EL TAPADO (Cuento)

el tapadoHace muchísimos años, cuando todavía existían almas pías y temerosas de Dios en estas tierras mineras, en una rinconada de la plazuela Ijurra vivía un albañil cargado de deudas y familia que además de diligente era un dechado de virtudes. Buen padre, excelente esposo y cumplido alarife cerreño. Con mucha fe en los designios de Dios soportaba su pobreza con decoro. Jamás tenía una palabra de reproche o desesperanza por la situación que sobrellevaba y, a decir verdad, la misericordia divina nunca abandonaba a aquella humilde familia donde las oraciones y paciencia presidían los actos cotidianos. Nunca les faltó un pan para llevarse a la boca.

La fama de honrado, cumplido y excelente trabajador se hizo conocida en el Cerro de Pasco donde a pesar de su extrema pobreza era muy querido. Y, como Dios sabe premiar la fe, la esperanza y la caridad de la manera más increíble, he aquí lo que le sucedió al buen mazonero.

Un día que se encontraba puliendo y limpiando sus espátulas, badilejos, plomadas, codales, terrajones y cordeles, acertó a pasar por su puerta un anciano medio encorvado cubierto con una ropa raída y brillosa de mugre cuya mirada a través de los vetustos quevedos parecían entrever una aguda interrogación. Buen rato estuvo contemplándolo hasta que satisfecha su curiosidad decidió iniciar el diálogo:
– Buen día albañil.
– ¡Buen día nos dé Dios, señor!….
– Mire, albañil. He venido de un lugar distante de esta su casa porque he observado que es usted un buen cristiano y persona en quien confiar.
–  Gracias señor.
– ¿Querría hacerme usted un trabajito?
– ¡Claro que sí, señor! ¡Con mucho gusto!
– ¡Bueno, es que este trabajo es secreto para el que necesito de toda su discreción!
– Si así lo desea, así lo haré señor.
– Habré de pagarle muy bien y no se arrepentirá. Sólo quiero imponerle una condición. Tendrá usted que permitir que le cubra los ojos y le lleve así vendado hasta el lugar del trabajo que se hará esta noche.
– Si me ha de pagar bien y llevar de la mano… ¡acepto!

El trato quedó hecho.

Aquella noche, en cumplimiento de lo pactado se presentó el viejo de los quevedos envuelto en una vieja capa pluvial con una lámpara en la mano. Llegado a la casa del albañil procedió a vendarle los ojos y tomándolo de la mano partieron con rumbo desconocido.

El albañil que no veía nada caminaba a ciegas por las desiguales calles; subía y bajaba montículos, ascendía por empinadas escaleras, iba a la izquierda y daba la vuelta a la derecha, caminaba grandes trechos escuchando el ruido de las pisadas retumbando en las calles silenciosas. Caminó un trecho que calculó en media legua, hasta que el viejo le detuvo y le dijo:
– ¡Aquí es!….

El albañil escuchó el ruido de la pesada llave al girar en la enmohecida chapa y luego de cinco vueltas, comenzaron a crujir los goznes de una puerta tan grande como quejumbrosa.

Después de entrar el viejo colocó grandes y chirriantes trancas al portón. Siempre con las vendas sobre los ojos el mazonero avanzó por varios compartimentos y luego ingresó en un patio interior.
-¡Hemos llegado! –dijo el viejo.

Cuando le fueron quitadas las vendas, el albañil vio un vetusto patio empedrado de caprichosas baldosas de piedras donde la oscuridad reinante apenas era vencida por la mortecina lámpara minera.
– Lo que quiero es que haga una bóveda en este lugar –dijo el viejo – saque las piedras necesarias y después de hacer la bóveda para un cadáver volver las piedras a su sitio de tal manera que no se note ninguna irregularidad. Todo debe quedar como si no se hubieran tocado las piedras… ¿De acuerdo?
– ¡Claro que sí, señor!…ni usted mismo notará dónde está la bóveda.
–      ¡Bien! ¡Aquí están los ladrillos, cal, arena, agua, maderas y todo lo que ha menester para la obra!
–       ¡Magnífico, señor! –Dijo el alarife y con gran entusiasmo atacó la empresa.

Lo primero que hizo fue sacar trece baldosas de largo por cuatro de ancho para cavar la tierra hasta alcanzar una profundidad de tres varas. Cuando se aprestaba a enladrillar el agujero se oyeron lo sonoros cantos de los primeros gallos. Entonces el viejo, sentado como una momia, dijo:
– ¡Nos ha sorprendido el día!… ¿Puedes volver esta noche para terminar el trabajo?
– ¡Con gusto señor!… Esta noche terminaré la obra… ¡Venga nomás a buscarme!
– ¡De acuerdo!…Ahora, ¡toma esta moneda de oro y mañana al terminar, te daré el doble!….
– ¡Gracias… muchas gracias! Le esperaré esta noche-. Después de vendarle los ojos, lo regresó a su casa.

