LA HACIENDA PARIA (Leyenda)

la leyenda de la hacienda PariaLa hacienda Paria con una extensión de 35,030 hectáreas, comprada por la compañía minera Cerro de Pasco Mining Company a las Hermanas Nazarenas de Lima, tiene esta vieja historia. Se había constituido en 1591 por la unión de las  estancias “Carcas”, de propiedad de Juan de Ureta y, “Paria”, de doña Ana de Pajuelo. Ochenta y siete años después -1675- pasó a ser propiedad de doña María Luisa Herrera con el definitivo nombre de “San Juan de Paria”.

Por aquellos años, su hija mayor, doña Eleodora Ruiz Herrera, ingresa en el beaterio de las Nazarenas de Lima fundado por la madre Antonia Lucía del Espíritu Santo. Este lugar nacido para servir a la devoción del Señor de los Milagros -pintado por un negro esclavo de Angola en 1651- era el lugar donde se alojaban las beatas. El muro en el que estaba pintada la imagen del Salvador, soportó sucesivos terremotos que devastaron a Lima. Desde entonces fue en aumento su culto. En este lugar se producían milagrosas curaciones a favor de los devotos que rezaban ante la imagen. Más tarde, cuando las autoridades decidieron borrar la imagen milagrosa, ocurrió una serie de maravillosos prodigios que impidieron su borrado.

Después del terremoto del 20 de octubre de 1687, don Sebastián de Antuñano y Rivas, vizcaíno residente en Lima, inició las procesiones al sacar una réplica del mural.  Empleó toda su fortuna en adquirir el terreno donde se encontraba la Capilla del Santo Cristo de los Milagros y terrenos colindantes para edificar una iglesia totalmente consagrada  al servicio del Señor de los Milagros. Como su fortuna personal no era suficiente, tuvo que buscar ayuda. Algunas personas  notables hicieron generosos donativos.

Es necesario añadir, como dato fundamental, que aquellos años los monasterios  recibían dotes, herencias y diversos tipos de ayuda, tanto en dinero como en otro tipo de bienes. Casi todas las familias importantes de la ciudad tenían a uno de sus miembros allí. Un monasterio no solo tenía su local sino podía ser propietario de más inmuebles o, incluso, huertos, chacras o haciendas. Debido a que las monjas se consagraban a Dios y, por lo tanto eludían los rigores del matrimonio, la maternidad, la lactancia o cualquier labor doméstica o manual tenían una  expectativa de vida mayor a la de las demás mujeres. Algunas llegaban a vivir más de 80 o 90 años, edad impensable para alguna mujer que hubiera parido media docena de hijos, lactarlos y criarlos.

Con estas consideraciones, Sor Benedicta de la Concepción, nombre religioso que se le había ungido a doña Eleodora Ruiz Herrera (Ya monja de Claustro), en pago de su dote matrimonial (Ella –se entiende- se había casado con Cristo) dona la hacienda Paria que había heredado de su madre, doña María Luisa Herrera. La escritura pública de esta donación al Convento de las Nazarenas Carmelitas del Santuario del Santo Cristo de los Milagros, se extiende en la Notaría de Don Francisco Montiel Dávalos.

Como vemos, fue un valioso donativo de una mujer pasqueña al nacimiento a una respetable institución religiosa. Muchos ignoran este acontecimiento importante. Así se estableció el Santuario del Señor de los Milagros con el fin de propagar su ideal y llevar a cabo los deseos de la Madre Antonia Lucía del Espíritu Santo. El 12 de Octubre de 1700, según las Constituciones de Santa Teresa de Jesús, quedó establecido definitivamente en  Monasterio de Carmelitas.

Esto  determinó que pasando por alto más de tres siglos de vida del Cerro de Pasco, los capitalistas norteamericanos que compraron la hacienda Paria, aseguraban ser dueños absolutos de sus tierras, a­guas, caminos y pastizales, impidiendo cualquier transformación que tratara de efectuar la Municipalidad. Aseguraban -colmo de cinismo- que los mismos cerreños contaban la historia del indio Huaricapcha, “Pastor de la Hacienda Paria” que, como sabemos, es  una leyenda y no un hecho histórico.

En resumen, la Hacienda Paria había sido comprada por la “Cerro de Pasco Mining Company”, su propietario, a comienzos del siglo XIX. Finalmente por Ley de Reforma Agraria (Ley Nro. 17716), promulgada el 24 de junio de 1969, pasó a ser propiedad de los campesinos de Pasco. Un poeta popular que se había ganado las simpatías del pueblo, escribió por aquellos días, lo siguiente:

LOS  PASTOS  DE  PARIA

 

Voy a entonar un aria                  Pero muy serio y muy formal

llena de melancolía                      me previene un escribano

sobre los pastos de Paria,          que mi área superficial

que es el asunto del día.             la pague el americano.

 

Yo poseía una chocita                              Y las minas que explotan

que heredé de mis abuelos                      desde el tiempo colonial

en donde hace tiempo que habita          mis padres y me legaron

mi mujer y mis polluelos.                        como herencia natural.

 

Hoy con singular porfía               Y aunque es cosa muy precaria

me lo quiere disputar                   no es raro intenten probar

la colosal Compañía                     que están en pastos de Paria.

con argucia singular.                    desde la Quinua hasta el mar.

 

                                                          BOHEMIO.

 

 

EL MUJERIEGO

el mujeriegoCuando el ventoso mes de agosto llegaba a su fin, el pueblo de Ticlacayán armaba un gran revuelo por el retorno de un joven que volvía después de haber servido a nuestro ejército. Una brillante medalla colgada de su pecho con cinta encarnada era su más preciada consecución. En reconocimiento de su valor y arrojo en el conflicto con el Ecuador la superioridad lo había condecorado. Emocionado y orgulloso el pueblo organizó una actuación cívica en las que las autoridades le dieron la bienvenida y, en emotivos discursos, alabaron su bizarría. Después de expresar su agradecimiento, el joven licenciado puso al descubierto una de sus más sobresalientes habilidades: acompañado de su guitarra de la que demostró ser extraordinario ejecutante, dedicó en su bien timbrada voz una serie de canciones limeñas y tonadas de otros pagos. La gente estaba muy entusiasmada, y abiertamente lo demostró aquel día.

Sin embargo.

