danza que ha supervivido a través de los años: LA CHUNGUINADA. Caricatura satírica de la costumbre europea de divertirse mediante la danza pintoresca y acicalada. Como es fácil suponer, ésta es una imitación que hace el pueblo de la celebración de los europeos (españoles, franceses, vieneses, ingleses, croatas, húngaros…)  manirrotos y, como es lógico también, tiene que haber nacido en un pueblo que fuera residencia de europeos ri­cos. ¿Dónde mejor que en el Cerro de Pasco? Bástenos contemplar la indumentaria de los danzantes, tanto hombres como mujeres, con sus jubones, calzones, sombreros, medias, zapatos, paraguas y, sobre todo, los adornos de plata y pedrería en las hombreras, las bandas y cuernos pulimentados donde guardan la bebida, con adornos de plata y pedrería en los hombres; las pecheras, los anacos, catas y faldellines bordados en oro, en las mujeres

vestimenta cerreña 1Con referencia al vestido de las mujeres -volviendo a nuestra descripción- por razones  climatéri­cas y de adorno, usaban blancos sombreros de paja endurecidos con azufre al que se le colocaba una cinta negra terminada en listón rodeando la copa. (Esto, las mujeres del pueblo. Las extranjeras y las snobs que querían parecérseles usaban ropas extranjeras adquiridas en los bazares locales). El ala curva en casi toda la vuelta el sombrero terminaba en caída al frente para que la lluvia pudiera discurrir libremente y no se empozara. Respecto de nuestro vestuario femenino, en su libro, “La venas abiertas de América Latina”: 58, Eduardo Galeano, afirma: “la actual vestimenta indígena fue impuesta por Carlos III, a fines del siglo XVIII. Los trajes femeninos que los españoles obligaron a usar a las indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de las indias, -raya al medio-, impuesto por el Virrey Toledo, en el Perú”.

vestimenta cerreña 2

Calzado de dama cerreña fabricado de fino cordobán argentino. Tenía alta botonadura que cubría todo el empeine y unos tacos resistentes y fuertes que les permitía caminar por sobre la nieve, lluvias y lodazales formados sin ningún menoscabo. El paso del tiempo fue sepultándolo en el olvido cuando nuestras mujeres ya comenzaron a calzar modernas creaciones. (Continúa)…