Efectivamente, tal como lo acordaron lo hicieron. Repitiendo la misma precaución de la noche anterior entraron en la vieja casona y bajo la tenue luz del candil quedó terminada la obra.
– Ahora- dijo el viejo de los quevedos- quiero que me ayudes a traer el cadáver que yacerá en esta cripta.

El albañil tembloroso y con los pelos de punta siguió al viejo hasta unas piezas interiores creyendo que al final hallarían el espectáculo macabro de un hombre muerto. Caminaron un largo trecho hasta encontrar un viejo arcón forrado en cuero repujado. El alma le volvió el cuerpo al albañil al comprobar que se trataba de un añejo baúl posiblemente llenos de monedas porque pesaba como un demonio.

Llevaron el arcón con mucho trabajo y lo introdujeron en el hueco. Luego con mucha paciencia el alarife volvió las baldosas a su lugar de origen quedando tan perfectas como si nadie las hubiera tocado.

Estaba amaneciendo.

El albañil fue vendado y llevado a su casa por distinto camino con el fin de que no pudiera reconstruir el itinerario seguido aunque quisiera. Llegados a la casa el viejo le dijo:
– ¡Estoy más que contento con tu trabajo! ¡Es muy bueno! En pago de ello te entrego estas tres monedas de oro. ¡Eso sí!, no lo olvides. ¡Todo lo que has visto y oído esta noche, lo tendrás callado! Debes guardar el secreto como una tumba. ¡Caso contrario una maldición caerá sobre ti!….

Después que el anciano se retirara, el albañil se quitó las vendas e inmediatamente llamó a su mujer y le dijo que Dios se había apiadado de ellos y que aquel día cocinara lo mejor que encontrara en el mercado.

Durante quince días vivieron a cuerpo de rey con las providenciales monedas de oro, después de las cuales volvieron a la misma parvedad matizada de ruegos, plegarias, jaculatorias y rezos.

Así pasaron, uno, dos, tres,… cinco años…

Un día que se hallaba fregando sus herramientas y accesorios de albañilería, acertó a pasar por su puerta, un viejo enjuto como un espectro que le quedó mirando un buen rato hasta que dijo:
– Me han dicho, buen hombre, que eres muy pobre.
– ¡Así es señor! Sin embargo no puedo quejarme. ¡Dios no se olvida de nosotros!…
– Bueno, bueno… entonces te gustaría hacer un trabajito, ¿no es así?
– ¡Siempre estoy dispuesto, señor!
– Bien, bien… necesito que me arregles la casa que el dueño anterior la ha dejado en escombros y nadie quiere habitarla.
– ¿Dónde está ubicada la casa?
– No está muy lejos de aquí… ¡Vamos!

Marchó el albañil con el longevo dueño de casa y efectivamente llegado al lugar hizo girar una gigantesca llave, abrió el portón y le hizo entrar en la casona. Pasaron una habitación y otra y otra, hasta que llegaron a un patio interior completamente empedrado. El corazón le dio un vuelco al albañil… ¡Estaba en el mismo patio donde había efectuado el entierro! … ¡¿Cómo no había de reconocerlo si cada piedra, cada rincón, cada recoveco, se había grabado en su memoria?!…