El transcurrir de los días les reveló que aquel joven de facciones agradables, no obstante su fuerte corpachón y talla respetable, le huía al trabajo con argumentos fútiles y risibles. Dormía hasta muy avanzado el día y, al promediar la tarde, se levantaba a deambular por las calles del pueblo, acicalado con sombrero a la pedrada, faja roja a la cintura en donde tenía bien cuidado de lucir un “corvo” gigantesco, semejante a un alfanje árabe. “Este es mi compañero” sentenciaba señalando tremendo puñal. Su díscolo y camorrista carácter pronto se hizo conocido. Con el menor pretexto cubría de  golpes el rostro y cuerpo de otros hombres jóvenes del pueblo. Quería demostrar que él era el galán más bravo de todos. Las noches calladas, dormidas bajo el dulce aroma de los eucaliptos, eran interrumpidas por las serenatas que sin ningún temor llevaba a la ventana de las más hermosas chicas del lugar. Se convirtió en un imponente seductor que, en cuanto pusiera los ojos en una hermosa adolescente, no paraba hasta conquistarla.

La primera en caer en sus redes fue Maura, una hermosa muchacha de veintidós años que por su belleza y encanto personal, era la suprema aspiración de todos los garridos mozos lugareños. Maura estaba impresionada por las frases picantes cargadas de amorosa intencionalidad, los atrevidos requiebros y las diarias serenatas nocturnas. Tímida y rendida cayó en las garras de tremendo gavilán. Enamorada como estaba, no hizo caso de consejos ni recomendaciones; caprichosa y halagada, se entregó incondicionalmente al enamorado mujeriego.

Por esos mismos días, el imperturbable Casanova se empeñó en conquistar a la dulce Helmicha, hija única de un anciano matrimonio. Nada consiguió el padre al recriminar la actitud del cortejador. A la vista del puñal, el enojo y  sed de justicia, se enfriaron. Aprovechando la impotencia y debilidad de los viejos, se la llevó sobre el anca de su corcel, y una semana después, mancillada la flor de sus encantos, la regresó a su morada como si nada hubiera ocurrido.

Cuando las autoridades tomaron conocimiento del acontecimiento, convocaron al galanteador conminándolo a que se casara para reparar su falta. Nada consiguieron. Altanero y vociferante respondió que nadie tenía derecho a meterse en su vida privada y, aventando a la puerta de la gobernación con ira, dejó con la palabra en los labios a los ancianos del pueblo.

Aquella misma noche, bajo la ventana de la sensual María del Carmen, su voz melosa rasgaba la quietud de la noche:

En las alturas de Ticlacayán

                                                     nuevos amores he conseguido.

                                                     De cada uno tengo un recuerdo,

                                                     Porque dejé mi imborrable marca.

 

                                                     Condorhuaían, pronto me voy,

                                                     Calacha punta, te quedarás;

                                                     papita menuda cosecharás

                                                     de mi cariño te acordarás.

 La Malla, la hermosa Malla, bullanguera como calandria cantarina, hacendosa como buena ticlacaína, tampoco supo sustraerse a la impetuosa parla amatoria del enamorado guitarrista. Aquella noche, bajo la fresca brisa nocturna, en un tálamo de hierbas húmedas y aromáticas, perdió la candorosa inocencia de su juventud.

De nada sirvieron advertencias y recomendaciones. La risa procaz del crápula era la atrevida respuesta a todo intento de ordenamiento. El disoluto imperio del matón fue creciendo cada vez más, como el ímpetu de un torrente desbocado.

En esa vorágine de osadas pasiones tormentosas fueron aumentando las víctimas de los arrestos del serrano garañón. Liliana Luz, con sus juguetones diecisiete años y sus largas trenzas endrinas; la Epifania, la de los dulces ojos, comprometida para casarse con otro y cuya boda quedó deshecha por la intolerante actitud del galán; la “Techi”, tierna pastorcilla que sorprendida en su trayecto fue mancillada junto a los carneritos que pastaba. No había nada que hacer; el abusivo tenía franquicia para el delito y la prepotencia hasta que se topó con la imponente Josefina, chola poderosa de hermosas facciones morenas, cuerpo exuberante y majestuoso, que había logrado mantener invicto su corazón no obstante que en sus impetuosos veinticinco años, numerosos adoradores habían ofrecido riquezas y honores a sus pies. A esta opulenta y bellísima mujer, mucha gracia le causó escuchar bajo su ventana.

Desde mi pueblo de Ticlacayán

                                                     alzo la vista hasta Pillogaga,

                                                     donde mi dulce y buena Finita,

                                                     me espera enamorada y adormecida.

 

                                                     ¡Ay! subidita de Pitic

                                                     tú nomás eres testigo,

                                                     de las noches que  he pasado

                                                     con mi cholita mañosa.

La Finita, bella como ninguna, no era como las otras; su infancia y juventud, acompañando a su padre negociante, le había brindado toda clase de experiencias que como vívidas lecciones se engarzaron en su cerebro y su corazón. Mucho había tenido que luchar para no ser pasto de las libidinosas tentaciones de los hombres. Su figura magnífica, sus flancos imponentes y su belleza magistral le habían brindado alegres como dolorosas enseñanzas. Tuvo que vencer muchas tentaciones porque tenía que cuidar como a una madre a su única hermana Antolina, que con sus floridas dieciocho primaveras, no sólo era la luz de sus ojos sino también la más grande razón de su vida.

Sin embargo.

Confiada en las promesas del cantor, se había entregado totalmente subyugada en tanto hacía los preparativos para su boda. Todo en su hogar era alegría y esperanza hasta que notando la prolongada ausencia de su novio, fue en su busca y, al encontrarlo, le increpó su conducta. El infame respondió con una carcajada y unas palabras duras, muy duras, con las que le hacía saber que todo había sido una farsa y que nunca se casaría  con ella ni con nadie.

Poco faltó para que muriera de angustia. Temblorosa y casi sin aliento llegó a su hogar y allí encontró a su hermana Antolina hundida en una mar de llanto incontrolable.

  • ¡¿Qué tienes Antolina?! –Preguntó ansiosa superando la pena que doblegaba sus fuerzas.
  • Nada, nada hermanita –lágrimas incontenibles seguían brotando de sus ojos.
  • ¡Algo grave te ocurre. Nunca ha habido secretos entre nosotras!… ¡Tienes que decirme lo que te sucede!….
  • No hermanita, no. Es algo muy doloroso e incomprensible. Tengo mucha pena de decírtelo…
  • Sin embargo, es tu deber contármelo. No debes ocultarme nada… ¡Habla!…
  • ¡Se trata de tu novio!….
  • ¡¿Qué es lo que ha hecho ese canalla, dímelo?!… ¡Dímelo!
  • Esta mañana me he enterado que convive con seis mujeres del pueblo… ¿Tú no lo sabías?
  • ¡No, claro que no!…pero… ¿Quiénes son esas mujeres?
  • La Helmicha, la Malla, la Lilicha, la Maura, la Ipicha y la Techi.
  • ¿Todas ellas?
  • Así es… a ti te ha ofrecido matrimonio y a ellas también…
  • ¡Es una basura!
  • No se casará con ninguna de ellas…
  • ¡Conmigo tampoco!… El bellaco ha aprovechado de nuestra ingenuidad para engañarnos y reírse después… ¡Es un canalla!… ¡Mal nacido!….
  • ¡Pero eso no es todo Josefina!…
  • ¡¿Qué más?!…¡Dímelo!
  • Esta tarde, en el camino al pueblo… me ha requerido de amores, jurándome que ninguna mujer le interesa como yo. Me ha prometido que conmigo sí se casará…
  • ¡Maldito!.
  • ¿Qué haremos, hermanita?
  • Déjame pensarlo. –Por un largo rato estuvo cavilando en silencio, caminando por la estancia, meditando, meditando, meditando… hasta que, decidida, dijo– Pasado mañana comienzan los preparativos de la fiesta patronal. Tú debes hablar con las muchachas que has mencionado diciéndoles que se ofrezcan a participar en el “Ashua Ruhuay”, tú y yo también nos apuntaremos para trabajar haciendo la chicha. En esa ocasión conversaremos detalladamente… Nuestro honor no puede quedar por los suelos… ¡Tiene que pagarlo el maldito! ¡Tiene que pagarlo!

Siguiendo el plan trazado, las ocho mujeres se reunieron en la casa del funcionario donde se preparaba la chicha. Ninguna era lo que había sido. Marchitas, mal trajeadas, enjutas, era la viva imagen del sufrimiento. Todas estaban adoloridas y humilladas. Todas llevaban en sus entrañas el fruto de sus sofocantes amores vividos. Todas ardían en odio incontenible. Los mozos ayer obsequiosos y amables, sólo tenían actitudes de reproche y de desdén para con las mujeres ayer admiradas y deseadas.

Aquel día, una a una desnudó su corazón haciendo conocer su desesperación. Todas eran víctimas, no sólo de la atrevida actitud del rufián, sino del desprecio y maltrato de sus padres y familiares que, lejos de comprenderlas, las habían condenado a vivir en humillación, desempeñando los más humillantes servicios caseros. Las gentes en las calles ya ni siquiera las miraban; es más, continuamente les dirigían pullas e indirectas que las tenían muy agobiadas. Aquel día, las ocho mujeres conocieron bien de cerca el drama de las otras y, furiosas, convergieron en una misma conclusión: todas consumarían una cruel y ejemplar venganza.

Los días transcurridos en la preparación de la chicha,  trazaron un plan que juraron cumplir al pie de la letra.

Así llegó el 29 de junio al hermoso pueblo de Ticlacayán. Desde las primeras horas de la mañana, en un gran marco de alegría y luminosidad del sol, se reunió el pueblo fiestero presidido por los funcionarios de turno. Después de la misa solemne y la tradicional procesión, comenzó el baile en la plaza principal.

El vanidoso burlador, haciendo ostentación de su llamativa vestimenta, se dedicó a bailar con la joven Antolina, regodeándose y mofándose de las otras chicas que había ultrajado. Iba y venía altanero con su pantalón de montar,  botas radiantes, faja al cinto y sombrero a la pedrada. Sus víctimas, con los ojos apagados, en los que se advertía a un extraño brillo de odio a muerte, sólo contemplaban el regodeo narcisista del canalla. Durante la fiesta, nadie bailó con ellas; la despreciaban de tal manera que daba la impresión que no existieran.

¡Esto es lo que al final ellas querían!…. ¡El plan marchaba a la perfección!

Finalizada la fiesta patronal que duró una semana completa, la atractiva Antolina fingiendo caer rendida, le pidió al cortejante que la llevara muy lejos del pueblo, al cerro más elevado de Ticlacayán, para que allí le entregara su amor, sin testigos de ninguna clase. Entusiasmado, el engolosinado guitarrista aceptó, y fijaron el lugar, la fecha y la hora para el encuentro.

Llegado el día, el don Juan se presentó a la hora acordada para llevar a Antolina al lugar prefijado. La jovencita acicalada con sus mejores galas y más linda que nunca, llevaba en las manos unas cobijas y una botella grande con un líquido viscoso que dijo ser un refresco para beber.

Tomados de las manos ascendieron hasta la cumbre más alta de Ticlacayán como dos tórtolos. Tendieron las cobijas para amarse, pero antes, la dulce Antolina, con una voz acariciadora y apacible, le pidió que bebiera el licor que había llevado. Después de apurar varios sorbos, el hombre ciego e impetuoso, comenzó a besar a la joven, pero a medida que lo hacía, sentía que una aletargante modorra se apoderaba de su cuerpo. Transcurrido un buen rato, ya como en trance, el hombre escuchó la pregunta:

  • ¿Por qué te has burlado de tantas mujeres?
  • ¡¿…Yo?!….
  • ¡Sí, tú!
  • ¡No, jamás Toñita, jamás! Yo no me he burlado de nadie…
  • ¿De nadie, dices?….
  • ¡De nadie, amor!- casi gritó el inmóvil galán.

En eso aparecieron las ocho mujeres que habían sufrido la degradación de su burla. Las ocho estaban juntas. La poderosa Josefina llevaba una gruesa soga gigantesca y, la Malla, un puñal descomunal en sus manos…

El hombre quedó mudo de espanto. Inmóvil, con los ojos muy abiertos y una copiosa transpiración cubriéndole el rostro, nada pudo hacer cuando las decididas mujeres lo maniataron y luego de desnudarlo completamente, lo echaron sobre el suelo con los brazos y piernas abiertas, clavándolo en sendas estacas, semejante a un cuero de res tendido para secarse. Como el hombre gritaba desaforado bajo el peso de las ocho mujeres, la Josefina –sangre de furia en los ojos- de un tajo brutal le seccionó la lengua y entregó el filudo cuchillo a Maura que con los cabellos en revoltijo y una extraña luz de rabia en los ojos, mutiló con saña los órganos genitales del abusivo, dando lugar a un incontenible surtidor de sangre. Sobre la herida abierta, la Helmicha, sin piedad de ninguna clase, esparció para restregarla abundante sal molida sin hacer caso de los roncos gemidos del mujeriego.

Poseídas de una furia homicida –mientras el hombre arrojaba la vida entre  tremebundos estertores- las mujeres iban desollando aquí y allá, regodeándose con el llanto sordo de la víctima. Deformaron el rostro arrancándole los ojos, las orejas, la nariz; hundiendo una y otra vez el gigantesco puñal en las partes más sensibles del cuerpo.

Más tarde, cuando numerosos cernícalos carniceros se aprestaban a disputar la presa tasajeada, las mujeres dejaron una masa informe todavía palpitante en el lugar y bajaron en silencio hasta la orilla del río; allí se desnudaron completamente y como cumpliendo un ritual, se bañaron todos los rincones de sus cuerpos ayer virginales; lavaron sus ropas, y volvieron a su pueblo, satisfechas.