Haciendo esfuerzos supremos por disimular su emoción, llenándose de aire los pulmones ya que su corazón le saltaba en el pecho como alegre campana de pascua, preguntó:
– ¿Y quién ha ocupado esta casa que la ha dejado como un chiquero?
– ¡Que Satanás se lo lleve!… Aquí vivió un miserable usurero que durante toda su vida fue amasando plata para que al final el diablo se lo llevara. Un grandísimo explotador a quien nada importaba los demás aunque los viera morirse. Era inmensamente rico con la plata que le daba sus minas. Inclusive con sus malas artes consiguió quitarle sus yacimientos a los que le debían dinero… Esta vieja casona es lo único que he podido rescatar de todo lo que me debía el maldito. ¡Era un endemoniado canalla!
– ¿Y dónde está ese señor?
– ¡En los infiernos!… ¡Allá ha de estar!
– ¿Ya murió?
– ¡Claro que sí!…Un día reventó y lo encontraron aquí mismo.
– ¿Y sus riquezas?… –preguntó el albañil aparentando inocencia.
– ¡Se las guardó el demonio… Nadie encontró nunca nada!…probablemente lo ocultaría en una de sus tantas minas… no me extrañaría…
– Veo señor que usted no le tenía buena estima…
– ¡Qué estima podría guardarle a un granuja que nunca me pagó mis rentas!….
– ¿Nunca?
– Sólo el primer mes, después nada.
– ¿Tan avaro era…?.
– Aún más, pese a estar muerto, sigue haciéndome la vida imposible.
– ¿Cómo así, señor?
– La gente no quiere arrendar esta casa aduciendo que en la noche vaga penando el alma del abyecto que se las pasa gimiendo y llorando… ¡Dios sabe por qué! ¡Debe ser que no le han dejado entrar ni en el infierno!…
– ¡Mire señor. – Dijo el albañil tomando aire y tratando de disimular la emoción que le aceleraba las pulsaciones secándole los labios-. Si nadie quiere vivir aquí, deje que yo venga a habitarlo con mi familia por espacio de tres meses y, a cuenta de los alquileres, dejaré la casa como nueva! – Hubo un largo silencio en el que el viejo quedó mirándolo de hito en hito por largo tiempo, hasta que casi gritó
– ¡¡¡ ¿Es posible?!!!
– ¡Seguro que sí!, ante el griterío de los inocentes no hay fantasmas que se resistan. Los angelitos harán huir al mismísimo demonio. Además yo traeré al cura para exorcizar el lugar y le aseguro que en los tres meses que viva con mi familia el fantasma desaparecerá…
– ¡¡ ¿Tendrá el valor de vivir con su familia aquí?!!….
– ¡Sí señor! … ¡Yo y mi familia tenemos el apoyo de Dios y no le tememos a ningún espantajo!…
– ¡De acuerdo albañil, de acuerdo!… De aquí a tres meses me entregará usted la casa muy bien remozada y sin fantasmas… ¡¿No es cierto?!
– ¡Así es señor!
– ¿Y….No tendré que pagarle nada….?
– ¡Nada….!
– ¡Trato hecho!….

Viendo que la oferta le convenía, el dueño de casa se apresuró en transar con el alarife que inmediatamente trasladó su numerosa prole al caserón de marras.

Lo primero que hizo una vez instalado fue elegir una noche tranquila cuando su mujer y sus hijos dormían, para proceder a sacar el tapado.

Inicialmente removió cuatro baldosas por cuyo hueco introdujo el cuerpo de un perro recientemente sacrificado con el fin que el antimonio producido por las monedas enterradas fuera absorbido por el cuerpo y la sangre del can. No quería correr el riesgo de envenenarse con el gas letal de antimonio que emanan los metálicos entierros.

Pasado un tiempo prudencial volvió a sacar las piedras y con mucho cuidado procedió a abrir el viejo arcón de cuero repujado. Al ver su contenido quedó maravillado. Relucientes monedas de oro atiborraban el baúl hasta el tope. Agradecido por esta merced que el Hacedor Supremo le enviaba, se puso de rodillas y con mucho fervor oró y, al día siguiente, hizo celebrar una misa por el descanso y paz eterna por el viejo de los quevedos en la iglesia Santa Rosa. Y como lo había prometido, fue remozando con mucho ahínco los patios, los pasadizos, la sala y los aposentos; cambió puertas, ventanas, balaustres y escaleras; hizo repajar el techo y al cumplir los tres meses, la vivienda estaba como nueva. Pero así como la casa iba renovándose, también el albañil –ayer andrajoso y pobre- fue convirtiéndose en el hombre mejor vestido del Cerro de Pasco. Los domingos asistía a la Santa Misa. Las limosnas en la iglesia eran pródigas. Tenía abierta las manos para los pobres de la ciudad minera. Jamás se olvidó de rezar al Todopoderoso.

Vivió muchos años.

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EL INOLVIDABLE “PATAS A LA OREJA (Primera parte)

patas al oreja!!!…Patas a la oreja…!!!

El rebenque de su grito, seguido de una retahíla de juramentos e indecencias, restallaba zafio en las calles cerreñas. Ebrio, con paso inseguro, viniendo de varias direcciones, caminaba bamboleante por las arterias pueblerinas. Muchos eran los personajes a quienes dedicaba lesivos improperios, especialmente si lo encontraba en su trayecto. Los apuñalaba con sus agresivos ojos sanguinolentos en tanto su lengua -mortal estilete- hería y volvía a herir la dignidad de los agredidos con negras verdades o mentiras inventadas. Entonces los aludidos desandaban el camino o se cambiaban de acera.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Vivía convencido que era víctima de la  calumnia. Estaba seguro que algún cobarde, presionado por las urgencias del suplicio, le había atribuido una canallada que no había cometido. Durante su larga estancia en el Frontón acusado de matar al Prefecto de Pasco, había buscado inútilmente en su memoria -andando y desandando imaginariamente sus pasos- a quién podía haberlo calumniado de esa manera. En vano hurgó en sus vigilias. Todo lo que había conseguido era una lista de presuntos soplones a los que buscaba infructuosamente, juzgándolos culpables de su negro destino.