 

LA EXHUMACIÓN (Cuento)

la exhumaciónLa tarde estaba excesivamente fría. Desde tempranas horas una borrascosa tempestad de nieve se había apoderado de la ciudad que, aterida, en medio de brumosa continuidad, se acurrucaba en una transparencia grisácea, ahíta de sombras. El níveo manto, cada vez más espeso, casi hacía desaparecer las laberínticas calles cerreñas, ahora glacialmente desiertas.

Sorprendida por la reverberante tenacidad de la nieve nocturna, apenas si dejaba ver como un minúsculo faro en medio de un temporal, una escuálida bombilla que daba luz a la entrada de “El Trocadero”, lugar de cita de los cerreños noctámbulos que ahora estaba casi vacío; sólo cuatro hombres jóvenes arropados con chompas y bufandas rodeaban la mesa de billar en la que estaban enfrascados en una disputada partida.

Cercana la medianoche la puerta se abrió dando paso a un impresionante  ramalazo de frío con el que entró un enjuto personaje, alto y desgarbado, cubierto con un peludo gabán negro. Era don Francisco N. Del Castillo, miembro de la Corte Superior de Justicia. Sacudiéndose los zapatos a la entrada de la estancia hizo escuchar su aflautada voz…

— ¡Sálvenos Santa María!…. ¡Qué nieve…! ¡Buenas noches, señores!; ¡buenas noches don Juanito!…—Se quitó el abrigo, lo colgó en una percha y se dirigió a la estufa que ardía a un costado del mostrador- Don Juanito, una copa de lo mejor que tenga para calentar el cuerpo.

— Enseguida, Don Paco. Enseguida…

— Mejor traiga toda la botella… una copa no va a ser suficiente…

— Pero… ¿Qué hace a esta hora en tan tremenda nieve, don Paco…?

— ¡Ahhh, don Juanito… gajes del oficio; gajes del oficio… No vaya usted a imaginarse, que estoy en busca de alguna moza, no. Ninguna mujer vale tanto.

— ¿Entonces…?

— Lo que pasa, mi querido don Juanito Cortelezzi, es que hemos tenido un trabajo intenso en la Corte…

— ¡¿Hasta ahora…?!  ¡Es la una y media de la mañana…!

— Es que se trata de un acontecimiento muy especial.

— ¡¿Tan especial es…?!

— ¡Claro!.. ¡Claro!… ¡Se ha puesto a remover un asesinato…!

— ¿Sí…?

— Y nosotros que habíamos pensado que todo estaba bajo tierra, como la muerta. Este coñac está muy bueno, don Juanito, muy bueno…

— ¿Así que la cosa estaba que ardía…?

— Que si esto, que si aquello; que si lo de más allá. ¡Ya usted sabe cómo son estas cosas entre abogados, don Juanito!

— Claro. Y usted escribe que escribe en su condición de escribiente de la Corte… Sus manos deben estar cansadísimas don Paco… Pero: ¿Qué asesinato es ése…?

— Uno que todos lo creíamos solucionado. ¿Recuerda usted a aquella mujercita que murió baleada en la calle de Siete  Estufas?

— Sí, sí… algo recuerdo… ¿Fue el marido, no?

— ¡Claro… claro!… ¡Y este confesó todo!… ¿lo recuerda?

— Claro que sí…

— Bueno pues, ahora las cosas se han complicado…

— ¿Por qué?

— ¡No sé de donde ha aparecido el hermano de la cholita  y se ha puesto a remover las cosas! Su abogado ha pedido la exhumación del cadáver para que se haga una nueva necropsia con la presencia de peritos en vista de que han aparecido muchas contradicciones…

— ¡¿…Y..?!.

— Así ha quedado acordado. Mañana, a las ocho de la mañana, habrá de efectuarse la exhumación del cadáver…

Uno de los billaristas que sin querer había escuchado la conversación entre el Escribiente de la Corte Superior de Justicia y el cantinero italiano, quedó atónito. Todo el peso de una improvisación y una mentira pasada de pronto revivida, ahora lo ahogaban; lo aplastaban hasta superar el límite de su joven resistencia física. Anonadado y sin poder mantenerse  en pie fue a sentarse a una esquina ante la inquisitiva interrogante de sus amigos que no comprendían el porqué de aquella repentina y extraña actitud.

Con la mirada extraviada, los labios resecos y mudos, el joven Pedro Santiváñez que hacía muy poco tiempo venía trabajando en el Hospital Carrión en calidad de enfermero, evocó una fecha, una circunstancia.

——-

Aquel lejano mediodía en la sala de la morgue, su jefe, el médico titular del Hospital Carrión, don Víctor Leopoldo Colina, acuciado por un nerviosismo y apuro inexplicables, hablaba con el enfermero Pedro Santiváñez…

— Ha sido muy buena moza y jovencita la cholita… ¿cuántos años tenía?

— Dieciocho, doctor…

— ¿De dónde era?

— De Yanahuanca.

— ¿Y, cómo sucedió el asesinato…?

— Estaba separado de su marido. Éste, tratando de reconciliarse, fue a buscarla ayer por la noche, pero ella se negó rotundamente a amistar. Éste, un vigilante de la Compañía, exasperado ante la negativa, fue a traer su revólver para amedrentarla, pero, al no conseguir su propósito, loco de celos, le disparó un tiro a quemarropa y al verla sangrante en el suelo volvió el arma para suicidarse, pero ésta se trabó.

— ¿…Y?

— Al oír la detonación los vecinos trajeron a la policía que lo detuvo.

— ¿Luego?

— Allí mismo confesó su crimen en un mar de llanto…

— ¡Qué barbaridad…! ¡Los familiares habrían querido lincharlo!

— ¡No, doctor, no!… La pobre chica no tiene a nadie. Ninguna persona se ha preocupado por ella. Estaba sola en el mundo…

— ¡Qué lástima!… ¿De dónde has sacado esos datos…?

— Están en el parte policial, doctor…

— ¡Ajá…!

— ¿Comenzamos, doctor…?

— ¡Caramba! ¡Qué contratiempo…! Yo tengo una diligencia urgentísima que realizar y me hace imposible quedarme. Tenemos una reunión en la Casa de Piedra con todas las autoridades… por eso es que tampoco ves al juez ni a ninguna otra autoridad… Es urgente que yo esté allá…

— ¿Entonces…?

— Mira, Pedro… Vamos hacer el acta de protocolo sin necesidad de abrir el cadáver…

— Pero…

— Total, todo está visible, claro. Todo. Fíjate en el tatuaje que le ha hecho la bala en el pecho al introducirse…

— Sin embargo, doctor… Creo imprescindible tener que decirle que…

— ¡Nada, nada! No tienes por qué preocuparte… Toma nota…

— Está bien, doctor… – A regañadientes, con una extraña premonición, el enfermero comenzó a escribir lo que el doctor le dictaba.

— La muerte de la víctima se produjo por herida de bala de necesidad mortal, cuya trayectoria de arriba abajo, ha comprometido el corazón y los riñones. La bala quedó alojada en la cavidad abdominal…..

Y no se hizo la autopsia. Y no se sacó la bala del cuerpo de la mujer y un negro presentimiento que inicialmente se le había clavado en el corazón al joven enfermero fue disipándose con los días, con el silencio que sucedió al hecho delictivo, con la tranquilidad con que el médico tomaba el lance. Sin embargo, sin que nadie lo sospechara, un giro peligroso había dado un nuevo cariz al execrable crimen. Un sudor frío inundó su cuerpo que, no obstante su juventud, galopaba desesperadamente en su pulso. Sin dar ninguna explicación, salió apresurado de la estancia ante el silencioso asombro de sus amigos. Al rato, palpitante y arrebatado, tocaba la puerta de la casa del médico que enojado y soñoliento había salido a recibirlo…

— ¡Jesús, Dios Santo!… ¿Tan importante es lo que tienes que decirme que no puedes esperar hasta mañana…?.

— ¡Mañana sería demasiado tarde, doctor! –Jadeaba el enfermero.

— ¡¿Qué ocurre…?!

— ¡Algo muy grave, doctor!; ¡muy grave! –Tomó saliva- ¿Recuerda aquella autopsia que debimos hacer en el cadáver de una mujer y, no lo hicimos…?

—… ¿Cuál…?

— Aquella mujer que muriera baleada por su marido, hace más o menos dos años… _ Impresionado por la agitación del joven enfermero recordó de inmediato el triste acontecimiento…

— ¡Sí, sí,… ahora lo recuerdo…! ¿Era una cholita buenamoza, no?

— Sí, sí, doctor, efectivamente, la cholita buenamoza…

— ¿Qué pasa ahora, después de tanto tiempo…?

— ¡Que la Corte Superior ha nombrado a dos peritos y mañana muy temprano se realizará la exhumación del cadáver…!

— ¡¿La exhumación…?!

— ¡Sí, doctor!… ¡¿Comprende usted lo que ocurrirá?!

— ¡Dios, mío…!

— ¡La ruina!, ¡el descrédito!… ¡A usted le quitarán su título y a los dos nos mandarán a la cárcel…!

— ¡No, no puede ser!- gimoteaba el médico que había dejado caer el chal que lo cubría.

— ¡Acabo de oírselo decir al escribiente de la Corte…!

— ¡Estamos perdidos!… ¡estamos perdidos! – dio algunos pasos nerviosos por la estancia… ¡¿Qué hacemos, Pedrito?!

— ¡Tenemos que sacar la bala que ha quedado en el cuerpo, doctor! ¡Si la encuentran ellos, nos enviarán a la cárcel por no haber realizado la autopsia! –El médico lo miraba temblorosamente esperanzado al enfermero que continuó apesadumbrado- Hemos presentado un falso testimonio a la Corte…

— ¡Si, sí… es un delito!… ¡Un delito muy grave…! ¡¿Pero qué podemos hacer a estas alturas…?!

— Sólo nos queda hacer una cosa. Será muy difícil a la par que repugnante, pero no tenemos otra salida…

— ¿Qué haremos…?

— Tenemos que adelantarnos y hacer nosotros la exhumación para sacar la bala…

— ¡¿Con este tiempo infernal…?!

— ¡Por supuesto!…

— ¡Pero con esta nieve espantosa… ¿a estas horas…?!

— ¡Piense en nuestro porvenir, doctor!; ¡piense en su familia! ¡Imagínese lo que dirá EL MINERO y los otros periódicos! ¡A usted lo admiran, doctor! ¡A usted lo veneran!… ¡Qué dirán sus amigos!…

— ¡Tienes razón!… Pero, ¿podremos…?

— ¡Hay que intentarlo!…

— ¿Sólo los dos…?

— Usted, yo y “Witrón”, el panteonero…

— ¿Crees que aceptará…?

— Tendremos que pagarle generosamente y aceptará. Es un gran amigo…

— Es muy duro, pero…

— Es el único camino que nos queda. Acuérdese que tenemos que sacar la bala…

— Está bien…

Cubriéndose con gruesos capotes y botas de jebe, con sendos picos y palas, los dos hombres se dirigieron al cementerio. El ambiente estaba cargado por la fiera ventisca que azotaba sus caras haciéndoles penoso el avance. No se podía distinguir a dos pasos de distancia. Justo a las dos de la madrugada estuvieron a la puerta del campo santo en medio de un tenebroso marco de aullidos lúgubres y ladridos desesperados de una jauría de famélicos canes. Cuando salió el panteonero, le explicaron el plan.

— Pero… ¿Con tanta nieve…?

— Ya te hemos explicado la razón; es un caso especial para el doctor y para mí… Te pagaremos muy bien “Witrón”… Tienes que ayudarnos como un verdadero amigo…

— ¡Está bien!…

— ¿Tú sabes en dónde está enterrada?…

— Bueno, no estoy seguro… hace tanto tiempo… Creo que es por allí, por los nichos de los extranjeros… No podría señalar la tumba con precisión…

— ¡No importa! ¡Vamos!.

Mientras el helado aire cortante les azotaba la cara inmisericordemente, los pies se les hundían en la nieve dificultando el avance. A duras penas y guiados por la mortecina lámpara minera que les alumbraba, avanzaron por entre una maraña de apretujadas cruces metálicas esquivando túmulos agigantados por la nieve. Transcurrió un buen rato para que, en un mar de dudas, el panteonero se animara a señalar una tumba donde suponía estarían enterrados los restos de la mujer asesinada.

Antes de atacar la ingrata labor, bebieron sendos tragos de ron de Jamaica para calentar algo los cuerpos ahítos de frío. Primero fue el enterrador que separando la nieve comenzó a cavar con todas sus fuerzas; cuando el sudor salado comenzó a empañarle la vista fue reemplazado por don Pedro primero y por el médico después; hasta que tocaron madera. Un suspiro de alivio entre vaharadas de cálido aliento sintieron al oír el sordo sonido de la caja.

— Ahora a sacarlo…

— No, doctor; nos sería imposible. Preferible es que abramos la caja y luego saquemos la bala del vientre de la muerta…

— Tienes razón, Pedro… ¿Tienes todas las herramientas…?.