!!!….Patas a la oreja…!!!

Iracundo y soberbio, afirmaba que en cuanto encontrara a los culpables de su desgracia, les molería la cara poniéndoles las patas a la oreja, afirmación ésta –bullanguera y fanfarrona- que sepultó su verdadero nombre en la memoria del pueblo. Desde entonces, el zurriago de su apodo, supervivió vigente y sonoro. Gritaba que a los soplones les sacaría los ojos y los dientes; que aplastaría los labios delatores; que les haría papilla las manos implorantes.

¡¡¡¿…Patas a la oreja…!!!

Había sido perseguido como un criminal. La enloquecida brújula de su fuga lo había llevado a lugares remotos y extraños. Selva, costa, sierra. ! Siempre fugando! Cuando lo encontraron, maniatado y sangrante lo arrojaron sobre las arenas del Frontón. Es entonces que descubrió la negra monstruosidad de la palabra soledad…! Ni un pariente!…!Ni un amigo!…  !Ni un conocido!…!Nadie!

!!!…Patas a las oreja…!!!

Cuando salió de presidio, nadie lo esperaba. Estaba tan sediento de comprensión y compañía que decidió retornar a la tierra amada a rehacer su vida. El largo camino y la medrosa llegada a su hogar en busca de su mujer. No la encontró. Compungidas y misteriosas las antiguas vecinas le informaron que a poco de iniciarse la persecución, su mujer, se había marchado con un guardia republicano. !Maldita sea!.

Entonces supo que sin ayer ni mañana, sólo la compañía de las botellas podía atenuar su locura vengativa, su obsesionante delirio de persecución. En ese tiempo conoció al  “Chalaco”, maduro y bondadoso cargador, saturado de penas y amarguras, con el que prodigó sus interminables brindis. El “Chalaco” lo llevó al gremio y lo hizo cargador. Dúctil e inteligente, “Patas”, fue elegido Secretario General del grupo. En el cargo pondría al descubierto sus grandes dotes de luchador y dirigente. Los hombres de su gremio comenzaron a respetarle y a obedecerle.

!!!…Patas a la Oreja…!!!

Era un cholo macizo y musculoso, con la cabeza mediana y miembros que parecían de acero por su dureza y resistencia. Su cara cobriza, parecía tallada en granito; nariz larga y aguileña; boca, grande de labios delgados; frente, estrecha y llena de surcos; mejillas, enjutas y lisas que resaltaban sus pómulos salientes; greñas rebeldes y crecidas que se extendían en su negra y uniforme extensión, desde la frente hasta los hombros. Era un claro y regio ejemplar de cholo cerreño.

Su cuerpo, compacto y musculoso, se cubría íntegramente con un mameluco amarillo, “Campeón”, debajo del cual, sólo una truza de fútbol, eran su única ropa interior. Cruzada sobre su pecho –cananas guerreras-, una soga, en varias vueltas, proclamando su ocupación de cargador; para probarlo, en el lado izquierdo de su descolorida indumentaria, una remachada placa de bronce, donde se leía: CARGADOR. Calzaba toscos zapatones acribillados de recios  clavos de bomba, llamados “rompebuques”,

Como todos, yo también tenía muchos prejuicios contra él; hasta que llegué a conocerlo.

Una noche que había ido en busca de noticias al Hospital Carrión, me informaron que el único suceso que podían hacer de mi conocimiento, era la muerte del “Chalaco”, el humilde cargador que aquella misma mañana había sido encontrado muerto a la puerta del almacén de Vicente Vegas. Efectuada la autopsia, se determinó que su fallecimiento se debía a un edema pulmonar agudo. Después de esta información, pase a la morgue a ver el cadáver. Cuando subí las escaleras y llegué a la elevación donde estaba el mortuorio, alcancé a distinguir, entre la penumbra del antro, en la parte superior de la losa donde yacía el difunto, una vela iluminando el frío cadáver, todo amoratado, como si acabara de ser pintado; a un costado, sobre una vieja silla, el solitario “Patas a la Oreja”. Solo, mudo y contrito, como un viejo ídolo. Tenía los carrillos abultados de coca; en la mano derecha un cigarrillo y sobre el piso, una botella de aguardiente de caña.

Había que ver el rostro del “Patas”. Pálido de pesadumbre, mirando fijamente los despojos de su amigo; de su único amigo: “El Chalaco”. Enternecido por la escena de verdadera fidelidad amical, me retiré sin decir nada. Aquella vez, “Patas a la Oreja”, amaneció velando a su amigo y, al día siguiente, muy de mañana, reunió a todos los cargadores, realizó una erogación, y compró un tosco ataúd con el que sepultó al “Chalaco”.

Un ser humano capaz de este hermoso gesto, no podía ser malo; todo el pésimo concepto que tenía de aquel hombre, cambió por completo.

La oportunidad de hablar personalmente con él y de llegar a conocerlo más, me lo ofreció el deporte.

Continúa….

La muerte en el “Día de los Difuntos” (Primera parte)

día de los difuntosMuy pocos lugares hay en el mundo donde la muerte haya  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. El cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. La muerte es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte. La respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos los saben. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida, todas las gentes sienten la desgracia como suya y comparten solidariamente el dolor luctuoso.

Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de sus astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionante silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte, por su continuidad y trascendencia ha establecido en la tradición una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con su premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en un accidente minero; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir, en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo del crisma, ha purificado los sentidos y los miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  con lo que culmina la acción del rito cristiano rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la divina misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el momento final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo, adolorido y gimiente se hace general; todos lloran. Aquí jamás ha habido necesidad de contratar a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Inmediatamente de producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias es el calzado. Ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. A voluntad de los deudos también se les amortaja con el hábito del Señor de los Milagros. El segundo día se procede al amortajamiento. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”. 

            Para el velatorio, los parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan en una habitación, generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuánto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de las virtudes del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorsonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color-. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde –a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí fracasó ese deseo de parecerse a la capital o a ciudades de la costa. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y, el conductor o cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Volviendo a la costumbre popular, por riguroso turno, de cuatro en cuatro, llevarán en hombros al amigo hasta su última morada, pasando primeramente por la puerta de la iglesia donde el cura rezará y bendecirá el cadáver. Aquí es necesario rescatar una costumbre que felizmente ha vuelto a tener vigencia en nuestra tierra. La misa de cuerpo presente en el templo. Al respecto dicen las disposiciones de la iglesia católica: “El Oficio de Difuntos y la Misa forman parte integrante de las exequias, tanto que, aun tratándose de pobres de solemnidad, el obligatorio decirles al menos un Nocturno o lo que se llama la Vigilia. El Oficio de difuntos se recitó ya en la más remota antigüedad cristiana”.

De la casa al campo santo hay varios “descansos” donde se efectúan los “caipincruz” que hay que observar con disciplina y rigor. En ellos, además del relevo de los cargadores, los “cantores” salmodian sus responsos y los “servicios” invitan los cigarrillos y el “quemao” para atenuar el frío. Así se cumple con lo que dice la Iglesia: “La conducción del difunto se hace en medio de cánticos de salmos y preces eclesiásticas y de signos exteriores, llenos todos de místico significado. El tañido de las campanas anuncia a los fieles que de su seno ha desaparecido un hermano; el agua bendita es el símbolo de la purificación del alma, el incienso simboliza la oración que se eleva a lo alto como el humo de los perfumes en la atmósfera; finalmente, el crucifijo es la señal de la Redención; prenda segura de que el alma del difunto hallará descanso en el seno de Dios”.

Continúa….

LAS TANTAWAWAS

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fotografía de José Peña Gallo

Todos los años, a la llegada de Todos los Santos, vendedoras especiales se reúnen en las arterias colindantes al mercado central del Cerro de Pasco; ofrecen en repletos canastones, la más hermosa variedad de muñecas de harina que conocemos con el nombre de tantawawas (tanta= pan; wuawa=niño), es decir los niños de pan. Conjuntamente con ellos, los urpay (palomitas), llamitas y caballitos de pan; juguetería artesanal que constituye todo un contento para los niños del pueblo minero.

Las tantawawas representan a los niños recién nacidos en nuestro pueblo. Se los envuelve completamente desde el hombro hasta los pies con abrigados “pullos” (Mantas de lana), con las piernecitas y bracitos juntos, suavemente inmovilizados, para que no se descubran durante el sueño y permanezcan abrigados y plácidos. Es explicable esta maniobra. Se trata es de inmovilizar al niño a fin de que en ningún momento pueda descubrirse con el movimiento involuntario de pies o manos y dormir plácidamente sin posibilidad de movimientos que lo descubran. Si un niño cerreño durmiera con los brazos sueltos, por movimientos involuntarios, cogería un enfriamiento que terminaría en pulmonía. Tal el riesgo por las bajísimas temperaturas que durante la noche se producen. Es necesaria esta atingencia natural porque, últimamente, los artesanos que confeccionan las mencionadas muñequitas- quiero creer que por candidez- le han añadido sendas trenzas colgando a lo largo de sus cuerpecito. ¿Un recién nacido puede ostentar tamaña pelambre para que sea trenzada? Lo que es peor, otros “renovadores” les han sacado las manitas del envoltorio de pañalitos. ¿Harían  lo mismo con un niño de carne y hueso? La carita de la muñeca siempre está ostentando sus colores naturales de ruborosidad, pintados con colores especiales que los artesanos conocen.  Envolviendo la cabecita de la tantawawa, se puede admirar los festones y adorno de su gorrita tejida por la madre. Muchos artesanos, con el fin de darle más atractivo, además de la gorra tallada en el pan, le tejen otra de estambre y se lo ponen. El caso es que los mejores imagineros de tantawawas son los huariaqueños, mismo que poseen una técnica especial de confección.