— Sí, doctor

— Abre la caja, entonces…

 

Fue terriblemente difícil dar con los tornillos que sujetaban la capa de la caja. La madera estaba completamente hinchada por la humedad…

— ¿Nada…?

— ¡Nada! – Jadeaba.

— Así nos vamos a amanecer. Creo que debemos volar la tapa con la barreta.

— Creo que tienes razón, Pedro.

Usando las hendidas de la madera hicieron saltar la tapa al que siguió un hedor insoportable que atacó sus narices. Acercaron la luz al féretro y los tres quedaron anonadados, atónitos, vencidos. Largo rato estuvieron mirando el cadáver en silencio hasta que el médico dijo:

— No es. ¡Maldita sea! Es un hombre recién enterrado…

— Sí, ese hábito franciscano lo dice a las claras.

— No importa “Witrón”, entonces será el de lado – dijo don Pedro tratando de vencer el abatimiento -. ¡No podemos darnos por vencidos ahora! ¡Hagamos un esfuerzo más doctor!…

— Sí,  sí; es necesario –accedió el médico.

Después de beber sendos tragos, taparon la caja y cubrieron la cárcava. Con renovados bríos trabajaron en la otra tumba, la abrieron y, esta vez sí habían acertado…

— ¡Es ella…!

— ¡Sí!, ¡Es ella!…

— ¡Gracias a Dios!…

— Pedro.

— Doctor…

— Procede.

— Sí, doctor.

Cuando don Pedro ubicó el pedazo de plomo de la bala lo envolvió en unas gasas y se lo dio al médico…

— Aquí está, doctor…

— Sí, gracias… ¡Gracias a Dios!

— Ya está amaneciendo, doctor; tenemos que cubrir la tumba.

— Sí.

Cubrieron el sepulcro y exhaustos, casi sin aliento, emprendieron el retorno en completo silencio. Límpido, reverberaba el Huaguruncho. Amanecía.

 

FLOR PUCARINA

flor-pucarina

En la  más brillante época de la radio en el Cerro de Pasco, Radio Corporación estuvo en la cumbre de la sintonía general. Exitosos programas de música variada con últimas novedades, impactantes trasmisiones deportivas, emocionantes presentaciones de teatro radial con notables libretos, noticieros actualizados, entrevistas y demás novedades hicieron la delicia de los miles de escuchas en toda la región central.

Para esa época campeaba la popularidad de “Moticha” Alanya, inolvidable compositor huancaíno que, con una continuidad conmovedora traía a nuestros escenarios artistas que triunfaban en Lima donde el género vernacular estaba siendo muy aceptado: Ezmila Zevallos, Los Errantes de Chuquibamba, Rosita Salas, Jilguero del Huascarán, La Golondrinas, Embajador de Quiquijana y  Pastorita Huaracina, Los aborrecidos, Tiburcio Mallaupoma, Juan Bolívar, La Pallasquinita, y muchos artistas más.

Cuando el ambiente musical cerreño estaba en su apogeo trae a una artista inolvidable: FLOR PUCARINA. Su llegada a nuestra tierra fue todo un acontecimiento. Aquella noche, gran cantidad de admiradores colmaban el andén del ferrocarril que la traía de Lima. La recibimos con un ramo de rosas y ella, muy amable, decidió llegar caminando a la radio no obstante el frio reinante. Los numerosos comerciantes del Mantaro establecidos en nuestra ciudad auspiciaron con creces las diarias presentaciones radiales de esta notable artista.

flor-pucarina 2La noche de su debut nos deslumbró a todos. No solamente por ser una cantante carismática y sentimental sino por ser muy bella. Nos deslumbró con su talle armónico resaltado por sus primorosamente bordadas polleras debajo de las cuales destacaban recamados fustanes blancos con artísticos encajes ajustados a su breve talle. Blusa de colores entallada en su torso perfecto sobre la que iba una manta bordada por manos de artesanos huancas. Un sombrero echado de lado que hacía resaltar sus endrinos cabellos encrespados sobre el que había fijado una encarnada rosa roja. De sus orejitas colgaban refulgente aretes de oro. Su rostro de marcada piel agarena hacía resaltar sus ojos intensamente negros guarnecida de largas pestañas y cejas deliciosamente marcadas; sus labios perfectamente delineados, carnosos y armónicos que, al abrirse en un mohín travieso y juguetón tenían un encanto especial.

Después de su exitoso debut, en el que tuvimos el honor de presentarla, nos la arreglamos para una serie de entrevistas que fueron publicadas. Después de las cinco noches que se presentó, nos regalaba con un tiempo que nos permitió conocerla.

Su nombre verdadero era Leonor Efigenia Chávez Rojas y había nacido el  22 de septiembre de 1935  en el distrito huancaíno de Pucará, hija de Félix Chávez y Alejandrina Rojas Iparraguirre. En 1944 llega a para radicar en La Parada, zona comercial en el distrito de La Victoria. En este barrio templó su bravo carácter que la acompañó durante todos sus años de lucha.

flor-pucarina 3Fue descubierta y bautizada como “Flor Pucarina” por Teófilo y Alejandro Galván en su primera presentación en el coliseo nacional del El Porvenir, el 8 de diciembre de 1958. Aquel día obtuvo un triunfo redondo con el huayno de Emilio Alanya, “Falsía”. Cuando en 1960 firmó contrato para el Sello Virrey, hizo popular “Caminito de Huancayo”, “Traición”, “Soy Pucarina” y “Alma Andina”, entre otras. La canción que la internacionalizó fue “Ayrampito”, compuesto por los destacados Emilio Alanya Carhuamaca y Tomás Palacios Fierro. Dicho tema alcanzó la venta de un millón de copias vendidas. Le siguió, “Déjame no Más”, “Llorando a Mares”, “Pichiusita”, “Sola, siempre Sola”, “Pobre Peregrina”, “Vocero Huanca”, entre otros huainos, mulizas, santiagos y huaylash. En aquel lapso grabó 15 álbumes, acompañada por, “Los Alegres de Huancayo”, “Los Engreídos de Jauja”, “Los Rebeldes de Huancayo” y hasta su propia banda a la cual denominó “Selección Huanca”. Cabe señalar también que participó en algunas grabaciones en conjunto con el grupo vernacular Los Pacharacos.

Cumplido su contrato dejamos de vernos pero, siempre, a través de Emilio Alanya -grande e inolvidable amigo-  seguimos manteniendo una hermosa amistad.

Al final de su vida se vio afectada por una infección renal que degeneró en cáncer que la postró en el Hospital Edgardo Rebagliatti. Presintiendo su muerte grabó a inicios de 1987, el huayno “Mi Último Canto” de la composición de Paulino Torres, le siguieron también “Presentimiento”, “Dile”, y “Trencito Macho”.