Para los niños, con el mismo motivo, se confeccionan otros juguetes. El Urpay que no es sino una palomita, muchas de las cuales llevan en sus lomos otras más pequeñitas; sus tiernos palominos. La llamita con su carga repleta y sujeta con sogas, el caballito que también está llevando una carga abundante.

Como además de “Todos los Santos”, estos juguetitos se usan como trucay en la fiesta de las cruces, creemos que es un símbolo propiciatorio de ventura y felicidad venideras.

Su confección se basa en el uso de harina de trigo, agua y otros menjunjes que los artesanos guardan en secreto. Estos juguetitos gozan de gran estima en la cándida chiquillería cerreña.

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DÍA DE LOS MUERTOS EN CERRO DE PASCO POR MANUEL SCORZA

Publicado en la revista CARETAS, en su sección “Cortinas d Humo”, de 2 de noviembre, 2010.

día de los muertosEl primero de noviembre, día de los muertos, es una fiesta grande en Cerro de Pasco. Desde todos los rincones del Perú, desde las polvorientas ciudades de la costa, desde los caniculares pueblos de la selva, desde la campiña de Huancayo, los pasqueños suben a visitar a sus deudos. Es la única semana durante la cual es difícil conseguir alojamiento. En Cerro de Pasco no crecen flores; precisamente por eso, los deudos se empecinan en ofrendar a sus difuntos el insólito lujo de las coronas. Cartuchos, rosas, geranios, azucenas y varitas de San José llegan por camionadas desde las tierras calientes. El primero de noviembre una multitud invade el cementerio. Durante una mañana, el camposanto recupera su antigua grandeza, la del tiempo en que Cerro se jactaba de 12 viceconsulados. La multitud reza y solloza ante las tumbas; al mediodía sale a consolarse en las picanterías desparramadas en un kilómetro. Se come, se bebe y se baila a la salud de los inolvidables hasta el anochecer. Encantado por la varita mágica del recuerdo el cementerio se transforma, por un día, en una ciudad. Los trescientos sesenta y cuatro días restantes lo visita su único huésped: el viento.

Manuel Scorza finaliza el anterior párrafo, de su cronivela (crónica-novela) Redoble por Rancas, con una dolorosa verdad: el viento, es decir el olvido, terminan por ser la eterna compañía a la muerte.

La sola idea de morir nos es insoportable. La olvidamos rápido y por ello evitamos visitar a familiares o conocidos en cementerios. No por ingratitud u olvido, por tranquilidad y temor. Tranquilidad para no recordar una sola cosa: somos mortales.

La muerte siempre nos rodea. Nos sorprende, espanta e, inevitablemente, vence. En la vida, aunque suene paradójico, lo único seguro es el final. La muerte ajena nos aterra y devuelve a la realidad del desenlace propio.

Entrada al Cementerio General de Cerro de Pasco
Entrada al cementerio general del Cerro de Pasco que cada primero de noviembre se repleta de deudos que llegan a recordar a sus seres queridos. Los umbrosos “quinuales” de la derecha fueron plantados por nuestro patriarca Gerardo Patiño López.

EL SECRETO

el secretoEsta era una hermosa muchacha que vivía en las alturas de Putaca (Pasco). Huérfana de madre ayudaba a su padre en el pastoreo de su ganado. Dócil y trabajadora desde su infancia, al llegar el apogeo de su juventud descubrió que era bella, muy bella; entonces fue presa de un fuerte sentimiento de soberbia que no conocía límites. No obstante que su padre vestía unas ropas viejas y raídas, ella pugnaba por vestirse elegantemente, como las señoritas de la ciudad. El padre amoroso se desvivía para que luciera siempre hermosa con galas cada vez más caras en las ferias pueblerinas de los alrededores. Como es fácil suponer, este tren de vida, era superior a las fuerzas del pastor. Para contrarrestar estas emergencias solía salir de noche a hurtadillas de su choza y, luego de unas horas de ausencia retornaba trayendo unas bolas parecidas al queso fresco que, al día siguiente, las trocaba por monedas brillantes en las Cajas Reales de Pasco.

La purísima calidad de la plata que el pastor cambiaba despertó la codicia de los empleados españoles de la Institución Real. Éstos, llenos de ambición, decidieron obtener los datos referentes al yacimiento de donde el pastor sacaba aquella riqueza. Hablaron con él reiteradamente, pero ni los tragos ni las amenazas fueron suficientes para convencerlo. El pastor no soltó prenda. Entonces el más audaz y fachoso reparó que la muchacha, hermosa como pocas, no apartaba los ojos de él. En ese instante se dio cuenta que le sería fácil conquistarla y, por intermedio de ella, descubrir el yacimiento.

Al día siguiente comenzó el flirteo. Primero el acoso, los galanteos, los regalos; después las citas nocturnas y continuas que terminaron por rendir a la muchacha. Completamente sometida se convirtió en un fantoche que atendía con escandalosa solicitud los caprichos de su enamorado. Así las cosas, un día que el galán le pidió que le mostrara la mina de dónde sacaba la plata su padre, ella siguió a su progenitor sin que éste lo advirtiera; satisfecha su curiosidad y conocedora del yacimiento, citó a su amante. La noche del encuentro, ambos fueron con sigilo y entraron en la mina. Quedaron mudos de fascinación. La plata brillante se encontraba en pródiga abundancia en aquella mina. Repuesto de su asombro y ayudado por su pareja, el hombre, logró llenar un buen zurrón de plata y cuando estaban a punto de marcharse vieron entrar al pastor…
– ¡Hijos!,… ¿Qué hacen en la mina?
– ¡Oh! padre… ¡he revelado tu secreto al hombre que amo! ¡Perdóname! – Suplicó la muchacha.
– ¡Oh! hijita!…No es nada grave. ¿Tú querías conocer esta mina? – preguntó al galán que no salía de su pasmo…
– Sí, sí –balbuceaba- pero…
– Nada, nada. Por lo que veo ya has llenado una fuerte cantidad de plata en tus alforjas, bueno, llévatela.
– Es… ¿verdad? –Alcanzó a musitar el intruso, incrédulo de lo que estaba oyendo.
– ¡Claro! –Respondió el pastor- Eres amigo de mi hija y si quieres más de este metal puedes volver cuando quieras, pero ¡eso sí! Nunca reveles nuestro secreto.
– ¡Oh no, no… nunca! –Casi gritó el chapetón.
– Bien, hijo. Entonces cerremos el trato. Puedes llevar todo lo que se te antoje con la condición de que no reveles de dónde lo sacas… ¿De acuerdo…?
– De acuerdo, taita….
– Entonces para celebrarlo, sírvete esta chichita que he traído, debes estar sediento.

Muy emocionado el español bebió abundantes sorbos de la chicha que el pastor le había brindado. Cargó sus alforjas y emocionado como un niño retornó a la Villa de Pasco. Allí, después de reunir a sus amigos y mostrarles grandes montones de plata nativa, rosicler y plata piña, les dijo que ya se consideraran unos hombres ricos porque a primera hora del día siguiente los conduciría a una mina fabulosa. Cariñoso se despidió de cada uno de ellos y se retiró a descansar.

Al día siguiente cuando sus amigos fueron a despertarlo lo encontraron frío y duro como un carámbano. Estaba muerto. El secreto del pastor estaba bien guardado.

 

EL NACIMIENTO DE UN NIÑO

nacimiento de un niñoEste era un gran acontecimiento no sólo familiar, sino también barrial; porque quiérase o no, todas las personas que vivían en un barrio se hacían solidarias del suceso. Recuerdo claramente cómo, en mi niñez, cada vez que una señora iba a alumbrar se nos obligaba estar silenciosamente quietos en observancia de una costumbre añeja y tradicional. Entretanto, ayudando a la comadrona o “curiosa” las señoras preparaban sábanas, palanganas frazadas y pellejos además de abundante agua que se hallaba hirviendo en los fogones.

las comadronas 2En cuanto a la comadrona, conocí a una viejecita simpática y voluntariosa llamada “Mama Victoria”, que con la sonrisa en el rostro atendía solícitamente a las parturientas. Su pujanza era tal que no hubo, por largo tiempo, otra mujer más esencial en esta noble tarea. Casi todos los niños venidos al mundo en mi tiempo y un lapso antes, fuimos “recibidos” por ella. La exigencia de una limpieza absoluta era su primera disposición. Ella misma premunida de un mandil blanco y las manos completamente aseadas disponía que dentro de la habitación de trabajo sólo cupiera lo indispensable. Expulsaba todo lo inútil. Estoy seguro que jamás habría leído ningún tratado de sicología pero, intuitiva y cariñosa, suplía la sapiencia doctoral con una intuición cariñosa sin límites. Su trato a la parturienta era no sólo jovial sino también cariñosamente maternal, especialmente si era “primeriza”. Desde su llegada con amplia sonrisa en los labios daba confianza a su paciente. La tomaba de las manos y acariciándola suavemente le decía que se veía muy bonita y que como era fuerte y saludable todo saldría muy bien; que lo tomara con calma; que todas las mujeres del mundo alumbraban y pasaban por el mismo trance; que era la consumación de la misión más hermosa que la mujer tenía que cumplir; que llegado el momento todo saldría perfectamente. Acto seguido disponía la limpieza del estómago con una ligera lavativa así como la ablución con agua tibia de la zona genital de la paciente. Después de establecer el grado de dilatación por las pulsaciones, acomodaba el vientre y frotaba a la parturienta. Rota la fuente ante la inminencia del parto alentaba a la paciente con todo su cariño hasta que todo terminara con éxito.