Cuando falleció el 5 de octubre de 1987, su féretro fue llevado durante todo un día por las principales calles de la capital. La multitud que la llevaba cantaba y lloraba. La prensa de entonces publicó admirada la manifestación de dolor de miles de peruanos ante la muerte de una extraordinaria artista del pueblo. Su cuerpo descansa en el Cementerio de El Ángel de Lima.

Con especial reverencia al recuerdo que ha dejado en nuestro Cerro de Pasco, brindamos con una “Chata de ron” como ella lo hacía antes de cantar. Volviendo al ayer, escuchemos: Ayrampito.

 

 

EL “CHACHA” PORTILLO

el chacha portilloSu nombre era Ángel: Ángel Portillo, pero era por su apodo que todos lo identificaban: CHACHA. Es decir viejo. Tenía la misma edad de los amigos que alternaban con él pero parecía más viejo. Eso era lo raro. Canas extremadamente prematuras que se iban cayendo poco a poco anunciando calvicie inminente. Su rostro donde sus ojos, aunque todavía juguetones, ya no tenían el brillo característico de la juventud. En derredor de sus párpados se dibujaban notables “patas de gallo” sin que pudiera evitarlo; cuando hablaba reflejando su jocundo gracejo, recién uno podía colegir que no era tan viejo como aparentaba. Así y todo Chacha era un artista popular muy conocido en el pueblo. En su condición de herrero, ayudaba en su taller a don Armando Paredes, su maestro, con quien compartía su marcada afición por la música. Don Armando, eminente saxofonista, era su maestro en el taller y en la orquesta.

El “Chacha Portillo”, pertenecía a esa numerosa promoción de clarinetistas que con gran talento ha mantenido viva nuestra música a través de los tiempos: Graciano Ricci Custodio, Jesús Enciso, Julio Patiño León, Pío Andamayo, Alejandro Álvarez,  Marcial Amaro, Aurelio Romero Pizarro, Emilio Quinto, Alejandro Panez, Andrés Egoavil Caballero, Eugenio Espinoza Mendoza, Isidro Fuster Mendoza, Enrique Bendezú, Alejandro Bonifacio, Antonio Montes, Bertilo Alania, Esteban Morales, Sulpicio Huari, Nazario Sinche, Pedro Cabello, Simeón Ventura, Severo Díaz, Octavio Montes y Teodosio León, entre otros muchos.

En los carnavales del año de 1927, el gran compositor, don Andrés Urbina Acevedo, crea un hermoso huayno al alimón con el “Chacha” que le pone música: DESPEDIDA.

Este huaino enternecía hasta las lágrimas al “Chacha” que aseguraba que don Andrés había interpretado su aspiración muy íntima de marcharse de su tierra. Un día, cumpliendo su deseo, desapareció como por encanto. Nunca más supimos de su vida. Habrá ido a la eternidad “en busca de mejor suerte”. “Chacha” siempre te quisimos.

Las letras que estamos publicando ojalá sirvan para renovar su mensaje entre los cerreños. Hasta hace algunos años, cuando los conjuntos musicales todavía mantenían su vigencia era un huaino muy estimado. Su mejor intérprete fue el “Shilaco” Llanos que le imprimía mucho dramatismo en su interpretación; también nuestro recordado Isaac Salazar y el “Mote” Grijalva con la guitarra de Nolio.

Este huaino es uno de los más hermosos de la cosecha del Chacha Portillo.

NUESTRAS CREACIONES MUSICALES

el huaynoMuchísimas canciones nacidas de la inspiración  de nuestros artistas, aparecen como creaciones de compositores de otras latitudes, tal el caso de esta canción tan hermosa popularizada por la desaparecida estrella de nuestro folclore: “Pastorita Huaracina”. Ella recibió de su esposo A. Romero, goyllarino esta joya que pertenece a nuestro acervo, solo que siendo un triste muy popular en tiempos pasados, la artista ancashina la convirtió en huayno alternado algunos de sus cuartetos. El original de éstas como muchas otras canciones, están registradas en el repositorio nacional, por nuestro paisano don Silverio Urbina –padre de nuestro compositor Andrés Urbina- , director de LOS ANDES.

EL MATRIMONIO

                        Me han dicho que tú te casas                         Cuando te estén adornando

y así lo publica el tiempo,                              con tu vestido profano

dos funciones se han de hacer:                      a mí me estarán poniendo,

mi muerte y tu casamiento.                            el hábito franciscano.

 

Primera amonestación                                  Tu padrino y tu madrina,

que en la iglesia se leyere,                             te llevarán a casar

será el primer paroxismo                               y a mí me estarán llevando

que a mi corazón le diere.                             cuatro amigos a enterrar.

 

Segunda amonestación.                                 El día que tú te cases,

será para ti una gloria,                                  te acompañará tu gente,

a mí estarán buscando                                   y a mí me acompañarán

quien escriba mi memoria.                            cuatro ceras solamente.

 

Tercera amonestación                                   Cuando a ti te estén casando

será para ti una alegría,                                delante de tanta gente,

y a mí me estarán buscando                          a mí me estarán diciendo,

quien me toque la agonía.                             misa de cuerpo presente.

f u g a

Te escribo pero no firmo,

porque no corra mi fama,

el que te estima y te quiere,

ya sabes cómo se llama.

 

EL VELEIDOSO PÁJARO PITO (Leyenda)

pajaro pitoDesde tiempos inmemoriales, la lechuza vuela en la oscuridad tratando de encontrar al pito, pájaro traidor, responsable único de todos sus problemas. Éste está muy escondido y tiene miedo mostrarse entre los pájaros honrados y hermosos.

Bueno, pero… ¿Por qué ocurre esto?…. La historia completa es la siguiente.

En remotos tiempos, cuando los pájaros podían hablar por especial permiso  de Dios, el pito era un horrible pajarraco gris, sin gracia, lúgubre, de desmesurado y afilado pico. Y cada mes, cuando la luna llena brillaba y todos los alados se reunían en asamblea, el pito saturaba los aires con sus quejas interminables.

  • ¡Mírenme, mírenme, hermanos! –Gritaba quejumbroso- ¡mírenme cuan horrible soy!… Los pericos y las loras, con sus alas de esmeralda, brillan como el agua verde; la garza es blanca como la nube; el canario es amarillo como el oro y negro como el carbón; el tordo hermosamente moteado de blanco y negro; el cardenal, miren qué belleza, es como la rosa bañada en vino; sólo yo soy oscuro, feo y triste. buhhh… – y lloraba desconsolado. El águila que es el amo de todos los pájaros de la tierra, malhumorado tronó:
  • ¡Estoy harto de oír al pito!… ¡Siempre quejándose, siempre suspirando y llorando!… ¡Somos lo que somos! Nuestro creador ha tenido a bien dar belleza y majestad a alguno de nosotros; a unos velocidad, a otros, alas poderosas y garras fuertes; unos poseen una voz hermosa para cantar a la vida; a otros les ha dado una pronunciada sabiduría. Todos debemos aceptar lo que él nos ha dado. Debemos sobrellevar nuestra suerte cualquiera que ésta sea. El único impertinente y sinvergüenza que no quiere aceptar esto y se pasa la vida alegando es el pito…
  • ¡Así es águila!- gritaron todos los pájaros…
  • Pero para que no siga fastidiando, veamos si podemos ayudarle. Tú lechuza; tú eres muy sabia ¿Qué dices de todo esto?… ¿Hay alguna manera de ayudar al pito para que sea hermoso?

La lechuza que había ganado su reputación de sabia por sentarse en silencio con la cabeza apoyada sobre el pecho, abriendo y cerrando sus brillantes ojos de ámbar, aclaró la garganta y habló con gran parsimonia.

  • ¡Demos al feo pito la belleza que busca! ¡La belleza como la sabiduría, se puede adquirir!, –dijo sentenciosa- que cada uno de los pájaros de colores le dé una pluma al pito. Así nunca volverá quejarse de su falta de belleza y color, pues llevará en su cuerpo todos y cada uno de los tonos que se puedan envidiar…
  • ¿Y… nosotros? –Interrumpieron apremiantes los otros pájaros –nosotros también estamos orgullosos de nuestro plumaje. ¿Por qué entonces nos tenemos que desprender de alguno para satisfacer la vanidad de un pájaro tonto que nunca ha hecho nada para ganarse nuestra generosidad?
  • Bueno, todo lo que dicen es verdad. El pito nunca ha hecho nada por ganarse nuestro cariño y simpatía…
  • ¡Es verdad! –gritaron al unísono los pájaros.
  • ¡Calma, calma!- volvió a decir la lechuza. Esta vez el pito tendrá que ganarse nuestra deferencia desempeñando una misión especial.
  • ¿Qué hará? –Interrogó un pájaro.
  • ¡Será nuestro mensajero!
  • ¡Bravo! –Gritaron a voz en cuello los asambleístas.
  • ¡Cuándo nuestro hermano, el águila, desee reunirse con nosotros, sólo tendrá que enviar al pito para que nos convoque! Él se encargará de avisarnos a todos. ¿De acuerdo?
  • ¡¡¡De acuerdo!!! –Gritaron los pájaros unánimemente.
  • ¿De acuerdo, pito? –Preguntó el águila.
  • ¡Claro, hermano, claro! –Contestó entusiasmado el pájaro gris. ¡Con mucho gusto!

En ese momento cada uno de los pájaros de lindo plumaje, se arrancó su más brillante pluma y se la puso al pito. En un santiamén lo cubrieron del pico a la cola con las más atractivas y finas plumas escarlatas, amarillas, bermellones, lilas, celestes, verdes, doradas, blancas, azules, plateadas, negras, marrones… Cuando concluyeron, el pito estaba recubierto de mil colores como un mágico arco iris. En ese momento era el más bello de la tierra, de los aires y de las aguas relucientes… ¡Nunca se había visto un pájaro tan hermoso!

  • ¡Oh, qué bonito soy! ¡Qué bonito soy! –Gritaba el pito fuera de sí, contoneándose ostentoso.

Cuando el águila levantó la sesión, sin siquiera una palabra de agradecimiento, el pito se perdió por los aires, haciendo alarde del boato de su abigarrado plumaje de vivísimos colores.

No había pasado mucho tiempo. Horas solamente de aquel acontecimiento, cuando el pájaro pito, incapaz de cumplir su promesa, se desatendió de lo pactado. El único pensamiento que le dominaba, era su nueva apariencia. Todo el tiempo se pasaba mirándose al espejo de las tranquilas aguas de la laguna, murmurando petulante: ¡“Qué bello soy, qué bello soy!”.

Nunca el malagradecido, entregó un mensaje. Cuando algún pájaro lo necesitaba para pedirle un servicio, se escondía entre las paredes y roquedales negándose a contestar las llamadas.

Un día, deseoso de reunirse con todos los pájaros del mundo, el águila ordenó al pito para que convocara a toda la familia alada, pero el fatuo ni siquiera intentó obedecerle. En lugar de cumplir con el encargo, se entretuvo horas enteras mirando el brillo de su plumaje en el reflejo de las aguas, gritando: “Qué lindo soy, qué lindo”.

Así llegó el día de la convención. Cuando el águila llegó al lugar del concilio no encontró a ninguno de los pájaros del mundo. ¡A ninguno! Iracundo, salió como una flecha por los aires y pájaro que encontrara, pájaro que era castigado.

  • ¿Acaso no fueron convocados para la asamblea?
  • ¡No, hermano águila, no!… ¡No sabemos nada!… –respondieron en coro.

Rabiosos todos los pájaros del mundo se recriminaban mutuamente. Los gritos desaforados eran de condena para el réprobo pito que no había cumplido con citarlos. Igualmente, ciegos de ira, maldecían a la lechuza por haberlos involucrado con semejante pillo. Tantos y tan sonoros fueron los gritos que Dios los escuchó allá arriba. Frunciendo el ceño, como nunca, el Supremo dijo:

  • ¿Por qué el don de la palabra que os he concedido, lo usáis tan mal? –Y extendiendo sus manos santas hacia la tierra, colérico como nunca, sentenció:
  • ¡No hablaréis más!… ¡Indignos sois de este preciado don! Desde ese mismo instante, las voces furiosas de los pájaros se convirtieron en sonidos discordantes y varios; en agudos gritos, desagradables graznidos y una bulla que, desde entonces, no ha cesado. Sólo algunos pájaros que se ganaron el aprecio de Dios conservaron la dulzura de sus trinos.
  • ¡Vos, pito malhadado! Seréis mensajero de la muerte. Sólo cuando veáis a los hombres rodeados de la muerte, cantaréis!… ¡Vuestra vanidad será castigada severamente: volveréis a ser gris y feo como la muerte! Sólo vuestra sangre servirá para combatir la parca, por eso os perseguirán. ¡Y como siempre os habéis escondido en los tapiales de los muros y los cementerios, viviréis hasta que la oscuridad cubra la vida!… ¡En cuanto a vos lechuza, sólo de noche podréis salir de vuestro escondite… sólo de noche!

Dicen que desde entonces, el pito anda fugitivo, escondiéndose en los muros y en las rocas. No quiere encontrarse con la lechuza ni con el águila. En cuanto a la lechuza, su vigencia de vida se ha restringido a las horas nocturnas. Es verdad.