Cortado el cordón umbilical con el trozo de una “canala” –olla de barro para tostar cancha rota ex profeso-  se le colocaba una peseta de plata entre un apósito desinfectado sobre el “pupo” (ombligo) del niño, protegiéndolo después con el ombliguero encima de la cual venían los pañales.

En señal de previsión muy plausible, claro está, la comadrona simulaba coser la boquita -caso de que fuera niña- a fin de evitar de que se convirtiera en “Washarrima”, es decir chismosa y hablantina. A veces ni esta previsión daba resultado. Si el niño nacía muy cabezón le ponía una media de lana del papá en la cabecita con la que debía permanecer un buen rato y ¡Santo remedio! Así como éstas, usaba muchas otras tretas más.

El baño con agua tibia del niño venía después de haberse recogido con una moneda de plata toda la grasita que como nieve le cubría el robusto cuerpecito. Esta gracita era muy utilizada más tarde para tratar las cicatrices y marcas de viruela de otras personas, tal su poder regenerativo. Luego se le aplicaba una lana escarmenada en su “mollerito”, es decir en el agujero que se nota en la parte superior de la cabeza, para que no se resfríe ni en el futuro se vuelva “Togro”, es decir: mocoso; encima su gorrita de franela y luego las de lana; los bracitos juntos, envueltos por una “pullo” (manta) grande a fin de que no crezca “chueco”, es decir con las piernas torcidas. La verdad de todo era que se esta manera se prevenía que el niño no fuera a descubrirse el cuerpo con el movimiento de sus bracitos. Naturalmente el crío quedaba plácidamente tranquilo como si estuviera todavía en el vientre de su madre. Lo más hermoso era que inmediatamente de nacido  se le colocaba en el regazo materno y cuando rompía a llorar acosado por el hambre, se le acercaba a la boquita un hisopo con lamedor de granada que el niño paladeaba. Por lo demás, una vez superada la expulsión del calostro, la madre le daba la teta que el niño bebía con fruición. El doctor Pérez Albela, dice al respecto. “Cuando el niño tiene el primer contacto con la madre fuera de su útero, naturalmente buscará lactar. Al succionar el calostro (ese néctar divino que en apariencia es una leche diluida porque es transparente), al estar lleno de inmunoglobulina, el niño refuerza sus defensas y  se nutre inmejorablemente  porque la madre le transmite toda la carga inmunitaria. Con este simple pero maravilloso acto, lacta por primera vez, se relaja y sonríe”.

En cuanto a la madre, salida del apuro y luego del aseo correspondiente, recibía un tratamiento especial. Primeramente se le “amarraba” la cabeza después de ser “cerrada” por las manos expertas de la comadrona, -pasados algunos días también “cerraría” su cuerpo- se la arropaba bien y de inmediato se le daba un caliente caldo de gallina o de carne seca con chuño negro que con mucha anticipación había venido preparándose. Era imperativo que la parturienta recobrara fuerzas y acumulara líquido para tener leche en abundancia. Eso sí, no se dejaba que durmiera de inmediato porque corría el peligro de que “la sangre se le fuera a la cabeza” con lógicas y desastrosas consecuencias.

A partir del día siguiente del parto, la flamante madre era tratada con una consideración especial porque había sufrido mucho en traer al niño. Completamente abrigada, recostada en unas almohadas muelles, esperaba el paso de los días. No debía levantarse porque podía darle el “sobreparto” caracterizado por fiebres altas, convulsiones y dolores. Era muy peligroso. Caso de sufrir el “sobreparto” tenía que hacérsele beber una bebida caliente de “mashua” con Oporto “El Abuelo”. La parturienta todo lo hacía en su cama. Para comer, previamente aseada, recibía sus alimentos muy solícitamente; en cuanto a sus necesidades corporales se le había puesto un pellón lanudo debajo de la cama para que pisándolo pudiera utilizar la bacinica. Levantarse para ir al excusado era un riesgo que nadie quería que la parturienta corriera. Así hasta que pasado un mes, robusta y colorada, la mujer con sus mamas gigantescas, se levantaba a seguir cumpliendo con su papel de madre y… de esposa.

las comadronas